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	<title>Logroño en sus baresaperitivo &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Los bares esclavos</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Mar 2019 10:30:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hace un par de glaciaciones, tenía sentido (todavía) la letra de aquel himno que entonaron <strong>Carmen, Jesús e Iñaki</strong>, en uno de sus temas más celebrados: &#8216;<em>De lunes a sábado&#8217;</em>. La canción relataba la rutina propia de aquellos años, finales de los 70. Cuando<strong> la calle Laurel</strong> y sus bares representaban el único pasatiempo posible para unas cuantas generaciones de logroñeses, que se hermanaban en la ruta conspicua de sus bares favoritos como monoentretenimiento y concesión a su ocio, salvados fueran el fútbol y los toros. De lunes a sábado, en efecto, una tropa deambulaba por la calle Laurel y alrededores. También los domingos, pero la rima se complicaba: <em>&#8220;A producir Manuel&#8221;</em>. Que sí que rima con Laurel.</p>
<p>¿Qué se encontraba un asiduo a la famosa calle en sus correrías? Poca cosa. <strong>Bares. Bares y más bares</strong>. Casi todos bajo un formato único. El vinazo de los carreteros (nada de la apabullante oferta actual en <strong>Riojas</strong> y otras ambrosías), servido en vaso por supuesto y unas barras vacías casi siempre, desnudas de pinchos y tapas. Como mucho, alguna cazuela, las raciones de tortilla, los ajos del <strong>Florida</strong>. Los champis del <strong>Soriano</strong>, las anchoas del <strong>Blanco y Negro</strong>, las orejitas del <strong>Perchas</strong>. Mostradores de granito macizo, pasamanos de latón, una parroquia ensimismada, alguien cantando una jota, pocos o ningún aparato de televisión. Y la familia propietaria defendiendo la barra. Allí estaban todos, padres e hijos. Anclados al negocio como si fuera (casi) una maldición. Lo cual garantizaba, por otro lado, que todo el ambiente respirase ese mismo aire familiar: los clientes parecíamos miembros de la parentela. Y la verdad: uno les cogía cariño. <strong>Sebas, Juanito, Julián&#8230; </strong></p>
<p>Junto a los progenitores, que se repartían el trabajo según usos ya desparecidos (ella en la cocina, él en la barra), a menudo aparecían por el bar sus hijos. La prole correteaba entre los clientes, que se encariñaban con ellos y los veían crecer, hasta el punto de que pasado el tiempo también se ponían a echar una mano. De lunes a sábado. Porque había algún bar, no todos, que cerraba el domingo por<strong> descanso semanal</strong> y en ese detalle se vislumbraba lo bien que sonaba para esa bendita familia la máquina registradora. Pero en general eran negocios esclavos, muy esclavos. Que obligaban a madrugar, retenían a la familia que los regentaba durante todo el día (comían y cenaban allí incluso: algún chiguito hasta hacía los deberes muy formalito en las sillas del local) y sólo les daban un respiro avanzada la noche. Hacia las diez, más o menos, toda la función había acabado. Laurel cerraba sus puertas. Hasta el día siguiente, de lunes a sábado, en efecto.</p>
<p>Un panorama que ha ido cambiando aceleradamente ante nuestros atónitos ojos. Observo que cualquier día entre semana casi son mayoría los bares que cierran por la calle Laurel que los que permanecen abiertos. El resultado es una calle tristona, sin brío. Que sólo se alegra con la ingesta de tragos y bocados en aquellos que mantienen la buena costumbre de dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Pero hay algún tramo casi a oscuras, esperando que llegue el dichoso fin de semana: si el trío que entonaba aquello de <em>&#8216;La Rioja exis</em>te&#8217; volviera hoy al estudio de grabación, debería revisar su cancionero. Aquello de &#8216;De lunes a sábado&#8217; ha pasado a la historia. Para pasmo de <strong>indígenas y forasteros</strong>.</p>
