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	<title>Logroño en sus baresBlanco y Negro &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Blanco y Negro, clásico entre los clásicos</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Oct 2019 15:42:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Una mañana dominical de mi (ay) lejana mocedad ingresé a una inhóspita hora en <strong>Laurel</strong> por la encantadora cuestecilla que une la calle con <strong>Bretón de los Herreros</strong>. El solitario paisaje invitaba a darse la vuelta y husmear por otros territorios (el Tontódromo, por ejemplo) pero de repente a mi espalda un ruidito confirmó la presencia humana en uno de sus bares icónicos: el <strong>Blanco y Negro</strong>. Miré hacia su interior y no vi a nadie, aunque una luz encendida al fondo atestiguaba que, en efecto, alguna esperanza de vida anidaba más allá de la barra. Di una voz y otra me contestó: unos segundos después, de entre las tinieblas emergía la figura de su todopoderoso guardián, un caballero llamado <strong>Julián</strong>. Así se presentó luego de confirmar que aunque no lo pareciera el bar estaba cerrado. Pero que en atención a mi presencia y la de mis acompañantes nos atendería si no dábamos mucho la lata. Es decir, si nos limitábamos a un sucinto refrigerio. Como resulta que nos encogimos de hombros porque no sabíamos muy bien si queríamos o no queríamos seguir en aquel bar semiopaco (las indecisiones propias de aquella remota juventud), el propio Julián despejó las incertidumbres. Allegó <strong>unos porroncitos y unos platillos con anchoas</strong>. Jugosos los unos, suculentas las otras.</p>
<p>Así transcurrió aquella mañana en el Blanco y Negro que sigo sin olvidar pese a que han llovido desde entonces unos cuantos porroncillos, utensilios ahora en retroceso a mayor gloria de la corrección burocrática que los margina. Esa mañana, nuestro hombre siguió acercándonos a fenomenal ritmo unos cuantos platillos de anchoas, sin solucionar en ningún momento la duda central: si nos estaba invitando porque se había compadecido de aquellos mozalbetes seguramente sin un duro (acertaba) o si por el contrario había decidido abrir el bar sobre la marcha y ya éramos para él unos clientes más. La duda se fue engordando a medida que iban cayendo los porrones y las anchoas, porque Julián los ofrecía sin haberlos pedido, presumiendo de las sabrosas viandas que preparaba en la cocinilla. Cuando ya nos íbamos a marchar, tímidamente le preguntamos eso de qué se debe. Entonces fue Julián quién pareció dudar: “Que qué os cobro, que qué os cobro&#8230; Pero qué os puedo cobrar. Si he pasado una mañana estupenda con vosotros”. Pronto acertó sin embargo con la solución al enigma: nos pidió una cantidad de dinero que estaba muy por encima de nuestras posibilidades y exigía <strong>una derrama coral</strong> por el método de retorcer los bolsillos en busca de alguna peseta olvidada que nos permitiera abonar la minuta. Cosa que hicimos, no sin esfuerzo. No recuerdo si nos fuimos más molestos que asombrados de su desparpajo. Tal vez las dos cosas.</p>
<p>De aquella anécdota ocurrida en el pleistoceno guardé durante algún tiempo un sabor amargo. Que duró poco. Luego caí unas cuantas veces más en la jurisdicción del amigo Julián, porque me parecía en realidad un auténtico mago de la calle Laurel. Que proveía por cierto a su clientela de aquellas riquísimas anchoas, de un sabor como no he vuelto a catar. Y porque le cogí algún afecto y porque además el Blanco y Negro poseía un encanto singular. No sólo porque Julián te reconocía desde que pisabas sus baldosas y te acercaba el porrón sin haberlo pedido siquiera (luego te lo seguía cobrando, por supuesto, como aquella primera vez), sino porque el espacio donde ejercía de comandante en jefe estaba dotado de un atractivo difícil de identificar pero genuino. Con el paso del tiempo, me acostumbré a dejarme caer por el Blanco y Negro por otras dos razones: sus bocatitas de (por supuesto) anchoas (con pimiento verde) y las fotos que decoraban el friso que recorría la barra, obra del gran (y llorado) <strong>Emilio García</strong>, quien brindó sus servicios en el desaparecido El Correo y prestó a los dueños del bar algunas de las mejores imágenes que nadie tomó nunca de<strong> los años gloriosos del Logroñés.</strong></p>
