<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Logroño en sus baresAlbornoz &#8211; Logroño en sus bares</title>
	<atom:link href="https://blogs.larioja.com/logronobares/tag/albornoz/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://blogs.larioja.com/logronobares</link>
	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
	<lastBuildDate>Thu, 12 Aug 2021 02:33:20 +0000</lastBuildDate>
	<language></language>
	<generator>https://wordpress.org/?v=5.9.10</generator>
		<item>
		<title>Bar Achuri, patriarca de Laurel</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2019/09/27/bar-achuri-patriarca-de-laurel/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2019/09/27/bar-achuri-patriarca-de-laurel/#respond</comments>
		<pubDate>Fri, 27 Sep 2019 09:02:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Achuri]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Albornoz]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Blanco y Negro]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Buenos Aires]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[La Simpatía]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[La Taza]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Laurel]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[San Juan]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Travesía]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">https://blogs.larioja.com/logronobares/?p=1385</guid>
		<description><![CDATA[&#160; Tertulia tontorrona típica de verano, mi favorita. Prende entre quienes participamos en ella una duda: qué bar de la calle Laurel es el más antiguo. Titubeos, incertidumbre, división de opiniones… Acude en nuestro auxilio el maestro Eduardo Gómez, a quien consultamos por teléfono para que arroje alguna luz. Lo cual hace gustoso, previa advertencia: [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/09/Achuri.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1386" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/09/Achuri-1024x683.jpg" alt="" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/09/Achuri-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/09/Achuri-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/09/Achuri-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/09/Achuri.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tertulia tontorrona típica de verano, mi favorita. Prende entre quienes participamos en ella una duda: qué bar de la calle Laurel es el más antiguo. Titubeos, incertidumbre, división de opiniones… Acude en nuestro auxilio <strong>el maestro Eduardo Gómez</strong>, a quien consultamos por teléfono para que arroje alguna luz. Lo cual hace gustoso, previa advertencia: en realidad, <strong>la calle Laurel</strong> tal y como ahora la conocemos es un invento reciente en términos históricos. En su mocedad, recuerda nuestro perito en bares, él la recorría de arriba a abajo, incluyendo los dos afluentes (<strong>Albornoz, la Travesía</strong>) porque vivía justo al lado y porque era una calle donde había bares, en efecto, pero también tiendas de toda índole, que exigían una visita para cualquier recado: Laurel era una calle comercial, una más del viejo Logroño. Como lo era<strong> su gemela la San Juan,</strong> donde su vertiente mesocrática tardó más en desaparecer. Y todavía resiste, más o menos.</p>
<p>Así que Eduardo hace memoria y concluye que con alguna seguridad el bar más veterano de la calle Laurel será… el <strong>Achuri</strong>. O el <strong>Blanco y Negro</strong> tal vez… Pero no: el Achuri, el Achuri, dictamina. El patriarca de la calle Laurel, el bar que lleva más tiempo en las manos de la misma familia que lo fundó. Con cuya puerta se tropezaba cuando era un chiquillo y ahí sigue, a disposición de los interesados en mantenerse fieles a la Laurel de toda la vida, antes de que se viera invadida por los bares de tipologías más recientes. No es el caso del legendario Achuri, donde también perpetramos nuestras propias incursiones de chavales como hiciera Gómez unos cuantos años antes, y donde nos recibía su patrón, elegante como un galán de cine de los años 50. Una especie de José Suárez parapetado tras una barra donde hizo célebres ciertas golosinas.</p>
