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	<title>Logroño en sus baresEduardo Gómez &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>El bar más barato</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Oct 2019 16:19:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Años 80, sábado noche. Impulsados por una noticia que esa mañana firmaba en el decano de la prensa regional el maestro <strong>Eduardo Gómez</strong>, un grupo de logroñeses ingresa en el hoy difunto bar <strong>Gallo de Oro</strong> (hermoso nombre), ubicado en el corazón de la gran ciudad de <strong>Cenicero</strong>. Resulta que según las pesquisas del caballero logroñés perito en bares, ahí se aloja el bar más barato de toda La Rioja. Se deduce de la exigua derrama que exige su combinado estrella, que en efecto se despacha en la castiza barra a un precio propio de la primera postguerra: siete pesetas por una copa de anís (entonces aún se bebía anís) y una rosquilla. Ni el licor ni el bocado resultan memorables, vistos retrospectivamente. Pero sigo sin olvidar aquel momento en que la parroquia habitual compartió con unos recién llegados la ingesta diaria de aquel reparador matrimonio entre anís y rosquilla, que representó para nosotros una novedad absoluta y sobre todo muy barata. Para hacernos una idea: calculo que por entonces el chato de vino en Laurel, al que éramos adictos, se tarifaba a cinco calas. Alguno lo servía a seis, una faena que obligaba a llevar siempre pesetas sueltas en el monedero para allegar una de ellas al duro de rigor, con la efigie del inhumano recién exhumado. Vinos que se servían en vasos de culo de botella, con retrogusto a alquitrán. Así que por un poco más te dieran en Cenicero más o menos de merendar nos dejó conmocionados. Viva el Gallo de Oro.</p>
<p>La conmoción persiste. Paso a menudo junto al local<strong> bajo los portalillos</strong> de Cenicero donde sobrevive el cartel del Gallo de Oro y me veo de nuevo probando aquel néctar. Y me veo además preguntándome dónde se despacha hoy una oferta semejante por un precio similar. Es decir, dónde se encuentra en Logroño en nuestros días un bar donde, por un precio tan contenido como aquél, el cliente se tropiece con un regalo más o menos parecido. Según mi humilde experiencia, quien pretenda un milagro similar deberá como primera medida abandonar el centro de la ciudad. Peregrinar por lo tanto a los barrios periféricos, cuya oferta se caracteriza en efecto por una política más conservadora en materia de precios. Lo puede comprobar quien se acerque por las calles (bien céntricas, por cierto, aunque unas manzanas más allá del corazón histórico de la ciudad) de <strong>Gil de Gárate</strong> y alrededores, donde te cobran en determinados casos con tarifas anteriores a la llegada del euro. Otros, por el contrario, se están subiendo a esa parra donde resultan inalcanzables: cosas de la gentrificación. El camino por donde se empieza a morir de éxito.</p>
<p>Algo similar ocurre en la proteica escena de avenida de la Paz, un entorno donde todavía se encuentran ciertas gangas en los bares de toda la vida donde, de propina, te regalan una generosa ración de sabor local: esa clase de folclore que está abandonado los bares del centro con la llegada de la uniformadora globalización, ese otro dolor de muelas. Pero si el improbable lector hace suya la duda que titula estas líneas (cuál es el bar más barato de Logroño), la verdad es que no sabría que responderle. Salvo orientarle, como se aconsejaba un poco más arriba, que dirija sus pasos hacia zonas más alejada del entorno del Espolón y usted ya me entiende. ¿Dónde? Responde a esta pregunta con una posible guía de urgencia el antedicho maestro Gómez, don Eduardo. Que me cuenta lo siguiente, algunas pistas: por ejemplo, el <strong>Vista Alegre</strong>, ubicado en la calle Cigüeña. Donde por apenas 80 céntimos (repita conmigo: 80 céntimos) se sirve un vino de Rioja o un corto de cerveza ¡¡¡acompañado por una minitapa de paella!!!. Incluye gamba y almeja, ojo. Y cerquita, en Beatos Mena y Navarrete, por ese mismo exiguo precio se ofrece en el <strong>Kebel</strong> el invierno que ya acecha un reconfortante caldito junto con una empanadilla. No lejos, el Armando de la calle Autonomía despacha en versión menú del día eso que en Francia llaman medio menú. Atentos: plato de cocido, con pan y vino a un precio de 6,50 euros.</p>
