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	<title>El hombre y el artista | El bisturí - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Por Fernando SÁEZ ALDANA</description>
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		<title>El hombre y el artista | El bisturí - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Mar 2020 05:19:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Sáez Aldana</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>En 1913, centenario del nacimiento de Richard Wagner, el crítico musical británico Ernest Newman publicó el ensayo <em>Wagner as Man and Artist</em> («Wagner como hombre y artista»), un clásico imprescindible para aproximarse a la gigantesca figura del compositor de <em>El Anillo del Nibelungo</em>. La reseña de <em>The Times</em> alabó la objetividad intelectual de Newman destacando «su enorme admiración por el artista y su desprecio por el hombre».</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Ningún músico ha vertido más ríos de tinta que Wagner y los estudiosos del personaje coinciden en recalcar la disociación entre los extraordinarios logros artísticos del inmenso artista y las mundanas flaquezas del ser demasiado humano. Entre la magnificencia que impregnó su obra y la mezquindad que deslustró su vida. Con respecto a Wagner, hay dos clases de personas: las que sin haber escuchado una sola nota suya lo aborrecen debido a prejuicios como una banda sonora belicista o aquella ocurrencia de Woody Allen (tan estúpida como decir que viendo su cine entran ganas de meterle mano a una niña), y las que admiramos, disfrutamos y amamos su obra aunque sepamos que la creó un ególatra manirroto, gorrón, manipulador, antisemita y seductor de señoras casadas.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Mientras me emociono escuchando una vez más el coro de peregrinos de Tannhäuser, el preludio de Lohengrin, el Adiós de Wotan a Brunilda, la marcha fúnebre de Sigfrido, la Muerte de amor de Isolda o la escena del Grial de Parsifal, jamás pienso en las púas que Wagner dejó por media Europa, en que exprimió a sus fieles, maltrató a quienes lo ayudaron o publicó el lamentable panfleto «El judaísmo en música». No estoy dispuesto a dejar de escuchar esta maravillosa música por la conducta reprobable de su autor y ningún teatro de ópera del mundo se planteará nunca condenarla o desprogramarla. La triunfal inauguración en 1876 de un teatro-templo consagrado en exclusiva a representar sus obras significó el rotundo éxito de su carrera, sin que ni al Káiser Guillermo ni a la crema social y musical europea que asistieron rendidos a su arte, les importara un pito si Wagner repartió granadas en las barricadas de Dresde, esquilmó al Reino de Baviera o se acostaba con la mujer de su devoto Hans von Bülow mientras éste se rompía los cuernos desentrañando al piano la endemoniada partitura del <em>Tristán</em> en el piso de abajo.</p>
<p>Naturalmente que aquellos eran otros tiempos. Los actuales, con su integrismo moralista hipócrita e intolerante, su caza de brujos, su afán por derribar ídolos luego de encumbrarlos, sus acusaciones sin pruebas, sus condenas sin juicio y su incapacidad intelectual para discernir las debilidades prescriptibles del hombre de la grandeza imperecedera del artista, me parecen mucho peores.</p>
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