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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Visita de madrugada

La historia comenzó hace una semana, justo el día que me despidieron de la empresa. A pesar del enorme disgusto —¿adónde voy a mis años?— decidí no alterar mi rutina, así que cené ligero, vi un capítulo de Black Mirror y me acosté temprano. Nunca duermo más de seis horas, ni los fines de semana, pero siempre de un tirón. Aunque ya no tendría que madrugar, ni me molesté en desconectar la alarma. Para qué,  si, como todos los días, estaría despierto cuando sonara. El sueño apacigua hasta los peores disgustos, así que aquella noche necesitaba conciliarlo antes que nunca. Seguro que despertaría todavía dolorido pero aliviado, con la impresión de que lo peor habría pasado, como cuando me operaron la maldita fístula.

No sé a qué hora sucedió porque no quise mirar el reloj. Como no soporto el menor reflejo de luz siempre cierro la habitación a cal y canto. La puerta está a unos dos metros a la izquierda de la cama y, en medio de la oscuridad absoluta, sentí que se abría. Lo que fuera me despertó y al principio pensé que era imaginario pero el aire desplazado por la apertura me acarició el rostro y entonces supe que no soñaba. Aunque no podía ver ni oír nada percibí una presencia. La certeza de que algo o alguien se acercaba con todo sigilo me aterrorizó y el instinto de conservación me paralizó por completo. Para no delatarme contuve la respiración, pero se aproximó tanto que pude sentir la suya. Era intensa y acelerada, como de cansancio, y se arrimó tanto que pude sentir en la cara el vaho cálido y dulzón exhalado por una boca jadeante. Tampoco sé cuánto duró aquello, quizás unos segundos aunque me pareció que el tiempo también se había parado de puro miedo. Era tan espantoso que acabé pidiendo auxilio a gritos y al instante lo que fuera abandonó la habitación y cerró la puerta. Cuando tuve la seguridad de que se había marchado encendí la luz y me di una vuelta por el apartamento. Todo parecía en orden y regresé a la cama convencido de haber sufrido una pesadilla. Sólo la asistenta y el casero tenían llave y no podía imaginarlos entrando de madrugada en mi casa para echarme el aliento en el cogote y salir corriendo.

Pasé la mañana siguiente muy entretenido, entre oficinas y despachos, preparando mi demanda por despido improcedente y solicitando la prestación de desempleo. Por la tarde jugué un partido de tenis con un amigo y después nos fuimos a tomar algo. Ni sé cómo me aguantó contándole mis problemas. Es un buen amigo. Esa noche no cené y después de ver otro capítulo de mi serie favorita me acosté a la hora de siempre, sin acordarme para nada de la pesadilla. Hasta que, a las tres de la mañana —esta vez sí miré la hora— volvió a suceder, calcado. El mismo airecillo en el rostro, la misma percepción de presencia en la oscuridad, la misma respiración, el mismo aliento caliente y empalagoso, el mismo terror paralizante e idéntico alarido espantando a la aparición invisible. Esta vez, sin embargo, tuve la seguridad de que había sido real y no un sueño.

Al día siguiente interrogué al casero y a la asistenta. No detecté nada extraño en sus respuestas y les comuniqué que había decidido cambiar la cerradura. Esa misma tarde el cerrajero la dejó lista, de modo que sólo yo tenía la nueva llave. Me costó quedarme dormido y no llevaría ni dos horas cuando la espiración entrecortada y profunda de un vapor ácido contra mi rostro me sobresaltó. De nuevo grité y se esfumó, igual que en la noche anterior. Pero esta vez me pareció haber escuchado el ruido de la puerta de la calle y me levanté a inspeccionarla. Estaba cerrada pero sin la triple vuelta de llave que yo juraría haber dado al cerrarla. Así, cualquiera podría abrirla con facilidad. Era demasiado y por la mañana lo denuncié en la comisaría del barrio. Como ni me habían robado ni había sufrido ningún daño —quien fuera ni siquiera me había tocado— me dijeron que de momento no podían hacer nada y me recomendaron instalar una alarma con filmación de imágenes en la oscuridad. La encargué esa misma mañana pero no podrían instalarla hasta unos días después, así que me preparé para recibir otra visita nocturna o a sufrir otra pesadilla. El médico que me recetó los tranquilizantes ya me advirtió de los posibles efectos adversos que podría ocasionarme, como alucinaciones. Me considero un tipo racional y desde luego no creo en fantasmas, apariciones o visiones sobrenaturales. Serían malos sueños o las dichosas alucinaciones producidas por el fármaco que paradójicamente estaba tomando para calmar unos nervios excitados por mi penosa situación laboral. Veinte años dándolo todo en la empresa para que te pongan en la calle víctima de un presunto «ajuste de personal imprescindible para garantizar la continuidad de la actividad empresarial». En fin.

Me daba tanta grima pasar la noche en mi apartamento que pensé alojarme en un hotel hasta que instalaran la alarma. Solo sería una noche, o dos, pero en mi situación no estaba para gastos. No tenía ganas de preparar cena y necesitaba estar con gente así que entré en una cafetería próxima a mi casa y pedíun emparedado, creo, no recuerdo de qué. La idea surgió mientras lo engullía mirando en el televisor un partido de fútbol que no me interesaba. Había un modo de averiguar si mi visitante era físico o mental. Lo había leído hacía muchos años en una antología de cuentos de Allan Poe y, por descabellado que pareciera, decidí ponerlo en práctica.

Aún conservaba un bote de polvos de talco de cuando me los recomendaron para aliviar los tormentos de mi fístula. No llegué a usarlos porque leí en internet que contenían no sé qué sustancia cancerígena, pero no recordaba haberlos tirado. Salí pitando del bar, me fui a casa —asegurándome de cerrar dándole las tres vueltas al cerrojo— y  encontré el bote a la primera, arrinconado en el armario del baño. Me puse el pijama, cerré la habitación, retiré la alfombra, esparcí cuidadosamente una fina capa de polvos entre la puerta y la cama, dejé el envase sobre la mesilla, me acosté y apagué la luz.

Mire doctor, sé que lo que viene ahora es difícil de creer, pero le juro a usted por lo que más quiera que es cierto. A las tres de la madrugada el fenómeno se repitió exactamente igual que las noches anteriores. Alguien se me acercó tanto que sentí su asqueroso aliento templado en la cara. Pero esa vez ya no grité. Encendí la luz, me incorporé, miré hacia el suelo y lo que vi me produjo tal escalofrío que aún no he podido sacudírmelo del cuerpo. Habría cinco o seis huellas de pies marcadas en el polvo, efectivamente, pero solo en la dirección de la puerta a la cama. Ni una sola en sentido contrario. ¿Se da usted cuenta? ¡Es espantoso! Mi visitante es real, entra en la habitación, se acerca hasta mi cara, me echa el aliento y luego desaparece, se esfuma… Fui a mirar el despertador para comprobar la hora pero sin querer le di tal manotazo a la botella de güisqui que cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Menos mal que estaba vacía.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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