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	<title>Pican, pican | Logroño en sus bares - Blogs larioja.com</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Pican, pican | Logroño en sus bares - Blogs larioja.com</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Sep 2017 09:28:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/09/picante.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-899" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/09/picante-300x200.jpg" alt="Bodegón riojano y picante. Foto de Justo Rodríguez" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/09/picante-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/09/picante-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/09/picante-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/09/picante.jpg 1500w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px"></a></p>
<p> </p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p><strong>Bar de estreno en Logroño</strong>, nuevo en esta plaza. Maniobras de primerizo en torno a la pizarra, hasta acabar decantándome (hermoso verbo) por una prometedora cazuela: <strong>guacamole</strong>. Mientras aguardo sobre la mesa de renovada formica (formica contemporánea) y apeado a un taburete <em>vintage</em> a que llegue la comanda, me hago para mis adentros la pregunta tan reiterada, ese signo de interrogación que a menudo preside cada expedición a nuestras barras predilectas: ¿picará? ¿O no picará? Me respondo más o menos como siempre: que me da un poco lo mismo. Me conformo con que el bocado salga jugoso de los fogones (<strong>La Chispa Adecuada</strong>, por más señas) y justifique la visita, como rezan algunas guías de viaje.</p>
<p>En el presente caso, tengo suerte. Los hados de la cocina me son favorables y, en efecto, el platillo con guacamole se presenta perfecto de sabor. Y, además, <strong>picante</strong>. Pica lo justo. Un suave guiño juguetón allá al fondo del paladar, que se va difuminando a medida que ataco la ración. El culpable debe ser ese retrogusto alumbrado por leves trocitos de pimiento, un toque travieso que hace feliz la ingesta y se agradece especialmente cuando el frío del primer otoño se asoma por la <strong>noche logroñesa</strong>. Inmejorable manera de entrar en calor, reflexiono mientras doy cuenta del bocado y caigo en que, a diferencia de otros hábitos que van retirándose con la edad, a medida que pasa el tiempo tolero cada día mejor el picante en la alimentación. Misterios del metabolismo humano.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Porque antaño me ocurría distinto. Ah, aquellos días malditos. Porque una mala predisposición al picante complica sobremanera las andanzas de cualquier logroñés que vaya peregrinando de barra en barra: doy fe. Antes de ilustrar el vino de rigor con, un suponer, un <strong>pimiento relleno</strong>, el camarero tenía que jurarme ante Baco que no contenía cayena ni otros mortíferos aditamentos. Otro tanto ocurría ante la perspectiva de ingerir una <strong>banderilla</strong> que alguna mano maligna hubiera ideado bien provista de <strong>guindilla</strong> (vale también <strong>alegría riojana</strong>). U<strong>n bocadillo de chorizo</strong> en apariencia inofensivo podía haber engendrado en su seno el germen de la indigestión, <strong>pimentón</strong> mediante. Había por lo tanto que andarse con ojo: en cierto bar de Miranda me bebí de un trago mi cerveza, la de mi camarada de correrías y la de un señor con boina sentado a mi vera, que la acababa de pedir y a quien no conocía de nada. Al que tuve que pedir disculpas mientras sucumbía a la sobredosis de tos y más tos, mofletes encarnados y ganas de asesinar al camarero que me había asegurado que no: que los <strong>pimientos</strong> no picaban.</p>
<p>Pero todo pasado fue anterior. Quiere decirse que vinieron más años y nos hicieron más sabios, que diría <strong>Ferlosio</strong>. Como el picante, tan presente en gastronomía regional, no parecía dispuesto a evaporarse, hubo que adaptar el cuerpo a la oferta propia de los bares autóctonos y, como un maratoniano, me fui sometiendo a sesiones de progresiva adaptación al universo tan querido, por otro lado, de la cocina global: porque de <strong>México</strong> a la <strong>India</strong>, el picante forma una densa capa de protección gástrica que ríase usted del <strong>Omeprazol</strong>. Así que mpecé aceptando esa manchita roja que decora la tortilla del <strong>Sebas</strong>, interioricé también las <strong>gildas</strong> más revoltosas y llegó finalmente el día en que pude engullir sin inmutarme el querido bocadillo de sardinas, <strong>bandera de La Rioja</strong>. Con guindilla, por supuesto: gloria a <strong>El Soldado de Tudelilla, el Gil, el ambigú del Adarraga y resto de templos logroñeses</strong> que despachan semejante golosina. Y gloria a la <strong>Taberna de Baco</strong>: su ensalada picante me parece una cima de esta modalidad de cocina con alma riojana.</p>
<p>Todas estas reflexiones se resumen en dos (mandamientos). Que el picante ha venido aquí para quedarse, de modo que toca obedecer: deberíamos defender a esas barras indígenas que despachan sus viandas con alegría. Con alegría riojana. Y dos: que toca innovar. Que nuestros camareros predilectos deberían renovar cuanto antes el recetario tradicional e idear nuevas gollerías que piquen. Pero que piquen de verdad. Morros con <strong>cayena</strong>, por ejemplo. O torreznos con chile. O champis con <strong>jalapeño</strong>.</p>
<p>O zurracapote con guindilla.</p>
<p>P. D. La extensión del picante en las barras contemporáneas, una maniobra políticamente incorrecta en teoría pero que goza cada vez de más y más feligreses, ha popularizado la tendencia de organizar catas monotemáticas, a mayor gloria de guindillas, pimientos, alegrías, cayenas y demás miembros de esa divertida cofradía. El día 26 de octubre se anuncia una degustación de esta índole en el bar<strong> Donde Fede</strong>, el local de Gallarza donde prometen que los asistentes se arriesgan a salir llorando. O conteniendo la emoción, al menos. Que es el sentimiento que le puede embargar cualquier día, sin necesidad de picante, a quien se acode en su barra y contemple al fondo el <strong>inolvidable escudo del Logroñés</strong>. La estrella de David, las tres letras memorables… No. No hace falta picante. Contenga usted la emoción porque dan ganas de llorar.</p>
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