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	<title>Chucherías y quincallapueblo &#8211; Chucherías y quincalla</title>
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		<title>Inventos</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Feb 2020 10:57:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Lo más esperanzador que se ha oído para enfrentar la despoblación es la necesidad de «reinventar» el medio rural. Una vez que ‘La España Vacía’ (y sus variantes provinciales) irrumpió en la agenda política, el debate se trufó del peor mal que acecha a cómo definir el futuro: la mirada al pasado. En el caso [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2020/02/viejo.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-2214" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2020/02/viejo.jpg" alt="" width="660" height="440" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2020/02/viejo.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2020/02/viejo-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 660px) 100vw, 660px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Lo más esperanzador que se ha oído para enfrentar la despoblación es la necesidad de «<a href="https://www.larioja.com/la-rioja/gobierno-riojano-propone-20200217112959-nt.html">reinventar</a>» el medio rural. Una vez que ‘<a href="http://@sergiodelmolino">La España Vacía</a>’ (y sus variantes provinciales) irrumpió en la agenda política, el debate se trufó del peor mal que acecha a cómo definir el futuro: la mirada al pasado. En el caso de la diáspora y falta de recursos que sufren las pequeñas localidades, la reacción inmediata consistió en la <strong>nostalgia</strong>. Los pueblos, ignorados hasta entonces, se coronaron con un aura de añoranza y las propuestas de mejora que brotaron con la misma urgencia con que se fue consciente del drama apuntaron a la rehabilitación de una fotografía en sepia. Encarar así la situación sólo puede abocar a la frustración. El declive de tantos pequeños municipios se produjo por la búsqueda de sus vecinos de <strong>nuevas oportunidades</strong> y lo que dejaron atrás no fueron sus raíces, sino una vida de precariedad y aislamiento que en la mayoría de los casos se superó con el cambio. Proponer retornar a aquel escenario lavándole la cara con <strong>garantías de conectividad</strong> e idílicas casas rurales se antoja un analgésico de efectos limitados, sin menospreciar las heroicidades de quienes han tomado el camino de vuelta. No hacen falta muchos diagnósticos; basta con leer<a href="https://www.larioja.com/la-rioja-vacia/"> los testimonios que cada día se publican en estas páginas</a>. La solución pasa por <strong>una reconstrucción conceptual del mundo rural</strong> para resituarlo como una nueva opción, no la versión blanqueada de lo que fue. Priorizar dónde actuar para que el esfuerzo no se diluya y, antes de reinventar un <strong>pueblo agonizante</strong>, no dejar morir otro medio vivo.</p>
<p style="text-align: center;">Fotografía: <strong>Justo Rodríguez</strong></p>
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		<title>Fuera de campo</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Oct 2018 10:50:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[La Rioja]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/10/toro.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter  wp-image-2011" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/10/toro.jpg" alt="toro" width="574" height="294" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/10/toro.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/10/toro-300x154.jpg 300w" sizes="(max-width: 574px) 100vw, 574px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Fue despertar y sufrir un súbito acceso de ruralismo. Desayunó liviano, desempolvó las botas de monte que llevaba años sin calzarse y enfiló el coche más allá de los límites de la ciudad aprovechando que el día aún estaba por clarear. En su brújula, un único afán casi irracional: respirar aire puro, reconciliarse con la naturaleza, <strong>canjear el ruido de los motores por el canto de unos pajaritos</strong>. Se desvió de la nacional, tomó una carretera secundaria y llegó a una aldea que parecía cumplir sus expectativas. La mayoría de las casas tenían las fachadas desconchadas, la fuente manaba un agua helada por un caño preñado de liquen y las campanas de la iglesia llamaban a misa de 9. Nada de esos pueblos rehabilitados con geranios en todas las ventanas, <strong>casa rural con chimenea</strong> y un frontón cubierto. Empezó a recorrer las calles empedradas, pero le pareció insuficiente. El cuerpo le pedía una dosis de genuina España vacía. Volvió a coger el volante y se adentró por el primer camino sin asfaltar que descubrió. Uno de esos polvorientos con aulagas en los costados y piedras que golpean en los bajos en cada curva. Al girar por una de ellas, se la topó de frente. Los cuernos afilados, la mirada torva, <strong>la cola golpeando intermientente en el lomo para espantar las moscas</strong>.  