<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Logroño en sus baresCantabria &#8211; Logroño en sus bares</title>
	<atom:link href="https://blogs.larioja.com/logronobares/tag/cantabria/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://blogs.larioja.com/logronobares</link>
	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
	<lastBuildDate>Thu, 12 Aug 2021 02:33:20 +0000</lastBuildDate>
	<language></language>
	<generator>https://wordpress.org/?v=5.9.10</generator>
		<item>
		<title>Llanto por el Chufo</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2020/02/28/llanto-por-el-chufo/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2020/02/28/llanto-por-el-chufo/#respond</comments>
		<pubDate>Fri, 28 Feb 2020 18:12:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Cantabria]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[El Pasaje]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Julio Iglesias]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Llacolén]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Mesón Chufo]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Puente Madre]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Tívoli]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">https://blogs.larioja.com/logronobares/?p=1490</guid>
		<description><![CDATA[&#160; Conocí a Abel en otra glaciación, cuando lucía melenita yeyé, pantalón de campaña y pelambrera en la pechera, como camarero en las piscinas de Cantabria. Ya entonces era el actual Abel. Un camarero, eficaz, discreto. Muy vivo, un profesional de los que ya no quedan: sabía lo que ibas a pedir antes que tú [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/Abel-Chufo.gif"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1491" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/02/Abel-Chufo.gif" alt="" width="600" height="400" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Conocí a <strong>Abel</strong> en otra glaciación, cuando lucía melenita yeyé, pantalón de campaña y pelambrera en la pechera, como camarero en las piscinas de <strong>Cantabria</strong>. Ya entonces era el actual Abel. Un camarero, eficaz, discreto. Muy vivo, un profesional de los que ya no quedan: sabía lo que ibas a pedir antes que tú mismo. Un camarero anticipatorio, a quien luego observé en otras encarnaciones a lo largo de las diferentes barras logroñesas que fue defendiendo: <strong>El Pasaje,</strong> la cafetería que aún resiste entre Gran Vía y Avenida de Portugal, y <strong>Tívoli</strong>. Apenas lo recuerdo sin embargo en otro local donde compartió felicidad con su compañera en tantas andanzas, la ingeniosa <strong>Rosa</strong>. El bar de <strong>Puente Madre</strong>, alojado junto a la Fuente de los Zapateros: emblema del Logroño castizo y última parada de la pareja antes de aterrizar ahí donde lo recordará el improbable lector, en su destino postrero: el <strong>Mesón Chufo</strong>. Donde se desempeñaba durante 28 años con el mismo rigor, la misma clase, el mismo estilo. Un camarero fino, servicial, atento. Y una barra ejemplar, en la esquina entre Guardia Civil y Saturnino Ulargui que dice adiós. Lloremos con ellos.</p>
<p>Lloremos de pena pero también de felicidad. Porque la jubilación prometida, ese edén que tardaba en llegar, se materializa ante sus ojos y los nuestros y merece por lo tanto celebrarla como merece, lágrimas incluidas si es necesario. Pero son también lágrimas de pesar porque durante largo tiempo han hecho de su local una referencia ciudadana con tanto mimo, con tanto éxito, que verles partir hacia la condición de pensionistas, en efecto, da un poco de pena. Pena doble: porque <strong>Logroño</strong> pierde una de sus barras conspicuas, modélica, y porque no han tenido éxito Abel y Rosa en la búsqueda de sucesores. Meses y meses esperando que alguien se animara a tomar su relevo sin que haya fraguado la posibilidad de que el Chufo prosiguiera su actividad bajo otras manos.</p>
<p>Y no. No hubo suerte. Así que Abel y Rosa dejan vacante esa esquina igual que dejan vacío otro recuerdo, su legendaria aportación a la memoria gastronómica logroñesa. Fueron ellos los primeros en servir en la ciudad esa rareza llamada <strong>erizos de mar</strong>. O los<strong> cogollos de Tudela</strong> en ensalada, manjar desconocido hasta que ellos se animaron a servirlo. Sus<strong> alcachofas con foie y huevo</strong>, por ejemplo, servían como bandera del Mesón, igual que otra misteriosa condición que conocen sólo los más devotos: el Chufo, como sede oficiosa de los <strong>Jueves Flamencos</strong>, porque los primeros artistas que inauguraron esta veta de la programación del vecino Bretón empezaron a dejarse caer por allí y&#8230; El resto es leyenda. <strong>Leyenda logroñesa.</strong></p>
<p>Una leyenda agigantada por el confort que aseguraba la pareja de futuros jubilados. Ingresar en sus dominios aseguraba ese grial que el parroquiano suele reclamaba de sus bares favoritos: estar en ellos mejor que en casa. Es un intangible que pocos locales adquieren que, en el caso del Chufo, se sustanciaba en esa carta repleta de ricas golosinas, un servicio muy profesional y una atmósfera sosegada, que predisponía a la tertulia. Disponía incluso de ese otro intangible que tantos locales ansían y pocos atrapan: contar con una legión de clientes que eran más que eso. Fanáticos seguidores de su cocina, de esa manera de entender la hostelería que se bate ya en retirada.<strong> Familias que se suceden a través de varias generaciones</strong>, ese éxito que pocos bares llegan a alcanzar pero que era muy evidente en su caso: los niños que se iniciaron en el recetario de Rosa acuden ahora con su propia prole a darse un homenaje que se acaba de interrumpir repentinamente.</p>
