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	<title>La primera vez | Chucherías y quincalla - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Aug 2015 10:53:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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<p style="text-align: center;">Sin previo aviso y con mucho misterio, el <strong>yayo Tasio</strong> pidió una mañana hace muchos años que me calzara para salir juntos de casa. Asido a su mano arrugada, empezamos a caminar hacia los límites de la ciudad <strong>un mocete en pantaloneta y un viejo taciturno</strong>. No abrió la boca en todo el trayecto y en su cara llevaba tatuado ese aire de solemnidad que gasta cuando rumia algo trascendente. El destino resultó ser la destartalada huertita que cuidaba a veces al lado del río, donde ahora se levanta una urbanización más, y en la que mataba el tiempo arrancando malas hierbas o mirando colorear los tomates. Frente a un semicírculo de ladrillos ennegrecidos que había improvisado a modo de barbacoa me ordenó colocar una gavilla de sarmientos resecos y prenderle fuego. Colocamos a cuatro manos la parrilla encima de la lumbre y al rato la limpiamos con un manojo de periódicos viejos. El ritual continuó sacando del morral que siempre llevaba al hombro <strong>una docena de chuletillas de leche, varias tiras de panceta y media careta</strong>. Me enseñó ceremoniosamente como distribuir todo a en la parrilla y volvimos a colocarla sobre las brasas aplanadas. Observamos en silencio como la carne empezaba a gotear y el aire se llenaba de un humo salado que me hizo salivar. Después de otra media vuelta a pulso abrió la parrilla y trasladamos en clucillas la manduca a un plato. Mientras rebañábamos los huesos, me preguntó si había aprendido. A partir de ahora, dijo, <strong>te tocará asar a ti</strong>.</p>
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