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	<title>Logroño en sus baresbar &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Los bares más divertidos</title>
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		<pubDate>Fri, 22 May 2015 16:18:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/villalobar.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-496" title="Villalo Bar, en Villalobar. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/villalobar.jpg" alt="Villalo Bar, en Villalobar. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/villalobar.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/villalobar-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>Hace ahora un año, <strong>Coca Cola</strong> lanzó una campaña de promoción de los bares patrios que reclamó aquí su sitio en forma de la <a title="https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/06/28/el-orden-de-tu-nombre/" href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/06/28/el-orden-de-tu-nombre/" target="_blank">entrada </a>que hoy recupero. Aproveché aquella ocasión para reivindicar que yo lo vi primero (quiero decir, eso de poner de moda nuestros bares) y para rememorar la hermosa sinfonía que forman los nombres de aquellos que son o fueron más queridos. Si regreso sobre mis pasos ahora es porque me anima a hacerlo un hallazgo en forma de enlace en <a title="http://jovenesnews.com/especiales/2015/04/12/los-8-bares-con-los-nombres-mas-raros-que-hay-en-espana/" href="http://jovenesnews.com/especiales/2015/04/12/los-8-bares-con-los-nombres-mas-raros-que-hay-en-espana/" target="_blank">internet</a>, donde se repasan también los nombres de unos cuantos bares. De unos cuantos bares con nombres raros. Raros, raros, raros. Raros y divertidos.</p>
<p>Veamos.Tenemos desde <strong>Bar Veider</strong> para fanáticos de la saga de George Lucas, hasta<strong> La Birra de Brian</strong>: ídem para los seguidores de Monty Phyton. Desde <strong>Menoc Donald</strong> (un chiste muy malo, me parece), hasta <strong>El Quinto Coño</strong>: al parecer, un garito alejado del centro, o eso prefiero pensar. Y otro juego de palabras muy mejorable: <strong>La Tapilla Sixtina</strong>. En fin&#8230; En esto del sentido del humor no nos detendremos: hay quien lo ejerce con ingenio, quien lo ignora y quien lo emplea sólo cuando le interesa. Esta breve recopilación, que incluye aportaciones tan gloriosas como <strong>Tasca Gao</strong> (me troncho), el restaurante <strong>Puta Parió</strong> (me desarma), <strong>Churrasic Park</strong> (me echo a llorar), <strong>Mary con Juan</strong> (sigo llorando, pero de risa) o <strong>Aroma de Berga</strong> (evito comentarios), me ha invitado a pensar en lo sosos que somos por <strong>Logroño</strong> cuando bautizamos bares. Y qué lejanos quedan los tiempos en que acudíamos a garitos llamados <strong>No se lo digas a papá</strong> o a discotecas denominadas <strong>Yo qué sé</strong>. Bueno, en realidad, yo iba a poco a ambos locales pero me consta que hicieron furor en su tiempo y que contaron como aliada con esa nomenclatura tan divertida. O al menos tan distinta.</p>
<p>A mí el bar cuyo nombre siempre me hizo más gracia fue el <strong>Turismo</strong>, garito que sólo algún otro senior recordará. Ubicado en el tramo postrero de <strong>Sagasta</strong> cuando esa zona de Logroño era más o menos territorio comanche, intimidaba desde el mismo acceso: un amenazador bar cuyo desconcertante nombre inquietaba tanto como la parroquia conspicua, la decoración lumpen o el sombrío aspecto de sus camareros. ¿Por qué se llamará Turismo? Era la pregunta que me hacía cada vez que mis pasos acababan a su alrededor, porque había algo peligroso y por lo tanto atractivo para un mocete que ansiaba ya afeitarse en eso de deambular por la manzana donde se ubicaba, superada la<strong> alpargatería de Ochoa</strong>. Peligroso y ridículo, como cuando te animaban los más mayores a ingresar y pedirte un tinto con paracaídas. Cosa que hice una tarde: ah, qué ingenuo.</p>
