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	<title>Logroño en sus barescalle Mayor &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Días sin bares (VII)</title>
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		<pubDate>Sat, 02 May 2020 09:25:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Cavilaba estos días sobre cómo será el futuro que nos espera como ciudadanos/consumidores, ese mañana impredecible que parece hoy más cercano que ayer (pero menos que mañana), cuando cayó en mi jurisdicción el material fotográfico que me allega el querido Alfredo Iglesias, con quien compartí en otra glaciación expediciones a lo más oscuro de las [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-2.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1522" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-2-1024x838.jpeg" alt="" width="1024" height="838" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-2-1024x838.jpeg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-2-300x245.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-2-768x628.jpeg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-2.jpeg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>Cavilaba estos días sobre cómo será el futuro que nos espera como ciudadanos/consumidores, ese mañana impredecible que parece hoy más cercano que ayer (pero menos que mañana), cuando cayó en mi jurisdicción el material fotográfico que me allega el querido <strong>Alfredo Iglesias,</strong> con quien compartí en otra glaciación expediciones a lo más oscuro de las oscuras noches, ese territorio que solía situarse allá al fondo de la barra. Donde siempre había sitio.¿Lo habrá ahora? Cuando se levante el confinamiento, ¿será todo como era siempre? Lo dudo. Al menos, en primera instancia. Creo que tardaremos en recuperar la normalidad, a la que me niego a llamar nueva, descartando sumarme bovinamente a las sutiles instrucciones del semántico de guardia en <strong>Moncloa</strong>, donde van a descubrimiento filológico por semana.</p>
<p>Mientras resolvemos las dudas que presenta el porvenir, esas imágenes disparadas con el ingenio habitual del caballero Iglesias me permiten reflexionar sobre el ayer, incurrir en el noble pasatiempo de solazarme en los viejos días de convivencia sin demasiadas distancias físicas. <strong>Días (y noches) de desparrame compartido</strong>, cuando se ponía a prueba la teórica capacidad de los locales de confianza y se confraternizaba con los desconocidos con una liberalidad en las costumbres que hacía buena una de mis frases favoritas de la historia del cine, aquello de entregarse a la amabilidad de los extraños que sugería la inolvidable Blanche en &#8216;Un tranvía llamado deseo&#8217;. No se me ocurre mejor eslogan para resumir qué clase de convivencia distinguía hasta la llegada del virus al modelo de espacio común compartido que ha significado históricamente para tantos de nosotros nuestro amigo el bar.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1523" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1.jpeg" alt="" width="985" height="653" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1.jpeg 985w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1-300x199.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-1-768x509.jpeg 768w" sizes="(max-width: 985px) 100vw, 985px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En las fotos de Alfredo observamos a la parroquia consagrada, en efecto, al deporte de la cercanía, práctica que hermanaba a los amigos de toda la vida con quienes pasaban por allí. Algo de esa familiaridad en el trato se detecta en estas instantáneas, que por otro lado poseen la virtud de recordar, como su propio autor me avisa, aquellos bares que frecuentamos tantas veces y que hoy son sólo polvo (espero que polvo enamorado, con perdón). Bares que resisten estupendamente, como <strong>Eldorado</strong> de Portales, y otros que dejaron fértil memoria entre sus devotos, como el <strong>Blue Moon</strong> de Albia de Castro, del que no fue cliente demasiado fiel pero donde acabé atracando más de una noche: esa última copa que, en mi caso, casi nunca fue la última. Siempre había otra. Misterios logroñeses.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1524" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown.jpeg" alt="" width="985" height="653" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown.jpeg 985w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-300x199.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-768x509.jpeg 768w" sizes="(max-width: 985px) 100vw, 985px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otras fotos de este racimo que me administra Alfredo recuperan la memoria no menos fecunda de <strong>los garitos de la calle Mayor</strong>, donde tanto disfrutó la generación que a ambos nos siguió (somos de la quinta del 62), como queda reflejado en los semblantes de agradecido jolgorio con que fueron inmortalizados sus protagonistas. Por entonces, recuerdo que el propio Alfredo se puso a despachar tragos al otro lado de la barra, sin renunciar felizmente según compruebo a persistir en el noble arte de la fotografía urbana, vertiente dipsómana, que garantiza este material que tiene mucho de archivo documental: <strong>cómo fue el Logroño noctívago que despedía el siglo XX.</strong> Material para una exposición.</p>
<p>La foto que preside estas línea sirve para el mismo propósito: un objetivo documental pero también comparativo. El camarero del viejo <strong>Ibiza</strong>, como contraste con el bar actual y con sus herederos. Aquel Ibiza también desapareció pero al menos tuvo suerte: engendró el germen de su posterior resurrección, de la que ahora disfrutamos. Mejor dicho, la que esperamos disfrutar cuando superemos la cuarentena. Buen parte de los bares retratados por Alfredo no dispusieron de una segunda oportunidad. Perecieron, víctimas de las raras modas que una vez te encumbran y poco después te olvidan. Pero también, a su manera, han tenido suerte. El agudo ojo del fotógrafo pasó una vez por allí y dejó para la posteridad estas imágenes que sirven para abrillantar su memoria y para atestiguar que la vida fluyó por sus venas. Y para concluir que celebrar la dicha de sentirnos vivos proporcionó un argumento inigualable al entretenimiento que aguarda cuando liberemos los rigores del confinamiento, aparquemos los razonables temores y disolvamos las angustias como era costumbre: entre tragos y bocados. Confiando en que Alfredo Iglesias o sus sucesores también nos retraten con el mismo talento.</p>
<p>P. D. La reanudación, a ritmo todavía muy lento, de la actividad económica alcanza también a los bares durante estos días en que se levanta el veto al confinamiento más estricto. Regresar a las rutinas cuando se lleva tantas semanas con el grifo cortado es más fácil de decir que de ejecutar. Natural por lo tanto que afloren las dudas en tantos y tantos bares, donde prima la incertidumbre y se procura una respuesta común al despertar de la crisis, para no ir demasiado lejos cuando se reabra la puerta ni quedarse demasiado atrás y se añada en consecuencia otra dosis de agonía a un sector que sale maltrecho del combate con el virus.</p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra, el último de la calle Mayor</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Jul 2016 08:11:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Formica y bizarrismo. Cervezas y autenticidad. Vino de la casa y casticismo. Una ración de gambas a la gabardina y otra de Frikoño. Una de calamares y otra de calle Mayor. Bienvenidos a uno de esos bares en donde a la hamburguesa todavía le llaman filete ruso. Donde carecen de tiempo para añorar la época en que triunfaba el huevo duro como tapa (almohadilla fetén para la ingesta diaria de vinazos y otras pócimas) y las cazuelas de bacalao sabían a delicatessen. Bienvenidos al reino de <strong>Jesús</strong>, el <strong>Iturza</strong> que defendieron sus antepasados cuando esta calle se erigía en avenida principal para incondicionales del chiquiteo, fanáticos de los tragos agrestes, la rutina pelín canalla: «Yo llegaba a servir rondas de hasta trece y catorce vinos».</p>
<p>Habla Jesús mientras se entrega a dos pasiones insospechadas: la papiroflexia y las infusiones. Afuera arrecia el bochorno. Dentro, los clientes llegan de uno en uno a la hora del vermú, encargan rápido la comanda (alguno ni siquiera tiene que pedirla) y se largan con velocidad parecida: les sirve el defensor del Iturza mientras deja para otro rato la ranita de papel que saluda a la parroquia desde la barra inmemorial que antes defendieron sus abuelos y su tío. Y cuando se toma un bebedizo imposible (melisa con regaliz, aclara), pone en marcha la moviola y le sale como sin querer el lado reivindicativo que cualquier hijo del <strong>Logroño</strong> de siempre lleva dentro.</p>
