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	<title>Logroño en sus baresCorreos &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Cinco deseos para el 2020</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Dec 2019 17:12:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El año 2020</strong>, además del misterio que sugiere esa doble concatenación de cifras, encierra en materia de bares logroñeses una serie de promesas que deberían cristalizar avanzados los días para hacer un poco más feliz a la parroquia potencial y conspicua. Por ejemplo, la apertura que se anuncia en El Espolón en cuanto cierre su negocio Joyería Álvarez (otro comercio de toda la vida que cae en el corazón de la ciudad: pero esa es otra historia, otra cruel historia) y un ramillete de variadas inauguraciones que se otean en el horizonte, de las que acabará siendo informado el improbable lector. También representa el año nuevo una especie de desideratum para quienes tenemos en el hábito de frecuentar las barras de guardia uno de nuestros pasatiempos predilectos, de manera que depositamos en el 2020 entrante un ramillete de esperanzas que aquí se condensan en otro número mágico. El 5.</p>
<p><strong>Primer deseo,</strong> que abra de una vez (de nuevo) <strong>La Granja.</strong> Imposible no sentir una punzada de dolor (y también de espanto) cuando paseando por la calle Sagasta tropezamos con el esqueleto fantasma del bar que lo fue todo para mí, mi favorito de todos los de Logroño. Con la ventaja de que siendo difunto, es complicado que te decepcione. Pero preferiría correr esa suerte: que reabriera a despecho de que frustrara de nuevo mis pobres expectativas, ahora mismo tan modestas que me consolaría con que volviera a ser el que fue luego de las dos desdichadas aventura recientes. Dicen quienes algo saben de esto (de bares, desde el lado empresarial de la barra) que con la calle en su actual estado, incapacitada para contar con la terraza hoy indispensable en el sector hostelero, resulta complicado devolver a La Granja su antiguo atractivo. Pero yo me rebelo ante la idea de seguir viendo su fisonomía tan maltratada y rezo al dios de los bares para que haga uno de tantos milagros navideños: que el 2020 nos pille con La Granja de nuevo abierta. Y de paso con <strong>la calle Sagasta</strong> renovada y en perfecto estado de revista: toda una carta a los Reyes Magos logroñeses.</p>
<p><strong>Segundo deseo</strong>, sin salir del corazón de Logroño, que abra de una vez sus puertas el hotel que se construye en <strong>Correos</strong>. Y que disponga de un bar a la altura de mi sueños, mis fantasías tan propensas a imaginar una de esas barras que tan felices nos hacen a sus devotos cuando salimos de Logroño. Un bar de hotel con encanto, libre de bullicio, con terraza incluida proyectándose a <strong>la plaza de San Agustín</strong> desde donde asomarse a la silueta de la ciudad histórica mientras se saborea un delicado trago o un sabroso bocado. El tipo de bar que echo en falta en Logroño, la segunda entrada en esta misiva a los Magos de Oriente que tienen el mal gusto de llegar en helicóptero en vez de recurrir como tantos mortales a sus camellos de confianza.</p>
<p><strong>Tercer deseo,</strong> regreso a la calle Sagasta. Donde se alza la puerta principal al majestuoso edificio que lleva la firma del arquitecto Fermín Álamo, el más mutilado de Logroño, aunque su obra más emblemática (<strong>la plaza de Abastos</strong>, que los esnobs llaman Mercado de San Blas, cielo santo) resiste a la espera de la enésima resurrección prometida. Si Melchor, Gaspar y Baltasar tienen en cuenta mis oraciones, tan laicas, el 2020 debería ser el año en que la oferta gastronómica se completara con ese bar que llevo en mi cabeza. Surtido por los productos de la tierra, procedentes de los puestos colindantes, y de paso insuflando algo de vida al alicaído templo que fue en mi (ay) lejana mocedad. Mi reciente visita a la feria Sculto demuestra que la plaza (como la llama todo logroñés senior) es un estupendo edificio que digiere con facilidad otros usos, nuevos hábitos: por ejemplo, un bar con denominación de origen, una cuenta más del rosario enhebrado por las vecinas <strong>Laurel </strong>y<strong> San Juan</strong>, ayudaría a devolver al más antiguo mercado de la ciudad su añorado esplendor.</p>
