Blogs

Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Guasapollas (IV)

III

Ernesto Vergara, más conocido ya como Guasapollas en su provinciana ciudad de menos de ochenta mil lenguas, apenas durmió después de la pesadilla. En medio de la noche supo que sustituir la foto de su erección por la de un hermoso amanecer no mejoraría su situación. Lo que más le quitaba el sueño no era su despido. Confiaba en Dito y en el peor de los casos recibiría una indemnización. Ya buscaría otro trabajo. La gente olvida pronto. Tampoco temía que prosperara la denuncia, y si lo hacía se iba a divertir pero de verdad. La verdadera causa de su insomnio era su hijo Borja. Sólo le preocupaba encontrar el modo de recuperarlo.

—Néstor, malas noticias, la jueza ha admitido a trámite la querella de las feministas por exhibicionismo y provocación sexual. Lo fundamenta en su auto por indefensión de menores, tu hijo entre ellos. Lo tenemos crudo porque aunque es notoria su simpatía por la causa feminista no la podemos recusar; se ha cuidado de enfocar el caso no como violencia de género sino como lesión de la indemnidad sexual de un menor. Si no lo paramos te puede caer un año. No entrarías en prisión pero destruiría tu reputación, salvo que demostremos anomalía psíquica como causa de inimputabilidad. Lo hablamos con calma, llámame cuando puedas, chao.

Como había eliminado la foto de su perfil de guasap, tuvo que buscarla en la red. No resultó difícil. Le bastó introducir «guasapollas» en la barra del buscador para que aparecieran en pantalla una recua de entradas sobre el tema. Algunas reproducían la foto y escogió la que ofrecía mayor resolución. La amplió al máximo y se puso a escudriñarla en busca del menor detalle que pudiera delatarlo. Sus dedos, la ropa de la cama, la mesilla, la pared, algo que permitiera identificarlos a él o a su dormitorio. Al cabo de un rato suspiró, apagó el ordenador y llamó a su mejor amigo y compañero de pádel convertido ya en su abogado defensor.

—Hola Dito, qué tal mira, tras leer los papeles que me has enviado creo que podemos echar abajo la querella.

—¿¡Ah!, sí? ¿Me puede explicar cómo, señor letrado de pacotilla?

—Venga hombre, no te mosquees. Escucha esto: me acusan de «haber mostrado en un medio de libre y pública difusión su pene en estado de excitación sexual», ¿no?

—Sí, ¿y acaso no fue lo que hiciste, calamidad?

—No dicen un pene sino su pene. ¿Cómo saben que es el mío?

—¡Joder, Néstor!, tienes razón, tendrían que demostrarlo, y para eso… no, si hasta nos podemos divertir…

 

Nada más hablar con su hija, Florencio Briones ordenó a su secretaria llamar al Obispado. Echaba espuma por la boca.

—¡Y nada de secretarios ni hostias!, quiero que se ponga el mismísimo obispo, pero ahora mismo, ¿entendido?

Su Excelencia Reverendísima aguantó el chorreo sin interrumpir al energúmeno y cuando acabó le garantizó que su nieto Borja no perdería curso. Que le enviarían los profesores a casa. Que se examinaría igual que en clase. Pero que no podía desautorizar su expulsión del Divino Pastor. Y le pidió su comprensión. Briones le dio las gracias como pudo y colgó musitando que arrieros eran.

—Borja, hijo, contéstame, por favor, me lo ha contado tu madre, lo siento mucho, de veras, pero esto me da la razón, deberían haberte sacado de ese colegio de curas hace mucho tiempo, en un instituto nunca te habrían echado por… mira, sé que he cometido una tontería, como te dije la foto no era mía y además puedes ver que ya la he retirado, no ha estado expuesta ni dos días y creo que no merezco un castigo tan fuerte, me han echado del trabajo, puedo enfrentarme a un juicio y la gente me llama… supongo que lo sabes, guasapollas, pero mira, lo que más siento es que se ceben contigo, mierda de sociedad, llámame, te quiero, hijo, mucho…

—« (…) que se tramitan en ese Juzgado por un presunto delito contra la libertad sexual, comparece y como mejor proceda en Derecho, DICE: que al derecho de esta parte interesa la práctica de diligencia de investigación consistente en que se realice a nuestro representado una prueba pericial por un médico especialista en Urología y Andrología al objeto de poder acreditar que el pene mostrado como foto de perfil de WhatsApp de D. Ernesto Vergara es o no el suyo, ya que la categórica aseveración de que sí lo es, como consta en el escrito de la demanda, constituye el objeto de las presentes actuaciones penales».

 

—¡Hombre, Leonor!, cuánto tiempo… ¿cómo te va por el Cuatro?

—Como a ti en el Dos, supongo, con más trabajo y menos medios.

—Me han dicho que te ha caído el caso del guasapollas, ¡jaja!

—¡No me lo recuerdes! Si no se prueba que la foto es suya no hay caso, y a ver cómo coño haces eso. Si ningún urólogo quiere colaborar tendrá que ser la acusación quien lo demuestre.