<p>Porque usted puede preguntarle a Jesús por el tiempo («Esta calle es muy fresca»), por sus bares favoritos (y citará <strong>El Soldado</strong> y <strong>La Jala</strong> entre otros) o por sus andanzas juveniles, cuando se permitía excesos que hoy se disuelven en el vaso de infusión que le sirve de aperitivo: da lo mismo, porque a cada palmo de conversación surgirá el dolor que le produce una legislación condescendiente con las terrazas que todo lo invaden y permisiva con el botellón que todo lo conquista, pero que se vuelve insensible contra quien se atrevía (como era norma en el Iturza) a tomarse la cerveza fuera del bar.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Iturza-cartel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-701" title="Cartel del Iturza" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Iturza-cartel.jpg" alt="Cartel del Iturza" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Iturza-cartel.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Iturza-cartel-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces, Jesús se enciende, despotrica contra la autoridad («Yo juego con desventaja», se lamenta), derrama unas gotas de melancolía en homenaje a los buenos años y regresa a la rutina: esparce el perfume de las velas de sándalo por la barra breve, propina otro trago al bebedizo que se acaba de servir y que parece interminable, atiende al parroquiano recién ingresado con un chiste en la boca y mira pasar la vida por la barra que heredó de su tío, donde cumple<strong> 27 años de servicio</strong>. De ellos, trece en solitario.</p>
<p>Al periodista le conmueve el enorme parecido entre Jesús y su tío <strong>Miguel</strong>, a quien solía frecuentar cuando el bar carecía de cámara frigorífica y como tal ejercía una nevera con manivela que hoy debería pertenecer a un imaginario museo del Logroño fetén. Del Logroño de siempre, como este Iturza: solitario icono del dinamitado rosario de bares que convertían la Mayor en una alternativa algo camp a la Laurel. Bares que dotaban a la calle de su propia identidad, una personalidad misteriosa. Aquella <strong>calle Mayor</strong> dond<strong>e José y Pilar</strong>, los abuelos de Jesús, desembarcaron desde <strong>Villarejo</strong> hace más de 70 años, dato que convierte al Iturza en uno de los bares más veteranos de Logroño. Una barra que mudó su piel a finales de los años 60 y desde entonces se mantiene así, con la imagen más o menos invariables. Dos gabanes de otra época aguardan en el colgador a que los reclamen sus anónimos propietarios, pasa una logroñesa de nuevo cuño chilaba en ristre por la puerta y de fondo se oye el lamento eterno de Jesús: «Si me dejaran que la gente volviera a salir a la calle, sería un bar distinto».</p>
<p>En realidad, el Iturza ya lo es. «Sólo quedo yo de los bares de diario», proclama. Y lleva razón. El Iturza oficia entre los bares logroñeses como una suerte de Robinson, a quien la fauna juvenil le concedió una nueva vida porque detectó entre sus paredes pobladas de calaveras, cartelería viejuna y memorabilia diversa que, en efecto, estamos en un bar diferente a todos. Un bar galante con la <strong>tradición logroñesa</strong>, que añadía en la conquista de su clientela cierta mesura en la hoja de precios y otros atributos intangibles, que disparan directamente contra el corazón de la parroquia: esa atmósfera donde se concentra un destilado del pasado, la memoria fecunda de tanto logroñés acodado a su barra durante casi una centuria, el imán que ejerce sobre el público más juvenil, el encanto de su rotulación tan cañí pintada a mano. «Sí, este bar es distinto», acepta Jesús. «Aquí viene gente de todos los palos porque es un bar con personalidad».</p>
<p>&#8211; ¿Y el futuro, Jesús?<br />
Jesús se manosea la cabeza como suele, lanza una media sonrisa, ataca el vaso enorme de infusión. Titubea. Y contesta: «¿El futuro? Mantener nuestra identidad».</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/iturza.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-702" title="Iturza, interior día" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/iturza.jpg" alt="Iturza, interior día" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/iturza.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/iturza-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Jesús ha nombrado El Soldado y La Jala como dos de los bares que frecuenta cuando salta al otro lado de la barra. Luego añade algunos más, desperdigados también por el corazón de Logroño, cuando completa su listado de favoritos. <strong>Odeón</strong>, <strong>La Quimera</strong>&#8230; Céntricos y auténticos, como el Iturza: “Yo, de gastrobares y cosas de esas nuevas, nada”.</p>
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		<title>Los Leones, un bar de cine (y IV)</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Apr 2016 09:58:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Como decíamos ayer&#8230; Como decíamos anteayer Como decíamos el otro día&#8230; Este serial por entregas para recordar la legendaria vida de Los Leones concluye aquí, cuando, coincidiendo con la renovación del alquiler del establecimiento, Ricardo Bellido decidió limitar sus afanes empresariales al naciente Milán y dejó el bar de Portales en manos de una [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/calle-mayor-3-IV.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-654" title="Actores de Calle Mayor, en el interior de Los Leones" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/calle-mayor-3-IV.jpg" alt="Actores de Calle Mayor, en el interior de Los Leones" width="320" height="292" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/calle-mayor-3-IV.jpg 320w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/calle-mayor-3-IV-300x274.jpg 300w" sizes="(max-width: 320px) 100vw, 320px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como <a title="https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/04/15/los-leones-un-bar-de-cine-iii/" href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/04/15/los-leones-un-bar-de-cine-iii/" target="_blank">decíamos </a>ayer&#8230;</p>
<p>Como <a title="https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/04/08/los-leones-un-bar-de-cine-ii/" href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/04/08/los-leones-un-bar-de-cine-ii/" target="_blank">decíamos </a>anteayer</p>
<p>Como <a title="https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/04/01/los-leones-un-bar-de-cine-i/" href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/04/01/los-leones-un-bar-de-cine-i/" target="_blank">decíamos </a>el otro día&#8230;</p>
<p>Este serial por entregas para recordar la legendaria vida de <strong>Los Leones</strong> concluye aquí, cuando, coincidiendo con la renovación del alquiler del establecimiento, <strong>Ricardo Bellido</strong> decidió limitar sus afanes empresariales al naciente <strong>Milán</strong> y dejó el bar de <strong>Portales</strong> en manos de una rama de la familia fundadora, los <strong>Barrenengoa</strong>. Aunque el negocio siguió abierto, sufrió desde entonces una rápida decadencia que todavía se acentuó cuando tomó su dirección un nuevo empresario, a quien le tocó la fatal suerte de expedir su certificado de defunción, en los primeros <strong>años 70.</strong></p>
<p>Para entonces, Bellido ya había desaparecido también. Trágicamente, falleció en <strong>1969</strong> en un accidente de tráfico cerca de <strong>Aranda</strong>, un día invernal en que viajaba hasta Madrid porque quería poner en marcha en <strong>Logroño</strong> una academia de coctelería y pretendía pedir consejo al príncipe del combinado nacional, el inmortal <strong>Perico Chicote</strong>. Su viuda siguió al frente del Milán, pero ya nada era lo mismo. Tampoco Logroño, aunque algunas cosas nunca cambian. Afortunadamente. Maite recuerda cómo los contertulios de su padre en Los Leones, que le siguieron en su nueva aventura, acudieron en su socorro cuando tuvo que ayudar a su madre en el Milán y eran ellos los que se ocupaban de cerrar el bar cada noche, como si mantuvieran su propio código de honor con el camarada fallecido. Un gesto de caballerosidad extrema que sólo se explica por la profunda huella que en sus vidas había dejado la experiencia de ser los privilegiados clientes de Los Leones, cuando se abandonaban a la amabilidad y destreza de Ricardo Bellido, a quien su hija recuerda hoy tal y como era: gentil, discreto, serio, audaz. “Un hombre entrañable”, resume Maite, quien reserva espacio en su memoria para dedicarse a evocar uno de los momentos centrales: el homérico relato de cómo Los Leones se convirtió en un bar de cine.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/calle-mayor-5-IV.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-655" title="Otra escena de Calle Mayor rodada en Los Leones" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/calle-mayor-5-IV.jpg" alt="Otra escena de Calle Mayor rodada en Los Leones" width="320" height="292" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/calle-mayor-5-IV.jpg 320w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/calle-mayor-5-IV-300x274.jpg 300w" sizes="(max-width: 320px) 100vw, 320px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Semejante prodigio tiene que ver con su conversión en plató cinematográfico con ocasión del rodaje de <em><strong>Calle Mayor</strong></em>, la monumental cinta de <strong>Juan Antonio Bardem</strong> a mayor gloria de Logroño, sus vecinos y su memoria. Ocurre que entre las localizaciones que eligió el cineasta para documentar esa tragicomedia de la vida en provincias, junto al café Moderno y la biblioteca del instituto, se decantó también por Los Leones. Su propia condición de espacio cinematográfico, con esa sucesión tan teatral de escondites, recovecos y laberintos, se lo puso muy fácil a Bardem, que encontró en una superficie muy condensada lo que estaba buscando:<strong> el café</strong>. El café, esa institución tan española, muy enraizada en la vida de una ciudad como Logroño: eso era Los Leones, eso supo ver el buen ojo del director de <em>Calle Mayor</em> y eso fue lo que apareció en la pantalla, para solaz de Maite Belllido, puesto que no sólo apareció en la inolvidable película en su papel de niña postulante, sino que vivió el rodaje como una aventura interminable.</p>