<p><strong>Cuarto deseo</strong>, también con destinatario municipal: quiera el 2020 que el Ayuntamiento goce de una suerte superior a la exhibida hasta ahora para proveer de abastecedores a los bares cuya concesión saca a concurso con desigual fortuna. Los hay que no tienen problemas para ser adjudicados (el del embarcadero, los de los parques <strong>Gallarza</strong> y <strong>El Carmen</strong>, por ejemplo), pero otros siguen ahí, encallados. Como una metáfora de lo que pudo haber sido y no fue Logroño en sus bares: es el caso doloroso del <strong>quiosco de La Rosaleda</strong>, la terraza que se alojaba en una esquina de El Espolón, cuyo destino parece estar escrito en su apresurada jubilación, despedida y cierre. Si los tres Reyes de Oriente llegan a echarle un ojo durante su cabalgata del día 5, confío en que derramen como yo una imaginaria lágrima y hagan la prometida magia que les antecede: que el quiosco vuelva a ser el que fue. Y que el resto de bares municipales diseminados por Logroño (el del parque del Ebro, por citar otro ejemplo) resuciten durante el nuevo año.</p>
<p><strong>Quinto deseo</strong>, solidario. Me gustaría que fuera todo un éxito la fiesta que prepara el <strong>Ibiza</strong> para el próximo día 3, un encuentro con recaudación solidario, en beneficio de la asociación <strong>FARO</strong>, dedicada a socorrer a los niños que sufren cáncer. Está prevista la actuación del grupo <strong>Nowhere Plan</strong> (el dúo célebre entre nosotros por sus brillantes versiones acústicas del cancionero de The Beatles), en horario de vermú, que dispondrá de un suculento atractivo adicional: un cortador de jamón. Como estamos en tiempos de buenos deseos, ojalá que se bata el récord solidario de otros años y la velada alcance sus objetivos: un poco de generosidad en el comienzo del año no va a hacerle daño a nadie. Si alguien se anima, allí nos vemos.</p>
<p>P. D. Un deseo final y panorámico, que agrupe todos los buenos propósitos para cada año entrante, destinados a incumplirse, por supuesto. Aunque no me desanimo: me gustaría que los bares logroñeses contaran con un servicio ágil y eficaz, de manera que desaparezca la sensación que tantas veces cristaliza según la cual de repente los clientes nos volvemos invisibles para nuestros queridos camareros. Me gustarían bares menos ruidosos que de costumbre, bien porque se insonorizan adecuadamente, bien porque los parroquianos dejamos de hablarnos a la logroñesa, es decir, a gritos. Y me gustaría también una clientela cortés, que vea en quien le atiende al otro lado de la barra a un profesional con sus propios problemas y su propio nivel de competencia. Alguien que bastante hace tan a menudo con esquivar a tanto pelmazo.</p>
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		<title>Bares de Logroño y cambio climático</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Mar 2019 18:08:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Conversación al sol del mediodía en <strong>una terraza del centro de Logroño</strong>. Se acerca gentil el dueño del bar, saluda y pega la hebra: no, no puede quejarse. Tiene el bar y su terraza desbordantes de público. Gran noticia, para variar. Alega el caballero que el calorcito de este invierno primaveral recién difunto, y la propia primavera en sí, animan al potencial parroquiano a dejarse caer por su establecimiento y sentarse al aire libre. “Menudo invierno hemos hecho”, se confiesa. Aunque a continuación se apiada de las próximas generaciones, víctimas del desastre que llaman cambio climático. Una calamidad que se ha instalado entre