07 Jun 2007

EL MARQUÉS
 
 
            Ante todo me gustaría decir que profeso una especial devoción por la figura del Marqués de Murrieta y por todo lo que ese nombre significa. Porque hablar de él es referirse obligatoriamente a su amigo el General Espatero, a la estancia de ambos en Londres, a sus visitas al Palacio de Buckingham para mantener largas conversaciones con la Reina Victoria y a tantas otras cosas más. Por ejemplo, al interés que tenía por abrir siempre horizontes y por hacer del trabajo bien hecho su principal pauta de conducta. Y es que el Marqués de Murrieta era, por encima de todo, un envidiable innovador. Y no sólo en temas relacionados con el vino, en cuya elaboración llegó a cotas sublimes poniendo el nombre de Rioja por bandera en los confines del mundo en unos momentos en que España estaba sumida en un espantoso retraso.
 
            Pues bien, ese mismo mimo que dedicaba a las cepas de su finca de Ygay en cada estación del año y a competir con sus vinos en foros tan relevantes como Burdeos lo tenía también con el aceite y con la miel, donde también consiguió importantes galardones, como lo prueban con indudable elocuencia todos esos diplomas que cuelgan de las paredes de la bodega familiar. Pocos saben que fue él un gran pionero en utilizar pequeños envases troncocónicos de papel encerado para guardar la miel (el precedente de lo que hoy son las terrinas) o el cuidado que ponía en que los envases para el aceite tuvieran el atractivo preciso como para satisfacer las apetencias de los clientes más sofisticados. Otro aspecto importante sería hacer un estudio de las etiquetas y anuncios que servían de reclamo, en los que luego, con el inexorable paso del tiempo, el art nouveau dejaría asimismo su impronta. Vino, aceite y miel, los productos más codiciados por cualquier empresario agresivo en la actualidad conviviendo en armonía en un mismo espacio geográfico.
 
            Ese laboratorio de encantadores proyectos en que convirtió su finca de Ygay (donde el vino se trasegaba de una barrica a otra recurriendo a algo tan sencillo como la ley de la gravedad y no a bombas manuales para que no se golpeara en exceso y donde había un pequeño taller para dar vida a las barricas de roble dotado de un buen número de herramientas), se transformaba habitualmente en punto de encuentro de famosos personajes y en el necesario estímulo para interminables tertulias.
 
            Todo eso fluía en mi mente de forma atropellada cuando hace ya muchos años los responsables de la bodega me invitaron a pasar unos días en ella con Graham Greene a propósito del libro que acababa de escribir por entonces, Monseñor Quijote, en el que sus protagonistas, nada más inteligente, celebraban siempre sus emociones descorchando una botella de Marqués de Murrieta. Para mí (y supongo que para todos los que me rodeaban) fueron días de verdadero ensueño, con matices culturales y afectivos o anécdotas entrañables que resultaría difícil describir aquí. Desde entonces esos tenues aromas a roble y a fruta del ambiente tienen en mi alma una nueva dimensión. Por eso, cuando tengo entre mis manos una copa de vino de esa marca, en esa sutil acidez y en ese inconfundible y brillante color hay sensaciones que me trasladan sin querer a un palacete situado al fondo del Mall, en pleno corazón londinense, y jalonado por poderosos plátanos donde las ardillas son, por derecho propio, sus únicas reinas.

Escrito por: jm-ramirez 0 comentarios 07 Jun 2007 URL Permanente

07 May 2007

EL VINO COMO SIMBOLO RELIGIOSO
 
  
            Aunque algunos dicen que la Toscana italiana tiene muchas semejanzas con La Rioja, tanto en lo que concierne al paisaje como por la predisposición natural de la tierra a dar un vino de calidad (en este caso el Chianti, asociado para siempre en mi memoria a una botella en forma de calabaza recubierta por un sencillo trenzado de aneas secas), otros consideran que es la zona de Trento, arriba del todo y en una encrucijada de caminos también, la que, en aspectos muy concretos, mantiene una mayor afinidad con nuestra región.
 