<p><em>Calle Mayor</em>, rodada en 1956, permitió a la familia Bellido convivir con la fiesta del cine vista desde sus entrañas. En Los Leones se rodaron unas cuantas escenas imprescindibles, porque al coro de holgazanes bromistas les venía muy bien ese café a la antigua como escenario de sus pillerías de brocha gorda. Así que la familia del cine se instaló en el bar de la calle Portales e hizo que brotara la magia, con tanta intensidad que Maite todavía sigue sin olvidar multitud de anécdotas: tenía 9 añitos entonces, la edad en que la vida te empieza a sorprender y se fija por lo tanto con mayor determinación cada recuerdo en tu retina. Sobre todo, si tienes un memorión como el de ella, capaz de desgranar casi fotograma por fotograma la película <strong>60 años después</strong>.</p>
<p>Aquella <strong>Semana Santa</strong> memorable, con<strong> José Suárez</strong> disparando suspiros entre las damas de Logroño a su paso por Portales, la sonrisa <strong>de Betsy</strong> <strong>Blair</strong> imantando la pantalla, el enorme talento de figurantes como <strong>Manolito</strong> <strong>Alexandre</strong>, la pura magia del cine chocando contra la propia magia encerrada en el blanco y negro de las calles logroñesas&#8230; Todo ese equipaje inmemorial que Maite Bellido va recitando mientras no deja de recordarse caracterizada para su papelito en la peli: con su uniforme de la <strong>Compañía de María</strong>, gorrito incluido, y el <strong>chicle</strong> <strong>bazoka</strong> haciendo pompas mientras pide una ayudita hucha en ristre a la pareja protagonista. Una figurante con chicle, como figurantes fueron (bien que con frase) otras vecinas de Logroño (la Bruna, la Peña) en la mítica cinta de Bardem, alumbrada en Los Leones cuando Los Leones simbolizaban todo un mundo: cuando todo un mundo cabía en un café.</p>
<p>Cuando todo un mundo cabía en la calle mayor de cualquier ciudad de provincias.</p>
<p>P.D. Postdata final. Como dejé sentado al comienzo de esta serie de entregas dedicadas a Los Leones, me siento en deuda de gratitud con Maite Bellido por la generosidad con que me fue regalando sus recuerdos de cría en el querido café de Portales. Y ado también la estupenda contribución del caballero <strong>Santi de Santos</strong>, quien me envió otras de las fotos que ilustran estas líneas, y la aportación de <strong>Eduardo Gómez</strong>, en este <a title=" http://www.larioja.com/prensa/20070422/rioja_logrono/hermosa-cafeteria_20070422.html" href=" http://www.larioja.com/prensa/20070422/rioja_logrono/hermosa-cafeteria_20070422.html" target="_blank">artículo </a>que me sirvió de inspiración. Y por supuesto con mi señora madre, que activó mi interés por Los Leones cuando recopiló para mí el puñado de fotos donde aparece con sus amigas de jovencitas (guapas y elegantes todas: Mari Paz, Rosi, Mari Tere) y en una Nochevieja con mi padre y el matrimonio Somalo, la querida Mari Ángeles y el llorado Alberto. Así que lo dicho: muchas gracias a todos. Los Leones se despiden de ustedes.</p>
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		<title>Los Leones, un bar de cine (I)</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Apr 2016 08:34:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Cuando uno pasea en Logroño la mirada por la nostalgia, sus pasos le conducen hacia la misma conclusión: lo que pudo haber sido. Lo que pudo ser esta ciudad si sus vecinos y dirigentes hubieran mostrado algo más de amor por su pasado, más cariño por sus calles, más afecto hacia sus rincones más [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/retina041-I.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-642" title="Entrada por Portales a Los Leones, durante el rodaje de Calle Mayor" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/retina041-I.jpg" alt="Entrada por Portales a Los Leones, durante el rodaje de Calle Mayor" width="600" height="863" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/retina041-I.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/retina041-I-209x300.jpg 209w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando uno pasea en <strong>Logroño</strong> la mirada por la nostalgia, sus pasos le conducen hacia la misma conclusión: lo que pudo haber sido. Lo que pudo ser esta ciudad si sus vecinos y dirigentes hubieran mostrado algo más de amor por su pasado, más cariño por sus calles, más afecto hacia sus rincones más entrañables. Una desolada visión que vale también para <strong>el universo de los bares</strong>, porque Logroño acoge un cementerio consagrado a la memoria de los locales difuntos, algunos de los cuales han tenido ya espacio en este <strong>blog</strong>.</p>
<p>Sirva este preámbulo como antesala de las líneas que se disponen a honrar a uno de los más hermosos bares que acogió Logroño, hermoso desde su misma nomenclatura: <strong>Los Leones</strong>. Un establecimiento heredero de una tipología muy cara a <strong>la vieja Europa</strong> que dejó sin embargo escasos ejemplos entre nosotros: el café. El gran café. Eso era Los Leones. Un gran café, el mejor de su género con que contaron los logroñeses del siglo pasado para emplearlo en lo que se emplean este tipo de garitos: para ver pasar la vida. El cliente deviene en observador atento de las cuitas de su ciudad, anota en su caletre las variaciones que observa tras los ventanales, registra el movimiento del resto de parroquianos y confraterniza con los dueños del local tanto como con sus camareros, que acaban formando parte de su propio paisaje vital.</p>
<p>Para que semejante suceso acontezca, se requieren algunos requisitos que Los Leones superaba con excelente nota. Un céntrico emplazamiento (la <strong>calle</strong> <strong>Portales</strong>), un espacio majestuoso (y majestuoso era como se observará en las imágenes que ilustran esta entrada), un servicio que garantizase que el cliente se sintiera allí mejor que en casa… Los Leones era eso y era mucho más, porque al crío que uno era entonces, cuando lo frecuentaba guiado por la mano paterna, le impresionaba lo grandioso del escenario y todavía le  emocionaba más saber que sirvió como improvisado plató para la película <em><strong>Calle Mayor</strong></em>, como atestigua gentil <strong>Maite Bellido</strong>, convertida en amable cicerone para el autor de estas líneas en su condición de fedataria de Los Leones, el café donde ejerció de princesa.</p>
<p>Porque Maite es hija de <strong>Ricardo Bellido</strong>, dinámico empresario hostelero a quien la memoria popular asociará siempre con el desaparecido local, y a ella le debo los datos que a continuación desgrano sobre la historia de la cafetería, así como algunas de las fotos que ilustran estas líneas. Gracias a su testimonio confirmo lo que sospechaba: que a veces, la historia de una ciudad entera puede condensarse en un breve apunte biográfico, en la mínima peripecia de uno de sus vecinos, en la trayectoria leve de sus rincones más castizos. En ellos está representada la vida entera de esa ciudad, que a menudo se pespuntea como es norma en el caso de Logroño contra el telón de fondo de sus bares. Sobre todo, cuando sus bares alcanzan una fama que trasciende sus avatares: cuando se transforman en icono local, faro y brújula.</p>
<p>Ese el caso de Los Leones, que no siempre se llamó así. Maite recuerda que cuando su padre, Ricardo, tomó posesión del emblemático establecimiento todavía se llamaba <strong>Los Dos Leones</strong>. Ocupaba el mismo emplazamiento, tan cañí: en efecto, ubicado en la calle que fue central de Logroño, tenía también salida hacia <strong>Hermanos Moroy</strong>, lo cual justificará algunos divertidos enredos que Maite irá contando a lo largo de la conversación que aquí resumiremos.</p>