<p>Su cierre depara <strong>una oleada de nostalgia</strong> y también algún desconcierto. Porque sucede justo cuando esa zona presenta un aspecto fetén, con una gavilla de bares muy atractivos desparramados en poco espacio, una ronda alternativa a la calle Laurel y alrededores que tiene muy buena pinta y el aspecto de ir creciendo en alicientes. En esta coyuntura puede alegarse que la despedida del Chufo causará sorpresa pero debe añadirse que cuando alguien, una pareja como Abel y Rosa, convierten su bar en algo más que un bar (una enseña, una manera de estar en el mundo) ese bar se va con ellos. Lo han adherido con tanta intensidad a sus propias personalidades que se explica que el Chufo no haya resucitado bajo otra dirección. Porque, entre otras cosas, ese Chufo no sería lo mismo. No sería nuestro Chufo. El mejor mesón de Logroño que hoy dice adiós.</p>
<p>P. D. Abel Carazo está dotado para la cháchara y el anecdotario. Se lanza con la moviola y se ve a sí mismo como queda retratado en el comienzo de estas líneas: cuando era un jovencito que atendía la barra de una discoteca de moda en <strong>Playa de Aro</strong> y tropezó con <strong>Julio Iglesias</strong>, nada menos. Cuenta también sus andanzas tronchantes por <strong>Tenerife</strong>, por su <strong>Soria</strong> natal, por los locales donde prestó servicios en Logroño recién llegado luego de una breve etapa en <strong>Burgos</strong>. Su paso por el Llacolén o por la cafetería de Los Bracos hasta desembocar en el Chufo a las órdenes de<strong> Julio Bayano</strong> y tomar después bajo su mando la dirección del local en compañía de Rosa. Ella, en los fogones; él, tras la barra. Una estampa logroñesa que ya no volverá.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2020/02/28/llanto-por-el-chufo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
	<post_id>1490</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
		<item>
		<title>Nuestro hombre en la barra: una saga de camareros logroñeses</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/06/26/nuestro-hombre-en-la-barra-una-saga-de-camareros-logroneses/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/06/26/nuestro-hombre-en-la-barra-una-saga-de-camareros-logroneses/#respond</comments>
		<pubDate>Sun, 26 Jun 2016 17:14:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Cantabria]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Emiliano]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[La Tarasca]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Sagasta]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Tívoli]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.larioja.com/logronobares/?p=679</guid>
		<description><![CDATA[&#160; En el paisaje de los bares logroñeses menudea un paisanaje distinguido por militar en una estirpe común: un linaje familiar. De modo que resulta habitual, así antaño como hogaño, que miembros de la misma saga defiendan barra tras barra, tanto el negocio donde se destetaron acompañando a padres (incluso abuelos), como el propio local [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/emiliano.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-680" title="Emiliano padre y Emiliano hijo, en La Tarasca. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/emiliano.jpg" alt="Emiliano padre y Emiliano hijo, en La Tarasca. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="357" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/emiliano.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/emiliano-300x179.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En el paisaje de los <strong>bares logroñeses</strong> menudea un paisanaje distinguido por militar en una estirpe común: un<strong> linaje familiar</strong>. De modo que resulta habitual, así antaño como hogaño, que miembros de la misma saga defiendan barra tras barra, tanto el negocio donde se destetaron acompañando a padres (incluso abuelos), como el propio local donde la última generación de camareros se aposenta para hacer lo que su familia hizo toda la vida: ejercer el noble oficio de camarero. Se suele reconocer a estos eméritos profesionales por un sello peculiar: que lucen como divisa honrar a sus antepasados desempeñándose con un suplemento adicional de esmero.</p>
<p>Una cierta elegancia. Es el caso de <strong>Emiliano Sáenz</strong>, hijo de otro<strong> Emiliano Sáenz</strong>: al primero lo reconocerán los clientes del bar<strong> La Tarasca</strong>, en <strong>Siete Infantes</strong>. Que no es sólo bar. Funciona como casa de comidas, dispensa copas cuando anochece y encarna el ideal de todo hostelero: prolongar la jornada cuanto haga falta porque tiene respuesta para cada tramo horario. «Como pasaba en el <strong>Tívoli</strong>», aclara Emiliano hijo, que defiende La Tarasca con su socio <strong>Iñaki</strong> y con el visto bueno del patriarca, quien asiente: «Sí, el Tívoli empezaba a las seis menos cuarto».</p>
<p>Nada menos. Seis menos cuarto, ojo. Con la aurora, cada día el camarero llamado<strong> Pablo Barrón</strong> abría la puerta, enchufaba la prodigiosa cafetera de cuatro grupos (reliquia que, cuando cerró el popular bar, quedó en manos amigas, igual que el mítico retrato del <strong>Panaderito de Oyón</strong>) y empezaba a atender a una parroquia multitudinaria desde tan temprana hora, alimentada por la cercana plaza de Abastos: todos los gremios pasaban por sus mesas para reconfortantes desayunos, copiosos almuerzos, naipes al amor del solysombra, cervezas en la terraza perfumadas por las pipas paridas en la locomotora de <strong>Anita</strong>.</p>
<p>Emiliano había tomado la dirección del Tívoli en 1969. Cerró en el año 2000: entre ambas fechas, median cantidades abrumadoras de <strong>carajillos</strong> («Ahora ya no se sabe ni preparar», se lamenta), <strong>cafécopaypuro</strong>, vasos de rico tinto («Siempre, de <strong>Baños de Ebro</strong>», subraya) y pócimas ya extinguidas: entonces, la oferta de tragos gozaba de una variedad que los dos Emilianos añoran, incluyendo bebedizos desconocidos para quien esto firma, como el fenecido <strong>ponche Nelson</strong>. A lo largo de la charla, Emiliano padre exhibirá una memoria prodigiosa. Escalofriante. Recuerda por su nombre a cada camarero que tuvo contratado (<strong>Maisi, Fermín Quintanilla</strong>&#8230;), incluyendo la media docena de profesionales que fichaba por <strong>San Mateo</strong>, oriundos de Soria y Zaragoza. No olvida nada: tampoco la idea pionera, revolucionaria para la época, de añadir una tapa al chiquiteo, que en su caso adoptó la forma de banderilla de cebolla con bonito. Un bonito en conserva que adquiría en formato XXL, bautizado <strong>pandereta</strong> en la deliciosa jerga hostelera. Y la joya de la corona, que sus clientes más veteranos recordarán: sus célebres navajas de <strong>Cambados</strong>, piezas indispensables para el aperitivo. Una golosina que llevaba a peregrinar hasta sus puertas a las más acreditadas cuadrillas logroñesas&#8230; cuyos apellidos también Emiliano va recitando.</p>
