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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Guasapollas (I)

(Relato en cinco entregas)

El albedrío otorga al género humano capacidad de ejecutar actos racionales, cuyo acierto o desatino dependerá de la inteligencia o estupidez con que fueron concebidos.  Hasta las decisiones más sesudas pueden resultar equivocadas, pero cuando se toman como respuesta automática a un impulso irreflexivo, sus posibilidades de acertar son remotas. Y si actuar obedeciendo a una desafortunada ocurrencia suele ocasionar efectos indeseables, pueden resultar catastróficos cuando además se osa transgredir un tabú social. Es lo que le sucedió a Ernesto Vergara. Esta es su historia.

 

I

La vida de Ernesto Vergara se torció para siempre el día que sucumbió a la ocurrencia de exhibir su pene erecto como foto de perfil en la cuenta de guasap. Igual que otras mañanas despertó empalmado pero aquel extraño lunes sin prisas, en lugar de levantarse al baño, retiró el edredón y se bajó el pantalón del pijama. Como el foco que destaca al artista en el escenario, un rayo de sol colado por la persiana incidió sobre el falo, que parecía dormitar tendido sobre el pubis. Con los dedos índice y corazón de su mano izquierda a modo de horquilla lo enganchó por su base, lo propulsó hasta la verticalidad y se quedó contemplándolo.

Desde su separación, Ernesto Vergara vivía solo en un céntrico estudio de apenas cuarenta metros pero que costaba un dineral. El alquiler y la pensión de su ex le comían dos tercios del sueldo, pero no cambiaría su independencia por nada.En casa de sus padres había entrado lo justo y le inculcaron la austeridad que ahora le permitía vivir bien con poco. Aprendió que no es más rico el que más tiene sino quien menos necesita y cumplidos los cincuenta su estoicismo expresaba menos necesidad que convicción. Era frugal, gastaba poco en ropa, y en nada, no tenía coche y había leído que las peores cosas de la vida suceden por salir de casa.

Mientras el rayo intruso se lo templaba pensó en lo magnífico que seguía siendo su miembro rígido, algo desviado a la izquierda y hacia atrás, desde su punto de vista. En congestión máxima alcanzaba trece centímetros de longitud —medidos desde su base púbica— y diez de circunferencia en su ecuador. Unas dimensiones justitas que, unidas al glande cubierto por el prepucio —no descapullaba sin molestias—, otorgaban a su pene un grácil aspecto juvenil al que contribuía el vientre casi plano. Aún la tengo estupenda, pensó, dura, turgente y tersa, pero desaprovechada, ¿por desconocida, quizás?

Su familia era muy católica, así que cuando la novia de Ernesto Vergara quedó embarazada tuvieron que casarse por la iglesia. Él tenía treinta y cinco, ella tres menos y, aunque el matrimonio fracasó enseguida, hubo que esperar a que el niño comulgara para separarse. Entonces juró no atarse nunca a otra mujer y cuando las ganas apretaban chava mano del amor propio o de la cartera. Había aprendido bien la lección: el enamoramiento es el anzuelo sexual que la especie tiende a sus individuos para perpetuarse. Y después de procrear, allá se las compongan hasta que la muerte o el hastío los separen. Porque la pulsión sexual duraba dos años.

Cuando el rayo de sol se esfumó la silueta del pene se diluyó en la penumbra. La horquilla lo mantenía erguido y su dueño comenzó a acariciarlo con la derecha. No le estaba asaltando el deseo de masturbarse. Salvo recién despertado de un intenso sueño erótico, nunca le apetecía tan temprano. No era un tocamiento libidinoso sino una delicada muestra de afecto. Lo rozó como se acaricia el pelo de la mascota, la copa de yintonic o el volante del coche nuevo. Más que una invitación a placer o la revalidación de su virilidad, interpretó su erección como el saludo matutino del amigo en forma que nunca te falla.

Aunque vivía solo, Ernesto Vergara no era un ermitaño misántropo. Tenía el único amigo de verdad al que se puede aspirar, unos cuantos amiguetes y muchos conocidos por su trabajo de comercial en una correduría de seguros. No era un personaje notorio pero sí conocido en la ciudad, con fama de buena gente y seriedad profesional. Corría tres días por semana, jugaba al pádel dos, no fumaba, votaba centro-derecha y bebía alguna cerveza. Su único vicio conocido era devorar series hasta las tantas en el televisor inteligente de sesenta pulgadas que presidía el minúsculo cuarto de estar de su  vivienda.

No recordaba su primera erección pero lo vio al cambiarle el pañal a Borjita, así que supuso que a él también se le pondría así desde la lactancia. Eso significaba que su pene llevaba más de medio siglo de erecciones constantes. Y allí seguía, desafiando la ley de la gravedad en la cincuentena como en la adolescencia, cuando se pasaba más horas del día —y de la noche— activo que en reposo. De pronto, Ernesto Vergara se sintió orgulloso de la indesmayable competencia de su miembro viril. De ahí a la ocurrencia que tanto habría de lamentar sólo mediaba el clic de la cámara de diez megapíxeles que nunca debió pulsar.

Además de fuente inagotable de cine, música en estrimin y series, el teléfono de Vergara era un medio de comunicación indispensable en el medio donde se movía. Como todo el mundo, gracias a él intercambiaba correos, colgaba mensajes en las redes y se había enganchado al guasap. Acumulaba más de cien contactos individuales activos y participaba en varios grupos, lo que significaba vivir hiperconectado, recibiendo y rebotando cada día docenas de mensajes, fotos, memes y memeces. Igual que cualquier otro miembro de su sociedad, vivía más pendiente de la pantalla del teléfono que del mundo real que lo rodeaba.