            Ese especial encuadre es el que, con toda seguridad, inclinaría la balanza a favor de que Trento, allá a mediados del siglo XVI, se convirtiera en sede de un Concilio que marcaría para siempre los derrroteros que tendría que seguir a partir de entonces el Catolicismo como forma de combatir las ideas luteranas que, poco a poco, se iban extendiendo. Liturgia, Contrarreforma y Arte acabarían fundiéndose a partir de entonces para ponerse al servicio de la pedagogía y la catequesis. Pero si un hecho tan importante ocurrió en ese lugar es porque el Papa de entonces no conocía las vaguadas multicolores de La Rioja, ya que, de lo contrario, lo más probable es que hubiera sido el interior de la catedral de Santo Domingo de la Calzada lo que habría pasado a lienzo Tiziano dejando, como buen cronista de pincel, testimonio perpetuo del acontecimiento.
 
            Viene esto a cuento porque fue en Trento donde se establecía que, gracias al sacrificio de la misa, el vino y el pan pasaban a transformarse en la sangre y el cuerpo de Cristo. Esto explica por qué a partir de esos precisos instantes esos dos productos acabarían alcanzando entre los fieles la dimensión de mitos, al quedar envueltos para siempre en una simbología de proyecciones sobrenaturales. Si bien ya desde el románico, según se puede percibir en numerosos capiteles o canes de algunas cabeceras de edificios religiosos, las representaciones de uvas, pámpanos, sarmientos y hogazas de pan fueran de hecho muy frecuentes. Lo mismo que ocurre con algunas portadas del tipo Reyes Católicos en las que aparecen vendimiadores jugueteando entre los baquetones apuntados.
 
            Vino y pan, los mejores "inventos" que ha creado la humanidad junto con el jamón y los salazones de pescado. No hablo del queso porque, así como no conozco a nadie de nuestra cultura que haga ascos al jamón (estoy convencido de que su consumo crea adicción), el queso produce importantes rechazos entre un buen sector. Yo, por ejemplo, odio con visceralidad los derivados de la leche. Por eso busco respuestas a cualquier estímulo recurriendo a un buen vaso de vino tinto degustado con lentitud. Vino, síntoma de vida y de celebraciones, en contraposición al pan, asociado siempre al viaje sin retorno de la muerte. Por algo se colocaba siempre sobre la sepultura de los difuntos más recientes un paño negro, un velón encendido, un reclinatorio y un cuartal de pan acompañado de un pequeño puñado de monedas a modo de ofrenda o limosna como recuerdo a Caronte.
 
            Nada mejor que analizar la evolución que sufren los alzados de los retablos en nuestras iglesias a lo largo del tiempo para comprender el protagonismo que adquieren las vides en su diseño durante un prolongado periodo. Es la llamada etapa eucarística (que en La Rioja se inicia con la fábrica del retablo mayor de Murillo de Río Leza en 1668) caracterizada por el uso de sarmientos, uvas suspendidas en el aire y pámpanos retozando entre las volutas de las columnas salomónicas. La religión, es decir, la iglesia local, contemplada al mismo tiempo como viña y bodega. Casi nada. Por eso cuando apuro una copa de vino tinto rodeado de los seres queridos no puedo evitar que me entre un cosquilleo por todo el cuerpo. Y es que tener la posibilidad de sumergirse en la Historia gracias a ese líquido con el mismo color que el terciopelo carmesí constituye para mí un verdadero lujo, orgulloso en mi fuero interno de ser un Marqués de Bradomín cualquiera: feo, católico y sentimental, según definía con ahínco y precisión a este personaje literario su propio creador, el inolvidable gallego don Ramón María del Valle Inclán.