<p>Así que como en las novelas por entregas, ahí va la famosa palabra: <strong>continuará</strong>.</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/RETINA-LOS-LEONES-1956-I.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-643" title="Juan Antonio Bardem y José Suárez, con otros clientes de Los Leones" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/RETINA-LOS-LEONES-1956-I.jpg" alt="Juan Antonio Bardem y José Suárez, con otros clientes de Los Leones" width="600" height="375" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/RETINA-LOS-LEONES-1956-I.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/04/RETINA-LOS-LEONES-1956-I-300x188.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Por primera vez, una de las entradas de este blog tendrá vocación de serial. Lo merece la altura y prestigio del local que protagoniza estas líneas y lo merece el abundante caudal de información que con amabilidad y asombrosa memoria me regaló Maite Bellido. Lo merece también la deuda que uno tiene contraída con aquellos espacios que habitó de crío, donde quedó atrapada una parte de nuestra memoria: me recuerdo de niño, acudiendo a buscar a mis padres, que fueron clientes fieles del café, para subirme a sus rodillas o los de sus colegas de tertulia mientras me invitaban a un <strong>chocolate</strong>. Sólo el de <strong>Moreno</strong> me supo alguna vez tan rico.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;"><span style="font-family: Calibri, sans-serif; font-size: small;"> </span></p>
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		<title>Calle Mayor, el regreso</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Oct 2015 10:52:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/10/calle-Mayor.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-568" title="Fachada del Guardaviñas, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/10/calle-Mayor.jpg" alt="Fachada del Guardaviñas, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="462" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/10/calle-Mayor.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/10/calle-Mayor-300x231.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Todo logroñés</strong> con cierta afición a<strong> ir de bare</strong>s debe reconocer su deuda con la <strong>calle Mayor</strong>. Es mi caso, ciertamente. Porque no olvido la mágica noche en que me estrené como cliente del <strong>Bar Bilbao</strong> (servicio restaurante, como apostillaba la publicidad de <strong>Radio Rioja</strong>), puesto que fue un día pródigo en estrenos: mi primer mitin, mi primera cena de fin de curso, la primera vez que en consecuencia disponía de permiso familiar para llegar un poco tarde… El mitin fue en la <strong>plaza de toros</strong> y aquellos mocetes de 14 años acudimos como quien se apunta a un concierto de los <strong>Rolling</strong>: no teníamos ni idea de la letra, pero la música nos gustaba. La música se llamaba <strong>democracia</strong> y el protagonista parecía lo más cercano a <strong>Mick Jagger</strong> que nunca verían nuestros adolescentes ojos: <strong>Felipe González</strong>, que llenó <strong>La Manzanera</strong>. No recuerdo nada más. Ni lo que dijo ni lo que no dijo: efectos tal vez de la niebla que se avecinaba, disfrazada de <strong>vino con gaseosa</strong> hasta hartarnos en el mentado Bar Bilbao.</p>
<p>Frente al Bilbao se situaba <strong>El Relicario</strong> y un poco más lejos, <strong>la bodeguita de Bezares</strong>. Se trataba de un castizo itinerario para la ronda diaria formado por bares gemelos por su casticismo, su aversión a los cambios, sus clientelas imantadas a cada barra: como si la dirección de los bares colocara a sus parroquianos de buena mañana en los respectivos pasos de paloma y de noche los ocultara hasta el día siguiente en el cuarto donde guardaba los taburetes. No olvido tampoco la <strong>fonda Antón</strong>, bizarrísimo local junto a <strong>Sagasta</strong>: parroquia intimidante y barra presidida por un teléfono gigante, negrísimo, que funcionaba a pasos para que los hospedados en tal fonda llamaran a sus lejanos domicilios, lo cual procuraban no hacer jamás. Yo acudía a por vinagre de vino y luego salía huyendo, porque los mesoneros, siempre a falta de un afeitado, se incomodaban si algún cliente tenía menos de 70 años y lo hacían notar con cada gesto. Lenguaje corporal, lo llamaban.</p>
<p>Después frecuenté para las rondas alternativas a la Laurel los bares del extremo de Poniente de la Mayor. El <strong>Iturza</strong> en su anterior encarnación, con su frigorífico de manivela y su tapa estrella: el alucinante huevo duro, que se servía tal cual, sin concesiones. El <strong>Bretón</strong>, en cuyo interior dormía un pozo, desde donde llegaba un agua fresquita y sabrosa. El <strong>Cuatro Calles</strong>, que ofrecía encantos adicionales: el dueño era del <strong>Barça</strong>, cosa poco corriente entonces, se parecía al cómico Danny Kaye (o a Fernando Fernán-Gómez, ya no recuerdo) y servía unas estupendas cazuelitas a módicos precios, con viandas procedentes también de tiempos muy lejanos: <strong>asadurilla</strong>, por ejemplo.</p>
<p>En la misma época de aquellas incursiones casi cotidianas abrió<strong> La Costanilla</strong>, primer bar que llamaba a las puertas de la modernidad. Instaló un recio magnetofón que escupía los himnos de la época, servía una tapa digna de semejante nombre (milagro) bautizada como zapatilla (pan con jamón: un hallazgo) y sus dueños podían ser nietos de los camareros de la Fonda Antón. Quiere decirse que eran modernos, en efecto. El bar era amplísimo, dotado de mesas en varios niveles, y tenían la manía de la limpieza: estaba siempre reluciente. Un asco, vaya. Por eso preferíamos la oscuridad que garantizaban otros bares vecinos, ese submundo tan fascinante que proponían la bodeguita <strong>Montiel</strong> (en Santiago) o, en la misma Mayor, el <strong>Tigre</strong> y su fascinante gramola, el Tigre y su fascinante cabeza disecada.</p>
<p>Cuando la calle se convirtió en destino predilecto de la generación posterior y se transformó en <strong>zona de copas</strong> (¡¡¡De copas!!!), quien esto firma optó por la retirada. Apenas vuelvo por allí; alguna visita al Iturza y pare de contar el improbable lector. Se entenderá por lo tanto mi entusiasmo cuando el otro día vi metamorfoseada en bar la antigua carpintería de<strong> Alfredo Rodríguez</strong>, que fue mi vecino y a cuya familia profeso sincero afecto; en contrapartida, su hijo Justo, compañero de fatigas en Diario LA RIOJA, nos regala esta estupenda foto. El local se llama <strong>Guardaviñas</strong>: coqueto maderamen, estupenda cocina y convincente servicio de vinos. Los dueños de la fonda Antón alucinarían si resucitasen y vieran que en la actual calle hay bares donde ya no sirven vinagre de vino. Sobre todo, les sorprendería ver qué hemos hecho sus descendientes con los teléfonos: aquel artefacto ha dejado de ser el bulto sospechoso que todos evitaban utilizar. Hoy es ese chisme alojado equidistante de la copa del vino y el pincho que empleamos para fotografiar los buenos ratos que nos regalan los bares. Mientras brindamos por la dicha de regresar a la Mayor y saldar la deuda que uno tenía con la calle y con sus bares.</p>
<p>P.D. Me sigue resultado extraño pensar en la calle Mayor como zona de copas. Cuando alguna mañana de fin de semana cruzo por allí y veo los estragos de la noche anterior, me parece que camino por otra ciudad: se trata de una enfermedad llamada melancolía. Añoro los tiempos en que la calle fue arteria principal de Logroño y por eso mismo me alucina y maravilla comprobar cómo resiste <strong>Primi</strong>, con su estupendo pan que tan feliz me hizo de crío. Cuando compraba siempre una barra de más porque mientras llegaba a casa me daba tiempo de zampármela.</p>
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		<title>Bares de nuestros padres</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jul 2015 07:34:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/07/ibiza.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-528" title="Foto antigua de la terraza del Ibiza, obra de Tomás Asensio. Archivo Municipal de Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/07/ibiza.jpg" alt="Foto antigua de la terraza del Ibiza, obra de Tomás Asensio. Archivo Municipal de Logroño" width="600" height="803" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/07/ibiza.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/07/ibiza-224x300.jpg 224w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Hace unos días, mientras asistía al parlamento con que <strong>Félix Revuelta</strong> agradecía el premio Mercurio, caí en la cuenta de que nuestra experiencia como clientes de los <strong>bares</strong> <strong>favoritos</strong> se nutre de varios caminos: por un lado, los bares que elegimos según se lleve esa temporada. Por otro lado, aquellos que nos resultan más cercanos a nuestro corazón, los bares adonde acudimos una y otra vez porque representan para nosotros algo más, algo más que bares. Y una tercera vía: los bares que fueron propios de nuestros padres, de donde nos fugábamos espantados porque nos olían a naftalina&#8230; y donde sin embargo acabamos desembocando por una pura cuestión biológica. Es decir, a medida que alcanzamos la edad que tenían nuestros padres cuando sus bares predilectos nos parecían demasiado viejunos. Camps. Carrozas, palabra que por cierto ha desaparecido de nuestro vocabulario.</p>