<p>Si vuelvo ahora sobre aquellos pasos iniciales en los dominios de Julián y sus herederos es porque mientras me entretenía con una entrada reciente a propósito del <strong>Achuri</strong>, caí en la cuenta (gracias al propio Juan Carlos) de que el Blanco y Negro es con seguridad el bar más antiguo de la calle. Según el patrón del Achuri, porque en su momento sería incluso posada, etapa que hunde sus raíces siglos atrás. De aquel negocio inicial poco se sabe. Más fresca se conserva en la memoria popular la larga y fecunda estancia de Julián, quien pasó más tarde el testigo a quienes ahora dirigen el local, allá en los años 80, con <strong>María Ángeles Mendoza</strong> al frente, depositaria de un maravilloso legado que defiende con la reconocida solvencia que distingue históricamente al bar y que se remonta a unas cuantas décadas anteriores. Incluso hay algún veterano feligrés que recuerda al Blanco y Negro como tal, hace casi un siglo, clásico entre los clásicos de la calle Laurel. Con una precisión, como apuntan desde el propio bar: que en realidad se ubica en la calle Bretón, a cuyo inmueble número 48 pertenece el local que lo acoge.</p>
<p>Lo cual confirma que, en efecto, se trata del negocio es el más antiguo de la calle y evoca inevitablemente esos años en que la oferta de anchoas en su barra era abrumadora, los años de aquella epifanía con porrón incluido. Luego, los hábitos del público fueron cambiando. El domingo era por aquella época el día estelar de la semana, nada que ver por lo tanto con los actuales tiempos y costumbres. De modo que las bandejas de anchoas fueron desapareciendo en beneficio de otro bocado singular, jugosísimo. El llamado &#8216;<strong>matrimonio</strong>&#8216;, ese delicado bocadillo que funde el sabor del pimiento con el aroma de la anchoa (ella, otra vez) y que se sirve por cientos “y hasta por miles”, como subrayan por el Blanco y Negro. Desde donde también miran hacia atrás para recordar que la Travesía como tal nació hará cosa de un siglo, según la documentación que puede consultarse en el archivo municipal, gracias al derribo de un edificio que permitió el actual acceso a la calle Laurel desde Bretón por ese castizo pasadizo. Pero también el Blanco y Negro otea el futuro, un brillante porvenir que resume en esta frase: “Trabajamos para que la gente siga pensando en nosotros cuando viene a la Laurel”.</p>
<p>P. D. El Blanco y Negro, como se acaba de precisar, se aloja no tanto en la propia calle Laurel como en el edificio de Bretón de los Herreros que hace esquina con la Travesía. Es una de tantas singularidades que distinguen a la calle, que en realidad (como alguna vez se ha citado) es una y trina: la Laurel en sí y sus dos afluentes, <strong>Albornoz</strong> y la citada Travesía. Incluso, siendo generosos, podemos incorporar a este itinerario así llamado (la Laurel) la calle San Agustín, dotada sin embargo de su propia fisonomía y personalidad.</p>
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		<title>Bar Achuri, patriarca de Laurel</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Sep 2019 09:02:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Tertulia tontorrona típica de verano, mi favorita. Prende entre quienes participamos en ella una duda: qué bar de la calle Laurel es el más antiguo. Titubeos, incertidumbre, división de opiniones… Acude en nuestro auxilio <strong>el maestro Eduardo Gómez</strong>, a quien consultamos por teléfono para que arroje alguna luz. Lo cual hace gustoso, previa advertencia: en realidad, <strong>la calle Laurel</strong> tal y como ahora la conocemos es un invento reciente en términos históricos. En su mocedad, recuerda nuestro perito en bares, él la recorría de arriba a abajo, incluyendo los dos afluentes (<strong>Albornoz, la Travesía</strong>) porque vivía justo al lado y porque era una calle donde había bares, en efecto, pero también tiendas de toda índole, que exigían una visita para cualquier recado: Laurel era una calle comercial, una más del viejo Logroño. Como lo era<strong> su gemela la San Juan,</strong> donde su vertiente mesocrática tardó más en desaparecer. Y todavía resiste, más o menos.</p>
