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	<title>Logroño en sus barescalle Laurel &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Epílogo</title>
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		<pubDate>Sat, 16 May 2020 17:03:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Recorrí la otra tarde <strong>el centro de Logroño</strong> recién recuperadas sus calles para la primera fase de la nueva normalidad que se anuncia. <strong>Era el día 12 de mayo</strong>, lucía un sol apacible y en las contadas terrazas se reunían los vecinos para solazarse un rato, luego de tantos y tantos días con sus respectivas noches de confinamiento más o menos absoluto. No me gustó lo que vi. Incluso en aquellos locales que cuidaban con mayor esmero de observar los requisitos de distancia física entre sus clientes que ayuden a espantar para siempre el coronavirus no faltaba en ningún caso esa mesa donde se arracimaban los parroquianos ignorando todo requisito de higiene, con la mirada complaciente de cada dueño de cada bar. Me llamó la atención que nadie les llamara la atención.</p>
<p>La pena fue creciendo a medida que paseaba en dirección a <strong>la calle Laurel y aledaños</strong> puesto que comprobaba para mi espanto que en realidad esos bares abiertos, donde se incumplía la normativa de manera flagrante, eran una escasa minoría. La mayor parte de los locales de confianza permanecían cerrados. Horror máximo cuando alcancé la calle Gallarza, en medio de un vacío cósmico. Sideral. Allá al fondo, en la calle <strong>Bretón</strong>, se veía abierta la solitaria terraza de un bar. En el acceso a la calle Laurel, desolación infinita. No había señales de vida, salvadas sean dos muchachas que concluida la limpieza de su bar (vaya usted a saber con qué intención) se fumaban un cigarrillo en una mesa. Otra excepción aguardaba al final de la caminata, cuando regresé sobre mis pasos y tropecé en <strong>Albornoz</strong>, dirección <strong>San Agustín,</strong> con dos pobres diablos que compartían un bote de Mahou en el alféizar del bar Las Quejas. Me miraron, les miré. Nos compadecimos los unos de los otros.</p>
<p>Prosiguió el paseo por la calle San Agustín, detenida en el tiempo. Alguna terraza en la plaza, otras más en <strong>Portales</strong>, un poco de animación en <strong>Martínez</strong> <strong>Zaporta</strong>. Los escasos parroquianos que se acomodaban en los raros veladores que sí habían abierto me recordaban a los pacientes de un balneario. Personajes de La Montaña Mágica, héroes de Thomas Mann, sólo les faltaba una manta en las rodillas para terminar de dar el tipo. La alegría propia de este gran pasatiempo nacional continuaba ausente. Camino de la calle <strong>San Juan</strong> observé al fondo la terraza del Asterisco también desplegada en Portales como era norma antes de la cuarentena. Una luz mortecina iluminaba en <strong>Marqués de Vallejo</strong> el bar La Quimera, recuperado para la causa en la versión menor: llévase usted la comida a casa. En San Juan, otro tanto.  Apenas un bar que esperaba a ese parroquiano que no terminaba de llegar para hacerse con el bocadillo y zampárselo en el salón, arreglos en el Tastavín, que se prepara una nueva encarnación, y al fondo el esqueleto del <strong>Sagasta</strong> asomando por la <strong>Glorieta</strong>. Una metáfora insuperable del doliente estado que presenta el corazón de Logroño.</p>
<p>Volví a salir unos días después. Nada había mejorado. Tampoco mi ánimo. Y concluí que este blog, que llevaba <strong>desde el año 2012</strong>, tenía las horas contadas. La idea de <strong>Logroño en sus bares,</strong> el itinerario sentimental a partir de una serie de experiencias que pudieran ser compartidas por el improbable (pero siempre generoso) lector, había quedado cancelada igual que se había suspendido la administración del material del que se nutría. Los bares. Sin ellos, o sin nuestros queridos bares en la fisonomía y la identidad en que los reconocemos como tales, carecía de sentido mantener abierto este espacio. Al menos, en su actual configuración. Entendí mientras volvía a casa que merecía la pena revisar su espíritu y también sus contenidos. Fijar una nueva frontera. Escribir su epílogo.</p>
<p>Fui madurando esa intención a lo largo de toda la semana, que concluye en estas líneas de despedida. Un mensaje de gratitud hacia quienes al otro lado de la pantalla han acompañado esta travesía y un sincero reconocimiento para todos quienes alguna vez me han ayudado a que este propósito de retratar una ciudad a través de sus bares y de sus camareros haya sido un itinerario tan gozoso, una caminata que nunca concluye: siempre hay algo más que decir al respecto de nuestras barras más queridas, ese espacio para la socialización donde yo prefiero siempre destacar su atributo más valioso. Que sirven para <strong>celebrar la vida.</strong> Lo cual me parece una manera estupenda de concluir estos párrafos. Con la palabra gracias y con una promesa. Me voy, pero volveremos.</p>
<p>P. D. Como si fuera <strong>Paul Auster</strong>, me dio estos días por cavilar en las extrañas coincidencias que rigen nuestras vidas, la callada música del azar. Porque mientras decidía poner fin a esta aventura, cristalizó un proyecto que permitirá a Logroño en sus bares sobrevivir gracias a la nueva vida que le concede la editorial <strong>Pepitas de Calabaza</strong>. En formato libro, próximamente, sólo en las mejores librerías. Así que la frase final estaba cantada: nos vemos en los bares y en las librerías.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Días sin bares (VIII)</title>
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		<pubDate>Sat, 09 May 2020 16:40:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>Andan alborotados los dueños de bares estos días, con el ánimo suspendido a cuenta de las dudas que genera en el sector <strong>la reapertura a medio gas</strong> o en libertad vigilada de sus locales, un espacio ocioso para su clientela, una manera de vivir para ellos. Hierve el móvil a golpe de mensajes, que son en realidad mensajes en una botella: se lanzan al éter como si fuera el mar, con la esperanza de que su contenido llegue a una playa propicia y genere el necesario debate.</p>
<p>Que no es una cuestión sólo riojana; la discusión tiene alcance nacional y responde a la pregunta que reclama una contestación urgente, más detallada que ese laberinto de párrafos que es el <strong>BOE</strong>. ¿Cómo conciliar el derecho a la salud de los consumidores con la pertinencia de poner a salvo la actividad económica de donde comen unos cuantos trabajadores? Dicho en prosa. ¿Se puede llegar a fin de mes reduciendo el aforo de un establecimiento a un límite para el que ninguno de ellos estaba preparado, con las inevitables consecuencias en la máquina registradora?  Todo son preguntas. Todas de momento sin respuesta. Porque dependen de un exagerado número de factores, entre ellos los de orden psicológico, donde nadie gobierna. ¿Hasta qué punto querrá el potencial cliente, el de antes del virus, compartir espacio apelotonado como era costumbre con otros semejantes mientras espera a tomarse un vino? Los propios dueños de los bares se contestan: en general, ninguno parece dispuesto a plantear a su parroquia ese dilema. Antes prefieren cerrar que reanudar su actividad sin que estén garantizadas la higiene o la seguridad sanitaria.</p>
<p>¿Entonces?</p>
