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	<title>Logroño en sus baresBretón &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Nuestro hombre en la noche</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Jan 2020 17:00:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Algunos de los camareros a quienes este espacio ha ido haciendo algún hueco o contando sus vicisitudes han deambulado durante <strong>toda su vida profesional por multitud de barras</strong>, de lo más diverso. Casi ninguno tenía un hilo conductor, hasta que lo encontraba. Servían a su oficio aceptando lo que las cartas que la vida les daba, jugando con ellas hasta que llegaba ese día en que (por fin) acertaban con su sitio. Que solía ser el bar que llevaban soñando en sus cabezas durante largo tiempo, el que identificaban cuando se ponía a su alcance. Hasta entonces, picoteaban de aquí y de allá, sin una línea de cotinuidad. Más rara de ver me parece una trayectoria como la del protagonista de estas líneas, <strong>Rafa Bezares</strong>. Quien mientras repasa los hitos de su carrera al otro lado de muchas barras, cae en la cuenta de que en ella reside un denominador común: casi siempre trabajó de noche. Ese tramo horario intimidante del que la mayoría de los miembros de su profesión suele huir, donde él se inició y al que acabó volviendo. La noche logroñesa, a la que Rafa ha puesto su propia banda sonora.</p>
<p>Hagamos memoria. Porque aunque su cara le sonará al improbable lector defendiendo su actual pareja de locales (<strong>Maldeamores</strong>, Malde en la jerga logroñesa, y <strong>Menhir</strong>), Bezares en realidad puede presumir de una prolija vida profesional, que arrancó en 1994 en el recordado <strong>KDB</strong> de la calle Vitoria, que me tuvo entre sus fieles por cierto. Es decir, que acaba de cumplir sus bodas de plata en la profesión recopilando un largo arsenal de hazañas. Del KDB a otro icono local, el M-30, sin salirse como se ve de La Zona, y de ahí al pub ubicado en el sótano del bar<strong> El Muro,</strong> en la calle Laurel. Luego llegaron otros bares, también en la misma franja nocturna, siempre hasta entonces como camarero: por ejemplo, el <strong>Graff</strong> de la calle Fundición, pero entonces decidió compaginar esta actividad con la propia de los bares vespertinos. Fue cuando desembarcó en el <strong>Pasarena</strong> de Bretón, hasta que en el año 2000 decide fundar su propio bar, el también añorado <strong>El Viajero</strong>. Un negocio que puso en marcha con su socio, José Félix, hasta que lo traspasaron doce años después. Durante un tiempo, estuvo simultaneando El Viajero (y el horario de tarde) con su primer bar de la calle Mayor, el Menhir, que puso en marca con Óscar Torres y el propio José Félix. Y más aperturas: por esa época, sin salir de la <strong>Mayor</strong>, abre el <strong>Bossanova</strong>, aliado también con Óscar y con José Luis Pancorbo. La aventura duró apenas dos años. En el 2009 lo traspasan, tal vez porque Rafa acumulaba ya demasiada actividad: para ese año había puesto en marcha el <strong>Splass</strong>, en la misma calle, junto al Menhir. “Lo cerramos para acondicionarlo durante unos meses y en el 2008 lo abrimos, ya como Maldeamores”.</p>
<p>En paralelo a su carrera hostelera, Rafa se fue asomando al complejo mundo de la organización de conciertos y la programación cultural. Su mano puede verse en al menos ocho ediciones de <strong>Actual</strong> y en las cuatro que lleva el festival <strong>Muwi</strong>, hito del verano logroñés, pero es que en realidad Rafa se enorgullece de haber dotado de un timbre singular a los distintos negocios hosteleros donde ha servido. “Ese es el mundo donde mejor me muevo”, explica. “No podría entender un bar sin que hubiera una oferta cultural añadida”. Y pone como ejemplo no sólo recientes experiencias en su par de locales de la Mayor, sino el desaparecido <strong>Festival de Jazz</strong> de El Viajero, donde también programó sesiones de tango, o las funciones teatrales que vigorizaron durante años al Pasarena mientras él defendía su barra, con Chisco y Gerardo al frente tanto del bar como del Teatro de Bolsillo.</p>
<p>Con el paso del tiempo, Rafa ha acabado decantándose por <strong>el horario nocturno</strong>, volviendo sobres sus jóvenes pasos en aquel KDB. Es un tramo complicado del día pero que tiene su lado positivo: le permite dedicarle tiempo a su faceta como promotor, el tipo de trabajo donde se ve a sí mismo el día de mañana. En ese futuro que sospecha que le sorprenderá haciendo lo que ahora hace: al frente de su promotora y a los mandos de sus dos bares, iconos de la noche logroñesa. Sin que la música deje de sonar.</p>
<p>P. D. Rafa Bezares alimenta su pasión musical no sólo dirigiendo los platos de sus bares de la Mayor, sino pinchando también en locales de otros empresarios, como hiciera cuando empezaba en esa profesión militando en sus dos vertientes: al frente de la barra y pilotando su banda sonora. Donde se reconoce deudor de los estilos propios de los festivales que organiza, es decir, pensando en los grupos de la escena <strong>indie</strong> nacional, aunque sin despreciar otros estilos. El <strong>funk</strong>, por ejemplo. O el santoral de la <strong>música disco</strong>, donde encuentra los llenapistas del estilo al himno que cita como uno de sus tótems, el que nunca suele faltar cuando se pone a pinchar: esa locura llamada ‘I feel love’, de Donna Summer.</p>
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		<title>Muchos, muchos, muchos bares</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jan 2020 16:29:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>El periódico El País publicaba el 2 de enero una información que resultó ser la más leída por su audiencia ese día: la noticia de que <strong>el Ayuntamiento de Málaga impediría la apertura de nuevos bares en zonas de la ciudad</strong> que considera saturadas. El cuerpo de la información detallaba cuáles son las calles donde la convivencia entre el negocio hostelero y la tranquilidad vecinal se estaba venciendo por el primer lado, de manera que el municipio que preside <strong>Francisco de la Torre</strong> (casado por cierto con una logroñesa) cortó por lo sano. No habrá más bares en, por ejemplo, las céntricas calle Sánchez Pastor (doce locales en apenas 80 metros), Calderería (16 en 113 metros) o Ángel (seis bares en 43 metros). La moratoria afecta durante los próximos cinco años a un total de 103 calles del centro de Málaga, pero no parece a simple vista una medida caprichosa: surge como resultado de un minucioso análisis del nivel de decibelios en las zonas circundantes a todos esos bares, que desveló lo que cabe presuponer. Un exagerado ruido, ese molesto inquilino que suele llegar acompañado de otros peligrosos incordios: suciedad, inseguridad e incivismo.</p>
<p>Como de Málaga y sus bares tengo una opinión muy superficial aunque entusiasta (el <strong>Pimpi</strong> y poco más: la visión del turista), ignoro si el veto a nuevas aperturas, que llega acompañado de otras medidas tendentes a limitar las actividades en las calles afectadas por la moratoria (incluyendo las que organiza el propio Ayuntamiento) y a recortar de paso los horarios de cierre, tiene sentido, es exagerado o incluso se queda corto. Pero me llamó la atención porque deduje que se trata de un modelo de convivencia más bien meridional, ajeno a <strong>Logroño</strong> y otras poblaciones septentrionales: en <strong>Andalucía</strong> es propio hacer la vida en la calle, aprovechando las ventajas de sus amistosas temperaturas, y tal vez el ruido inherente a la ingesta de tragos y bocados sea superior al caso logroñés. Donde, sin embargo, va ganando peso esa misma costumbre: a despecho de que la temperatura exterior aconseje el trasiego <strong>dentro del bar de guardia</strong>, es cada vez más habitual la consumición llamada &#8216;outdoor&#8217;, en vez de la &#8216;indoor&#8217;. Sobre todo, cuando la protagoniza el gremio de fumadores.</p>