<p>Así que Eduardo hace memoria y concluye que con alguna seguridad el bar más veterano de la calle Laurel será… el <strong>Achuri</strong>. O el <strong>Blanco y Negro</strong> tal vez… Pero no: el Achuri, el Achuri, dictamina. El patriarca de la calle Laurel, el bar que lleva más tiempo en las manos de la misma familia que lo fundó. Con cuya puerta se tropezaba cuando era un chiquillo y ahí sigue, a disposición de los interesados en mantenerse fieles a la Laurel de toda la vida, antes de que se viera invadida por los bares de tipologías más recientes. No es el caso del legendario Achuri, donde también perpetramos nuestras propias incursiones de chavales como hiciera Gómez unos cuantos años antes, y donde nos recibía su patrón, elegante como un galán de cine de los años 50. Una especie de José Suárez parapetado tras una barra donde hizo célebres ciertas golosinas.</p>
<p>Las setas, por ejemplo. <strong>Juanjo</strong>, que así se llamaba el comandante en jefe del Achuri, era aficionado a la micología y se notaba en la presencia de unos cuantos misteriosos hongos durante la temporada de recolección. Misteriosos porque su nomenclatura (había una setas llamadas pardillas, por ejemplo) representaban un enigma para quienes sólo distinguíamos un champiñón de una seta de chopo y ahí se acababa nuestra destreza. Misteriosos también por su apariencia, que se apartaba de lo trillado en esta rama de la gastronomía: una de aquellas setas, por ejemplo, tenía aspecto de lengua de vaca y resulta que así se llamaba por cierto, para felicidad de los incondicionales del Achuri, que encontraban en su barra esos manjares raros de ver entonces por Logroño, despachados desde los fogones con mano maestra por la jefa de la casa, <strong>Alicia</strong>.</p>
<p>A quien por cierto se recordará como la hechicera de otro guiso singular que la memoria logroñesa asociará siempre con su bar: la asadurilla. La asadurilla del Achuri, que servía perfecta de punto y de sabor. Un plato de otra época, hoy también muy extraño de encontrar. Allí era el rey, como se recuerda desde alguno de los paneles distribuidos por sus paredes donde reina ahora el heredero de la saga, Juan Carlos, quien confirma que sí. Que el Achuri se puede considerar como el patriarca de la calle, como atestiguan sus 80 años de vida, repartidos entre<strong> las tres ramas del árbol genealógico</strong> (su abuelo, su padre Juanjo, fallecido hace un año, y ahora él mismo) y dotados de esa rareza mencionada que hace más singular su supervivencia: siempre ha estado en las manos de la misma familia. Ningún otro bar de la Laurel, incluyendo los que podrían competir en veteranía, pueden proclamar otro tanto.</p>
<p>Y añada el improbable lector otro atributo singular. Tampoco se ha alterado su fisonomía con el paso del tiempo. El Achuri permanece tal cual (más o menos, con las lógicas adaptaciones) que como lo conocimos en nuestras juveniles andanzas por la calle Laurel. Lo cual reconforta. Porque, para quien tenga la costumbre de ir de rondas, representa un puerto donde atracar seguro. Servicio eficaz y profesional, ricas creaciones de la cocina riojana tentando desde la barra, una carta de vinos que ha ido mejorando mientras transcurrían los años y, sobre todo, la foto. La foto del otro gran Achuri, el futbolista. Que nos saludaba de chavales desde uno de los muros del bar y hoy también reclama nuestra atención. <strong>Astro del Real Oviedo</strong>, entre otros equipos, donde se convirtió en mito como subraya su sobrino: “Cuando viene gente de Oviedo por aquí, sobre todo si son mayores, se quedan alucinados viendo la foto, porque se acuerdan mucho de él”.</p>
