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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

La honra

Contemplando las ruinas de Castilseco desde las de la fortaleza a cuya sombra surgió hace siglos, nadie creería que alguna vez las habitaron más de cincuenta familias. Aunque desde las tortuosas callejuelas algunas fachadas de sillarejo todavía aparentan buen estado, trepando hasta lo más alto de la desmochada torre del homenaje y asomándose —peligrosamente— desde los restos del adarve se comprueba que sólo queda media docena de tejados enteros. En invierno aún puede verse escapar por alguno de estos el humo de las pocas vidas que, tercas, se resisten a consumirse en el hogar. La mía fue una de las últimas familias en volverle la espalda a la sierra y bajarse al valle para siempre.

Mi bisabuelo, el molinero de Castilseco, engendró dos hijos: tío Cosme, el mayor, y Damián, mi abuelo. Cumpliendo una costumbre ancestral, el primogénito heredó el molino y el segundo la labranza de las tierras. Mi abuelo tuvo a su vez cuatro hijos, todos varones, mientras que su hermano Cosme procreó el mismo número de hijas. La mayor tomó los hábitos, las dos siguientes se casaron fuera del pueblo y la cuarta —la que mató a su madre en el parto— permanecería a su lado toda la vida igual de solterona, dominante y arisca. Como ni a mi padre ni a ninguno de mis tres tíos se les pasó por la cabeza hacerse cargo de un oficio que además de ser muy duro no corría por sus venas, llegó el día en que la muela volandera dejó de girar para siempre sobre la solera.

Después de los de la fonda, el colmado y el consultorio, el cierre del del molino fue uno de los últimos golpes que recibió Castilseco antes de su desahucio. Cada vez más dependiente, desabastecido y desprovisto de servicios, poco a poco los vecinos se fueron marchando del pueblo. La mayoría se trasladaban a la capital de la provinica, que no paraba de crecer a costa de centenares de rurales desertores que, mal que bien, acababan colocándose en el comercio, o sirviendo, o en las fábricas, o poniendo un bar. Pero los viejos hermanos, aferrados al terruño por unas raíces tan recias y antiguas como los cimientos del castillo, juraron que jamás se marcharían del pueblo.  Hasta que la muerte de su mujer, poco después de las bodas de oro, obligó a claudicar al pobre Damián. A la abuela Genara la bajaron un día a la Residencia amarilla como un limón y en unas semanas se murió sin saber que había estado enferma. Mi abuelo se hubiera valido sin ella lo mismo que el espantapájaros del sembrado, así que a regañadientes, huérfano, inútil y medio muerto de pena, no le quedó más remedio que cerrar la casa y bajarse a la ciudad. En ella sobrevivió hasta su muerte rotando por las casas de las nueras a razón de un trimestre en cada una, como se rotan los cultivos para evitar que el terreno se agote alimentando a una sola especie vegetal. Tras el doloroso exilio de mi abuelo, su hermano Cosme y tía Candelas, la hija soltera, aún resistieron un tiempo en la exigua comunidad de espectros supervivientes entre los restos de Castilseco. Pero no pasaría ni un invierno completo antes de que tío Cosme, enfermo de la ausencia de su hermano, siguiera sus pasos arrastrando al destierro a una tía Candelas más gruñona y áspera que nunca.

Aunque pasar tres meses en cada casa no era plato de gusto, mi abuelo lo prefirió a convivir con tía Candelas. Pero se asfixiaba en los pisos y en cuanto hacía bueno se escapaba a un parque frecuentado por otros emigrantes del pueblo que para ellos era como un pequeño oasis de agua y vegetación en medio del desierto de asfalto. Fue allí donde un compañero de banco, boina y cachava contó un día que en el convento de las Clarisas, donde profesaba una prima lejana suya, necesitaban hortelano. Una mala gripe había jubilado del todo al anterior titular y las monjas buscaban con urgencia un sustituto. La noticia le dio vida y a la mañana siguiente temprano el abuelo Damián se presentó en el convento con la ilusión y los nervios de un aprendiz en busca de su primer trabajo. El mejor horticultor de Castilseco ofreció a las monjitas unas espaldas aún flexibles como juncos, dedicación exclusiva y una sabiduría de siglos a cambio solo de sentirse de provecho haciendo lo que más le gustaba. A pesar de la edad, lo aceptaron sin dudarlo. El contrato parecía desigual pero pronto resultaría beneficioso para ambas partes. Por un lado, el huerto de las claras jamás había ofrecido un aspecto tan cuidado y primoroso, ni había sido tan fructífero como desde la llegada del nuevo hortelano El cual, a su vez, nunca se había sentido tan contento, útil e incluso joven, a sus casi ochenta años.