<p>Pero no daremos nombres. Porque cualquier logroñés se habrá acodado alguna vez en el prodigioso bar de la esquina de <strong>Bretón</strong> con <strong>Gallarza</strong>, donde era tan habitual quedar para iniciar la ronda como recurrir a él para el último trago del día. Lo subraya Emiliano hijo, cuya personal historia hostelera se inició en ese mismo espacio, surcado de veladores, ayudando a la vuelta de la mili (años 80) en el negocio familiar.</p>
<p>Era otro Tívoli porque era otro <strong>Logroño</strong>. Su padre y su madre, <strong>Ana Mari</strong>, factor decisivo del éxito del local custodiando la cocina, habían desembarcado en este bar luego de otros desempeños: el original, en el local de las <strong>piscinas</strong> <strong>de Cantabria</strong>, adonde llegaron desde su <strong>valle de Ocón</strong> natal para convertirse en abastecedores de una sociedad que entonces conservaba el aire familiar que fue perdiendo durante los diez años en que Emiliano se ocupó de derrochar profesionalidad, aliviando a pelotaris y futbolistas domingueros con sus porrones, organizando verbenas y llamando por su nombre a todo el mundo, desde el presidente y secretario de entonces (Pedro Urbiola y Jesús Uribe), hasta al ideólogo de aquel universo, el padre Gato, pasando por cada socio grande y pequeño. Era unEmiliano casi juvenil, recién casado: tenía 25 años y ya desplegaba su talento discreto y eficaz, que luego le ganaría justa fama en el Tívoli.</p>
<p>De Cantabria, Emiliano y familia viajaron al <strong>Sagasta</strong>: entonces, único instituto de Logroño. Atendían en los recreos las dos barras del edificio sirviendo bocadillos para aquel tumulto de alumnos y despachaban también las comidas a los estudiantes de fuera. Más de doscientos servicios diarios de lunes a viernes que ponían a prueba su energía y que aún les procuran alegrías: son centenares los antiguos alumnos que les recuerdan con cariño y no hace tanto apareció por La Tarasca uno de ellos, natural de Murillo, con tres botellas de vino para regalar a Emiliano. Merecido. Durante un par de años, la familia llegó a atender tres negocios a la vez, entre Cantabria, Sagasta y el Tívoli. Un milagro cuyo secreto revela el patriarca: «Teníamos que ir a todos los sitios corriendo, corriendo».</p>
<p>Hoy, jubilado y a punto de cumplir los 82 años, Emiliano repasa con su hijo la trayectoria que inició de camarero en Cantabria, desgranan confidencias, participan de unas cuantas ideas comunes. A saber, que un bar debe honrar dos atributos: limpieza y atención al cliente. Y que los tiempos, en efecto, van cambiando. A mejor, apunta el padre, porque los adelantos ayudan a perfeccionar el cuidado a la parroquia: el trabajo, coinciden, «hoy es más fácil». Aunque también detectan nubarrones: pérdida de respeto en el trato entre camarero y cliente, menor celo en los detalles mayores y menores del servicio, una exigencia sin embargo cada día creciente&#8230; Un complejo mundo que Emiliano hijo observa parapetado tras su máxima: «En La Tarasca estamos Iñaki y yo para seguir dándolo todo». Una idea que entronca con otra que su padre regala al periodista: «Si tienes algo bueno, no le eches nada malo».</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/tivoli.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-681" title="Emiliano Sáenz, tirando la caña en el Tívoli" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/tivoli.jpg" alt="Emiliano Sáenz, tirando la caña en el Tívoli" width="600" height="416" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/tivoli.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/06/tivoli-300x208.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Emiliano padre confiesa que quedó tan exhausto de su actividad profesional que hoy le cuesta ir al bar&#8230; incluso de cliente. Se decanta para sus escapadas por el <strong>Marbella</strong> de Juan XXIII, muy cerquita de casa, y por las tertulias del<strong> Círculo La Amistad</strong>, benéfica institución que le tiene entre sus socios. Poco más. Lejanos los días en que aprovechaba algún descanso del Tívoli para darse su vuelta por los vecinos mostradores que sus colegas de entonces defendían en el Logroño castizo. La Simpatía, Soriano, Perchas, Donosti, La Florida, El Soldado&#8230; Leyendas logroñesas, a las que Emiliano hijo añade sus propias referencias: el Asterisco, García, Tastavin&#8230; El pasado y el presente reunidos en una misma saga de camareros logroñeses.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2016/06/26/nuestro-hombre-en-la-barra-una-saga-de-camareros-logroneses/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
	<post_id>679</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
		<item>
		<title>El bar de la Hípica</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/10/09/el-bar-de-la-hipica/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/10/09/el-bar-de-la-hipica/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 09 Oct 2015 10:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Adarraga]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Cantabria]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Hípica]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Las Norias]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.larioja.com/logronobares/?p=554</guid>