Una vaca (¿o era toro?) que se giró hacia él con tono amenazante sin dejar de rumiar en cuanto notó su presencia ajena. En su manual de impostado amante del campo no había respuesta. Descartó apretar el claxon, comprobó que no podía rodearla. Cuando la res enfiló hacia a él como preguntado qué carajo hacía allí invadiendo su terreno, comprobó de que aquél no era lugar para<strong> urbanitas ignorantes</strong>. Se quitó un <strong>brizna de hierba de la boca</strong> y dio medio vuelta.</p>
<p style="text-align: center;">Fotografía: <strong>Sonia Tercero</strong></p>
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		<title>Campamento de verano</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Aug 2018 17:16:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[La Rioja]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/08/tienda-de-campaña.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1976" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/08/tienda-de-campaña.jpg" alt="tienda-de-campana" width="378" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/08/tienda-de-campaña.jpg 378w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/08/tienda-de-campaña-300x238.jpg 300w" sizes="(max-width: 378px) 100vw, 378px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">La <a href="https://elpais.com/cultura/2016/04/19/babelia/1461071676_157409.html">España Vacía</a> trae como efecto colateral la desaparición de pueblos y con ello, la <strong>materia prima básica para que un niño pueda cursar asignaturas troncales en su formación emocional</strong>. Sin ese entorno rural aún sin desbastar cada vez se hace más complejo experimentar sensaciones como buscar la sombra debajo de una higuera salvaje, <strong>pincharse con las ortigas</strong> del camino, engullir a deshoras comida que en la propia casa jamás cataría o localizar una poza donde adentrarse con los <strong>pies descalzos sintiendo las punzadas de las piedras del fondo</strong> y viendo a los alevines huir cada vez que el chaval está a punto de resbalarse. El sustitutivo para quien aún cree que perder el tiempo aporta más nutrientes que aprovechar los meses de verano aprendiendo idiomas en el extranjero o exprimiendo otras capacidades intelectuales es el campamento. La oferta es infinita. Campamentos de aventura y temáticos. En la otra punta del mundo o a escasos kilómetros del propio hogar. Campamentos en tiendas azulonas a la intemperie y letrinas de cal o con literas en un albergue higienizado. A todos, sin embargo, les <strong>falta verdad</strong>. Como esos sucedáneos en los que el consumidor cree comer naturaleza en vez de plástico procesado, el campamento trata de suplir las proteínas rurales con un envoltorio de celofán. Los padres reciben puntualmente fotos del mocete regando un huerto, mirando ovejas a través de la valla, <strong>bebiendo a morro de la fuente</strong>. Y cuando vuelven a casa estreñidos con las rodillas marcadas de postillas y la pulsera de hilo que han tejido para regalar a sus papás, aún no saben que aquello no convalida pasar el verano en uno de esos pueblos cada vez más escasos donde la autenticidad no se compra por quince días.</p>
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		<title>El pueblo unido</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2018 08:28:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/05/TERUEL.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1958" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/05/TERUEL.jpg" alt="teruel" width="660" height="347" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/05/TERUEL.