<p>En su discurso de agradecimiento, Revuelta recordaba ante los convocados por el Club de Marketing su propia trayectoria como <strong>logroñés</strong>. Incluía un emocionado recuerdo a su etapa de pinche en el <strong>estanco</strong> familiar, que todavía se aloja hoy frente a la fuente de <strong>Murrieta</strong>, repartiendo según las consignas paternas por los cercanos bares de la <strong>calle Laurel</strong> y aledaños aquella mercanía formada por cartones de Celtas. Aludía también el dueño de Naturhouse a cómo pasando el tiempo su familia adquirió un bar, que resultó ser un bar que luego me tuvo entre sus fieles, en una etapa supongo que posterior a cuando lo defendían los Revuelta. Se trataba de<strong>l bar Texas</strong>, a cuya máquina flipper estuve enganchado en la adolescencia: sí, el mismo bar Texas ya desaparecido que formaba parte de un trío de locales, el <strong>Apolo</strong> y el superviviente <strong>Tizona</strong>, ubicados los tres en la manzana de <strong>avenida de Colón</strong> entre <strong>Jorge</strong> <strong>Vigón</strong> y <strong>Villamediana</strong>, un trío que ha aparecido ya aquí en otras entradas.</p>
<p>Asi que repasando mi propio ejemplo, reviso la historia de quienes nos precedieron trasegando infusiones, alcoholes y destilados por <strong>Logroño</strong> y recuerdo que cuando uno vestía pantalón corto (no pantaloneta, ojo) veía a sus progenitores y compañeros de quinta deambulando por La Granja y el Ibiza, o apoltronados en los veladores de La Rosaleda. También frecuentaban el Pachuca y el Ringo cercanos, por supuesto acudía al Milán y el San Remo, aquella clásica ruta, así como se dejaban caer por el Alevi de la Gran Vía, el Llacolén y Lucans de avenida de Portugal y ya de más mayores por el Duque, inolvidable pub ubicado en los bajos del hotel París, así como por el Mesón del Rey (hoy Casablanca) y el Doblón de Portales. El Robinson, Pat Garret y Mi Amigo fueron los garitos de la Zona favoritos de aquella generación, me parece, lo cual significaba que para sus hijos eran los tres que había que evitar a toda costa.</p>
<p>A la hora de disfutar de la cocina local, esos logroñeses que hoy disfrutan de la jubilación fueron devotos de Las Escalerillas y el Buenos Aires, claro, del Carabanchel y del Cachetero, del Iruña y Matute, porque en realidad tampoco había tanto donde elegir. Se habían iniciado en la afición que luego heredamos sus hijos en locales tipo Bolo Pin Club, Rango y otros que uno apenas llegó a conocer y, como el resto de la ciudad, a medida que Logroño crecía iban abandonando los viejos bares de la<strong> calle Mayor</strong> y alrededores para trepar hacia el ensanche nacido en torno a la Gran Vía y ocupar en consecuencia los bares que allí se fueron alojando, con una querencia común hacia el desaparecido Las Cañas (resucitado ahora como Wine Fandango) y alguna incursión en esos negocios que acarician una cuerda en el interior de cada cual: en mi caso, las expediciones a por el bocata de jamón del Rincón de Pepe de la calle Oviedo, el bar de las piscinas de Cantabria, también el de la Hïpica con su barra exterior&#8230; que merecerá una entrada propia un día de estos.</p>
<p>Muchos de ellos han periclitado, otros han mudado su fisonomía hasta quedar irreconocibles. Pero en los que resisten yo he acabado entrando alguna vez, salvando ese temor intangible que tanto respeto me imponía antes su entrada, porque era tanto como ingresar en el mundo adulto. En el mundo de los adultos de cuando yo era un crío o un mocete. Al <strong>Ibiza</strong>, por ejemplo, suelo peregrinar una mañana cada finales de julio según un rito personal cuya justificación no viene a cuento, pero que sirve para hermanarme con aquel tiempo en que lo frecuentaba de niño y convoco en consecuencia a mis propios fantasmas. Los mismos fantasmas particulares que me parece que invocaba el otro día Félix Revuelta cuando recibía el premio Mercurio, miraba hacia atrás y se veía de crío repartiendo tabaco por la calle Laurel. Cuando el mostrador del Texas seguro que le venía grande porque no era su bar aunque sí lo fuera: era el bar de sus padres.</p>
<p>P.D. Hay bares que se forman parte del itinerario sentimental de cada logroñés y hay otros, raros bares por escasos, donde coincidimos todos alguna vez: esos bares son de todos. Me parece que uno de ellos es el <strong>Moderno</strong>. Iban nuestos padres y también nuestros abuelos, fuimos luego nosotros quienes formamos parte de su clientela y tengo observado que las nuevas promociones mantienen la costumbre de acomodarse en su barra, hacerse fuertes en la terraza o aposentarse entre el maderamen del interior. Tal vez porque lo lleva en el nombre: el Moderno siempre es moderno.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>¿El bar más divertido?</title>
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		<pubDate>Fri, 29 May 2015 18:03:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; El mensaje lanzado la semana pasada al improbable lector desde este blog en busca de bares con nombres juguetones alcanzó cierto eco, de modo que he juzgado conveniente cerrar con una nueva entrada esa búsqueda del bar cuya denominación nos parezca a quien esto escribe y a quien atienda al otro lado de la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/pirulo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-501" title="Bar Pirulo, en el barrio logroñés de La Estrella" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/pirulo.jpg" alt="Bar Pirulo, en el barrio logroñés de La Estrella" width="539" height="960" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/pirulo.jpg 539w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/pirulo-168x300.jpg 168w" sizes="(max-width: 539px) 100vw, 539px" /></a></p>
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<p>El <a title=" https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/05/22/los-bares-mas-divertidos/" href=" https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/05/22/los-bares-mas-divertidos/" target="_blank">mensaje </a>lanzado la semana pasada al improbable lector desde este <strong>blog</strong> en busca de bares con nombres juguetones alcanzó cierto eco, de modo que he juzgado conveniente cerrar con una nueva entrada esa búsqueda del bar cuya denominación nos parezca a quien esto escribe y a quien atienda al otro lado de la pantalla el más divertido, con sinceros agradecimientos a todos los que han participado en este juego. Entre ellos, <strong>Benjamín Blanco</strong>, que me habló el otro día de un bar llamado <strong>Celona</strong>, ubicado curiosamente en <strong>Madrid</strong>. Buen chiste. O el también compañero <strong>Toño del Río,</strong> quien se acordaba de otro garito madrileño denominado<strong> Bar Clays</strong>. Un bar con interés, propio para ahorradores. Supongo.</p>
<p>En sus comentarios a esa entrada en la <strong>web de Diario LA RIOJA</strong>, la amable y desconocida (también lo supongo) Arantxa recuperaba la memoria de aquel local llamado logroñés <strong>La Conejera,</strong> ubicado en la <strong>calle</strong> <strong>Cigüeña</strong>, cuyo nombre le intimidaba tanto como le divertía. “No me atreví a entrar”, recuerda. Se trata del mismo bar cuya primera denominación también apostaba por la rotulación chispeante e ingeniosa: se llamó <strong>Cacodilato</strong>. De aquella época, cuando bautizar a estos negocios con alguna invención que se apartara de lo convencional era tendencia, rememoro ahora el llamado <strong>Profesor Isopo,</strong> desaparecido hace años de su enclave en <strong>Jorge Vigón</strong>. De un poco antes es <strong>Braulio El Loco,</strong> pionero de<strong> la Zona</strong>, otro local que se distinguía por ese tipo de guiño a la clientela que nace de una denominación como poco&#8230; Hum, distinta.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-der-troya.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-502" title="Bar Der Troya" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-der-troya.jpg" alt="Bar Der Troya" width="540" height="718" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-der-troya.jpg 540w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-der-troya-226x300.jpg 226w" sizes="(max-width: 540px) 100vw, 540px" /></a></p>