nosotros y depara males sin fin, pero también un beneficio a corto plazo para algunos sectores como el hostelero. Que lo agradece sobre todo en Logroño, cuando le pilla este sol del invierno en pleno debate a cuenta de la ordenanza que debería velar por congraciar al empresariado con sus clientes y con quienes transitamos por las calles que también son nuestras y caminamos en zigzag por unas cuantas de ellas para evitar sillas y mesas, desplegadas demasiadas veces en plan invasivo. El llorado Paquito Fernández Ochoa (perdón por el ejemplo camp) se sometía a un eslalon parecido cuando aún esquiaba.</p>
<p>Abandono la terraza y prosigo el paseo. Me detengo para mi propia y frecuente admiración ante las terrazas desplegadas por <strong>la plaza de San Agustín</strong>, donde asegura nuestro querido Ayuntamiento que cualquier siglo de éstos empezarán las obras de reforma del edificio de <strong>Correos</strong> y por lo tanto, en previsión de que los gremios que acometan la rehabilitación deban entrar y salir de tan castizo espacio, se anuncia una ordenación más contenida de las mentadas terrazas. Digo que me maravillo porque el cerramiento de que hacen gala estos veladores cubiertos por un entoldado que parece haber sido instalado por quien esto firma siempre me ha parecido mejorable y me invita a quitarme el sombrero ante la clientela que, a despecho del feísmo imperante a su alrededor, con ese aberrante andamiaje que rodea el edificio vecino, se abandona al placer de la tertulia regada por el trago de rigor y se aísla de tal manera que no ve lo que otros vemos: que ese rincón de Logroño, tan coqueto, merecería un trato mejor.</p>
<p>Prosigo el paseo y mis cavilaciones. Me someto a la feliz terapia que procuran las buenas gentes del <strong>Asterisco</strong> en su nuevo emplazamiento de <strong>Portales</strong>. Un bar ejemplar porque maneja a la perfección unas cuantas suertes de su oficio: el servicio del café, que aquí se ejecuta como en los buenos tiempos. El amigo <strong>Óscar</strong>, mientras hace magia en la cafetera, se extiende en explicar sus planes para los próximos meses y apunta hacia la terraza, para suministrar una información que deja a sus interlocutores noqueados: resulta que el buen hombre pretende instalar sus veladores, por supuesto, aprovechando que se trata de una calle capital para Logroño (servidor allí nació, sin ir más lejos que su portal número 20), propicia para el tránsito de indígenas y forasteros. Pero atención, que aquí viene la sorpresa: aunque puede ocupar un espacio bastante amplio, se inclina por dotarse de una superficie más breve. “Quiero que los clientes estén a gusto, que haya sitio entre ellos, no meterlos apretujados casi uno encima de otro”, advierte Óscar.</p>
<p>Milagro, milagro. Porque no es tan corriente una política semejante en materia de veladores por Logroño, donde tiende a imperar la ley de la selva. La ciudadanía suele culpar del abominable aspecto que presentan calles y plazas enteras al de siempre: al <strong>Ayuntamiento</strong>. Pero yo, que también le atribuyo su responsabilidad al concejal de guardia, pienso que de muchos de nuestros pecados sólo nosotros somos culpables. Ese empresario demasiado avaricioso, que a diferencia de lo que anuncian en el Asterisco, acaba colonizando el espacio al que tiene derecho y ocupa también, disimulando, el que pertenece al ciudadano. Ese tipo de cliente poco exigente, yo mismo tantas veces: que te sientas allí donde te plazca, sobre la marcha, sin pensarlo mucho. Allá penas si estás cómodo o incómodo o si piensas, como yo mismo tantas veces, que es una lástima que la terraza elegida no se despliegue con un mayor rigor y sentido del urbanismo, con asientos más confortables. Porque uno concluye que el Ayuntamiento no puede colocar un inspector detrás de cada uno de sus administradores, para asegurarse de que no escupan en la calle, no vacíen el cenicero del coche en el aparcamiento ni tiren las cáscaras de pipas a la acera. O que las terrazas cumplan la normativa. Prefiero pensar en el buen juicio de los dueños de los bares, que tantas veces me traiciona. Como me traiciono yo a mí mismo y también me acabo absolviendo: el veneno de los bares, y de las terrazas, desafía mi buen juicio o lo que quede de él.</p>
