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	<title>Los primeros chinos | Logroño en sus bares - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Los primeros chinos | Logroño en sus bares - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Feb 2015 08:13:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/chinos.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-446" title="Jugarse la ronda a los chinos" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/chinos.jpg" alt="Jugarse la ronda a los chinos" width="636" height="288" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/chinos.jpg 636w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/chinos-300x136.jpg 300w" sizes="(max-width: 636px) 100vw, 636px"></a></p>
<p>Entre las más acendradas tradiciones que el viento de la modernidad expulsó de nuestros bares figura una cuya ausencia clama al cielo: la <strong>tertulia</strong>. Quiere decirse que el bar no es sólo el lugar donde quedamos a tomar esa consumición frugal y si te he visto no me acuerdo, el cafelito vertiginoso, un vino y vamos al siguiente, una cerveza y para casa. Antaño, el bar era un lugar donde apalancarse un rato largo, tal vez porque había más tiempo y más tiempo que perder, expresión que me encanta porque encierra una profunda sabiduría. Perder el tiempo suele ser una manera elegante y sabia de ganar algo: ganar conocimiento, capacidad para la empatía, habilidad para el duelo dialéctico… Todos esos valores sí que se han perdido, incluyendo cierta predisposición a atender lo que otros tienen que contarnos. Que en eso consiste la tertulia de toda la vida, no la actual, dominada justamente lo contrario. Hoy, un <strong>tertuliano</strong> es más bien alguien que aburre al otro con su palabrería y la tertulia, una confrontación de monólogos.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Encuentro que de un tiempo a esta parte, sin embargo, hay alguna posibilidad de redención. Tropecé la otra tarde con un reportaje de la revista <strong>Vanity Fair</strong> donde precisamente se anotaba el regreso de la tertulia, asociado al universo hostelero. En unas cuantas ciudades menudean locales, al estilo de los<strong> clubes inglese</strong>s, donde se resucita el noble rito de la conversación distendida, la posibilidad de arreglar el mundo a partir de la educada cháchara de unos y de otros, la esgrima en el debate como una de las bellas artes puesto que requiere ingenio, alguna erudición, sentido del humor y capacidad de encaje. Virtudes hoy en retirada que deberíamos sin embargo preservar. Y no es casualidad que reaparezcan al calor de los bares: la moderada ingesta de alcohol e infusiones suele contribuir a abrillantar lenguas y caletres, de modo que desde antiguo se asocian ambas vertientes. La de hablar por hablar y la de beber por beber.</p>
<p>En el Logroño actual apenas unos par de bares fomentan estas dos gimnasias, según tengo observado. El <strong>Moderno</strong> y el <strong>Bretón</strong>. Ninguno de los dos, sin embargo, en la misma proporción que cuando uno gastaba pantalón corto y observaba a sus mayores discutir largas horas al pie del estribo en su bar de cabecera o sentados en los butacones arracimados por el local. Así recuerdo por ejemplo el antiguo <strong>La Granja</strong>, con sus tertulianos atacando y defendiéndose desde primera hora de la mañana mientras sorteaban <strong>los cruasanes del camarero Santos</strong>. Eran diatribas inofensivas, que casi nunca pasaban a mayores, engarzadas por un argumento de peso: la amistad. Aquellas gentes eran amigas o al menos camaradas, que no es lo mismo pero que a veces resulta una condición de más largo alcance. Solían acabar sus coloquios en franca armonía, establecida a partir de un rito que no admitía discusión: <strong>jugarse la consumición</strong>. A los <strong>dados</strong> o a los <strong>chinos</strong>.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>En una reciente necrológica publicada en <strong>Diario LA RIOJA</strong> observé cómo el elogio del finado incluía la añoranza de los tiempos en que, en efecto, los dados culminaban el encuentro con los amigos en muchos<strong> bares logroñeses. </strong>En este caso particular, se anotaba que el fallecido guardaba un completo registro de todas esas partidas que se ha llevado el tiempo: quién ganó, cuándo, con qué jugada… Maravilloso. Y con los chinos, otro tanto: así entró en nuestro diccionario juvenil aquella voz, chino, hasta entonces restringida a las películas de <strong>Fumanchú</strong> y al cocinero de la familia <strong>Cartwright</strong>, dueña del rancho <strong>Bonanza</strong>.</p>
<p>Ya nadie juega a los chinos, con una esplendorosa excepción hasta donde uno conoce. Me reencontré con ella recientemente y fue como volver a la infancia. En la cafetería del <strong>Carlton</strong>, a media mañana, se reúnen todavía (¡Todavía!, qué envidia) los <strong>Ciriza, Pedrosa, Zueco, Alloza, Conde-Pumpid</strong>o y compañía. Por esas cosas de la biología van desapareciendo de la antigua tertulia muchos de sus miembros más veteranos, pero al menos estos cinco resisten. Resisten en plena forma: hablan, se permiten algún chiste, alguna confidencia, arreglan el mundo y al mediodía se marchan por donde han venido. Engrasan el valor de la palabra y el valor de la amistad, dos virtudes en retroceso que merecen que alguien se tome la molestia de perpetuarlas como este quinteto. Y como además pervive en sus tertulias el juego de los chinos, pienso si no habrá llegada la hora en que el <strong>Ayuntamiento</strong> les preserve a ellos como lo que son: los caballeros de un tiempo en vías de extinción que se han ganado el respeto de sus convecinos. Al menos, el de quien esto firma.</p>
<p>P.D. Los chinos, según cuenta el periódico <a title="http://www.abc.es/20120316/sociedad/abci-juego-chinos-espanol-201203151036.html" href="http://www.abc.es/20120316/sociedad/abci-juego-chinos-espanol-201203151036.html" target="_blank">ABC</a>, son un invento español. Concretamente leonés y datado en el siglo XVIII, cuya nomenclatura se debe a que en el interior de la mano de cada jugador se ocultaba una china, esto es, una piedra pequeña. De china a chino, el juego alcanzó ancha notoriedad en la España de los años 60, llegando a disputarse incluso campeonatos y otorgándole una fama que nace de su idoneidad para mejorar la destreza de quienes lo practican en el cálculo rápido y el juego estadístico de posibilidades. <strong>José Antonio Hidalgo</strong>, biznieto que dice ser del fundador de este popular pasatiempo, don Felipe Valdeón, recuerda que su antepasado era pastor de oficio, lo cual ayuda a comprender cómo se le ocurrió la idea: como si fuera un solitario. Un entretenimiento para combatir las interminables horas de guarda y custodia del ganado, de donde saltó al resto del orbe patrio hasta triunfar en un escenario insólito: los bares de carretera, lupanares o como quiera el lector denominarlos. Los clientes se jugaban las rondas con las chicas y de ahí la popularidad que alcanzó y se acabó extendiendo en aquella España del blanco y negro. Una popularidad que cesó de súbito: si usted tropieza hoy con alguien jugándose la consumición a los chinos, es que está viendo <strong>Cuéntame</strong>.</p>
<p> </p>
<p> </p>
</body></html>
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