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2018/05/TERUEL-300x158.jpg 300w" sizes="(max-width: 660px) 100vw, 660px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Hace ahora una semana a <strong>40.000 personas</strong> les dio igual que saliera un domingo soleado después de un invierno eterno. En vez de aprovechar el buen tiempo para tirarse a la bartola en algún pueblo, salieron de sus respectivos pueblos para citarse en una ciudad alejada en demanda de inversiones, <strong>mejores infraestructuras</strong>, comunicaciones propias del siglo XXI y oportunidades reales de empleo. Los manifestantes, llegados desde decenas de pequeñas localidades amenazadas por <strong>el fantasma del olvido</strong> pero que juntos suman más habitantes que alguna capital de provincia, unieron sus voces para reclamar algo tan elemental como poder seguir viviendo donde lo hacen con unos servicios dignos y derechos idénticos a los de entornos con censos más densos. Como puede observar, el catálogo de peticiones es prácticamente calcado al que de un tiempo a esta parte ha ganado enteros en la <strong>agenda política de La Rioja</strong>, tanto del Gobierno como de la oposición. Ya sabe: <a href="http://@sergiodelmolino">España vacía</a>, <strong>demotanasia</strong>, la agenda de la población, el reto demográfico y tal. La principal diferencia es que la <a href="https://www.heraldo.es/noticias/aragon/teruel-provincia/2018/05/07/teruel-existe-califica-historica-manifestacion-del-domingo-zaragoza-1242432-1101027.html">imponente marcha</a> celebrada hace ahora siete días no estaba integrada por riojanos, sino por turolenses. Y no tuvo lugar en Logroño, sino que discurrió por el centro de <strong>Zaragoza</strong>. Está por ver que los aragoneses logren su propósito. Lo que ya han conseguido es demostrar su fuerza, <a href="http://@teruelexiste">acuñar un lema</a>, abanderar una demanda que es la de buena parte del país. Puede que su grito acabe en saco en roto. O también que cuando se repartan fondos y oportunidades de futuro se priorice a quien con más energía lo reclama y <strong>obvie a quien mastica el silencio</strong>. El que no llora no mama. Y el que no sale a gritar por lo suyo, tampoco.</p>
<p style="text-align: center;">Fotografía: Periódico de Aragón</p>
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		<title>Empresa imposible</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Oct 2017 11:26:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando el yayo Tasio era chaval y aún correteaba en pantalón corto por las cuestas del pueblo, aprendía escuchando a sus mayores como yo ahora hago con él. A veces se arrimaba al poyo ubicado en lo alto de la era donde cuatro viejos echaban la tarde sentados con las manos posadas sobre sus respectivas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/10/vaca.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1872" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/10/vaca.jpg" alt="vaca" width="660" height="495" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/10/vaca.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/10/vaca-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 660px) 100vw, 660px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Cuando el <strong>yayo Tasio</strong> era chaval y aún correteaba en pantalón corto por las cuestas del pueblo, aprendía escuchando a sus mayores como yo ahora hago con él. A veces se arrimaba al poyo ubicado en lo alto de la era donde cuatro viejos echaban la tarde sentados con las manos posadas sobre sus respectivas cachavas. Se inventaba cualquier excusa y pegaba la oreja con discreción. Aquellos abuelos apenas hablaban. Se conocían tan bien, habían pasado tanto tiempo juntos entre tan poca gente, que parecía que lo tenían ya todo dicho entre sí. Desde aquella atalaya se limitaban a mirar al frente dejándose acariciar por el sol. <strong>Ante sus ojos, casas cada vez más huecas</strong>. El tejado de la iglesia hundido,<strong> el ganado menguante</strong>, las calles vacías de niños y el último colmado que quedaba abierto con la verja echada para siempre. De pronto, uno de los abuelos suspirara:«Si viniera una empresa&#8230;» Los demás asentían sin abrir la boca. <strong>Y de nuevo, silencio</strong>. En esas cuatro palabras se condensaba un deseo que contenía otros muchos. Un estímulo para que los pocos vecinos que iban quedando no se fueran a la capital; para que los que marcharon retornaran; para los que nunca había venido llegaran. A unos metros de ellos, Tasio se limitaba a procesar lo que oía. Pero sobre todo lo que no que veía desde aquella loma. <strong>Ninguna razón</strong>, ningún servicio, ni siquiera una carretera decente para que nadie quisiera no ya montar un negocio sino aventurarse a vivir allí. En ese instante, el futuro abuelo osaba intervenir con tristeza: «<strong>Sí, alguna empresa vendrá</strong>».</p>