<p style="text-align: left;">Otra pregunta que llevará tiempo responder. Las voces más sensatas del sector admiten que la <strong>desescalada</strong> (temible palabra) exigirá recuperar <strong>la nueva normalidad</strong> (aberrante concepto) por tantas fases como estados de ánimo distinga a la hostelería riojana. Habrá quien desafíe los límites de capacidad porque sus locales se lo pueden permitir y acepte renunciar a la fisonomía de toda la vida a cambio de reanimar sus ingresos. Habrá quien se apresure el lunes a poner la terraza en marcha porque así lo admite el tramo de calle donde tiene su sede. Y habrá otros menos afortunados que tendrán que renunciar a lo uno y a lo otro. Esos bares diminutos, que llenan de color las calles más propias para este gran entretenimiento español, tendrán sus días contados, salvo milagro. Y otro tanto aquellos que gozan de un espacio mínimo para ubicar sus veladores: deberán ir pensando en otra alternativa. Con el paso del tiempo, se irá aplicando esa lógica darwiniana según la cual resiste y triunfa quien mejor se adapta al cambio de paradigma.</p>
<p>De momento, quede constancia de que <strong>entre la hostelería de La Rioja</strong> son mayoría los corazones que antes que poner en riesgo la salud de sus clientes, optan por mantener la verja echada. Mientras resolvemos entre todos cómo serán esos bares que vienen, los futuros clientes les damos las gracias. También nosotros pensamos como nuestros abuelos: la salud es lo primero.</p>
<p>P. D. Publiqué estas líneas en <strong>Diario LA RIOJA</strong> esta semana, cuando se despertó de su letargo la actividad económica, bien que tímidamente. Este lunes dará un nuevo paso adelante el sector comercial, con la posibilidad de que abran los bares que así lo deseen aunque con restricciones. Durante las últimas horas, un sondeo a golpe de móvil me permite concluir que, al menos en mi humilde radar, proliferan las renuncias a reabrir. Detecto una doble justificación, muy entendible: hay condicionantes de tipo financiero que desaniman a cualquiera y, por otro lado, todos los bares no reúnen las condiciones (de espacio por ejemplo, tanto interior como exterior) que invitan a la reapertura. Tercera explicación adicional, que nadie confiesa pero que alguno deja caer: más o menos, todos prefieren esperar. A ver qué pasa. A ver cómo les va a los que reabran, cómo se adaptan a la nueva realidad y cómo se comporta su clientela. Hay poderosas razones al fondo: la salud, en efecto, es lo primero. Pero también hay valientes, a quienes por lo demás tengo por personas sensatas, nada temerarias. Que no se arriesgarían si no detectaran que han apartado de sus bares toda posibilidad de riesgo. Pongo un par de ejemplos. El <strong>Dover</strong> y el <strong>Moderno</strong>, a cuyos tripulantes deseo mucha suerte. Como al resto. A todos los que se vayan animando y nos ayuden a materializar este deseo: que la nueva normalidad nos recuerde bastante a la vieja.</p>
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		<title>Quedarse en casa</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Mar 2020 18:12:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Recuerdo haber ingresado una noche de frío feroz en la <strong>calle Laurel</strong> preguntándome, con la nieve a la altura de las canillas, si habría algún bar abierto (lo había: el <strong>Donosti</strong> del gran Juanito y familia). Recuerdo una tarde sentado en el ventanuco del viejo <strong>Tivoli</strong> (aquel estupendo paso de paloma) sopesando si entraba o no en la Laurel porque un bochorno infame azotaba Logroño y temía que no hubiera ni un bar abierto en medio de la canícula dominical (y lo había: el antiguo <strong>La Simpatía</strong>). Recuerdo haber ido por la calle Laurel la noche del 23F preguntándome si algún otro parroquiano se habría animado y en efecto: los fieles del desaparecido <strong>Bambi</strong> vimos allí a Jordi Pujol por la tele, muertos de risa. Recuerdo haber peregrinado por las barras de confianza en medio de circunstancias ambientales y/o personales nada propicias, tal vez porque en esas condiciones sirve de manera más adecuada la terapia que aguarda en nuestros bares favoritos. Recuerdo haberme ido de bares en todas las estaciones del año, así en Logroño como en otros pagos, porque se trata de un entretenimiento (uno de tantos, no el único) irresistible, donde se esconde la sustancia genuina de los días: celebrar la vida.</p>
<p>Y no recuerdo por lo tanto ninguna otra ocasión en que hubiera tenido que contener ese mandato, esa tentación. El dichoso virus, como supondrá el improbable lector, se combate según las más prestigiosas mentes de nuestra generación evitando el contagio que genera la vida social, tan riojana. Que en Logroño tiende a ejercerse, desde luego, en los bares. Pero todas esas advertencias que me llegaban contenían el germen de la rebelión. Un sordo llamamiento a rebelarnos, a resistir ante el avance del discurso oficial: si nos quedamos en casa, pensó esta semana en algún momento mi atribulada mente, sería tanto como aceptar que el bicho que llegó de <strong>China</strong> gana el combate. Que nuestra feliz convivencia sale derrotada del encuentro con esta <strong>pandemia</strong> endiablada, que nos busca las cosquillas incluso en esos hábitos tan apacibles y de dudoso peligro.</p>
<p>Pero la razón científica tiene cosas que nuestro corazón logroñés no entiende. Amparado en ese argumento, me rebelaba contra la idea de pasarme el fin de semana entre las cuatro paredes del hogar familiar porque me parecía por el contrario lo correcto plantar cara al virus: apalancarme en la calle Laurel o en la San Juan o en cualquier otro agradable refugio y recetarme una sobredosis de tragos y bocados, en plan <strong>Fraga</strong> <strong>en Palomares.</strong> Aquí estoy yo, aunque sin el Meyba aquel gigantesco. Tomarme el aperitivo, acudir al cine (los Moderno: los únicos que aguantan en el corazón de Logroño) y darme por la tarde otra vuelta por las jurisdicciones amigas. Quería hacer lo de siempre. Ir de bares. Y no me resignaba. No quería escuchar las doctas opiniones de quienes algo saben de este asunto y desaconsejaban la interactuación propia del sector hostelero.</p>
<p>Sólo el jueves cambié de opinión. Me empezaron a llegar mensajes al móvil de unos cuantos benéficos hosteleros avisando de que, dijera lo que dijeran la consejera <strong>Alba</strong>, el ministro <strong>Illa</strong> o el duende <strong>Simón</strong>, ellos iban a cerrar sus locales. Lo hacían supongo porque habían empezado a comprobar que decaía el número de feligreses pero sobre todo porque se rendían al peso de la evidencia. El sentido del deber. Un goteo de guasaps que fue incrementando su producción a medida que se hacía de noche terminó de convencerme. Tocaba transigir, rendirse. Ir de bares se había convertido de repente en sinónimo de irresponsabilidad.</p>
<p>Así que estas líneas que habían empezado como un conato de sublevación concluyen asumiendo que, como escribió algún clásico, cada derrota esconde a menudo un triunfo posterior. Prefiero pensar que llegará un mañana en que estos apocalípticos días nos moverán a la sonrisa conmiserativa que se nos queda en la cara mientras recordamos la noche en que llegamos a Laurel bajo una nevada siberiana, o sometidos por los rigores del verano o amenazados por el pistolón de <strong>Tejero</strong>. Volveremos a ver a la maga Tere en la <strong>Taberna de Baco,</strong> a su vecina la hechicera Azucena preparando sus tomates en <strong>El Soldado</strong> y a tantos bondadosas almas cuyas pócimas nos reconfortan y nos seguirán reconfortando. Cuando volvamos a ir de bares por las calles de Logroño (y de Haro y de tantos rincones tan queridos) pensando que así como gracias a que en esta vida se pierden algunas batallas se puede al final presumir de que ganas la guerra, lo cual exige algún sacrificio: el mío, renunciar a ir de bares. Poca, poquísima cosa, comparado con el generoso esfuerzo y ejemplar compromiso del personal sanitario. A quien habría que empezar por ir encargando un monumento.</p>
<p>O invitarles al menos a una ronda cuando volvamos a ir de bares.</p>
