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	<title>Chucherías y quincallasilencio &#8211; Chucherías y quincalla</title>
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		<title>Coleccionistas</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Aug 2019 09:30:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[La Rioja]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2019/08/silenciook.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-2122" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2019/08/silenciook.jpg" alt="silenciook" width="355" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2019/08/silenciook.jpg 355w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2019/08/silenciook-266x300.jpg 266w" sizes="(max-width: 355px) 100vw, 355px" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Al<strong> yayo Tasio</strong> le fascina coleccionar. Encuentra un placer compulsivo en la propia acumulación, aunque lo que de verdad le excita es ir recolectando a lo largo del tiempo y de forma aleatoria <strong>distintas versiones de una misma cosa</strong>. Unas veces a la caza de piezas singulares que completan cada retahíla y otras encontrando sin buscarlo un eslabón más en cadenas que van enroscándose sobre sí mismas. La colección personal que más mima es la de silencios. Los atesora de todo tipo. De múltiples tamaños e infinitas texturas. Ha ido aquilatándolos desde que era un mocete, cuando los arrumbaba en su memoria todavía fresca e inocente y aún desconocía que acabaría <strong>plastificándolos en los pliegues de su cerebro</strong> para repasarlos con perspectiva en sus ratos libres. Se detiene en el silencio de su pueblo. Guarda <strong>aquella nada en el aire de los domingos después de comer</strong>, cuando el resto del universo echaba la siesta y él subía solo a las eras para tumbarse mirando al cielo sin escuchar ni el rumor de las hormigas. Le fascina tanto como el que experimentó la primera vez que se topó con la belleza en un museo y cuando fue a hablar no salió nada de su boca. O el que provocó el día que se enfadó con el mundo y blindó la casa herméticamente para que nada perturbara su odio. <strong>Silencios cómplices y arrebatados</strong>; silencios atronadores o cortantes. <strong>El catálogo de silencios se completa con los que recibe cuando entra en un lugar ajeno, saluda con un buenos días y nadie le contesta</strong>. Espera una fracción de segundo pero no hay respuesta. Una clase de silencio que encarta entre la invisibilidad y la mala educación y al que el yayo tampoco hace ascos porque retrata a sus dueños y engordan <strong>una colección inabarcable</strong>.</p>
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		<title>Tiempo de silencio</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Oct 2013 18:56:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[La Rioja]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2013/10/ruido.jpg"><img loading="lazy" class="alignright size-full wp-image-1205" title="ruido" src="/chucherias/wp-content/uploads/sites/7/2013/10/ruido.jpg" alt="ruido" width="300" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/10/ruido.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/7/2013/10/ruido-150x150.jpg 150w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a>El <strong>yayo Tasio</strong> ha estado pachucho. La tensión se le disparó sin motivo aparente, tuvo una descompensación de azúcar y una mañana, de pronto, empezó a faltarle aire en los pulmones. Ninguna de las pruebas que le practicaron descubrieron más abolladuras de las que ya acumula en su cuerpo de viejo, así que el médico despachó sus miedos con media pastilla más después de cada comida y mucho reposo. Como el abuelo declinó venirse una temporada a nuestra casa para no sentirse una carga, me ofrecí yo a trasladarme unos días a su madriguera y vigilar su evolución instalado en el minúsculo sofá de escay de su minúsculo salón. Tasio empezó a recuperar la energía perdida de sopetón, pero yo apenas pegué ojo. Cada día y cada noche me taladraron <strong>los ruidos que acompañan a Tasio</strong> en su cuarto piso sin ascensor en una de esas flamantes calles peatonales. El chirrido de la tarima al pisar, cánticos etílicos de madrugada, el camión de basura engullendo el contenedor de vidrio, el llanto de un bebé, los tacones de la del quinto recorriendo la casa, la misma vecina tirando de la cadena, el zureo de las palomas, una despedida de soltero, el runrún de las terrazas, una manifestación contra los recortes, los repartidores descargando botellas, los repartidores recogiendo botellas. Cuando abandoné la casa, le rogué al yayo que viniera conmigo, que así dormiría en silencio. El dijo no, gracias. Porque el día que deje de escuchar tanto ruido <strong>significará que está muerto</strong>.</p>
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		<title>EL RUIDO DE UN CIGARRO</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Feb 2011 16:39:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teri Sáenz</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[El yayo Tasio siempre había creído un privilegio poder vivir en el centro de Logroño. Olvidar el coche en el garaje, bajar los domingos en chanclas al quiosco que tiene frente al portal, sentir en definitiva el pulso de la ciudad desde la ventana cuando descorre las cortinas. Vivir, para decir toda la verdad, en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><FONT size=5><SMALL><FONT size=5><BIG><FONT size=5><SMALL><FONT size=5><SPAN style="FONT-FAMILY: Verdana; FONT-SIZE: 11pt"> <P style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class=MsoNormal><SPAN style="FONT-FAMILY: Verdana; FONT-SIZE: 11pt">El yayo Tasio siempre había creído un <STRONG><SPAN style="FONT-FAMILY: Verdana">privilegio poder vivir en el centro</SPAN></STRONG> de Logroño. Olvidar el coche en el garaje, bajar los domingos en chanclas al quiosco que tiene frente al portal, sentir en definitiva el pulso de la ciudad desde la ventana cuando descorre las cortinas. Vivir, para decir toda la verdad, en un centro un pelín menos céntrico al que padecen los vecinos del Casco Antiguo cuyo derecho al sueño y cuya paciencia tienen que pelear cada fin de semana con hordas de jóvenes coronados con chupitos de tequila barato y camiones de basura que gruñen cada vez que descargan los desperdicios en sus entrañas.</p>
<p>Su fundamentalismo ha empezado a desmoronarse desde la puesta en marcha de la ley antitabaco. Fue aprobarse la legislación, comenzar los fumadores a cumplir con sus deberes cívicos y empezar a brotar <STRONG><SPAN style="FONT-FAMILY: Verdana">efectos colaterales imprevistos e intempestivos</SPAN></STRONG>. Como el de todos esos que salen de noche a la entrada del pub que hay bajo su casa para apurar unas caladas mientras toman una copa que, paradojas de las normativas, no pueden sacar fuera a no ser que permanezcan bajo el dintel con la mano que sostienen el vaso dentro del local y la otra fuera, con el cigarrillo humeante. Desde entonces, sus fines de semana son un runrún de puertas lejanas que abren y se cierran de madrugada, ecos de conversaciones ajenas y el descubrimiento del <STRONG><SPAN style="FONT-FAMILY: Verdana">intenso ruido que un inocente cigarrillo es capaz de hacer</SPAN></STRONG> cuando la noche cae.</SPAN><SPAN style="FONT-SIZE: 11pt"><?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /><o:p></o:p></SPAN></p>
<p></SPAN></FONT></SMALL></FONT></BIG></FONT></SMALL></FONT></p>
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