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	<title>Logroño en sus baresAdarraga &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Un bar de cine</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Nov 2019 17:02:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Ambigú</strong>, hermosa palabra. Que se ha mencionado aquí alguna vez, a propósito de su pervivencia en distintos ámbitos, lo cual tiene bastante de heroico porque el tiempo del ambigú, los años en que tenía sentido, se van evaporando. Allá por San Mateo, el ambigú del <strong>Adarraga</strong> mereció alguna línea a cuenta de la hechicera Lourdes y ya entonces reaparecía el recuerdo de aquellos ambigús de antaño, que tan felices hicieron a quienes encuentran en los bares su pasatiempo favorito. El ambigú de <strong>La Manzanera,</strong> por ejemplo, demolido cuando la propia plaza. O los ambigús que festoneaban <strong>el viejo Las Gaunas,</strong> otra reliquia desparecida. O los ambigús de los cines, que uno no deja de añorar.</p>
<p>El del <strong>Diana</strong>, por ejemplo, representaba a mi humilde juicio la idealización suprema de este tipo de recintos. Elegante, discreto, se accedía a sus dominios superando la escalinata que saludaba al cinéfilo por el acceso de Juan XXIII; lo atendía una misteriosa dama, cuyo rostro se desvanece en mi memoria, aunque no la mercancía que despachaba  gentil, discreta como esa barra mínima que defendía. Hubo por supuesto ambigús en los otros cines diseminados por Logroño, que entonces  colonizaban  el corazón de la ciudad, miembros del mismo linaje: bares mínimos, como mínima era su oferta, condensada en unos botellines de refresco (sospecho que evitando la cerveza) y los snacks de rigor, vulgo aperitivos, embolsados para que el ruido de su apertura provocara  las primeras quejas de los vecinos de asiento y alguna regañina del acomodador. Ambigús del <strong>Sahor</strong> y los <strong>Dúplex</strong> (que creo recordar que lo compartían, como si fueran cines siameses unidos sólo por esa minúscula barrita), ambigú del <strong>Astoria</strong>, ambigú del <strong>Avenida</strong>&#8230;</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1423" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y ambigú del <strong>Moderno</strong>. El cine que fue teatro y que desencadena estas líneas, porque las salas que lo sustituyeron acaban de estrenar inquilino en la persona de su vecino Mariano, que se traslada con parte de la <strong>familia Moracia </strong> y alrededores para dotar de vida ese espacio que, la verdad, no ha tenido suerte con los abastecedores que le precedieron. El martes se inauguró, explorando un futuro aledaño a la vida propia que distingue al bar central de donde procede el caballero Moracia, el Café Moderno, honor y gloria logroñesa. La ampliación de su negocio, para tomar bajo su astuta dirección el otro Moderno (el bar del cine, bautizado con rigor como Ambigú en esta nueva aventura) proporciona a la plaza de Martínez Zaporta un conjunto ahora mejor rematado, cuyos beneficios se extienden sobre otra de las ramificaciones de este pequeño emporio hostelero: la terraza. Terraza doble: la del café y la del ambigú. Así se evita Mariano reñirnos  el día en que por despiste ocupamos los veladores contiguos. Ya todas esas mesas, con sus respectivas sillitas, quedan bajo su jurisdicción.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1424" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El pasado del nuevo local no invita desde luego al optimismo, porque ya se acaba de mencionar el rosario de tristes despedidas que ha protagonizado. Pero estando la familia Moracia  al frente, tengo la (casi) absoluta seguridad de que el futuro es suyo. Porque Mariano tiene buen ojo y mejor olfato para este negocio, garantiza un servicio atento y profesional y todo apunta a que ha acertado diversificando la oferta entre ambos establecimientos para que sean complementarios y no se hagan la competencia. Y porque además ha tenido el buen gusto de consagrar la decoración de su recién nacido ambigú a glosar la memoria del llamado séptimo arte, la magia del cine que tantas veces nos hizo disfrutar en esa misma sala: allí vi, por ejemplo, <em><strong>Sonrisas y Lágrimas</strong></em>, cinta que sigo sin olvidar porque cuando digo que la vi en realidad estoy mintiendo. La requeteví, aprovechándome de la magia de aquellas sesiones continuas que te permitian seguir las peripecias de<strong> Julie Andrews</strong> prácticamente en bucle. Do es trato de varón. Re, selvático animal. Etcétera.