<p>Turismo era un nombre fetén, aunque no tan fetén como <strong>Pachuca</strong>. A mí me gustaban esos bares con denominaciones que entonces parecían exóticas cuando lo exótico aún existía: es decir, en la época anterior a Ryanair. Bares como <strong>Capri</strong>, <strong>Montecarlo</strong> o <strong>Roma</strong>. Bares como <strong>Samaray</strong> (¿Qué sería Samaray?) o <strong>Ibiza</strong>. Sonaban a películas en Cinemascope y despertaban nuestras ensoñaciones, pero ahí se acababa cualquier asomo de osadía: desde luego a nadie se le ocurría frivolizar con la partida de nacimiento de estos negocios. El nombre de un bar debía aparentar seriedad, gusto por el orden, criterio, sensatez: justo lo que uno pretende encontrar al otro lado de la barra. Un espacio cabal donde la diversión obedecía a otros factores, como la ingesta de alcoholes, y donde se negaba cualquier concesión a la autoparodia como después fue norma y ahí arriba figura esa larga nómina de bares con nombres tan curiosos para demostrarlo.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-reinols.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-497" title="Bar Reinols, un bar de ficción de la serie Siete Vidas" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-reinols.jpg" alt="Bar Reinols, un bar de ficción de la serie Siete Vidas" width="640" height="427" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-reinols.jpg 640w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-reinols-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 640px) 100vw, 640px" /></a></p>
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<p>No creo que exista hoy en Logroño nada por el estilo. Así que estas líneas son un mensaje en una botella, nunca mejor dicho: una invitación a quien lo desee para que me informe de si me equivoco. Si hay por nuestra ciudad desperdigado algún bar cuyo nombre merezca nuestra atención por su peculiaridad, por alguna doble lectura que se nos escapa o por lo que sea. Un pub llamado <strong>Is</strong>, por ejemplo, como le hubiera gustado titular al suyo a un querido amigo cuando filosofábamos de jóvenes&#8230; en la barra de cualquier bar, claro. O un bar llamado <strong>Reinols</strong>, como el célebre garito de la tele: otro chiste con poca gracia, me parece, aunque ha tenido éxito allá en el madrileño municipio de Pinto, donde hay un local homónimo que no es de ficción. O como estos otros que he ido pescando por la red: el <strong>Mastur Bar</strong> (jeje), el <strong>A tomar por copas</strong> (muy soez), el <strong>Notinghan Prisa</strong> (muy fino) o mi favorito, porque me regaló estupendas veladas allá en el Pleistoceno: el <strong>Salsipuedes</strong> ovetense.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/salsipuedes.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-498" title="Bar Salsipuedes, en Oviedo." src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/salsipuedes.jpg" alt="Bar Salsipuedes, en Oviedo." width="550" height="335" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/salsipuedes.jpg 550w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/salsipuedes-300x183.jpg 300w" sizes="(max-width: 550px) 100vw, 550px" /></a></p>
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<p>El Salsipuedes tiene doble alma: una acogedora casa de comidas por el día, un animado bar de copas por la noche. Muy animado: tan animado que cuando me tuvo de cliente hizo largo honor a su nombre. Con moraleja añadida: porque cuando al final en efecto lograbas dar con la puerta de salida, te tropezabas con el vecino <strong>Bar Sovia</strong>&#8230; De donde también resultaba difícil salir.</p>
<p>P.D. En Logroño ya confieso que ignoro hasta donde yo conozco si a los dueños de los bares les ha salido la veta ingeniosa cuando bautizan sus locales, pero fuera de la capital las andanzas de los compañeros<strong> Pío García</strong> y <strong>Justo Rodríguez</strong> recorriendo <strong>La Rioja de cabo a rabo</strong> dieron con algunos hallazgos memorables, también en materia hostelera. Es el caso del <strong>Villalo Bar</strong>, garito ubicado, como su propio nombre indica, en el municipio riojalteño de&#8230; Villalobar, donde se toman con buen humor su toponimia y reciben a indígenas y forasteros&#8230; pero solo en fin de semana. Los días laborables, como tantos otros bares de La Rioja interior, el visitante lo encontrará cerrado. En honor a su ingenio, le cabe el privilegio de presidir estas líneas.</p>
