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	<title>Chucherías y quincallapiscina &#8211; Chucherías y quincalla</title>
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		<title>Mojarse</title>
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		<pubDate>Sun, 26 Aug 2018 15:36:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/08/piscina.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1986" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/08/piscina.jpg" alt="piscina" width="660" height="345" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/08/piscina.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/08/piscina-300x157.jpg 300w" sizes="(max-width: 660px) 100vw, 660px" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Levantó la cabeza de la toalla donde estaba tumbado</strong> con los ojos aún a medio abrir. La mezcla de sueño atrasado y calor irrespirable le habían dejado noqueado sobre el césped recién cortado y, al despertar, aún le costó unos instantes a su cerebro reaccionar. Con la mirada achinada por el sol, poco a poco empezó a ser consciente de los gritos de la chiquillería. El retumbante ir y venir de adolescentes con los bañadores empapados, <strong>madres amenazando con cortes de digestión</strong>, saltos de bomba indiscriminados, un penetrante un olor a cloro que le espabiló definitivamente. Se vio de pronto <strong>en la zona cero de aquella piscina municipal</strong> que, juraría, aún estaba casi desierta cuando llegó y en la que ahora apenas cabía un alfiler. Para poner orden en sus conexiones neuronales, decretó pegarse un baño. Se irguió definitivamente y oteó el horizonte. Allí, entre la masa, atisbó un hueco para ejecutar sus intenciones. Se aproximó al borde del vaso y, aún un pelín aturdido, cató el agua con el dedo gordo del pie derecho. Lanzó un largo suspiro con los brazos en jarra y calculó mentalmente las dimensiones del rectángulo, la profundidad del continente, <strong>el pH de contenido</strong>. Soltó aire para agacharse y tomar unas gotas en su mano que frotó sobre la tripa. Bufff. Un respingo. Se retiró un momento para ducharse antes del chapuzón. <strong>Abrió la llave de paso</strong>, pero en vez de colocarse bajo el chorro estiró mucho el brazo para rociarlo someramente antes de volver a su hueco frente a la piscina. Hizo unos estiramientos absurdos, giró el cuello para no dislocarlo al tirarse de cabeza y metió de nuevo <strong>el dedo gordo del pie</strong> (esta vez el izquierdo) en el agua. Ahora sí. Deshizo sus pasos y volvió a yacer sobre la toalla.</p>
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		<title>Nada ni nadie</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Aug 2014 17:31:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2014/08/agua-piscina.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter  wp-image-1385" title="agua-piscina" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2014/08/agua-piscina.jpg" alt="agua" width="537" height="402" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2014/08/agua-piscina.jpg 400w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2014/08/agua-piscina-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 537px) 100vw, 537px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Recuerdo nítidamente <strong>el día que aprendí a nadar</strong>. Era de color verde césped y azul tanque de agua. Tenía sabor a cloro y un regusto pegajoso a canícula de agosto. Yo era un moco miedica, esmirriado, uniformado con una pantaloneta meyba dos tallas más grandes. Con los pies en el bordillo de la parte más profunda de la piscina, había decidido que aquella tarde, por fin, aprendería a nadar. Salté con la decisión de quien se lanza desde un acantilado. Y mi cuerpo se hundió hasta el fondo. Salí con dificultad a la superficie, agitándome como un pollo apurando su último hálito de vida. Pero esta vez algo cambió respecto a los infinitos cursillos en los que nunca aprendí espantar el miedo. Aquel día, sin saber por qué, la cabeza se mantuvo unos centímetros más arriba. Lo suficiente para <strong>morder unas bocanadas de oxígeno</strong> y no sentir los pulmones a punto de estallar. A cada patada debajo del agua, mi cuerpo se hundía y el paisaje se borraba. El ruido exterior se hacía hueco como dentro de un <strong>líquido amniótico</strong>. Sin embargo, una fuerza desconocida hasta entonces me elevaba para volver a ver, escuchar de nuevo. Arriba. Abajo. Y luego una brazada que me empujaba. Y otra. Cada vez más ligero, menos torpe. Y mi hermana en el otro extremo de la piscina con los brazos extendidos esperándome llegar. Ya llegas. Estás aquí. Ahora sí. Fue el mismo día que decidí que nadie me amedrentaría;  que <strong>nada me impediría seguir avanzando para alcanzar la orilla</strong>.</p>
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		<title>El portero de antes</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Apr 2013 09:46:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[La Rioja]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2013/04/cantabria3.jpg"><img loading="lazy" class="alignright  wp-image-1065" title="cantabria" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2013/04/cantabria3.jpg" alt="cantabria" width="446" height="251" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/04/cantabria3.jpg 3264w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/04/cantabria3-300x169.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/04/cantabria3-768x433.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/04/cantabria3-1024x577.jpg 1024w" sizes="(max-width: 446px) 100vw, 446px" /></a>Antes de que las piscinas crecieran como setas a la sombra de cada urbanización, <a title="cantabria" href="http://fundacioncrcantabria.es/">Cantabria </a>fue para muchos, junto a otro puñado de sociedades recreativas y cualquier poza de río, el único oasis donde aplacar los rigores del verano logroñés. Y antes también de que la tecnología impusiera la huella de cada socio para franquear los tornos de acceso, ingresar en aquel <strong>paraíso de césped y fantas heladas</strong> era cosa de un <strong>carné personalizado que el uso y el cloro acababan ajando</strong>. Al chaval que no disponía del codiciado salvoconducto sólo le quedaban dos fórmulas. Los más arrojados recurrían al salto de la tapia por la zona más alejada de la mirada de los porteros. Otros acabamos cometiendo un delito adolescente que no sé si habrá prescrito consistente en aprovechar algún carné ajeno. El titular pasaba el control, lo lanzaba luego por el muro y el siguiente lo utilizaba para sí. Alguno entreabría el plástico descuajaringado para colocar su propio retrato y los menos meticulosos lo mostrábamos de refilón al conserje confiados en que nunca comprobaría el fraude. Así fue hasta la tarde que <a title="oscar soto" href="http://lector.kioskoymas.com/epaper/viewer.aspx">Óscar </a>me dijo, eh chaval tú no eres el de la foto, y salí huyendo hasta la (piscina) mixta para intentar <strong>despistarle entre un mar de toallas y aftersun</strong>. Fue el día antes de que en casa decidieron pagar la cuota de Cantabria  para no pasar más vergüenza, y 25 años antes de conocer que Óscar ha muerto y ahora está en algún lugar donde, cuando yo vaya, vigilará con rigor si puedo entrar o no.</p>
<p style="text-align: center;">
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