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1425" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De modo que Logroño ya cuenta con dobles parejas de ambigús. El coqueto recinto del <strong>Bretón</strong> que abre solo cuando hay función y que me sigue pareciendo uno de los espacios con mayor encanto de Logroño y este nuevo ambigú del otro gran teatro de la ciudad, el Moderno. Al que debe desearse, siguiendo el ejemplo arriba citado, muchas sonrisas y sólo lágrimas de felicidad. Un fundido a negro cada día con final feliz, para dicha no sólo de su clientela actual, sino también de quienes nos precedieron. Aquellos miembros del Logroño de la <em>Belle Epoque</em> que tuvieron la suerte de contar en la misma plaza, sin salir del mismo edificio, con teatro, luego cine, café, periódico y residencia de la familia que da nombre a la plaza. Aunque no estén ya entre nosotros, aquellos logroñeses sentirán perderse esta novedad tan fetén: un ambigú vuelve a habitar entre nosotros. Hasta Julie Andrews se alegra: mí indica posesión, fa es lejos en inglés, sol brillante estrella es&#8230;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1426" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P. D. Según la <strong>RAE</strong>, la voz ambigú proviene del idioma francés y dispone de dos acepciones: por un lado, para distinguir a un tipo de comida compuesta por platos fríos y, por otro, ese otro sentido tan querido entre nosotros. Esto es, “un lugar de un local de espectáculos donde se sirven bebidas y cosas de comer”. El mapa de su etimología conduce en efecto hacia Francia, porque la emparenta con otro vocablo: la palabra ambiguo. Que es donde reside su atractivo: en ese fronterizo (y en efecto) ambiguo territorio donde tiene sentido como esa clase de comida que no se sabe si es almuerzo o cena. O como estos ambigús arriba citados, propietarios de un encanto del que lamentablemente carecen (ay) los que relevaron a los ubicados en el campo de fútbol y la plaza de toros. Los del nuevo Las Gaunas y <strong>La Ribera</strong> siguen buscando su identidad.</p>
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		<title>La dama del Adarraga</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Sep 2019 17:43:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando este viernes se disparó el cohete y<strong> San Mateo</strong> llenó de confeti <strong>las calles de Logroño</strong>, quienes celebran las fiestas tal vez ignoren que en realidad habían empezado, de modo sigiloso, el día anterior: con el disparo del cohete oficioso, que tiene lugar según manda una reciente tradición en el frontón Adarraga, cuyo castizo ambigú gobierna con mano diestra la jefa de todo esto, Lourdes Espiga. Quien el jueves se desvivía preparando los útiles que sirven para este otro rito iniciático: la cata de sardinas. ¿Cata? ¿Sardinas? «Sí, <strong>catamos las sardinas</strong> que serviremos estos días en bocadillo y elegimos las que nos aconsejan».</p>
<p>El docto tribunal que emite su dictamen a la hora del aperitivo está formado por un paisanaje variopinto. Donde se mezclan profesionales de la pelota (por aquí aparece el mago <strong>Gorostiza</strong>, pinturero como cuando devolvía un dos paredes), aficionados de toda la vida, recién llegados y amigos de la entera confianza de Lourdes y su hermano <strong>Eduardo</strong>, que oficia como sacerdote supremo de esta liturgia tan logroñesa, bien bañada en aceite y mejor regada con vinos de la tierra. A cuya conclusión, el jurado se retira a deliberar y procura acertar con la decisión que Lourdes más o menos ya tiene tomada de antemano. Aunque ella, como el resto, disimula. Todos disimulamos.</p>
<p><strong>Viva San Mateo</strong>.</p>
