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	<title>Chucherías y quincallaniño &#8211; Chucherías y quincalla</title>
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		<title>Deprisa</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Jul 2019 07:40:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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<p style="text-align: center;">Era llegar el verano y echar a correr. Como si el calor accionara por algún ignoto mecanismo los músculos de mis piernas, en cuanto el colegio echaba el cierre y el sol empezaba a castigar dejaba de andar para ir a la carrera. Los amigos timbraban en el portero automático para <strong>jugar a patrullar el barrio vacío</strong> y yo me lanzaba escaleras abajo como un kamikaze para juntarme con ellos. Mi madre me mandaba a la tienda de la esquina a comprar la merienda y daba zancadas de galgo para cumplir el recado. Las vacaciones aceleraban el reloj. Durante el curso la lentitud se apoderaba de mí. Mi ritmo era el de los demás. Caminaba a la par del resto, no me importaba aguardar en la fila, mis pasos eran serenos. Sin embargo, <strong>en cuanto cambiaba los vaqueros por la pantaloneta</strong> toda aquella parsimonia mutaba en prisas. Precisamente cuando se abría la perspectiva de tres meses sin dar un palo al agua, el tiempo se encogía en mi mente. Y la única manera de estirarlo era correr. Continuamente. A todas partes. Aquella obsesión se traducía en un perpetuo estado de agitación. Siempre tenía la camiseta empapada y el sudor me caía por la frente hasta los labios. El verano también sabía así a sal, aunque jamás íbamos al mar. Consumía litros de agua para calmar la sed. <strong>En las fuentes públicas, en el río, directamente de la canilla</strong>. Agua con sabor a cloro en la piscina donde, por supuesto, en vez de hacer el muerto devoraba largos con el reto de batir marcas más absurdas. No importaba lo rápido que fuera. Por mucho que intentaba posponerlo, siempre llegaba septiembre. Y entonces volvía a apaciguarme, a demorar las horas. Intentar <strong>seguir siendo un niño para volver a correr</strong> al verano siguiente como nunca lo haré ya de adulto.</p>
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		<title>Seres extraños</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Feb 2016 09:42:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2016/02/movil.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1651" title="movil" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2016/02/movil.jpg" alt="movil" width="608" height="187" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/02/movil.jpg 608w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/02/movil-300x92.jpg 300w" sizes="(max-width: 608px) 100vw, 608px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">El<strong> yayo Tasio</strong> lo descubrió por casualidad. Se había aposentado en un banco de la plaza para tomar aliento antes de completar su paseo matutino y aquel ser extraño puso el culo a su lado sin cruzar siquiera un saludo de cortesaría. Mientras el yayo cogía resuello aprovechando un rayito de sol, su impresvisto compañero tenía<strong> la cabeza gacha y los dedos electrizados</strong>. En sus manos sostenía un aparatito minúsculo que el abuelo, espiándolo de soslayo, no llegó a identificar a primera vista. Era la hora del vermú y la plazuela estaba abarrotada. Los balones volaban delante de ambos, la chiquillería se tiraba por los toboganes, los camareros hacían equilibrios con la bandeja para surtir a las mesas de los bares que copaban los soportales. Los minutos pasaban entre el guirigay y aquel <strong>alienígena sin voz ni rostro</strong> seguía concentrado en una maquinita que, a pesar de su reducido tamaño, había levantado un descomunal muro de silencio entre él y Tasio. De pronto, desde uno de los veladores una pareja pegó un grito llamando a picotear unos humeantes calamares a la romana recién salidos de la cocina. El destinatario de la invitación era su vecino de banco, pero ni se inmutó. Seguía despatarrado, manejando mudo los pulgares con la habilidad de un neurocirujano, inmerso en <strong>una pantalla que le pedía pasar otra pantalla</strong>, superar el siguiente nivel, matar a los monstruos. El mundo que giraba alrededor de la plaza se había parado en aquel extraño ser que el abuelo por fin reconoció.<strong> Era un niño</strong>.</p>
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		<title>Regalo de Reyes</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Jan 2013 11:18:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2013/01/lista_reyes1.jpg"><img loading="lazy" class="alignright size-full wp-image-987" title="lista_reyes" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2013/01/lista_reyes1.jpg" alt="" width="240" height="320" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/01/lista_reyes1.jpg 240w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/01/lista_reyes1-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 240px) 100vw, 240px" /></a>El niño pensó que, además, así hacía méritos a la insistencia de su padre en que viera menos la tele y leyera mucho más. Arrampló el catálogo del buzón del portal donde se acumulaba la publicidad de <strong>telepizza</strong> y tiendas de muebles, y furtivamente se encerró en su habitación con aquel tesoro de letras y santos. Lo abrió como el que descubre la tapa de un cofre colmado de oro.</p>
<p>Ahí estaba todo lo que su universo necesitaba para ser feliz. Cien versiones de la comisaría de los <strong>playmobil</strong>, la guerra de barcos, un <strong>geomag</strong> reluciente, tantas piezas de <strong>lego</strong> como para construir un planeta paralelo, <strong>barcos</strong> a pilas reclamando surcar el mar de su bañera, la <strong>bicicleta</strong> que debía sustituir a esa que aún tenía cuatro ruedas y tanta vergüenza le daba ya sacar a la calle&#8230; Dilató la respuesta a las llamadas a cenar con alguna excusa infantil, y extrajo de las páginas centrales del folletín unas pegatinas colores con la leyenda &#8220;Me lo pido&#8221;. Colocó cada una de ellas en todos los juguetes hasta que abarrotó la revistilla y salió de su escondite para enfrentarse a las mismas espinacas que no se había comido por la mañana. Antes de atacar el plato, el niño se acordó de todo ese rollo con que le machacan en casa de que este año los <strong>Reyes Magos</strong> no podrán ser generosos y que hay mucha gente que lo esta pasando mal y tal y tal. Nada más tragar la primera cucharada, informó a sus padres de que este año  quería un solo regalo: otro catálogo de juguetes con los que soñar.</p>
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