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		<title>Nada que hacer</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Aug 2017 09:35:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[E l que fuéramos unos ‘sinpueblo’ le tenía preocupado al yayo Tasio. Como no disponíamos de una casa propia ni prestada en el campo donde pasar el verano escuchando el cencerro de las vacas y el trino de los pájaros, el abuelo creía que yo corría el riesgo de convertirme en un repelente niño de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/sanroman.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter wp-image-1842" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/sanroman.jpg" alt="DOCU_RIOJA" width="569" height="504" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/sanroman.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/sanroman-300x265.jpg 300w" sizes="(max-width: 569px) 100vw, 569px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">E l que fuéramos unos ‘<strong>sinpueblo</strong>’ le tenía preocupado al <strong>yayo Tasio</strong>. Como no disponíamos de una casa propia ni prestada en el campo donde pasar el verano escuchando el cencerro de las vacas y el trino de los pájaros, el abuelo creía que yo corría el riesgo de convertirme en un repelente niño de ciudad de esos que creen que <strong>los yogures brotan en los supermercados y las lentejas se cosechan en botes al vacío</strong>. Para superar esa carencia, Tasio me montaba en su destartalado <strong>R4</strong> cada fin de semana que salía el sol y visitábamos un pueblo al azar para inyectarme esa dosis de ruralismo que según él debía incluir mi crianza. Cuando recalábamos en el destino para echar el día no hacíamos nada en particular. Tasio echaba a andar en silencio por las cuestas empedradas y yo le seguía sin abrir tampoco la boca. Al llegar a las eras solía detenerse <strong>con las manos apoyadas sobre la cachaba</strong> y, simplemente, respiraba. En un momento dado sus piernas se dirigían hacia la chopera más próxima. Acomodados sobre un par de piedras, abría el zurrón y almorzábamos unos <strong>cachos de pan, queso y chorizo</strong> que él regaba con un trago de vino. Luego se recostaba bajo la copa más frondosa y antes de echarse la siesta me enviaba al río a pegarme un baño. Yo buscaba sin rechistar alguna poza y, aburrido sin nadie con quien jugar, me limitaba a hacer el muerto sobre el agua para dejar pasar el rato. Al volver con el pelo mojado donde estaba el abuelo, él preguntaba qué había hecho. <strong>Nada</strong>, le informaba yo. Y él sonreía satisfecho.</p>
<p style="text-align: center;">Fotografía: <strong>Juan Marín</strong></p>
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		<title>Viva el pueblo</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Aug 2017 08:53:51 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Un día de estos empaquetará las maletas y pondrá rumbo al pueblo. Su propio pueblo, el de sus ancestros, un pueblo ajeno. Lo mismo da. Nada más llegar al destino estirará los brazos y exhalará la bocanada de aire más puro que recuerda. Y de pronto, percibirá que falta algo: el ruido. Además del oxígeno [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/avemaria.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter wp-image-1835" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/avemaria.jpg" alt="avemaria" width="323" height="615" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/avemaria.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/avemaria-157x300.jpg 157w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/08/avemaria-537x1024.jpg 537w" sizes="(max-width: 323px) 100vw, 323px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Un día de estos empaquetará las maletas y pondrá <strong>rumbo al pueblo</strong>. Su propio pueblo, el de sus ancestros, un pueblo ajeno. Lo mismo da. Nada más llegar al destino estirará los brazos y exhalará la bocanada de aire más puro que recuerda. Y de pronto, percibirá que falta algo: el ruido. Además del oxígeno y el silencio, se reconciliará con la amabilidad. Por las callejuelas se cruzará con vecinos que le saludarán sin miedo, como si fuera uno de ellos. Empezará a convivir también con el <strong>mugido lejano del ganado</strong>, las campanadas puntuales de la iglesia, el