<p>Y mientras se vacían las panderetas de sardinas y aparecen de repente Chusa y Blanca para sumarse al debate, aportando su gloriosa ensalada al estilo de la <strong>Taberna de Baco,</strong> Lourdes pone en marcha el retrovisor. Cuenta que lleva ya 24 años al frente de este delicioso rincón de Logroño, que la clientela del mercadillo lindante abarrota los domingos a la hora del vermú, y repasa una fecunda trayectoria en el sector hostelero que arrancó en el recordado La Taberna del  Escocés, el pub de la calle Vitoria que abrió <strong>Juan Remón</strong>. De donde saltó a otro local también desaparecido, la cafetería Llacolén de avenida de Portugal. Y allí comprobó que, en efecto, ese era su lugar en el mundo.</p>
<p>Y confiesa nuestra ejemplar dama, mientras concluye el protocolo de la elección de la sardina fetén, que cree que acertó. Porque le gusta el oficio de camarera, que ejerció cuando la presencia de una mujer no era tan frecuente en ese ámbito, y porque le gusta pensar que la parroquia que llenará a partir de hoy las gradas del Adarraga, mudas durante la cata, para darse cita con los astros de la pelota (los herederos de<strong> Barberito, Piérola, Lajos y Titín</strong>) también acude a darse un homenaje en forma de bocadillo de sardina con guindilla y el resto de golosinas que despacha en su bendito reino.</p>
<p>Donde ya hay veredicto: en la elección de material, ganan las sardinas de la marca <strong>Cortizo</strong>.</p>
<p><strong>Viva San Mateo.</strong></p>
<p>P. D. La tipología del ambigú es una de tantas del mundo hostelero que se baten en retirada. Aunque algunos resisten, también en Logroño: más allá del Adarraga, habrá que anotar la panoplia de ellas con que cuentan otros recintos deportivos (yo sigo añorando las que ocupaban el vientre del viejo <strong>Las Gaunas</strong>), la que alberga ese engendro arquitectónico que llaman plaza de toros (horror máximo) y sobre todo las que recuerdan nuestros corazones: el ambigú del Cine Diana, por ejemplo, aquel delicado rincón de discreta elegancia. O esos ambigús volantes ya desaparecidos: los hombres que voceaban su mercancía por La Manzanera y por (de nuevo) el difunto Las Gaunas. Que solían ser los mismos: los que pregonaban tragos (Kaskol) que desaparecieron con ellos.</p>
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		<title>Un año para La Concordia</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Jan 2019 08:31:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/01/Concordia.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1246" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/01/Concordia-1024x683.jpg" alt="La tortilla de La Concordia. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/01/Concordia-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/01/Concordia-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/01/Concordia-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/01/Concordia.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hace tiempo, recibí una vaga recomendación de una parejita que me animaba a peregrinar hacia una prometedora barra donde tropezaría con lo que ellos habían probado: una estupenda tortilla. ¿Dónde? En un bar situado “<strong>por Murrieta</strong>”. No recordaban más: se ve que no habían nacido equipados de serie con <strong>Google Maps</strong>. El caso es que atendí su sugerencia, peregriné por la calle mentada, tomé alguna de las que en ella desembocaban, rodeos y más rodeos&#8230; Pero nada. Era difícil dar con esa pista porque ni recordaban siquiera el nombre del bar: sólo su tortilla. Su estupenda tortilla. Que desde entonces rondaba mi caletre y mi paladar: cuando paseaba por <strong>esa esquina de Logroño</strong> me seguía preguntando qué bar sería ese y cómo sería el manjar que despacha. Misterios logroñeses&#8230;</p>
<p>… Resueltos hace nada. Quiso la casualidad que una mano amiga me invitara a a citarnos para el aperitivo en un bar donde (milagro, milagro) no había estado jamás. “Se llama <strong>La Concordia</strong>”, me informó. “Precioso nombre, preciosa palabra, precioso concepto”, me confesé a mí mismo: esa mañana me había levantado más pedante que de costumbre. Cuando ingresé en esa jurisdicción, confirmé para mis adentros: “Eureka”. Ya digo que andaba un especialmente pedantorro. Porque concluí que ése era el bar. El bar del que me habían alertado. Ubicado en efecto en Murrieta, <strong>esquina con Canalejas</strong>: una de mis calles favoritas de Logroño, dotada de espectaculares edificios, merecedora de un mejor trato por parte de la mano municipal y la empatía ciudadana. Y dotada su barra de un <strong>espléndido surtido de tortillas</strong>, a cual más jugosa, a cual más rica, a cual mejor presentada.</p>