Escrito por: jm-ramirez 0 comentarios 07 May 2007 URL Permanente

27 Feb 2007

LA CASONA DE LA RUA VIEJA LOGROÑESA
 
   
            En el casco antiguo logroñés, concretamente en la Rúa Vieja, se conserva todavía una antigua casona que, aunque hoy está completamente desmantelada y sin cubierta, lo cierto es que yo la conocí no hace tantos años con inquilinos. Con esos inquilinos orgullosos de ser parte sustancial del entrañable Logroño de siempre.
 
            Con fachada resuelta en dos cuerpos complementarios, el inferior de sillería del siglo XV, con ingreso apuntado y escudetes laterales, el superior es una simple consecuencia de la intensa reforma que sufrió el edificio durante el barroco. De ahí ese gran escudo que preside desde lo alto y los típicos ingredientes que hacen del ladrillo enfoscado y los huecos con herrajes toda una filosofía estética. En fin, una fachada muy semejante en tantos aspectos a la del palacete donde habitó el Obispo don Juan del Pino en Santo Domingo de la Calzada. Pero, tras ese espacioso zaguán empedrado de origen, el caminante curioso podía descubrir sin dificultades un mundo de ensueño: un patio central articulado por pies derechos de madera, con las alcobas y otras dependencias distribuidas en torno a él, y, al fondo, un complejo laberinto de canaletas de piedra a pie llano y "arcanduces" ocultos, lagares embetunados con sus canilleros, trojes y espacios comunicados entre sí que tenían como justificación un agujero situado en un nivel inferior por el que se podía intuir un subsuelo espacioso y abovedado, también de sillería y con arcos de refuerzo, que llegaba hasta la misma muralla de San Gregorio. Es decir, la típica casona logroñesa concebida al mismo tiempo como trujal de uva y bodega donde uno podía seguir por sí solo todo el proceso de elaboración de vino: desde el punto de aparcamiento de carros para descargar el fruto de la vendimia hasta, finalmente, la zona de almacenaje y comercialización del caldo, lo que explicaba la presencia de una pequeña puerta abierta en la muralla junto al camino de ronda.
 
            Pero lo que más me llamó la atención fueron esos adobes grisáceos amasados con los raspones y hollejo de los racimos de uva utilizados para compartimentar los huecos y dar así al vino esa protección ambiental tan necesaria para liberarlo de humedades, solinas y escarchas. Sin querer, tenía delante de mis ojos un museo vivo fundamentado en las tradiciones: marco y tipología de los adobes, economía familiar, trasiegos comerciales con los arrieros norteños, intercambio de escabeche y aceite de ballena por vino, adecuación de los espacios habitables a la función de trujal, evitando de ese modo el "tafo" de la fermentación... Vamos, todos esos detalles que ahora excitan las meninges de una ministra cualquiera traducidos en prohibiciones.
 
            Encandilado con tal hallazgo, hasta promoví una visita al lugar con una asociación de docentes que entonces prometía por sus motivaciones pedagógicas con el fin de estudiar las posibilidades de rentabilizar culturalmente todo ese complejo, para cuya recuperación lo único que se necesitaba eran, tan sólo, pequeñas dosis de cariño. Y es que el edificio había pasado por esas fechas (afortunadamente pensaba yo) a manos municipales. Eran tiempos de esperanza, transición e ideas. Pero pronto aquellos inquietos asociacionistas se hicieron políticos y sindicalistas profesionales. Algunos pensaron que la casona en cuestión podía ser sede de la UNED. Otros residencia de extraños frailes anacoretas. Hoy, después de muchos años sin inquilinos, el palacete de rancios linajes está en ruina, sus componentes generales destruidos y Logroño sin ese museo doméstico tan necesario para conocer nuestras raíces de podones, cubas de roble navarro, cellos de hierro o castaño, comportas y comportillos, canillas de bronce, pellejos y botas de piel de cabra con sabor a pez y a mares lejanos.
 