<p>Las setas, por ejemplo. <strong>Juanjo</strong>, que así se llamaba el comandante en jefe del Achuri, era aficionado a la micología y se notaba en la presencia de unos cuantos misteriosos hongos durante la temporada de recolección. Misteriosos porque su nomenclatura (había una setas llamadas pardillas, por ejemplo) representaban un enigma para quienes sólo distinguíamos un champiñón de una seta de chopo y ahí se acababa nuestra destreza. Misteriosos también por su apariencia, que se apartaba de lo trillado en esta rama de la gastronomía: una de aquellas setas, por ejemplo, tenía aspecto de lengua de vaca y resulta que así se llamaba por cierto, para felicidad de los incondicionales del Achuri, que encontraban en su barra esos manjares raros de ver entonces por Logroño, despachados desde los fogones con mano maestra por la jefa de la casa, <strong>Alicia</strong>.</p>
<p>A quien por cierto se recordará como la hechicera de otro guiso singular que la memoria logroñesa asociará siempre con su bar: la asadurilla. La asadurilla del Achuri, que servía perfecta de punto y de sabor. Un plato de otra época, hoy también muy extraño de encontrar. Allí era el rey, como se recuerda desde alguno de los paneles distribuidos por sus paredes donde reina ahora el heredero de la saga, Juan Carlos, quien confirma que sí. Que el Achuri se puede considerar como el patriarca de la calle, como atestiguan sus 80 años de vida, repartidos entre<strong> las tres ramas del árbol genealógico</strong> (su abuelo, su padre Juanjo, fallecido hace un año, y ahora él mismo) y dotados de esa rareza mencionada que hace más singular su supervivencia: siempre ha estado en las manos de la misma familia. Ningún otro bar de la Laurel, incluyendo los que podrían competir en veteranía, pueden proclamar otro tanto.</p>
<p>Y añada el improbable lector otro atributo singular. Tampoco se ha alterado su fisonomía con el paso del tiempo. El Achuri permanece tal cual (más o menos, con las lógicas adaptaciones) que como lo conocimos en nuestras juveniles andanzas por la calle Laurel. Lo cual reconforta. Porque, para quien tenga la costumbre de ir de rondas, representa un puerto donde atracar seguro. Servicio eficaz y profesional, ricas creaciones de la cocina riojana tentando desde la barra, una carta de vinos que ha ido mejorando mientras transcurrían los años y, sobre todo, la foto. La foto del otro gran Achuri, el futbolista. Que nos saludaba de chavales desde uno de los muros del bar y hoy también reclama nuestra atención. <strong>Astro del Real Oviedo</strong>, entre otros equipos, donde se convirtió en mito como subraya su sobrino: “Cuando viene gente de Oviedo por aquí, sobre todo si son mayores, se quedan alucinados viendo la foto, porque se acuerdan mucho de él”.</p>
<p>Como cualquiera. Sus viejos clientes tampoco la olvidan. Esa foto en blanco y negro encierra bastante más que un homenaje póstumo a la estrella de fútbol que fue aquel Achuri. Es también un tributo a nuestros buenos tiempos. Los tiempos de La Simpatía, el Buenos Aires y otros cuantos bares que se mantenían leales con su pasado y evitaban transformarse en lo que no eran. Esa fidelidad a sus raíces explica probablemente el éxito del Achuri: 80 años de vida siendo más o menos el mismo bar. <strong>El mismo bar de todos los veranos</strong>, coartada para una de esas estupendas tertulias tontorronas que no llegan a ninguna parte. Salvo para concluir que, en efecto, pasan los años. Claro que pasan. Pero no evitan que cuando volvamos a entrar cualquier tarde en la Laurel, el Achuri esté ahí.</p>
<p>P. D. El amigo <strong>Mere</strong> aporta su propia cuota histórica a la pregunta que encabezaba estas líneas: cuál es el bar más antiguo de la Laurel. Puede que el Taza, apunta. Puede, claro. Pero resulta que el Taza desapareció. En su lugar anida desde hace algunos años otro bar, en efecto, pero no es el Taza. El mérito del Achuri reside en lo antedicho: en ser el más longevo de la calle manteniendo la encarnación original. Aunque se malician los logroñeses más veteranos, y el propio Juan Carlos desde la barra del Achuri, que el más antiguo debe ser el Blanco y Negro. Desde donde responden que en efecto les distingue ese honor, aunque haya cambiado de rumbo unas cuantas veces. Lo cual le hace merecedor de unas líneas para cualquiera de las semanas venideras.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2019/09/27/bar-achuri-patriarca-de-laurel/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
	<post_id>1385</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
		<item>
		<title>Bares de San Agustín</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2018/09/28/bares-de-san-agustin/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2018/09/28/bares-de-san-agustin/#respond</comments>
