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	<title>Logroño en sus baresUncategorized &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Epílogo</title>
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		<pubDate>Sat, 16 May 2020 17:03:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Recorrí la otra tarde <strong>el centro de Logroño</strong> recién recuperadas sus calles para la primera fase de la nueva normalidad que se anuncia. <strong>Era el día 12 de mayo</strong>, lucía un sol apacible y en las contadas terrazas se reunían los vecinos para solazarse un rato, luego de tantos y tantos días con sus respectivas noches de confinamiento más o menos absoluto. No me gustó lo que vi. Incluso en aquellos locales que cuidaban con mayor esmero de observar los requisitos de distancia física entre sus clientes que ayuden a espantar para siempre el coronavirus no faltaba en ningún caso esa mesa donde se arracimaban los parroquianos ignorando todo requisito de higiene, con la mirada complaciente de cada dueño de cada bar. Me llamó la atención que nadie les llamara la atención.</p>
<p>La pena fue creciendo a medida que paseaba en dirección a <strong>la calle Laurel y aledaños</strong> puesto que comprobaba para mi espanto que en realidad esos bares abiertos, donde se incumplía la normativa de manera flagrante, eran una escasa minoría. La mayor parte de los locales de confianza permanecían cerrados. Horror máximo cuando alcancé la calle Gallarza, en medio de un vacío cósmico. Sideral. Allá al fondo, en la calle <strong>Bretón</strong>, se veía abierta la solitaria terraza de un bar. En el acceso a la calle Laurel, desolación infinita. No había señales de vida, salvadas sean dos muchachas que concluida la limpieza de su bar (vaya usted a saber con qué intención) se fumaban un cigarrillo en una mesa. Otra excepción aguardaba al final de la caminata, cuando regresé sobre mis pasos y tropecé en <strong>Albornoz</strong>, dirección <strong>San Agustín,</strong> con dos pobres diablos que compartían un bote de Mahou en el alféizar del bar Las Quejas. Me miraron, les miré. Nos compadecimos los unos de los otros.</p>
<p>Prosiguió el paseo por la calle San Agustín, detenida en el tiempo. Alguna terraza en la plaza, otras más en <strong>Portales</strong>, un poco de animación en <strong>Martínez</strong> <strong>Zaporta</strong>. Los escasos parroquianos que se acomodaban en los raros veladores que sí habían abierto me recordaban a los pacientes de un balneario. Personajes de La Montaña Mágica, héroes de Thomas Mann, sólo les faltaba una manta en las rodillas para terminar de dar el tipo. La alegría propia de este gran pasatiempo nacional continuaba ausente. Camino de la calle <strong>San Juan</strong> observé al fondo la terraza del Asterisco también desplegada en Portales como era norma antes de la cuarentena. Una luz mortecina iluminaba en <strong>Marqués de Vallejo</strong> el bar La Quimera, recuperado para la causa en la versión menor: llévase usted la comida a casa. En San Juan, otro tanto.  Apenas un bar que esperaba a ese parroquiano que no terminaba de llegar para hacerse con el bocadillo y zampárselo en el salón, arreglos en el Tastavín, que se prepara una nueva encarnación, y al fondo el esqueleto del <strong>Sagasta</strong> asomando por la <strong>Glorieta</strong>. Una metáfora insuperable del doliente estado que presenta el corazón de Logroño.</p>
<p>Volví a salir unos días después. Nada había mejorado. Tampoco mi ánimo. Y concluí que este blog, que llevaba <strong>desde el año 2012</strong>, tenía las horas contadas. La idea de <strong>Logroño en sus bares,</strong> el itinerario sentimental a partir de una serie de experiencias que pudieran ser compartidas por el improbable (pero siempre generoso) lector, había quedado cancelada igual que se había suspendido la administración del material del que se nutría. Los bares. Sin ellos, o sin nuestros queridos bares en la fisonomía y la identidad en que los reconocemos como tales, carecía de sentido mantener abierto este espacio. Al menos, en su actual configuración. Entendí mientras volvía a casa que merecía la pena revisar su espíritu y también sus contenidos. Fijar una nueva frontera. Escribir su epílogo.</p>
<p>Fui madurando esa intención a lo largo de toda la semana, que concluye en estas líneas de despedida. Un mensaje de gratitud hacia quienes al otro lado de la pantalla han acompañado esta travesía y un sincero reconocimiento para todos quienes alguna vez me han ayudado a que este propósito de retratar una ciudad a través de sus bares y de sus camareros haya sido un itinerario tan gozoso, una caminata que nunca concluye: siempre hay algo más que decir al respecto de nuestras barras más queridas, ese espacio para la socialización donde yo prefiero siempre destacar su atributo más valioso. Que sirven para <strong>celebrar la vida.</strong> Lo cual me parece una manera estupenda de concluir estos párrafos. Con la palabra gracias y con una promesa. Me voy, pero volveremos.</p>
<p>P. D. Como si fuera <strong>Paul Auster</strong>, me dio estos días por cavilar en las extrañas coincidencias que rigen nuestras vidas, la callada música del azar. Porque mientras decidía poner fin a esta aventura, cristalizó un proyecto que permitirá a Logroño en sus bares sobrevivir gracias a la nueva vida que le concede la editorial <strong>Pepitas de Calabaza</strong>. En formato libro, próximamente, sólo en las mejores librerías. Así que la frase final estaba cantada: nos vemos en los bares y en las librerías.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Días sin bares (VIII)</title>
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		<pubDate>Sat, 09 May 2020 16:40:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>Andan alborotados los dueños de bares estos días, con el ánimo suspendido a cuenta de las dudas que genera en el sector <strong>la reapertura a medio gas</strong> o en libertad vigilada de sus locales, un espacio ocioso para su clientela, una manera de vivir para ellos. Hierve el móvil a golpe de mensajes, que son en realidad mensajes en una botella: se lanzan al éter como si fuera el mar, con la esperanza de que su contenido llegue a una playa propicia y genere el necesario debate.</p>
<p>Que no es una cuestión sólo riojana; la discusión tiene alcance nacional y responde a la pregunta que reclama una contestación urgente, más detallada que ese laberinto de párrafos que es el <strong>BOE</strong>. ¿Cómo conciliar el derecho a la salud de los consumidores con la pertinencia de poner a salvo la actividad económica de donde comen unos cuantos trabajadores? Dicho en prosa. ¿Se puede llegar a fin de mes reduciendo el aforo de un establecimiento a un límite para el que ninguno de ellos estaba preparado, con las inevitables consecuencias en la máquina registradora?  Todo son preguntas. Todas de momento sin respuesta. Porque dependen de un exagerado número de factores, entre ellos los de orden psicológico, donde nadie gobierna. ¿Hasta qué punto querrá el potencial cliente, el de antes del virus, compartir espacio apelotonado como era costumbre con otros semejantes mientras espera a tomarse un vino? Los propios dueños de los bares se contestan: en general, ninguno parece dispuesto a plantear a su parroquia ese dilema. Antes prefieren cerrar que reanudar su actividad sin que estén garantizadas la higiene o la seguridad sanitaria.</p>
<p>¿Entonces?</p>