<p>La oferta de tortillas goza en Logroño de buena salud. Alguna vez se ha comentado por aquí la estupenda diversidad de ofertas y hasta he confesado cuáles son mis favoritas: <strong>Sebas, La Travesía, Serenella&#8230;</strong> Así, por cientos. Añada el improbable lector a esta lista sus propias referencias y siga si gusta mi consejo: en esa relación debería incluir estas tortillas de La Concordia. Y digo tortillas porque no sólo de patata vive su deslumbrante panoplia: además de ofrecer esta variedad en su versión con y sin (con y sin cebolla: el eterno debate entre las dos Españas), las hay rellenas de frutos tan divertidos y prometedores como la de sardina con guindilla. Una especie de <strong>homenaje al ambigú del Adarraga</strong> envuelto en huevo que todavía no he catado. Sí que he probado otra delicia, también sorprendente en principio: la tortilla de patata con queso. De <strong>Cabrales</strong>, por cierto. Un placer que recomiendo.</p>
<p>Aunque lo que me tiene cautivado de La Concordia, más allá de su estupenda provisión de tragos y bocados, no es tanto su oferta en sí como su ambiente. Un bar de los de antes. Con un estupendo servicio, muy profesional, donde los camareros conocen por su nombre de pila a la clientela, confraternizan con ella, construyen ese rico humus tan embriagador que buscamos en las barras de confianza. El jefe de todo esto se llama <strong>Román</strong>. Veterano, según deduzco, de otros bares de Logroño, despliega con solvencia los saberes recopilados tras largo tiempo en la profesión sin apabullar a los parroquianos. Concediendo la libertad que también ansiamos cuando recalamos por estos lares: no nos gusta que nos agobien. Un saludo cortés, un chiste rápido y atinado (“Aquí viene algún cliente a veces que me pide<strong> un gin Kas de Fanta o de Schweppes</strong> , qué te parece”, le confesaba una mañana a un feligrés, con mucha gracia) y a lo suyo: a procurar la comanda a quienes se agolpan en su barra, darle un poco de carrete al cliente más conspicuo, expedir la factura y a por el siguiente. Concordia y más concordia: un bar que hace bueno su nombre.</p>
<p>Porque <strong>según el diccionario de la RAE,</strong> eso significa concordia. Conformidad, unión. O en su segunda acepción, “convenio entre personas que contienden o litigan”. Creo que pocas veces en nuestra sociedad hemos necesitado tanta concordia. Acuerdos que cancelen la propensión humana (tal vez sólo española) al conflicto. Es una hermosa palabra, como advertía párrafos arriba. Que describe además estupendamente el tipo de espacio que debería generar todo bar. Un ecosistema que tienda al consenso, al acuerdo entre semejantes. Eso es la concordia, ese es el bar de mis sueños. Esos son además mis bares favoritos. Si además despachan pinchos de tortilla tan jugosos y bien presentados, creaciones imaginativas que no caen en el absurdo ni el más difícil todavía, pondré en ellos todas mis complacencias. Y rezaré al dios de los bares (no tengo el gusto) o a su patrón o patrona (Santa Marta, según tengo entendido) para que prolifere entre nosotros en este naciente 2019 las dos cosas. La concordia en general, la concordia en los bares en particular. Que en el caso de Logroño sabe a tortilla de patatas. Con un suculento toque a queso de Cabrales.</p>
<p>P. D. Cada año, desde hace unos cuantos ya, <strong>Diario LA RIOJA</strong> proclama a través de su proyecto editorial dedicado a la gastronomía, <strong>Degusta</strong>, quiénes sirven las mejores tortillas de Logroño. Se trata de un empeño complicado, por supuesto, por la calidad generalizada que acreditan los aspirantes a ese trono y porque el jurado, formado por personalidades de elevado prestigio, tiene sus propias preferencias, desde luego. Y porque en esta materia, como en tantas otras, opera ese factor tan personal que es el gusto. Siempre subjetivo. Aunque del fallo del jurado puede ser opinable, como todo en esta vida, tengo la seguridad de que si eligen a una tortilla o a otra en las dos categorías (sólo de patata o con algún ingrediente adicional), es que esa tortilla está fetén. Por ejemplo, las dos premiadas el año pasado: la del Serenella arriba mencionada (sólo patata) y la del <strong>Némesis</strong> (en la otra categoría). Los interesados en obtener tal recompensa pueden empezar a entrenarse: en primavera se celebrará la edición del 2019. Un año para la concordia.</p>