<p>De ahí, de esas cavilaciones, surgió una duda, camuflada en una serie de preguntas que me hice ese día y ahora pongo por escrito: qué posibilidades tendrá de prosperar una medida semejante en Logroño. Porque me llama la atención que en pleno corazón de la calle <strong>Laurel</strong> se albergue un mínimo de dos edificios destinados a uso residencial, cuyos inquilinos me aseguran que en nada notan que peligre el sosiego de sus hogares (bien que provisionales) por la presencia de las cuadrillas que colonizan esos metros de suelo público compartido. Puesto que Laurel y alrededores (incluyendo <strong>San Agustín</strong>, que dispone también de sus propios pisos turísticos) se han convertido en un escenario para el ocio casi en exclusiva del fin de semana, y puesto que además la ingesta de la clientela suele registrarse en el interior (en invierno, especialmente), esa idea malagueña tendría nulo sentido entre nosotros, me parece. Soy por lo demás partidario de no vetar la apertura de bar alguno: si cada portal de la calle Laurel, por seguir con el ejemplo canónico, cuenta con su propio bar y sus responsables se ganan la vida de ese modo, cumplen la reglamentación vigente y cuidan la convivencia con sus escasos vecinos, no entiendo a qué viene prohibir nuevas aperturas. Una prohibición que suele despertar ese tufillo que aborrezco, la típica conspiración gremial para que el conjunto del sector no se vea lesionado por el espíritu emprendedor de quienes decidan instalar sus negocios.</p>
<p>Mis dudas, sin embargo, resisten más allá de las calles propicias para las rondas castizas. ¿Opinarán lo mismo que yo los vecinos de <strong>Gil de Gárate</strong> o de <strong>Saturnino Ulargui</strong>? ¿Y los de <strong>Bretón</strong>? Porque conozco a algún audaz vecino de esta misma calle harto, comprensiblemente harto, del ruido permanente provocado no sólo por la clientela, sino por el estrepitoso arrastre de sillas y mesas (esas que ahora permanecen ancladas por la noche al árbol más cercano y antes de guardaba, silenciosamente por favor, en un local vecino). Y también conozco a algún empresario del sector, cuyo bar se ubica en esa misma calle, igual de harto porque la ordenanza municipal resulta a su juicio excesivamente celosa y garantista e impide que su negocio prospere, a diferencia de lo que sucede según me apunta en ciudades limítrofes, más permisivas, hacia donde parece emigrar ese tipo de turista de entre semana, congresual casi siempre, que encuentra más libertad para las copas nocturnas que la hallada en Logroño.</p>
<p>Y concluyo que, como siempre, en el centro justo debería radicar la virtud que permita un equilibrio entre la deseable convivencia. Como miembro de la parroquia habituada a ir de bares, seguro que en algo he contribuido a las molestias que semejante práctica provocan. Y pido disculpas retrospectivas. Pero como vecino que aspira al merecido descanso que en teoría aguarda cuando llegas a casa, me pongo en el lugar de quienes en nada simpatizan con las molestias propias de tener un bar (o unos cuantos bares) debajo de casa, o al lado, o monopolizando toda la calle. Y me solidarizo con ellos aunque la conclusión a que llego tras tantas cavilaciones es la de siempre, lo antedicho. Que por algún lado debe anidar el punto medio. Y que desde luego en el caso de Logroño ese no es el caso de la calle <strong>Portales</strong>.</p>
<p>P. D. La prensa también informaba en esos mismos días de la medida acordada por el alcalde de la localidad francesa de <strong>Rennes</strong> (bellísima, por cierto): vetar las estufas callejeras que los bares instalan en sus terrazas para allegar otra cuota de negocio en los duros meses de infierno, que en Centroeuropa suelen durar más que en España. Vi las primeras hace mil años en <strong>Bruselas</strong>, instaladas en los veladores que rodean su icónica Grand Place, y me llamaron la atención. Entre nosotros crecieron como setas (así les llama el ingenio popular, o también suegras: porque calientan la cabeza pero no los pies, como nuestras queridas mamás políticas) a consecuencia de la<strong> bendita ley antitabaco,</strong> que era algo así como el apocalipsis para la hostelería española que luego encontró sin embargo la manera de reinventarse con estas terrazas de invierno. Alega el alcalde de Rennes lo idiota de esta idea: nadie en su hogar se sale a la terraza con una estufa cuando el frío arrecia fuera. Y agrega que tiene bastante de pernicioso su consumo para quienes deben velar por el medio ambiente. Le doy la razón a Monsieur Hervé, aunque no tengo el gusto. Y le hago llegar otra justificación para prohibirlas o al menos para vetar la presencia de fumadores: no tiene sentido, a mi humilde juicio, tener que aguantar los malos humos del vecino en ese cobertizo cuando unos metros más allá, en el interior del bar, están prohibidos. ¿Terrazas exteriores? Voto a favor: sin humo y sin estufas.</p>
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		<title>La mejor curva de la calle Bretón</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Nov 2019 18:12:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/alvaro.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1432" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/alvaro.jpg" alt="" width="600" height="384" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/alvaro.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/alvaro-300x192.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La escena de bares de Logroño</strong> se ha nutrido desde que recuerdo de la personalidad magnética que caracteriza a algunos de sus protagonistas. Esos empresarios o aquellos camareros que conferían una identidad singular a sus locales hasta el punto de que ejercían con su clientela como si fueran <strong>flautistas de Hamelín</strong>: los parroquianos los seguían allí donde fueran. Son innumerables los casos de empleados de tal o cual bar que deciden un día ponerse por su cuenta y se convierten en el faro y brújula de quienes ya les habían distinguido con sus complacencias cuando no se habían convertido en dueños de sus destinos. Porque están dotados de una intuición superior para ese negocio, porque añaden además una simpatía natural que tiende a galvanizar la atmósfera que les rodea o por una suma de misteriosas razones que les otorga ese aura especial. <em>Influencers</em> antes de que hubiera <em>influencers</em>.</p>
<p>Ese me parece ser el caso de nuestro hombre en<strong> la calle Bretón</strong> (y que <strong>Colo</strong> nos perdone). <strong>Álvaro</strong> (a quien tiendo a llamar Alvarito, y que él me perdone) <strong>González</strong> era ya de crío, cuando se hacía el amo del recreo en el patio de los <strong>Maristas</strong>, esa clase de personas a cuyo alrededor se construye una ambiente reconfortante y divertido. No debe extrañar por lo tanto que, pasado el tiempo, se iniciara en los secretos de la hostelería y se convirtiera en lo antedicho: un imán para sus clientes. Que han ido siguiendo su estela allá donde cada vez le empujaba su olfato, tanto como camarero como luego ya transformado en empresario. Hasta conseguir que un puñado de locales lleven su firma, asociado con un grupo de leales socios igual de intrépidos y emprendedores. Bares distintos, cada cual con su propia trayectoria y su singularidad, a quien yo siempre asocio con el propio Álvaro (perdón, Alvarito).</p>
<p>Cuya trayectoria es digna de estudio. Apostó por la cocina italiana en<strong> La Trattoria</strong> hace 25 años, cuando sus fieles apenas distinguíamos un espagueti de un tallarín (yo los sigo confundiendo) y ahí sigue, en perfecto estado de revista, en ese recodo de la calle donde yo siempre seguiré viendo el letrero del <strong>Club Deportivo Logroñés</strong> que por allí tenía su sede. Fueron pasando los años y su espíritu inquieto husmeó en el ambiente que era el momento para una hamburguesería, superado el viejo estigma tan generalizado hacia los bocados procedentes del gigante yanqui y que esa idea tenía sentido por partida doble: porque se empezaba a poblar Logroño de negocios consagrados a ese mismo manjar y porque podía ponerlo en pie sin salir de esa misma calle. Así que casi pared con pared con su restaurante italiano nació <strong>Bococa</strong>, el <em>hipsterismo</em> local lo acogió con sus bendiciones y el resto de la parroquia también se dejó caer por esa coqueta barra. Las terrazas gemelas acreditaron el impacto triunfante de la doble iniciativa.</p>