<p style="text-align: left;">Otra pregunta que llevará tiempo responder. Las voces más sensatas del sector admiten que la <strong>desescalada</strong> (temible palabra) exigirá recuperar <strong>la nueva normalidad</strong> (aberrante concepto) por tantas fases como estados de ánimo distinga a la hostelería riojana. Habrá quien desafíe los límites de capacidad porque sus locales se lo pueden permitir y acepte renunciar a la fisonomía de toda la vida a cambio de reanimar sus ingresos. Habrá quien se apresure el lunes a poner la terraza en marcha porque así lo admite el tramo de calle donde tiene su sede. Y habrá otros menos afortunados que tendrán que renunciar a lo uno y a lo otro. Esos bares diminutos, que llenan de color las calles más propias para este gran entretenimiento español, tendrán sus días contados, salvo milagro. Y otro tanto aquellos que gozan de un espacio mínimo para ubicar sus veladores: deberán ir pensando en otra alternativa. Con el paso del tiempo, se irá aplicando esa lógica darwiniana según la cual resiste y triunfa quien mejor se adapta al cambio de paradigma.</p>
<p>De momento, quede constancia de que <strong>entre la hostelería de La Rioja</strong> son mayoría los corazones que antes que poner en riesgo la salud de sus clientes, optan por mantener la verja echada. Mientras resolvemos entre todos cómo serán esos bares que vienen, los futuros clientes les damos las gracias. También nosotros pensamos como nuestros abuelos: la salud es lo primero.</p>
<p>P. D. Publiqué estas líneas en <strong>Diario LA RIOJA</strong> esta semana, cuando se despertó de su letargo la actividad económica, bien que tímidamente. Este lunes dará un nuevo paso adelante el sector comercial, con la posibilidad de que abran los bares que así lo deseen aunque con restricciones. Durante las últimas horas, un sondeo a golpe de móvil me permite concluir que, al menos en mi humilde radar, proliferan las renuncias a reabrir. Detecto una doble justificación, muy entendible: hay condicionantes de tipo financiero que desaniman a cualquiera y, por otro lado, todos los bares no reúnen las condiciones (de espacio por ejemplo, tanto interior como exterior) que invitan a la reapertura. Tercera explicación adicional, que nadie confiesa pero que alguno deja caer: más o menos, todos prefieren esperar. A ver qué pasa. A ver cómo les va a los que reabran, cómo se adaptan a la nueva realidad y cómo se comporta su clientela. Hay poderosas razones al fondo: la salud, en efecto, es lo primero. Pero también hay valientes, a quienes por lo demás tengo por personas sensatas, nada temerarias. Que no se arriesgarían si no detectaran que han apartado de sus bares toda posibilidad de riesgo. Pongo un par de ejemplos. El <strong>Dover</strong> y el <strong>Moderno</strong>, a cuyos tripulantes deseo mucha suerte. Como al resto. A todos los que se vayan animando y nos ayuden a materializar este deseo: que la nueva normalidad nos recuerde bastante a la vieja.</p>
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		<title>Días sin bares (VII)</title>
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		<pubDate>Sat, 02 May 2020 09:25:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>Cavilaba estos días sobre cómo será el futuro que nos espera como ciudadanos/consumidores, ese mañana impredecible que parece hoy más cercano que ayer (pero menos que mañana), cuando cayó en mi jurisdicción el material fotográfico que me allega el querido <strong>Alfredo Iglesias,</strong> con quien compartí en otra glaciación expediciones a lo más oscuro de las oscuras noches, ese territorio que solía situarse allá al fondo de la barra. Donde siempre había sitio.¿Lo habrá ahora? Cuando se levante el confinamiento, ¿será todo como era siempre? Lo dudo. Al menos, en primera instancia. Creo que tardaremos en recuperar la normalidad, a la que me niego a llamar nueva, descartando sumarme bovinamente a las sutiles instrucciones del semántico de guardia en <strong>Moncloa</strong>, donde van a descubrimiento filológico por semana.</p>
<p>Mientras resolvemos las dudas que presenta el porvenir, esas imágenes disparadas con el ingenio habitual del caballero Iglesias me permiten reflexionar sobre el ayer, incurrir en el noble pasatiempo de solazarme en los viejos días de convivencia sin demasiadas distancias físicas. <strong>Días (y noches) de desparrame compartido</strong>, cuando se ponía a prueba la teórica capacidad de los locales de confianza y se confraternizaba con los desconocidos con una liberalidad en las costumbres que hacía buena una de mis frases favoritas de la historia del cine, aquello de entregarse a la amabilidad de los extraños que sugería la inolvidable Blanche en &#8216;Un tranvía llamado deseo&#8217;. No se me ocurre mejor eslogan para resumir qué clase de convivencia distinguía hasta la llegada del virus al modelo de espacio común compartido que ha significado históricamente para tantos de nosotros nuestro amigo el bar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1523" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1.jpeg" alt="" width="985" height="653" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1.jpeg 985w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1-300x199.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1-768x509.jpeg 768w" sizes="(max-width: 985px) 100vw, 985px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En las fotos de Alfredo observamos a la parroquia consagrada, en efecto, al deporte de la cercanía, práctica que hermanaba a los amigos de toda la vida con quienes pasaban por allí. Algo de esa familiaridad en el trato se detecta en estas instantáneas, que por otro lado poseen la virtud de recordar, como su propio autor me avisa, aquellos bares que frecuentamos tantas veces y que hoy son sólo polvo (espero que polvo enamorado, con perdón). Bares que resisten estupendamente, como <strong>Eldorado</strong> de Portales, y otros que dejaron fértil memoria entre sus devotos, como el <strong>Blue Moon</strong> de Albia de Castro, del que no fue cliente demasiado fiel pero donde acabé atracando más de una noche: esa última copa que, en mi caso, casi nunca fue la última. Siempre había otra. Misterios logroñeses.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1524" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown.jpeg" alt="" width="985" height="653" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown.jpeg 985w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-300x199.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-768x509.jpeg 768w" sizes="(max-width: 985px) 100vw, 985px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otras fotos de este racimo que me administra Alfredo recuperan la memoria no menos fecunda de <strong>los garitos de la calle Mayor</strong>, donde tanto disfrutó la generación que a ambos nos siguió (somos de la quinta del 62), como queda reflejado en los semblantes de agradecido jolgorio con que fueron inmortalizados sus protagonistas. Por entonces, recuerdo que el propio Alfredo se puso a despachar tragos al otro lado de la barra, sin renunciar felizmente según compruebo a persistir en el noble arte de la fotografía urbana, vertiente dipsómana, que garantiza este material que tiene mucho de archivo documental: <strong>cómo fue el Logroño noctívago que despedía el siglo XX.</strong> Material para una exposición.</p>
<p>La foto que preside estas línea sirve para el mismo propósito: un objetivo documental pero también comparativo. El camarero del viejo <strong>Ibiza</strong>, como contraste con el bar actual y con sus herederos. Aquel Ibiza también desapareció pero al menos tuvo suerte: engendró el germen de su posterior resurrección, de la que ahora disfrutamos. Mejor dicho, la que esperamos disfrutar cuando superemos la cuarentena. Buen parte de los bares retratados por Alfredo no dispusieron de una segunda oportunidad. Perecieron, víctimas de las raras modas que una vez te encumbran y poco después te olvidan. Pero también, a su manera, han tenido suerte. El agudo ojo del fotógrafo pasó una vez por allí y dejó para la posteridad estas imágenes que sirven para abrillantar su memoria y para atestiguar que la vida fluyó por sus venas. Y para concluir que celebrar la dicha de sentirnos vivos proporcionó un argumento inigualable al entretenimiento que aguarda cuando liberemos los rigores del confinamiento, aparquemos los razonables temores y disolvamos las angustias como era costumbre: entre tragos y bocados. Confiando en que Alfredo Iglesias o sus sucesores también nos retraten con el mismo talento.</p>