<p>Como cualquiera. Sus viejos clientes tampoco la olvidan. Esa foto en blanco y negro encierra bastante más que un homenaje póstumo a la estrella de fútbol que fue aquel Achuri. Es también un tributo a nuestros buenos tiempos. Los tiempos de La Simpatía, el Buenos Aires y otros cuantos bares que se mantenían leales con su pasado y evitaban transformarse en lo que no eran. Esa fidelidad a sus raíces explica probablemente el éxito del Achuri: 80 años de vida siendo más o menos el mismo bar. <strong>El mismo bar de todos los veranos</strong>, coartada para una de esas estupendas tertulias tontorronas que no llegan a ninguna parte. Salvo para concluir que, en efecto, pasan los años. Claro que pasan. Pero no evitan que cuando volvamos a entrar cualquier tarde en la Laurel, el Achuri esté ahí.</p>
<p>P. D. El amigo <strong>Mere</strong> aporta su propia cuota histórica a la pregunta que encabezaba estas líneas: cuál es el bar más antiguo de la Laurel. Puede que el Taza, apunta. Puede, claro. Pero resulta que el Taza desapareció. En su lugar anida desde hace algunos años otro bar, en efecto, pero no es el Taza. El mérito del Achuri reside en lo antedicho: en ser el más longevo de la calle manteniendo la encarnación original. Aunque se malician los logroñeses más veteranos, y el propio Juan Carlos desde la barra del Achuri, que el más antiguo debe ser el Blanco y Negro. Desde donde responden que en efecto les distingue ese honor, aunque haya cambiado de rumbo unas cuantas veces. Lo cual le hace merecedor de unas líneas para cualquiera de las semanas venideras.</p>
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		<title>Los bares añorados</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Nov 2016 08:52:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hace un tiempo, un corresponsal de este blog me hizo llegar por correo el dibujo que decora estas líneas. Me enterneció: por ahí, por esa cuadrícula de <strong>bares</strong> <strong>logroñeses</strong> que festonean la <strong>calle</strong> <strong>Laurel</strong> <strong>y alrededores</strong>, debía andar yo en la lejana fecha en que el autor del croquis lo pintó, negro sobre blanco. Corría el año de 1984 y uno acababa de volver de la mili, con prisa por recuperar el tiempo perdido huérfano de sus barras predilectas. Como ahora compruebo, mientras tanto (en paralelo, sin yo saberlo), un paisano y compañero de quinta, Néstor Santo Tomás, se entretenía durante sus rondas por levantar este mapa que me sabe ahora a nostalgia, desde luego, pero también a vino negruzco servido en vasos, a los ajos del Florida y a la magia y la poesía depositadas en algunos locales que ya perecieron (ah, <strong>La</strong> <strong>Simpatía</strong>; ah, el <strong>Bambi</strong>) o en los que mudaron su piel. Y ya no: ya no son iguales.</p>
<p>Pero el dibujito también me despierta una emoción más profunda. Me desata el cariño. Hacia <strong>el Logroño que fue</strong>, hacia lo que nosotros fuimos. Así que mientras absuelvo a todos, a la ciudad y a las distintas generaciones que la han poblado, de nuestros innumerables pecados, pongo a funcionar la moviola e indago si el resto de improbables lectores de este blog comparten sentimientos semejantes. El primero que dispara es el propio Néstor, desde <strong>Zaragoza</strong>, adonde le llevó la vida. “Tenía más de veinte años y para entonces mi cuadrilla y yo conocíamos la mayoría de los establecimientos de primera mano”, recuerda. Y añade: “Y digo la mayoría dado que éramos parroquianos exigentes y vetábamos un bar a la primera ocasión que nos daban una mala contestación o habían subido el precio del vino. Éramos bastante gente y nos creíamos un lobby peligrosísimo teniendo en cuenta que salíamos todos los días, incluso en invierno”.</p>
<p>Néstor cree que el origen del dibujo “no era en principio otro que el de reproducir la ronda larga, la que hacíamos los fines de semana, comenzando en la actual arrocería que hay en <strong>San</strong> <strong>Agustín</strong> para enfilar luego la <strong>Mayor</strong>, la plaza de <strong>Martínez</strong> <strong>Zaporta</strong> donde el <strong>Moderno</strong> y  llegar a la <strong>Travesía</strong> <strong>del</strong> <strong>Laurel</strong>”. “Menudos ciegos”, confirma. “Está claro que en el dibujo no represento la gastronomía riojana, ni el gusto por el paseo y la conversación y el contraste de pareceres. No. Son tres personajes con un pedal nada agresivo, cierto, pero un pedal más que regular. Todo políticamente incorrecto. Aunque el estilo del dibujo recuerde a <strong>Max</strong>, el dibujante de <strong>El</strong> <strong>Víbora</strong> autor de <strong>Peter</strong> <strong>Punk</strong>, mi mayor inspiración era <strong>Azagra</strong> y sus personajes <strong>Pedro</strong> <strong>Piko</strong> y <strong>Piko</strong> <strong>Vena</strong>. Apología de fiesta sí y lucha también. Un skin y un punkarra aficionados a los tanques de cerveza”.</p>