<p>P. D. Entre otras razones, calibré durante unos cuantos días saltarme el llamamiento a la prudencia porque me parecía que presentarme en el bar de guardia transmitía una corriente de afecto y solidaridad a sus dueños, que lo pasan tan mal en esta crisis como sus empleados. Pero venció por fin la prudencia e hice caso al célebre hastag, también llamado en etiqueta: <a class="css-4rbku5 css-18t94o4 css-901oao css-16my406 r-1n1174f r-1loqt21 r-1qd0xha r-vw2c0b r-ad9z0x r-bcqeeo r-1ny4l3l r-1ddef8g r-qvutc0" dir="ltr" role="link" href="https://twitter.com/hashtag/YoMeQuedoEnCasa?src=hashtag_click" data-focusable="true">#YoMeQuedoEnCasa. </a> Así que lo dicho. Me quedo en casa: voy abriendo la primera botella de vino del finde.</p>
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		<title>Toma chocolate</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Feb 2020 15:57:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Repasando viejos artículos, recupero ahora el recuerdo de una entrada ya bastante añeja, dedicado a glosar aquel local llamado <strong>Moreno</strong>, la chocolatería que algún otro logroñés del ala senior tampoco habrá olvidado: ubicada en la calle <strong>Sagasta</strong>, frontera con las escalerillas que conducen al <strong>Peso</strong>, disponía de unos cuantos alicientes adicionales a la gloriosa ingesta del néctar que le daba nombre. Tazones de chocolate riquísimo donde más de una generación aprendió a untar el churro, mesas de formica tanto en el espacio situado al nivel de la calle como en la cuevita instalada bajo ella  y una vitrina que sobrevivió a su cierre: allí se exhibía la vajilla del local como si fuera de Sevres o porcelana china. Como si fuera el mueble de la abuela, un enigma muy logroñés. Pasaba el tiempo y allí seguía la vitrina con sus tazas pop y otras joyas que fueron mutiladas por el gamberro de turno y que una mañana desaparecieron para siempre.</p>
<p>Moreno era la chocolatería por excelencia de aquel Logroño pero el improbable lector que haya cumplido unos cuantos años tal vez recuerde otras hermanas. <strong>Reyga</strong>, por ejemplo, donde más o menos se aloja hoy el Victoria de <strong>Víctor Pradera</strong>, amplísimo local muy socorrido para las fiestas de cumpleaños de la época (la época anterior al chiquipark y otras conquistas recientes); o una breve y angosta chocolatería situada en<strong> República Argentina</strong>, donde apenas tuve el gusto. Yo era de Moreno, por cercanía geográfica y vecindad sentimental y decantarme por otros locales de la competencia tenía algo de traición para mi corazón tan logroñés. Todavía hoy el aroma a churros y chocolate me sigue transportando mentalmente a ese recodo de la vida. Cuando parecía eterna.</p>
<p>Desde su adiós y desde que se despidieron sus gemelas, el chocolate en Logroño ha tenido mala suerte. No han cuajado unos cuantos intentos por completar el mapa de las distintas tipologías propias al sector hostelero, culpa también de que se trata de una ambrosía desaconsejada por su alto contenido en azúcares por la medicina moderna, que persigue también con semejante saña al amigo churro, una delicia que debe buscarse mejor en las churrerías ambulantes (o medio ambulantes) diseminadas por la ciudad. Los amigos de este manjar, entre quienes por supuesto me cuento, debemos reconocer nuestra derrota y conformarnos con darnos un homenaje cuando visitamos otras ciudades (<strong>Madrid</strong>, sobre todo, pero también <strong>Málaga, Granada o Sevilla</strong> según tengo observado: en Andalucía los nutricionistas aún no han triunfado). Algo semejante les ocurre a los incondicionales del chocolate: las alternativas que ofrece Logroño para su ingesta conducen a añorar los tiempos arriba mentados. La época dorada de Moreno y compañía.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/churros-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1482" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/churros-1-1024x538.jpg" alt="" width="1024" height="538" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/churros-1-1024x538.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/churros-1-300x158.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/churros-1-768x403.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/churros-1.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
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<p>Pero hay buenas noticias. Del armario donde unos y otros (los fans del churro, los devotos del chocolate) llevamos tiempo encerrados ha venido a nuestro rescate el de siempre, <strong>Mariano Moracia</strong>. Con su olfato infalible para los negocios, se hizo hace unos meses con el bar ubicado en los cines Moderno, al ladito mismo de su centenario café, y  ha obrado un milagro. Aquel local que misteriosamente languidecía, más tristón en cada uno de los fallidos intentos de resurrección, hoy está lleno casi siempre. Lleno a rebosar, desbordante de público. Veterano, la mayoría. Formado por esos logroñeses que añoraban la reconfortante taza de chocolate con su ración de churros y apenas disponía ya de algún establecimiento donde abandonarse a ese riquísimo vicio. Mariano acertó poniendo el acento en esa oferta que encaja me parece que fetén con ese otro placer que se bate en retirada: ir al cine. Abandonarse a la magia de la gran pantalla y antes de entrar, o tal vez a la salida, regalarse de paso una subida de azúcar. Diabéticos y maratonianos (también llamados raners) abstenerse.</p>
<p>El caso es que este hermano menor del Moderno ha triunfado. Al menos, así se deduce de cómo sus mesas y su barra disfrutan de una excelente entrada incluso en esas tardes de invierno, entre semana, cuando pasear por el viejo Logroño intimida, a ratos. No hay apenas nadie, la calle <strong>Laurel</strong> cercana tiene casi todos sus bares vacíos y sin embargo, allá adentro, una breve multitud se apiña para entregarse a ese néctar recuperado para la causa por la familia Moracia. Un viaje por esos metros cuadrados de la ciudad castiza tiene algo de viaje en el tiempo, el tiempo que entronizó a Moreno en el imaginario popular. Y deja en el aire alguna duda, una inquietante pregunta: qué hará Mariano Moracia cuando llegue el buen tiempo y encaje menos el chocolate con churros con la temperatura ambiente. ¿Horchata? ¿O limonada tal vez? Quién sabe si zarzaparrilla.</p>
<p>Continuará.</p>
<p>P. D. Los amantes del chocolate con churros disponen por supuesto para satisfacer su devoción de todos esos espacios ambulantes que festonean unos cuantos rincones de Logroño. <strong>Murrieta</strong>, la <strong>Glorieta</strong>, <strong>Las</strong> <strong>Gaunas</strong>&#8230; Allá podrá el interesado saciar sus expectativas con la rica ingesta de semejantes ambrosías; en mi caso, suelo elegir la churrería/furgoneta emplazada en el parque <strong>Gallarza</strong>. Donde se despacha una recomendable mercancía y el amigo churrero suele añadir de propina una unidad: 12 más uno. A cada cual mejor.</p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra (III): Míchel, el del Calderas</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Dec 2015 10:43:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/12/calderas-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-583" title="Míchel, defendiendo de crío la barra de su popular bar Calderas" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/12/calderas-1.jpg" alt="Míchel, defendiendo de crío la barra de su popular bar Calderas" width="600" height="434" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/12/calderas-1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/12/calderas-1-300x217.