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	<title>Chucherías y quincalladeclaración &#8211; Chucherías y quincalla</title>
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		<title>Señoras y señores</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Feb 2017 12:00:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2017/02/mato.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter  wp-image-1772" title="mato" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2017/02/mato.jpg" alt="mato" width="461" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/02/mato.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/02/mato-300x260.jpg 300w" sizes="(max-width: 461px) 100vw, 461px" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Ana Mato</strong> no sabía nada.  Llegaba el cumpleaños de sus hijos y, como cualquier madre, se afanaba por organizar la mejor fiesta posible junto a sus compañeritos de clases con globos, payasos, <strong>chucherías</strong> y tal vez emparedados de <strong>Nocilla</strong>. Cuando sacaba un hueco entre sus <strong>intervenciones en el Congreso</strong>, la exministra se encargaba seguramente de contactar con el resto de padres. Hacía una lista de posibles invitados –esta sí, porque vais juntos a clase de pádel; este no, que es un pegón y dice palabrotas–, dibujaba por la noche las invitaciones con rotuladores de brillantina y ponía una nota al pie de las cartulinas de colores: se ruega confirmación. Del resto del evento, ni mu. Los gastos corrían a cargo de otra persona. Concretamente, del <strong>señor Sepúlveda</strong>. Sentada en el banquillo, <a title="ana mato" href="http://www.abc.es/espana/abci-mato-senor-sepulveda-5321627439001-20170213011018_video.html">a preguntas sobre los regalos de Correa y compañía</a>, Mato habla de su exmarido como un intruso. Un <strong>alien</strong> tan ajeno y respetable que no merece ser llamado por su nombre sino con el título de señor. Ella se encargaba de la logística, pero las facturas las pagaba no sabe cómo aquel extraño. Que fuese entonces su marido es irrelevante. El suyo no era una hogar, sino una<strong> empresa mercantil</strong>. En vez de cohabitar en un dormitorio, coincidían en su particular consejo de administración doméstico. Lo más escalofriante del testimonio de Mato no es su dejadez por el dinero, que por un hijo se hace todo, sino la gélida distancia con la que habla del que con un día casó. Si a usted en casa dejan de tutearle, vaya haciéndose a la idea de que ya es <strong>un don (o una doña)  nadie</strong>.</p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: center;">Fotografía: EFE</p>
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		<title>Pasos de cebra</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Feb 2014 10:05:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Entrevista]]></category>
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		<description><![CDATA[El yayo Tasio sólo ha pisado los juzgados en una ocasión durante su larga vida. Fue una vez que tuvo que bajar del pueblo a Logroño a ver a su hermano ingresado en el hospital y, casualidades del destino, vio cómo un coche se llevaba por delante a una mujer que cruzaba la carretera sin [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El <strong>yayo Tasio</strong> sólo ha pisado los juzgados en una ocasión durante su larga vida. Fue una vez que tuvo que bajar del pueblo a Logroño a ver a su hermano ingresado en el hospital y, casualidades del destino, vio cómo un coche se llevaba por delante a una mujer que cruzaba la carretera sin mirar dejándola maltrecha. Por esas cosas de peritos y aseguradoras, la Policía le pidió los datos y una mañana fría le llamaron para ratificar todo lo que le preguntaba un señor circunspecto. Para alguien <strong>tan gris como timorato</strong>, aquella experiencia le llenó de inquietud. Al abuelo le acongojó el arco de seguridad donde tuvo que dejar la calderilla que llevaba en los bolsillos antes de acceder a los juzgados. La cara del agente apostado en la entrada principal que taladraba con su mirada a cada visitante. Los fluorescentes parpadeantes, los legajos arrumbados en una sala angosta, la rigidez de la silla en la que le indicaron sentarse, la voz sin alma del letrado preguntándole obviedades. Por eso, cuando últimamente ve el desfile de personalidades teniendo que acudir ante los jueces se sorprende de tanta naturalidad. Y le <strong>estremece que algunos lo tomen como un insípido trámite</strong>. Que franqueen las puertas de los tribunales igual que quien va a hacer la compra al supermercado o saluden a la concurrencia como si nada. Porque el yayo es miedoso pero cabal, y sabe que la mejor forma de evitar pasar ese trago es no tener ningún motivo para ser reclamado y cruzar siempre por los <strong>pasos de cebra.</strong></p>
<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2014/02/paso.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1268" title="paso" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2014/02/paso.jpg" alt="paso de cebra" width="495" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2014/02/paso.jpg 495w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2014/02/paso-300x182.jpg 300w" sizes="(max-width: 495px) 100vw, 495px" /></a></p>
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		<title>Un extraño caso</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Jun 2013 09:15:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2013/06/renta20122.jpg"><img loading="lazy" class="alignright  wp-image-1123" title="renta2012" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2013/06/renta20122.jpg" alt="" width="318" height="238" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/06/renta20122.jpg 400w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/06/renta20122-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 318px) 100vw, 318px" /></a>El <strong>yayo Tasio</strong> ha asistido a uno de esos fenómenos que rozan lo paranormal y acaban marcando la vida de uno. Urgido por <strong>Hacienda</strong> y su condición de ciudadano de bien a cumplimentar la declaración de la renta, el abuelo había tomado la determinación de no dejarla en manos de un vecino tan viejo como él que siempre se prestaba a rellenar esa maraña de cuadrículas y porcentajes a cambio de marcarle <strong>la ‘X’ en la casilla de la iglesia</strong>. El cambio de planes le obligó a buscarse otra alma caritativa que le hiciese aquella labor insondable y, a ser posible, le saliera a devolver. Con el miedo de quien se adentra en una gruta tenebrosa, entró en una caja de ahorros del centro en la que tiene cuatro perras con la maletita ajada donde porta las escrituras del piso y los extractos de la pensión que dan fe de su raquítica economía. Su sorpresa fue mayúscula cuando le invitaron a sentarse para cumplimentar la declaración en un momentito ya que una de la citas había fallado. Un chico amable sin ínfulas de broker de<strong> Wall Street</strong> ni cara de perro le rellenó los papeles en un pispás. Mientras concluía su trabajo, Tasio empezó a especular cuándo saltaría la trampa. En qué momento le obligarían a domiciliar su nómina, le exigirían dos euros por ingresar uno, le cargarían alguna comisión o le intentarían colocar unas preferentes. El chaval le devolvió gratis el hatillo con una sonrisa y el abuelo, además de darle las gracias, supo que además de un banco malo hay alguna caja buena.</p>
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