<p>P. D. La reanudación, a ritmo todavía muy lento, de la actividad económica alcanza también a los bares durante estos días en que se levanta el veto al confinamiento más estricto. Regresar a las rutinas cuando se lleva tantas semanas con el grifo cortado es más fácil de decir que de ejecutar. Natural por lo tanto que afloren las dudas en tantos y tantos bares, donde prima la incertidumbre y se procura una respuesta común al despertar de la crisis, para no ir demasiado lejos cuando se reabra la puerta ni quedarse demasiado atrás y se añada en consecuencia otra dosis de agonía a un sector que sale maltrecho del combate con el virus.</p>
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		<title>Días sin bares (VI)</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2020 17:34:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Una mano amiga me hace llegar la foto que ilustra estas líneas. Ha leído, según me avisa, la última entrada que dediqué hace unas semanas a responder a ese cuestionario prusiano donde uno se retrata a través de sus predilecciones en materia de bares. Aquellas líneas, encabezadas por <strong>una soberbia foto de Jalón Ángel</strong> recuperando la imagen de <strong>La Granja</strong>, le animaron a suministrarme este otro retrato en blanco y negro, donde el logroñés más veterano seguirá reconociendo el coqueto local de la calle <strong>Sagasta</strong>. Que entre otros atributos presumía de rendir devoción a cierta tipología de bares que habitaron hace años entre nosotros y se fueron disolviendo. Me refiero a las cafeterías. Cafeterías a la americana.</p>
<p>Que, ojo, no son cafés. Se trata de otro peldaño en la evolución hostelera, el tipo de establecimiento que se hizo común en l<strong>a España del desarrollismo.</strong> La Granja lo encarna muy bien por cierto, porque nació como café y acabó siendo cafetería, igual que otras que mediados los años 50 empezaron a conquistar Logroño, emblemas de la modernidad. Yo conocí alguna. Recuerdo por supuesto el <strong>Ibiza</strong>, hoy resucitado para la causa, y entre brumas se disuelve en mi memoria el <strong>Ringo</strong> cercano, también en Muro de la Mata. ¿De qué tipo de bar estamos hablando? Pues de un local espacioso, decorado con bastante ambición. Camareros con chaquetilla (blanca en el caso de Madrid, donde aún resiste esa indumentaria en los bares más castizos), cigarrera en algún caso, también por supuesto limpiabotas&#8230; Un lugar que no era de paso, aunque también lo fuera: paso de paloma, yo ya me entiendo. Cafeterías con una vida tan larga como los días, que empezaban a funcionar con los primeros cafés y no agotaban su atractivo hasta bien entrada la noche. Porque servían para todo. <strong>Las cafeterías de los 60</strong> eran la navaja suiza de los bares logroñeses.</p>
<p>Su recuerdo me asalta en estos días de confinamiento porque otra mano amiga me hace llegar el descubrimiento que antecede estas líneas. Un suelto publicado en el año 1955 en la revista <strong>La</strong> <strong>Codorniz</strong>, donde se anunciaba al improbable lector la buena nueva de que Logroño contaba ya con dos cafeterías de postín, que se sumaban a una oferta hasta entonces colonizada por la taberna o la tasca, como da fe quien redacta esos párrafos. No sería extraño que la publicación se debiera al ingenio de, por supuesto, un logroñés. Más que un logroñés. El hombre a quien l e cabía Logroño en la cabeza, el escritor <strong>Rafael Azcona,</strong> colaborador de aquella revista satírica cuyo lema no he olvidado (ni nadie, sobre todo en el gremio periodístico, debería olvidar): &#8220;La revista más audaz para el lector más inteligente&#8221;. La audacia se materializaba, entre otras virtudes, en relatar la vida auténtica de la España de su tiempo. La España de las cafeterías, por ejemplo. <strong>El Logroño de las cafeterías.</strong></p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1518" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1-383x1024.jpeg" alt="" width="383" height="1024" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1-383x1024.jpeg 383w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1-112x300.jpeg 112w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1.jpeg 395w" sizes="(max-width: 383px) 100vw, 383px" /></a></p>
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<p>En su número 705, en mayo de hace 65 años, supongamos que Azcona, con su inimitable estilo, informaba para La Codorniz de la audaz llegada a Logroño de, en efecto, dos cafeterías. Se trata de dos establecimientos que uno no conoció, aunque algo he oído hablar de ambos. <strong>Noche y Día</strong> (calle San Juan, creo recordar) y <strong>Bahía</strong>, que si no me falla la memoria se ubicaba en la vecina Marqués de Vallejo. El inteligente lector de La Codorniz que tropezara con esa noticia pudiera haberse quedado más bien frío, porque semejante avance de los tiempos era conocido ya en otros pagos, como la propia capital del actual Reino de España, donde la revista tenía su sede: <strong>Madrid</strong>, bien poblada de cafeterías para entonces, impuso en el resto del país esa moda que regó de esa clase de locales a las ciudades del interior, de modo que si Logroño se ufanaba de contar con dos ejemplares no era tanto por la novedad que representaba tal conquista sino porque (sigamos con nuestra hipótesis) Azcona jugaba en casa y hacía algo de proselitismo en los quioscos. Lo cual no era tan interesante como saber a través de su pluma (si es que era su pluma) que esas dos flamantes adquisiciones venían a convivir con el tipo de bares que hasta entonces habían sido norma, alguno de los cuales sobrevive.</p>
<p>Es el caso de <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>. Que el autor del artítulo (don Rafael, un suponer) destaca entre la pléyade de locales de llamativos nombres. Veamos: <strong>Pedro el Riojano</strong> (no tengo el gusto), <strong>Casa Taza</strong> (donde me robaron el corazón, pero esa es otra historia) y <strong>La Chatilla.</strong> Estos dos últimos más o menos han sobrevivido hasta nuestros días, bajo distintas encarnaciones. Y El Soldado resiste en perfecto estado de revista, esperando la maga Azucena tiempos mejores para aliñar nuestras visitas al ritmo de sus ensaladas y demás golosinas. Pero entre esos nombres de tascas que se citan en La Codorniz, mi favorito es el bar llamado <strong>La</strong> <strong>Puñalada</strong>. Prometo una visita si semejante garito reabriera sus puertas. Lo ignoro todo de él. Dónde se alojaba, quién lo regentaba y, sobre todo, a qué ingenioso logroñés se le ocurrió semejante nomenclatura, pero (también) me ha robado el corazón.</p>
<p>La Puñalada, ese misterioso bar, junto al resto de hermanos en esa tipología, fueron en cualquier caso desapareciendo. También cayeron las cafeterías tal cual las recordamos, como esa foto que refleja el tipo de bar que fue La Granja. Logroño dijo adiós al Bahía y al Noche y Día (que mantiene el tipo bajo otras manos pero siendo fieles al modelo original, al menos en su nombre), también al Ringo&#8230; Llegó otra clase de modernidad y aquellos bares perdieron su sentido. Los que quedan son reliquias. Alguna vez tropezamos con ellos en nuestras excursiones  allende Logroño, incluyendo más allá de los Pirineos. No son exactamente lo mismo, desde luego no son La Granja, pero en algo nos recuerdan ese territorio mítico. Sólo necesitaban para reaparecer ante nuestros ojos confinados <strong>la magia de la fotografía en blanco y negro</strong>. Y la magia de que un supuesto Rafael Azcona cantara sus bondades.</p>