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p><strong>Míchel</strong>: uno de esos camareros de confianza, de los de toda la vida, a quienes se conoce por su nombre de pila. Y es suficiente. Tanto, que para preparar estas líneas le tuve que preguntar por su apellido, cuestión que yo ignoraba como supongo que desconocen muchos de cuantos una vez fueron sus clientes y le visitaban en el legendario <strong>Calderas</strong>. Ahora no es tan común verle al frente de la barra, pero hubo un tiempo en que ejercía de faro y brújula para quien esto escribe, integrante de una pequeña multitud que solía detenerse en su barra para asistir al asombroso fluir del agua en su mítica pila donde refresca las bebidas. Una pila <strong>patrimonio de la humanidad logroñesa</strong>. Míchel protagoniza la tercera entrada de la sección <strong>Nuestro hombre en la barra</strong>, dedicada a relatar la historia de nuestros camareros más conocidos. Y lo hace confesión mediante: “Realmente, yo no tenía ninguna gana y menos interés en trabajar de camarero”. “A mi padre”, recuerda, “le dio por comprar un bar en la <strong>calle Laurel</strong>, el Calderas, así que dejó la carretera y allí nos fuimos la familia”. Míchel era entonces un chavalín de apenas 10 años, que seguía estudiando como corresponde a esa edad aunque de vez en cuando echaba una mano a la familia, como se observa en esta imagen. No era una ocupación rara para él: su abuelo era propietario del <strong>Chiqui</strong> en <strong>Colón</strong>, de modo que no puede extrañar que con el paso de los años acabara por tomar las riendas del negocio familiar y dedicarse totalmente a la hostelería.</p>
<p>Fueron grandes tiempos, reconoce. Míchel añora aquel pasado, no tan lejano, en que los hábitos de consumo en materia de bares eran radicalmente distintos a los de ahora. La propia calle Laurel también era harto diferente, en efecto: qué se hizo, se pregunta, “de aquellas cuadrillas que se pasaban el día entero en la calle Laurel”. “Quedaban a primera hora de la mañana un domingo, tomaban unos &#8216;revueltos&#8217; , vermús, vinos, banderillas, café torero, copa, puro, medios cubatas&#8230; Y vuelta al vino, banderillas, café&#8230; Era cuando los bares no cerraban a mediodía”, rememora. Cuando los horarios eran otros, desde luego: es que los bares casi no cerraban nunca, carecían sus dueños de vacaciones y entre semana, por supuesto, la calle Laurel ofrecía otro aspecto, menos sombrío que el actual, al menos en los días de labor.</p>
<p>Una impresión que corrobora el propio Míchel: “Creo que la mayor diferencia hoy en día es la distancia que se ha creado <strong>establecimiento</strong> y <strong>cliente</strong>”. Una impresión que desgrana con estas palabras: “Se ha perdido aquella relacción entre dueños y clientela, aquella complicidad, buen rollo, amistad incluso: había alguno que cuando venía al bar, en realidad venía a su casa, entraba a la cocina, estaba un rato hablando&#8230; Clientes que te contaban su vida, hasta el punto de que cuando se ponían enfermos o tenían un accidente, ibas a verlos al hospital”, relata. El paso del tiempo también deja alguna reflexión positiva, concede el dueño del Calderas: “Hombre, el gremio ha evolucionado, igual que todos hemos ido para adelante en este país, unos más y otros menos, cada uno en la medida que ha podido”. Y añade: “Sí que hemos empeorado, creo yo, en el exceso de oferta: es difícil ahora tener esa misma relación con los clientes con tantos y tantos bares”.</p>
<p>Así que Míchel concluye sus palabras regresando al territorio de la nostalgia, propio de quien prácticamente se ha criado en la calle Laurel. “Mis libros del &#8216;insti&#8217; olían a cocina”, advierte. “Quedamos sólo unos pocos que hayamos visto repartir las bebidas en carros tirados por caballos o que hayamos probado la zarzaparilla”, confiesa. Resumen final: “Podría estar tres días seguidos recordando aquellos años y aquellas cosas con mucho cariño. Creo que daría para un libro”.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/12/calderas1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-584" title="Mïchel, con Miguel Herreros en el Calderas" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/12/calderas1.jpg" alt="Mïchel, con Miguel Herreros en el Calderas" width="600" height="407" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/12/calderas1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/12/calderas1-300x204.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>P.D. Cuando a Míchel (que por cierto se apellida Perella Ambrosi, “presunto italiano”, aclara) se le pide que mencione sus tres <strong>bares favoritos de Logroño</strong>, contesta así: “Resaltar tres bares son muy pocos para mí, porque tengo bastante recorrido. Y si doy nombres seguro que me dejaría alguno y me dolería, porque en muchos tengo muy buena relación. Prefiero decir que en la calle hay tres, que no me gustan nada, no por los establecimientos en sí, sino por quienes los dirigen”.</p>
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		<title>Bares de nuestros padres</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jul 2015 07:34:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/07/ibiza.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-528" title="Foto antigua de la terraza del Ibiza, obra de Tomás Asensio. Archivo Municipal de Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/07/ibiza.jpg" alt="Foto antigua de la terraza del Ibiza, obra de Tomás Asensio. Archivo Municipal de Logroño" width="600" height="803" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/07/ibiza.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/07/ibiza-224x300.jpg 224w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Hace unos días, mientras asistía al parlamento con que <strong>Félix Revuelta</strong> agradecía el premio Mercurio, caí en la cuenta de que nuestra experiencia como clientes de los <strong>bares</strong> <strong>favoritos</strong> se nutre de varios caminos: por un lado, los bares que elegimos según se lleve esa temporada. Por otro lado, aquellos que nos resultan más cercanos a nuestro corazón, los bares adonde acudimos una y otra vez porque representan para nosotros algo más, algo más que bares. Y una tercera vía: los bares que fueron propios de nuestros padres, de donde nos fugábamos espantados porque nos olían a naftalina&#8230; y donde sin embargo acabamos desembocando por una pura cuestión biológica. Es decir, a medida que alcanzamos la edad que tenían nuestros padres cuando sus bares predilectos nos parecían demasiado viejunos. Camps. Carrozas, palabra que por cierto ha desaparecido de nuestro vocabulario.</p>
<p>En su discurso de agradecimiento, Revuelta recordaba ante los convocados por el Club de Marketing su propia trayectoria como <strong>logroñés</strong>. Incluía un emocionado recuerdo a su etapa de pinche en el <strong>estanco</strong> familiar, que todavía se aloja hoy frente a la fuente de <strong>Murrieta</strong>, repartiendo según las consignas paternas por los cercanos bares de la <strong>calle Laurel</strong> y aledaños aquella mercanía formada por cartones de Celtas. Aludía también el dueño de Naturhouse a cómo pasando el tiempo su familia adquirió un bar, que resultó ser un bar que luego me tuvo entre sus fieles, en una etapa supongo que posterior a cuando lo defendían los Revuelta. Se trataba de<strong>l bar Texas</strong>, a cuya máquina flipper estuve enganchado en la adolescencia: sí, el mismo bar Texas ya desaparecido que formaba parte de un trío de locales, el <strong>Apolo</strong> y el superviviente <strong>Tizona</strong>, ubicados los tres en la manzana de <strong>avenida de Colón</strong> entre <strong>Jorge</strong> <strong>Vigón</strong> y <strong>Villamediana</strong>, un trío que ha aparecido ya aquí en otras entradas.</p>