<p>Lo cual es sin embargo entendible. Los nuevos tiempos no están para esclavitudes modernas. El empresario aguza su instinto, analiza <strong>el excel nuestro de cada día</strong> y concluye que le sale más rentable abrir unos cuantos días a la semana (no todos) antes que mantenerse amarrado a la barra cuando apenas hay público ahí fuera. Ocurre que también los hábitos de consumo han cambiado y el viejo chiquitero de toda la vida se encuentra en vías de desaparición. Otros pasatiempos llaman la atención de las quintas más jóvenes y una cosa lleva a la otra: los bares no abren porque no hay clientela potencial. Y la clientela potencial no va de bares porque los encuentra cerrados. <strong>Una invernal mañana de martes</strong> en la calle Laurel lo atestigua: se puede escuchar el eco de las pisadas propias.</p>
<p>No sólo en Laurel. Acercarse ahora mismo a ciertos bares exige preguntar antes si están abiertos. Lo usual es que te respondan que sí: aunque sólo de jueves a domingo. O algo por el estilo. No es rara incluso una tendencia que detecto cómo va ganando adeptos: el dueño del negocio calcula con cuántos comensales tiene suficiente para extraer beneficio diario a su esfuerzo y cuando llega a ese tope, baja la persiana. Así, un día tras otro. De lunes a sábado también. Un perfecto y legítimo derecho que cumplen soberanamente en seguir con puntualidad ferroviaria quienes así hayan decidido aplicar semejante estrategia. Lo cual no evita un par de reflexiones, nacidas seguramente de la nostalgia. Que aquellos días de la calle Laurel abierta a todas horas (ay) no volverán. Y que la esclavitud se abolió hace algún siglo, pero (otro ay) uno no deja de derramar una imaginaria lágrima por los tiempos en que sabía que podía poner el pie en uno de sus bares favoritos a cualquier hora del día y lo encontraría abiertos. De lunes a sábado. <strong>Incluyendo algún domingo.</strong></p>
<p>P.D. Hablando de domingos: pocos placeres más deliciosos para un habitual de la calle Laurel que recuperar <strong>el viejo rito del aperitivo dominical</strong> al amor de sus baldosas, aprovechando que las multitudes propias del trasiego nocturno de cada sábado se disuelven llegada la mañana. Cierto que algunos bares cierran ese día pero también es verdad que otros abren sus puertas para una parroquia menor en número, que convierte ese paseo de bar en bar en un tránsito muy atractivo. Se puede hilar la hebra sin tanto bullicio, uno logra ingresar sin esfuerzos en cada barra, se hace con un hueco prescindiendo del codazo cómplice contra el feligrés amigo y saborea en pequeños sorbos el privilegio de ver pasar la vida mientras ataca un trago fetén y un bocado memorable. Por las mañanas. De lunes a sábado, también los domingos.</p>
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		<title>El aperitivo no estaba muerto</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Mar 2013 10:58:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/pachuquito.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-104" title="Pachuquito o pelayito: la tapa gloriosa reaparecida." src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/pachuquito.jpg" alt="Pachuquito o pelayito: la tapa gloriosa reaparecida." width="600" height="455" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/pachuquito.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/pachuquito-300x228.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Mis disculpas. En una de mis primeras entradas me apresuré a certificar la defunción del <strong><a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2012/12/03/llanto-por-el-vermu-desaparecido/" target="_blank">aperitivo dominical</a></strong> y ahora compruebo que no: que me precipité. Lo que había desaparecido era en realidad su versión masiva, aquellos<strong> vermús multitudinarios</strong> cuyo recuerdo comprobé que compartía al menos un par de generaciones de <strong>logroñeses</strong>. Recientes exploraciones me permiten concluir que tan civilizada costumbre se mantiene hoy en algún rincón de nuestra ciudad. Por no hablar de la provincia: el vermú en cualquier municipio riojano conserva incluso su añejo aire religioso, que exige una feligresía ávida de su <strong>ingesta</strong>, como si fuera el mandamiento número once.</p>