		<description><![CDATA[&#160; Nosotros éramos de Cantabria. Cuando digo nosotros me incluyo a mí, al resto de mi familia y a diez mil personas más, lo cual abarcaba al universo de los llamados veraneantes: gentes llegadas en general del País Vasco, en busca de un clima más seco para mejorar de sus diversas afecciones, que se encontraban [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/10/hipica.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-555" title="Imagen reciente del bar de la Hípica, recogida en una publicación de la propia sociedad" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/10/hipica.jpg" alt="Imagen reciente del bar de la Hípica, recogida en una publicación de la propia sociedad" width="543" height="411" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/10/hipica.jpg 543w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/10/hipica-300x227.jpg 300w" sizes="(max-width: 543px) 100vw, 543px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nosotros éramos de <strong>Cantabria</strong>. Cuando digo nosotros me incluyo a mí, al resto de mi familia y a diez mil personas más, lo cual abarcaba al universo de los llamados veraneantes: gentes llegadas en general del País Vasco, en busca de un clima más seco para mejorar de sus diversas afecciones, que se encontraban en las piscinas de la llamada <strong>Sociedad</strong> <strong>Recreativa</strong> como el resto de socios, es decir, como en casa. O mejor que en casa, que al menos la mía carecía de piscina, frontón, tostadero y pistas de tenis. También carecíamos de Tomasa, la célebre encargada del guardarropa de mujeres, un as de la megafonía: &#8220;Ángel Nieto, que salga a retirar la moto, que la tiene mal aparcada&#8221;. Cantabria incorporaba a su irresistible oferta canicular, cuando los veranos duraban no menos de tres meses, bares de distinto signo: el central, ubicado en el corazón de su casa social y defendido por <strong>Emiliano</strong> y los <strong>Langarica</strong> (que ya han aparecido aquí unas cuantas veces), así como otro más pequeño que duró poco, vigilando la piscina denominada de niños, y algunas casetas distribuidas aquí y allá. Por ejemplo, junto a la piscina mixta: entonces, las piscinas tenían sexo. Cosa que también ocurría con los frontones.</p>
<p>Hubo un tiempo, sin embargo, en que fue habitual la doble militancia: se podía ser de Cantabria y de la Hípica a la vez. De modo que se soslayaba así la curiosa rivalidad que existía entre ambas instalaciones, porque lo usual era lo contrario: que unos y otros asegurasen que la suya (su piscina) era la mejor y por lo tanto vetasen su ingreso en la piscina rival, competencia que se ampliaba también a las fenecidas piscinas del <strong>Cayaks</strong> allá por Los Lirios, con una cuarta variante que recuerdo más minoritaria: el <strong>Adarraga</strong>. Con los años, hubo que decantarse y algunos tuvimos que renunciar a la felicidad que nos embargaba cada vez que cruzábamos el Ebro, íbamos a la Hípica y nos bañábamos en sus piscinas, aunque lo mejor de esas incursiones era su bar: el bar de la Hípica.</p>
<p>Escribo el bar de la Hípica y me suena una frase rara. Para los logroñeses menos veteranos, una explicación previa: la<strong> Sociedad Hípica Deportiva Militar</strong> era y es una instalación ubicada en el norte de <strong>Logroño</strong>, colgada sobre el río, propiedad entonces del <strong>Ejército</strong> y, en consecuencia, destinada en teoría a albergar sólo a quienes tuvieran algo que ver con la milicia. Ocurría que, por el contrario, hacerse con su carné de socio resultaba bastante sencillo para la tropa civil, aunque se tenía que superar la extrañeza de ver por allí a los mozos vestidos de caqui formando parte de la plantilla. Otra extrañeza, que sin embargo tenía bastante sentido visto su origen militar, era que la Hípica tenía de jefe superior a un mando del Ejército, pero así eran las cosas por Logroño (y España entera, creo): todo era muy raro.</p>
<p>De modo que ya estamos puestos en situación: servidor se desplaza con el resto de la prole hasta la Hípica, juega un rato al <strong>tenis</strong> en aquellas pistas lentísimas de tierra batida y decide refrescar el gaznate. Ahí lo tienen ustedes: el bar más bonito del mundo. O el <strong>bar de piscinas</strong> más bonito del mundo, mejor dicho. Al menos, así nos lo parecía. Porque el club social era como todos, más o menos, sin grandeza alguna, pero resulta que algún alma inquieta y talentosa decidió incorporar al edificio central un ala que penetraba en su entorno, dotarla de barra y servir los tragos y bocados a la clientela que se arracimaba en bañador, al aire libre. Lo cual, como sabe bien quien haya probado esa experiencia, representa el edén para el cliente conspicuo y veraniego: hacerse con su sitio en la barra chorreando aún el meyba, atacar el porrón de cerveza con gaseosa una vez recibido el permiso paterno y otear la magnífica vista que desde allí se obtenía, con las congéneres del otro sexo deambulando igual que uno, con el sucinto bañador por toda vestimenta.</p>
<p>El permiso paterno era importante, trascendental, para esas tomas de decisiones, porque en realidad toda la familia viajaba hasta la Hípica guiada, en efecto, por el jefe de la casa: a mi padre le gustaba más Cantabria, pero encontraba que esta barra que ilustra estas líneas gozaba de un encanto supremo. Nos transmitió su encendida predilección por ella con tanta pasión que empezó a hacerse habitual que en cuanto poníamos un pie en la Hípica, lo primero era pasar por su barra exterior, hasta el punto de que he olvidado si alguna vez estuve dentro del bar. Supongo que sí, pero no importa: <strong>Logroño en sus bares</strong> le debía una visita a aquel paraje por donde no he vuelto a acercarme desde hace tiempo y porque así reivindico de paso la importancia que los bares de las piscinas tuvieron en nuestras vidas.</p>