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		<title>Bares, el ruido y el frío</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jun 2014 07:33:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/06/baker.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-354" title="Música en un bar de cine, con los fabulosos Baker Boys y su fabulosa cantante" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/06/baker.jpg" alt="Música en un bar de cine, con los fabulosos Baker Boys y su fabulosa cantante" width="461" height="244" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/06/baker.jpg 461w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/06/baker-300x159.jpg 300w" sizes="(max-width: 461px) 100vw, 461px" /></a></p>
<p>Quien escribe estas líneas es <strong>logroñés</strong>. <strong>Riojano</strong>. Habitante de la futura <strong>Ebrorregión</strong>. Lo cual significa que si puede expresarse a gritos, para qué va a hablar en voz baja. Como tantos paisanos, sigo esta tendencia en cada ocasión que me peta: saludando al conocido voceando desde el coche (opcional acompañamiento de bocina), hablando por el móvil hasta que reviente el medidor de decibelios y, por supuesto, vociferando en los bares y resto de locales del sector de la hostelería. Aunque debo confesar que, comparado con otros compatriotas peritos en la misma costumbre, mis gritos no son gran cosa: son multitud los riojanos que me superan en eso de expresarse a pleno pulmón, de modo que pese a los atributos arriba citados a veces parezco más bien escandinavo. En eso de <strong>hacer ruido en los bares,</strong> siempre hay quien te gana. Empezando por los dueños.</p>
<p>Un ejemplo. Estupenda mañana de primavera en <strong>Logroño</strong>, cafelito mañanero en una terraza con vistas al río. Se escucha el rumor del padre <strong>Ebro</strong> viajando hacia <strong>Zaragoza</strong>, la brisa acompaña la banda sonora matinal con un leve eco, los adictos al footing (ahora se dice running: mejor, muuuuuuuuucho mejor que decir corriendo en castellano, no vaya a ser que logremos entendernos) van echando el bofe sumando el sonido de sus pisadas a la polifonía general… Y de repente… De repente, sin que nadie lo haya pedido, desde los altavoces atruena el chundachunda de los 40 fundamentales. Horror. Bueno, un horror relativo: a nadie salvo al abajo firmante parece importarle. El resto de la parroquia hace lo habitual en estos casos: elevar a su vez el nivel del propio vocerío, de modo que poco a poco todos nos convertimos en cien por cien riojanos. Adiós a la plácida mañana de bar: ya estamos hablándonos a gritos para sobreponernos al ruido. Cortesía de la casa.</p>
<p>Yo me marché esa mañana, miembro de la cofradía de resignados ante el ruido que nos arrebata el placer de acodarnos a gusto en nuestra barra de confianza y preservar el rito sagrado de la tertulia. Sobre todo, porque he comprobado que sonorizar en condiciones un bar no es tan difícil. Sí que es caro, así que viene siendo habitual que se empiece a ahorrar en estos detalles y se acabe por pensar en el cliente como si careciera de los derechos propios a cada consumidor. Ya ni siquiera me extraña que no nos extrañe: nos hemos acostumbrado a ingresar en cualquier bar, sufrir la música que nadie ha pedido a niveles que harán feliz al otorrino de guardia y marcharnos a otro local. Con la música a esta parte: porque en el siguiente solemos padecer igual trato, con parecidos resultados. Desaparece la charla relajada y en tono confidencial, que se ve sustituida por ese griterío tan alarmante y no: no nos quejamos. Hay una ventaja: te acostumbras a hablar a gritos, sin escuchar a tu interlocutor, y ya te pueden fichar de<strong> tertuliano en la TDT</strong>.</p>