<p>Y sin abandonar ese recodo, triple salto mortal: hace año y medio nació ahí al lado <strong>The Club</strong>, bar nutrido de una excelente oferta en cervezas como signo distintivo. Con (por supuesto) su triunfal terraza, que festonea ese tramo de Bretón de una oferta por triplicado de la profesionalidad que acreditan Álvaro y sus socios: <strong>Paca, Anouska y Ferdinando</strong>, a quienes debe atribuirse desde luego el mérito de haber configurado en tan escasos metros cuadrados una atractiva paleta de bares, cada cual con su propia fisonomía pero con un denominador común que puede resumirse en una suculenta oferta de tragos y bocados tarifada a precios sensatos. Y que dispone además de ese qué sé yo, ese no sé qué, que distingue a los bares que nacen con estrella. Porque tras ellos se esconde un tipo con olfato para estos negocios, trabajador incansable, que ha ido afrontando los contratiempos de la vida con una sonrisa. Con ese mismo don que le ayudó a hacerse el jefe del patio de los Maristas según lo recuerdo. Cuando aún tenía sentido llamarle Alvarito. Cuando aún no se había ganado el título de don Álvaro, señor de Bretón. Cuando todavía era aquel mocosete que se destetaba en el oficio en el añorado <strong>Cristal</strong> de la calle de <strong>Jorge Vigón</strong>, donde le conocerían quienes luego le acompañaron en las siguientes etapas de su vida profesional. Y que sea por mucho tiempo.</p>
<p>P. D. ¿Alguna otra aventura en el horizonte? El interesado se encoge de hombros. Seguro que en su cabeza bulle alguna idea pero de momento prefiere esperar a que tome forma su último proyecto (The Club) y cuaje esa triple oferta que defiende en la curva más hermosa de Logroño, la de la calle Bretón. El tramo que en mi imaginación siempre decorará el escudo blanquirrojo,<strong> la añorada estrella de David más futbolera</strong>.</p>
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		<title>Un bar de cine</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Nov 2019 17:02:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Ambigú, hermosa palabra. Que se ha mencionado aquí alguna vez, a propósito de su pervivencia en distintos ámbitos, lo cual tiene bastante de heroico porque el tiempo del ambigú, los años en que tenía sentido, se van evaporando. Allá por San Mateo, el ambigú del Adarraga mereció alguna línea a cuenta de la hechicera [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1422" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Ambigú</strong>, hermosa palabra. Que se ha mencionado aquí alguna vez, a propósito de su pervivencia en distintos ámbitos, lo cual tiene bastante de heroico porque el tiempo del ambigú, los años en que tenía sentido, se van evaporando. Allá por San Mateo, el ambigú del <strong>Adarraga</strong> mereció alguna línea a cuenta de la hechicera Lourdes y ya entonces reaparecía el recuerdo de aquellos ambigús de antaño, que tan felices hicieron a quienes encuentran en los bares su pasatiempo favorito. El ambigú de <strong>La Manzanera,</strong> por ejemplo, demolido cuando la propia plaza. O los ambigús que festoneaban <strong>el viejo Las Gaunas,</strong> otra reliquia desparecida. O los ambigús de los cines, que uno no deja de añorar.</p>
<p>El del <strong>Diana</strong>, por ejemplo, representaba a mi humilde juicio la idealización suprema de este tipo de recintos. Elegante, discreto, se accedía a sus dominios superando la escalinata que saludaba al cinéfilo por el acceso de Juan XXIII; lo atendía una misteriosa dama, cuyo rostro se desvanece en mi memoria, aunque no la mercancía que despachaba  gentil, discreta como esa barra mínima que defendía. Hubo por supuesto ambigús en los otros cines diseminados por Logroño, que entonces  colonizaban  el corazón de la ciudad, miembros del mismo linaje: bares mínimos, como mínima era su oferta, condensada en unos botellines de refresco (sospecho que evitando la cerveza) y los snacks de rigor, vulgo aperitivos, embolsados para que el ruido de su apertura provocara  las primeras quejas de los vecinos de asiento y alguna regañina del acomodador. Ambigús del <strong>Sahor</strong> y los <strong>Dúplex</strong> (que creo recordar que lo compartían, como si fueran cines siameses unidos sólo por esa minúscula barrita), ambigú del <strong>Astoria</strong>, ambigú del <strong>Avenida</strong>&#8230;</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1423" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y ambigú del <strong>Moderno</strong>. El cine que fue teatro y que desencadena estas líneas, porque las salas que lo sustituyeron acaban de estrenar inquilino en la persona de su vecino Mariano, que se traslada con parte de la <strong>familia Moracia </strong> y alrededores para dotar de vida ese espacio que, la verdad, no ha tenido suerte con los abastecedores que le precedieron. El martes se inauguró, explorando un futuro aledaño a la vida propia que distingue al bar central de donde procede el caballero Moracia, el Café Moderno, honor y gloria logroñesa. La ampliación de su negocio, para tomar bajo su astuta dirección el otro Moderno (el bar del cine, bautizado con rigor como Ambigú en esta nueva aventura) proporciona a la plaza de Martínez Zaporta un conjunto ahora mejor rematado, cuyos beneficios se extienden sobre otra de las ramificaciones de este pequeño emporio hostelero: la terraza. Terraza doble: la del café y la del ambigú. Así se evita Mariano reñirnos  el día en que por despiste ocupamos los veladores contiguos. Ya todas esas mesas, con sus respectivas sillitas, quedan bajo su jurisdicción.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1424" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El pasado del nuevo local no invita desde luego al optimismo, porque ya se acaba de mencionar el rosario de tristes despedidas que ha protagonizado. Pero estando la familia Moracia  al frente, tengo la (casi) absoluta seguridad de que el futuro es suyo. Porque Mariano tiene buen ojo y mejor olfato para este negocio, garantiza un servicio atento y profesional y todo apunta a que ha acertado diversificando la oferta entre ambos establecimientos para que sean complementarios y no se hagan la competencia. Y porque además ha tenido el buen gusto de consagrar la decoración de su recién nacido ambigú a glosar la memoria del llamado séptimo arte, la magia del cine que tantas veces nos hizo disfrutar en esa misma sala: allí vi, por ejemplo, <em><strong>Sonrisas y Lágrimas</strong></em>, cinta que sigo sin olvidar porque cuando digo que la vi en realidad estoy mintiendo. La requeteví, aprovechándome de la magia de aquellas sesiones continuas que te permitian seguir las peripecias de<strong> Julie Andrews</strong> prácticamente en bucle. Do es trato de varón. Re, selvático animal. Etcétera.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1425" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De modo que Logroño ya cuenta con dobles parejas de ambigús. El coqueto recinto del <strong>Bretón</strong> que abre solo cuando hay función y que me sigue pareciendo uno de los espacios con mayor encanto de Logroño y este nuevo ambigú del otro gran teatro de la ciudad, el Moderno. Al que debe desearse, siguiendo el ejemplo arriba citado, muchas sonrisas y sólo lágrimas de felicidad. Un fundido a negro cada día con final feliz, para dicha no sólo de su clientela actual, sino también de quienes nos precedieron. Aquellos miembros del Logroño de la <em>Belle Epoque</em> que tuvieron la suerte de contar en la misma plaza, sin salir del mismo edificio, con teatro, luego cine, café, periódico y residencia de la familia que da nombre a la plaza. Aunque no estén ya entre nosotros, aquellos logroñeses sentirán perderse esta novedad tan fetén: un ambigú vuelve a habitar entre nosotros. Hasta Julie Andrews se alegra: mí indica posesión, fa es lejos en inglés, sol brillante estrella es&#8230;</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1426" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