<p>Unas vidas muy distintas a las de ahora. Uno sigue siendo socio de Cantabria, pero apenas asomo por allí y desde luego que el bar actual ya no es el que era porque no es el que recuerdo, el que me conquistó el corazón. En <strong>Las Norias</strong> han tenido incluso problemas algún año para dar con un abastecedor que se hiciera cargo de su bar, porque se ve que allí ya no se detecta el mismo negocio que había antes. Los hábitos pasan, las modas se suceden, cambian las pautas de consumo. Sospecho que compartir con quienes nos preceden la extraña belleza que caracterizaba a esas barras de las piscinas donde nos salieron las primeras espinillas supone un vano intento. Pero también habrá quienes se pasearon algún día por la Hípica y su barra exterior igual que quien esto firma, para ver pasar la vida. Y habrá quienes tampoco olvidan aquel mágico barullo (medio pop, medio camp) donde confraternizaban mayores y pequeños. Y habrá quienes piensen como yo que alguna vez en ese bar se detuvo el tiempo.</p>
<p>P.D. Apenas he vuelto a la Hípica desde los primeros años 70. Mis visitas se han limitado posteriormente a quehaceres profesionales (la cobertura de su concurso hípico, <strong>infanta Elena</strong> incluida, en su etapa preMarichalar), que no exigían superar la barrera de entrada. Una mañana en que lo intenté, el soldado de guardia vetó mi acceso, cosa que entendí. Entendí menos que no le conmovieran mis explicaciones: intentaba hacerle ver cuán hermosa era la barra que aguardaba el fondo, la importancia que había tenido en mi mocedad, las ganas que tenía de volver a acodarme en ella. Inmutable, me enseñó la puerta de salida: su dedo señalaba hacia <strong>el bar de Julio</strong>. Lo cual no era mala opción. Aunque, desde luego, se trata de un local que carece de esa barra de la Hípica donde la adolescencia local y sus mayores pudieron contemplar el mundo en bañador. Un mundo donde los tragos sabían a cloro.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/10/09/el-bar-de-la-hipica/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>2</slash:comments>
	<post_id>554</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
		<item>
		<title>Porrones mateos</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/09/18/porrones-mateos/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/09/18/porrones-mateos/#respond</comments>
		<pubDate>Fri, 18 Sep 2015 08:15:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Cantabria]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[El Soldado de Tudelilla]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Porrón]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[San Mateo]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Wine Fandango]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.larioja.com/logronobares/?p=548</guid>
		<description><![CDATA[&#160; Ingenioso artilugio diseñado para la ingesta de vino y otros alcoholes, el porrón ha ido desapareciendo de nuestros bares con la misma contundencia con que antes los dominaba. Repaso en mi memoria alguno de esos bares y la verdad es que están indisolublemente unidos a este caprichoso invento que garantizaba tragos cortos y algunas [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-549" title="Porrones en el bar Wine Fandango de Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog.jpg" alt="Porrones en el bar Wine Fandango de Logroño" width="600" height="440" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-300x220.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Ingenioso artilugio diseñado para la ingesta de vino y otros alcoholes, el <strong>porrón</strong> ha ido desapareciendo de nuestros bares con la misma contundencia con que antes los dominaba. Repaso en mi memoria alguno de esos bares y la verdad es que están indisolublemente unidos a este caprichoso invento que garantizaba tragos cortos y algunas risas cuando no atinabas y el líquido que contuviera corría gracioso por el pescuezo hacia el escote (tenía más gracia, por lo tanto, si lo empuñaban manos femeninas). Quien menos ducho se mostraba en la práctica contaba con la alternativa de retirar el tapón del chorro grande y beber por allí o verter en un vaso la pócima que lo llenara, provocando entre el resto de la parroquia algún abucheo y nuevas risas. <strong>Beber en porrón</strong> era por lo tanto divertido y casaba muy bien con el espíritu festivo que se supone debería dominar cada incursión por nuestras barras favoritas.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Entre los porrones que han dominado mi experiencia como parroquiano citaré dos referencias logroñesas. <strong>El bar de</strong> <strong>Cantabria</strong>, por supuesto, donde recuerdo que además de la consumición había que abonar un peaje que te era devuelto cuando también tú devolvías el preciado botín: se ve que algún artista optó en su momento por llevarse el porrón a casa. Con la imposición del sistema de canje se procuraba que el manazas de turno tuviera más cuidado de no romperlo y en consecuencia no pudiera trocar luego por efectivo la chapita que nos daban <strong>Emiliano</strong> (primero) y <strong>José Luis</strong> (después), cuyo precio he olvidado aunque me suena que era una tarifa intimidante. Vaya, que había que andarse con ojo para no perder la citada chapa ni romper el mentado porrón, cuyo contenido era como la España de entonces: bipolar. O vino con gaseosa o cerveza también con gaseosa: ahí acababan nuestras opciones. Era habitual que la ronda se pagase en función del resultado con que se saldaran las partidas de mus o tute disputadas en las mesas vecinas y era no menos habitual que más que porrón hubiera porrones. Porque los perdedores reclamaban la revancha, pedían otra ronda y… Porrón y cuenta nueva: lo que empezaba como una tranquila mano de naipes se podía convertir en un maratón de órdagos, trago va y trago viene.