<p>P. D. Una franquicia que todavía resiste en Madrid con más o menos buena salud, donde el concepto de cafetería mantiene su vigencia, se llama <strong>José Luis</strong>. Donde por supuesto los camareros llevan chaquetilla blanca, aspecto de arrastrar mucha mili en sus bandejas y el glorioso hábito de dirigirse a la clientela masculina al estilo por supuesto madrileño: llamándote caballero. Es el caso de la ubicada en la calle Serrano, donde hace unos años tuve el gusto de observar en todo su esplendor el tipo de fauna asociada a la cafetería de toda la vida. Un grupo de (en efecto) caballeros, acompañados por una dama: todos octogenarios, de la cofradía de amigos el Rioja (ella, especialmente), que me regalaron un espectáculo inolvidable a la hora del aperitivo. Los dejé atacando los bocados que les acercaban desde la barra. Cuando regresé al cabo de unas horas, como el dinosaurio del cuento, aquellos matusalenes todavía seguían ahí. En su hermosa cafetería.</p>
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		<title>Días sin bares (V)</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Apr 2020 10:21:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>Con los bares cerrados&#8230; Con los bares cerrados, mantenerme fiel a mi (auto)impuesta disciplina de mantener vivo este espacio al menos una vez por semana tiene algo de hazaña (perdón por el (auto)bombo), aunque también de (auto)exigencia feliz. Una manera como cualquier otra (igual de bobalicona) de peregrinar al menos con la memoria y su prima hermana, la fantasía, hasta allí donde fuimos tan felices. Me lo avisaba días atrás un corresponsal, casi con esas mismas palabras: <strong>con los bares cerrados</strong>, se cierra también el grifo de lo que puedes escribir. Idea contra la que me sigo revelando, como observará a continuación el improbable lector.</p>
<p>Veamos. En mi auxilio acudió una referencia, cazada al vuelo en las redes sociales, donde un seguidor dejaba caer esa especie de encuesta que todos hemos podido rellenar durante el cautiverio, una ingeniosa idea para sobrellevar la cuarentena. Se preguntaba ese buen hombre (y se contestaba) sobre qué significaban para él los bares, en función del estado de ánimo que despertaban en su corazón. Lo cual sólo podía despertar mi propio interés, de modo que empecé a responder al cuestionario&#8230; hasta que caí en la cuenta de que el resultado de mis respuestas iba a pisar unos cuantos callos, tendencia que me caracteriza pero que procuro evitar al menos cuando hablo de bares. Sobre todo, ahora que sus defensores están convalecientes, mustia la caja registradora y tocando los clarines del miedo <strong>las trompetas del Apocalipsis. </strong></p>
<p>Acabé resolviendo mis dudas como suelo. Poniendo en marcha <strong>la máquina del tiempo.</strong> Dejando que la memoria me llevara a responder a ese cuestionario como si los bares que habitan en <strong>mi corazón tan logroñés</strong> todavía resistieran, como si permanecieran abiertos años después de su desaparición. Lo cual me hizo feliz, tontorranemente. Ese tipo de dicha tan personal, cuando dejamos que nos asalten los sentimientos más personales, los más ingenuos. Porque mientras rellenaba cada casilla, me volvía a ver en cada una de esas barras. Más joven claro, de crío en alguna de ellas, acompañado en distintas circunstancias por quienes ya no están. Un melancólico júbilo que me gustaría compartir en la esperanza de que pueda servir de pista a quienes estén allá, al otro lado del éter.</p>
<p><strong>BAR SOBREVALORADO</strong>. El del Aéreo Club. A los logroñeses menos veteranos, nada les dirá. Para el ala senior de la población, la encarnación local de la lucha de clases. Entrada por el Muro de la Mata, salida a Ollerías (más o menos, donde se sitúa ahora el Tondeluna) y dos tipos de barra. Una, para la oficialidad; otra, para la soldadesca. Nunca entendí que quisieran entrar en su jurisdicción quienes podían ser tratados con tanta condescendencia. En su imaginación, sus ansias de prosperar, lo habían sobrevalorado.</p>
<p><strong>BAR INFRAVALORADO</strong>. El Merlín. Ubicado en Portales, sumidero de una generación, acabó entronizado en el imaginario local como una especie de infierno, que sin embargo lo hace cada día más apetecible a mis ojos. Allí habitaba la ley de la frontera: dependiendo de a qué lado cayeras, podías considerarte víctima o superviviente. Visto retrospectivamente, un maravilloso local que trajo la modernidad (siempre tan peligrosa) a Logroño.</p>
<p><strong>BAR QUE AMO.</strong> La Granja. Su recuerdo aflora una y otra vez, el aroma de los días felices del pasado, cada vez que entro por la puerta de mi estudio cuya entrada ilumina esa maravillosa imagen que me regaló Rocandio y que ahora preside estas líneas. Como el héroe de Ciudadano Kane, mi particular Rosebud. Vuelvo a ser un crío. Sobre todo, vuelvo a ser un crío feliz, lo cual no siempre me ocurría.</p>
<p><strong>BAR DE CULTO.</strong> El Continental. Ingresé en su territorio subterráneo (en el centro del centro de Logroño, advertía un posavasos) cuando se puso de moda el billar americano y me recibió en consecuencia una dama en decúbito prono, que luego hizo carrera en la política, donde sigue por cierto prestando servicio. No revelaré su nombre igual que también omito algunas de las rarezas menos memorables de aquel maravilloso bar (rata incluida), porque prefiero rescatar las inolvidables copas de madrugada y su estupenda terraza con vistas al Espolón. Cuando sumergirse en sus dominios era casi nuestra única aspiración de cada fin de semana y toda visita nos resarcía del tedio que aguardaba sobre nuestras cabezas.</p>
<p><strong>BAR AL QUE PUEDO IR UNA Y OTRA VEZ</strong>. El Capri, otro bar difunto donde hice guardia unas cuantas tardes, pelando la pava en los días en que siempre llovía en Logroño y yo veía el aguacero caer tras aquellos enormes ventanales, con vistas a la fuente de Murrieta (o como se llame ahora: antes llevaba el ridículo honor de estar dedicada al alférez provisional, ya ve usted qué cosas). Un camarero con mucha mili se ocupaba de gobernar ese espacio tirando a rancio, dueño de un encanto particular al que podría volver desde luego una y otra vez en cuanto se obrara el milagro de que sus mustias puertas se reabrieran y yo dejara de escuchar en mi cabeza esa estúpida ocurrencia. Capri, c´est fini.</p>
<p><strong>BAR QUE HIZO ENAMORARME DE LA MÚSICA</strong>. El Saxo. Sábado noche, años 80, la Zona. Suenan de nuevo los Smith&#8230;</p>
<p><strong>BAR QUE CAMBIÓ MI VIDA</strong>. El Abraxas, también en la Zona. Como hay ropa tendida, evito extenderme.</p>
<p><strong>BAR QUE ME SORPRENDIÓ</strong>. El Teorema, de Calvo Sotelo. Creo que fue la primera vez en mi vida que escuché música en vivo en un garito.</p>
<p><strong>PLACER CULPOSO</strong>. Ir a La Enagua, también de la Zona. Estaba medio hechizado por una de sus camareras: yo confieso.</p>
<p><strong>BAR QUE EXPLOTA(BA) EN VIVO</strong>. El Rocky. Quien acudiera alguna noche de sábado en los 80, sabrá de qué hablo. Hermano pequeño, el vecino Celta. Sigo sin salir de la Zona.</p>
<p><strong>BAR QUE ODIO.</strong> El Aéreo Club, por las razones arriba citadas.</p>