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<p>P. D. Según la <strong>RAE</strong>, la voz ambigú proviene del idioma francés y dispone de dos acepciones: por un lado, para distinguir a un tipo de comida compuesta por platos fríos y, por otro, ese otro sentido tan querido entre nosotros. Esto es, “un lugar de un local de espectáculos donde se sirven bebidas y cosas de comer”. El mapa de su etimología conduce en efecto hacia Francia, porque la emparenta con otro vocablo: la palabra ambiguo. Que es donde reside su atractivo: en ese fronterizo (y en efecto) ambiguo territorio donde tiene sentido como esa clase de comida que no se sabe si es almuerzo o cena. O como estos ambigús arriba citados, propietarios de un encanto del que lamentablemente carecen (ay) los que relevaron a los ubicados en el campo de fútbol y la plaza de toros. Los del nuevo Las Gaunas y <strong>La Ribera</strong> siguen buscando su identidad.</p>
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		<title>Simpatía por La Simpatía</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Nov 2019 17:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Alguna vez dejé escrito por aquí mi genuina simpatía por <strong>La Simpatía</strong>, y vayan por anticipadas mis disculpas por semejante juego de palabras, tan tontorrón. Me gustaba sobre todo apalancarme durante mis primeras visitas en las mesitas del fondo, desde que descubrí una de las paredes decorada con <strong>un póster del Logroñés de mi infancia</strong>. Con García Fernández, Simarro y demás ídolos mayores, a quienes acompañaba el marcial bigotón de Cenitagoya. Amparado bajo su mostacho, consumí unos cuantos vasos de tinto, aquel vinazo de los carreteros que procuraba a su vez tu propio mostacho decorado en negro azabache y obligaba a unas cuantas excusas atolondradas cuando llegabas a casa para justificar sin éxito la ingesta de alcoholes prohibidos por orden familiar. Por entonces, La Simpatía, al menos para mí, tenía algo de refugio. Superabas la barra, te apoltronabas  en aquellas mesitas de formica y le dabas a la cháchara interminable que no servía para arreglar el mundo, ni para arreglar Logroño siquiera, pero te permitía pasar un buen rato. Entretenerse era entonces la máxima aspiración ociosa de la provincia. Tal vez lo sigue siendo.</p>
<p>Se entenderá por lo tanto el desgarro emocional que supuso para sus fieles ver un día cerradas sus puertas, en el corazón de Laurel. Donde la calle vuelve a ganar anchura, despeja las multitudes del fin de semana y se proyecta hacia su tramo final, mientras dudas si elegir el recodo que lleva hacia el <strong>Sebas</strong> o profundizas hacia la jurisdicción del <strong>Blanco y Negro</strong> y demás familia. Cada vez que cruzo ante su cancelada estampa, vuelvo a ver el bigote de Cenitagoya. Y oigo incluso los trinos con que Javi, en mi segunda etapa como leal parroquiano, reclamaba de la cocina un par de <strong>cojonudos</strong>, manjar que me seducía menos que sus vigorosos <strong>calamares a la romana</strong>, servidos perfectos de punto y de sabor. La voz de Javi, esa voz&#8230; <strong>El himno de la calle Laurel.</strong></p>
<p>El caso es que La Simpatía cerró. Hace ya alguna glaciación, aunque por caprichos de la memoria nos parezca que semejante suceso ocurrió anteayer. Hace unos cuantos meses, sin embargo, se obró un milagro, que creo haber relatado también en este espacio. Su puerta estaba abierta, unos operarios retiraban  escombros del interior mientras anunciaban <strong>su próxima reapertura</strong>, yo me apresuré a contarlo al improbable lector&#8230; Pero fuesen y no hubo nada, como en el soneto aquel de Cervantes. De modo que cuando volvía a pasar ante su puerta, confiaba en un nuevo prodigio, que aquel milagro anunciado cristalizara, pero pasaba el tiempo y no se movía un ladrillo. Cenitagoya podía esperar.</p>
<p>Pero en fin&#8230; Moría el verano cuando se proclamó la buena nueva.<strong> La Simpatía reabrirá un día de estos bajo una nueva fisonomía</strong>, la elegida por sus promotores para provocar un pequeño terremoto en los usos y costumbres de la calle. Una especie de revolución, porque el nuevo bar que se avecina tiene la intención de escapar del prototipo de negocio propio de la calle. Ocupará todo el inmueble, según me explican, y en cada altura habrá un ambiente distinto. Como una muñeca rusa, un piso llevará a otro y así sucesivamente: en uno se ofrecerá lo típico de la calle (buenos bocados, estupendos tragos), en otro se decantarán  los propietarios por reforzar la oferta gastronómica y habrá incluso una zona para tomarse una copa. Un cliente puede recorrer todas las fases de su ingesta favorita sin moverse del bar. Esa es al menos la previsión, todavía indeterminada, que anuncia otra curiosa novedad: el local tendrá entrada por dos calles. Laurel, por supuesto, pero también <strong>Bretón</strong>.</p>
<p>Los propietarios, acreditados empresarios del gremio hostelero como se escribía antaño, prometen detallar sus intenciones mediado el otoño. Pero de momento ya se puede compartir por aquí la inconcreta pero venturosa novedad: volverá La Simpatía. No será el de antes pero su reapertura cerrará esa herida que permanece abierta desde hace demasiado tiempo en el corazón de la calle Laurel. En nuestros propios corazones.</p>
<p>P. D. Escribí una vez por aquí, a propósito de los sabrosos calamares que despachaba La Simpatía antes de su cierre, que no los he vuelto a probar mejores en todo Logroño. Un improbable lector vino a matizarme: ojo con los del <strong>Samaray</strong>. No tenía el gusto. Pero corregí pronto aquella laguna y hoy lo confieso: estupendos. Tan ricos como aquellos de La Simpatía aunque carentes del rasgo definitivo. La hermosa voz de jotero con que los despachaba Javi.</p>
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		<title>El lado bueno del Iturza</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jul 2019 15:54:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/fin-del-Iturza.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1354" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/fin-del-Iturza-1024x614.jpg" alt="Jesús y sus clientes, durante la fiesta de despedida del jueves. Foto de Juan Marín" width="1024" height="614" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/fin-del-Iturza-1024x614.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/fin-del-Iturza-300x180.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/fin-del-Iturza-768x461.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/fin-del-Iturza.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo empecé a frecuentar el <strong>Iturza</strong> en los <strong>primeros 80</strong>. Fue cuando Laurel ya nos aburría y buscamos por lo tanto nuevas rutas. <strong>La calle Mayor</strong> se ofrecía como un destino idóneo para explorar todos aquellos bares que se escapaban de lo trillado. Por su cercanía y porque, compartiendo una fisonomía análoga, disponía de su propia personalidad. Una identidad parecida pero distinta. Así que salíamos del Moderno por la puerta de atrás e indagábamos qué nos ofrecía la Mayor en materia de barras. La del Iturza, por ejemplo. Cuyo responsable despachaba la tapa más intrigante que jamás he conocido: un huevo duro. A palo seco, espolvoreada de sal. Todavía algún bar recalcitrante del <strong>viejo Logroño</strong> mantiene ese hábito, el bocado más austero que pueda imaginar su clientela. Que en el Iturza añadía una broma muy propia de aquel tiempo: el señor <strong>Villaluenga</strong>, jaleado a veces por sus parroquianos, rompía la cáscara con su frente y servía luego el huevo en un platillo. La broma alcanzaba momentos delirantes cuando alguno de sus clientes más guasón le allegaba sin que se diera cuenta un huevo, sí, pero fresco. Cuya yema, una vez roto, caía por frente y alcanzaba sus carrillos entre risotadas unánimes. Incluyendo al propio damnificado, que aceptaba ese trance con elogiable sentido del humor.</p>
