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	<title>Espacio público | Chucherías y quincalla - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Apr 2016 10:16:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2016/04/terraza.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1672" title="terraza" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2016/04/terraza.jpg" alt="terraza" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/04/terraza.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/04/terraza-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px"></a></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p style="text-align: center;">El domingo casi aún no ha levantado la persiana cuando recibo una llamada telefónica. Una voz recia me informa de que es la <strong>Policía Loca</strong>l. Mientras intento recordar si había algún vado dónde aparqué anoche y calcular qué multazo me puede caer, el agente  pregunta si conozco a Tasio. Lejos de apaciguarme, la aclaración me intranquiliza aún más. Confieso sin reclamar la presencia de mis abogados que sí, que soy su nieto. La autoridad me exhorta a presentarme a la mayor brevedad en la <strong>Gran Vía</strong>. El yayo está alterando el orden público y se niega a abandonar el lugar de los hechos. Salgo de casa a toda velocidad temiéndome lo peor. Cuando arribo, la escena no tiene desperdicio. El yayo está sentado en el suelo como un <strong>Gandhi</strong> rural. En su regazo tiene abrazada una loseta que se ha despegado del suelo y grita ante la mirada incrédula de la autoridad: «¡Es mía, es nuestra, es de todos!». Como en una de esas películas de catástrofes donde los antidisturbios envían a un negociador antes de explotar una bomba, le pregunto qué le ocurre. Y el yayo estalla. Está harto de que las terrazas hayan invadido la avenida. Le frustra que no pueda pasear por la principal calle de la ciudad sin tropezar con un <strong>velador</strong>. Le indigna que el metacrilato robe su área de recreo y en la reforma que costó un riñón los bares hayan ganado a los caminantes. No sin esfuerzo, logro llevármelo a casa aún agitado. Prometo a los policías que <strong>devolveré el adoquín secuestrado antes de la hora del vermú</strong>.</p>
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</p><p style="text-align: center;">Fotografía: <strong>Justo Rodríguez</strong></p>
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