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	<title>Pulseras negras | Chucherías y quincalla - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2014 15:48:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2014/10/pulsera.jpg"><img loading="lazy" class="alignright  wp-image-1397" title="pulsera" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2014/10/pulsera.jpg" alt="pulsera" width="278" height="278" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2014/10/pulsera.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2014/10/pulsera-150x150.jpg 150w" sizes="(max-width: 278px) 100vw, 278px"></a>El <strong>yayo Tasio</strong> se obliga cada <strong>San Mateo</strong> a no soltar ni medio euro al tropel de pedigüeños que le asaltan por la calle. Cada vez que se da un garbeo por el barrio o se presta a llevar al nieto a saborear ese intangible que es el ambiente de las fiestas, hace un esfuerzo ímprobo por no sacar la cartera del bolsillo. No lo hace por racanería sino por esa desazón que le genera no tener la seguridad de acertar:  si da una limosna al que no le hace falta dinero o escaquea unos céntimos a quien de verdad los necesita para comer. Sólo por eso circunvala <strong>Portales</strong>, pasa de largo de las estatuas humanas, huye del <strong>harapiento Mickey</strong> que reparte globos aprovechándose de la candidez infantil y se va un segundo antes de que acabe el espectáculo callejero de turno y pasen la escudilla. Su voluntad de hierro se derrite, sin embargo, cada vez que un africano se le acerca con su muestrario de gafas arco iris, gorros con lentejuelas y bisutería barata. A diferencia de los demás vendedores ambulantes, ninguno de estos le insiste ni intenta ablandarle con una letanía de miserias. Le planta el muestrario, aguarda unos segundos y, sin decir palabra, marcha como una sombra hasta la siguiente mesa dejando una pulserita de plástico. Al yayo le puede ese respeto silencioso, tanta paciencia, la serenidad detrás de unos <strong>ojos blanquísimos</strong>. Cuando el inmigrante está a punto de abandonar la calle, le llama y le da lo que lleva suelto a cambio de la baratija. Ya <strong>no cabe un brazalete más en las muñecas del abuelo</strong> Tasio.</p>
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