<p>Son son eso. Ejemplos. Que ocurren como se advertía en esa esquina de Logroño, donde otros bares (<strong>Virginia, Iris, La Cortijana</strong>: suelto los que vienen a la memoria a bote pronto) compiten en ofrecer una propuesta más que digna (dignísima) sin que tiemble la billetera de sus feligreses. Según mis cuentas, de todos modos, ninguno alcanza el récord de aquella combinación tan fetén. Copa de anís y rosquilla por siete pesetas, es decir: 0,042 euros. Se me saltan las lágrimas. Mientras alguien se anima a iluminar mis pasos por Logroño en busca de chollos semejantes, prometo inclinarme de rodillas cada vez que cruce ante la cerrada sede del Gallo de Oro de Cenicero. Y así mi memoria volverá a saborear aquella delicia. También mi cuenta corriente.</p>
<p>P. D. Entre los numerosos bares que abriría si el dios que los alienta me concediera ese deseo, me volviera loco en plan tío Gilito y derrochara billetes sin cuento para liarme esa manta a mi loca cabeza, figura desde luego en primer lugar <strong>La Granja,</strong> querido local de Logroño tan maltratado que me obliga a derramar una imaginaria lágrima cada vez que paso ante sus puertas y acelero la caminata para no ser testigo de tanto horror. Pero el Gallo de Oro estaría en segunda posición. Lo recuperaría tal cual lo recuerdo: con su decoración tan camp intacta, incluyendo la fauna de amables parroquianos que nos acogió en aquella primera y única visita. Cuando regresamos, el bar ya no estaba allí abierto. Siempre sospeché que algo tuvo que ver esa política de precios tan agresiva.</p>
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		<title>El bar de barrio</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Feb 2015 08:05:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/bar-Piqueras.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-437" title="Bar Piqueras, en el barrio logroñés de La Estrella. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/bar-Piqueras.jpg" alt="Bar Piqueras, en el barrio logroñés de La Estrella. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="449" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/bar-Piqueras.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/02/bar-Piqueras-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Recientes incursiones por el <strong>barrio de Madre de Dios</strong> me animan a reparar en una tipología de bares que apenas ha atendido este <strong>blog</strong> pero que merece una mirada más detenida: <strong>el bar de barrio</strong>. Del que conocemos abundantes testimonios por <strong>Logroño</strong>, del que todos hemos sido alguna vez clientes, del que nutre cualquier análisis sociológico que pretendamos construir sobre nuestra experiencia urbana. Un análisis que resulta pertinente incluso en una ciudad como la nuestra, donde el concepto de barrio, entendido como un enclave dotado de acusada identidad propia, no tiene demasiados seguidores. En mi mocedad, allá en el Pleistoceno, ese concepto casi se circunscribía a los extramurales: <strong>Varea</strong> (que es más bien una entidad local), <strong>Yagüe</strong> y <strong>La Estrella</strong>. Con el paso del tiempo y el crecimiento urbanístico, los tres se han integrado (más o menos) en Logroño, de modo que la conciencia de barrio se ha ido diluyendo, a lo que contribuye que felizmente los tres han ido mejorando sus dotaciones, de modo que el carácter reivindicativo que habitaba hace unas hace décadas en cualquiera de esos rincones también ha desaparecido. Sí sobrevive, sin embargo, la especial configuración que tienen los bares allí radicados.</p>