camión que trae el pan de mañana, un zumbido de moscas a la hora de la siesta. <strong>Musgo, geranios y piedra labrada</strong>. Con tanta calma las horas se le estirarán como días y los días como semanas. Y se preguntará qué coño hace instalado en la ciudad. Por qué no rompe con todo y se viene aquí a vivir. Echar un par de vacas y aprender a hacer queso, trabajar ese huerto comido ahora por la maleza. Hace falta bien poco. Pero <strong>el verano caducará</strong>. Y cuando reingrese en la polución, la rutina y el <strong>agua con sabor a hiel</strong>, algún día de invierno se escapará un rato a ese idílico paraíso en el que durante unos instantes luminosos se sintió pleno para intentar desestresarse. Sin embargo, descubirrá que aquel mismo lugar ahora es otro distinto. Porque<strong> la paz habrá mutado en desolación</strong>, la soledad en falta de servicios, el encanto rural en aislamiento social. Los tañidos le sonarán ténebres, las plantas se habrán marchitado y el viento soplará gélido. El retrato sin maquillar de una <a href="http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-sergio-molino-espana-vacia-esta-casas-espana-llena-201605072112_noticia.html">España vacía</a>.</p>
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		<title>El relato vacío</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Mar 2017 08:21:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2017/03/vaca.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1787" title="vaca" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2017/03/vaca.jpg" alt="vaca" width="660" height="495" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/03/vaca.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2017/03/vaca-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 660px) 100vw, 660px" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a title="sergio del molino" href="https://twitter.com/sergiodelmolino?lang=es">Sergio del Molino</a> acumula un doble mérito. El primero es haber alumbrado una envolvente novela a medio camino entre el ensayo y la etnografía donde dibuja el sombrío panorama de la despoblación rural y el otro, bautizar el libro con una etiqueta que se ha incrustado ya en el vocabulario social: <strong> La España vacía</strong>. El éxito de Del Molino ha propiciado en unos casos editar y otros redescrubir un buen puñado de trabajos que maman del mismo espíritu. Algunos con un enfoque más localista, un puñado en un tono decidamente literario y todos con el telón de fondo de <strong>ese mundo que se debate entre la ruina y el olvido</strong> mientras se agranda la brecha con el mostruo urbano. El fenómeno de la España vacía no sólo se ha impuesto sobre el resto de aspirantes a verbalizar el mismo proceso (<strong>demotanasia</strong>, el gran trauma, la <a title="laponia española" href="http://www.pepitas.net/libro/los-ultimos">Laponía española</a>&#8230;) sino que ha calado hasta en el discurso político. Dirigentes de todos los colores apelan a la vertebración territorial, fijar población, revitalizar la sierra, dignificar los pueblos. Lo hacen, claro, desde ciudades enmoquetadas. Y agitan la bandera como si el silencio que habita en las casas de abobe desmembradas hubiera aterrizado ayer. Igual que si los corrales huecos, los <strong>caminos comidos por la maleza</strong>, los campanarios desmoronados o las<strong> escuelas sin niños</strong> hayan surgido tras una súbita <a title="la lluvia amarilla" href="https://es.wikipedia.org/wiki/La_lluvia_amarilla">lluvia amarilla</a>. Sin saber, como hace Del Molino, que La España vacía no es un diagnóstico, sino un certificado de defunción tras muchas agonías ignoradas.</p>
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		<title>Fantasmas de barro</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Oct 2016 10:13:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Al yayo Tasio no le sacas de casa ni a tiros. A sus años, pasear más allá de los límites de su barrio es agotador y montar en coche, una heroicidad. No me quedó así otra que engañarle. A regañadientes aceptó llegarnos conduciendo un poquito más allá de la ciudad y parar a almorzar en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2016/10/mansilla.