		<pubDate>Fri, 28 Sep 2018 15:33:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Albornoz]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Gallarza]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Laurel]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[San Agustín]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Travesía]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.larioja.com/logronobares/?p=1156</guid>
		<description><![CDATA[&#160; Mis primeros recuerdos de la calle San Agustín no tienen que ver con sus bares. Me viene mucho antes a la memoria la gigantesca tienda de ropa San Bernabé, en la esquina con Gallarza, donde mi madre me compró el siglo pasado un extraño abrigo verde de aire militar, siendo yo todavía un cadete. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1157" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin-1024x683.jpg" alt="Vista de la calle San Agustín. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/sanagustin.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mis primeros recuerdos de <strong>la calle San Agustín</strong> no tienen que ver con sus bares. Me viene mucho antes a la memoria la gigantesca tienda de ropa San Bernabé, en la esquina con <strong>Gallarza</strong>, donde mi madre me compró el siglo pasado un extraño abrigo verde de aire militar, siendo yo todavía un cadete. “Es el que visten los soldados del Ejército austriaco”, me explicó el vendedor ante mi arrebatada atención. “Los acaban de traer. Este es el primero que se lleva alguien”. Aquella prenda, que con el paso del tiempo me copiaron otros miembros de mi generación una vez adoptada como <strong>uniforme del pijo logroñés</strong>, convirtió a esa tienda, San Bernabé, en una referencia de mi atolondrada juventud con una altísima intensidad: cada vez que paso por su clausurada puerta, donde anuncian que un día de éstos se inaugurará un bar luego de distintas y fallidas reencarnaciones, vuelvo a tener pelusilla en el bigote y calzo pantalón corto. Y me resguardo del frío por supuesto como mi abrigo austriaco. El icónico loden de color verde.</p>
<p>En la misma calle, poco más allá de San Bernabé, se alojaba otro edén de mi primera infancia: la <strong>panadería Tudanca</strong>, que resiste ahora en <strong>Hermanos Moroy</strong>. Sus hermosas puertas de madera escondían un tesoro en forma de mullida miga y crujiente corteza que sigo también sin olvidar. Ocurría que la calle, antes que el espinazo de una ronda alternativa a los bares de <strong>la vecina Laurel</strong> en que se ha convertido, era en realidad como tantas otras del corazón de Logroño una arteria comercial. Donde cabía de todo: por ejemplo, otra panadería, <strong>Paraíso</strong>, que también sobrevive (y sin mudarse de sitio). Y un negocio tan fascinante como fascinante era el nombre de su propietario: <strong>Ursicino Espinosa,</strong> que parecía haber sido bautizado como un personaje de Galdós pero que se dedicaba a menesteres tan de la época como la compraventa de <strong>pacharanes</strong> (endrinas para el vulgo) para su fabricación casera y artesanal. Era una asombrosa tienda de bebidas, con una rebotica tan profunda (imagino que daba a Laurel) que el mago Espinosa tardaba a veces una eternidad en regresar al mostrador con cada encargo, como si volviera de una excursión por el centro de la Tierra. Hoy, en ese magro espacio también se anuncia la apertura de un bar.</p>
<p>Porque la calle entera ya es una sucesión de barras, que han desalojado toda posibilidad de emprender cualquier otro negocio con una contundencia severísima. Sólo resiste el Paraíso, con su jugosa oferta de panes y bollos. El resto de locales, salvedad hecha del <strong>Museo de La Rioja</strong> (que, por cierto, podría abrir su propio bar con terraza en el hermoso jardín lleno de gatos: yo me apunto), milita en el gremio hostelero. Lo cual no era antaño la norma, en aquel tiempo que relataba unos párrafos arriba. Andando los años, sólo conservo el recuerdo de un bar que conquistara mi interés: el difunto <strong>Florida</strong>. Con sus inolvidables ajos en vinagre, gloria de la cocina logroñesa. Y su incalificable dueño, al que recuerdo con alta estima. Algo más arriba se aposentó mediados los 80 El Soldado de Tudelilla, luego de su mudanza desde la Laurel (donde me sedujo de chaval con sus platillos de olivas con anchoas) y casi que pare usted de contar. <strong>El Carabanchel, Las Cubanas, el Zubillaga…</strong> Poco más en materia de bares: los recién citados eran más bien restaurantes.</p>