<p>Se trata de una reflexión compartida: curiosamente, mis cavilaciones en torno a esta cuestión coinciden con un estupendo reportaje con que <strong>Sergio Moreno</strong> abrillantó hace unas semanas el suplemento <strong>Degusta</strong> que publica cada sábado <strong>Diario LA RIOJA</strong>. Contenía una reflexión semejante en torno al universo de los bares característicos de uno de esos barrios, La Estrella. Y concluía que siendo iguales a otros alojados en el resto de Logroño, esos bares son distintos. Si el improbable lector se pregunta como yo la razón de tal diferencia, deberá aceptar conmigo que el elemento distintivo es uno: su clientela. Porque su oferta en tragos y bocados, la decoración que le caracterice o cualquier otro factor que se nos ocurra puede ser consustancial al bar de barrio o del bar del centro. Pero una feligresía que los visita con ese tipo de fidelidad que recuerda a otros tiempos, que con metódica lealtad acude diariamente al cafelito, al vermú o la ronda vespertino/nocturna, se da en muy pocos casos. Y la mayoría de ellos tiene lugar en el bar de barrio, al que ayuda otra condición intangible sin la que tampoco se puede entender su linaje: su condición de faro ciudadano.</p>
<p>Porque en realidad el bar de barrio al bar que más se parece es al <strong>bar de pueblo</strong>, lo cual tiene sentido: qué otra cosa sino un pueblo, con su personalidad indómita, es el barrio de una ciudad como Logroño. Y que otra cosa es su bar que plaza pública, ágora, foro para la tertulia y la rumorología, el salón de plenos donde se arregla el mundo cada día. Lo cual incluye a los bares de los tres barrios antes citados pero también a aquellos que enclavados más cerca del corazón de la ciudad se consideran dotados de singularidad, como el mentado Madre de Dios. Ocurre que su configuración actual, con las todavía recientes promociones asentadas donde antaño sólo había huertas y territorio sin explorar, han llevado hasta esa esquina logroñesa a nuevos inquilinos carentes por lo tanto de conciencia barrial. De modo que la parroquia que acude regularmente al bar de confianza suele peinar ya unas cuantas canas: son los mismos que mantienen el mismo hábito de cuando Madre de Dios, o el barrio de que se trate, era de hecho Madre de Dios, el de toda la vida. Un dictamen que vale igual para la <strong>Zona Oeste</strong> o cualquiera de los enclaves en que Logroño se distribuye con una división más artificial que real. Con una excepción: <strong>Cascajos</strong>.</p>
<p>Siempre me ha parecido que Cascajos, al contrario que otros barrios, sí que tiene una vida interior tan propia que le invita a independizarse cuando le dé la gana. Atribuyo ese estatus más autónomo a dos circunstancias: por un lado, su localización, a espaldas de la ciudad, fruto de la configuración tan especial que exigía el paso de la vía férrea hasta su soterramiento. Cascajos carecía hasta hace poco de las conexiones con la ciudad propias de otros sectores, lo cual era una desventaja pero también ayuda a ofrecerle una personalidad única e intransferible. Por otro lado, Cascajos se urbanizó más o menos de golpe, lo cual favoreció que el paisaje humano fuera bastante uniforme: parejas jóvenes, con hijos o en vías de traerlos al mundo formaban la mayor parte de su población, confluyendo naturalmente en aficiones comunes, ocupaciones coincidentes, reflexiones más o menos concomitantes&#8230; y también en la demanda de una fértil panoplia de bares. De bares de barrio, dicho sea sin ánimo peyorativo. De hecho, los allí ubicados plantean una oferta bien atractiva, por las exquisiteces que despachan y porque forman una paleta muy rica para que las necesidades de la vecindad queden satisfechas sin necesidad de emigrar más allá de la <strong>estación de tren</strong>, frontera con el resto de Logroño. Porque entonces serán bares, en efecto, pero nunca serán esos bares de barrio que tantos logroñeses llevan en su corazón.</p>
<p>P.D. Como avisaba al principio, esta entrada nace de mis últimos paseos por Madre de Dios, de modo que parece pertinente anotar aquí una serie de bares de dicho barrio, cuya relación me facilita gentilmente el gran <strong>Eduardo Gómez</strong>. En el listado falta uno difunto, que resulta ser mi favorito: el añorado <strong>Ramitos</strong>. Dicho lo cual, allá van algunos de esos bares que son o han sido eso: bares de barrio. Virunca, Danubio, Ubago, A Tutiplén, La Antigua, Atlantis, Manhattan, Olimpo, Venus, Nobu, Dalma, Bécquer, Caracol&#8230;</p>