<p>Había otros bares en aquella ronda pero por alguna razón misteriosa, un intangible, el Iturza nos atraía con un nivel de magnetismo superior. Como algún otro, el <strong>Cuatro Calles</strong> por ejemplo, que disponía de mesitas para el tentempié de los sábados por la noche: ah, sus ricas cazuelitas&#8230;. O el cercano <strong>Bretón</strong> (no confundir con el café de la calle homónima), cuyo dueño solía vestir con chaleco y corbata. La ronda era más breve que la que proponía Laurel, pero dotada de su particular encanto, porque la clientela de todos esos bares se nutría del ala senior de los logroñeses adictos al chiquiteo, a quienes alguna gracia les hizo compartir durante aquel tiempo su pasatiempo favorito con las nuevas generaciones (con perdón). Y también a nosotros nos divertía, la verdad, confraternizar con quienes nos precedieron en las rondas eternas por el Logroño de siempre. Sobre todo, si transcurrían en el Iturza, donde por algún misterioso motivo la diversión estaba garantizaba. Tenía un ambiente especial, ese aire como electrificado.</p>
<p>Un ambiente que su descendencia supo mantener. Hablo de ese intangible antedicho. Aunque con los años regresamos sobre nuestros pasos y mantuvimos la fidelidad a <strong>Laurel</strong> mientras explorábamos nuevas rutas hacia la <strong>San Juan</strong> (costumbre que aún se mantiene), procurábamos dar una vuelta de vez en cuando por la Mayor. La frecuencia de este hábito se fue distanciando, entre otras razones porque la propia calle protagonizó una transformación harto conocida: abrieron nuevos bares que colonizaron la oferta hostelera pero en versión nocturna, una invitación al desparrame que me pilló ya mayor (o cansado) para atenderlos como merecían. Los antiguos bares, los del chiquiteo, murieron. Con una salvedad: el Iturza. Que resistió como pudo, bajo nueva dirección. Pero resistió. Con sobresaliente garbo. Esperó nuevos tiempos, observó cómo caían a su alrededor muchos de los bares nacidos al amor de las copas de madrugada, sobrevivió a todas las crisis&#8230; Con sus propios contratiempos, por supuesto, inherentes a un sector empresarial convulso como pocos. Que depende además de un factor incontrolable: los gustos. Los gustos de su potencial clientela.</p>
<p>Porque el gusto humano es inclasificable. Así como puede más o menos trazarse con alguna seguridad el itinerario de éxito o fracaso que acompañará a algunos bares en cuanto los inauguran, lo habitual es que ocurra lo contrario: que su suerte esté siempre por escribirse. Y que sea una trayectoria oscilante, con sus picos y sus valles. De repente, un bar se pone de moda por la misma razón por la que luego deja de estarlo. Con sus responsables preguntándose, en época de vacas flacas, qué hizo para merecerlo. Hay otros, sin embargo, como el Iturza donde las tendencias vienen y mar como las olas de la mar océana, porque su atributo principal se esconde en su intransferible identidad. Esa personalidad tan cañí que explica su éxito más reciente. Jóvenes promociones detectaron en el Iturza la antítesis del bar uniformizado que nos ha legado la globalización y lo entronizaron como su reino particular, a mayor gloria de los botellines (sobre todo, cuando se podían consumir en su puerta), de las rabas y de las <strong>gambas a la gabardina</strong>. Y del gran estilo que distingue a su ideológo, don Jesús.</p>
<p>A quien visité en esta época de renacimiento del Iturza y hasta le dediqué alguna entrada en exclusiva, como esa página de periódico destinada a glosar sus proezas que nuestro hombre tuvo el detalle de colocar en esa pared desde donde saludaba a los parroquianos. <strong>Como un dazibao logroñés.</strong> Recuerdo entrevistar a Jesús mientras se preparaba una infusión de estimulante aroma, lamentándose de cómo las ordenanzas municipales conspiraban contra su manera de entender el negocio que heredó de su tío. Avanzaba la conversación y la barra se iba decorando con figuritas de papel que el amigo Jesús elaboraba con primor e ingenio, un auténtico manitas. Un artista. Un artista también para Logroño en sus bares. Ahora, por enésima vez, anuncia que cierra. Como parece que en esta ocasión va en serio, yo ya lo empiezo a añorar. Y derramo una lágrima por el fin de los buenos tiempos, la tapa de huevo duro y el Logroño de toda la vida.</p>
<p>P. D. Como si fueran convocados al amor de<strong> &#8216;Mira siempre el lado bueno de las cosas&#8217;,</strong> el himno más oportuno para cada funeral, los incondicionales del Iturza se congregaron este jueves en la calle Mayor para despedir como merece al culpable de tantos buenos ratos. Jesús Villaluenga, que el lunes dejó de abrir la persiana que llevaba funcionando bajo su dirección desde 1989. Treinta años después, el Iturza deja un vacío entre las calles del Logroño de siempre semejante al que anida en el corazón de sus fans. Que fueron quienes se movilizaron para obligarle a esta despedida por la puerta grande. Y que tal vez entonaron como homenaje para sus adentros la inmortal tonada de los <strong>Monty Phyton</strong>: “Bien pensado, la vida es una mierdecilla/es una carcajada/y la muerte, una broma”.</p>
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		<title>Abierto por San Bernabé (o casi)</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Jun 2019 15:53:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Según me lo había contado un compañero de esta casa, aquel itinerario que estaba a punto de recorrer tenía toda la pinta de formar parte de uno de los anillos del infierno tal y como los contó <strong>Dante</strong>. Se trataba, me avisó, de una aglomeración de bares situados uno al lado de otro, subdivididos en función de distintas tipologías, y dotados de un escenario común donde se alineaban las mesas y sillas para que la clientela eligiera acomodo. Al fondo, otra promesa temible. Por partida doble. Un <strong>gimnasio</strong> (horror) y una zona de <strong>camas elásticas</strong> o algo así (vade retro), bien provistas todas ellas de megafonía <em>ad hoc</em> (chunda, chunda) y el atronador estrépito forjado por la grey infantil, a cuyos integrantes sus respectivos papás y las respectivas mamás permitían que camparan a su libre albedrío. Se comprenderá por lo tanto que entrase en tan intimidante recinto como <strong>Claridge Sterling</strong> en la mazmorra de <strong>Hannibal Lecter.</strong></p>
<p>Luego resultó que no era para tanto. Que ese nuevo espacio habilitado donde antaño anidaban los cines de <strong>Parque Rioja</strong> presentaba un aseado aspecto, al menos a la hora del mediodía en que lo visité. No estaban aún abiertos todos los bares que anunciaba la cartelería, reinaba cierto orden y también cierto silencio. Alguno de los bares que configuran ese conjunto de ofertas hosteleras tenía buena pinta, así que taché de mi hipotética libreta este recorrido que me regalé a mí mismo cuando observé que se acercaba <strong>San Bernab</strong>é y que con las fiestas del patrón se aproximaba también un haz de nuevos locales diseminados por la ciudad entera, no sólo por esta periferia. Me intrigaba que, como antes era costumbre por San Mateo, también las fiestas bernabeas se sumen a la tradición hostelera y colonicen el universo de bares con flamantes referencias&#8230;.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/a-fuego.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1334" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/a-fuego-768x1024.jpg" alt="A Fuego" width="768" height="1024" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/a-fuego.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/a-fuego-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></a></p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/la-esquina-de-Laurel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1335" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/la-esquina-de-Laurel-768x1024.jpg" alt="La Esquina de Laurel" width="768" height="1024" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/la-esquina-de-Laurel.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/la-esquina-de-Laurel-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&#8230; Que no lo son tanto. Porque en realidad los bares que he ido recopilando en esta entrada llevan un tiempo en funcionamiento. Cierto que alguno de ellos no tanto. Es el caso de <strong>La Brasa</strong>, nuevo en la calle Laurel, de cuyos fogones se ocupa un prestigio cocinero (<strong>Miguel Martínez-Losa</strong>), que viene a rellenar un hueco nunca suficientemente explorado en este territorio tan castizo: en efecto, las brasas. Es decir, los bocados pasados por la parrilla, que no reciben en Logroño la atención que deberían merecer. Curiosamente, su apertura coincide con la de otro establecimiento que también milita en ese los frente:<strong> A Fuego</strong>, que lleva algún mes defendiendo una propuesta parecida en <strong>San Agustín</strong>. No son la única novedad reciente: entre Laurel y Bretón abrió hace poco sus puertas (las reabrió, mejor dicho, con otra encarnación) <strong>La Esquina del Laurel.</strong> Y a la vuelta, el curioso se tropezará con otro ramillete de novedades, presididas por un denominador común: la hamburguesa.</p>