<p>Nada que ver por lo tanto con su actual fisonomía. La calle integra de facto en eso que el feligrés llama Laurel, la calle castiza que sí se dedicaba con mayor vocación desde antiguo al negocio de los bares. Y porque un sencillo paseo por <strong>Albornoz</strong> o la <strong>Travesía</strong> sirve para prolongar las rondas de una calle a otra, a su respectiva perpendicular, integrando de esa manera un circuito que incluye a la vecina Gallarza. A todo eso dédalo de calles le llamamos la Laurel, aunque San Agustín está dotada de su propia personalidad. Sus bares son más o menos recientes y en consecuencia más acomodados a los nuevos gustos de la clientela, lo cual se observa en su decidida tendencia hacia ese tipo de barras bien provistas de bocados en formato tapa. Una religión que por Laurel tardó algo más en implantarse.</p>
<p>Porque, aunque no lo parezca, la transformación de San Agustín en casi otra Laurel cristalizó según mi recuento hará tan solo una década. En apenas diez años, la calle cambió. De entonces más o menos surge ese movimiento que inauguró <strong>La Anjana</strong> y siguieron poco después otras referencias. Incluso el Carabanchel, que en aquella lejana mocedad que comentaba era antes casa de comidas que bar, dispone hoy de su propia barra. Con la que cuenta asimismo la vecina tienda de quesos que abrió el gran Abadía: dos bares que no lo eran en origen pero que acabaron siéndolo. Dos muescas más en este rosario que nos llevaría hasta la jurisdicción del veterano <strong>Soldado de Tudelilla</strong> luego de atravesar las siguientes entradas, que hará bien en anotar el improbable lector, entrando por Gallarza: a la izquierda, el <strong>Bonsai</strong> (que, por cierto, acaba de cerrar: espero que sea momentánemente), <strong>El Rincón de Alberto, De Perdidos al Río (con su coqueta terraza enfrente), La Canilla, La Abuela Encarna, La Méngula, Ebisu, Las Cubanas, La Casita</strong> (esquina a la Travesía de Laurel), <strong>El Soldado, Ríos, La Mejillonera, Divina Croqueta y El Colmado de los Artistas</strong>. Y volviendo sobre nuestros pasos, vista a la derecha: además de la mencionada <strong>quesería</strong> <strong>de Abadía</strong>, <strong>La Barrica, El Mexicano</strong> (con Florida de subtítulo: precioso guiño), <strong>La Chatilla, Tal Cual,</strong> la mencionada Anjana, <strong>Los Rotos, La Taberna de Correo, La Taberna de Baco y La Gota de Vino.</strong></p>
<p>A ellas se anuncia la inminente compañía de otros dos bares ya mencionados (donde San Bernabé y donde Ursicino) y otro más lindando con los dominios de Manolo, ahora que se avecina su jubilación: en la difunta <strong>tienda de comestibles de Ascacíbar</strong>, situada en ese último tramo, el más próximo a Once de Junio. Que es donde de hecho reside el gran mérito (uno de ellos) de El Soldado de Tudelilla, que deberemos reconocerle ahora que entona el adiós: haber acostumbrado a los potenciales clientes de la calle Laurel a ingresar en sus dominios entrando por ese angosto pasadizo, el tramo superior de San Agustín, y no por Gallarza como era costumbre. Corría 1987 y San Agustín, la querida calle que albergó a tantos emblemas de mi adolescencia, empezaba a convertirse en otra cosa. No sería ya el territorio para explorar con mi abriguito austriaco el delicioso pan sobado de Tudanca ni la manera furtiva de penetrar por la puerta de atrás en <strong>la supertienda llamada Ideal</strong>. Sería la prolongación natural de la calle Laurel aunque, ojo, con una identidad singular y reconocible. De tal manera que San Agustín es hoy para quien esto escribe una y varias calles a la vez: la que fue, la que es y la que será.</p>
<p>Alguna ventaja tenía que tener eso de cumplir años.</p>
<p>P. D. Toda investigación alrededor de los bares de la calle San Agustín que se precie deberá incluir por supuesto los alojados en <strong>la plaza del mismo nombre.</strong> Esas exitosas terrazas donde tan raro resulta a menudo encontrar sitio, así en verano como en invierno. Yo admiro profundamente a sus parroquianos, puesto que han decidido ignorar las enojosas vistas al espantoso aspecto que presenta el edificio de Correos, protegido por un haz de vallas que convierten el tránsito por sus cercanías en un paseo por el horror, un monumento al incivismo y a la fealdad. Qué suerte la de quienes se acomodan en los veladores del <strong>Fax</strong> y le dan la espalda a tanta incuria. Yo, de momento, prefiero esperar: esperar a ver si se levanta por fin el ansiado hotel y se dota de la terraza con vistas al ombligo de Logroño que me han prometido. Lo creeré cuando lo vea.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2018/09/28/bares-de-san-agustin/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
	<post_id>1156</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
		<item>
