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	<title>Entre visillosPolvo de estrellas &#8211; Entre visillos</title>
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		<title>Polvo de estrellas</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Aug 2026 16:15:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>María Antonia San Felipe</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><strong>«Imposible observar el cielo. ¡Llevo en los ojos un cendal de lágrimas!». Recordé estos versos de Omar Jaiyyam cuando, como muchos, bajé mis gafas protectoras y vi la belleza de la corona solar y el diamante que destelló. Antes vi a los pájaros volar hacia sus nidos. Digan lo que digan, emociona. No me extraña ningún tipo de reacción ante lo extraordinario. Imagino a los primeros seres humanos que poblaron la Tierra y quedaron asombrados y aterrorizados ante algo desconocido para ellos. Nosotros sabemos la hora, el minuto y el segundo exactos en el que se producirá, pero sigue siendo impresionante y hermoso tener la suerte de ver un eclipse total de sol. Muchos gritaron y a otros los ojos se le llenaron de lágrimas y las frotaron con rapidez para que no velaran esa visión efímera que duró poco más de un minuto.</strong></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p><strong>«El mundo inabarcable: Un grano de polvo en el espacio», volvió a escribir este astrónomo. Y eso que, en aquel tiempo ni los sabios llegaron a imaginar la verdadera dimensión del universo. Carecían de medios. Ya saben que, en la antigüedad, la mayoría de los matemáticos eran filósofos, astrónomos e incluso poetas. Omar Jaiyyam vivió entre los siglos XI y XII y era todas esas cosas. Dirigió durante años el observatorio en Isfahán. Asesinados sus protectores por fanáticos chiítas ismaelitas tuvo que enfrentarse al fanatismo religioso y el observatorio terminó destruido. Algo parecido ocurrió con el Observatorio de Ulugh Beg en Samarcanda, destruido en 1449 también por fanáticos religiosos y opositores políticos. Ulugh Beg, nieto del gran Tamerlán, fue asesinado por orden de su propio hijo. Y es que la ciencia y los fanatismos nunca simpatizaron.</strong></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p><strong>Más cerca de nosotros, Galileo Galilei (1564-1642) fue condenado, en 1633, por la Inquisición por sostener la idea de Aristarco de Samos y los cálculos de Copérnico de que el Sol era el centro de nuestro universo, que la Tierra se movía y giraba alrededor del Sol. Salvó la vida porque se retractó, añadiendo para sus adentros, «Y, sin embargo, se mueve», mientras recordaba a Giordano Bruno, quemado en la hoguera en 1600 en el Campo de’ Fiori (Roma), por creer lo mismo.</strong></p>
<p><strong>«Más allá de los límites de la Tierra, más allá del límite Infinito, buscaba yo el Cielo y el Infierno. Pero una voz severa me advirtió: El Cielo y el Infierno están en ti». Así es, según Jaiyyam. «Somos muñecos que agita la rueda del cielo. Esto es una verdad y no una metáfora»-afirmó. «Somos en efecto juguetes sobre el tablero de ajedrez de la vida que dejamos para entrar uno a uno en la Nada». Durante el eclipse los tres astros hicieron un guiño a los astrónomos de todos los tiempos invocando la verdad del Universo. Mirando ayer al sol negro pudimos constatar que no somos nada ante la inmensidad del Universo, ni una micra en un punto de nuestra envejecida galaxia. Desterremos nuestra soberbia, porque ni la duración de la Tierra, los planetas, las estrellas o las galaxias está en nuestras manos, aunque seamos antiguo polvo de estrellas.</strong></p>
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