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		<title>Bares y vino de Rioja: y el ganador es&#8230;</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Dec 2013 09:00:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/12/lorenzo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-266" title="Lorenzo Cañas, en el cartel promocional de la oferta turística de La Rioja" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/12/lorenzo.jpg" alt="Lorenzo Cañas, en el cartel promocional de la oferta turística de La Rioja" width="600" height="1250" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/12/lorenzo.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/12/lorenzo-144x300.jpg 144w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/12/lorenzo-492x1024.jpg 492w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Este <strong>blog</strong> despide el año con la tercera y última entrega (de momento) de la serie iniciada semanas atrás para repasar el trato que recibe en <strong>nuestros bares</strong> el producto más singular de esta tierra,<strong> el vino de Rioja</strong>. Para culminar esta serie de reflexiones, que no tienen ningún valor científico pero que pretenden contribuir humildemente a un debate abierto a la tertulia habitual entre la clientela, ofrezco dos ángulos para enfocar el tema en cuestión: por un lado, la opinión de un perito en bares, <strong>Eduardo Gómez</strong>; por otro, haremos recuento de las opiniones que han participado en el debate y elaboraremos un modesto palmarés.</p>
<p>Lo prometido. Aquí va lo que nos cuenta el amigo Eduardo, viejo conocido de este blog. “<strong>Logroño</strong>, haciendo gala de capital de una de las regiones más importantes en la obtención de vino de calidad, es pródigo en establecimientos donde poder degustar ese producto. Sin embargo, no se acompaña a ese irrefutable concepto, el de ser servido a tono con la calidad y el prestigio que merece. Nuestra experiencia al respecto se inicia cuando hace años había en nuestra ciudad bares y tabernas donde los vasos, toscos en su mayoría, los enjuagaban, después de ser usados, en el espacio creado en el mostrador donde corría el agua de pozo. El recipiente lo sacudían para eliminar las gotas de agua y servían el vino, habitualmente en botellas anónimas rellenadas anteriormente. Eso ya está olvidado. Pero se mantienen en gran número los vasos en lugar de copas. Se siguen complementando hasta alcanzar la cantidad ajustada con vino de otra botella. Se aceptan sin rechistar, especialmente en fechas de gran aglomeración, vinos servidos en vasos de plástico. Y resulta habitual que haya restaurantes donde no dejan al cliente el corcho de la botella que acaban de abrir para que, si lo desea, lo pueda observar y oler y en los que se cambia de vino y se siga utilizando la misma copa del vino anterior. Probablemente haya profesionales que conozcan esas premisas, pero existen obstáculos, especialmente económicos, que impiden desarrollarlas”.</p>
<p>Y la segunda promesa. Así queda esta improvisada clasificación de buenos bares para servir el vino de Rioja en Logroño, luego de conocer las preferencias de quien firma estas líneas, más cuatro expertos en estas cosas del vino: <strong>Alberto Gil, Toño del Río, José Ramón Jiménez</strong> y <strong>Chema Martínez Glera</strong>.<br />
<strong>Bar Torres</strong>, 5 votos<br />
<strong>La Tavina</strong>, 4 votos<br />
<strong>El Rincón de Alberto</strong>, 3 votos<br />
<strong>Sebas</strong>, 2 votos<br />
Y con un voto cada uno, <strong>Tastavín, Taberna del Tío Blas, Murillo, Pata Negra</strong> y <strong>Vinissimo</strong></p>
<p>Insisto en que esta clasificación carece de pretensiones, así que aprovecho para resumir en los bares citados una nota común de buen trato a nuestros vinos, para que aquellos locales que también se caracterizan por esta misma tendencia en la <strong>hostelería logroñesa</strong> se vean en ellos reflejados y, en consecuencia, reciban todos nuestras enhorabuenas. Ánimo: sus clientes no les olvidan.</p>
