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	<title>Logroño en sus baresAlfaro &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Todos eran mis pinchos</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2018 16:56:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/pinchos.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1017" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/pinchos-213x300.jpg" alt="Cartel con los pinchos a concurso" width="213" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/pinchos-213x300.jpg 213w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/pinchos.jpg 600w" sizes="(max-width: 213px) 100vw, 213px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En el frontispicio de este blog ya quedó el improbable lector avisado: <strong>de qué hablamos cuando hablamos de bares</strong>. Respuesta: de sentimientos. De la construcción de nuestra identidad, tan asociada al itinerario eterno por nuestras barras predilectas. De emociones coincidentes. Así que todo trago debería contener una generosa dosis emotiva para conquistar de verdad nuestros corazones, igual que cuando atacamos nuestros bocados favoritos. ¿Puede cautivar nuestro espíritu la ingesta de un bocadillo de tortilla? Por supuesto. Sobre todo, si semejante prodigio ocurre en la coyuntura apropiada, rodeado del contexto adecuado. Esa magia. Cuando nos convertimos en parroquianos de nuestros templos de confianza. Cuando el entorno conspira para edificar momentos memorables, que apuntan a la parte sentimental de nuestras vidas: si alguien lo duda, le recomiendo que visite el <strong>bar Virginia de Nájera</strong> con el ánimo predispuesto a dejarse seducir no tanto por las golosinas que despacha (que también) como por la emoción con que son facturadas.</p>
<p>Emoción. Los miembros del jurado que dilucida<strong> el mejor pincho riojano del 2018</strong> nos sentamos en las mesitas del bar para asistir a ese milagro: el milagro de la emoción compartida. La que derrocha la matriarca de todo esto, <strong>Conchi</strong>, mientras nos va explicando cómo ha preparado esta delicia que se dispone a servirnos: el pincho es suculento, glorioso, pero lo que nos conmueve de verdad es su relato. Porque es un relato emotivo. Le tiemblan las manos, tal vez por el nerviosismo, y a veces titubea, también por culpa de la emoción: lo propio de los seres humanos. De los seres humanos racionales y emotivos.</p>
<p>El cronista ya ha llegado hasta este rincón najerino inclinado a dejarse enamorar por el bar Virginia y por su pincho participante en el concurso, porque algo sabe de todo esto: en las páginas de <strong>Diario LA RIOJA</strong> se publican con puntualidad ferroviaria las ejemplares peripecias que protagoniza Conchi, a quien apodan <strong>Mamá</strong> <strong>África</strong> por la generosa entrega con que atiende en verano a los temporeros que acampan por Nájera. Así que ya sospechamos de entrada que nos encontraremos ante una mujer excepcional, augurio que confirmamos en cuanto acude a nuestra vera con unos platillos donde observamos algo más que alimentos. Mucho más. Se trata de un alimento de otro linaje: alimento espiritual. En términos prosaicos, desde luego es un manjar: un milhojas perfecto de punto, en cuyas capas ha ido infiltrando distintas cremas de enorme sutileza y profundo sabor. Remata el pincho con una portada de papel comestible: no en vano, Conchi llama a su pincho <strong>La Voz del Najerilla</strong>, denominación donde se condensan varios homenajes. Al papel prensa, al periodista de guardia siempre por esa comarca y a los propios valores que atesoran Nájera y sus alrededores: el conjunto del pincho, nos avisará luego, pretende recrear los fardos de periódicos que aguardan cada mañana a sus potenciales lectores junto al quiosco de confianza. Brillante Conchi, brillante el bar Virginia.</p>
<p>Y brillantes en realidad todos esos hermanos que se disputan<strong> este sábado en Riojafórum</strong> la corona que pone en juego el ganador del año pasado, certamen que también me reclutó entonces para el bendito encargo de jurado. Reitero mi agradecimiento a la organización y reitero además mi enhorabuena: el concurso está milimétricamente bien planificado, cuenta cada año con más aspirantes (rozando los 70 este año), cubre más o menos todo el territorio (cariñoso tirón de orejas a las cabeceras cuyos bares siguen sin animarse: una pena) y sirve para hacernos una idea cabal de cómo están <strong>La Rioja y sus bares</strong>. Donde hay de todo, por supuesto, como en cualquier ámbito de la vida, pero al menos entre los concursantes se garantiza aquello que deberíamos dar siempre por supuesto pero que (ay) luego resulta que no es tan frecuente: amor por el oficio.</p>