<p>Asi que repasando mi propio ejemplo, reviso la historia de quienes nos precedieron trasegando infusiones, alcoholes y destilados por <strong>Logroño</strong> y recuerdo que cuando uno vestía pantalón corto (no pantaloneta, ojo) veía a sus progenitores y compañeros de quinta deambulando por La Granja y el Ibiza, o apoltronados en los veladores de La Rosaleda. También frecuentaban el Pachuca y el Ringo cercanos, por supuesto acudía al Milán y el San Remo, aquella clásica ruta, así como se dejaban caer por el Alevi de la Gran Vía, el Llacolén y Lucans de avenida de Portugal y ya de más mayores por el Duque, inolvidable pub ubicado en los bajos del hotel París, así como por el Mesón del Rey (hoy Casablanca) y el Doblón de Portales. El Robinson, Pat Garret y Mi Amigo fueron los garitos de la Zona favoritos de aquella generación, me parece, lo cual significaba que para sus hijos eran los tres que había que evitar a toda costa.</p>
<p>A la hora de disfutar de la cocina local, esos logroñeses que hoy disfrutan de la jubilación fueron devotos de Las Escalerillas y el Buenos Aires, claro, del Carabanchel y del Cachetero, del Iruña y Matute, porque en realidad tampoco había tanto donde elegir. Se habían iniciado en la afición que luego heredamos sus hijos en locales tipo Bolo Pin Club, Rango y otros que uno apenas llegó a conocer y, como el resto de la ciudad, a medida que Logroño crecía iban abandonando los viejos bares de la<strong> calle Mayor</strong> y alrededores para trepar hacia el ensanche nacido en torno a la Gran Vía y ocupar en consecuencia los bares que allí se fueron alojando, con una querencia común hacia el desaparecido Las Cañas (resucitado ahora como Wine Fandango) y alguna incursión en esos negocios que acarician una cuerda en el interior de cada cual: en mi caso, las expediciones a por el bocata de jamón del Rincón de Pepe de la calle Oviedo, el bar de las piscinas de Cantabria, también el de la Hïpica con su barra exterior&#8230; que merecerá una entrada propia un día de estos.</p>
<p>Muchos de ellos han periclitado, otros han mudado su fisonomía hasta quedar irreconocibles. Pero en los que resisten yo he acabado entrando alguna vez, salvando ese temor intangible que tanto respeto me imponía antes su entrada, porque era tanto como ingresar en el mundo adulto. En el mundo de los adultos de cuando yo era un crío o un mocete. Al <strong>Ibiza</strong>, por ejemplo, suelo peregrinar una mañana cada finales de julio según un rito personal cuya justificación no viene a cuento, pero que sirve para hermanarme con aquel tiempo en que lo frecuentaba de niño y convoco en consecuencia a mis propios fantasmas. Los mismos fantasmas particulares que me parece que invocaba el otro día Félix Revuelta cuando recibía el premio Mercurio, miraba hacia atrás y se veía de crío repartiendo tabaco por la calle Laurel. Cuando el mostrador del Texas seguro que le venía grande porque no era su bar aunque sí lo fuera: era el bar de sus padres.</p>
<p>P.D. Hay bares que se forman parte del itinerario sentimental de cada logroñés y hay otros, raros bares por escasos, donde coincidimos todos alguna vez: esos bares son de todos. Me parece que uno de ellos es el <strong>Moderno</strong>. Iban nuestos padres y también nuestros abuelos, fuimos luego nosotros quienes formamos parte de su clientela y tengo observado que las nuevas promociones mantienen la costumbre de acomodarse en su barra, hacerse fuertes en la terraza o aposentarse entre el maderamen del interior. Tal vez porque lo lleva en el nombre: el Moderno siempre es moderno.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Bares con banda sonora</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Apr 2015 15:38:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/04/sierra-hez.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-478" title="Bar Sierra de la Hez, en la calle Travesía de Laurel. Foto de Miguel Herreros" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/04/sierra-hez.jpg" alt="Bar Sierra de la Hez, en la calle Travesía de Laurel. Foto de Miguel Herreros" width="600" height="493" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/04/sierra-hez.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/04/sierra-hez-300x247.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En los años tiernos de nuestra mocedad,<strong> los bares logroñeses</strong> aparentaban una condición fúnebre que sólo desmentía la gracia de sus dueños o de sus camareros o de sus parroquianos habituales. Si no reunían ninguna de estas circunstancias, penetrar en su interior servía sólo para confirmar ese mismo aire tristón que ofrecía visto desde la entrada. Entre los elementos de que contribuian a garantizar una atmósfera tan sombría en aquellos primeros bares donde uno se destetó como cliente figuraba la ausencia total de <strong>música</strong>, lo cual entonces amputaba también la posibilidad de cierto confort ambiental: estoy hablando de la era anterior al imperio del decibelio agresivo. Como máximo, un transistor retransmitía las radionovelas de la tarde, lo cual contribuía poderosamente a forjar ese aroma tan parecido al de un ataúd. Bares mustios, sin apenas pinchos en la barra, decorados con escasa ambición y adictos al vino de garrafón. Bares sin posesía, o con un rara poesía. Bares, todos ellos, sin música.</p>
<p>En contraste, voces llegadas de provincias vecinas hablaban de otro tipo de bares. Bares con cierta vocación de estilo, cuya oferta estrictamente hostelera se combinaba con alicientes desconocidos por <strong>Logroño</strong>: por ejemplo, que ellos si disponían de música. Música juvenil, pensada para capturar a la clientela adolescente. Música que acabó por llegar a nosotros, inundando hasta los bares de la <strong>calle Laurel</strong>, entre otras conquistas. Tenía cierta lógica, cierta justicia poética: por aquel tiempo acababa de fallecer <strong>Carmen Medrano</strong>, uno de los tres vértices del grupo que había inmortalizado aquel himno tan logroñés,<a title="https://www.youtube.com/watch?v=2sDuir-3OnA" href="https://www.youtube.com/watch?v=2sDuir-3OnA" target="_blank"> &#8216;De lunes a sábado&#8217;</a>, canción que incluía la estrofa célebre: “De la calle San Juan, a la calle Laurel”.</p>
<p>Así que la calle Laurel ya tenía su canción y además música en los bares. En realidad, esto de la música era pura cirugía estética, no lo esencial. Quiere decirse que merced a otros atributos más decisivos había entrado la modernidad en nuestros locales predilectos, adoptando en algún caso la forma de los<strong> 40 Principales</strong>. Hubo quien aprovechó esa puerta abierta por los gorgoritos del grupo de moda para dotarse de su propio plan de negocio con una perspectiva aún más ambiciosa, donde la música no fuera un ingrendiente secundario sino el principal, de modo que empezaron a menudear los bares donde la oferta musical ejercía como el atractivo clave, el imán que atraía a su clientela.</p>
<p>En aquellos bares, no se trataba tanto de tomar un trago sino de tomarlo mientras los bafles atronaban con las canciones del grupo que se llevara entonces o de aquellos temas convertidos en banderas que ayudaban a configurar la conciencia de toda una generación. Así ocurrió, pienso, con el <strong>Merlín</strong> y otro tanto con el <strong>Tifus</strong>, local que contaba con el aliciente igualmente musical de que sus dueños algo tenían que ver con aquel combo tan añorado llamado <strong>Obras Públikas</strong>. Así que sorprenderse ahora como nos sorprendimos entonces cuando ingresábamos en un bar y sonaba la música en su interior tiene un aire bastante camp. Cierto que en demasiadas ocasiones preferiríamos el modelo antiguo: que la música desapareciera (o al menos bajara el volumen a un nivel decente) para que su lugar fuera ocupado por la cháchara propia de quienes van de bares a compartir confidencias. Pero las incomodidades que depara la contaminación acústica no desaniman a los dueños de bares de Laurel y similares, así que la música sigue haciendo tanta compañía como en los bares de copas, donde se pone a prueba cada fin de semana la misteriosa relación entre la ingesta de destilados y los sones que nos avasallan por los altavoces.</p>
