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	<title>Logroño en sus baresCarlton &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Los contertulios</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Dec 2017 09:55:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>En aquel tiempo ancestral los niños observábamos a nuestros padres a una distancia prudente, siguiendo el viejo mandato: no molestar. No importunar a los mayores, a quienes uno se acostumbró a ver de lejos en aquella <strong>cafetería La Granja</strong> que durante años ejerció como una prolongación del hogar familiar. Te sentaban en el sofacito bajo la escalera, te obsequiaban como mucho con un vaso de agua del grifo y ejercías de actor sin frase en la película que sólo protagonizaban ellos, los adultos. Ellos y nosotros éramos planetas aislados cuyas órbitas sólo de vez en cuando se rozaban entre sí. Los mayores también formaban su propia órbita, la construida <strong>en torno a la tertulia</strong> orquestada con sus afines, planetas de sí mismos: de la tertulia vecina podía desprenderse cierta mañana algún miembro que se encontraba de repente huérfano de compañía y buscaba algo de calor entre los semiextraños. Tertulias casi siempre multitudinarias: yo localizaba entre aquel barullo de ternos y corbatas, risotadas y chocar de cucharillas en las tacitas de café a mi padre como una sombra fugaz, subsumido entre la piña formada por el resto de contertulios y sentía una punzada de envidia. De mayor quería ser como ellos.</p>
<p>¿Y cómo eran ellos en <strong>aquella interminable tertulia que fue Logroño durante largos años</strong>? Lo antedicho. Señores pulcramente aseados y vestidos, la barba rasurada (salvo en el caso de aquel militar célebre o del médico apodado así, El Barbas), que procuraban arreglar el mundo cada día para comprobar al filo de la medianoche que su propósito había sido en vano. También algún grupo de mujeres, damas de distinguida indumentaria compartiendo risas o atacando en solitario el cafelito. Pero sobre todo hombres. Hombres sentados en las mesitas del fondo, convertidas en paso de paloma según los dictados del camarero <strong>Santos</strong> y del jefe de todo aquello, <strong>Dámaso</strong>, vigía sutil desde la máquina de café. Más hombres con el pie en el estribo de la barra, el pañuelo asomando por el bolsillo de la americana, que se dejaban limpiar los zapatos mientras se pedían una de gambas, hábito al que mi padre fue sin embargo siempre refractario y esa herencia me dejó: no permitir que nadie te lustre jamás el calzado.</p>
<p>Aquella tertulia de La Granja fue perdiendo integrantes por razones de pura biología, que tiene cosas que la razón no entiende. Del primitivo grupo se quedaron sólo unos pocos contertulios, embargados por esa clase de tristeza que se alcanza cuando sabes lo que antes ignorabas: que la vida es una enfermedad mortal. Sólo quedaban ya junto a mi padre el relojero <strong>Barrios</strong>, <strong>Antonio</strong> (el del Ayuntamiento) y el legendario <strong>Julio</strong>, cuya estatura alcanzaba para mí la aureola de un Matías Prats (senior), por la sencilla razón de que lo escuchaba de buena mañana hablando cada día desde el micrófono de<strong> Radio Rioja</strong>: como trabajaba en Obras Públicas, se encargaba del parte de carreteras. Yo los seguí viendo luego ya de adolescente tomando la misma distancia, la larga distancia. Me asombraba su tenacidad para sostener la costumbre de acodarse en aquella hermosa barra curvilínea manteniéndose fieles a unas pocas máximas, pero de imprescindible cumplimiento: por ejemplo, nunca quedaban con antelación. No existía la cita previa: cada cual se dejaba caer más o menos a la misma hora, de modo que todos ellos se agrupaban con la misma naturalidad y elegancia de los trozos de glaciar cuando se desprenden de la roca madre y vagan por la mar océana hasta dar con otro de los suyos.</p>