<p>Dicho lo cual, finalizo mi caminata pensando que <strong>la ordenanza de terrazas</strong> representa una oportunidad perdida. Asegura el edil del ramo que se trata de un documento fruto de arduos trabajos y negociaciones y seguro que es cierto. Pero sospecho que de antemano estamos todos condenados a que la ordenanza no satisfaga a nadie porque está elaborada (ay) en tiempo de vísperas electorales (y cuál no lo es), de manera que se elude pisar algún callo a los suspicaces de siempre. El ciudadano se ha convertido antes que nada en consumidor y se necesita engrasar el engranaje de su confianza cada día, lo cual tiene su triste lógica y un par de conclusiones: que seguiremos viendo las terrazas poblando zonas de Logroño que deberían haber merecido un tratamiento más distinguido y que vivimos una época harto curiosa, la del efecto mariposa: se desintegran los glaciares allá en los polos, se mueren de sed las ovejas australianas, el invierno se parece a la primavera y hasta el cambio climático sale al rescate de los bares de Logroño. Bendito sea Mariano Medina.</p>
<p>P. D. Un paseo por las terrazas de Logroño debería incluir siempre una referencia a una de ellas ya desaparecida:<strong> la terraza de La Rosaleda</strong>, que tanto hizo por nuestra educación sentimental en mi más tierna infancia (primera glaciación). Ver hoy el horrendo adefesio que sustituyó al querido caserón, donde se proveía de periódicos y revistas media ciudad (la otra, en Paracuellos; también en El Gordito) completamente vacío mientras a su alrededor bulle la competencia privada (esta terraza es competencia municipal) me deja asombrado. Que no haya un valiente que puje por ese espacio y revitalice nada menos que El Espolón me lleva a concluir si no serán las exigencias municipales o algún endiablado pliego de condiciones los culpables de que la clientela pueble sus veladores hoy difuntos, mientras la grey infantil juguetea por las ranitas. También como en mi más tierna infancia.</p>
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		<title>La resurrección de San Agustín</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Feb 2013 18:47:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/calle1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-96" title="Vista antigua de la calle San Agustín. Foto de Enrique del Río para Diario LA RIOJA" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/calle1.jpg" alt="Vista antigua de la calle San Agustín. Foto de Enrique del Río para Diario LA RIOJA" width="600" height="278" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/calle1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/calle1-300x139.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Otra recuperación: aquí os dejo un artículo que publique el 21 de diciembre del 2008 y que me permite pasear de nuevo por una calle que siento muy próxima, San Agustín. Hay que tener por lo tanto en cuenta esa fecha de publicación para entender algún anacronismo: la calle estaba entonces en plena resurrección y hoy sigue por ese camino, el santo le asista. Ahí va el artículo, que se titulaba &#8216;Santo, santo&#8217; porque también se ocupaba de otro miembro de nuestro nomenclátor: la calle dedicada a San Antón.</p>