<p>Porque, en efecto, la calle Bretón parece haberse convertido en un parque temático en honor de semejante bocado (que me tiene por cierto entre sus adictos, como alguna vez he confesado por aqui). Ahí, junto a Los Bracos, se emplaza <strong>The Good Burger</strong> y enfrente del hotel se aloja también otra flamante apertura, <strong>La Pepita</strong>. Otra franquicia del mismo ramo, Burgerheim, nacida muy cerquita (en Víctor Pradera) anuncia nuevos planes de expansión, como los anunció hace tiempo el <strong>Barrio Bar</strong> de Menéndez Pelayo, dispuesto a nuevas experiencias también en Bretón bajo el nombre de <strong>Clandestino</strong> donde antes se alojó el <strong>Maltés</strong> de Nuri, aunque sus puertas selladas, sin signo de actividad, invitan a pensar que la apertura se demora.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1336" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta-1024x662.jpg" alt="Argenta" width="1024" height="662" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta-1024x662.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta-300x194.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta-768x496.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/06/Argenta.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Concluyo mi paseo bernabeo. En la calle <strong>Múgica</strong> nació hace unas semanas otro negocio, la cafetería <strong>Argenta</strong>. Seguro que en esta lista de urgencia me olvido de alguna otra novedad, así que pido perdón de antemano a los posibles damnificados e improbables lectores. Me ayudan todas ellas a concluir que sí, que es posible que esto de abrir las puertas de los negocios en vísperas de fiestas no es exclusivo de San Mateo y me gustaría pensar que, por lo tanto, las fiestas del patrón (hermanas pequeñas en el calendario festivo de la ciudad) invitan también a visitar nuestras parroquias favoritas y regalarnos algún trago, algún bocado. Sería señal de que San Bernabé triunfa entre nosotros, de lo cual me alegro: siento devoción por esta fiesta porque tiene algo muy íntimo, muy especial para un logroñés. Su formato bolsillo, en contraste con los excesos mateos, la hace especialmente idónea para quien huya de los barullos propios de las fiestas de septiembre. Y tal vez sea también una excusa estupenda para seguir explorando ese rincón multitares abierto donde Alcampo, que anuncia nuevas aperturas (un restaurante de pasta italiana, por ejemplo) mientras me llegan noticias de su exitoso impacto entre la clientela. De lo cual también me alegro aunque tanta y tantas novedades no mitiguen otro impacto, de índole pesarosa: a finales de mes cerró, como se pronosticaba aquí mismo, el <strong>Alfonso</strong> de la calle <strong>Villegas</strong>. Que ha sido la más triste novedad bernabea aunque tiene su lado jubiloso: <strong>Elena y Alfonso</strong> podrán pasear a partir de ahora sin prisa. Vivir la vida más despacio. Sin agobios. Disfrutar por ejemplo de los bares de San Bernabé desde el lado bueno de la barra.</p>
<p>P. D. Laurel y San Juan ha coincidido en sendas campañas de promoción entre la clientela para estas fechas. En el primer caso, mediante la buena idea de premiar con un vinito a quienes se pidan una tapa en la fiesta del patrón, siempre que aparezcan con el preceptivo jarrito que se reparte ese día en El Revellín. Sería todavía mejor idea si en vez de vinito se recuperase la sana costumbre de servir <strong>zurracapote</strong>, brebaje autóctono casi en trance de desaparición Pero algo es algo: reivindicar las tradiciones propias es especialmente conveniente en estas fechas. Una elegante manera de decirles a los queridos indígenas que se largaron a <strong>Salou</strong> lo que se están perdiendo.</p>
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		<title>Dover, un bar de (casi) 24 horas</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Mar 2019 17:43:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Dover</strong>, localidad costera con vistas al Atlántico británico. Dover, la primera población que divisa el viajero que llegue a las islas procedente del continente, si arribara por mar. Dover, célebre por la ya olvidada película &#8216;Las rocas blancas de Dover&#8217; (con Irene Dunne, Alan Marshall y Roddy McDowall). Dover, nombre de un no menos <strong>célebre bar logroñés</strong>. Esa clase de bar logroñés hacia donde miran quienes se preguntan (como yo) por la fórmula mágica que asegure una notable respuesta de la clientela. Ese bar logroñés que pasma a propios y extraños, porque hace posible todos los días desde hace 14 años (como poco) el milagro de una intensa actividad que no distingue (casi) entre horarios y estaciones del año.</p>
<p>Porque el Dover, como advierte <strong>Ángel</strong>, su ideólogo principal, imprime desde que lo tomó bajo sus riendas un frenético ritmo, que comienza a primera hora de la mañana, cuando toca diana el servicio de <strong>desayunos</strong>. A partir de ahí, es un no parar, como podrá comprobar quien cruce ante sus puertas, allí al lado de los Cines Siete Infantes (los antiguos Golem, que tanta clientela le procuraron en su momento, cuando ir al cine aún era tendencia), y observe que el tráfico de parroquianos no decae a lo largo de la mañana y alcanza incluso al rito del aperitivo. Despacha además <strong>almuerzos</strong>, con una oferta basada en <strong>platos</strong> <strong>combinados</strong> de gran éxito (como sus sabrosas <strong>raciones</strong>) y recibe también una estupenda acogida después de comer, cuando llega la hora del cafelito, la copita y resto de parafernalia propia de esa hora. Y luego está por supuesto la <strong>merienda</strong>, cuando triunfa su carta espléndida de <strong>bocadillos</strong>.</p>
<p>Espléndida en calidad y cantidad, como subraya de nuevo Ángel. Quien, una veintena de años después de que abriera el bar bajo otra dirección, ve reconocido tanto esfuerzo. Cuando empezó su etapa al frente del Dover, “no teníamos dinero ni para cambiar el letrero”, bromea. Así que mantuvo su rotulación inicial pero dotó de su sello personal a este espacioso local que dispone además de varias bazas ganadoras además de las anotadas: su terraza. También muy amplia, que garantiza una elevada ocupación en cuanto hace buen tiempo, beneficiándose sobre todo en verano de la cercanía del vecino parque por donde trotan a su gusto los más pequeños de cada casa.<strong> Cenas al aire libre</strong>, seguidas de los combinados inevitables&#8230; Y vuelta a empezar: desde la misma madrugada ya se empieza a enfilar la hora del desayuno.</p>
<p>Un bucle. Un bucle al que se debe añadir otra de sus apuestas, también exitosa: su <strong>torneo de mus</strong>. Un certamen que lleva vigente desde hace doce años y que llena sus mesas de parejas edición tras edición, como se comprueba en la imagen que ilustra estas líneas. En total, 128 parejas, que deben abonar 50 euros de inscripción. Haga el improbable lector su multiplicación y obtendrá la señal del triunfo de este bar ejemplar. Modélico también en la organización: ocho grupo de 16 parejas cada cual, que se disputan jugosísimos premios (el mejor: <strong>un viaje a Nueva York</strong>, nada menos) y aseguran por lo tanto el llamativo aspecto que presenta el Dover cuando cae la noche larguísima, en los larguísimos inviernos logroñeses. “No podemos apuntar a más parejas”, informa Ángel. “Podríamos llegar fácilmente a las 150 o las 160 pero el local no da tanto de sí”. De hecho, el Dover tiene apuntadas unas cuantas en reserva, por si fallaran los titulares: lo dicho, ahí se refleja la marca auténtica del éxito de un bar.</p>