<p>Otra máxima era el silencio. Podían estar durante un largo rato cuchicheando, otras veces alzaban algo la voz o reían alguna ocurrencia del vecino, pero la mayor parte del tiempo la dedicaban a contemplar mudos la vida a través de los enormes ventanales que daban a<strong> la calle Sagasta</strong>. Vieron desaparecer a la plantilla clásica de camareros, dijeron adiós a la gallarda decoración icónica y se despidieron también de los miembros más veteranos de las otras tertulias, que en consecuencia dejaron de orbitar a su alrededor. Se transformaron sin saberlo en numantinos: resistían como (casi) los últimos logroñeses adictos al rito inmemorial de la confidencia ritual o el cotilleo repentino. Al hábito de jugarse la consumición a los chinos (o los dados). A la tendencia matinal de abandonarse a la conversación en principio intrascendente donde sin embargo anidaba a menudo la auténtica sustancia de los días.</p>
<p>Yo ignoraba todo esto, por supuesto, aunque algo intuía. Desde entonces mantengo un respecto secular hacia las tertulias en los bares y también a sus integrantes. Supongo que fue la clase de enseñanza que adquirí por el método que garantiza la perfección en el arte del adiestramiento: que lo entendieras por tu cuenta. Solito. Sin lecciones ni sermones. No se necesitaba a ningún maestro para concluir que la regla básica era sencilla: abrir muy bien los ojos y los oídos. Porque ahí se encerraba <strong>el misterio de la vida,</strong> que por entonces aún me parecía interminable.</p>
<p>No lo era. Este otoño se llevó a Antonio, el último miembro de aquella tertulia paterna. Mi padre fue el primero en caer, hace ahora veinticinco años: repaso la cifra y todavía me asombro. Porque aunque La Granja ha vivido mejores tiempos y su actual aspecto clausurado invita a la depresión, yo todavía sigo pasando por su puerta y siento su presencia fantasmal acompañando mis pasos logroñeses. Aún veo también a sus compañeros de tertulia, que militaban en una categoría distinta a la de amigo: ninguno lo era. No, no eran amigos. Eran otra cosa, más sutil y profunda. Camaradas. Compañeros de viaje. Así que terminada la cháchara mañanera, cada cual se iba por donde había venido, lo cual quedaba confirmado en cuanto veías al relojero Barrios haciendo de nuevo guardia ante su tienda de <strong>Portales</strong>, sardónico centinela de la calle, una de las personas más divertidas que he conocido. También él se fue, como Julio, cuya voz dejé de atender en Radio Rioja alertando de no sé qué peligro acechando en la carretera hacia Navajún por Valdemadera.</p>
<p>Hoy, una preciosa foto de <strong>Jalón Ángel</strong> retratando aquel bar tal y como lo conocí, tal y como lo recuerdo en estas ensoñaciones, me invita a contener algún sollozo por tanta y tanta pérdida. Por la de quienes nos precedieron en este valle de lágrimas y por la pérdida de esa antigua ceremonia de la tertulia, que apenas se practica ya entre nosotros. En esa foto, que se exhibe estos días en el Ayuntamiento cortesía de la Casa de la Imagen, La Granja es una presencia no menos fantasmal que la fantasmal presencia de quienes la habitaron: iluminada por una luz que haría feliz a <strong>Hopper</strong>, enfocada desde <strong>Hermanos Moroy</strong>, la elegante rotulación invita a ingresar en ese acogedor vientre tan rico en líquido amniótico donde aguarda la promesa de <strong>un Logroño mejor</strong>. Donde Santos te despacharía el cruasán que tú no sabías que querías pedir y Dámaso vigilaría desde la máquina del café como el timonel de una fragata. Donde los caballeros se darían codazos entre risas mientras lanzaban sus alegatos al aire repleto de humo, fumando con la distinguida parsimonia que sólo <strong>algún logroñés castizo</strong> preserva y arreglando cada mañana lo que al día siguiente se volvería a estropear, mientras jugaban a los chinos (o a los dados) en silencio.</p>
<p>Mientras la vida iba y venía alrededor de nuestro pequeño mundo.</p>