		<title>Laurel, al filo de la medianoche</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2014/06/13/laurel-al-filo-de-la-medianoche/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2014/06/13/laurel-al-filo-de-la-medianoche/#respond</comments>
		<pubDate>Fri, 13 Jun 2014 07:56:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Albornoz]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[calle Laurel]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Gallarza]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Portales]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Tívoli]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Villa Rica]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.larioja.com/logronobares/?p=349</guid>
		<description><![CDATA[El pasado 9 de junio, Diario LA RIOJA regaló a sus lectores un espectacular suplemento que pretendía retratar (más o menos) la vida en nuestra región durante 24 horas. Me tocó recorrer un rincón muy sensible de nuestra tierra: la calle Laurel durante un sábado por la noche. Me ha parecido oportuno rescatar aquí el [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/06/laurel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-350" title="Vista de la calle Laurel. Foto de Miguel Herreros" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/06/laurel.jpg" alt="Vista de la calle Laurel. Foto de Miguel Herreros" width="600" height="381" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/06/laurel.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/06/laurel-300x191.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>El pasado <strong>9 de junio</strong>, <strong>Diario LA RIOJA</strong> regaló a sus lectores un <strong>espectacular suplemento</strong> que pretendía retratar (más o menos) la vida en nuestra región durante 24 horas. Me tocó recorrer un rincón muy sensible de nuestra tierra: la <strong>calle Laurel</strong> durante un sábado por la noche. Me ha parecido oportuno rescatar aquí el reportaje de mis andanzas.</p>
<p><em>Uno lleva cerrados unos cuantos bares de la calle Laurel. A medianoche, en el eterno invierno logroñés, descendíamos hacia el <strong>Tívoli</strong> cuya luz ejercía como imán para la última ronda (la espuela, que le llaman) y a sus dos flancos nos saludaban los bares a punto de echar la persiana, iluminados por el lánguido fluorescente. Camareros fregando vasos y echando un ojo al Telefunken, en la triste compañía de los clientes habituales al filo del cierre: bebedores furtivos, dipsómanos habituales, una pareja de mirada turbia que renuncia a regresar a casa, un viajante despistado. Con el buen tiempo, nos resignábamos a las mismas escenas cuando asomaba la medianoche. Quiere decirse que Laurel siempre fue una fiesta para los sentidos, cierto, pero entonces carecía de su polifonía actual, esa paleta muy rica en colores con que ha ingresado en el siglo XXI. En la centuria pasada, hacia las doce de la noche los bares llevaban tiempo recogidos y la calle muerta. Sólo quedaba la última ronda en el Tívoli con su vinazo servido en duralex y el recuerdo de esas imágenes persiguiéndonos de vuelta al hogar familiar, los bares mustios y la clientela solitaria. La Laurel, siempre a mitad de camino entre <strong>Hopper</strong> y <strong>Azcona</strong>.</em></p>
<p><em>Así que uno, que ha cerrado unas cuantas noches la Laurel solo o en compañía de otros, piensa que le acaban de hacer un obsequio invitándole a que relate, en este poema colectivo que significa retratar el alma de su tierra natal durante 24 horas, qué misterio anida entre los bares de esta calle y su parroquia un día cualquiera sobre la medianoche. Y elige para ejecutar su plan un sábado, que no es un sábado cualquiera: es el 17 de mayo y el <strong>Atlético de Madrid</strong> se ha llevado la Liga, suceso que uno quiere anotar aquí porque esa noche Logroño está poblado de camisetas rojiblancas. Sospechosamente poblado: uno lleva aquí toda la vida y creía conocer por su nombre a todos los hinchas logroñeses del Atleti, que cabían más o menos en un taxi.</em></p>
<p><em>Pero resulta que se equivocaba. Resulta que esta marea que desciende hacia <strong>Gallarza</strong> engulle a los feligreses de Simeone sin hacer distinciones, porque el hechizo de la Laurel radica en su acusada vocación democrática. Aquí nadie es más que nadie: el jovencito con la camiseta sudada cuya espalda dedica a Diego Costa convive con una pareja de matrimonios de-Logroño-de-toda-la-vida, cuadrillas que se desperdigan y se reagrupan según el viejo y asombroso protocolo que todos hemos practicado alguna vez, despedidas de soltero de diseño, hum, discutible, extranjeros (me adelantan dos italianos justo a la altura del <strong>Villa Rica</strong>, a cuya puerta permanece anclado un grupito que se entiende en inglés) y la clientela habitual: los de siempre, vaya.</em></p>