<p>P. D. Según algunas teorías apocalípticas, no volvernos a vernos por los bares hasta diciembre. O así. Es decir, que aunque se levante la cuarentena un siglo de éstos, algunos hábitos sociales (los que propician la confraternización sin mascarilla) deberán aguardar a que el virus sea sólo una pesadilla. Yo, ni creo ni dejo de creer. Sospecho que nuestra experiencia en las barra de guardia admitirán algún cambio en su fisonomía pero también me malicio, conociendo al ser humano (logroñés) que en cuanto algún intrépido se anime, volveremos a ser como antes. Los que sólo aspiraban a celebrar la vida acodados en su bar favorito. Así que ánimo: queda un día menos.</p>
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		<title>Días sin bares (IV)</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Apr 2020 09:35:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>Escribo estas líneas cuando en realidad debiera estar muy lejos de Logroño. En Fez, destino del viaje familiar previsto y cancelado a causa del famoso y maldito bicho. Es un contratiempo menor, común al de tantos otros casos, que me deja sin indagar en ese curioso universo del mundo árabe y sus no menos curiosos cafés, tipología donde esperaba haberme iniciado el mismo día de <strong>Viernes Santo</strong> en algunas direcciones de Rabat que me fueron facilitadas y que, como otros menesteres, deberán esperar mientras se hace realidad la frase con que combatimos la espera: cuando todo esto pase&#8230; Cuando todo esto pase, habrá que saldar esa deuda pendiente con <strong>Marruecos</strong>. Con Rabat, Fez, Mequinez y resto de malogrados destinos. También con sus cafés.</p>
<p>Mientras aguardo ese día (cuando todo esto pase), combato la melancolía por los días que ya no vendrán, los días a los que dijimos adiós, como tantos otros mortales: leyendo y viendo la televisión. Mundos de ficción donde tropiezo con la materia prima que alimenta estos párrafos. Los bares. Bares de mentirijillas como las aventuras de quienes los frecuentan, en quienes sin embargo podemos reconocernos como habitantes de esos mismos mundos. Es el caso de ese bar cuya imagen ilustra esta entrada: el protagonista secundario de una curiosa serie que emite HBO, titulada <strong>&#8216;State of the Union&#8217;</strong>, un chiste respecto a la sesión parlamentaria donde cada año se examina ante el Legislativo de Estados Unidos el inquilino de la  Casa Blanca. En ese juego de palabras se enmascara la sustancia de la serie: diez minutos por capítulo, que pueden verse según esa dosis o de seguido, donde los otros protagonistas (los principales) examinan ante una pinta de cerveza (él) y una copa de vino blanco (ella) el estado de su unión, en los minutos previos a visitar a una terapeuta que intenta reconducirla.</p>
<p>El bar se ubica al norte de Londres, en el barrio de Kentish Town, un rincón ajeno a las rutas turísticas pero de una identidad (clase media con pretensiones, medio pija, votante laborista: el viejo y desaparecido mundo de Tony Blair) muy cara al universo particular del creador de la serie: el escritor británico <strong>Nick Hornby</strong>. Quien (me parece) no termina de acertar con su creación. El tipo de humor seco, cortante, que puebla sus novelas y las hace tan adictivas no encaja bien en el formato televisivo. Los diálogos sufren de pedantería (como tantos de sus propios personajes novelescos), pero sin alcanzar ese estatus tan cercano que los humaniza en sus libros y que en estos episodios no termina de aparecer. De modo que sus cuitas me resultan demasiado ajenas como para prestarles la atención sí concedo, por el contrario, al estupendo bar donde se someten a la terapia previa. Luminoso, decorado con gusto, asomado a un ventanal en esquina desde donde poder observar la maravilla del mundo como reclamaba su compatriota Charles Dickens. Y de mentira: el bar ni siquiera está en Kentish. En realidad, se aloja al oeste de Londres, muy lejos de donde Hornby sitúa las hazañas de sus héroes: si el improbable lector está interesado, queda informado de que el pub se llama Thatched House y se ubica en el distrito de Hammersmith. Ah, la magia de la tele&#8230;</p>
<p>Que también florece en otra serie igual de olvidable, aunque tal vez más entretenida. La emite Amazon y retrata en una serie de capítulos sin (aparente) conexión entre ellos la vida amorosa de un grupo de habitantes de la proteica Manhattan. Se titula &#8216;<strong>Modern love&#8217;</strong> pero no debe engañarse nadie: las peripecias sentimentales de su sus personajes son tan antiguas como las que perpetraron en el edén Eva y Adán. Una excusa muy pertinente, por lo que aquí respecta, para recorrer unos cuantos bares, con una pinta estupenda. Cafés, terrazas, restaurantes, <em>dinners</em> y el resto de locales deudores de sus respectivas tipologías  a la cosmopolita paleta de Nueva York, ciudad que (en realidad) es la auténtica protagonista de la serie. Bares que cumplen con el objetivo sagrado que reclamaba para sí Jorge Luis Borges: el sueño maravilloso de viajar por todo el mundo desde el sofá de tu salón. En su caso, leyendo la <strong>Enciclopedia Británica;</strong> en el que proponen estas líneas, a través de la pequeña pantalla. Donde se ofrece un sucedáneo de realidad. Mientras aguarda la prometida exploración de Fez y los misteriosos bebedizos de sus cafés, mientras esperamos la prometida reapertura de nuestros bares favoritos, siempre puedes darte una vuelta por Londres y Nueva York mediante ese atajo que encarna toda impostura: ser nosotros, pero a través de las vidas de otros.</p>
<p>Una estupenda metáfora de estos días tan raros de confinamiento</p>
<p>P.D. El visionado de las series arriba citadas coincide con la lectura del libro que me acompaña estos días de cuarentena: los recomendables &#8216;<strong>Diarios</strong>&#8216; de John Cheever, donde el admirable escritor norteamericano, maestro del relato corto, anota su azorada y convulsa vida, bien regada de tragos. Los tragos tan propios a su condición de miembro de la clase media de los años 60, alojada en los residenciales suburbios de las metrópolis norteamericana. Tragos en la soledad de su casa, en las citas dominicales en el club más cercano o en los garitos de guardia. Tragos que convierten al autor de &#8216;El nadador&#8217;, como él mismo acepta, en un alcohólico. Tragos con predilección por la ginebra, el whisky y el Dry Martini que consume a menudo en un emblemático local neoyorquino, el bar del hotel Biltmore. Escenario por cierto de las andanzas también dipsómanas de otro héroe de ficción, Don Draper, tótem de la serie <strong>&#8216;Mad Men&#8217;</strong>. En quien pueden reconocerse los avatares de Cheever, cuyos diarios por otro lado contribuyen a que añoremos todavía más nuestras propias incursiones en el mundo de los bares: porque además de maravillarnos con su eléctrica prosa y su descarnada flagelación, leer a Cheever da sed. Mucha sed.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Días sin bares (tercera parte)</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Apr 2020 09:17:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Como para cualquier integrante de mi generación, el acontecimiento que rescataremos siempre de nuestra infancia será (junto al éxito de Massiel en Eurovisión) el alunizaje de Armstrong, Collins y Aldrin, unas imágenes que todavía me admiran: entiendo perfectamente a quienes sostengan que es un cuento de la Nasa toda la conquista espacial porque, en [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1509" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49-1024x682.jpeg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49-1024x682.jpeg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49-300x200.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49-768x512.jpeg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/WhatsApp-Image-2020-04-03-at-21.55.49.jpeg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como para cualquier integrante de mi generación, el acontecimiento que rescataremos siempre de nuestra infancia será (junto al éxito de <strong>Massiel en Eurovisión</strong>) el alunizaje de <strong>Armstrong, Collins y Aldrin</strong>, unas imágenes que todavía me admiran: entiendo perfectamente a quienes sostengan que es un cuento de la Nasa toda la conquista espacial porque, en efecto, esa maravilla tiene mucho de increíble. De los distintos hitos que caracterizaron aquella epoyeya, cada cual tendrá sus predilecciones. En mi caso, hay un momento estelar: cuando la plataforma se descuelga del cohete y cuando vuelve a conectarse con él, luego del paseo más famoso de la historia. Aunque debo confesar que otro momento muy intrigante de la conquista de la Luna me sorprendió entonces con tal intensidad que me viene cada día a la memoria en estas hora de confinamiento: la llamada <strong>descompresión</strong>.</p>