<p>P. D. Tal vez la tertulia murió cuando murió la tipología de cafés que las cobijaban. Carentes de locales estilo La Granja, los logroñeses se resignaron a deambular en busca de la tertulia perdida y sólo hallada, según mi recuento, en dos bares: el <strong>Ibiza</strong>, donde al fondo puede tropezar la clientela cada mañana con un grupito de veteranos en el arte de hablar por los codos, y el <strong>Carlton</strong>, cuya tertulia alguna vez ha aparecido también por aquí. Donde acaba de causar baja otro de sus miembros, <strong>Félix Pedrosa</strong>, logroñés de esa misma estirpe. El linaje de logroñeses caballerosos y elegantes que nos dejan el listón casi insuperable a sus sucesores.</p>
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		<title>Los primeros chinos</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Feb 2015 08:13:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>Entre las más acendradas tradiciones que el viento de la modernidad expulsó de nuestros bares figura una cuya ausencia clama al cielo: la <strong>tertulia</strong>. Quiere decirse que el bar no es sólo el lugar donde quedamos a tomar esa consumición frugal y si te he visto no me acuerdo, el cafelito vertiginoso, un vino y vamos al siguiente, una cerveza y para casa. Antaño, el bar era un lugar donde apalancarse un rato largo, tal vez porque había más tiempo y más tiempo que perder, expresión que me encanta porque encierra una profunda sabiduría. Perder el tiempo suele ser una manera elegante y sabia de ganar algo: ganar conocimiento, capacidad para la empatía, habilidad para el duelo dialéctico&#8230; Todos esos valores sí que se han perdido, incluyendo cierta predisposición a atender lo que otros tienen que contarnos. Que en eso consiste la tertulia de toda la vida, no la actual, dominada justamente lo contrario. Hoy, un <strong>tertuliano</strong> es más bien alguien que aburre al otro con su palabrería y la tertulia, una confrontación de monólogos.</p>
<p>Encuentro que de un tiempo a esta parte, sin embargo, hay alguna posibilidad de redención. Tropecé la otra tarde con un reportaje de la revista <strong>Vanity Fair</strong> donde precisamente se anotaba el regreso de la tertulia, asociado al universo hostelero. En unas cuantas ciudades menudean locales, al estilo de los<strong> clubes inglese</strong>s, donde se resucita el noble rito de la conversación distendida, la posibilidad de arreglar el mundo a partir de la educada cháchara de unos y de otros, la esgrima en el debate como una de las bellas artes puesto que requiere ingenio, alguna erudición, sentido del humor y capacidad de encaje. Virtudes hoy en retirada que deberíamos sin embargo preservar. Y no es casualidad que reaparezcan al calor de los bares: la moderada ingesta de alcohol e infusiones suele contribuir a abrillantar lenguas y caletres, de modo que desde antiguo se asocian ambas vertientes. La de hablar por hablar y la de beber por beber.</p>
<p>En el Logroño actual apenas unos par de bares fomentan estas dos gimnasias, según tengo observado. El <strong>Moderno</strong> y el <strong>Bretón</strong>. Ninguno de los dos, sin embargo, en la misma proporción que cuando uno gastaba pantalón corto y observaba a sus mayores discutir largas horas al pie del estribo en su bar de cabecera o sentados en los butacones arracimados por el local. Así recuerdo por ejemplo el antiguo <strong>La Granja</strong>, con sus tertulianos atacando y defendiéndose desde primera hora de la mañana mientras sorteaban <strong>los cruasanes del camarero Santos</strong>. Eran diatribas inofensivas, que casi nunca pasaban a mayores, engarzadas por un argumento de peso: la amistad. Aquellas gentes eran amigas o al menos camaradas, que no es lo mismo pero que a veces resulta una condición de más largo alcance. Solían acabar sus coloquios en franca armonía, establecida a partir de un rito que no admitía discusión: <strong>jugarse la consumición</strong>. A los <strong>dados</strong> o a los <strong>chinos</strong>.</p>
<p>En una reciente necrológica publicada en <strong>Diario LA RIOJA</strong> observé cómo el elogio del finado incluía la añoranza de los tiempos en que, en efecto, los dados culminaban el encuentro con los amigos en muchos<strong> bares logroñeses. </strong>En este caso particular, se anotaba que el fallecido guardaba un completo registro de todas esas partidas que se ha llevado el tiempo: quién ganó, cuándo, con qué jugada&#8230; Maravilloso. Y con los chinos, otro tanto: así entró en nuestro diccionario juvenil aquella voz, chino, hasta entonces restringida a las películas de <strong>Fumanchú</strong> y al cocinero de la familia <strong>Cartwright</strong>, dueña del rancho <strong>Bonanza</strong>.</p>