<p><em>Los de casi siempre esperan también al otro lado de la barra. En el <strong>Calderas</strong> aguardan las botellas puestas a refrescar en su manantial infinito mientras la Laurel, que es una y trina, va despachando una larga jornada viendo desfilar por dos veces en un minuto a un coche de la <strong>Policía Local</strong>, que pasa de largo hacia <strong>Portales</strong>. Dan las doce en el reloj de Ibercaja y uno, que ha cerrado la calle unas cuantas veces, no deja de preguntarse dónde reside el encanto de este rincón de <strong>Logroño</strong> que para tantos ciudadanos ejerce como una especie de segundo hogar.</em></p>
<p><em>Es una pregunta que se contesta sola a poco que te regales una pausa, mires a tu alrededor y anotes qué ves. ¿Y qué ves? Ves a Inma y Rubén, que pasan la noche picando de bar en bar con unos amigos, al veterano José Luis de tertulia con los amigos, a Nano y familia, a quien hace tiempo que dejó de frecuentar . Ves a un grupo de mozos llegados desde Vitoria que confraterniza con unas chicas de Pamplona mientras despiden la soltería de una de ellas. Ves a otros veinteañeros santanderinos pedirse unos cubatas (¡cubatas en la Laurel!), ve aterrizar a otro clan de chicas recién desembarcadas desde Vitoria. Ves a Urko, Ander y Ángel, un trío de Hernani que apura el último vino. Y ves a Yerma, festejando los 25 años de su promoción con su cuadrilla de antiguas condiscípulas, que llevan todo el día de aquí para allá, pero que a última hora han rematado la fiesta en la Laurel. Supongo que arrastradas por la magia que contiene la calle incluso cuando hace frontera con el domingo.</em></p>
<p><em>Se apagan las luces del sábado. David, amable camarero, calcula que habrá servido unos 900 vinos. Ofrece la cifra entre sudores, porque cuando la clientela se marcha el trabajo continúa a ese lado de la barra. Así que, como han hecho tantos camareros a esa hora bruja con quien esto firma, me ruega que le deje en paz mientras concluye su tarea. Y uno, que tantas noche cerró la Laurel, vuelve a verse a sí mismo en cada etapa de su vida pisando las baldosas de esta prodigiosa calle. La calle Laurel, donde todo cambia para que todo siga igual. La Laurel, cuyo secreto salta a la vista: su secreto es la gente. La hermosa gente.</em></p>
<p>P.D. La foto que ilustra estas líneas fue tomada por <strong>Miguel Herreros</strong> en el angosto desfiladero que distingue al tramo inicial de la calle Laurel, antes de alcanzar <strong>Albornoz</strong>. Cualquiera habrá podido comprobar cómo la calle se repliega en ese punto sobre sí misma, lo cual garantiza estupendos embotellamientos en los días señalados como el retratado. Hasta el punto de que ese punto es como nuestro río Jordán: uno se bautiza como logroñés el día en que atraviesa tal fielato y alcanza el otro lado manoseado, sudado y dichoso.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2014/06/13/laurel-al-filo-de-la-medianoche/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
	<post_id>349</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
		<item>
		<title>Laurel se empina (Bares dedicados IV)</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2012/12/07/laurel-se-empina-bares-dedicados-iv/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2012/12/07/laurel-se-empina-bares-dedicados-iv/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 07 Dec 2012 09:07:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Albornoz]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Blanco y Negro]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Donosti]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[La Simpatía]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Laurel]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[San Agustín]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Sebas]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Soriano]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Taza]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Travesía]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.larioja.com/logronobares/?p=31</guid>