<p>Todo ese arsenal de virtudes lo detecta uno en el Virginia, pero también en el resto de <strong>bares de Nájera</strong> que tuve la suerte de recorrer. Sus pinchos podrán conmover más o menos, pero todos aseguran un elevado nivel medio. Sus creadores ponen a prueban su ingenio, calibran lo atinado o intrépido de sus propuestas, las someten al inmejorable método de prueba y error. Cuando llega el tribunal, se afanan en defender a sus criaturas, explican con qué vino las deberíamos maridar, de dónde nace su inspiración. Se maravillan cuando ven los pinchos publicados en el cuadernillo que los recopila o en las páginas de Diario LA RIOJA, que les dedica ancho y generoso espacio. Y se emocionan contándonos satisfechos el esfuerzo final con que sirven ese pincho que nace de sus entrañas y someten al veredicto auténtico: el juicio de la clientela. Que nunca se equivoca, aunque a veces no lleve razón.</p>
<p>He ido observando el mismo comportamiento que aquí detallo no sólo en los bares de Nájera que le tocaron en suerte al grupo de jurados donde me alistó la organización. Las mismas conclusiones extraigo de mi deambular por <strong>Santo Domingo, Igea, Calahorra, Pradejón, Pradillo, Sorzano o Logroño</strong>. Alto sentido de la dignidad entre los profesionales de cada bar y una generosa dosis de compromiso, con su profesión y con la localidad que les alberga. En algún caso, compromiso mayúsculo, como es norma con los pequeños pueblos donde algunos tienen su sede, esa región interior donde el bar es algo más que un bar: brújula y faro del municipio.</p>
<p>Mientras escribo estas líneas, todavía está pendiente de dictaminarse qué bares se llevarán los mejores premios. Pero este artículo no va de eso. Es una reflexión más panorámica, sin vencedores ni vencidos. Porque según mi veredicto, lamentando de nuevo que no se animen a participar bares de tan entrañables lugares como <strong>Alfaro, Ezcaray</strong> y algún otro rincón, mi ganador está claro. Ganan La Rioja. Ganan sus bares y ganan quienes los defienden. Y también ganamos quienes les visitamos. Quienes asistimos a la sagrada tradición de salir al indesmayable encuentro con nuestros bares favoritos para que nos atienda, nos den conversación y alivien nuestra hambre y nuestra sed. Para que incluso nos emocionen.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/Cañas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1018" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/Cañas-300x184.jpg" alt="Lorenzo, con su pincho. Foto de Justo Rodríguez" width="300" height="184" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/Cañas-300x184.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/Cañas.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Mi admiración por <strong>Lorenzo Cañas</strong> no cabe en estas líneas. Para corresponder a los altos merecimientos que le adornan, tendría que consagrar un blog para él solito, cosa que el propio Lorenzo descartaría: entre sus virtudes, no es la menor la humildad. Una modestia genuina que hasta hace no tanto tiempo resultaba bastante usual entre nosotros, una actitud muy alejada de estos días en que cualquier medianía de cualquier ámbito reclama la atención del universo mundo para cuanto se le ocurra perpetrar. Naderías, casi siempre. Cañas, todo lo contrario: tiende a huir de la notoriedad, aunque sin gran éxito. Tengo para mí que pocas personas concitan una unanimidad tan coincidente cuando se trata de elegir a un riojano cabal que pudiera representar nuestros mejores atributos. Lorenzo Cañas sería el tipo ideal que los resumiera. Su última y desprendida propuesta se acaba de alumbrar. Con motivo de Fitur, el <strong>Ayuntamiento de Logroño</strong> pidió a nuestro hombre que ideara un pincho cuyas características resumieran el espíritu (culinario) de la ciudad. Cañas, que ejerce entre sus muchas aficiones como cofrade del pez, lo tuvo claro: unió la sutil línea de puntos (cocina, Logroño, peces) y preparó en consecuencia un pincho llamado Bernabé (la originalidad no es su fuerte). Que recogió generalizados aplausos entre quienes lo cataron y animó al colega <strong>Sergio Moreno</strong> a peregrinar a La Grajera, detenerse ante los fogones de Cañas y guisar el reportaje que el improbable lector puede catar en este <a href="http://www.degustalarioja.com/pincho-software-libre-20180127004021-ntvo.html">enlace</a> y vislumbrar en esta foto. Y como estas líneas iban de eso, de pinchos, me parece de justicia rematarlas con ese bocado que lleva el nombre del patrón pero a quien yo me permito bautizar a mi bola:<strong> el pincho de Lorenzo.</strong> Y me marcho: que me tengo que poner mi sombrero para descubrirme ante Cañas.</p>