<p>El caso es que no nos quejamos, aunque dudo que podamos seguir así mucho tiempo, porque ya digo que no es tan difícil <strong>insonorizar</strong> bien un bar. Hace años asistí a la inauguración de un local en Logroño y por azar me tocó compartir mesa con el arquitecto autor del proyecto. El buen hombre me contaba cómo había desplegado su talento para convertir aquel espacio en un lugar cálido, agradable. A su juicio, la clave, oh sorpresa, era la insonorización: lo había forrado de madera. Autóctona, por cierto: madera de bosques riojanos. Siempre que vuelvo por allí, recuerdo esa conversación, porque es un raro ejemplo de local donde puedes hablar sin forzar la voz y el compañero de al lado, milagro, milagro, resulta que te oye. El prodigio se repite en sentido opuesto: te hablan y escuchas lo que te dicen sin que sufran las cuerdas vocales del vecino. En consecuencia, se genera un ambiente agradable, dan ganas de quedarse un rato más, pedir otra ronda. Te felicitas por haber dado con un espacio civilizado, donde no te sientes amenazado por el bafle. Un lugar donde la única música que quieres escuchar es el murmullo del vino cayendo sobre la copa y la charla de los amigos. Un lugar llamado bar.</p>
<p>P.D. Escribo estas líneas inspirado por una reciente entrada en el blog de<strong> El Comidista</strong>, el muy interesante espacio que el hermano menos famoso de la familia <strong>López Iturriaga</strong> gestiona con olfato y mucha clase. Aquí os dejo un enlace para disfrutar con sus ocurrencias como he disfrutado yo <strong>http://blogs.elpais.com/el-comidista/2014/06/por-favor-disparen-al-pianista.html</strong>. A las que añado una advertencia: en verano, el ruido interior de los bares se traslada a las terrazas; adentro acecha otro enemigo temible: el aire acondicionado. Una muestra muy conseguida de hasta donde llega nuestra estupidez occidental, el derroche de energía sin sentido, la exhibición de opulencia que a mí me deja siempre cavilando: cómo es posible que en verano tengas que abrigarte para entrar en un bar. Cuándo nos volvimos todos tan locos.</p>
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		<title>Bar y fútbol</title>
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		<pubDate>Tue, 21 May 2013 11:25:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[Viendo el viernes en un bar de Logroño la finalísima de Copa, reparé en la estrecha relación que guardan ambos mundos, sobre todo desde la irrupción de las cadenas digitales. Antaño ocurría también algo así con ocasión de las citas futbolísticas más trascendentales, pero lo habitual era el fútbol televisado en su versión doméstica, alrededor [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/05/callelaurel.org_1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-181" title="Foto del Perchas, tomada de la web callelaurel.org" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/05/callelaurel.org_1.jpg" alt="Foto del Perchas, tomada de la web callelaurel.org" width="600" height="460" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/05/callelaurel.org_1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/05/callelaurel.org_1-300x230.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Viendo el viernes en un <strong>bar de Logroño</strong> la<strong> finalísima de Copa</strong>, reparé en la estrecha relación que guardan ambos mundos, sobre todo desde la irrupción de las cadenas digitales. Antaño ocurría también algo así con ocasión de las citas futbolísticas más trascendentales, pero lo habitual era el fútbol televisado en su versión doméstica, alrededor de la mesa camilla. Hoy, el encanto de corear los goles y ocultar las decepciones en público es tendencia, a mayor gloria de la máquina registradora y a despecho de las simpatías que el dueño del bar profese por unos u otros colores.</p>