—¿Las nomejodas? Y cómo lo harán, ¿poniéndolo cachondo y jugando con el fiscal a las diferencias entre el original y la foto?

—Mira tía no lo sé pero ya estoy hasta las tetas del asunto, mi juzgado atascado y yo perdiendo el tiempo con semejante chorrada.

«Reunida la Junta Directiva del Club de Pádel «La Gravera» en sesión extraordinaria el 27 de los corrientes, en aplicación de lo dispuesto en el Artículo 11º de los vigentes Estatutos, que dice así: La Junta Directiva podrá expulsar a aquellos socios que cometan actos que los hagan indignos de pertenecer al Club, por impagos reiterados de cuotas, y en general por cualquier hecho que se conceptúe como falta muy grave, se comunica a D. Ernesto Vergara, con carnet de socio nº 2, que a la vista de la documentación aportada, los miembros de la susodicha Junta legalmente constituida han decidido por siete votos contra uno su expulsión del Club con carácter irrevocable.»

—Néstor, lo siento, imagina quién votó en contra, no pude convencer ni a uno sólo. El único que abrió la boca fue el presidente, don Francisco Torres, ese meapilas metido en no sé qué organización seglar de católicos integristas. Si vieras qué cara puso cuando le pusieron delante de las narices «la documentación aportada», o sea un móvil con la fotito de marras ampliada. No se santiguó de milagro. Yo argumenté que su reacción me parecía inquisitorial, que aquello era un club deportivo, no un centro de catequesis. No sirvió de nada y ahora tendremos que buscarnos otro club si queremos seguir siendo pareja. Por tu culpa, amigo mío.

Marta Briones era la mejor amiga de Nuria Morens cuando ambas se echaron novio casi a la vez. Ernesto y Fernando congeniaron tanto que, cuando ellas se enfadaron para siempre por presentarse en una boda con el mismo vestido, ellos siguieron tan amigos. Como las dos parejas se rompieron también al mismo tiempo, pero ellos eran uña y carne, lenguas malvadas se preguntaron si entre ambos no habría algo más. Pero sólo había una hermosa amistad, casi fraternal: para Borjita Vergara el amigo de su padre, que no tenía hijos, era «tío Dito». Siempre que lo veía le compraba algo, nunca le regañaba y el niño, claro, lo adoraba.

—Dito, más lo siento yo, por ti, pero mira, no hay mal que por bien no venga. A La Gravera solo van a jugar tíos carcas y marujas aburridas, en el bar no saben tirarla y los servicios ya sabemos cómo están. Creo que en el Centro Comercial han montado unas pistas estupendas y sin socios ni juntas ni estatutos, la alquilas por internet, pagas por adelantado con tarjeta y nadie sabe quién eres ni le importa. Ya sé que está un poco lejos pero lo he mirado, siempre hay sitio y para eso está el coche. Venga tío, tú siempre dices que de toda crisis surge una oportunidad, a lo mejor en las nuevas pistas consigues enderezar tu mala racha y me ganas alguna tarde, ¡jaja!

No hay oficina más tediosa y aburrida que las de un juzgado. Para los funcionarios, el muestrario de miserias humanas convertidas en pleitos que aguardan su resolución no son más que pilas de legajos invadiendo su mesa. Pocas cosas pueden alterar la monótona rutina de las instrucciones de impagos, custodias y lesiones. Y menos son capaces de llamar la atención de personas acostumbradas a lidiar con las demandas de siempre. Por eso, una pericial para aclarar si el pene mostrado por un tipo en su guasap era el suyo fue capaz de alegrar la mañana al personal del Cuatro. Fue la comidilla del día y una fuente inagotable de chistes sobre cómo se realizaría la prueba.

—A ver Manolo, al grano, qué parte de «procedimiento abreviado» no entendemos, hay o no hay base para ir a juicio oral.

—¡Pff! Es que no es fácil, Leonor, para demostrar que es la suya habría que reproducir la erección y cotejarla con la fotografía…

—¡Sí?, no me digas! Joder, Manolo, eso ya lo sé, la cuestión es cómo se hace eso, quién y cómo se la levanta y luego las compara.

—Pues… me temo que nadie. Como ningún urólogo se presta había pensado en un retratista, que esos se fijan mucho, pero no sé…

—Coño, Manolo, que eres el fiscal, no la acusación particular, si no hay manera de demostrarlo pues se archiva, y bien que me jode.

 

«Que mi representado se encuentra investigado por un supuesto delito de exhibicionismo y provocación sexual.

Que no ha podido probarse que el pene mostrado en la cuenta de whatsapp de mi representado fuera el suyo, y por lo tanto, que no existen en la causa elementos suficientes para imputarle la autoría de tales hechos, sin que haya sido probada ni siquiera indiciariamente la existencia de delito.

Por lo que esta parte entiende que se debe proceder al archivo de la causa y al sobreseimiento provisional de la misma.