<p>El amigo Néstor ha cogido carrerilla y sigue revisando su memoria logroñesa y noctívaga.  “Entonces la afición alcohólica la encauzábamos por el vino. El corto de cerveza era más caro y se ponía el doble de fondo si tenías idea de acabar con la tripa llena de gas sin apenas colocarte. Lo cierto, ahora que no nos oye nadie, es que en los <strong>años 80</strong> no había turismo enológico ni nada que se le pareciese y la calidad del vino dejaba bastante que desear”. “Eso sí, era barato”, reconoce. Y entre trago y trago de melancolía, conclusión: Me sigue gustando nuestro Laurel a pesar de los turistas y solteros de despedida. Me encanta que el vino sea tan bueno a pesar de lo caro que se ha puesto  y también me alegra el auge de la calle San Agustín. En general me encanta el cambio que se ha operado en Logroño. Los que vivimos fuera lo apreciamos mejor, créeme. Tenéis, tenemos, una gran ciudad”.</p>
<p>Despedimos a Néstor con un agradecido saludo para afrontar la segunda oleada nostálgica. Desde <strong>Milán</strong> donde reside, <strong>Cristina</strong> <strong>Garay</strong> lanza sus dados: su trío de bares más añorados, los imprescindibles en cada visita a su casa logroñesa está formado por Picasso, Tívoli y Blanco y Negro. Un terceto perfumado por un baño de melancolía, porque para sus andanzas de bar en bar reclama un componente adicional: los aromas que llegan desde la cercana plaza de Abastos, el olor a pimentón y otras delicias logroñesas&#8230;</p>
<p>Oído, cocina. De dama en dama, nuestra improvisada encuesta recala en <strong>Madrid</strong>, donde mora la encantadora <strong>Clara Isabel Francia</strong>, princesa de la televisión y maestra de periodistas. Quien contesta lo que sigue:  “Conste que mi añoranza me lleva a la noche de los tiempos&#8230; Nunca olvidaré el Danubio ni el Pachuca. Y un tugurio estupendo del entorno de La Senda, especializado en anchoas preparadas de todas las maneras posibles. No sé si sigue existiendo. Tengo que buscarlo en mi próxima visita a Logroño&#8221;. A lo que servidor responde lo que cualquiera hubiera respondido: &#8220;Existe y se sigue llamando como siempre: Blanco y Negro&#8221;.</p>
<p>Vamos concluyendo. Desde Zaragoza, el conspicuo <strong>Jorge</strong> <strong>Gascón</strong> repasa mentalmente sus preferencias en esta materia, salivea fantaseando con su próxima visita para aprovisionarse de las queridas guindillas picantes y suelta sus tres favoritos: Sebas, El Soldado de Tudelilla y La Guarida. Y añade un icono menos conocido: la tortilla de patata del San Mateo en la avenida de la Paz.</p>
<p>De donde se deduce que en materia de bares y añoranzas, el lector improbable detectará que triunfa <strong>lo</strong> <strong>tradicional</strong>. Las barras de siempre, tan adictivas. Les ayuda su carácter longevo: han tenido más posibilidades de acoger entre sus muros a los encuestados y resto de la tropa logroñesa. Sobre todo, si la mentada tropa peina canas. Sobre todo, si alguna vez deambuló (hermoso verbo) por las venas y arterias que dibujó allá en el Pleistoceno Néstor Santo Tomás, desatando con el paso del tiempo una elevada dosis de añoranza por unos bares pasados que ya no volverán. Los bares más añorados.</p>
<p>P.D. Este punto melancólico que preside estas líneas viene contaminado de origen: porque echando la vista atrás he comprobado que <strong>el blog cumple cuatro años</strong>. Cuatro grandes años, desbordantes de sorpresas, pródigos en satisfacción y de extraordinario impacto personal y profesional para quien esto escribe. Cuatro años de agradecimientos por tantos buenos ratos compartidos que por lo tanto sólo pueden resumirse en esa palabra que uno no se cansa de pronunciar: gracias. Y que nos sigamos viendo en los bares.</p>