<p>De modo que el bar suele ser terreno neutral, cosa que es también un hallazgo reciente. En el pasado inmediato, cuando el beneficio del fútbol televisado no atacaba a la economía del bar, era costumbre ingresar en ciertos garitos sabiendo que se entraba en uno de tantos santuarios… <strong>madridistas</strong>. Casi siempre madridistas. Eran la mayoría, seguidos aunque de lejos por esas barras presididas por algún póster del <strong>Athletic</strong>, entonces el segundo equipo con más hinchas riojanos. Así que los forofos <strong>azulgranas</strong> nunca agradeceremos bastante la existencia del hoy desaparecido<strong> bar Florida de la calla San Agustín,</strong> oasis culé, cuyo dueño era uno de los nuestros. Y poco más, excepción hecha del <strong>Calderas</strong> de la <strong>Laurel</strong>. Porque si no era del <strong>Barcelona</strong>, el propietario sí que era antimadridista acérrimo, como atestiguó durante largo tiempo cierta foto que un día, con el Logroñes ya en Primera División, tanto molestó a esos talibanes llamados <strong>ultrasur</strong> con ocasión de su primer desembarco entre nosotros.</p>
<p>Al margen del bipartidismo ahora triunfante, por Logroño debemos consignar alguna otra alternativa. En <strong>Jorge Vigón</strong> tengo anotado un bar adicto al <strong>Real Zaragoza,</strong> cuyo dueño debe poseer un corazón a prueba de infartos. Y muy cerca existió durante breve tiempo, en <strong>Albia de Castro</strong>, otro local consagrado al ¡¡¡<strong>Osasuna</strong>!!!, a cuyo propietario hay que reconocerle cierto arrojo por plantar semejante embajada en territorio hostil. Y no me olvido de un clásico que hoy está de enhorabuena, retratado en la foto que adorna esta entrada (tomada de la web callelaurel.org): el castizo <strong>Perchas</strong> de la Laurel, donde uno entra sabiendo que sus orejas serán inmejorables (me refiero a las que ofrece el bar, ese pincho sublime) y sabiendo también que en algún momento de la ingesta la charla derivará hacia las glorias o miserias del <strong>Atlético de Madrid</strong>. Así ocurrió en mi última visita, cuando comprobé que el dueño no es un colchonero de boquilla, sino un aficionado de noble pedigrí, puesto que rememoraba las hazañas de su equipo desde los tiempos de <strong>Jones</strong> y compañía como quien silba. Y supe que era un hincha de verdad, de los auténticos, de los míos, cuando me regaló algunas de esas anécdotas triviales que suelen alimentar mis charlas favoritas sobre fútbol. Esas anécdotas absolutamente intrascendentes cuando no directamente marcianas, que son las que permiten comprobar que cuando hablamos de fútbol en realidad hablamos de otra cosa. De algo más grande.</p>
<p>Estamos hablando de la vida.</p>
<p>P.D. La ecuación bar-fútbol equivale en Logroño a otro binomio clásico, <strong>República Argentina-Las Gaunas</strong>. Incluso antes de las campañas de púrpura en Primera, los bares de la mentada calle fueron el corazón que bombeaba sangre blanquirroja hacia el campo municipal y exigían por lo tanto una parada en alguno de ellos para la consumición ritual (completo: café, copa y puro). Como una suerte de de viacrucis festivo, hostelero y futbolero. <strong>Cinco Pesos, Tucumán, Mar de Plata</strong>, qué recuerdos; por algo se llamaba y se llama República Argentina</p>
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		<title>Bar de frontón</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Mar 2013 19:35:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En 1993 colaboré en un libro de la Federación Riojana de Pelota, que conmemoraba sus primeros 50 años, por invitación de Carlos Muntión. Le envié este artículo que recupero aquí, que tiene que ver con la pelota como Moby Dick con la caza de ballenas: es decir, que es la excusa. En realidad, hablaba de un [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-109" title="Daniel y Juan Pablo García Jiménez (Federación Riojana de Pelota)" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria.jpg" alt="Daniel y Juan Pablo García Jiménez (Federación Riojana de Pelota)" width="600" height="1280" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria-141x300.jpg 141w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria-480x1024.jpg 480w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>En 1993 colaboré en un libro de la <strong>Federación Riojana de Pelota</strong>, que conmemoraba sus primeros 50 años, por invitación de <strong>Carlos Muntión</strong>. Le envié este artículo que recupero aquí, que tiene que ver con la pelota como Moby Dick con la caza de ballenas: es decir, que es la excusa. En realidad, hablaba de un bar. El de las <strong>piscinas de Cantabria.</strong> Se titulaba <strong>‘Échale la culpa a Emiliano</strong>’.</p>