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		<title>El bar de la Hípica</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Oct 2015 10:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Nosotros éramos de <strong>Cantabria</strong>. Cuando digo nosotros me incluyo a mí, al resto de mi familia y a diez mil personas más, lo cual abarcaba al universo de los llamados veraneantes: gentes llegadas en general del País Vasco, en busca de un clima más seco para mejorar de sus diversas afecciones, que se encontraban en las piscinas de la llamada <strong>Sociedad</strong> <strong>Recreativa</strong> como el resto de socios, es decir, como en casa. O mejor que en casa, que al menos la mía carecía de piscina, frontón, tostadero y pistas de tenis. También carecíamos de Tomasa, la célebre encargada del guardarropa de mujeres, un as de la megafonía: &#8220;Ángel Nieto, que salga a retirar la moto, que la tiene mal aparcada&#8221;. Cantabria incorporaba a su irresistible oferta canicular, cuando los veranos duraban no menos de tres meses, bares de distinto signo: el central, ubicado en el corazón de su casa social y defendido por <strong>Emiliano</strong> y los <strong>Langarica</strong> (que ya han aparecido aquí unas cuantas veces), así como otro más pequeño que duró poco, vigilando la piscina denominada de niños, y algunas casetas distribuidas aquí y allá. Por ejemplo, junto a la piscina mixta: entonces, las piscinas tenían sexo. Cosa que también ocurría con los frontones.</p>
<p>Hubo un tiempo, sin embargo, en que fue habitual la doble militancia: se podía ser de Cantabria y de la Hípica a la vez. De modo que se soslayaba así la curiosa rivalidad que existía entre ambas instalaciones, porque lo usual era lo contrario: que unos y otros asegurasen que la suya (su piscina) era la mejor y por lo tanto vetasen su ingreso en la piscina rival, competencia que se ampliaba también a las fenecidas piscinas del <strong>Cayaks</strong> allá por Los Lirios, con una cuarta variante que recuerdo más minoritaria: el <strong>Adarraga</strong>. Con los años, hubo que decantarse y algunos tuvimos que renunciar a la felicidad que nos embargaba cada vez que cruzábamos el Ebro, íbamos a la Hípica y nos bañábamos en sus piscinas, aunque lo mejor de esas incursiones era su bar: el bar de la Hípica.</p>
<p>Escribo el bar de la Hípica y me suena una frase rara. Para los logroñeses menos veteranos, una explicación previa: la<strong> Sociedad Hípica Deportiva Militar</strong> era y es una instalación ubicada en el norte de <strong>Logroño</strong>, colgada sobre el río, propiedad entonces del <strong>Ejército</strong> y, en consecuencia, destinada en teoría a albergar sólo a quienes tuvieran algo que ver con la milicia. Ocurría que, por el contrario, hacerse con su carné de socio resultaba bastante sencillo para la tropa civil, aunque se tenía que superar la extrañeza de ver por allí a los mozos vestidos de caqui formando parte de la plantilla. Otra extrañeza, que sin embargo tenía bastante sentido visto su origen militar, era que la Hípica tenía de jefe superior a un mando del Ejército, pero así eran las cosas por Logroño (y España entera, creo): todo era muy raro.</p>
<p>De modo que ya estamos puestos en situación: servidor se desplaza con el resto de la prole hasta la Hípica, juega un rato al <strong>tenis</strong> en aquellas pistas lentísimas de tierra batida y decide refrescar el gaznate. Ahí lo tienen ustedes: el bar más bonito del mundo. O el <strong>bar de piscinas</strong> más bonito del mundo, mejor dicho. Al menos, así nos lo parecía. Porque el club social era como todos, más o menos, sin grandeza alguna, pero resulta que algún alma inquieta y talentosa decidió incorporar al edificio central un ala que penetraba en su entorno, dotarla de barra y servir los tragos y bocados a la clientela que se arracimaba en bañador, al aire libre. Lo cual, como sabe bien quien haya probado esa experiencia, representa el edén para el cliente conspicuo y veraniego: hacerse con su sitio en la barra chorreando aún el meyba, atacar el porrón de cerveza con gaseosa una vez recibido el permiso paterno y otear la magnífica vista que desde allí se obtenía, con las congéneres del otro sexo deambulando igual que uno, con el sucinto bañador por toda vestimenta.</p>