<p>Ya nadie juega a los chinos, con una esplendorosa excepción hasta donde uno conoce. Me reencontré con ella recientemente y fue como volver a la infancia. En la cafetería del <strong>Carlton</strong>, a media mañana, se reúnen todavía (¡Todavía!, qué envidia) los <strong>Ciriza, Pedrosa, Zueco, Alloza, Conde-Pumpid</strong>o y compañía. Por esas cosas de la biología van desapareciendo de la antigua tertulia muchos de sus miembros más veteranos, pero al menos estos cinco resisten. Resisten en plena forma: hablan, se permiten algún chiste, alguna confidencia, arreglan el mundo y al mediodía se marchan por donde han venido. Engrasan el valor de la palabra y el valor de la amistad, dos virtudes en retroceso que merecen que alguien se tome la molestia de perpetuarlas como este quinteto. Y como además pervive en sus tertulias el juego de los chinos, pienso si no habrá llegada la hora en que el <strong>Ayuntamiento</strong> les preserve a ellos como lo que son: los caballeros de un tiempo en vías de extinción que se han ganado el respeto de sus convecinos. Al menos, el de quien esto firma.</p>
<p>P.D. Los chinos, según cuenta el periódico <a title="http://www.abc.es/20120316/sociedad/abci-juego-chinos-espanol-201203151036.html" href="http://www.abc.es/20120316/sociedad/abci-juego-chinos-espanol-201203151036.html" target="_blank">ABC</a>, son un invento español. Concretamente leonés y datado en el siglo XVIII, cuya nomenclatura se debe a que en el interior de la mano de cada jugador se ocultaba una china, esto es, una piedra pequeña. De china a chino, el juego alcanzó ancha notoriedad en la España de los años 60, llegando a disputarse incluso campeonatos y otorgándole una fama que nace de su idoneidad para mejorar la destreza de quienes lo practican en el cálculo rápido y el juego estadístico de posibilidades. <strong>José Antonio Hidalgo</strong>, biznieto que dice ser del fundador de este popular pasatiempo, don Felipe Valdeón, recuerda que su antepasado era pastor de oficio, lo cual ayuda a comprender cómo se le ocurrió la idea: como si fuera un solitario. Un entretenimiento para combatir las interminables horas de guarda y custodia del ganado, de donde saltó al resto del orbe patrio hasta triunfar en un escenario insólito: los bares de carretera, lupanares o como quiera el lector denominarlos. Los clientes se jugaban las rondas con las chicas y de ahí la popularidad que alcanzó y se acabó extendiendo en aquella España del blanco y negro. Una popularidad que cesó de súbito: si usted tropieza hoy con alguien jugándose la consumición a los chinos, es que está viendo <strong>Cuéntame</strong>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Bares de hotel</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Dec 2012 08:50:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gran-hotel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-34" title="Publicidad del Gran Hotel de Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gran-hotel.jpg" alt="Publicidad del Gran Hotel de Logroño" width="450" height="312" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gran-hotel.jpg 450w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/gran-hotel-300x208.jpg 300w" sizes="(max-width: 450px) 100vw, 450px" /></a></p>
<p>En el <strong>mapa de bares</strong> que hemos podido cartografiar durante toda nuestra vida de consumidores de distintas clases de refrescos, tragos e infusiones, figura un tipo único, de encanto singular: el <strong>bar de hotel</strong>. Puesto que este blog de momento no tiene pensado salir de casa (aunque todo se andará), mencionaré solo de pasada algunos de los que recuerdo más vivamente del resto de <strong>España</strong>, que pueden ser compartidos por unos cuantos: la rotonda del madrileño <strong>Palace</strong>, repleta de atractivo fin de siglo; los salones del <strong>Reconquista</strong> ovetense, donde el tiempo permanece dormido; la terraza del <strong>Real de Santander</strong>, porque tomarse una copa equivale a saborear la mar océana… Vaya, me ha salido una lista bastante pija, pero en fin. Añada el lector cuantos ejemplos quiera de sus viajes que (como el Capitán Tan) haya hecho a lo largo y ancho de este mundo (incluido el espectacular y vecin<strong>o Los Agustinos de Haro</strong>), pero yo me quedo en Logroño.</p>