<p><strong>Emiliano</strong> tuvo la culpa. Cada mañana de domingo, cada tarde de verano, un puñado de curiosos tomaba al asalto el emparrado el banco corrido alineado contra la pared continua al rebote. Era la misma pared de donde nacía la puerta trasera del <strong>bar de Cantabria</strong>. Periódicamente, de ella emergía Emiliano con algún porrón de vino con gaseosa que alimentara la afición pelotazale -entonces se decía así- de quienes allí se asentaban, más atraídos por la promesa de algún sólido almuerzo o alguna edificante merienda que por la posibilidad de que algo sucediera en el frontón propiamente dicho. Con el tiempo, todos acabamos girando la vista hacia los pelotaris. Alguno de ellos también se sumaba al convite cuando aparecía Emiliano desde el bar con el porrón y dejaba en suspenso su participación en aquellas interminables disputas a pala con pelota de goma, especialidad -luego lo supimos- menor en el universo de la pelota.</p>
<p>Pero nunca se nos ocurrió que la diversión pudiera graduarse a quienes nos concentrábamos allí, especialmente cuando caía la tarde de cualquier verano, convocados a menudo por el campeonato que organizaba a sociedad. Dividido en primera y segunda categoría, el torneo trasladaba la atención de los socios a cuanto sucedía en aquel territorio que limitaba al sur con el frontón ‘de mujeres’, al norte con el bar, con un pintoresco emparrado al final del ancho y el frontis paralelo a la piscina &#8216;mixta&#8217;. Porque aquel era aún el tiempo en que las piscinas y hasta los frontones tenían sexo. El &#8216;de hombres&#8217; tenía incluso arrendatarios: bastaba con apuntarse en la pizarra que alguien custodiaba en el vestuario para que durante una hora el disfrute del frontón se concediese a éste o a aquel agraciado, suceso que acostumbraba a marginar a los aficionados más jóvenes, en beneficio de sexagenarios pelotaris -recuerdo hoy a un tal Cundín- que copaban toda la pizarra -y con ella, el frontón- desde temprana hora.</p>
<p>Afortunadamente, no era, sin embargo, la única posibilidad con que contaba la chiquillería de entonces. También se encontraba a su disposición el frontón ‘de mujeres’, escenariomonopolizado en horario matutino por un rosario de pintorescas aficionadas, una suerte de Lily Alvarez de la pelota a pala. En horario vespertino, el mismo frontón se rendía al &#8216;primi&#8217;, colectivista juego que entusiasmaba a los más pequeños y fomentaba la unión entre sexos que esa curiosa división de frontones y piscinas negaba.</p>
<p>Existía aún otra opción. Se trataba de acceder al frontón &#8216;de hombres&#8217; en las desdichadas horas que seguían a la comida. Era entonces un recinto inhóspito, abatido por un sol inclemente, donde nadie osaba asomarse pala en ristre. Quien se arriesgara a una insolación tenía en aquellas horas el refugio perfecto para golpear mil veces la pelota contra el frontis sin que nadie le molestara. Aquella era la hora de <strong>Juan Pablo y Daniel</strong>. Aliados con algún otro infeliz explorador, los hermanos<strong> García Jiménez</strong> disfrutaban de la exclusiva del frontón. Pronto comprobamos que en la cancha se comportaban igual que fuera: Juan Pablo, pelotari silente y sutil, andaba por el frontón con la misma naturalidad que su hermano Daniel, más explosivo y temperamental. Una característica les unía: cuando creíamos que aquel era un deporte de mancos, los hermanos nos recordaron que se puede golpear la pelota indistintamente con la diestra y la siniestra. Por el contrario, los ídolos de aquel tiempo apenas acertaban a empalar con su mano buena y hasta había quien incorporaba desde el tenis la funesta costumbre de golpear al revés.</p>