<p>En <strong>Logroño </strong>se impone sin embargo ir por partes, como le gustaba al amigo Jack. El puro centro sigue siendo un desierto, excepción hecha del entorno de <strong>avenida de Portugal</strong>, muy frecuentado por reputados (con perdón) miembros de esta casa que nos aloja y dotado de mayor atractivo en cuanto reabra el <strong>Malasaña </strong>según manda la tradición de los camareros fotógrafos. Me consta porque exploré esa ruta personalmente que alrededor de <strong>República Argentina</strong> se forma un ambiente con bastante bullicio, porque incluye los legendarios <strong>tigres del Cinco Pesos</strong> y porque se nutre de las huestes diseminadas por <strong>Menéndez Pelayo, Huesca y Somosierra</strong>, incluido el bar del <strong>parque Gallarza</strong>. Precisamente en esta ruta dominical tropecé con una emocionante reaparición: la del ‘<strong>pachuquito</strong>’, tapa incluida dentro de la <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2012/11/05/que-lugares/" target="_blank">primera entrada de este <strong>blog</strong></a>. Un gentil corresponsal me había advertido de que en un establecimiento de Menéndez Pelayo, defendida su barra por un antiguo camarero del difunto<strong> Pachuca de Marqués de Vallejo</strong>, se despachaba todavía aquel glorioso pincho (huevo cocido rebozado con jamón y queso) y allí acudí a comprobarlo: en efecto, como atestigua la foto, ante mis ojos brotó el misterioso bocado, que me zampé con gran placer. Como si fuera la magdalena de Proust. Por cierto, el bar (y los bares vecinos) estaba lleno. Y por cierto: como el bar se llama <strong>Pelayo</strong>, su dueño tuvo la humorada de rebautizarlo ante mí como ‘<strong>pelayito</strong>’.</p>
<p>Por el contrario continúa vacío el otrora glorioso ‘<strong>tontódromo</strong>’ y continúa por razones que tienen que ver más con la sociología que con la hostelería: Logroño, ay, no es lo que era. Ha mudado su piel, vaya usted a saber si para mejorar. Me lo alertaba en este blog <strong>Paz Villar</strong>: el domingo nos pilla ahora alertagados, poco dispuestos a otra cosa que no sea pasear al perro, ir a por el pan y el periódico y volver a casa. Los más intrépidos honran esa institución tan riojana llamada segunda residencia y pare usted de contar porque ya me salen las cuentas: sólo se animan al aperitivo los más adictos de entre nosotros, solo los más comodones, aquellos que se apuntan a la ronda a cambio de que les caiga cerca de casa. De hecho, hay quien sale a tomar el vermú en chándal, hábito que aprovechamos a denunciar desde este púlpito: si se toma en chándal, eso ni es vermú ni es nada.</p>
<p>P.D. Gracias a un artículo en <strong>elpais </strong>de <strong>Mikel Iturriaga y Mónica Escudero</strong>, me acabo de enterar de unos cuantos secretos en torno al vermú. Una palabra de origen alemán (y yo que pensaba que venía de Italia, como el Martini) que distingue a una bebida con raíces en la Grecia clásica, introducida en España en el siglo XIX, cuya notoriedad social es todavía más reciente: tengo para mí que su repercusión se alcanza en la época el desarrollismo, vinculada a una emergente clase media que ya se podía permitir algún lujo (véase la familia Alcántara). Y con el vermú llegó la moda de incorporar una tapa para el aperitivo: así nacieron la <strong>bomba </strong>de la <strong>Cova Fumada</strong> barcelonesa, las <strong>bravas </strong>así bautizadas en <strong>Casa Pellizco de Madrid</strong> o mi favorita: la entrañable <strong>gilda</strong>, alumbrada en <strong>Casa Vallés de San Sebastián.<br />
</strong></p>
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