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Mi otra experiencia porronera favorita se sustanciaba en el viejo <strong>Soldado de Tudelilla</strong>, en su antiguo emplazamiento de la <strong>calle Laurel</strong>. En este caso, el porrón venía en formato minimal. Pequeños porroncitos ideados para la consumición individual, despachados a los solitarios clientes que se arracimaban en sus bancos corridos con vistas al tragaluz de la calle <strong>Bretón</strong> para acompañar la merienda. Eran los mismos porrones, supongo, que servían para arrojar vinagre de vino a las ensaladas, los mismos porrones que luego peregrinaron a la nueva y actual sede de <strong>San Agustín</strong>, donde también fue común que ejercieran de aceiteras. Recientes disposiciones legales en materia de consumo hostelero han vetado su empleo en esta curiosa función, una nueva muestra de la saña burocrática con el universo de los bares: sospecho que el burócrata de guardia tenía mejores cosas donde ocupar su tiempo. Pero en fin…</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Estos pequeños porrones serán probablemente los únicos que hayan conocido las nuevas generaciones de clientes porque eran los empleados para arrojar un golpe de vino blanco al caldo invernal, ese clásico logroñés. Y poco más puede anotarse sobre su actual vigencia, aunque observo que el <strong>Wine Fandango</strong> ha decretado su reaparición para esparcir entre la clientela novedosos tragos con toque <strong>vintage</strong>. Es decir, el porrón de toda la vida admitiendo nuevos usos según la pócima con que haya sido rellenado. Lo cual me parece fetén . Tan fetén que fue el detonante de esta entrada, destinada a rememorar los tiempos en que el porrón habitaba entre nosotros con frecuencia indesmayable, sobre todo en épocas como ésta en la que entramos: por <strong>San Mateo</strong> era habitual que cada bar logroñés presumiera de elaborar el mejor <strong>zurracapote</strong> y lo pusiera de matute a disposición de sus parroquianos, porrón mediante. Una feliz costumbre que ya está tardando en regresar.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">P.D. Se pone uno a escribir sobre porrones y de repente todo conspira para que semejante ocurrencia tenga sentido. Lo prueba esta noticia recién encontrada por la red: la aparición por <strong>Madrid</strong> de un bar denominado nada menos que <a title="www.gastroactitud.com/modulo/pistas/el-porron-canalla-lo-nuevo-de-juanjo-lopez/792.html " href="www.gastroactitud.com/modulo/pistas/el-porron-canalla-lo-nuevo-de-juanjo-lopez/792.html " target="_blank">El Porrón Canalla</a>, estupendo nombre que merecerá una visita de quien esto firma en cuanto se dé una vuelta por el foro. Así que no parece nada marciana mi idea de que vuelva el porrón si hasta tanto moderno de los Madriles  apuesta por su reaparición para servir cerveza y vino (vaya, como el bar de Cantabria hace mil años) o sangría, el zurracapote nacional. Así que servirlo por San Mateo en <strong>los bares de Logroño</strong> no parece tan descabellado. Y de paso, sirve para felicitar las fiestas a indígenas y forasteros. Justo como hace este blog. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/09/18/porrones-mateos/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
	<post_id>548</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
		<item>
		<title>Yo, camarero</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/07/11/yo-camarero/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/07/11/yo-camarero/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 11 Jul 2013 11:03:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Cantabria]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Langarica]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[porrones]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Santander]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.larioja.com/logronobares/?p=213</guid>
		<description><![CDATA[Mientras preparaba una inminente entrada sobre las actividades como camareros de unos cuantos personajes riojanos, caí en la cuenta de que tal vez fuese más adecuado empezar recordando mi propia (y escasa) experiencia en el sector, por aquello de predicar con el ejemplo. No es gran , pero me apetece sobre todo por traer hasta [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/07/cantabria.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-214" title="Pelotaris en el frontón de Cantabria, foto de Herce para Diario LA RIOJA" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/07/cantabria.jpg" alt="Pelotaris en el frontón de Cantabria, foto de Herce para Diario LA RIOJA" width="600" height="227" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/07/cantabria.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/07/cantabria-300x114.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Mientras preparaba una inminente entrada sobre las actividades como camareros de unos cuantos personajes riojanos, caí en la cuenta de que tal vez fuese más adecuado empezar recordando mi propia (y escasa) experiencia en el sector, por aquello de predicar con el ejemplo. No es gran , pero me apetece sobre todo por traer hasta este <strong>blog</strong> a una gran familia de la hostelería riojana, los <strong>Langarica-Santander</strong>, por quienes siento un cariño mayúsculo.</p>
<p>Finales de los años 70,<strong> Sociedad Recreativa Cantabria</strong>. Todavía había piscina de hombres, de mujeres y mixta (la misteriosa mixta: primera vez que oía esa palabra, pensando que era algún pecado) y al frente del bar se sitúan <strong>José Luis</strong> y <strong>Pili</strong>. Acarreaban ya una amplia experiencia en el sector pero nunca se habían enfrentado a semejante toro: por entonces, la sociedad contaba ya con miles de socios, miles para un único bar. Como disponían de una amplia baraja de hijos en edades similares a la mía y la de mis hermanos, las dos familias confraternizaron y de aquella relación surgió eso de ayudarles de vez en cuando en la barra, superados muchas veces ellos y sus camareros de plantilla por el aluvión de clientes, sobre todo en hora punta: la de comer, con incesante demanda de <strong>porrones</strong> previo intercambio de ficha para compensar roturas, desapariciones o mangancia; la del <strong>café</strong>, con las correspondientes partidas de cartas y llenazo de no hay billetes para ver por la tele (mayúsculo aparato casi colgado del techo) <strong>Verano Azul</strong> o lo que echaran entonces (¿<strong>Orzowei</strong>?); o la hora nocturna, cuando  arreciaban las cenas familiares, de nuevo regadas por el vino con gaseosa emporronado. Sin contar el ingente trajín del restaurante en el momento del almuerzo… Sofocante actividad que agradecía que alguien, cualquiera (es decir, incluso yo) echara una mano.</p>
