{"id":246,"date":"2011-09-22T06:52:34","date_gmt":"2011-09-22T05:52:34","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.larioja.com\/elbisturi\/?p=246"},"modified":"2011-09-22T06:52:34","modified_gmt":"2011-09-22T05:52:34","slug":"fiestas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.larioja.com\/elbisturi\/2011\/09\/22\/fiestas\/","title":{"rendered":"FIESTAS"},"content":{"rendered":"<p>Hubo un tiempo, tan cercano a\u00fan que nuestros m\u00e1s mayores lo recuerdan de sobra, en que Espa\u00f1a era un pa\u00eds subdesarrollado. Pobre, hablando en plata. La penuria general  se manifestaba con m\u00e1s crudeza en el \u00e1mbito rural, donde a\u00fan habitaba la mayor parte de la poblaci\u00f3n, dedicada a faenas agr\u00edcolas y a la cr\u00eda de animales de las que depend\u00eda su supervivencia. En su \u00faltima y muy recomendable obra, \u201cEl a\u00f1o del hambre\u201d, el escritor y columnista de este diario Alonso Ch\u00e1varri, con maestr\u00eda literaria y un apabullante conocimiento de lo que habla, ha novelado aquellos a\u00f1os de postguerra en los que la salud del cerdo o la pluviometr\u00eda condicionaban la dicha o el hambre de todo un pueblo recreado sobre los recuerdos de su Leiva natal. Entonces la vida era muy dura, la econom\u00eda casi de supervivencia y no hab\u00eda ni tiempo ni lugar ni posibles para el lujo, la diversi\u00f3n o el ocio. En aquel contexto, las fiestas del pueblo eran el acontecimiento m\u00e1s esperado del a\u00f1o. Durante dos o tres d\u00edas, la gente olvidaba sus miserias disfrutando intensamente de actividades que durante el resto del a\u00f1o no se pod\u00eda permitir, tan primitivas como bailar, cantar, beber, comer, trasnochar y lo que cayera en la cueva o en la era. Todo, naturalmente, sacralizado bajo el amparo del santo o la advocaci\u00f3n mariana de la localidad, cuya piadosa celebraci\u00f3n justificaba oficialmente el modesto desmadre anual de una comunidad endog\u00e1mica y celosamente vigilada desde el p\u00falpito por el garante local de la moral y las costumbres. En los pueblos ya m\u00e1s grandecitos, atracciones como la verbena, las barracas, las vacas o el circo proporcionaban una diversi\u00f3n y un regocijo casi terap\u00e9uticos tras otro a\u00f1o de escasez, fatigas, tedio y rutina.<br \/>\nHuelga a\u00f1adir cu\u00e1nto han cambiado las cosas desde no hace tanto. El desarrollo, la prosperidad econ\u00f3mica y el bienestar han convertido las antiguas carencias en excedentes que nos rebosan. Inmersos en la sociedad del consumismo y del ocio, hoy nos sobran tiempo, comida, bebida y entretenimientos (internet, televisi\u00f3n, videojuegos, tableta, mp3, m\u00f3vil, actividades, deporte, etc.) y durante el a\u00f1o entero, por lo que las antiguas fiestas como exceso ritual controlado puede que hayan perdido su ancestral raz\u00f3n de ser, o al menos seguir celebr\u00e1ndolas como antes: trasnochando, comiendo, bebiendo, saltando y lo que caiga en el chamizo. Para este incorregible aguafiestas,  concretamente, la imagen del jefe de la aldea congregada en el \u00e1gora, ofrendando a la deidad tribal la primicia reci\u00e9n pisada de la vivificante cosecha de la que depende su prosperidad, al son de las chirim\u00edas y bajo la indulgente bendici\u00f3n del druida, no es que parezca decimon\u00f3nica. Es altomedieval.    <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hubo un tiempo, tan cercano a\u00fan que nuestros m\u00e1s mayores lo recuerdan de sobra, en que Espa\u00f1a era un pa\u00eds subdesarrollado. Pobre, hablando en plata. 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