Las cosas fueron tan bien hasta que la próstata de mi abuelo terminó arruinando la ilusión del viejo. En cuatro días la antigua dolencia se reagudizó y ante el progresivo empeoramiento acabó en el quirófano. Gracias a su fuerte naturaleza, la operación fue un éxito y los médicos quedaron impresionados por la resistencia física y la capacidad de recuperación del anciano labrador. Unos días después de la intervención, Cosme visitó a su hermano en el hospital con la inevitable compañía de su hija. En lugar de preguntarle qué tal se encontraba, la tía Candelas no paró de mortificarlo aún más con sus teorías sobre el origen de su enfermedad, basadas en los malos hábitos del paciente. Que si mucha juerga de joven. Que si el tabaco. Que si la bebida. Que si los malos aires de la capital por salir tanto de casa, que le habían envenenado la sangre. Y sobre todo, que quién le mandaba, a sus años, deslomarse para unas monjas sin oler un jornal. La regañina solo cesó cuando se presentaron en la habitación precisamente dos hermanas del convento de Santa Clara. Venían a decirle al señor Damián lo mucho que había rezado la comunidad por él, a traerle un bizcocho recién sacado del horno y a lamentar el deplorable estado del huerto desde que él faltaba. Mi abuelo les presentó a su hermano y su sobrina y al cabo de un rato de animada conversación entró la enfermera que echaba a los acompañantes porque se acercaba la visita de los médicos. El cuerpo es muy listo, le diría el cirujano, y pensar en volver pronto al huerto seguro que aceleraría su recuperación.

Dos semanas después, nada más recibir el alta, el abuelo voló al convento de la Clarisas para volver a hacerse cargo del corrillo de tierra sembrada de tomates, lechugas, caparrones y hasta fresas en el que no había dejado de pensar ni un instante. Cuando la hermana portera abrió la puerta y lo vio sonriendo en el umbral, el viejo intuyó que algo malo ocurría, porque la monjita reaccionó como sorprendida haciendo algo malo con las manos en la masa.

—Cómo así tan pronto, señor Damián —acertó a decir—, ¡qué sorpresa!, ¿pero ya está recuperado del todo?, ¡Jesús!, este hombre, qué animado…

Al señor Damián le extrañó que no le invitara a entrar y lo mantuviese plantado ante la puerta, como un pasmarote. Entonces recordó que en la última visita de la madre superiora al hospital no mencionó el huerto ni una sola vez, seguramente, pensó él entonces, por evitarle el mal rato. Y en ese momento el pobre Damián se cayó del guindo.

—Han cogido otro huertano, ¿verdad, hermana?

De repente la carita de cera virgen de sor Irene se arreboló y, paralizada por la turbación, no acertó a responder. Para alivio suyo, antes de que sus mejillas se apagaran del todo la madre superiora llegó para sacarla del apuro. La monja mayor saludó a mi abuelo con una silenciosa reverencia y sin mediar palabra lo invitó a seguirla con un ladeo de toca. Mi abuelo obedeció y ambos emprendieron la marcha por el oscuro corredor de piso ajedrezado y eterno olor a sopa boba que pocos extraños al convento habían recorrido. Sólo cuando la superiora se detuvo frente al portón de acceso al huerto fue capaz de abrir la boca para confesarle a mi abuelo que lo habían traicionado durante su convalecencia.

—Compréndalo, señor Damián, los frutos que nos concede la generosa Providencia no podían esperarlo, se hubieran echado a perder, y nos hacen tanta falta…

Se lo dijo sin mirarlo, mientras vencía la resistencia de la puerta a base de vigorosos meneos con la energía propia de una mujer acostumbrada a desenvolverse toda la vida sin hombres.

—… pero Dios ha querido que todo se quede en familia, señor Damián, verá qué sorpresa se va a llevar — añadió la superiora con voz entrecortada, más por la desazón que por el esfuerzo, y abrió el portón de par en par.

De pronto una descarga de luz cegadora, gorjeos, frescor y mezcla de cien fragancias inundó el pasillo. Era como pasar de una tenebrosa prisión al mismísimo Edén. Aturdido por el mazazo que acababa de recibir, al principio el abuelo fue incapaz de localizar la presencia del intruso en sus dominios, pero al cabo de unos instantes le pareció vislumbrar una sombra encorvada sobre el semillero. Sin duda se trataba del desvergonzado usurpador que se había aprovechado de su enfermedad para robarle la última razón de su existencia. Allí estaba, sí, metiendo sus manazas en las delicadas crías de lechuga, achicoria, repollo o lombarda. Sin pensarlo, dejó plantada a la superiora en el umbral y se lanzó en dirección al desalmado, poseído por la rabia ciega del marido burlado que va a por el canalla. La monja dudó si seguirlo o no pero cuando el abuelo Damián ya daba alcance a su sucesor dio media vuelta y se refugió en la capilla, donde las hermanas rezaban el rosario, para no presenciar el encontronazo de los hermanos. Se libró así de escuchar la sarta de insultos y blasfemias que, como sacrílega réplica a las letanías que entonaban las monjitas, se cruzaron el advenedizo tío Cosme y el depuesto abuelo Damián. Mientras las monjitas rezaban como buenas hermanas, en su huerto germinaba la semilla fratricida de Caín bajo un bastón y una azadilla blandiendo sobre dos cabezas casi idénticas.