<p>Y me quedo con una conclusión: los bares de hotel no tienen demasiada suerte entre nosotros. A mí me gustaba ir al del <strong>NH Herencia Rioja</strong>, porque gozaba de eso que tampoco es tan habitual en otras barras: un servicio más esmerado que el común. Dejé de ir porque sentía que la cuenta también se esmeraba en parecida proporción. De alguno he tenido que huir por las mismas razones que atropellan nuestros sentidos (y el buen gusto) en otros locales: la televisión a todo volumen que nadie atiende, las charlas a gritos (a la riojana, vaya) y el resto de ruido ambiente que forman esa sinfonía tan conocida entre nosotros llamada contaminación acústica. Lo cual era precisamente lo que uno no encontraba en los bares de hotel, de suyo presididos por cierto amor por la armonía: las horas pasando más despacio, mobiliario con cierta vocación de confort más allá de lo habitual, la promesa de una clientela más cosmopolita (cosmopolita por Logroño solía ser incluso un señor de Burgos)&#8230;</p>
<p>Así ocurría antaño en los salones del desaparecido y (al menos por mí) muy llorado<strong> Gran Hotel</strong>, una de esas pérdidas irreparables para la fisonomía urbana de nuestra ciudad, que carecía de barra propiamente dicha pero que compensaba esta ausencia con una opción doble: bien la de echarle jeta y que te sirvieran algo en sus inmarcesibles salones, bien la posibilidad de saltar apenas unos metros y presentarte en el vecino <strong>Las Cañas</strong>, otro bar difunto que merecerá una entrada en este blog cualquier día de éstos. De hecho, para muchos de nosotros Las Cañas ejerció a menudo como el auténtico bar del Gran Hotel, cuya clientela también lo sentía así mientras se acomodaba en los veladores con vistas al <strong>Espolón</strong> o se acodaba a al pie de la barra que con tanto arte manejaron los <strong>Remón</strong>.</p>
<p>Ese hueco en el imaginario logroñés que ocupó el Gran Hotel me parece que lo defiende ahora el <strong>Carlton</strong> desde su atalaya en la <strong>Gran Vía.</strong> Porque se aloja en un espacio igualmente céntrico, porque va siendo ya mayor y por lo tanto venerable, porque se mantiene fiel a esa idea de hotel de toda la vida… Y el bar tiene su punto. Coqueto, recogido, con estupendas vistas a la calle y un cuerpo de camareros atento y servicial. Su mayor interés reside para mí a eso del mediodía, cuando un grupo de seniors logroñeses se reúne allí para el aperitivo o el cafelito tardío y, la verdad, da gusto verlos. Todavía activos, aún inquietos, con un aire juvenil a pesar de los achaques, alguna vez me ha parecido que jugaban a los chinos, entrañable pasatiempo desaparecido que sin embargo fue el método clásico años ha para ver quién pagaba la ronda. Son los Pumpido, Alloza y compañía, testimonio del Logroño de siempre, como la atmósfera que se respira en las estancias del hotel. Un sabor de otra época.</p>
<p>P.D.<br />
Acabo esta entrada con un recuerdo emocionado (ahora que viven días sombríos) para todos los bares de <strong>paradores</strong>, hermosos rincones que he frecuentado con gran gozo. Los de <strong>Santo Domingo</strong> y <strong>Calahorra</strong>, por supuesto, pero también sus hermanos: la llamativa galería del parador de Sos, los solemnes espacios de los de <strong>Segovia</strong> o <strong>Sigüenza</strong>, el recoleto patio del de <strong>Mérida</strong>, el enigmático ambigú del de <strong>León</strong> y, sobre todo, el maravilloso <strong>Parador de Cádiz</strong>, cuyo barra se asoma a la bahía y mirando al mar se queda un poco como su clientela: colgada.</p>
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