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	<title>Nuestro hombre en la barra | Logroño en sus bares - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Nuestro hombre en la barra | Logroño en sus bares - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Dec 2012 08:48:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gilda.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-47" title="Escena de 'Gilda': a este lado de la barra, la Hayworth; al otro, el camarero Tío Pío (Steven Geray)" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gilda.jpg" alt="Escena de 'Gilda': a este lado de la barra, la Hayworth; al otro, el camarero Tío Pío (Steven Geray)" width="789" height="955" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gilda.jpg 789w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gilda-248x300.jpg 248w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gilda-768x930.jpg 768w" sizes="(max-width: 789px) 100vw, 789px"></a></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Aquí os presento a mi camarero favorito. Se llama <strong>Tío Pío</strong> y no: no es de verdad, aunque a mí me parece más real que otros personajes que no son de ficción, como le ocurre a él. Tío Pío se encarnó en el cine en la piel de <strong>Steven Geray</strong> como secundario de una de mis pelis preferidas, la mítica ‘<strong>Gilda</strong>’ con la no menos mítica <strong>Rita Hayworth</strong>: era ese hombrecito con bigote de morsa parapetado tras la barra que oficiaba como una suerte de coro griego en aquella cinta. Un camarero de los de antes. Se limitaba a poner la copa cuando se la pedían y no ofrecía conversación salvo si la reclamaba su clientela, con dos excepciones: para incordiar a <strong>Glenn Ford</strong> y para masajear el ego de la Hayworth. Dueño de un fino sentido del humor, en algunas escenas desaparecía del foco con su tic favorito: una especie de cómico resoplido. No recuerdo que dejara para la posteridad ninguna otra interpretación memorable, pero su aparición en ‘Gilda’ le bastó para conquistar mi corazón y de paso situarme en la senda adecuada: desde entonces, comparo a cada camarero con él. De momento, todos salen perdiendo.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Y eso que los he conocido muy buenos a este lado de la pantalla. Y también muy pintorescos, como aquel tan parsimonioso del <strong>Tívoli</strong>, que defendía la terraza de la<strong> calle Bretón</strong> a cámara lenta y se las arreglaba para que la cerveza siempre te llegara caliente y el café, frío. Ah, aquellos aristócratas de las barras más castizas, como la saga de los <strong>Moracia</strong> en el <strong>Moderno</strong> o los veteranos de la <strong>Laurel</strong>, alguno ya jubilado: <strong>Juanito del Donosti</strong>, <strong>Sebas</strong> del bar homónimo, <strong>Manolo de El Soldado de Tudelilla</strong>… Y, sobre todo, mis muy predilectos camareros de <strong>La Granja</strong>, cantera de grandes profesionales (la quinta de <strong>Alfonso Soldevilla</strong>, por ejemplo). Allá <strong>Dámaso</strong>, que tripulaba la máquina de café como imagino que un almirante gobierna el puente de mando, aquí el eficaz <strong>Joaquín</strong> y por todos los lados, <strong>Santos</strong>, el infatigable Santos, barman y prestidigitador: de sus manos mágicas salía como por ensalmo el cruasán que nadie le había pedido y que te servía solícito incluso a la hora del aperitivo. Cierto que también te lo cobraba: ese era el truco final.</p>
<p>Todos estos camareros senior representaban un eslabón en la cadena según la cual este oficio se ejercía con un señorío antiguo: no digo que ahora se carezca de él, pero a mí me irrita ese aire confianzudo con que a menudo nos tratan desde el otro lado de la barra gentes con quien nunca nos hemos sentado a cenar. Me parece que sus predecesores eran otra cosa. Los habría antipáticos, quién lo duda, pero la mayoría pertenecía a la misma estirpe de todos esos estupendos<strong> camareros de Madrid</strong> que todavía van a trabajar con corbata y cada minuto te llaman caballero, una debilidad que confieso. “Caballero, qué va a ser”. “Caballero, su cafelito”. “Caballero, al fondo hay sitio”.</p>
<p>Antaño, la relación camarero-cliente se establecía más o menos según estas pautas de respeto, porque pienso que en la hostelería existía un mayor grado de profesionalidad y que no se me enfade nadie. Tal vez porque a menudo era un oficio transmitido de padres a hijos, a quienes les era legado un código de claves que resistía bastante bien el salto generacional porque se transmitía con una sobredosis de cariño y porque consistía en tratarnos como si, en efecto, fuéramos auténticos caballeros. Y damas.</p>
<p>P.D. Como despedida, un regalo. Una línea de diálogo de la mentada ‘Gilda’, entre la Hayworth y nuestro amigo Steven Geray, el gran Tío Pío.<br>
Gilda: ¿Tienes fuego?<br>
Tío Pío: Sí, señora Mundson. Este lugar está tan lleno y usted tan solitaria, ¿no es así?<br>
Gilda: ¿Cómo lo sabes?<br>
Tío Pío: Fuma demasiado. Lo he notado. Sólo la gente frustrada fuma demasiado y sólo los solitarios están frustrados.<br>
(Por cierto, gracias a la <strong>Wikipedia</strong> me entero de que Geray acabó sus días en un sitio llamado Este Park, villorrio del estado de Colorado. Había abandonado la escena y elegido para vivir sus últimos días un paradójico negocio: un bar. Es decir, que Tío Pío acabó de camarero. Me hubiera encantado que me sirviera un trago).</p>
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