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		<title>Tus bares favoritos</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Sep 2014 08:23:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/09/bares-favoritos.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-372" title="bares-favoritos" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/09/bares-favoritos.jpg" alt="" width="600" height="600" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/09/bares-favoritos.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/09/bares-favoritos-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/09/bares-favoritos-300x300.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>Iba yo a tomar un vino por la calle Laurel cuando… Cuando de repente, de cháchara con los amigos, surgió un animado debate: cuál es <strong>nuestro bar favorito de Logroño.</strong> Como es lógico y muy saludable, no nos pusimos de acuerdo en absoluto, pero en aquella discusión germinó la idea de convertir esa controversia en una entrada de este blog: cuál es el bar favorito… de mis seguidores de <strong>facebook</strong>. Así que lancé la idea a una decena de ellos y aquí resumo lo que me contestan. Mi idea es seguir haciendo la misma pregunta al resto de seguidores. A todos, muchas gracias. Y a quienes se sumen espontáneamente, también muy agradecido.</p>
<p>Allá vamos. El amigo<strong> José Luis Alonso</strong> nos cuenta lo siguiente:  “Para tomar unas cervezas un jueves o viernes me gusta El Dorado y el Route 66 por ambiente, música y variedad/calidad de cervezas. Si el plan es tomar unos vinos y pinchos me gustan sobre todo La Tavina y Torres también por calidad y oferta además de iniciativas”. Y se confiesa: “Vamos, supongo que no seré muy “.</p>
<p>A caballo entre Logroño y Zaragoza, aquí llega<strong> Jorge Gascón</strong>: “Yo, que soy un casta, no renuncio al Sebas y al Soldado de Tudelilla. Fueraparte, el Bretón; y para el copeteo, siguen estando La Luna, El Dorado y el Stereo”. Otra confesión: “Me estoy dando cuenta que cuando voy a Logroño sólo voy de bares”. Y coda final: “Me sigue gustando ir a bares en los que conoces el nombre de pila del camarero”.</p>
<p>Con todos ustedes, la gran <strong>Noemí Iruzubieta</strong>: “De Logrono, el Single Rock y La Fama en la plaza del Mercado. De la Mayor el Menhir, el Iturza y la Jala. Para tomar algo a cualquier hora el Fax”. ¿Su favorito? “El Malabar, en Portales”.</p>
<p>Ahora, veamos qué opina el colega <strong>Rubén Vinagre</strong>: “Berlín en Bretón de los Herreros (Impagable la tortilla con bollo de las mañanas entre semana. Para las 12 ha volado. Buen precio y mejor conversación); Pasapoga, frente Escuela de Artes (renovado pero con el espíritu Logroño de Toda la Vida LTV); y La Tavina (pinchos singulares y vino en condiciones)”.</p>
<p><strong>Julia Baigorri</strong> ofrece un completo surtido de sus preferencias, por zonas geográficas y usos horarios: “Extrarradio: El embarcadero, en verano. Te sientas en la barandilla mirando al río al atardecer y se está de maravilla. No sé si ha sido cosa de suerte pero no he tenido problema con los mosquitos. En la Laurel, Taberna del tío Blas y su barra increíble y el Blanco y Negro con su bocatita de bacalao. Alternativos, que se dice ahora, La Retro: las chicas encantadoras y se está como en el salón de tu casa. Para el café de media mañana se estaba muy a gusto en el Millenium, pero tiene toda la pinta de que han cerrado; en invierno se está de gloria &#8216;cara al sol&#8217; (con perdón) en La Mercedes y los que más frecuento, por cercanía, son Rocío y As de Copas”.</p>