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-1734" title="mansilla" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2016/10/mansilla.jpg" alt="mansilla" width="660" height="404" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/10/mansilla.jpg 660w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/10/mansilla-300x184.jpg 300w" sizes="(max-width: 660px) 100vw, 660px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Al <strong>yayo Tasio</strong> no le sacas de casa ni a tiros. A sus años, pasear más allá de los límites de su barrio es agotador y montar en coche, una heroicidad. No me quedó así otra que engañarle. A regañadientes aceptó llegarnos conduciendo un poquito más allá de la ciudad y parar a almorzar en <strong>algún hayedo donde las hojas ya están pintadas de otoño</strong>. Tuve que darle palique para que no percibiera que hacíamos más kilómetros de los prometidos devorando curvas y sorteando baches. Para cuando se quiso dar cuenta, ya habíamos arribado a <a title="mansilla" href="https://es.wikipedia.org/wiki/Mansilla_de_la_Sierra">Mansilla</a>. Fue bajar del vehículo y ver cómo su cara mutaba en un espejo de la desolación que tenía delante. El pueblo que una vez fue fértil y populoso asomaba el esqueleto húmedo que <a title="mansilla" href="http://www.larioja.com/la-rioja/201610/04/mansilla-como-nunca-habias-20161004211443.html">durante años permanece oculto bajo las aguas</a>. Aunque no abrió la boca para decirlo, el abuelo estaba viendo en aquellas ruinas las de su propia aldea y otras tantas que las riadas del tiempo han enterrado no en un embalse, sino en el sótano de la memoria. Me rogó que le dejara solo. Apenas había otro puñado de curiosos. Bajó torpemente hasta la vaguada y vagabundeó entre calles que aún dibujan su trazado sobre<strong> la tierra cuarteada</strong>, unas pocas piedras erguidas, los vanos que se resisten a desmoronarse. Desde la distancia vi cómo palpaba los pocos troncos negros que siguen en pie, de qué forma reproducía en su mente la vida que ahora sólo se intuye tras la sequía. Al regresar al coche, no supe si al mi lado se sentó el abuelo Tasio o <strong>el fantasma de sí mismo con las suelas manchadas de barro</strong>.</p>
<p style="text-align: center;">Fotografía: <strong>Justo Rodríguez</strong></p>
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		<title>Canción triste</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Aug 2016 08:39:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[La Rioja]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2016/08/verbena.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter  wp-image-1714" title="verbena" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2016/08/verbena.jpg" alt="verbena" width="546" height="546" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/08/verbena.jpg 460w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/08/verbena-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2016/08/verbena-300x300.jpg 300w" sizes="(max-width: 546px) 100vw, 546px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Conocí al <strong>hombre más triste del mundo</strong> en un océano de alegría. Los amigos habíamos acudido a las fiestas de uno de esos pueblos minúsculos en invierno que en verano se llenan a reventar. Como para reivindicarse, cada agosto el ayuntamiento tiraba la casa por la ventana con<strong> guirnaldas en los balcones, churrería móvil y una verbena</strong> que torturaba el habitual silencio de la sierra hasta entrada la madrugada. Todo el mundo se arremolinaba en la plaza a medianoche en cuanto la orquesta daba el primer acorde. Como no éramos de bailar, nos acomodábamos en un banco al lado del escenario para otear el panorama y esperar la hora de coger el autobús de vuelta. Y allí lo vi, elevado con su guitarra sobre decenas de chavales haciendo la <strong>conga</strong> y abuelos que bailaban agarrados al ritmo de <strong>pasodoble</strong>. Mientras el cantante arengaba al público como si no hubiera mañana, la corista luchaba porque el sudor no le derritiera el maquillaje y el batería castigaba el bombo, su compañero tocaba sin inmutarse. No es que atacase cada tema con rutina sin saber dónde estaba ni qué día era, sino que en su mirada perdida había una pena contagiosa. La gente gritaba, saltaba, vibraba y él, en su cueva interior. El cantante anunció de pronto el turno de las <strong>baladas</strong>. Algunos abuchearon, dos parejas salieron a bailar las lentas, se encendieron mecheros. El guitarrista dio un paso al frente y <strong>punteó los acordes más melancólicos que jamás he escuchado</strong>. En la cara se le dibujó algo parecido a media sonrisa.</p>
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