<p>Mi pobre actividad fue doble. Consistió, por un lado, en hacerme cargo a ratos de un rincón de la barra donde se despachaban chucherías infantojuveniles, como los <strong>pastelitos</strong> llamados <strong>Tigretón</strong>, <strong>Bucaneros</strong> y <strong>Pantera Rosa,</strong> que eran lo más demandado, en reñida competencia con los <strong>Palotes</strong>: acababa de salir con sabor a fresa, gran suceso. Mi otro cometido era algo más exigente: junto a la mixta (otra vez la palabreja) se situaba un pequeño quiosco de bebidas, que se abría al mediodía y se cerraba a la hora de comer. Se alimentaba su oferta de refrescos y polos (empezaba por entonces a descollar el llamado <strong>Calipo</strong>, según recuerdo) y mi labor consistía en llenar la cámara frigorífica, despachar la mercancía (a veces, con gran éxito: llegó a vaciarse en más de una ocasión la nevera), chapar y entregar la recaudación. ¿Qué percibía a cambio? Cariño. Sobredosis de cariño, sobre todo porque Pili, jefa de aquel matriarcado, es una de las personas más bondadosas y generosas que he conocido. Su cariño se materializaba en forma de jugosos bocadillos y en la licencia para dormir en la casa que a la familia de abastecedores cedía la dirección de la sociedad. Un curioso piso situado encima del bar.</p>
<p>Allí vivía también el entonces regente, Ricardo, y allí subíamos ya de madrugada, porque para merecer la dicha de dormir en Cantabria y (sobre todo) gozar del privilegio de bañarse a la luz de la luna con todas las piscinas a tu disposición, primero había que dejar el bar recogido e impoluto, lo cual exigía llevar la basura hasta el exterior de las instalaciones, las llamadas ‘quincenas’, un macrovertedero ubicado donde hoy se alza la UR, muy rico en la fauna propia de los basureros y perfumado como cualquiera se puede imaginar. Superado aquel trance, luego del mentado chapuzón nocturno, llegaba la hora de dormir…. Y hasta la mañana siguiente: fueron un par de veranos de mozalbete que significaron mi estreno y mi despedida del sector. Una experiencia gratificante que, ya lo sé, no sirve de gran cosa comparada con el sacrificio que exige defender una barra en plan profesional, pero que a mí me valió para abrir un poco más los ojos y concluir que una vez yo también fui camarero.</p>
<p>P.D. He estado buscando en mi archivo algún testimonio gráfico que demuestre que, en efecto, trabajé de camarero pero sin suerte. Tampoco he podido localizar fotos antiguas de Cantabria, de su bar o de sus piscinas. En el archivo de <strong>Diario LA RIOJA</strong> encuentro no obstante esta imagen de <strong>Herce</strong>: cuatro pelotaris en el <strong>frontón de hombres</strong>. Entre ellos, el legendario <strong>Jorcano</strong>, a quien recuerdo viviendo eternamente en el rebote, cuya pared era una prolongación de la pared del bar. Por allí sacaba para los pelotaris sus míticos porrones <strong>Emiliano</strong>, quien precedió a los Langarica defendiendo aquel bar de mi infancia.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/07/11/yo-camarero/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
	<post_id>213</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
		<item>
		<title>Bar de frontón</title>
		<link>https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/03/11/bar-de-fronton/</link>
		<comments>https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/03/11/bar-de-fronton/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 11 Mar 2013 19:35:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[bar]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Cantabria]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Daniel]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Emiliano]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Juan Pablo]]></post_tag>

		<guid isPermaLink="false">http://blogs.larioja.com/logronobares/?p=108</guid>
		<description><![CDATA[En 1993 colaboré en un libro de la Federación Riojana de Pelota, que conmemoraba sus primeros 50 años, por invitación de Carlos Muntión. Le envié este artículo que recupero aquí, que tiene que ver con la pelota como Moby Dick con la caza de ballenas: es decir, que es la excusa. En realidad, hablaba de un [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-109" title="Daniel y Juan Pablo García Jiménez (Federación Riojana de Pelota)" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria.jpg" alt="Daniel y Juan Pablo García Jiménez (Federación Riojana de Pelota)" width="600" height="1280" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria-141x300.jpg 141w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Cantabria-480x1024.jpg 480w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>En 1993 colaboré en un libro de la <strong>Federación Riojana de Pelota</strong>, que conmemoraba sus primeros 50 años, por invitación de <strong>Carlos Muntión</strong>. Le envié este artículo que recupero aquí, que tiene que ver con la pelota como Moby Dick con la caza de ballenas: es decir, que es la excusa. En realidad, hablaba de un bar. El de las <strong>piscinas de Cantabria.</strong> Se titulaba <strong>‘Échale la culpa a Emiliano</strong>’.</p>
<p><strong>Emiliano</strong> tuvo la culpa. Cada mañana de domingo, cada tarde de verano, un puñado de curiosos tomaba al asalto el emparrado el banco corrido alineado contra la pared continua al rebote. Era la misma pared de donde nacía la puerta trasera del <strong>bar de Cantabria</strong>. Periódicamente, de ella emergía Emiliano con algún porrón de vino con gaseosa que alimentara la afición pelotazale -entonces se decía así- de quienes allí se asentaban, más atraídos por la promesa de algún sólido almuerzo o alguna edificante merienda que por la posibilidad de que algo sucediera en el frontón propiamente dicho. Con el tiempo, todos acabamos girando la vista hacia los pelotaris. Alguno de ellos también se sumaba al convite cuando aparecía Emiliano desde el bar con el porrón y dejaba en suspenso su participación en aquellas interminables disputas a pala con pelota de goma, especialidad -luego lo supimos- menor en el universo de la pelota.</p>