<p>Logroñés trasterrado, desde Madrid se pronuncia <strong>Guillermo Sáez</strong> en estos términos: 1) El Perchas: Cada vez que vuelvo a Logroño compruebo que el tsunami de donostización de la calle Laurel se ha tragado algún bar más. Por eso me reconforta tanto saber que se mantienen en pie sitios como el Perchas, donde solo hay un pincho (y maravilloso), banderines de fútbol de los años setenta y la radio cuelga de una cuerda en la pared. El día del Apocalipsis, me refugiaré en este bar incunable abrazado a una montaña de orejas rebozadas. 2) Maldeamores: soy de los que priorizan la música por encima de cualquier otro activo en un bar. Extinguido el ilustre Bossa Nova, el Menhir y el Maldeamores cogieron el testigo para respiro del puñado de raros que usamos más los oídos que los ojos en la jungla nocturna. Y además, tiene al mando a un fenómeno como Rafa, garante de larga vida a Los Planetas en Logroño”.</p>
<p><strong>Paco Pérez Abad</strong>, andarín, bloguero y parroquiano ilustre de Logroño, nos deja este recado: “Mis bares favoritos son el Morry, de la calle Galicia, y el Berlín, de Bretón de los Herreros. El Morry es nuestro centro de reunión de los amigos, buena cerveza, buena gente detrás de la barra, buena terraza&#8230; Un sitio muy agradable en definitiva. El Berlín: buen servicio, muy bien situado, hacen unos mojitos estupendos, ponen bien los gintonics, y la cerveza la sirven en vasos grandes a un buen precio. Citaré también el Villarreal, que a pesar de que son forofos del Real Madrid, en su terraza paso infinidad de tardes. Cerveza en copa de balón helada a buen precio, detalles del dueño con nosotros casi siempre, sitio muy agradable en pleno parque del Carmen”.</p>
<p>Y <strong>Cristina Garay</strong> me contesta así desde Italia, recientes aún sus andanzas logroñesas: “¿Mis bares favoritos de Logroño? ¡Tengo tantos! Pero una vuelta siempre me doy por el Baden y sus encantadoras navajas a la plancha, y por el Blanco y Negro con su ‘matrimonio’, aunque no me convezca demasiado el nombre…&#8221;</p>
<p>Turno para el compañero <strong>Toño del Río</strong>, quien nos cuenta lo que sigue: “En mi barrio, Mesón Alfonso, por sus extraordinarios morros a la brasa, su caña de cerveza (cremosa, no espumosa) y su respetuoso tratamiento al vino. Más lejos, Tastavin, una de las mejores barras de la ciudad y una carta de vinos sobresaliente.Y para tomar una copa, se marcha fuera de la capital hasta el Troika de Ezcaray, “tras cuya barra donde reina uno de los últimos grandes profesionales del ramo en la región”.</p>
<p>Y la décima aportación la firma la siempre gentil <strong>Vicky Pujades</strong>: “El Junco, de avenida de Portugal. Llevo más de 30 años yendo a ese bar que regentan Jesús (ahora un poco pachucho) y Chuchi. Empecé a frecuentarlo a mediados de los 80 con mis amigas, y ya cuando empecé a salir con Rubén, descubrí que su cuadrilla también era asidua. Todas las Nocheviejas desde hace 25 años (¡Madre mía, un cuarto de siglo!) es el lugar de reunión con todos los amigos antes de ir a cenar. Y siempre que salimos terminamos allí tomando una café, un zumo, un quemadillo, una copa… Y el Calderas de la Laurel es el otro. Lo descubrí hace escasamente dos años pero tiene unos bocatitas de calamares que quitan el ‘sentío´: será porque están hechos con harina de Cádiz…   Atienden tras la barra Conmar y su hija que se llama Macarena, aunque nosotros siempre decimos “Maca hija”, que es lo que su madre le dice: ¡Maca hija, dos de calamares!, ¡Maca hija, dos tintos!”.</p>
<p>P.D. Esta entrada es la primera de una serie que iré publicando de semana en semana, sin un ritmo fijo, incluyendo la propia lista del autor. Por cierto, que repasando la nómina de locales predilectos aquí recogidos, observo que no hay unanimidad, lo cual está muy bien. Y que sólo se repiten por duplicado los siguientes: <strong>Eldorado, Menhir, Berlín, Blanco y Negro</strong> y <strong>La Tavina</strong>.</p>
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		<title>Laurel se empina (Bares dedicados IV)</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Dec 2012 09:07:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-32" title="Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg" alt="Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez" width="600" height="450" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/bar-Soriano-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>El amigo <strong>Justo Rodríguez</strong> me envía esta foto del <strong>Soriano</strong> por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la <strong>Laurel</strong>. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en <strong>Diario LA RIOJA</strong> y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo que, aunque ha perdido vigencia en estos seis años (algún bar ha desaparecido, por ejemplo), ahora todavía se empina más. Ahí va.</p>