<p>El permiso paterno era importante, trascendental, para esas tomas de decisiones, porque en realidad toda la familia viajaba hasta la Hípica guiada, en efecto, por el jefe de la casa: a mi padre le gustaba más Cantabria, pero encontraba que esta barra que ilustra estas líneas gozaba de un encanto supremo. Nos transmitió su encendida predilección por ella con tanta pasión que empezó a hacerse habitual que en cuanto poníamos un pie en la Hípica, lo primero era pasar por su barra exterior, hasta el punto de que he olvidado si alguna vez estuve dentro del bar. Supongo que sí, pero no importa: <strong>Logroño en sus bares</strong> le debía una visita a aquel paraje por donde no he vuelto a acercarme desde hace tiempo y porque así reivindico de paso la importancia que los bares de las piscinas tuvieron en nuestras vidas.</p>
<p>Unas vidas muy distintas a las de ahora. Uno sigue siendo socio de Cantabria, pero apenas asomo por allí y desde luego que el bar actual ya no es el que era porque no es el que recuerdo, el que me conquistó el corazón. En <strong>Las Norias</strong> han tenido incluso problemas algún año para dar con un abastecedor que se hiciera cargo de su bar, porque se ve que allí ya no se detecta el mismo negocio que había antes. Los hábitos pasan, las modas se suceden, cambian las pautas de consumo. Sospecho que compartir con quienes nos preceden la extraña belleza que caracterizaba a esas barras de las piscinas donde nos salieron las primeras espinillas supone un vano intento. Pero también habrá quienes se pasearon algún día por la Hípica y su barra exterior igual que quien esto firma, para ver pasar la vida. Y habrá quienes tampoco olvidan aquel mágico barullo (medio pop, medio camp) donde confraternizaban mayores y pequeños. Y habrá quienes piensen como yo que alguna vez en ese bar se detuvo el tiempo.</p>
<p>P.D. Apenas he vuelto a la Hípica desde los primeros años 70. Mis visitas se han limitado posteriormente a quehaceres profesionales (la cobertura de su concurso hípico, <strong>infanta Elena</strong> incluida, en su etapa preMarichalar), que no exigían superar la barrera de entrada. Una mañana en que lo intenté, el soldado de guardia vetó mi acceso, cosa que entendí. Entendí menos que no le conmovieran mis explicaciones: intentaba hacerle ver cuán hermosa era la barra que aguardaba el fondo, la importancia que había tenido en mi mocedad, las ganas que tenía de volver a acodarme en ella. Inmutable, me enseñó la puerta de salida: su dedo señalaba hacia <strong>el bar de Julio</strong>. Lo cual no era mala opción. Aunque, desde luego, se trata de un local que carece de esa barra de la Hípica donde la adolescencia local y sus mayores pudieron contemplar el mundo en bañador. Un mundo donde los tragos sabían a cloro.</p>
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		<title>Bienvenido al ambigú</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Feb 2013 09:56:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/ambigú.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-98" title="Ambigú del Teatro Bretón de Logroño, foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/ambigú.jpg" alt="Ambigú del Teatro Bretón de Logroño, foto de Justo Rodríguez" width="600" height="199" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/ambigú.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/ambigú-300x100.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p><strong>Ambigú</strong>, hermosa entrada en el <strong>Diccionario de la Real Academia</strong>. Ambigú, voz de origen francés. Ambigú: según el <strong>Diccionario de Dudas</strong>, “adaptación gráfica de la voz francesa ambigu, que se usa en español con los sentidos de ‘comida compuesta de platos normalmente fríos que se sirven todos a la vez y espacio donde se disponen’ y ‘lugar de un local de espectáculos donde se sirven bebidas y cosas de comer’. Su plural es ambigús”. Quedan ustedes por lo tanto invitados a entrar en este ambigú, una palabra que imagino en trance de desaparición porque a punto de desaparecer está el lugar al que dio nombre y porque hoy apenas nadie se toma la molestia de disponer de un ambigú allá donde antes era lo típico: en el cine, la estación de tren o la plaza de toros.</p>