<p>Más enigmática y más gloriosa resulta la presencia de banda sonora en locales como el retratado arriba por Miguel Herreros: el<strong> Sierra de la Hez</strong>, cuyo dueño despacha su muy rica oferta en encurtidos (gloria a la gilda y al pepinillo en vinagreta) con un estupendo catálogo de vinos, amenizando de paso a la clientela con los temas que expulsa el aparato instalado en retaguardia, pródigo en el supersonido de los 70 e incluso más allá, puesto que garantiza ese tipo de felicidad tontorrona propia de encadenar en un mismo bucle antiguos himnos de <strong>Siniestro Total</strong> con los éxitos de <strong>José Vélez</strong>, <strong>María Ostiz</strong> y otros incunables. Me sugirió una voz amiga que le dedicara unas líneas y cumplo de esta manera mi promesa con sumo agrado, pensando en los días en que acompañar nuestros vinos con alguna de nuestras canciones favoritas nos parecía cosa imposible.</p>
<p>Y es también un placer que esta cavilación en torno a los bares de Logroño y la música coincida con otro hallazgo: el tema que el cantante riojano<strong> Isaac Miguel</strong> dedica a la cale Laurel. Mejor dicho, dedicó hace años: ocurre que mi perfeccionable cultura musical no había reparado en él hasta ahora. Mis disculpas y este video, donde el cantante antes conocido como el solista de Rene confiesa lo que todo logroñés alguna vez habrá pensado:<a title="https://www.youtube.com/watch?v=gpd6PuHiLgY" href="https://www.youtube.com/watch?v=gpd6PuHiLgY" target="_blank"> &#8220;Hoy voy a la calle Laurel a ponerme contento&#8221;</a>.  Quien lo quiera escuchar en directo, ahí lo tiene: este sábado, día 18, a las 22.30 horas en el <strong>Menhir</strong> de Logroño.</p>
<p>P.D. Sobre cómo algunos bares agreden a su clientela con la música que nadie pide y que acaba ejerciendo de molesto taladro en el pabellón auditivo ya escribí en la <a title="https://blogs.larioja.com/logronobares/2014/06/28/bares-el-ruido-y-el-frio/ " href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2014/06/28/bares-el-ruido-y-el-frio/ " target="_blank">entrada </a>que aquí adjunto. No es el caso de los bares mencionados arriba: en el caso concreto del Sierra de la Hez ocurre justo al contrario, porque propone en realidad una delicada manera de acompañar viandas y tragos con una banda sonora inmarcesible. Y de paso, garantiza un provechoso repaso a la música de la era yeyé, con la que algunos seguimos estando en deuda.</p>
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		<title>Candidatos por las cafeterías</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Apr 2015 16:43:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Una reciente declaración de Mariano Rajoy me ha invitado a preguntarme qué bares logroñeses frecuenta nuestra clase política. Recordaba el presidente del Gobierno de España que su partido, a diferencia de otros que evitó nombrar, no va buscando “candidatos por las cafeterías”. Así que yo, como un personaje de tebeos, me dije: “Sopla, caramba, carape”. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/04/rajoy.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-475" title="Pedro Sanz y Mariano Rajoy, leyendo Diario LA RIOJA en El Soldado de Tudelilla en el 2010. Foto de Juan Marín" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/04/rajoy.jpg" alt="Pedro Sanz y Mariano Rajoy, leyendo Diario LA RIOJA en El Soldado de Tudelilla en el 2010. Foto de Juan Marín" width="600" height="423" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/04/rajoy.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/04/rajoy-300x212.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una reciente declaración de <strong>Mariano Rajoy</strong> me ha invitado a preguntarme qué<strong> bares logroñeses</strong> frecuenta nuestra clase política. Recordaba el<strong> presidente del Gobierno de España</strong> que su partido, a diferencia de otros que evitó nombrar, no va buscando “candidatos por las cafeterías”. Así que yo, como un personaje de tebeos, me dije: “Sopla, caramba, carape”. Es decir, unas exclamaciones tan arcaicas como el propio autor de la frase. Y acto seguido me pregunté a qué se refería el inquilino de <strong>La Moncloa</strong>, cuestión para la que carecía y carezco de respuesta. Debe ser un mensaje subliminal que lanzaba a ver si alguno de sus competidores se daba por aludido.</p>
<p>El caso es que seguí cavilando en torno a la frasecita y concluí que no me gustaba. Porque el autor de un<strong> blog de bares</strong> debe, ante todo, defender a los susodichos: es decir, las barras en donde todos alguna vez nos hemos acodado. Por lo tanto, nada puede haber de deshonroso en buscar a quien sea (candidatos, damas de compañía, compañeros de tertulia) en las cafeterías, así que el presidente debería pensarse mejor sus ocurrencias puesto que, por otro lado, el bar goza de un elevado poder simbólico en el imaginario popular que hace mal en minimizar ahora que llegan elecciones: el bar, como prolongación de la calle. El bar, como depositario de las inquietudes ciudadanas. El bar, en fin, como el lugar donde sí que habría que ir buscando a los españoles en edad de votar. A los electores y, por qué no, a los elegibles.</p>
<p>En realidad, a Rajoy y al resto de sus colegas de profesión les recomendaría uno todo lo contrario. Que fueran más por los bares, tabernas y cafeterías. Que pisaran más el asfalto y menos la moqueta, consejo que por otro lado me dedicao también a mí para mi propio oficio. Porque a raíz de esa declaración he comprobado que, en efecto, uno apenas se encuentra a los <strong>políticos riojanos</strong> cuando callejea, ingresa en tal bar, se toma un trago en aquel otro, engulle un pincho en el de más allá. Será casualidad, porque me consta que algunos de ellos tienen esto de los bares entre sus pasatiempos favoritos y de hecho así me lo reconocieron meses atrás, cuando protagonizaron una entrada en este blog buscando el bar predilecto de los logroñeses. Pero así, a bote pronto, apenas recuerdo algún encontronazo con este consejero, aquella concejal, ese director general o alguna parlamentaria.</p>
<p>Hago recuento reciente. En plena<strong> Semana Santa</strong> tropecé con un miembro del Gabinete <strong>Sanz</strong> en un bar el centro de <strong>Logroño</strong>; esa misma noche, deambulando por la <strong>calle Laurel</strong>, saludé a una edil logroñesa. Eso es todo. Pare de contar el improbable lector. Es verdad que uno ha consumido algún café o algún vino con los miembros de la dirigencia política riojana, pero se trataba de citas previamente concertadas: aquí me refiero a otra cosa, a ese tipo de encontronazos que suceden de modo inesperado entre los conocidos de nuestro entorno y que vendrían a validar la tesis arriba citada. Esto es, que los políticos frecuentan poco las cafeterías y que otro gallo les cantaría, en cuestión de cercanía al administrado, si cambiaran tales hábitos y fueran buscando candidatos por las barras de su ciudad. Otro gallo les cantaría significa que tal vez otra opinión tendrían de ellos sus convencinos.</p>