 
 

Escrito por: jm-ramirez 0 comentarios 27 Feb 2007 URL Permanente

12 Feb 2007

A propósito de los podones

Cuentan las crónicas que ya en la Edad Media el acero español gozaba de un gran prestigio en todo el continente por la especial calidad de su templado y su manifiesta dureza. De ahí que las herramientas de corte o cualquier arma blanca de la península se tuvieran siempre en gran estima, incluso frente a focos tan solventes como los de Sheffield (Reino Unido), Solingen (Alemania) o Damasco (Siria). Conscientes de esta realidad, los controles de calidad por parte de la administración se multiplicarían de tal forma con el paso del tiempo que los artesanos se verían obligados a marcar cada una de las piezas que producían. Algo lógico por cuanto gracias a ese contraste o marca (tal y como ocurría con otras especialidades) no sólo quedaban garantizados a los ojos del comprador y "a priori" unos reslutados, sino también unos devengos fiscales para las Autoridades nada desdeñables. Esto explica por qué se prodigaron en un determinado momento las herramientas consideradas "falsas", en especial en períodos de crisis económica y de baja de la moneda. Es decir, las que no tenían ningún tipo de contraste, lo que se consideraba a todas luces competencia desleal y, por tanto, objeto de fuertes multas a sus vendedores.

Pues bien, así como el mundo de la cuchilería lleva siendo explorado desde hace algunos años por diferentes investigadores, lo cierto es que de los podones tradicionales apenas conocemos nada. Y es que, acostumbrados como estamos ahora a utilizar las tijeras para cortar sarmientos y ramas de árboles en época invernal, los podones polivalentes de antaño (como las canicas de broce de lso tinos de roble y tantas otras cosas más) constituyen todo un reto par alos entusiastas de la viticultura y vitivinicultura, esas ciencias cargadas de mágicos misterios que empiezan a cobrar últimamente un enternecedor protagonismo. Por eso no hay que olvidar que ese pequeño y sencillo objeto, el podón, de suficiente fortaleza como para que pudiera ser transmitido de generación en generación con garantías, no deja de ser sino un elemento sumamente sofisticado y racional que, de algún modo, se convierte sin querer en el alma de ese paisaje de cepas multicolores que se identifica con las superficies alomadas de La Rioja.

Con forma de hacha y provisto de un pequeño mango torneado de madera o cuerna al que se fija una ancha hoja metálica a la manera de pico gorrión cuyo filo se localiza en la base (o sea, una concepción extremadamente programada para conseguir el mayor efecto con el menor esfuerzo posible), los usuarios de esta herramienta solían incorporarle un palo adicional hendido longitudinalmente por el centro que se ataba al mango por una cuerda segadora y servía para proteger el filo, evitando así que se produjeran cortes involuntarios durante su transporte en la faja. Por tanto, como forma de reivindicar estos encantadores artilugios que forman por méritos propios parte de nuestra cultura, he querido reproducir aquí algunos podones de mi propiedad con sus consiguientes marcas de fabricante con el fin de hacer una llamada de atención sobre la necesidad de estudiarlos concienzudamente a lo largo y ancho de España para editar luego una monografía en la línea de otras que ya existen en otros países sobre los temas más variopintos: orfebrería, porcelana, etc. Y es que la Enciclopiedia y los valores del Enciclopedismo, por muy dieciochescos que parezcan, siguen siendo todavía desconocidos por estos yermos parajes...

 

Escrito por: jm-ramirez 2 comentarios 12 Feb 2007 URL Permanente

Sobre este blog

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El vino y su cultura

José Manuel Ramírez Martínez, es Catedrático de Institutos Naciones de Enseñanaza Media, Doctor en Historia del Arte, autor de numerosos libros y trabajos sobre el arte y la historia de La Rioja, como 'Navarrete', 'Briones', 'Fuenmayor', 'Alfaro', 'Calahorra'... y es especialista en retablos.

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