<p>&#8220;Cuando pienso en la <strong>calle San Agustín</strong>, lo primero que me asalta a la memoria es la panaderí<strong>a Tudanca</strong>, sus sabrosos palitos de pan, sus barras tan bien horneadas (preferiblemente  sobadas). Sí, ya sé que la calle goza hoy de gran prestigio en el sector de la hostelería (merecido) y que ofrece cada poco tiempo motivos para la diversión con el estrafalario teatrillo montado a costa del <strong>Museo</strong> y de <strong>Correos</strong>. Pero lo siento: cuando ingreso por <strong>Gallarza</strong> y dejo atrás la esquina donde para mí siempre estará <strong>San Bernabé</strong>, insigne negocio del ramo textil, sólo sé que me sigue oliendo a pan, incluso ahora que el horno de los Tudanca se mudó de calle. También sigo viendo (otro prodigio) las cajitas donde <strong>Ursicino Espinosa</strong> ofrecía los pacharanes para quienes destilaban el licor en casa y hasta escucho cantar de viva voz la antigua carta de<strong> Las Cubanas</strong>, curioso restaurante donde no servían café pero prometían otras golosinas: «Tenemos unas natillas que casi son pecado».</p>
<p>El viaje por la memoria se detiene a la altura del Museo, o lo que quede de él: ese edificio de fachada oscura cuya desvencijada tarima soportó tantas pisadas pero no ha podido con los últimos embates sufridos, mezcla de desidia burocrática y oportunismo político (con su pizquita de desinterés público). Su destartalada historia reciente convierte esta plaza en una suerte de agujero negro de la ciudad, un sumidero que también atrapa al vecino edificio de Correos, víctima de parecidos males. Hacia esa altura, la calle San Agustín parece amputada, como si la plaza se hubiera convertido en un muñón por donde no circulase la sangre ciudadana y el peatón incluso evitara cruzar por estas baldosas. Pero es un espejismo: en cuanto el paseante salva la ampliación del Museo (que se comió por cierto aquel hermoso jardín romántico donde se almacenaban las piedras heráldicas y triunfaban los gatos), brota de nuevo el espíritu jovial de esta calle que puede servir de modelo a quienes de verdad crean que otro <strong>Casco Antiguo</strong> es posible. Tiene el santo de cara, al revés que <strong>San Antón</strong>, otra de tantas entradas en el nomenclátor logroñés bendecidas por algún patrón: en su caso, el protector de los animales.</p>
<p>Los comerciantes dirigen estos días al santo sus plegarias en busca de reparación: se sienten huérfanos de la ayuda municipal, que procura en otros rincones luz navideña para amenizar las compras. Viendo sin embargo la horterada en forma de bombillas que a uno le asalta en cada esquina no acierto a comprender que tan céntrica arteria quiera verse afeada por esas alegorías tan rancias. De antiguo ignoro qué relación puede existir entre el superávit de iluminación y la invitación a la compra compulsiva, pero haberla, hayla: cómo explicar de lo contrario este derroche de watios que se dispara por Occidente entero en vísperas de Nochebuena. Con más o menos luz, para mí San Antón seguirá siendo lo que ha sido desde que la frecuentaba cuando aquí se levantaban el cine <strong>Sahor</strong> y la tienda de <strong>Santos Zapata</strong>: la calle central de mis compras navideñas.</p>
<p>Yo resisto. Ignoraré en la posible la tentación de disfrutar de la calefacción en los malls de la periferia y mantendré la costumbre de visitar a los tenderos de confianza, aunque sea a costa de seguir contemplando ese espanto de la vecina Gran Vía, tan horrenda desde su reforma, víctima de tantos atropellos urbanísticos habidos y por haber: ojo al mamotreto que ya se anuncia y que llaman ludoteca&#8221;.</p>
<p>P. D. Como decía al principio, San Agustín es un acabado ejemplo de cómo recuperar como espacio público una calle que hace no tanto apenas frecuentaban los más castizos y/o el alumnado del extinto <strong>COU Valvanera</strong>. Las aperturas se suceden, los bares de siempre aceptan la cirugía (salvo <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>, que nunca debería permitir que entrara allí el bisturí) y, en conjunto, ofrece una imagen renovada de la ciudad&#8230; que mejoraría bastante si en la presente glaciación acaban las obras del Museo y alguna vez pasa algo con Correos. De momento, ya han retirado los andamios. Algo es algo: eso que ganamos los paseantes.</p>
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