<p>Pero nunca se nos ocurrió que la diversión pudiera graduarse a quienes nos concentrábamos allí, especialmente cuando caía la tarde de cualquier verano, convocados a menudo por el campeonato que organizaba a sociedad. Dividido en primera y segunda categoría, el torneo trasladaba la atención de los socios a cuanto sucedía en aquel territorio que limitaba al sur con el frontón ‘de mujeres’, al norte con el bar, con un pintoresco emparrado al final del ancho y el frontis paralelo a la piscina &#8216;mixta&#8217;. Porque aquel era aún el tiempo en que las piscinas y hasta los frontones tenían sexo. El &#8216;de hombres&#8217; tenía incluso arrendatarios: bastaba con apuntarse en la pizarra que alguien custodiaba en el vestuario para que durante una hora el disfrute del frontón se concediese a éste o a aquel agraciado, suceso que acostumbraba a marginar a los aficionados más jóvenes, en beneficio de sexagenarios pelotaris -recuerdo hoy a un tal Cundín- que copaban toda la pizarra -y con ella, el frontón- desde temprana hora.</p>
<p>Afortunadamente, no era, sin embargo, la única posibilidad con que contaba la chiquillería de entonces. También se encontraba a su disposición el frontón ‘de mujeres’, escenariomonopolizado en horario matutino por un rosario de pintorescas aficionadas, una suerte de Lily Alvarez de la pelota a pala. En horario vespertino, el mismo frontón se rendía al &#8216;primi&#8217;, colectivista juego que entusiasmaba a los más pequeños y fomentaba la unión entre sexos que esa curiosa división de frontones y piscinas negaba.</p>
<p>Existía aún otra opción. Se trataba de acceder al frontón &#8216;de hombres&#8217; en las desdichadas horas que seguían a la comida. Era entonces un recinto inhóspito, abatido por un sol inclemente, donde nadie osaba asomarse pala en ristre. Quien se arriesgara a una insolación tenía en aquellas horas el refugio perfecto para golpear mil veces la pelota contra el frontis sin que nadie le molestara. Aquella era la hora de <strong>Juan Pablo y Daniel</strong>. Aliados con algún otro infeliz explorador, los hermanos<strong> García Jiménez</strong> disfrutaban de la exclusiva del frontón. Pronto comprobamos que en la cancha se comportaban igual que fuera: Juan Pablo, pelotari silente y sutil, andaba por el frontón con la misma naturalidad que su hermano Daniel, más explosivo y temperamental. Una característica les unía: cuando creíamos que aquel era un deporte de mancos, los hermanos nos recordaron que se puede golpear la pelota indistintamente con la diestra y la siniestra. Por el contrario, los ídolos de aquel tiempo apenas acertaban a empalar con su mano buena y hasta había quien incorporaba desde el tenis la funesta costumbre de golpear al revés.</p>
<p>No era el caso de nuestros Daniel y Juan Pablo. Cuando ni el oro olímpico ni la Copa del Rey ni los Campeonatos del Mundo podían siquiera asomarse a su imaginación, ya se ejercitaban en el noble oficio de enviar pelotazos al rebote con ambas manos. Como decía Daniel, “lo bueno de la pelota es que siempre tendrás los dos brazos igual de fuertes”. Juan Pablo añadía a su capacidad como pelotari un aplaudido virtuosismo para recuperar las pelotas que morían en la red de rejilla que coronaba el frontón. Los García Jiménez coincidían también en su habilidad para aprovechar cada momento en que quedase vacante el frontón y colocarse allá con sus palas. Cualquier excusa era válida: desde el intervalo que mediaba entre el arriendo de frontón de hora en hora, hasta esos minutos que los pelotaris perdían en prepararse o los ratos en que, con la pelota calada, los jugadores marchaban de excursión en su búsqueda. Daniel y Juan Pablo, que rondaban por el frontón pala al hombro, avanzaban en su aprendizaje en esos momentos de vacío pelotazale que llevaban al paroxismo cuando veían que el recinto se adjudicaba a lamentables pelotaris, incapaces de enviar la pelota más allá del cuadro cinco. En estas ocasiones, los hermanos se apoderaban del rebote y jugaban allí seguros de que los verdaderos ocupantes del frontón nunca les molestarían. Al revés, a los arrendatarios sí les molestaba esta insolencia adolescente, pero todos sus argumentos para mover de su territorio a los dos mozos se estrellaban contra la certeza de que el frontón, en justicia, debía ser para el mejor. Y los mejores eran Daniel y Juan Pablo.</p>
<p>Porque todos los que nos protegíamos del sol bajo el emparrado, junto al ancho, sabíamos ya -quizá lo supimos siempre- que asistíamos a la forja de dos campeones. Aunque los ídolos de entonces fuesen Pitín con su muñeca prodigiosa, Jorcano -que vivía a media pensión en el rebote- Sacristán y su ’meyba&#8221; color salmón o el propio padre de las criaturas, Daniel García Villanueva, que entendía el frontón como una continuación de la medicina. Aunque el ídolo de entonces fuese el gran Quemada, todos nos empezamos a rendir a la evidencia en cuanto a los pequeños hermanos, tras algún exitoso coqueteo con el tenis vía materna, se hicieron fuertes en el frontón. Con aquellas pelotitas negras -las de punto rojo eran las mejores- y aquellas palas hoy pasadas de moda, Daniel y Juan Pablo galvanizaron la pelota en Cantabria en un curioso proceso de retroalimentación: mientras ellos creaban afición, la afición creaba dos campeones de quienes enorgullecerse.</p>
<p>Por eso no olvidamos que en aquel destartalado frontón que, incluso tenía sexo, nació una pareja para la gloria. Y tampoco olvidamos que buena parte de la culpa la tuvo Emiliano, el dueño del bar.</p>
<p>P.D. Sobre Cantabria y sus piscinas escribieron al alimón <strong>Bernardo Sánchez</strong> y <strong>José Ignacio Foronda</strong> en un libro titulado <strong>‘La ciudad en el ombligo’</strong>. (Logroño, 2004). Es un volumen editado por <strong>Pepitas de Calabaza</strong> que os recomiendo. Creo que su artículo llevaba el hermoso título de <strong>‘Sociedad recreativa’</strong>.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/03/11/bar-de-fronton/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
	<post_id>108</post_id><comment_status>open</comment_status>	</item>
	</channel>
</rss>