<p>No era el caso de nuestros Daniel y Juan Pablo. Cuando ni el oro olímpico ni la Copa del Rey ni los Campeonatos del Mundo podían siquiera asomarse a su imaginación, ya se ejercitaban en el noble oficio de enviar pelotazos al rebote con ambas manos. Como decía Daniel, “lo bueno de la pelota es que siempre tendrás los dos brazos igual de fuertes”. Juan Pablo añadía a su capacidad como pelotari un aplaudido virtuosismo para recuperar las pelotas que morían en la red de rejilla que coronaba el frontón. Los García Jiménez coincidían también en su habilidad para aprovechar cada momento en que quedase vacante el frontón y colocarse allá con sus palas. Cualquier excusa era válida: desde el intervalo que mediaba entre el arriendo de frontón de hora en hora, hasta esos minutos que los pelotaris perdían en prepararse o los ratos en que, con la pelota calada, los jugadores marchaban de excursión en su búsqueda. Daniel y Juan Pablo, que rondaban por el frontón pala al hombro, avanzaban en su aprendizaje en esos momentos de vacío pelotazale que llevaban al paroxismo cuando veían que el recinto se adjudicaba a lamentables pelotaris, incapaces de enviar la pelota más allá del cuadro cinco. En estas ocasiones, los hermanos se apoderaban del rebote y jugaban allí seguros de que los verdaderos ocupantes del frontón nunca les molestarían. Al revés, a los arrendatarios sí les molestaba esta insolencia adolescente, pero todos sus argumentos para mover de su territorio a los dos mozos se estrellaban contra la certeza de que el frontón, en justicia, debía ser para el mejor. Y los mejores eran Daniel y Juan Pablo.</p>
<p>Porque todos los que nos protegíamos del sol bajo el emparrado, junto al ancho, sabíamos ya -quizá lo supimos siempre- que asistíamos a la forja de dos campeones. Aunque los ídolos de entonces fuesen Pitín con su muñeca prodigiosa, Jorcano -que vivía a media pensión en el rebote- Sacristán y su ’meyba&#8221; color salmón o el propio padre de las criaturas, Daniel García Villanueva, que entendía el frontón como una continuación de la medicina. Aunque el ídolo de entonces fuese el gran Quemada, todos nos empezamos a rendir a la evidencia en cuanto a los pequeños hermanos, tras algún exitoso coqueteo con el tenis vía materna, se hicieron fuertes en el frontón. Con aquellas pelotitas negras -las de punto rojo eran las mejores- y aquellas palas hoy pasadas de moda, Daniel y Juan Pablo galvanizaron la pelota en Cantabria en un curioso proceso de retroalimentación: mientras ellos creaban afición, la afición creaba dos campeones de quienes enorgullecerse.</p>
<p>Por eso no olvidamos que en aquel destartalado frontón que, incluso tenía sexo, nació una pareja para la gloria. Y tampoco olvidamos que buena parte de la culpa la tuvo Emiliano, el dueño del bar.</p>
<p>P.D. Sobre Cantabria y sus piscinas escribieron al alimón <strong>Bernardo Sánchez</strong> y <strong>José Ignacio Foronda</strong> en un libro titulado <strong>‘La ciudad en el ombligo’</strong>. (Logroño, 2004). Es un volumen editado por <strong>Pepitas de Calabaza</strong> que os recomiendo. Creo que su artículo llevaba el hermoso título de <strong>‘Sociedad recreativa’</strong>.</p>
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		<title>Bares de hotel</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Dec 2012 08:50:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gran-hotel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-34" title="Publicidad del Gran Hotel de Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gran-hotel.jpg" alt="Publicidad del Gran Hotel de Logroño" width="450" height="312" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gran-hotel.jpg 450w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gran-hotel-300x208.jpg 300w" sizes="(max-width: 450px) 100vw, 450px" /></a></p>
<p>En el <strong>mapa de bares</strong> que hemos podido cartografiar durante toda nuestra vida de consumidores de distintas clases de refrescos, tragos e infusiones, figura un tipo único, de encanto singular: el <strong>bar de hotel</strong>. Puesto que este blog de momento no tiene pensado salir de casa (aunque todo se andará), mencionaré solo de pasada algunos de los que recuerdo más vivamente del resto de <strong>España</strong>, que pueden ser compartidos por unos cuantos: la rotonda del madrileño <strong>Palace</strong>, repleta de atractivo fin de siglo; los salones del <strong>Reconquista</strong> ovetense, donde el tiempo permanece dormido; la terraza del <strong>Real de Santander</strong>, porque tomarse una copa equivale a saborear la mar océana… Vaya, me ha salido una lista bastante pija, pero en fin. Añada el lector cuantos ejemplos quiera de sus viajes que (como el Capitán Tan) haya hecho a lo largo y ancho de este mundo (incluido el espectacular y vecin<strong>o Los Agustinos de Haro</strong>), pero yo me quedo en Logroño.</p>
