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	<title>Reflexiones desde &#039;Catalunya&#039; | Historias Riojanas - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Certezas, curiosidades y leyendas del pasado, de la mano de Marcelino Izquierdo</description>
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		<title>Reflexiones desde &#039;Catalunya&#039; | Historias Riojanas - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Jul 2013 08:58:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelino Izquierdo</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><a href="/historias/wp-content/uploads/sites/11/2013/07/Banderas-al-viento.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-813" title="DOCU_GRUPO Flags of Catalunya, Spain and EU wave near Barcelona" src="/historias/wp-content/uploads/sites/11/2013/07/Banderas-al-viento.jpg" alt="" width="566" height="559" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/11/2013/07/Banderas-al-viento.jpg 566w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/11/2013/07/Banderas-al-viento-300x296.jpg 300w" sizes="(max-width: 566px) 100vw, 566px"></a></p>
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<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Afirmaba el sociólogo francés Gustave Le Bon que <strong>«cuando se exagera un sentimiento, desaparece la facultad de razonar»</strong>. Se trata, sin duda, de un axioma que bien puede aplicarse a diferentes aspectos de la vida misma, desde los más nimios hasta los más trascendentes.</p>
<p>Y es que muchas veces los sentimientos suelen rebasar, para bien o para mal, los límites del intelecto, generando con ello desequilibrios que, una vez desbordados, son difíciles de reconducir. Ocurre cuando la afición futbolística -o deportiva en general- degenera en <strong>hooliganismo</strong>, cuando la fidelidad a un programa político se transforma en <strong>sectarismo</strong>, cuando el fervor religioso deriva en <strong>fundamentalismo</strong> o cuando el amor a una patria, a un himno, a una bandera acaba en <strong>nacionalismo excluyente</strong>.</p>
<p>Durante estos últimos días de descanso en Cataluña –perdón, <em>Catalunya</em>– he constatado lo que llevo observando desde hace ya más de una década: el <strong>seny (sentido común)</strong> es cada vez un bien más escaso en una tierra que, históricamente, ha estado a la vanguardia del país. Ese sentimiento exacerbado contra todo lo que huela a español, sin duda está devorando a un pueblo que no necesita de salvapatrias para estar «por encima de la media».</p>
<p>Cierto es que ‘almas caritativas’, que afirman estar defendiendo la unidad de España, azuzan a los catalanes con <strong>soflamas centrípetas de inspiración filofranquista</strong>. En realidad, ambos nacionalismos exaltados –el periférico y el centralista– se retroalimentan porque, en realidad, son lo mismo.</p>
<p>Es evidente, volviendo a los sentimientos, que a nadie se le puede obligar a que se sienta español, catalán o liliputiense; sin embargo, en estos tiempos de crisis económica, en los que e<strong>l fanatismo saber pescar en río revuelto de miseria y necesidad</strong>, tan sólo el<strong> seny</strong>, el sentido común, tiene cierta capacidad de frenar la sinrazón de la intolerancia.</p>
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