<p>Mi bar favorito de la calle Laurel es el <strong>Donosti</strong>. Le tengo un cariño que ha superado incluso las reformas contra él perpetradas, que acabaron por deteriorar su alma, de suyo tan castiza. En el Donosti vi el 12-1 de España a Malta, así que cada vez que oigo el gallo de José Ángel de la Casa cantando el gol de Señor lo asocio con su empinada barra, con su atmósfera muy familiar: el padre, <strong>Juanito</strong>, ejercía de capataz y su mujer dominaba la cocina, mientras los críos hacían los deberes en las mesas del fondo. El Donosti era un sorprendente bar cuesta arriba, que servía como metáfora de la calle donde se aloja: Laurel, la misma que sólo ciertos horteras o algún despistado osa denominar <strong>‘La senda’</strong>, apelativo que los indígenas detestamos.<br />
Ahora regreso al Donosti de nuevo reconfortado, porque una de las chicas del desaparecido Iruña ha tomado el relevo de los anteriores dueños, lo cual interpreto como un presagio, la intuición de que sigue valiendo la pena trepar por esta cuesta y destripar su secreto. Porque Laurel no es una calle, es una religión, la Iglesia laica de <strong>Logroño</strong>, con su colegio episcopal, su feligresía, sus sacristanes y hasta sus beatas. Con su propio misterio trinitario: Laurel es una y trina, porque en realidad hay otras dos calles (la <strong>Travesía</strong>, <strong>Albornoz</strong>) tributarias, una más si contamos el tramo inicial de <strong>San Agustín</strong>, allí donde tantas rondas desembocan.</p>
<p>Últimamente, noto la calle aún más cuesta arriba. He comprobado que eso de empinar (el codo) es contagioso, porque también se empinan las cajas registradoras, cuyos propietarios se valen de la debilidad que sus parroquianos sentimos por sus bares. Los fieles ni nos inmutamos ante la minuta ni ante el prodigioso efecto multiplicador que le sucede al vino cuando llega a esta calle: su valor se dispara en la misma proporción en que mengua la cantidad depositada en la copa.<br />
A mí me da lo mismo. Amo la calle Laurel y escalaré por ella aunque todavía se empine más. Disfruto viendo las manos de prestidigitador de <strong>Manolo</strong>, que parte tomates a velocidad endiablada mientras cuenta algún chiste en <strong>El Soldado</strong>. Adoro la bella voz de jotero con que <strong>Javi</strong> pide un cojonudo en<strong> La Simpatía</strong> y me hipnotiza el montacargas por donde la buena gente del <strong>Sebas</strong> arría su exquisita tortilla de patata. El <strong>Blanco y Negro</strong>, el <strong>Taza</strong>, el recuperado Donosti&#8230; Todos forman parte de mi corazón tan logroñés y a todos he vuelto tras algún exilio temporal en <strong>San Juan</strong> y la <strong>Mayor</strong>, cuando esta última calle aún no había sido tomada por las hordas adolescentes, cuando aún la reconocía como la de toda la vida. Así que seguiré sonriendo con las ocurrencias de Manolo, saboreando los calamares que preparan donde Javi y maravillándome con las referencias de Rioja que han ido coleccionando los herederos de Sebas. Soy un cliente fácil que sólo desea precisamente eso: que nos lo pongan algo más fácil.</p>
<p>P.D. El Soriano no se aloja estrictamente en la Laurel, pero ya advierto arriba que la calle es una especie de tres en una. El imaginario popular también denomina como Laurel a la calle Albornoz y a la Travesía, en cuyo número dos radica en realidad esta barra tan célebre, dedicada al monocultivo del pincho único que le da fama: ese <strong>champiñón</strong> cuyo misterio (dicen) está en la <strong>salsa</strong>, una fórmula tan secreta como la de la Coca Cola. Ese champi que yo sigo intentando tomar sin pringarme: en vano, lo confieso.</p>
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