<p>Lo cual me parece pertinente de recordar para comparar esta experiencia otras que están en la mente del improbable lector por todo lo contrario: bares lánguidos, de mortecina actividad. Que sufren para llegar a fin de mes y que a menudo (ay, dolor máximo) bajan la persiana incapaces de alcanzar la meta soñada, el prometedor horizonte con que abrieron el negocio sus promotores y ahora tienen que hincar la rodilla. El Dover representa lo contrario. Doce personas en plantilla, abierto desde las ocho de la mañana hasta las dos de la madrugada, siete días a la semana (sólo cierra en Año Nuevo)&#8230; Cualquiera que se acode en su barra, aunque no sea asiduo (es mi caso, con perdón), observará que el servicio funciona con tanta agilidad como esmero y confirmará la estupenda relación calidad/precio. Ángel, que se doctoró como camarero en la escuela del <strong>Oriente</strong> y el <strong>Bretón</strong>, aprendió bien su oficio e imparte su magisterio entre sus compañeros con elevado sentido de la profesionalidad. Y buen ojo para el negocio: esa multitud que se apiña en invierno para proclamar a los mejores jugadores de mus son testigos del modélico desempeño que distingue al Dover. Y son gente afortunada: no saben que el día que me apunte yo a ese torneo, sobra decir quién lo ganaría.</p>
<p>P. D. El torneo de mus del Dover sirve como ejemplo de los similares certámenes que organizan otros bares de Logroño, también con éxito. En este caso, la competición avanza hacia su desenlace. La semana que viene comienza la fase eliminatoria, luego de superar la fase de liguilla, y hacia abril está previsto que se conozca a la pareja ganadora de este año. Una pareja doblemente afortunada: por su triunfal participación y por beneficiarse de que quien esto escribe no se ha apuntado.</p>
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		<title>Comimos, bebimos y leímos</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Feb 2019 17:42:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/peyró.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1265" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/peyró-640x1024.jpg" alt="Portada del libro de Ignacio Peyró, editada por Libros del Asteroide" width="640" height="1024" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/peyró-640x1024.jpg 640w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/peyró-187x300.jpg 187w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/peyró-768x1229.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/peyró.jpg 1476w" sizes="(max-width: 640px) 100vw, 640px" /></a></p>
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<p>Hace alguna entrada, ya se consignó en este espacio <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2018/11/23/noticias-del-barriobar-nuevo-libro-nuevo-proyecto/">una grata sorpresa</a>: la presentación de un libro, un brillante volumen debido al ingenio del caballero <strong>Víctor</strong> Abundancia, en el proteico <strong>Barrio Bar</strong>. Se anotaba entonces que por una vez otro bar logroñés tomaba el dignísimo relevo del protagonismo que acredita en esta índole de hermanamientos entre literatura y tragos el <strong>Bretón</strong> de la calle homónima, <strong>el bar más literario de España</strong> según mi pobre juicio. Y ya aventuraba en aquellas líneas la posibilidad magnífica que se abría para quienes siguieran emparentando dos universos con bastantes puntos en contacto entre sí: la literatura se ha construido en tantos bares que la lista de autores que han saltado de un lado a otro de la barra resulta interminable. Citaré uno solo, por el que tengo predilección: el poeta <strong>José Hierro</strong>, quien me confesó hace un siglo su propensión a enhebrar versos en el bar que alojaba el bajo de su casa madrileña. “Es donde más a gusto me siento para escribir”. Amén.</p>
<p>Las palabras de Hierro me han acompañado durante un viaje (literario) reciente: la lectura del recomendable librito titulado &#8216;<strong>Comimos y bebimos&#8217;,</strong> que este jueves presenta su autor en Logroño, dentro de las actividades del <strong>Aula de Cultura que Diario LA RIOJA</strong> organiza con la <strong>UNIR</strong>. <strong>Ignacio Peyró,</strong> escritor de adictivo estilo y sobresaliente erudición, firma una obra que se puede beber. Y zampar. Da hambre y da sed, lo cual me parece el mejor elogio que puede hacerse a su propósito: homenajear como se debe a las barras que por el universo mundo nos han convertido en mejores personas. O al menos más interesantes. O al menos más enriquecidas por los sabores compartidos al pie del estribo o en las mesas de las casas de comida que también pueblan ese ámbito festivo que representan las cosas del yantar y las cosas del beber. Se lee en dos tardes, dicho sea como un elogio.</p>
<p>¿De qué habla Peyró con su brillante estilo? De una experiencia común a sus lectores. De la magia que habita en nuestros bares favoritos, de ese itinerario sentimental que nos convierte en ciudadanos (espero) más civilizados. Habla de <strong>Epicuro</strong> por supuesto. Y se zambulle en un mar de hedonismo que no es el consumo tontorrón (contra el que tampoco tengo nada, ojo) de bocados y tragos, que deberían tener un fin para no convertirse en puro nihilismo. Festejar la vida. Nada menos. Un objetivo de índole moral que explica nuestro febril peregrinaje hacia un espacio donde, en efecto, celebramos la dicha de estar vivos y (más o menos) felices. O propensos a la felicidad. Sensación con lo que uno se tiende a conformar: no me parece poco.</p>
<p>El caso es que tan sugerente libro coincide con la edición de otros dos ejemplares que exploran ese mismo territorio.<strong> &#8216;Nos vimos en los bares&#8217;,</strong> obra de prometedor título que acaba de salir de la pluma de <strong>Itxu Díaz.</strong> No tengo el gusto, así que me reservo la opinión hasta indagar en sus páginas. Y otro tanto me ocurre con <strong>&#8216;La puta gastronomía&#8217;,</strong> un libro de (también) prometedor título que debemos a <strong>David Remartínez,</strong> periodista de brillante prosa y acerado ingenio. En cuanto le eche un vistazo, compartiré mi parecer con quien esté interesado. Aviso para navegantes y potenciales interesados: Remartínez escribe muy bien y es un avezado miembro de las patrullas que colonizan las cocinas patrias. Nada malo puede salir de ese fogón.</p>
<p>La coincidencia de (al menos) estas tres novedades en los anaqueles de las librerías de confianza (la mía es <strong>Cerezo</strong>, por cierto) me lleva a pensar si existe, en efecto, una posibilidad cabal de hermanar de una manera más continua y dichosa, de aprovechamiento mutuo, nuestros bares favoritos y los libros que nos han convertido en personas. A mí no me ha dado nunca por ponerme a leer al pie de una tasca o en los veladores de un café. Me parecen actividades que reclaman cada cual su espacio y una clase de atención distinta, aunque he visto quien la practicaba y me daba un punto de envidia. <strong>En los bistrós parisinos</strong>, por ejemplo, se trata de una estampa habitual. Una dama o un caballero libro en ristre, que añaden a la visión de quienes les contemplan una pizca de misterio. Y tampoco he visto a nadie ponerse a escribir en su garito favorito, entretenimiento más habitual antaño que hogaño. Ya he citado el caso de José Hierro pero la nómina de quienes ejecutaron su disciplina artística en un local cualquiera es casi tan larga como la historia de la literatura moderna, aunque me temo que el ruido ambiente y las contribuciones de agentes exógenos que ahora colonizan nuestros bares espanta a quienes se animen a seguir los pasos de <strong>Hemingway</strong>, don Ernesto. A quien dedico a título póstumo estas líneas en tributo a su decisiva contribución a mi educación literaria y sentimental. De pequeño quería ser como él. Escritor y bebedor. Me temo que me he quedado a la mitad del camino aunque me permito la libertad de brindar por él desde la barra que, según un día me contó el gran escritor <strong>Jorge Edwards</strong> mientras compartíamos tragos en Logroño, le hubiera hecho feliz. <strong>Wine Fandango</strong>. “Qué nombre más curioso”, me dijo. “A Hemingway le hubiera encantado”. Porque es un bar literario. Al menos, en su denominación.</p>