La idea cruzó su mente con el fulgor y la celeridad de una perseida. Primero dedujo que si la gente colgaba como foto de perfil del guasap las imágenes más absurdas y estúpidas era porque se identificaban con ellas. Entonces le dio unos toquecitos al glande: ¿y tú, por qué no? Era insensata, pero no solo rechazó la idea de inmediato sino que la ejecutó sin pensarlo. De un brinco abrió la persiana, cogió el móvil y volvió a tumbarse. Impulsándolo con la horquilla irguió el pene al máximo y le tomó varias fotos, de frente, de lado, desde arriba y por detrás. Luego se duchó, arregló la cama y mientras salía el café las fue borrando hasta quedarse con la elegida.

Borja Vergara, Borjita, el hijo de Ernesto Vergara y Marta Briones, tenía diecisiete años recién cumplidos cuando a su padre se le fue la olla colgando su pene erecto como perfil de guasap. Era de la rara mezcla de chico guapo, formal y con gafas de empollón que los padres de sus compañeras de instituto desearían para el primer tonteo de sus niñas. Ni fumaba ni se emborrachaba ni era adicto a redes o videojuegos y que se supiera permanecía virgen. Desde la anulación el muchacho vivía con su madre aunque mantenía buena relación con su padre, a quien veía incluso más que antes de que éste abandonara el domicilio conyugal.

Ernesto Vergara recibió la primera reacción a su ocurrencia antes de salir camino del trabajo. La gente madruga a guasapear y a las siete y media sin dar su amigo del alma y pareja de pádel, el abogado Fernando «Dito» Saldaña, le dejó el primer mensaje de voz, Néstor, tío, ¿qué bicho te ha picado esta noche? ¿a quién se le ocurre poner esa foto? dime que se te ha colado sin querer y si de verdad es la tuya no pretenderás ligar con eso, ¿verdad? ¡ja, ja! Ya me lo contarás pero anda, quítala antes de que la vean y te busques un lío, chao… Saldaña disfrutaba modificando los nombres de sus amigos. No llamaba a ninguno por el suyo y cuando intimó con Ernesto Vergara decidió que para él sería Néstor.

El ex albañil Florencio Briones no consiguió sentar a su hija en el consejo de administración de COBSA ni cuando la empresa superó los mil kilos de facturación. La religiosidad de su madre había imbuido a Marta la ayuda al prójimo como valor supremo. La chica discurrió que lo mejor que podía hacer por alguien era evitarle el dolor, así que estudió Medicina y se especializó en Anestesiología. Empeñado en fundar una dinastía imposible, Briones tuvo que conformarse con nombrar heredero de su imperio al segundo fruto de su matrimonio. Un botarate al que sólo le interesaban las tías buenas, las fiestas nocturnas y los cochazos de alta gama.

A las ocho de la mañana mucha gente ya se ha puesto en marcha. Lo primero que hacen casi todos los poseedores de esmarfón apenas abren el ojo es encenderlo o desactivar el silencio si no tuvieron el valor de apagarlo. Aquel lunes temprano el guasap de cien adictos al móvil incluía entre las fotos de sus contactos la imagen de un pene humano erecto ilustrando el de Ernesto Vergara. Algunos lo descubrieron por sí mismos pero la mayoría se enteraron por mensajes enviados por aquellos. Y todos se afanaron en añadir su puñadito de pólvora al reguero que pronto haría explotar el mayor escándalo declarado en la ciudad en mucho tiempo.

  • Habéis visto la foto del guasap de Ernesto Vergara???????
  • Pero… ¿a quién se le ocurre?????? Poner su pene de perfil…
  • ¡Y tan de perfil! ¡Será guarro!
  • Este tío es la polla!!!
  • Ja ja ja!!!!!
  • Pero no será la suya, ¿no?
  • A mí que me cuentas, nunca se la he visto
  • Seguro que se ha confundido y la ha puesto sin querer, hombre
  • Sí, pero tenía la foto en su álbum, ya me dirás por qué…
  • Ahora mismo se lo cuento a mi amigo el periodista, la gozará.

—Néstor, ¿pero aún no la has quitado? ¿A qué esperas, tío? Ya la ha visto media ciudad y no son ni las nueve. Venga, ni un segundo más, ¿me oyes? ¡Retira esa foto o te buscarás un buen lío! Luego me contarás por qué lo has hecho, si quieres, vaya, pero hazme caso porque esto solo puede acarrearte problemas, y gordos.

—¿De veras? ¿Qué me va a pasar? ¿Crees que ilustrar mi guasap con una erección involuntaria me traerá la ruina? Es mi cuenta y le pongo la foto que me da la gana. Otros ponen su jeta y la tienen más fea. Mira Dito, no sabría decirte por qué lo hice pero hecho está y no pienso quitarla, no señor. ¿Sabes qué? Me divierte.

 

 

 

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor

Haro, 1953. Doctor en Medicina especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología jubilado en 2018, ya escribía antes de ser médico y lo seguirá haciendo hasta el final. Ha publicado varios libros de relatos y novelas y ha obtenido numerosos premios literarios y accésits. El bisturí es una columna de opinión que publica Diario LA RIOJA todos los jueves desde 1994.