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	<title>¡Qué bien te veo! | Que quede entre nosotros - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Por Mayte CIRIZA</description>
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		<title>¡Qué bien te veo! | Que quede entre nosotros - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Wed, 23 May 2007 10:28:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayte Ciriza</dc:creator>
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		<description><![CDATA[   “¡Qué bien te veo!”, le dijo, aunque estaba más arrugada que una pasa. Fue hace dos fines de semana en Madrid, en una de esas cenas de hace veinte años que acabamos la carrera. Me llamó la atención lo mayores que vi a algunos de los compañeros de clase, supongo que ellos también a [&#8230;]]]></description>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div align="justify"><span>   <br><img src="/entrenosotros/files/GATOAR.jpg">
<p style="text-align: justify; text-indent: 18pt;"><span>“¡Qué bien te veo!”, le dijo, aunque estaba más<br>
arrugada que una pasa. Fue hace dos fines de semana en Madrid, en una de esas<br>
cenas de hace veinte años que acabamos la carrera. Me llamó la atención lo<br>
mayores que vi a algunos de los compañeros de clase, supongo que ellos también<br>
a mí, pero sólo se oían expresiones del tipo “qué bien te veo”, “estás en<br>
forma”, o la de “estás estupenda”, que todavía es peor. </span></p>
<p style="text-align: justify; text-indent: 18pt;"><span>Mentiras cotidianas, trolas del día a día: “ahora te<br>
envío el informe” (le dices a tu jefe cuando todavía ni lo has empezado), “me<br>
estoy quedando sin batería” (acabas de cargar el móvil, pero no te apetece esa<br>
conversación), o ese “luego te llamo, estoy reunida” (mientras te estás tomando<br>
un café).</span></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p style="text-align: justify; text-indent: 18pt;"><span>Mentiras de convención social. ¿Cómo serían las<br>
relaciones humanas si no mintiéramos? ¿Por qué mentimos? Mentimos para ocultar<br>
nuestros pensamientos y emociones. Mentimos para relacionarnos, para parecer<br>
amables y para halagar (“te veo más delgado”). Mentimos, muchas veces, para no<br>
discutir; o para presumir, para inflar nuestro ego. También lo hacemos para dar<br>
pena, “estoy agotada”, “llevo una semana de infarto”. Por no hablar de las<br>
mentiras en la cama, “me ha encantado, cariño”. Las de las invitaciones a comer<br>
en casa son de las más piadosas, “el asado estaba exquisito” (en realidad<br>
estaba como una suela de zapato). Las motos que nos intentan vender los hijos<br>
son capítulo aparte: “Me voy a casa de Pablo a hacer un trabajo”. Y el tal<br>
Pablo resulta que es Paula y que el trabajito lo están haciendo en el parque. </span></p>
<p style="text-align: justify; text-indent: 18pt;"><span>Ojo, no digo que esté bien, pero las relaciones<br>
sociales serían imposibles sin estas mentirijillas, porque no estamos<br>
preparados para que nos digan toda la verdad sobre nosotros mismos. Me refiero<br>
a estas mentiras sin trascendencia, en las que, además, a quien se lo dices<br>
sabe o sospecha, a su vez, que le estás mintiendo. Estas mentiras piadosas no<br>
tienen consecuencias negativas, son inofensivas ¿Cuánto llegaremos a mentir al<br>
día? Mentimos mucho más de lo que creemos, ¡incluso nos mentimos a nosotros<br>
mismos! </span></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p style="text-align: justify; text-indent: 18pt;"><span>Otra cosa muy distinta son las mentiras que dañan o<br>
perjudican a los demás, las mentiras por ambición o poder. Desde luego, por ahí<br>
no pasa nadie: las del adulterio, las mentiras de las bajas laborales, las de<br>
la cuenta de resultados, las de la política, las de Hacienda, ésas son<br>
intolerables.</span></p>
<p style="text-align: justify; text-indent: 18pt;"><span>En el día a día, sinceramente, todos mentimos, y el<br>
que diga lo contrario, es que miente. Aunque, claro, no todo vale. Las relaciones que de verdad nos importan,<br>
la verdadera amistad, se basa en la franqueza, en la autenticidad, en la<br>
lealtad, en la honestidad, en la no mentira. Porque todas esas mentiras<br>
cotidianas e inofensivas solo resultan comprensibles -y tolerables- en personas<br>
que hacen de sus actos y sus palabras una verdad permanente. De estos sí que<br>
reconforta oír ¡qué bien te veo!</span></p>
<p></p></span></div>
<p></p>
</body></html>
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