<p>Y me quedo con una conclusión: los bares de hotel no tienen demasiada suerte entre nosotros. A mí me gustaba ir al del <strong>NH Herencia Rioja</strong>, porque gozaba de eso que tampoco es tan habitual en otras barras: un servicio más esmerado que el común. Dejé de ir porque sentía que la cuenta también se esmeraba en parecida proporción. De alguno he tenido que huir por las mismas razones que atropellan nuestros sentidos (y el buen gusto) en otros locales: la televisión a todo volumen que nadie atiende, las charlas a gritos (a la riojana, vaya) y el resto de ruido ambiente que forman esa sinfonía tan conocida entre nosotros llamada contaminación acústica. Lo cual era precisamente lo que uno no encontraba en los bares de hotel, de suyo presididos por cierto amor por la armonía: las horas pasando más despacio, mobiliario con cierta vocación de confort más allá de lo habitual, la promesa de una clientela más cosmopolita (cosmopolita por Logroño solía ser incluso un señor de Burgos)&#8230;</p>
<p>Así ocurría antaño en los salones del desaparecido y (al menos por mí) muy llorado<strong> Gran Hotel</strong>, una de esas pérdidas irreparables para la fisonomía urbana de nuestra ciudad, que carecía de barra propiamente dicha pero que compensaba esta ausencia con una opción doble: bien la de echarle jeta y que te sirvieran algo en sus inmarcesibles salones, bien la posibilidad de saltar apenas unos metros y presentarte en el vecino <strong>Las Cañas</strong>, otro bar difunto que merecerá una entrada en este blog cualquier día de éstos. De hecho, para muchos de nosotros Las Cañas ejerció a menudo como el auténtico bar del Gran Hotel, cuya clientela también lo sentía así mientras se acomodaba en los veladores con vistas al <strong>Espolón</strong> o se acodaba a al pie de la barra que con tanto arte manejaron los <strong>Remón</strong>.</p>
<p>Ese hueco en el imaginario logroñés que ocupó el Gran Hotel me parece que lo defiende ahora el <strong>Carlton</strong> desde su atalaya en la <strong>Gran Vía.</strong> Porque se aloja en un espacio igualmente céntrico, porque va siendo ya mayor y por lo tanto venerable, porque se mantiene fiel a esa idea de hotel de toda la vida… Y el bar tiene su punto. Coqueto, recogido, con estupendas vistas a la calle y un cuerpo de camareros atento y servicial. Su mayor interés reside para mí a eso del mediodía, cuando un grupo de seniors logroñeses se reúne allí para el aperitivo o el cafelito tardío y, la verdad, da gusto verlos. Todavía activos, aún inquietos, con un aire juvenil a pesar de los achaques, alguna vez me ha parecido que jugaban a los chinos, entrañable pasatiempo desaparecido que sin embargo fue el método clásico años ha para ver quién pagaba la ronda. Son los Pumpido, Alloza y compañía, testimonio del Logroño de siempre, como la atmósfera que se respira en las estancias del hotel. Un sabor de otra época.</p>
<p>P.D.<br />
Acabo esta entrada con un recuerdo emocionado (ahora que viven días sombríos) para todos los bares de <strong>paradores</strong>, hermosos rincones que he frecuentado con gran gozo. Los de <strong>Santo Domingo</strong> y <strong>Calahorra</strong>, por supuesto, pero también sus hermanos: la llamativa galería del parador de Sos, los solemnes espacios de los de <strong>Segovia</strong> o <strong>Sigüenza</strong>, el recoleto patio del de <strong>Mérida</strong>, el enigmático ambigú del de <strong>León</strong> y, sobre todo, el maravilloso <strong>Parador de Cádiz</strong>, cuyo barra se asoma a la bahía y mirando al mar se queda un poco como su clientela: colgada.</p>
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