El sonado enfrentamiento de los hermanos en el huerto de las Clarisas provocó tal cascada de rupturas entre dos ramas de la misma familia que pronto acabarían convertidas en bandos irreconciliables. A medida que se iban enterando de la riña, los descendientes directos de los dos hermanos dejaron de verse y hablarse. La división se instaló con tal severidad y rapidez que costaba trabajo no creer que seguramente habría otros conflictos entre ellos, enquistados durante decenios a la espera de la chispa que desencadenara la explosión de tanta tensión acumulada. Lo cierto fue que la pelea de los dos patriarcas actuó como la erupción de un volcán adormilado cuyo torrente de lava liberada se llevó a tres generaciones por delante. De pronto resucitaron viejas rencillas en torno a novias robadas, voluntades profanadas, lindes confusas y herencias arbitrarias. Los venerables símbolos vivientes de los más nobles valores familiares, los desgastados pilares de la estirpe, tío Cosme y tío Damián, los dos únicos miembros de la misma familia que merecían el respeto de todos, habían dejado de respetarse entre ellos llegando a las manos, y a partir de eso valió todo. Reverdecieron antiguas envidias, retoñaron antipatías ya casi secas y acabaron enfrentándose hermanos contra hermanos, tíos contra sobrinos, hijos contra padres, nueras contra suegros y suegras contra yernos, concuñados, compadres y resobrinos. La oleada de rencor se extendió por ambos lados hasta el pariente más lejano como una maligna epidemia y no se detuvo hasta llegar a los confines de la consanguinidad, donde los lazos familiares acaban por aflojarse del todo. Solo allí el odio acabó diluyéndose como la espuma de las olas sobre las orillas opuestas del mismo océano, a salvo de la tempestad librada en alta mar.

Las hostilidades llegaron tan lejos que incluso a los nietos nos prohibieron no ya jugar sino hasta juntarnos con nuestros primos. A ellos les explicaron que todo era por culpa de tío Damián, aquél viejo envidioso, desagradecido y medio chiflado que un día poco le faltó para matar a su abuelo Cosme a palos mientras éste hacía la labor que aquél, tan enfermo como estaba, era ya incapaz de realizar. A nosotros, en cambio, nos contaron que al abuelo Damián le hicieron la canallada de robarle el puesto de huertano de las Clarisas entre el aficionado chapucero de su hermano Cosme y la bruja de tía Candelas, aprovechando que el pobre convalecía de una operación en el hospital. Incluyendo inquina en la dieta de los benjamines de ambas facciones se garantizaba la perpetuación de la enemistad en las futuras generaciones. Y en consecuencia, el legítimo honor familiar, la famosa honra a la que unos y otros apelaban para justificar el cisma, quedaría preservado a ambos lados del frente.

Casi medio año después de la ruptura, cierto desapacible atardecer, tía Candelas se echó a la calle con los aires de una moza. Le animaba una buena razón para calzarse, ponerse el abrigo y cubrirse con el pañuelo de lanilla a unas horas en las que jamás de los jamases salía de casa. Menos aún en invierno, cuando la humedad le entraba hasta los huesos y no se la sacaba ni en una semana encogida bajo la mesa camilla con los pies sobre el brasero. Pero aquella tarde se armó de valor, decidida a comprobar en persona y de una vez por todas si eran ciertas o no las descaradas habladurías con las que la torturaban otras mujeres del pueblo en la cola de la pescadería o a la salida de misa. Sabía que no era posible semejante aberración pero tenía que asegurarse para llamar embustera en voz alta a la próxima que se le acercara con el mismo chismorreo. Lo que más sentía mientras se dirigía a buen paso hacia el lugar donde presuntamente se estaba perpetrando la infamia era que esa tarde su padre se marchara del Hogar del Jubilado antes de lo habitual y al llegar a casa no se la encontrara preparándole la cena. Iba tan ensimismada que llegó a su destino casi sin darse cuenta.