		<description><![CDATA[El amigo Justo Rodríguez me envía esta foto del Soriano por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la Laurel. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en Diario LA RIOJA y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-32" title="Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg" alt="Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez" width="600" height="450" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>El amigo <strong>Justo Rodríguez</strong> me envía esta foto del <strong>Soriano</strong> por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la <strong>Laurel</strong>. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en <strong>Diario LA RIOJA</strong> y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo que, aunque ha perdido vigencia en estos seis años (algún bar ha desaparecido, por ejemplo), ahora todavía se empina más. Ahí va.</p>
<p>Mi bar favorito de la calle Laurel es el <strong>Donosti</strong>. Le tengo un cariño que ha superado incluso las reformas contra él perpetradas, que acabaron por deteriorar su alma, de suyo tan castiza. En el Donosti vi el 12-1 de España a Malta, así que cada vez que oigo el gallo de José Ángel de la Casa cantando el gol de Señor lo asocio con su empinada barra, con su atmósfera muy familiar: el padre, <strong>Juanito</strong>, ejercía de capataz y su mujer dominaba la cocina, mientras los críos hacían los deberes en las mesas del fondo. El Donosti era un sorprendente bar cuesta arriba, que servía como metáfora de la calle donde se aloja: Laurel, la misma que sólo ciertos horteras o algún despistado osa denominar <strong>‘La senda’</strong>, apelativo que los indígenas detestamos.<br />
Ahora regreso al Donosti de nuevo reconfortado, porque una de las chicas del desaparecido Iruña ha tomado el relevo de los anteriores dueños, lo cual interpreto como un presagio, la intuición de que sigue valiendo la pena trepar por esta cuesta y destripar su secreto. Porque Laurel no es una calle, es una religión, la Iglesia laica de <strong>Logroño</strong>, con su colegio episcopal, su feligresía, sus sacristanes y hasta sus beatas. Con su propio misterio trinitario: Laurel es una y trina, porque en realidad hay otras dos calles (la <strong>Travesía</strong>, <strong>Albornoz</strong>) tributarias, una más si contamos el tramo inicial de <strong>San Agustín</strong>, allí donde tantas rondas desembocan.</p>
<p>Últimamente, noto la calle aún más cuesta arriba. He comprobado que eso de empinar (el codo) es contagioso, porque también se empinan las cajas registradoras, cuyos propietarios se valen de la debilidad que sus parroquianos sentimos por sus bares. Los fieles ni nos inmutamos ante la minuta ni ante el prodigioso efecto multiplicador que le sucede al vino cuando llega a esta calle: su valor se dispara en la misma proporción en que mengua la cantidad depositada en la copa.<br />
A mí me da lo mismo. Amo la calle Laurel y escalaré por ella aunque todavía se empine más. Disfruto viendo las manos de prestidigitador de <strong>Manolo</strong>, que parte tomates a velocidad endiablada mientras cuenta algún chiste en <strong>El Soldado</strong>. Adoro la bella voz de jotero con que <strong>Javi</strong> pide un cojonudo en<strong> La Simpatía</strong> y me hipnotiza el montacargas por donde la buena gente del <strong>Sebas</strong> arría su exquisita tortilla de patata. El <strong>Blanco y Negro</strong>, el <strong>Taza</strong>, el recuperado Donosti&#8230; Todos forman parte de mi corazón tan logroñés y a todos he vuelto tras algún exilio temporal en <strong>San Juan</strong> y la <strong>Mayor</strong>, cuando esta última calle aún no había sido tomada por las hordas adolescentes, cuando aún la reconocía como la de toda la vida. Así que seguiré sonriendo con las ocurrencias de Manolo, saboreando los calamares que preparan donde Javi y maravillándome con las referencias de Rioja que han ido coleccionando los herederos de Sebas. Soy un cliente fácil que sólo desea precisamente eso: que nos lo pongan algo más fácil.</p>
<p>P.D. El Soriano no se aloja estrictamente en la Laurel, pero ya advierto arriba que la calle es una especie de tres en una. El imaginario popular también denomina como Laurel a la calle Albornoz y a la Travesía, en cuyo número dos radica en realidad esta barra tan célebre, dedicada al monocultivo del pincho único que le da fama: ese <strong>champiñón</strong> cuyo misterio (dicen) está en la <strong>salsa</strong>, una fórmula tan secreta como la de la Coca Cola. Ese champi que yo sigo intentando tomar sin pringarme: en vano, lo confieso.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2012/12/07/laurel-se-empina-bares-dedicados-iv/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
	<post_id>31</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
	</channel>
</rss>