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<p>A través de Facebook también percibí un gratificante retorno de esta propuesta.<strong> Teodoro Hernáez</strong>, antiguo condiscípulo del colegio San José, me avisa de un asador canario llamado <strong>Misasuntos</strong>, una broma mejorable, creo. Más gracia me hizo un bar cercano, muy cercano: se aloja en el logroñés barrio de La Estrella y debo su aportación al amigo <strong>Manuel Sáenz Júdez</strong>. Se trata del <strong>Bar Pirulo</strong> (para chulo, chulo&#8230;). Lejos de casa, el colega<strong> José Luis Ouro</strong> rescata dos curiosidades: un local de <strong>Valencia</strong> bautizado como <strong>El ombligo de Sharon</strong> (¿Stone?) y otro de <strong>Malasaña</strong> tan largo como evocador: <strong>El perro de la parte de atrás del coche.</strong> Yo no me tomaría nada allí, ni un triste trago, la verdad. También añade el compinche Ouro otra cita logroñesa, el <strong>Barlovento</strong>, ubicado igualmente por <strong>La Estrella</strong>, como el <strong>Pirulo</strong>, y agrega una curiosidad, aunque como me advierte tiene toda la pinta de ser un fake: Bar der Troya. Como bien avisa, alguien debería quedarse con la idea.</p>
<p>Proseguimos. <strong>Noemí Iruzubieta</strong> propone que un empresario misterioso abra en algún lado un bar llamado Tolo (me troncho) y apunta hacia Laguardia para traer hasta aquí dos bares que pueden considerarse complementarios: al parecer, uno se llamaba <strong>Mete</strong> y otro <strong>Saco</strong>. Una seguidora igual de fiel, <strong>Julia Baigorri</strong>, pone el foco en el barrio de Cascajos, donde alerta de la presencia de una cervercería muy apropiadamente llamada <strong>Dame Kaña</strong>, donde me informa que tiran estupendamente la cerveza. La simpar <strong>Marian San Martini</strong> hace honor a su apellido y ofrece información jugosa en materia de bares: según recuerda, en una telenovela de los años 90 salía un garito llamado<strong> La mujer de arena</strong>, sugerente denominación que merecería pasar a este lado de la realidad, como bien afirma: “Siempre decía que si ponía un bar le llamaría así”.</p>
<p>Y de Facebook a Twitter. En ese otro mundo cada día menos virtual dejó su mensaje el amigo <strong>Manuel Martín,</strong> corroborado por otro <strong>Martín</strong>, apellidado <strong>Schmitt</strong>, quien parece algo conocer de bares. Así supe de un local denominado <strong>Donde Queráis</strong>, garito que completa una broma de este tipo: “¿Dónde quedamos? Donde Queráis”. El chiste, bastante malo por cierto, se le ocurrió a su promotor, un empresario argentino que regentó el bar en la <strong>calle</strong> <strong>Mayor</strong>, muy cerca de Mercaderes, hasta que acabó cerrando. Ahí sigue, con la verja echada y su nombre saludando todavía desde la rotulación.</p>
<p>Revisando por internet a partir de estas y otras aportaciones he observado que estos juegos de palabras son en su mayoría bastante pueriles. Ingenioso, ingenioso, pero ingenioso de verdad no he pillado ni uno. Me siguen haciendo más gracias (uno es así) aquellos hallazgos de hace algunos años que ya mencioné en la entrada inicial: <strong>No se lo digas a papá</strong> y cosas por el estilo. Estos otros inventos recientes tienen un aire naif que me recuerda a los tebeos de mi infancia, sobre todo los debidos a <strong>Ibáñez</strong>. Era habitual que sus personajes deambularan por locales llamados Bar Tolo, Bar Bacoa, Bar Budo o cosas por el estilo. Así que ahora que al papá de <strong>Mortadelo y Filemón</strong> le ha dado por ironizar con nuestra triste vida política, muy podría ilustrar las andanzas de mis detectives favoritos alrededor de este garito: el <strong>Bar Cenas.</strong> Nada menos. Especializado en chorizo. Nada menos.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-cenas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-503" title="Otro chiste en forma de bar" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-cenas.jpg" alt="Otro chiste en forma de bar" width="600" height="372" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-cenas.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/05/bar-cenas-300x186.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Puesto que en la entrada anterior proclamé mi preferencia por el bar llamado <strong>Turismo</strong>, periclitado en el siglo pasado en su sede de la <strong>calle Sagasta</strong>, el compañero <strong>Justo Rodríguez</strong> se apresuró a advertirme de un detalle que yo ignoraba: que en su fase final, alguien le borró las dos letras finales y pasó a denominarse simplemente Turis. <strong>Bar Turis</strong>. No lo conocí con esa nueva denominación: me quedo por lo tanto con el recuerdo de su nombre original y su aspecto primigenio. Cierro los ojos y lo vuelvo a ver: y lo que veo no es agradable. Puro lumpen, creo.</p>
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		<title>A la calle</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Nov 2014 16:37:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/11/bar.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-408" title="BAR ITURZA DE LA CALLE MAYOR. 13/11/2014. DÃAZ URIEL" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/11/bar.jpg" alt="BAR ITURZA DE LA CALLE MAYOR. 13/11/2014. DÃAZ URIEL para Diario LA RIOJA" width="575" height="335" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/11/bar.jpg 575w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/11/bar-300x175.jpg 300w" sizes="(max-width: 575px) 100vw, 575px" /></a></p>
<p>Como decíamos ayer&#8230; Comentaba la semana pasada los curiosos avatares que viven algunos <strong>bares logroñeses</strong> so capa de la no menos curiosa normativa municipal que veta el consumo allende sus puertas. Y puesto que prometía una reflexión más pausada, allá voy. Lo primero, aquí dejo el titular: no lo entiendo. Y acto seguido, desarrollo la idea, tal y como nos sugerían nuestros maestros en la asignatura de Redacción de primer curso.</p>
<p>No entiendo esto de vigilar quién se toma qué en dónde por varias razones. La fundamental, es que no soy nada partidario de regular la <strong>actividad empresarial</strong> en un sector como el hostelero, que no es precisamente la industria de defensa: quiere decirse que no se trata de un ámbito vital para la ciudadanía. Forma parte de las actividades secundarias, de modo que legislar sobre tal sector me parece una pérdida de tiempo: yo, que soy acendrado partidario de la cosa pública, pienso que la <strong>Administración</strong> sí debe velar por nosotros en aquellos aspectos decisivos (educación, sanidad, servicios sociales), porque creo que lo hace mejor que la esfera privada (ya lo siento: lo digo de corazón) y porque no debemos permitir que tales ámbitos se conviertan sólo en un negocio. Pero también opino que, en consecuencia, la mano pública no pinta nada en otros negocios: el <strong>Ayuntamiento</strong> (todos los ayuntamientos) deberían dejar que un emprendedor abriera dónde y cuándo quisiera su comercio y, salvo que derive en conflicto con la vida privada del resto de convecinos o por motivos de orden público, que cada camarero aguante su barra.</p>
<p>Por otro lado, no olvido las sabias palabras que una vez me regaló un <strong>munícipe logroñés</strong>, nada amigo de regular aquellas actividades&#8230; que no se pueden regular. Porque no hay medios humanos ni materiales. El buen concejal debería saber que tipificar como sancionable todo aquello que sólo se puede sancionar poniendo a un guardia detrás de cada logroñés&#8230; En fin: que no es buena idea, puesto que resulta imposible, una locura, una insensatez. Si te estás tomando un vino, te llaman al móvil y sales del bar copa en ristre porque dentro no se oye nada, ¿te llevas una receta del municipal de guardia? ¿Charlar sosegadamente con la espalda contra la fachada del bar con otro cliente que también esgrime su vaso es merecedor de castigo? ¿Por qué en unos bares sí y en otros no? Mientras paladeas tu consumición sin meterte con nadie a las afueras del local de confianza simplemente porque te apetece disfrutar de una noche estrellada (qué cursi me pongo), ¿debes ser reconvenido por la ordenanza municipal mientras apenas unos metros más allá se celebra un <strong>botellón</strong> multitudinario?</p>
<p>Yo confieso. Sí, también he pasado algún rato en la <strong>calle Mayor</strong> tomando una caña fuera del <strong>Iturza</strong>, uno de los bares bajo el ojo policial. Lo he hecho en compañía de otras gentes que disfrutaban de un rato tranquilo, de tertulia, sin importunar a los vecinos más de lo que incordia una procesión, una manifestación o Logrostock, por poner algún ejemplo local. Y también he intentado alguna vez llegar hasta mediada la <strong>calle Laurel</strong> (donde por cierto vive gente que paga igualmente sus impuestos, tasas y tributos) y he tenido que desistir, por el elevadísimo número de personas que estaban tomando vino&#8230; Bingo: en la calle. No veo la diferencia. Y tampoco veo por qué alguien no puede abrir un bar donde le pete si tiene los permisos en regla, sin tener que medir la distancia que le separa del local más cercano.</p>