<p>P. D. Desgraciadamente, comparto también estas líneas a título póstumo en memoria de un colega recién desaparecido. Este mismo viernes nos ha dejado el gran <strong>Roberto Iglesias</strong>, con quien conviví en esta casa durante un tiempo fecundo que me permitió acercarme a su gigantesca figura. En su honor, me quito el imaginario sombrero que no llevo, el que sí le cubría a él. Y le recuerdo como era en vivo, arrollador y brillante, una personalidad tan atractiva divertida, con sus legendarios raptos de ingenio. Y le recuerdo también desde las mesas del Bretón, donde estuve cuando acababa el 2018 asistiendo a la presentación de su último libro. Que ha sido desdichadamente el último en todos los sentidos.</p>
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		<title>Novedades mateas</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Sep 2018 15:48:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1146" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana-1024x729.jpg" alt="Nuevo bar Morgana, recién abierto en la calle Sagasta" width="1024" height="729" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana-1024x729.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana-300x214.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana-768x547.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/bar-morgana.jpg 1500w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
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<p>Desde el siglo pasado, <strong>el maestro Eduardo Gómez</strong> mantiene la costumbre de fijarse en qué <strong>bares logroñeses</strong> deciden abrir sus puertas en las <strong>vísperas</strong> <strong>mateas</strong>, sospechando con buen criterio que los promotores de tales proyectos entienden que esos días festivos harán sonreír a sus máquinas registradoras con mayor alegría que durante el largo otoño y el interminable invierno. Pero hoy ni siquiera las vísperas son lo que eran. Quiere decirse que los bares que abren por <strong>San Mateo</strong> en realidad planifican su inauguración con mayor antelación, en la esperanza de que la avalancha de público pille bien engrasada su maquinaria y la clientela salga por lo tanto conforme (incluso satisfecha) de la visita y propague la buena nueva con un suplemento adicional de entusiasmo. De modo que el improbable lector deberá anotar que desde agosto cuenta <strong>Logroño</strong> con alguna (escasa) novedad en materia de bares destinados a relucir en perfecto estado de revista en cuanto sus potenciales clientes escuchen los sones del cohete mateo. Que está a punto de hurgar el cielo.</p>
<p>Así que retomo aquel viejo hilo que un día abrió Gómez y repaso en estas líneas las novedades que cristalizan en el corazón del Logroño de toda la vida y las que afloran también en las calles más alejadas del centro. En este apresurado (e informal: disculpas a quienes omita) recuento debo empezar anotando una reaparición muy querida: el <strong>Zikos</strong> de<strong> Ingeniero Lacierva</strong>, negocio experto en reencarnaciones, protagoniza una nueva resurrección que, de momento, no adopta la forma de pollo asado que tantos éxitos deparó al histórico local. Pero está abierto, que es lo que cuenta. Listo para las fiestas.</p>
<p>Más novedades, cerca de la Gran Vía: la emergente <strong>Gil de Gárate</strong> protagoniza su propia dosis de movimientos, con el reciente traslado del <strong>Beitia</strong> desde la esquina con Somosierra a un emplazamiento más espacioso, cerca de <strong>Pérez Galdós</strong>, que permitirá a sus ideológos lucirse con la oferta de tapas que le han dado justa fama, ahora se supone que aún más apabullante y adictiva. Cerquita se anuncia la apertura inminente de <strong>un par de restaurantes,</strong> sendas aventuras más gastronómicas que hosteleras, pero que merecen también nuestros parabienes y apuntan hacia la consolidación de esa calle como una alternativa fetén a los itinerarios clásicos. Lo dicho: Gil de Gárate no para.</p>
<p>No lejos de allí, cruzando ya la Gran Vía, topamos en <strong>avenida de Portugal</strong> con otra novedad. En esa calle alzó con éxito su propuesta todoterreno el bar <strong>Asterisco</strong>, que anda de mudanza. Se traslada a <strong>Portales</strong>, donde antes acampó <strong>La Gitana Loca</strong>, con esa misma oferta de bar hábil durante casi 24 horas, del desayuno a la copa, pasando por el cafelito matinal, el aperitivo y cuantos tragos y bocados quepan en un día&#8230; Una aventura que tardará en cristalizar hasta octubre: durante fiestas recibe a sus incondicionales en su ubicación habitual.</p>
<p>Ese mismo centro logroñés adonde se muda el Asterisco acumula las principales novedades, empezando por la principal: la reaparición de La Granja, rebautizada ahora como Morgana. Y un carrusel de aperturas con epicentro en la misma calle, <strong>San Agustín,</strong> la cual merecerá un día de estos su propia entrada. En concreto, tres novedades que aún no lo son pero aspiran a serlo: en la esquina con <strong>Gallarza</strong>, donde antaño se alzó el comercio de ropa San Bernabé, y más arriba (donde tenía su tienda Ursicino Espinosa y donde los comestibles de Ascacíbar, junto a El Soldado) se anuncian otros <strong>dos nuevos bares</strong>, que corroboran el dinamismo de esta calle tan querida para todo logroñés.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1147" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club-1024x683.jpg" alt="Bar The Club, en la calle Bretón. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/09/the-club.jpg 1500w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
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<p>Y más novedades&#8230; que no lo son tanto. Porque, como advertía al principio, a veces no conviene esperar a San Mateo para abrir un bar. Porque sus promotores se pierden el verano logroñés, con sus terrazas como las que colonizan la calle <strong>Bretón</strong>, que es donde el amigo Álvaro prueba de nuevo suerte (y la tendrá, porque la merece) con otro local de brillante atractivo. Se llama <strong>El Club</strong>, ocupa el antiguo emplazamiento del desaparecido Berlín y ha obrado el milagro de consolidarse, al poco tiempo de su apertura, como el típico sitio donde hay que ir. Para ver y ser visto. Y para nutrirse de su espléndida oferta cervecera.</p>
<p>De momento, fin de la historia. Con seguridad nacerán otros bares de aquí al <strong>San Mateo del 2019</strong>. Y algunos mantendrán la costumbre de inaugurarse en vísperas de fiestas, para dotar de una actividad superior a la concentrada en el programa mateo que perpetra el Ayuntamiento cada año. Aunque ni lo uno (la iniciativa privada) ni lo otro (la pública) eclipsan la evidencia auténtica de cada semana festiva: que el bullicio está en la calle. Y que los protagonistas de semejante frenesí, desparrame y descontrol somos usted, improbable lector, y quien esto escribe. Vulgo, los logroñeses. A quienes dedico estas líneas y animo a brindar por el patrón como lo hicieron nuestros antepasados: con <strong>zurracapote</strong>.</p>
<p>P. D. No sólo de bienvenidas se configura el menú mateo en materia de bares. También (ay) son numerosos los adioses. Muy sentidos en un caso que me toca especialmente: el amigo Manolo cuelga el mandil y deja a los feligreses de <strong>El Soldado de Tudelilla</strong> medio huérfanos, a la espera de que resucite (pongamos una vela a San Agustín en su hornacina cercana). Y otra despedida también muy sentida: la de Nuria, que cierra el <strong>Maltés</strong> de Bretón a finales de mes. Ambas desapariciones ya han sido aquí glosadas. Al contrario de otra, la de <strong>El Pórtico</strong> de la calle Mayor, bar que no me ha tenido entre sus fieles: cosas de la edad. Que no me impiden derramar otra imaginaria lágrima por su difunto destino, que ya acecha. El mismo que espera a ciertos bares también muy clásicos, de cuyo incierto futuro daremos cuenta uno de estos días. Seguiremos informando.</p>
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