<p>Dícese de esos días que, luego de su regreso a Cabo Cañaveral (me encanta ese nombre), tuvieron que aguardar nuestros tres héroes metidos en una especie de burbuja para despojarse de los efectos negativos derivados de su viaje hacia los confines del universo. A mí me hipnotizaban aquellas imágenes, tanto como esas otras durante las cuales se veía al trío de astronautas divirtiéndose en una especie de chiquipark de la época donde la pista de bolas de nuestros días era entonces un espacio carente de gravedad, donde flotar hasta el infinito (y más allá). La descompresión posterior debía entenderse como lo contrario al entrenamiento previo: otro adiestramiento para la vida que aguardaba a los tres tripulantes del <strong>Apolo</strong> una vez que habían inscrito sus nombres en la posteridad. Descomprimirse significaba, según iba entendiendo yo a medida que se prolonga el cautiverio de esos tres caballeros, una manera de volver a la vida. Natural por lo tanto que el claustro donde entretenían la espera me recordara tanto al vientre materno. Sólo le faltaba su propio líquido amniótico, aunque supongo que los químicos de la NASA algo ayudarían para mejorar la salud de sus chicos.</p>
<p>Si recuerdo hoy aquella peripecia es porque no dejo de darle vueltas a esa idea de la descompresión. Cómo será nuestra vida futura cuando este suplicio concluya. Cómo volveremos a ser nosotros mismos y, por ejemplo, cómo será nuestra conducta como clientes de nuestros bares de confianza. Preguntas que me hago. Respuestas que surgen espontáneamente: dudo mucho que nos comportemos igual que hasta la llegada del maldito virus. No creo que toleremos con la deportividad de anteayer la falta de higiene de algunas barras: donde veíamos pintoresquismo y color local, observaremos mañana escasa prolifalixis. También sospecho que cuando tropecemos con un bar atestado de clientela, abandonaremos ese hábito tan nuestro y dejaremos de probar suerte a ver si cabemos (&#8220;Allá al fondo veo un sitio&#8221;). Otro tanto ocurrirá, me malicio, cuando ingresemos <strong>en la calle Laurel hoy vacía</strong> (como se observa en la magnífica e inquietante imagen de Justo Rodríguez que preside estas líneas) y <strong>a la altura del Ángel y el Donosti</strong>, por citar los dos locales que ejercen de fieltro, no consigamos avanzar porque lo impide la muchedumbre de rigor.</p>
<p>Son sólo tres detalles, tal vez menores, pero elocuentes a mi humilde juicio de los días que nos aguardan. Porque estoy seguro de que volveremos igual que estoy seguro de que la cuarentena nos habrá transformado. Seremos otros, quién sabe si mejores. Pero otros. Otros clientes más exigentes en materia de consumo de nuestros bocados y tragos favoritos, lo cual elevará en consecuencia su propio nivel de exigencia al sector de la hostelería en general. Obsérvese un caso reciente y curioso, una de las primeras hazañas del virus: incluso<strong> los bares de San Sebastián se ven ahora obligados a tapar sus pinchos y guarecerlos tras unas vitrinas,</strong> como es norma en otros sitios (Logroño, sin ir más lejos que al bar de la esquina). Según deduzco de las opiniones recogidas en esta casa misma casa por mis compañeros de redacción, los dueños de los bares son los primeros en reconocer que deberán transformar sus estrategias para captar de nuevo nuestra atención. Al menos, en las primeras semanas luego del confinamiento. Durante las cuales, todos nos deberemos someter a nuestra propia táctica de descompresión. Por si algún improbable lector está interesado, la mía consistirá en regresar a mis bares favoritos sólo cuando me garanticen que sus propietarios cumplen con las medidas higienistas que ahora colonizan nuestros días. Y que deberían haber llegado para quedarse.</p>
<p>P. D. La foto arriba mencionada, ese querido rincón <strong>donde la calle Laurel se funde con la Travesía, junto al callejón que conecta con Bretón</strong> a través del muro del Blanco y Negro, me instaló en un estado de melancolía nada más tropezar mis ojos con ella. Melancolía por partida doble. Porque añoro como el que más los felices y despreocupados días de ingesta en nuestros bares predilectos. Y porque me pregunto más que nunca sobre la pertinencia de una costumbre (el reparto de viandas a domicilio que protagoniza el ciclista de la foto) que me resulta extraña y hasta perjudicial en época de mayor celo profiláctico. Me ha parecido siempre que tenía algo de caprichoso pedir que nos sirvan a domicilio mercancías que cualquiera puede prepararse en su fogón o su horno, pecado en el que yo mismo alguna vez incurrido. Hoy me resulta directamente temerario. Para todos. Para el que lo encarga, el que lo sirve y para quienes nos podamos cruzar en su camino.</p>
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		<title>Días sin bares (segunda parte)</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Mar 2020 18:29:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Desde que nació este blog, he procurado creo que con éxito actualizarlo <strong>a un ritmo de una entrada por semana</strong> que me impuse a mí mismo aprovechando que este espacio es uno de los pocos donde mando yo (en compañía de tanto improbable lector). Al principio, esa frecuencia de actualización era disparatada. Más o menos escribía una entrada en cuanto se me pasaba alguna ocurrencia por la imaginación o alguien me susurraba alguna idea al respecto. Este territorio de los bares tiene mucho de adictivo y de obsesión compartida pero pronto caí en la cuenta de que se ritmo debía dotarse de algún método superior. Una entrada semanal parecía más que suficiente para satisfacer el potencial interés que estas líneas puedan suscitar, concluí. Recordando una sentencia que le escuché hace mil años al estupendo <strong>Alfonso Sánchez,</strong> crítico de cine de mi mocedad, todo un personaje que sólo recordarán los más veteranos del lugar porque salía bastante en la tele única. Sostenía Sánchez, columnista diario en la prensa madrileña, que esa ocupación era el último signo de esclativud en Occidente. Una pieza semanal también tiene algo de esclavitud pero en m caso se trata de una ocupación gozosa. Tan gratificante que me parece imposible pensar en ella como un trabajo.</p>