<p>Así que voy concluyendo. Pese a lo antedicho, no soy nada partidario de la ley de la selva hostelera. Me parece correcto que el Ayuntamiento resguarde los intereses ciudadanos en este ámbito, donde tiene bastante trabajo, por cierto, aunque en otro subapartado: no hay más que ver el descontrol al que <strong>Logroño</strong> se ve sometido en tiempo de terrazas, que ahora es todo el año. ¿Esa invasión del espacio común con los engendros que se han popularizado últimamente no debería merecer del Gobierno local algo más de atención? ¿Se sanciona a mucho camarero abusón por el insoportable arrastre de veladores de cada noche? ¿Esas acumulaciones de sillas en altura que en algún caso han provocado algún siniestro no son más peligrosas para el orden público que una pareja que se toma un vino a la puerta de un bar de la calle Mayor?</p>
<p>Ah, todo son preguntas. Las respuestas, como cantaba <strong>el bardo de Minnesota,</strong> están en el viento, maifren. En consecuencia, persiga la Administración lo que de verdad, de verdad, pero de verdad de la buena, perturba la convivencia y permita que esa mano invisible que según la doctrina liberal regula la economía dirija las actividades más cotidianas de los logroñeses, sobre todo en cuestión de bares. Porque para que nos echen a la calle nunca hemos necesitado la ayuda del Ayuntamiento.</p>
<p>P.D. En teoría, el celo municipal en este ámbito se dirige a garantizar el cumplimiento del artículo 22.4 de la <strong>ordenanza municipal de Logroño</strong>, según el cual “los titulares de las actividades deberán velar para que los clientes no produzcan molestias por ruido en el interior del local e impedir la salida del establecimiento por parte de éstos con bebidas y alimentos servidos para su consumo en el local, para lo cual adoptarán las medidas necesarias y eficaces que garanticen el cumplimiento de esta obligación”. Una cuestión, como se ve, de obligado incumplimiento, salvo que cada bar contrate servicio de seguridad. O salvo que vivamos en Corea del Norte y no me haya enterado.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El tigre del Tigre</title>
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		<pubDate>Sat, 24 May 2014 20:03:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[Por el amigo Eduardo Gómez me entero de que reabren el bar Tigre de la calle Mayor, que frecuenté con asiduidad y gusto durante largo tiempo. Lo cual me permite recuperar aquí este cuentecito que publiqué en una de aquellas colecciones que editaba Diario LA RIOJA hace años, porque precisamente su protagonista era un tigre: [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/come-on2.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-343" title="Dibujo de un tigre que ilustraba el relato" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/come-on2.jpg" alt="Dibujo de un tigre que ilustraba el relato" width="1210" height="1896" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/come-on2.jpg 1210w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/come-on2-191x300.jpg 191w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/come-on2-768x1203.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/come-on2-654x1024.jpg 654w" sizes="(max-width: 1210px) 100vw, 1210px" /></a></p>
<p>Por el amigo <strong>Eduardo Gómez</strong> me entero de que reabren el <strong>bar Tigre de la calle Mayor,</strong> que frecuenté con asiduidad y gusto durante largo tiempo. Lo cual me permite recuperar aquí este cuentecito que publiqué en una de aquellas colecciones que editaba <strong>Diario LA RIOJA</strong> hace años, porque precisamente su protagonista era un tigre: el tigre del bar Tigre. Se titula<strong> &#8216;Come on&#8217;</strong></p>
<p>“De la mujer que atendía la barra de El Tigre sólo sabíamos que era zurda y yo tuve un sueño en que además era tuerta, no, peor, llevaba un ojo de cristal en la cuenca izquierda y a veces se lo sacaba si secaba los vasos y le pasaba también la Spontex. Pero sólo fue un sueño. La camarera zurda servía tiroleses a las mesas del fondo, donde se jugaba al siete-catorce-veintiuno y mandaba apartarse a quienes utilizaban la gramola para apoyar el culo. Viva el pop, abajo el sistema, escupía entonces, y sólo los muy novatos no entendían la consigna. Los veteranos ahuecaban el culo para que el vetusto altavoz tuviera vía libre hacia la cabeza de tigre disecada que le miraba desde enfrente. Recién llegada del <strong>Sajarahuit</strong>, la gramola perdió en algún punto entre avenida de Colón y la Calle Mayor su magnética carga. De Queen, nunca más se supo. De Deep Purple, quién sabe. De la ELO, qué se hizo.</p>
<p>Un repaso a la oferta del <strong>último jukebox de Logroño</strong> incluía: Pablo Abraira, O tú o nada; Miguel Gallardo, Hoy tiene ganas de ti, Vicente Fernández sigue siendo el Rey, la trompeta de Herb Albert, Danny Daniel y Donna Hightower bailan el vals de las mariposas, éxitos anacrónicos de Luis Aguilé y Palito Ortega, Rocío Dúrcal canta a Juan Gabriel, Phil Trim, Abba, Juan Pardo (Juan más que Juan: Pardo, más que Pardo, añadíamos nosotros), el joven Perales, Ángela Carrasco como María Magdalena en Jesucristo Superstar, Ana y Johnny, Jaime Morey, Emilio José canta a Soledad, es muchacha primorosa, que vivió siempre en el trigo sola, no sabe de amor ni engaños. El dúo Bácara, en fin.</p>
<p>Como un diamante en el estercolero brillaba un sencillo de <strong>los Stones</strong>. Come on, un discurso breve, eso es el pop, sencillez, decía la camarera zurda. Abajo el sistema, viva el pop. Era una pieza sincopada y con contratiempos, oíamos decir, que se escuchaba de cara a la gramola y no de espaldas a ella como era norma con el resto de temas. Come on en los últimos días de la última gramola, come on a cada rato, come on que cantaban los Rolling, aunque luego supimos que era una versión de un viejo éxito de Chubby Checker o de Chuck Berry, siempre los confundo. Ese era su encanto, precisamente, que eran los Rolling pero no lo parecían, una canción no tan salvaje, más irónica, sardónica y melódica, una canción extraña en un bar extraño, que presidía una cabeza de tigre disecada, un pintoresco hito del camino de Santiago, como si los Rolling Stones animaran desde el jukebox al peregrino. Come on, come on hasta Compostela.</p>
<p>Y, de repente, la cabeza de tigre disecada que te mira desde un stand del salón de anticuarios. Este año, los años cincuenta son la estrella del salón. Como si deambulara por el decorado de la serie Embrujada, tropiezo con batidoras color cobalto, molinillos de café verdes pistacho, las primeras olivettis, las primeras planchas, las primeras aspiradoras y las viejas secadoras hoy misteriosamente desplazadas de nuestros hogares, estilizadas cafeteras italianas, pick ups de maleta. Se trata de adquirir un magnífico ejemplar de radio, marca Tombstone, año 1933, para un coleccionista italiano o griego que llega cada verano a Cadaqués, pero la oferta es muy limitada. El viejo arcón estilo castellano sigue siendo el rey, como Vicente Fernández, hay también falsos iconos y falsas antigüedades góticas y un tipo aún más falso haciendo como que sabe al frente del stand. &#8220;Ah, la vieja Tombstone, hemos tenido unas cuantas, pero ahora mismo, es que no&#8230; Cada vez se cotizan más  altas. Nosotros, es que eso no lo tocamos. Lo nuestro es otra cosa. ¿Ve aquel tríptico? Es del legado de <strong>Erik el Belga</strong>, de una ermita de Lérida nos ha llegado. Viene muy, pero que muy bajo de precio. Pero, no. La vieja Tombstone, no. Quizá después de comer.</p>
<p>Después de comer, no estaba ni la vieja Tombstone ni el falso vendedor falso. Comparece en su lugar una joven de mirada huidiza, bizca tal vez, media melena estilo Verónica Lake, que ignora todo sobre lo que la radio Tombstone supuso para los hogares europeos de la posguerra, de cualquier posguerra. La vieja cabeza de tigre vigila nuestra conversación, también un poco bizca. &#8220;De los años cincuenta, tenemos poca cosa. Casi nada. Lo nuestro es el arte medieval. Trípticos, ya sabe usted.</p>
<p>&#8211;              ¿Y esa cabeza?</p>
<p>&#8211;              Nuestra mascota. Un recuerdo familiar. Nos trae suerte.</p>
<p>&#8211;              No parece muy a gusto aquí.</p>
<p>&#8211;              ¿Quién? ¿Yo?</p>
<p>&#8211;              No, la cabeza. Tiene cara de haberlo visto ya todo.</p>
<p>&#8211;              Estará aburrida. Son muchos años viniendo a este salón.</p>
<p>De la Tombstone, ni rastro. Ni siquiera en el stand vecino, repleto de electrodomésticos, otro paseo por el decorado de Embrujada, con la suegra aquella moviendo la nariz y su hija, la anoréxica Samantha Eggar, moviéndola también. Batidoras y exprimidoras en toda la gama de colores acompañan al visitante en su recorrido por los primeros años de la tele, cuando se cubría el aparato con sus hermosas fundas de ganchillo. Aquellos perritos que movían la cabeza desde el asiento de atrás del coche y llevaban el compás del traqueteo, ahora llega un bache y digo que sí, ahora una cuesta y digo que no. La cabeza de tigre no dice nada. Su mirada oblicua es definitivamente la misma que me dirige la Verónica Lake que dirige esta tarde el stand cuando me hace señas con un brazo. Con el izquierdo.</p>