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		<title>Los bares circulares (Bares dedicados XI)</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Apr 2013 11:46:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/casino1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-139" title="Casino de Alfaro" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/casino1.jpg" alt="Casino de Alfaro" width="600" height="497" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/casino1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/casino1-300x249.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Nuestro protagonista de hoy es <strong>un tipo de bar</strong> que me resulta especialmente querido. Es una tipología que se bate en retirada pero que tal vez pueda resucitar si cambia la tendencia actual que uniformiza nuestras barras de siempre, de modo que las nuevas hornadas descubran el encanto de trasegar allí donde ya abrevaron sus antepasados. Son bares con una atmósfera especial, declinados en la voz pasiva: los bares de los <strong>casinos</strong>, de los <strong>círculos</strong> de toda condición que pueblan nuestra geografía en menor número (ay) que antaño.</p>
<p><strong>Logroño</strong> posee algún ejemplo destacado. El bar del <strong>Círculo Logroñés</strong>, que he visitado últimamente, parece repuesto de sus distintas encarnaciones recientes, no todas fructíferas. Hoy se respira un ambiente otoñal, cierto, propio de la edad ya avanzada de sus incondicionales, pero supone un auténtico placer sentarse en sus sofás y ver cómo hasta nuestros logroñeses más veteranos conservan el buen humor y el entusiasmo de acudir al encuentro de la tertulia amiga mientras ven caer la tarde por los hermosos ventanales del majestuoso edificio. No hace falta ser socio para disfrutar de un trago tranquilo y servido con profesionalidad en el corazón de Logroño, suspirando por la <strong>Glorieta</strong>: a ver cuándo la arreglan.</p>
<p>Segundo ejemplo, también circular: el <strong>Círculo de la Amistad</strong>, cuya barra no se aloja a pie de calle como la anterior, sino que exige trepar por las escaleras del inmueble de Portales que la acoge y tropezarse con un bar de otro mundo, de cuando estas entidades contaban con un acusado arraigo social. Quien haya acudido alguna vez al local sabrá que merece la pena: un oasis de otro siglo empotrado en medio de la ciudad, donde alguna vez nuestros abuelos pidieron baile a nuestras abuelas y las consumiciones exhiben tarifas también muy propias de aquella época, lo cual es otro de sus atractivos.</p>
<p>No hace tanto tiempo, este modelo de establecimientos se repartía por todo el país, ayudando a vertebrar la España ociosa y hostelera. Dotaban de singularidad incluso a municipios poco poblados y contribuían a formar cierta idea de comunidad colectiva. De hecho, los logroñeses que más canas peinen recordarán el <strong>viejo casino de las Azpilicueta</strong> en el <strong>Espolón</strong>, donde hoy se alza el BBVA: una institución que parecía sólidamente anclada en el imaginario local… hasta que se derribó el bello palacete. Acababa de llegar la modernidad, que en esta tierra adopta la forma de piqueta. Parecida suerte han corrido otros casos semejantes: de <strong>Fuenmayor</strong> conservo el recuerdo de una institución semejante, alojada en la plaza frente a la iglesia. Resiste sin embargo el de <strong>Cenicero</strong> y desde su atalaya en la hermosa plaza saluda al visitante el casino de <strong>Soto</strong>, icono <strong>camerano</strong>.</p>
<p>Dejo para el final mi favorito, el que motiva estas líneas dedicadas a la amiga Inés: el <strong>Casino de Alfaro</strong>. Siempre que voy de visita procuro detenerme en su barra y ver la vida pasar. La vida de la provincia, la vida que guarda lealtad a cómo éramos en una antigüedad aún reciente, la que nos cuenta de dónde venimos para que sepamos hacia dónde vamos… Según lo recuerdo, apenas ha cambiado desde tiempo inmemorial y a mí me gusta que así sea, porque se mantiene fiel a la idea que de él forjaron los socios fundadores: aunque haya quien vea arcaico su mobiliario o anacrónico el concepto mismo de tal institución, yo opino lo contrario. Que debería protegerse como se protegen a las especies en extinción. Desde la hermosura del edificio a su emplazamiento privilegiado, el Casino de Alfaro representa lo mismo que representaron sus hermanos, los vivos y los ya difuntos: el termómetro ideal para medir el estado de ánimo de los municipios que los albergan. Lo cual no es poca cosa.</p>
<p>P.D. Que este tipo de bares representa una oportunidad de negocio y consolidan el centro histórico de las ciudades lo sabe bien cualquiera que visite en <strong>Madrid</strong> el <strong>Círculo de Bellas Artes</strong>. Un coqueto espacio, idóneo para comer razonablemente bien a precios ajustados, así como para una copa, un vino, un café o un tentempié (me encanta esta palabra). Y una terraza en la calle también muy agradable. El recorrido por tan magno inmueble incluye por unos cuantos euros un viaje hasta su azotea, que depara inigualables vistas de la capital del Reino. Quedan ustedes informados.</p>
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