<p>Lo cual es una pena. Repaso los ambigús donde alguna vez me estabulé desde la primera infancia y tengo que dejarlo: se me llenan los ojos de melancolía. El ambigú del <strong>cine Diana</strong>, por ejemplo, aquella humilde esquina ganada para la clientela donde nos aprovisionamos tantas veces de girasoles y golosinas. El del <strong>Moderno</strong>, otro tanto. Creo recordar que incluso el <strong>Sahor</strong> y los <strong>Duplex</strong>, que proponían en su momento otra forma de acercarse al cine, contaban con ambigú: un minúsculo quiosquillo defendido casi siempre por manos femeninas, donde se despachaba una mercancía varia que en algún momento incluyó cigarrillos sueltos. Era otra época, como se ve, cuando se podía fumar incluso en el cine.</p>
<p>Hubo más ambigús en Logroño que frecuenté menos, como el legendario de la antigua plaza de toros: la nueva de <strong>La Ribera,</strong> entre otros muchos defectos, retiró aquel rincón para reemplazarlo por una sucesión de barras desprovistas del encanto del ambigú de <strong>La Manzanera,</strong> epicentro del casticismo. Más habituado estaba a detenerme en otro, el de la estación de tren también difunta: como se ve, a instalación nueva, ambigú muerto. El de <strong>Renfe</strong> era una oscura cantina, un antro sin atractivo donde apenas apetecía detenerse, cuya parroquia solía estar formada por ferroviarios de rostros tiznados por el carboncillo que despedían las locomotoras. Añade usted algún viajante y tendrá el retrato de la eterna clientela de este tipo de garitos donde se consumía la espera entre tanto y tanto tren retrasado.</p>
<p>Repaso los ambigús que han desfilado por mi vida y encuentro que se diferencian de los bares convencionales en algún aspecto: en su tamaño, por ejemplo, de costumbre menor. Mucho menor. Y, sobre todo, en ese aire furtivo, provisional, propio de barras que sólo abrían en contadas ocasiones, vinculadas al tráfico que generase la instalación que les acogiera. Su horario y sus hábitos eran por lo tanto los propios del cine donde anidaban, la estación de tren que les albergaba, la plaza de toros en cuyo vientre se ocultaban. Había ambigús también emplazados en casas de comidas, de modo que era típico que en alguna de ellas te hicieran aguardar para darte mesa en una breve barrita situada a la entrada: el Iruña de la calle Laurel, por ejemplo, disponía en su acceso de un ambigú. Uno se tomaba allí el aperitivo antes de ingresar en el restaurante, civilizado hábito que algún cocinero todavía mantiene aunque al espacio destinado a estas operaciones le llame de otra manera: pero no te equivoques, amigo, eso es un ambigú.</p>
<p>Dejo para el final <strong>EL AMBIGÚ</strong>, así, con mayúsculas. El ambigú logroñés por excelencia, el que nos devuelve a aquellos años en que era común distraer la espera entre las dos películas de la añorada sesión doble, hoy transformado en un recoleto bar de enorme encanto que sirve para los mismos fines aunque, como le sucede al resto de sus hermanos, abre sólo sus puertas cuando la ocasión lo requiere: es el ambigú del <strong>Bretón</strong>, que podéis ver en esta hermosa foto de <strong>Justo Rodríguez</strong>.</p>
<p>P.D. Hay otro ambigú que resiste en Logroño: el del <strong>Adarraga</strong>. Le ocurre como a los demás, a los difuntos y a los que sobreviven: que sólo está disponible cuando lo está el frontón, lo cual no significa que sólo abra en días de partido o para la feria matea. Genera tanta actividad el mundo de la pelota, es tan común que <strong>Titín</strong> y compañía se ejerciten por allí un día sí y otro también, que me cuentan que el ambigú abre entre semana y se ha convertido en punto de encuentro de las familias que recogen a los niños en el vecino <strong>Alcaste</strong> y se detienen allí para el cafecito. Esto del cafecito lo supongo: no me imagino a los infantes sucumbiendo a los encantos del bocado célebre de este ambigú, su legendario <strong>bocadillo de sardinas con guindilla</strong>, que exige estómagos más recios. Aunque vaya usted a saber.</p>
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