<p>Viene a cuento esta digresión porque cuando empezaba esta semana, allá por ese lunes triste entre los tristes, pensé que <strong>el cierre de bares en toda España</strong> a causa del maldito bicho complicaba esa rutina que me había impuesto. Y que justificaba saltarme el mandato de una entrada semanal que sólo incumplo en las vacaciones de verano. No creo que nadie lo echara de menos igual que estoy seguro de que sólo yo (y tal vez algún alma bondadosa que vague por el éter) habrá reparado en que cada semana me pongo a teclear estas divagaciones ante el ordenador. Pero también confieso que tenía algún cargo de conciencia. Y confieso además que pocas tareas me resultan tan placenteras como desconectar de la actualidad en carne viva, que nos golpea estos días con toda su crudeza, y darme mi vuelta semanal por el imaginario colectivo que se agrupa en torno a los bares. Así que para el miércoles ya había decidido que antes de concluir la semana acudiría puntual a mi cita conmigo mismo.</p>
<p>Pero, ésta es la pregunta, de qué podía escribir con todos los bares cerrados y su clientela desperdigada en sus respectivas casas, atacando sus propias bodegas como pasatiempo. Porque hace siete días ya publiqué una pieza a propósito de los bares cerrados, de cuán huérfana se queda la parroquia. Y preparar una pieza ajena a este contexto tan abrumador me parecía insolente. Fuera de lugar. Impertinente. De modo que cavilando, cavilando&#8230; No llegué a ningún sitio. Aunque en realidad sí. Llegué a una red social donde topé con un hallazgo iluminador: <strong>las buenas gentes de Barrio Bar y Clandestino</strong> preparando cócteles desde su casa y ayudando a quien observan sus vídeos a imitarles. Lo cual me pareció una idea estupenda, resuelta además con mucha clase por estos jovenzuelos, que me llevó a pensar en otra idea de índole superior. Una pregunta. Qué hacen estos días los camareros.</p>
<p>Porque hace una semana me hacía una pregunta similar (qué hacemos los clientes en estos largos días de confinamiento), a la que intentaba responder con mi propio ejemplo. Pero no se me había ocurrido qué ocurría al otro lado de la barra. Y caí en la cuenta de que les debía unas líneas. Imagino a todas esas bondadosas criaturas que tanto han contribuido a levantar nuestros ánimos, a celebrar con nosotros la vida, marchitos en sus domicilios, mientras las facturas no dejan de llegar y sus negocios duermen el sueño del coronavirus. Y sentí entonces una enorme lástima por todos ellos, de manera que estas líneas brotaron más o menos solas, animadas por un sentimiento de solidaridad hacia todos ellos. Encarnados en este caso por <strong>Maite y Rubén</strong>, a quienes la fatalidad no les borra la sonrisa ni acaba con el profesional eficaz y talentoso que ambos llevan dentro. Capaces de sacar la cabeza en medio de la desdicha y hacer de camareros &#8216;on line&#8217; para aliviar nuestra cuarentena.</p>
<p>Esta entrada semana va por lo tanto como homenaje hacia todos ellos, en quienes no dejó de pensar. Sobre todo, en quienes acaban de poner en marcha su negocio o vienen de reinventarse y se han tropezado con esta calamidad, tan dañina para nuestra salud y tan dolorosa para sus negocios. Pienso en ellos y los imagino como me gustaría encontrarlos cuando todo esto pase, cuando todo acabe. Abriendo sus bares para felicidad de sus incondicionales y recuperando para la causa antedicha (celebrar la vida) esos espacio que tanto añoramos. Los bares a los que estamos deseando regresar. Porque yo también me he hecho a mí mismo la promesa de tantos fans de nuestras mejores barras: volveremos. Como dijo <strong>MacArthur</strong>, volveremos. Volveremos a los bares.</p>
<p>P. D. Todos los bares de La Rioja y resto de España están cerrados. ¿Todos? No. En realidad, no todos. Al menos resiste abierto un bar que tiene mucho de farmacia de guardia estos días: <strong>el bar del Hospital de Calahorra</strong>, que se ocupa de atender a esas caritativas almas del personal sanitario, nuestros nuevos héroes. Como imagino que otro tanto sucederá <strong>en el San Pedro</strong>, esta excepcional y muy justificada circunstancia me permite concluir estas líneas con otro sincero y emocionado reconocimiento hacia todos ellos. A los que combaten el virus desde cada frente abierto y también a quienes, a su manera, contribuyen a garantizar el reposo del guerrero: quienes atienden los bares de los hospitales son también, a su particular manera, héroes y heroínas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Días sin bares</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Mar 2020 19:14:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Viernes, 13. Mala fecha. Inolvidable. El Gobierno acaba de sugerir que <strong>los bares, mejor cerrados.</strong> Drama general. También para el improbable lector. También para mí. Cuando salgo de trabajar, entrada la noche, observo sin embargo que unos cuantos locales se saltan la recomendación. Son una minoría, pero llamativa. Los que recorro con la mirada camino de casa están más que vacíos, mustios. De manera que es inevitable que los parroquianos que habitan su interior guarden las distancias físicas entre uno y otro que recetan las autoridades sanitarias, aunque hay excepciones. Lamentables excepciones. Cuando me apalanco en el sofá y enchufo el ordenador, la hermandad de las redes sociales ya ha emprendido la caza y captura de los infieles: un listado de bares al que sumo mentalmente los que acabo de anotar. Contra quienes prometo perpetrar mi incruenta venganza. No volveré a frecuentarlos.</p>
<p>El sábado de buena mañana, otro tanto. Unos cuantos locales ignoran la invitación a cerrar y también <strong>los voy retirando de mi carné de baile,</strong> aunque otros que la noche anterior permanecían abiertos esta mañana ya tienen las persianas bajadas. Cuando esa tarde se decrete el estado de alarma, y de la recomendación se pase a la prohibición, ya no habrá más debate ni quien pueda ignorar la orden, que vale para todos. Aunque debe anotarse aquí que me llegó puntual noticia de un inconsciente que persistió en mantener la actividad, medio de tapadillo. Pero fue descubierto por el vecindario, puesto su caso en conocimiento de las autoridades policiales y obligado a cerrar, espero que multa mediante. El resto, los que el día anterior tenían sus puertas abiertas y los que ese sábado aún resistían a primera hora, obedecieron la consigna. Y se obró el milagro. Todos los bares de Logroño estaban cerrados.</p>
<p>¿Todos? Un momento. Todos no. Ese sábado por la noche, de regreso a casa antes de someterme un par de días después a los rigores del teletrabajo que ya había despoblando de redactores esta casa, tropecé con una luz encendida. Era <strong>un bar del parque del Carmen</strong>, que no citaré. Tenía la verja echada, pero en su interior una dama pelaba la pava con un galán, solos con sus cuitas bajo una bombilla, cada cual con su botellín. La escena me conmovió. Parecía el cuadro célebre de <strong>Hopper</strong>, un encuadre mal iluminado en cuyo fondo sucedía el prodigio que siempre aspiramos a descubrir cuando visitamos nuestras barras predilectas. La vida, versión imperfecta. Creo que no hay otra.</p>
<p>Lo comprabamos estos días, estos extraños días. Días sin bares, un vacío doloroso para la parroquia conspicua pero sobre todo para quienes todavía (¡Todavía!) mantienen el hábito de visitarlos cada día, a veces a razón de doble dosis diaria: <strong>un par de vinos</strong> antes de comer, otra ronda preludiando el regreso a casa por la noche. Los adictos al <strong>cafelito</strong>, que pueden tirarse una mañana dando la vuelta al azucarillo del cortado. O las damas que estiran también la consumición mientras hilan la hebra o juegan a los naipes (vale también el dominó). Porque entre nosotros se trata de un hábito que tiene más de social que de hostelero. El bar, ya se sabe, contribuye a socializar la vida y su ausencia deja un espacio clamoroso por lo huérfanos de voces humanas que se quedan allí donde es más necesario. En La Rioja interior, por ejemplo, donde ejerce de club social. Y también en Logroño. Pienso sobre todo, con el ánimo encogido, en todos esos abuelitos para quienes la ronda diaria (o la doble ronda diaria, que los hay recalcitrantes) representa un fugaz motivo de alegría y confraternización como tal vez no encuentren otro en el otoño de sus vidas.</p>
