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	<title>El filósofo salvaje | Loco por incordiar - Blogs larioja.com</title>
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		<title>El filósofo salvaje | Loco por incordiar - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Aug 2016 17:30:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>piogarcia</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><strong>Entrevistar a Gustavo Bueno era un deporte de riesgo</strong>. Acostumbrado a preguntar cosas obvias a políticos o futbolistas envasados al vacío, de repente le tocaba a uno cruzar tres palabras con un filósofo materialista que había compuesto toda una teoría del mundo (el Cierre Categorial) y que abrumaba a su interlocutor con una cascada vehemente de ideas, de reflexiones y de citas. Era imposible prepararse nada. Sólo cabía rezar para que don Gustavo fuera piadoso cuando se diera cuenta de que el periodista que le habían mandado era, ay, un inepto casi ágrafo que ni siquiera había leído a Wittgenstein.</p>
<p>Siempre sentí el mismo temblor cuando me tocó hablar con él. La primera vez que lo entrevisté me recibió con una sonrisa y <strong>esa imagen descuidada de cura viejo</strong> –él, tan ferozmente ateo–, con su chaqueta marrón y su niqui blanco abotonado hasta el cuello. Me senté a su lado. Él bebía nerviosamente sorbos de un botellín de agua. Su mujer, Carmen, estaba a su lado.  Le acercaba las gafas, a veces le peinaba.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Saqué mi grabadora, la puse sobre la mesa. Luego abrí mi cuaderno, cogí el bolígrafo y le hice la primera pregunta. No recuerdo cuál. Una pregunta sencillita, breve, algo sin demasiado picante. Una pregunta para empezar.</p>
<p>La respuesta le llevó media hora.<strong> Fue una conferencia vibrante, dictada con un entusiasmo fiero</strong>. Hablaba don Gustavo como si le fuera la vida en ello, con meandros que empezaban muy lejos, en alguna montaña remota, y acababan desembocando milagrosamente en la materia sobre la que se le preguntaba. Por allí aparecían de repente Tomás de Aquino, Marx, Heidegger, Feuerbach, Kant, Spinoza…, qué sé yo. En ese momento comprendí por qué sus estudiantes de la Universidad de Oviedo habían montado un follón de mil demonios cuando le quitaron la cátedra: <strong>escucharle tenía algo de lisérgico</strong>. Era un hombre que hablaba con una pasión desaforada, elect<a href="/locoporincordiar/wp-content/uploads/sites/2/2016/08/Bueno.jpg"><img loading="lazy" class="alignright  wp-image-402" title="Bueno" src="/locoporincordiar/wp-content/uploads/sites/2/2016/08/Bueno.jpg" alt="" width="300" height="249" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/2/2016/08/Bueno.jpg 1181w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/2/2016/08/Bueno-300x250.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/2/2016/08/Bueno-768x640.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/2/2016/08/Bueno-1024x853.jpg 1024w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px"></a>rizante, y en su boca Demócrito o Agustín de Hipona no eran sabios pretéritos, sino tipos de voz urgente con los que había que discutir a puñetazos.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Cuando acabó de responder aquella primera pregunta, yo resoplé aturdido y me di por vencido: era imposible escribir todo aquello en el periódico. Suspiré y seguí adelante. Con cada pregunta, don Gustavo se iba calentando más y más, <strong>hasta llegar en varias ocasiones al punto de ebullición</strong>. Se agitaba en la butaca, bebía sorbos pequeñitos de agua y engarzaba citas infatigablemente, con ese acentazo riojano que le daba un aire de pueblo, como si fuese un agricultor al que inopinadamente le hubiese caído encima un monumental chorro de erudición.</p>
<p>Cuando, al final de la entrevista, don Gustavo, exaltado por la mención del nacionalismo vasco, pidió mandar los tanques al País Vasco y cargó despiadadamente contra la desfachatez de algunos periódicos y la incultura de varios políticos («¡hablan de las humanidades y ni siquiera han leído a San Jerónimo!»), Carmen, su mujer, le reconvino algo asustada. «Ten cuidado, Gustavo, por favor. No digas barbaridades. Que luego pasa lo que pasa». «Déjame en paz –se revolvió él–, <strong>digo lo que quiero</strong>».</p>
<p>Acabé aquella entrevista exhausto y derrotado. Era imposible meter todo aquello en una página. Pero, quién lo iba a decir,<strong> me había divertido de lo lindo</strong>. Había conocido a un filósofo puro. Un filósofo salvaje.</p>
<p> </p>
<p>(*) Mi compañero Fernando Díaz capta en la fotografía esa mirada coriácea, y un poco atemorizante, de don Gustavo cuando alguien decía una tontería.</p>
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