<p>&#8211;              Me he acordado de repente. De los años cincuenta no tenemos nada, pero tenemos varias <strong>flipper</strong> de un poco después. Los primeros sesenta. Son americanas, un poco caras.</p>
<p>Le acompaño a la trastienda -el trastand, propiamente- y tropezamos con un parapeto de flipper, que divide estratégicamente la mercancía: hacia aquí, el lado ye-yé. Al norte, reinan el falso Erik el Belga y sus falsos epígonos. Las flipper, no están mal. Fundida la más atractiva y coja de una pata la más conocida, la que yo más recuerdo, la menos sensible a la falta, se le podía golpear en cualquier costado, especialmente, el derecho a la altura del mando, sin riesgo de que se apagaran los fusibles y la bola se resignara a regresar a la cueva donde vivía con sus hermanas, un lóbrego viaje, una peregrinación fatal. El percutor del saque venía muy flojo, era difícil ajustarlo para que la bola golpeara hasta el infinito en los bloques de arriba y acumulara puntos y más puntos antes de que el jugador entrara realmente en acción. La flipper trípode no está nada mal, pero el coleccionista de Cadaqués probablemente no sabrá valorarlo.</p>
<p>&#8211;              ¿Y gramolas?</p>
<p>&#8211;              Gramolas, tenemos varias, pero más estropeadas todavía que las flipper.</p>
<p>Limitando con la sección de iconos falsamente bizantinos, aún más falsamente rusos, dos gramolas vigiladas entre las cortinas por la cabeza de tigre dormitaban desconectadas. La primera anodina, con el cargamento de discos en el bajo vientre y los títulos de las canciones pintados a boli, Bic probablemente. La otra, un auténtico jukebox, con tracción mecánica para elevar el lote de singles y una pesada colección de títulos de los Beach Boys y la Motown, algún éxito de Dean Martin incluido y la hija de Frank Sinatra cantando estas botas están hechas para montar. Viva el pop, abajo el sistema. Trae también el Money, money y al enchufarla la muchacha bizca con melena a lo Verónica Lake -me mira ya sólo con un ojo- se enciende un carrusel de colores, una noria fluorescente sube y baja y la voz de Nancy Sinatra llega desde muy lejos, desde un punto situado entre Las Vegas y la primera parte de El Padrino, desde aquellas radios Tombstone que surgen del decorado de Embrujada a través de un televisor modelo Zenith o Telefunken, aún en blanco y negro. De la otra gramola llega un rumor seco, aunque más cercano, como de un manantial que ya no fluye, el sordo eco de una edad que el coleccionista de Cadaqués ya superó, como ha ido superándolo todo. De la vieja gramola llegan los discos de Hispavox que perdió sus tesoros en el traslado desde el bar Sajarahuit y ha ido soltando lastre desde entonces. Come on, cantaban los Rolling, come on en la trastienda donde la joven bizca ya no bizquea, tal vez sólo era zurda y parece que envía esa mirada esquinada por su melena a lo Verónica Lake. Tal vez el que bizquea es el tigre. Ella, simplemente, es zurda y se ríe de mí de medio lado. &#8220;Abajo el sistema, viva el pop&#8221;.</p>
<p>P.D. Espero que los nuevos dueños del bar sean congruentes con su historia: es decir, que por favor recuperen la cabeza del tigre y decoren con ella el local. Pedir que recuperen la gramola ya sería demasiado.</p>
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		<title>Los bares bizarros</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/01/11/los-bares-bizarros/</link>
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		<pubDate>Fri, 11 Jan 2013 10:08:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/iturza.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-55" title="Entrada al bar Iturza, esta misma semana, según la cámara de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/iturza.jpg" alt="Entrada al bar Iturza, esta misma semana, según la cámara de Justo Rodríguez" width="622" height="415" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/iturza.jpg 622w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/iturza-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 622px) 100vw, 622px" /></a></p>
<p>Un corresponsal me advirtió hace tiempo de que el uso que yo atribuía al adjetivo tan de moda, <strong>bizarro</strong>, era incorrecto. Lo comprobé en la <strong>RAE</strong> y concluí que llevaba razón. Bizarro, advierte la Academia, significa valiente en su primera acepción y generoso, lúcido o espléndido en una segunda entrada. De unos años a esta parte, bizarro es sin embargo una palabra que se adjudica a algo más indefinible: personas, cosas o conductas un pelo fuera de lo normal, singulares. Con una singularidad, añado yo, como de otra época, cercana al casticismo. Un punto cañí. Por eso hablamos a veces de bares bizarros: aquellos que funcionan como una máquina del tiempo y te transportan a un momento de la historia ajeno al común de los presentes días, pero al mismo tiempo muy vigente.<br />
Los bares bizarros de <strong>Logroño</strong> siempre serán para mí por lo tanto las veteranas barras de la <strong>calle Mayor</strong>. Es decir, no aquellos garitos contra los que hoy se empotra la clientela más joven en las noches del fin de semana, que han transformado la calle hasta dejarla irreconocible para unos cuantos entre quienes me incluyo. No, los bares bizarros son aquellos otros cuya parroquia envejece con ellos y mantiene una extraña lealtad a los antiguos hábitos y tradiciones. De ahí su encanto.<br />
Hacia los primeros 80, nadie con menos de 30 años se daba una vuelta por la Mayor, de modo que descubrir aquellos bares donde se aparcaba la generación de nuestros padres y abuelos tuvo algo de epifanía. Lo he contado aquí en la entrada dedicada al <strong>Moderno</strong>: uno salía por la puerta trasera que daba al restaurante <strong>La Bombilla</strong> y de repente se le abría un mundo desconocido, con bares anónimos e intercambiables que sin embargo eran también al mismo tiempo únicos en su condición. Supervivientes de cuando la calle contaba con mucha más vida, vida vecinal y vida comercial, vida por supuesto hostelera. La ronda solía empezar en el <strong>Iturza</strong>, se detenía en un bar situado enfrente cuyo nombre he olvidado, cruzaba de nuevo la acera para una parada en el <strong>Bretón</strong> y concluía en el aledaño <strong>Cuatro Calles</strong>, garito que disponía de otros alicientes añadidos a la trasiega de alcohol: su dueño, que era pelirrojo y tanto nos recordaba al actor Danny Kaye (ya olvidado, supongo). Y, rareza máxima, el tipo era del Barça, lo cual entonces representaba una extravagancia. Además, reservaba en un rincón unas mesas para servir cazuelitas, otro exotismo en aquella época donde lo habitual eran bares sin ningún tipo de aliciente culinario.<br />
Se exceptúa, eso sí, el Iturza, que ofrecía el pincho más raro que yo recuerde: un huevo duro. Repito: un huevo duro. El dueño extraía de una nevera contemporánea de Napoleón las bebidas y si la clientela le jaleaba, a veces aceptaba pelar el huevo duro luego de machacarlo ¡contra la frente! Se me saltan las lágrimas. Hoy todavía no puedo entrar en el Iturza sin refrescar esos prodigiosos días, cuando quienes empezábamos a afeitarnos pensamos que había una alternativa a la Laurel a poco que otra generación explorase los viejos territorios del Logroño de siempre. De hecho, poco después se abrió en la Mayor el primer bar ‘moderno’ que hizo bueno nuestro pronóstico: se llamó <strong>La Costanilla</strong>, ya disponía de una tapa digna de tal nombre (una zapatilla: esto es, una rebanada de pan con jamón y tomate) y su estilo era definitivamente otro, más acorde con los nuevos tiempos que se avecinaban y que se concretarían luego en el vecino <strong>Tifus de Travesía de Santiago</strong>. Nada que ver con esos antros que fueron declinando con la excepción mentada del resucitado Iturza, que funciona hoy un poco como me parece que funcionó en aquellos días. Como una especie de faro del fin de los tiempos, orgulloso de su estirpe, el último bar de toda una época. Un bar que hace bueno el adjetivo bizarro. Valiente, generoso, lúcido, espléndido y también singular.<br />
P.D. Esa antigua exploración por la calle Mayor representó un descubrimiento de un puñado de bares que estaban ahí, esperando a que alguien los incorporase a la habitual ruta dipsómana. Un viaje que incluyó alguna cata en el <strong>Negresco</strong>, ya mencionada en este blog, y la conquista para los nuevos usos juveniles de otro garito muy querido, el <strong>Tigre</strong>, con su (en efecto) hermosa cabeza de tigre disecada. También disponía de  una estupenda <strong>juke box</strong>, una de las últimas de Logroño, que me invitó hace años a un escribir un relato corto publicado en una antología que editaba entonces <strong>Diario LA RIOJA</strong>. Cualquier día lo traigo por aquí.</p>
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