<p>Así que derramo una imaginaria (o tal vez no tan imaginaria) lágrima por todos ellos, pero no quiero que el desánimo colonice estas líneas. Habrá tiempo de volver a ser felices en las barras que tanta dicha nos procuran, celebrar la vida no al amor de una mortecina bombilla sino saboreándola, entre <strong>deliciosos tragos y sugerentes bocados.</strong> Saldremos de la cuarentena, supongo, mejor dotados para afrontar nuestras rutinas porque (también lo supongo) durante el cautiverio habremos sabido valorar lo que de verdad merece la vida y lo que resulta insustancial, aunque le concedamos la importancia de lo que carece. Y entre esos relámpagos de luz que nos reaniman, pocos tan adictivos como esa ingrávida sensación de acudir al reclamo de la llamada de quienes nos esperan en los locales de confianza. Camareros pero también magos. Terapeutas, hechiceros y confesores. Que han sufrido como pocos sectores el embate del bichito infausto y a quienes debemos recompensar como merecen. Liquidando sus bodegas en cuanto esta crisis sea un recuerdo y también todas sus provisiones.</p>
<p>Bebiéndonos la vida.</p>
<p>P. D. Puesto que los bares cerraron, no quedó otro remedio que pertrecharnos de los ricos néctares que custodia la bodega domiciliaria, que hace una semana presentaba mejor aspecto, la verdad. Van cayendo las botellas de Rioja mediante una sensata dosis, pero también contumaz. Al fondo del botellero, duermen las menos atractivas. Son las que, si dura mucho este cautiverio, dentro de algunas tardes nos parecerán unas diosas.</p>
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		<title>Quedarse en casa</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Mar 2020 18:12:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Recuerdo haber ingresado una noche de frío feroz en la <strong>calle Laurel</strong> preguntándome, con la nieve a la altura de las canillas, si habría algún bar abierto (lo había: el <strong>Donosti</strong> del gran Juanito y familia). Recuerdo una tarde sentado en el ventanuco del viejo <strong>Tivoli</strong> (aquel estupendo paso de paloma) sopesando si entraba o no en la Laurel porque un bochorno infame azotaba Logroño y temía que no hubiera ni un bar abierto en medio de la canícula dominical (y lo había: el antiguo <strong>La Simpatía</strong>). Recuerdo haber ido por la calle Laurel la noche del 23F preguntándome si algún otro parroquiano se habría animado y en efecto: los fieles del desaparecido <strong>Bambi</strong> vimos allí a Jordi Pujol por la tele, muertos de risa. Recuerdo haber peregrinado por las barras de confianza en medio de circunstancias ambientales y/o personales nada propicias, tal vez porque en esas condiciones sirve de manera más adecuada la terapia que aguarda en nuestros bares favoritos. Recuerdo haberme ido de bares en todas las estaciones del año, así en Logroño como en otros pagos, porque se trata de un entretenimiento (uno de tantos, no el único) irresistible, donde se esconde la sustancia genuina de los días: celebrar la vida.</p>
<p>Y no recuerdo por lo tanto ninguna otra ocasión en que hubiera tenido que contener ese mandato, esa tentación. El dichoso virus, como supondrá el improbable lector, se combate según las más prestigiosas mentes de nuestra generación evitando el contagio que genera la vida social, tan riojana. Que en Logroño tiende a ejercerse, desde luego, en los bares. Pero todas esas advertencias que me llegaban contenían el germen de la rebelión. Un sordo llamamiento a rebelarnos, a resistir ante el avance del discurso oficial: si nos quedamos en casa, pensó esta semana en algún momento mi atribulada mente, sería tanto como aceptar que el bicho que llegó de <strong>China</strong> gana el combate. Que nuestra feliz convivencia sale derrotada del encuentro con esta <strong>pandemia</strong> endiablada, que nos busca las cosquillas incluso en esos hábitos tan apacibles y de dudoso peligro.</p>
<p>Pero la razón científica tiene cosas que nuestro corazón logroñés no entiende. Amparado en ese argumento, me rebelaba contra la idea de pasarme el fin de semana entre las cuatro paredes del hogar familiar porque me parecía por el contrario lo correcto plantar cara al virus: apalancarme en la calle Laurel o en la San Juan o en cualquier otro agradable refugio y recetarme una sobredosis de tragos y bocados, en plan <strong>Fraga</strong> <strong>en Palomares.</strong> Aquí estoy yo, aunque sin el Meyba aquel gigantesco. Tomarme el aperitivo, acudir al cine (los Moderno: los únicos que aguantan en el corazón de Logroño) y darme por la tarde otra vuelta por las jurisdicciones amigas. Quería hacer lo de siempre. Ir de bares. Y no me resignaba. No quería escuchar las doctas opiniones de quienes algo saben de este asunto y desaconsejaban la interactuación propia del sector hostelero.</p>
<p>Sólo el jueves cambié de opinión. Me empezaron a llegar mensajes al móvil de unos cuantos benéficos hosteleros avisando de que, dijera lo que dijeran la consejera <strong>Alba</strong>, el ministro <strong>Illa</strong> o el duende <strong>Simón</strong>, ellos iban a cerrar sus locales. Lo hacían supongo porque habían empezado a comprobar que decaía el número de feligreses pero sobre todo porque se rendían al peso de la evidencia. El sentido del deber. Un goteo de guasaps que fue incrementando su producción a medida que se hacía de noche terminó de convencerme. Tocaba transigir, rendirse. Ir de bares se había convertido de repente en sinónimo de irresponsabilidad.</p>
<p>Así que estas líneas que habían empezado como un conato de sublevación concluyen asumiendo que, como escribió algún clásico, cada derrota esconde a menudo un triunfo posterior. Prefiero pensar que llegará un mañana en que estos apocalípticos días nos moverán a la sonrisa conmiserativa que se nos queda en la cara mientras recordamos la noche en que llegamos a Laurel bajo una nevada siberiana, o sometidos por los rigores del verano o amenazados por el pistolón de <strong>Tejero</strong>. Volveremos a ver a la maga Tere en la <strong>Taberna de Baco,</strong> a su vecina la hechicera Azucena preparando sus tomates en <strong>El Soldado</strong> y a tantos bondadosas almas cuyas pócimas nos reconfortan y nos seguirán reconfortando. Cuando volvamos a ir de bares por las calles de Logroño (y de Haro y de tantos rincones tan queridos) pensando que así como gracias a que en esta vida se pierden algunas batallas se puede al final presumir de que ganas la guerra, lo cual exige algún sacrificio: el mío, renunciar a ir de bares. Poca, poquísima cosa, comparado con el generoso esfuerzo y ejemplar compromiso del personal sanitario. A quien habría que empezar por ir encargando un monumento.</p>
<p>O invitarles al menos a una ronda cuando volvamos a ir de bares.</p>
<p>P. D. Entre otras razones, calibré durante unos cuantos días saltarme el llamamiento a la prudencia porque me parecía que presentarme en el bar de guardia transmitía una corriente de afecto y solidaridad a sus dueños, que lo pasan tan mal en esta crisis como sus empleados. Pero venció por fin la prudencia e hice caso al célebre hastag, también llamado en etiqueta: <a class="css-4rbku5 css-18t94o4 css-901oao css-16my406 r-1n1174f r-1loqt21 r-1qd0xha r-vw2c0b r-ad9z0x r-bcqeeo r-1ny4l3l r-1ddef8g r-qvutc0" dir="ltr" role="link" href="https://twitter.com/hashtag/YoMeQuedoEnCasa?src=hashtag_click" data-focusable="true">#YoMeQuedoEnCasa. </a> Así que lo dicho. Me quedo en casa: voy abriendo la primera botella de vino del finde.</p>
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