<p>La foto que ilustra esta entrada confirma la impresión mencionada. Se trata del retrato con que<strong> Juan Marín</strong>, compañero en <strong>Diario LA RIOJA</strong>, inmortalizó a Pedro Sanz y Mariano Rajoy con ocasión de una visita del segundo a Logroño. Corría marzo del 2010 y no: no es que hubieran coincidido durante un paseo mutuo por la<strong> calle San Agustín</strong>, donde fue tomada la imagen. Sólo ocurre que la prensa fue avisada de la visita ambos a <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>, con la intención de divulgar la idea de que nuestros políticos comparten con el pueblo llano al que deben su sueldo aficiones como la de ir de bares. Lo cual no es del todo cierto. Si no fuera porque le guió Sanz hasta el feudo del gran Manolo, Rajoy ni siquiera hubiera sabido dar con el entrañable local que tan felices nos hace desde tan largo tiempo. Y eso que se hubiera perdido: a juzgar por la foto, ésta se captó una vez haber dado cumplida cuenta de la imperial ensalada de tomate y los jugosos huevos fritos, regados con vino de la tierra según se deduce del vaso ya vacío visible a la derecha de Sanz, con apenas un culín (con perdón) recordando su contenido reciente.</p>
<p>De modo que cuando coincida con Rajoy en alguna cafetería madrileña cualquier día de éstos, aprovecharé para afearle su frase. Lo haré en nombre de quienes pensamos que los candidatos están mejor en sus bares de confianza, confraternizando con la parroquia, que apoltronados tras sus escaños o invisibles en sus despachos al ojo ciudadano. Aunque no hay que preocuparse mucho: llega <strong>tiempo</strong> <strong>electoral</strong> y será el momento en que veamos a nuestros políticos por todos los lados. Incluidas las cafeterías.</p>
<p>P.D. Hace unos días, coincidí a la puerta de un bar de mi barrio con un grupo de políticos que desmentía mi dictamen según el cual apenas ejercen como parroquianos. Me gustó verles confraternizando, sobre todo porque militan en partidos diferentes. No es la primera vez que tal prodigio ocurre: aquí, en la <a title="https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/01/02/los-bares-favoritos-de-unos-cuantos-politicos-logroneses/" href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/01/02/los-bares-favoritos-de-unos-cuantos-politicos-logroneses/" target="_blank">entrada</a> que protagonizaron el pasado mes de enero en este blog, ya vemos a unos cuantos de ellos decántadose por sus locales predilectos en amigable compañía. Mezclados, pero no revueltos. Como un buen Martini.</p>
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		<title>Al calor del amor en un bar</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Feb 2015 08:02:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/hortelano1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-441" title="Portada de El Hortelano para Gabinete Caligari" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/hortelano1.jpg" alt="Portada de El Hortelano para Gabinete Caligari" width="550" height="492" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/hortelano1.jpg 550w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/hortelano1-300x268.jpg 300w" sizes="(max-width: 550px) 100vw, 550px" /></a></p>
<p>Alguna vez me he preguntado (supongo que en pleno aburrimiento) cuándo nacen<strong> los logroñeses</strong>. Es decir, en qué época del año es más común que se abarroten los paritorios del <strong>San Pedro</strong> igual que antes fue hora punta en el <strong>San Millán</strong>. Tengo una cierta sospecha: me malicio que nueves meses después de <strong>San Mateo</strong> o de <strong>Nochevieja</strong> suele haber noticias de la cigüeña. La ingesta masiva de alcohol y el desparrame generalizado contribuyen al intercambio de fluidos y&#8230; Etcétera, que no hace falta dar muchos detalles. De donde se deduce que si mis cálculos van en la buena dirección, allá por junio tiene que ser época de intensa actividad para ginecólogos y comadronas, fruto de los desmadres mateos. Y tres meses después, otro tanto: toca recoger las consecuencias de la noche más larga del año.</p>
<p>Viene esta digresión a cuento de que muchos de esos encontronazos amorosos suelen tener como escenario nuestros bares. Al calor del amor de los bares se forjan amores sin cuento, romances eternos, noviazgos furtivos. Y puesto que este fin de semana entramos en territorio <strong>San Valentín</strong>, parece un escenario propicio para reflexionar sobre esa vertiente poco explorada de nuestros bares favoritos: su condición de nido para tortolitos. Para los primeros escarceos, especialmente. De modo que esta entrada en el blog es más bien una invitación, a ver si alguien se anima a contar todo lo que se pueda contar sobre<strong> en qué bar logroñés conoció a su pareja</strong>, cosa que ocurre probablemente más veces de las pensamos.</p>
<p>El que suscribe habla con feliz conocimiento de causa: para servidor, el bar que ejerció de <strong>Cupido</strong> fue el venerable <strong>Taza de la calle Laurel</strong>, hoy en trance de resurrección. El Taza ofrecía una ventaja para estas lides que también caracterizaba al vecino Tívoli: un ventanuco con asiento, estupendo paso de paloma para semejantes ejercicios. De modo que siempre que vuelvo a pasar delante de su puerta y veo tanto el bar en sí como el ventanuco citado, me pongo de buen humor. Rejuvenezco incluso.</p>
<p>No será el mío el único caso. Porque los bares representan una extensión del hogar tan conseguida que sirven como escenario para todas aquellas maniobras que en la casa familiar no pegan demasiado. Huyen desde antaño las parejitas al bar de confianza para alejarse del escrutinio paterno y trenzan entre consumiciones su idilio, así que cualquiera puede hacer ese mismo ejercicio de memoria sentimental y enlazar unos bares con otros pespunteando su propia trayectoria sentimental. El Taza, el difunto <strong>Capri</strong>, el antiguo <strong>Cibeles</strong>, el <strong>Torres</strong> anterior a su actual reencarnación&#8230; Bares y más bares como depositarios de un contenido emocional que hermana a una generación con otra. La de nuestros padres se sirvió del <strong>Ibiza</strong>, <strong>La Granja</strong> y similares para construir sus largos domingos de noviazgo, con frecuencia acompañados de esa figura llamada <strong>carabina</strong> que las promociones más jóvenes desconocen: dícese de la persona, generalmente mujer, que vigilaba en la <strong>España del NO-DO</strong> que las manos de ambos miembros de la pareja estaban a la vista, encima de la mesa. Quien evita la tentación, ya sabemos: evita el peligro.</p>
<p>Y las quintas más recientes tendrán seguramente sus locales de confianza para perpetrar la misma gimnasia de las parejitas que les precedieron en tales artes. Ve uno a los jóvenes enamorados pelando la pava tras los ventanales del garito que hayan elegido, dirigiéndose miraditas al aroma del cafelito y comprueba que, en efecto, el bar posee un alto poder simbólico para las artes amatorias que pasa demasiadas veces desapercibido. Como forma parte natural del paisaje de nuestras vidas, no reparamos en la importancia que ha tenido y tiene para nuestra educación. También para la educación sentimental, objetivo irrenunciable de este blog.</p>
<p>De modo que el improbable lector queda avisado: llega San Valentín, una excusa tan buena como cualquier otra para celebrar la vida donde solemos los logroñeses, en nuestros predilectos bares. Si además sirven para otras prácticas al margen de tragos, bocados y tertulias, mucho mejor: por aquí somos partidarios de la felicidad en cualquiera de sus manifestaciones. Y aunque el santo de los enamorados traiga de antiguo esa molesta sensación de venir apadrinado por <strong>El Corte Inglés</strong> e inventos semejantes, también supone una coartada estupenda para ponerse cursis y tener algún detalle con nuestros corazones, que diría la <strong>Igartiburu</strong>. De paso, se contribuye a dinamizar la actividad del sector hostelero, que ha encontrado en esta y otras efemérides la excusa perfecta para abrillantar la máquina registradora. Así que como sentenció <strong>Gabinete Caligari</strong>, cuyo estupendo disco con estupenda portada debida al genio de <strong>El Hortelano</strong> ilustra esta entrada, este fin de semana llega la hora de abandonarse al calor del amor en un bar. Y hasta lueguito, corazones.</p>