Lo que solicita al Juzgado de Instrucción número 4.»

 

—A ver Charo, ya sé que esas feministas te pagan muy bien pero mujer, ríndete a la evidencia, no tenéis caso, es imposible demostrar que el pene que mostró en la foto es de mi cliente, así que como mucho le podría caer una amonestación por falta leve pero nunca una condena por un delito de exhibicionismo y provocación sexual, tú lo sabes, no alarguemos más esto, ¿vale?

—Fernando, qué más quisiera, pero no se dan por vencidas y siguen erre que erre con que Enhiesto Vergaza, como llaman a tu famoso cliente, se someta a una prueba que ningún juez aprobará porque sería más escandaloso que la foto misma. Así que yo sigo adelante hasta el fin, que esperemos sea el archivo del caso. ¿Otro cafelito?

 

—¿Qué valoración hace su colectivo del sobreseimiento de la querella que interpusieron en el llamado «caso guasapollas»?

—Pues mucha decepción, rabia e impotencia porque al final este individuo se va a ir de rositas, y encima por decisión de una jueza a la que hasta hoy considerábamos feminista. Una vergüenza.

—Pero, disculpe, ustedes acusaban a este señor de algo que no han sido capaces de demostrar, y la justicia ha de ser garantista, ¿no?

—Ya nos da igual si el pene era suyo o de su amiguito abogado, lo grave es que en este país la falocracia machista es intocable.

—Elvira Castaño, gracias por atender nuestra llamada, buenos días.

 

La alarma social desencadenada había ejercido una presión tan fuerte que la magistrada encargada del caso resolvió su sobreseimiento por falta de pruebas en el brevísimo plazo de dos semanas. La decisión desactivó la campaña emprendida contra Ernesto Vergara en redes sociales y medios de comunicación. Otras noticias de usar y tirar se fueron sucediendo y poco a poco la gente se fue olvidando del guasapollas. La cosa se quedó en una broma impropia de un adulto respetable y poco más. Néstor y Dito siguieron jugando en el centro comercial y hasta la Providencial se mostró dispuesta a readmitir a su empleado, con una condición.

 

—Veamos, … ¿tiene usted algún antecedente psiquiátrico?

—No.

—¿Consumió alguna droga la noche anterior?

—Ni aquella noche ni nunca.

—¿Tiene algún problema grave que no sabe cómo gestionar?

—Que yo sepa, no.

—Dígame, ¿es un homosexual asfixiado en su armario?

—En absoluto.

—¿Puedo saber cuál fue el motivo de su anulación matrimonial?

—No, no puede. Es un asunto íntimo.

 

Tras un largo interrogatorio, el psicólogo encargado de evaluar la salud mental de Ernesto Vergara remitió a Carlos Hormilleja un informe cuya conclusión era que no daba síntomas de psicopatía. La ausencia de antecedentes y la brevedad del episodio permitían considerarlo como un trastorno transitorio de la personalidad de tipo narcisista, lo más probable como llamada de atención sobre algún antiguo conflicto que yacía sin resolver en el subconsciente.

Vergara, por lo tanto, podría seguir desempeñando en adelante su actividad habitual, laboral incluida, al tratarse el comportamiento analizado como un episodio aislado y de improbable repetición.

 

—Gracias por todo, amigo. No sé cómo hubiera acabado esto sin ti.

—No me las des, a mí no se me hubiera ocurrido lo de la imposibilidad de la demostración, que fue la clave. Yo mismo he llegado a preguntarme si de verdad la de la foto era la tuya.

—¡Cómo sois los abogados!, pues mira, te vas a quedar con la duda.

—Si lo es ya te dije que no era para presumir, ¡jaja!, bueno, en serio, ¿qué piensas hacer a partir de ahora?

—Pues mira, lo primero tirar este puñetero móvil a la basura.

—¡Ya ya!, no podrás si quieres seguir en este mundo, ¿y después?

—Después no, antes he de hacer un llamada importante.

 

El archivo de la querella, la absolución psiquiátrica de Ernesto Vergara y el arrepentimiento de su absurda ocurrencia permitían augurar la recuperación completa de su normalidad. La Providencial lo readmitiría después de tres meses de baja médica por depresión durante los cuales la gente pero sobre todo los clientes  olvidarían el asunto. Lo único que quedaba por reparar del estropicio era la relación con su hijo. Lo habían admitido en el instituto y solo por haberlo sacado de aquel colegio quizá valió la pena todo. Pero necesitaba hablar con él, verlo y abrazarlo otra vez y volvió a intentarlo. Marcó su número y aguardó esperanzado.

Temas

Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor

Haro, 1953. Doctor en Medicina especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología jubilado en 2018, ya escribía antes de ser médico y lo seguirá haciendo hasta el final. Ha publicado varios libros de relatos y novelas y ha obtenido numerosos premios literarios y accésits. El bisturí es una columna de opinión que publica Diario LA RIOJA todos los jueves desde 1994.