Durante unos instantes se detuvo a la puerta del Bar Castilseco, un antro sucio y mal iluminado que seguramente apestaría a tabaco y fritanga. A tía Candelas no le extrañó que semejante tugurio fuese donde su tío Damián se reunía con otros viejos de su misma calaña. Estuvo a punto de darse la vuelta pero la voluntad de zanjar la calumnia pudo más y cuando logró sobreponerse a la grima irrumpió en la taberna con decisión. No tuvo que buscar mucho. Los tres o cuatro hombretones que bebían encaramados a la barra ni se molestaron en volverse hacia la puerta cuando el chirrido de sus goznes anunció la llegada de otro parroquiano. En el tascucio había varias mesas pero sólo la del fondo estaba ocupada por otros cuatro que echaban la partida envueltos en la humareda. Tía Candelas reconoció en seguida el rostro desmejorado de su tío porque estaba sentado frente a la entrada, con una colilla a punto de abrasarle los labios, sosteniendo sus cartas con manos temblonas. Mientras avanzaba con firmeza hacia la timba se fijó primero en los dos que flanqueaban al abuelo Damián y una vez descartados concentró su mirada en el cogote del que jugaba de espaldas a ella. Cuando comprobó que era el colodrillo ceniciento de su padre tuvo que llevarse una mano a la boca para no gritar y sujetarse con la otra a una silla para no caerse de la impresión. ¡Virgen de los Dolores bendita!, no habían sido comadreos de arpías, era cierto, ¡su padre y su tío se veían! Pero aún le habían contado poco, porque ¡hasta formaban pareja de mus!, los muy bribones, mientras ellos, las dos familias, se llevaban a matar por su culpa…

—Hombre Candelas, qué vida —la saludó el abuelo Damián sin inmutarse en cuanto advirtió su presencia— Pares se buscan.

—Pero… padre, ¿qué hace usted aquí?, ¿no tenía que estar en el Hogar?, ¿le parece a usted bonito engañarme de esta manera?, ¿pero qué fundamento es éste?, ¿quiere contestarme, por el amor de Dios?

La Candelas fue subiendo el tono con cada nueva pregunta sin respuesta. Lo que más le disgustó no era que su padre hubiera estado mintiéndole durante meses sino que fuera por verse a escondidas con el botarate de su hermano.

—Envido más —respondió el tío Cosme mientras contaba por dentro la diferencia de piedras que les llevaban los contrarios—. Es que en el Hogar no saben jugar al mus, ¡bah!, estos de ciudad… ¡queremos!

La pareja de Castilseco acababa de ganarles la partida a los otros, que eran del vecino pueblo de Peñafría, y los hermanos celebraron la victoria reclamando a voces otra ronda al tabernero. A tía Candelas casi le dio un soponcio pero pudo dominarse y, sin importarle que lo escucharan los demás, le largó a su padre una retahíla de reproches con lustros de retroactividad. La soflama comenzó con la solemne proclamación de que ella le había consagrado toda su vida, permaneciendo siempre a su lado para atenderle, sacrificando su porvenir, y que así era como el muy ingrato se lo pagaba. A continuación le echó en cara que le hubiese obligado a marcharse también del pueblo cuando él decidió seguir los pasos de su hermano como un perro los de su amo. Acto seguido le recordó el asunto del huerto de las monjas, la pelea con mi abuelo y el consiguiente el enfado de las dos familias. Mientras tía Candelas desgranaba su sermón, las dos parejas, como si no la oyeran, se metieron otro lingotazo de peleón y uno de los otros comenzó a repartir la mugrienta baraja para jugarse el desempate. Dolida por tanto agravio y desesperada por tamaña indiferencia, la oradora remató su apasionada intervención dirigiendo la pregunta definitiva, no sólo a su padre sino también a sus compañeros de partida, a los apalancados en la barra, al tabernero, a los vecinos del barrio, a la nación y al universo entero, gesticulando con la trágica dignidad de una heroína clásica instantes antes de inmolarse en la pira funeraria.

—¿Y la honra, padre? ¿Es que no le importa nada la honra de toda una familia?

Fue uno de los hermanos quien le contestó, justo antes de darse mus negro mientras le guiñaba el ojo al compañero sin que los otros lo pillaran:

—Eso de la honra, Candelas, es cosa de enemigos.

No supo cuál de los dos lo dijo porque también tenían la voz muy parecida y entre el humazo y el berrinche se le había nublado la vista.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor

Haro, 1953. Doctor en Medicina especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología jubilado en 2018, ya escribía antes de ser médico y lo seguirá haciendo hasta el final. Ha publicado varios libros de relatos y novelas y ha obtenido numerosos premios literarios y accésits. El bisturí es una columna de opinión que publica Diario LA RIOJA todos los jueves desde 1994.