<p>P.D. Por contratiempos de salud felizmente superados no pude acudir el miércoles a la celebración de los<strong> 30 años del Café Bretón</strong>, aniversario convertido en una suerte de homenaje a su ideólogo principal, el caballero <strong>Colo Cortés</strong>. Así que no pude brindar por otros 30 años de exitosa vida ni incluir mi rúbrica en el libro de firmas creado a tal efecto, laguna que espero subsanar cualquier tarde de éstas. De modo que aprovecho esta entrada para sumarse a los unánimes parabienes para festejar la dichosa trayectoria de un bar que ha aparecido ya unas cuantas veces en este blog. Entre otras, cuando se le concedió el título oficioso de mejor bar de Logroño.</p>
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		<title>El Perchas, en torno al casticismo</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Dec 2014 08:02:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[El logroñés trasterrado que vuelve a casa por vacaciones observa distintos ritos de reinmersión en su tierra natal, que suelen manifestarse en directa proporción a la personalidad de quien se trate: habrá quien refresque su abono para ingresar como de crío en las piscinas de Cantabria, habrá también quien tome asiento en las veladas veraniegas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/12/perchas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-410" title="Entrada al bar El Perchas, foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/12/perchas.jpg" alt="Entrada al bar El Perchas, foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/12/perchas.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/12/perchas-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>El <strong>logroñés</strong> trasterrado que vuelve a casa por vacaciones observa distintos ritos de reinmersión en su tierra natal, que suelen manifestarse en directa proporción a la personalidad de quien se trate: habrá quien refresque su abono para ingresar como de crío en las piscinas de <strong>Cantabria</strong>, habrá también quien tome asiento en las veladas veraniegas del <strong>Espolón</strong> para asistir a los conciertos de la Banda Municipal y habrá quien si regresa al hogar familiar por Navidad aproveche para discutir si era mejor <strong>Iberpop</strong> que <strong>Actual</strong>, uno de esos temas de conversación tan apasionantes y tan caros para <strong>Logroño</strong>. Lo que es seguro es que unos y otros acabarán dando una vuelta por la <strong>calle Laure</strong>l, leales a sus bares favoritos. Y también casi seguro que uno de ellos será<strong> El Perchas</strong>, con sus <strong>orejitas</strong> y sus <strong>banderines del Atlético de Madrid</strong>. Bueno, pues hay malas noticias para ellos y para los indígenas: si el dios de la hostelería no lo remedia, esta será la última Navidad con El Perchas, sus orejitas y sus banderines de Atlético de Madrid.</p>
<p>Disgusto, decepción, dolor incluso: así son las reacciones que uno contempla a su alrededor, cuando comenta con amigos y conocidos la noticia de la próxima defunción de uno de los bares más peculiares del <strong>Logroño bizarro</strong>. Disgusto, decepción y dolor así en los que viven trasterrados, en efecto, como entre quienes son habituales a la ronda diaria o semanal por la calle Laurel. Apenas hace unas semanas comentábamos por este blog la difícil supervivencia que acecha a los bares cariñosamente llamados <strong>viejunos</strong>, entre los cuales El Perchas ocupa lugar de honor. Bueno, pues la supervivencia es más que difícil: para algunos es imposible, pero ahuyente el improbable lector cualquier asomo de lágrimas. Aunque la noticia nos hiele el corazón a sus devotos, en realidad llega la hora de celebrar este adiós que se avecina: cuando concluya diciembre, <strong>un matrimonio de esforzados trabajadores logroñeses</strong> se acogerá a la bendita jubilación. Y ambos podrán comprobar si como cuentan jubilación viene de júbilo.</p>
<p>En su caso, yo creo que sí. Seguro que quienes nos han alegrado las incursiones en la calle Laurel desde que éramos unos mocosos se han ganado el derecho a procurarse unos años más tranquilos. Sin que les incordie el borracho de guardia, sin los sofocos que exige atender una barra tan solicitada, sin la esclavitud que significa un negocio donde se produce el contrasentido de que unos trabajan para que otros disfruten. El Perchas es todo eso, cierto, pero también mucho más: uno de los escasos testigos del tiempo en que todos (repito: todos) <strong>los bares de Logroño</strong> eran más o menos así.</p>
<p>¿Y cómo eran? Fieles a sí mismos. No había música atronando por los bafles, las referencias de <strong>vino de Rioja</strong> eran las justas y las necesarias y el mismo decorado heredero del tiempo de su fundación seguía recibiendo a la parroquia, que entraba en el bar habiendo alcanzado uno de los propósitos que se forja uno cuando practica semejante tradición: el cliente sabía a lo que iba. Sabía a lo que iba a El Perchas. No había sorpresas, alabado sea Logroño.</p>
<p>Porque el cliente venía a eso, al <strong>monopincho</strong>. A por la orejita. ¿Despacha otras tapas el Perchas que no sean sus orejitas? Yo diría que no, pero la verdad es que lo ignoro. El <strong>simpático cerdito</strong> que saluda a la entrada eclipsa cualquier oferta que no sea la habitual: engullir una de las orejas que sus hermanos habían perdido para que fuera rebozada en la minúscula cocina donde tan felices nos han hecho. Sé que habrá entre nosotros y entre quienes nos visitan desafectos a la causa de la orejita; ellos se lo pierden, porque se trata de un bocado singular por lo exquisito: porque en esa escasa superficie delicadamente rebozada cabe un sugerente mundo gastronómico, cuyas completas virtudes no citaré. Me limitaré a reivindicar la que me pareció siempre más atractiva: su textura. Esa textura pringosa, esa primera capa un punto viscosa que a menudo resulta tan complicado despegar de los dedos, esa cualidad gelatinosa que se combina sabiamente con el crujiente secreto que aguarda adentro, el suculento cartílago cuyo chasquido sabe a gloria.</p>
<p>Sí, El Perchas quedó asociado oreja mediante en nuestra memoria igual que el <strong>Soriano</strong> con sus champis o el <strong>Moderno</strong> con sus bocadillos de calamares. Quienes nos sucedan en esta práctica de corretear por los bares encontrarán si no han encontrado ya sus propias referencias, que les inundarán de nostalgia dentro de unas décadas. Pero sería una pena que las siguientes generaciones se pierdan los tesoros que alegraron las tardes de quienes les precedieron, para quienes casi la orejita era lo de menos. Lo importante era ingresar en El Perchas como quien entra en el túnel del tiempo. Un viaje <strong>en torno al casticismo</strong> al que Logroño no debería renunciar. Porque la calle Laurel quedará mutilada, perderá encanto, será otra sin El Perchas. Sin sus orejitas y sin sus banderines del Atlético de Madrid.</p>
<p>P.D. Cuentan mis confidentes de confianza (valga la redundancia) que hay una esperanza a la vuelta de <strong>Navidad</strong>: que fructifiquen las negociaciones emprendidas por los actuales titulares de El Perchas con algún interesado en perpetuar el negocio. Ojalá. Ojalá sea cierto, aunque uno se lo creerá sólo cuando lo vea: cuando vea que le sigue saludando el cerdito de la entrada. A cambio, aceptaría incluso que el nuevo dueño cambiara la decoración para desearle larga vida a El Perchas, a sus orejitas y sus banderines del Atlético de Madrid.</p>
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