<p>P.D. Como colofón, dejo esta nota a pie de página con que Eduardo Gómez cierra su aportación, con un llamamiento a mejorar la temperatura de servicio de nuestros vinos. Esta es su preferencia en materia de vinos de Rioja: “Si hubiera que señalar algún establecimiento en nuestra ciudad que se acerca a un buen servicio del vino, ese sería el restaurante La Merced que capitanea <strong>Lorenzo Cañas Metola</strong>”. Que es el caballero que aparece en la foto que decora estas líneas, en una imagen de cuando ejerció de actor por un día. Al servicio del vino de Rioja.</p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra (III)</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Oct 2013 17:17:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Retomo en esta entrada la ruta por la vida como cliente de nuestros bares logroñeses del gran Eduardo Gómez, sobre quien ya entregué dos capítulos: en el primero, relataba sus andanzas como pipiolo; en el segundo, sus peripecias hosteleras ya casado y más entrado en razón. En este tercer episodio me cuenta a qué [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/10/negresco.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-242" title="Imagen del Negresco, uno de los favoritos de Eduardo Gómez, con Luis Santos al frente" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/10/negresco.jpg" alt="Imagen del Negresco, uno de los favoritos de Eduardo Gómez, con Luis Santos al frente" width="600" height="340" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/10/negresco.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/10/negresco-300x170.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Retomo en esta entrada la ruta por la vida como cliente de <strong>nuestros bares logroñeses</strong> del gran <strong>Eduardo Gómez</strong>, sobre quien ya entregué dos capítulos: en el <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/01/22/retrato-de-logrones-con-bar-al-fondo/" target="_blank">primero,</a> relataba sus andanzas como pipiolo; en el <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/03/02/retrato-de-logrones-con-bar-al-fondo-ii/" target="_blank">segundo</a>, sus peripecias hosteleras ya casado y más entrado en razón. En este tercer episodio me cuenta a qué garitos acudió a medida que ingresaba en eso que llaman la edad adulta, porque me parece que su experiencia puede servir como paradigma de toda una generación de logroñeses.</p>
<p>“Hay un momento en que por la edad o por cambiar de ambiente o de compañías, se modificaban las rutas y se visitaban nuevos establecimientos, que eran los que se ponían de moda”, confiesa. Era el <strong>Logroño</strong> de los años 60, más o menos, cuando los locales “de visita obligada” se alzaban en  Marqués de Vallejo y alrededores. Cita el <strong>Bahía</strong>, “cuya barra era atendida por los hermanos Dionisio y Lucio y la guapa Mari Carmen, considerada la primera señorita que trabajó en una cafetería logroñesa”, o el <strong>Rango</strong>, situado enfrente, “con Paco, conocido como el Chiroli como encargado”. Ese es el mismo <strong>Paco</strong> que poco después se estableció en la calle Ollerías y lanzó allí su original tapa de champiñones, luego tan imitada. “Cerca quedaba el <strong>Pachuca</strong>”, agrega Eduardo, “un local reducido pero siempre lleno de quien apreciaba su excelente barra, con una cocina de excepción”.</p>
<p>El Pachuca ya se ha mencionado aquí en los balbuceos de este blog. Lo dirigía Ricardo, “un andaluz furibundo seguidor del Betis, que aguantaba con estoicismo ejemplar las indirectas cuando su equipo había perdido”. Unos metros más al sur, en el Espolón se solía frecuentar el <strong>Aéreo Club</strong> de Muro de la Mata, con militares de Aviación copando su terraza y “abundante presencia de elegantes señoritas”. Era igualmente habitual pasarse por el vecino <strong>Danubio</strong>, “que se hizo famoso por sus emparedados” y muy emparentado con ambos sitúa al <strong>Hijelmo</strong>, puesto que compartían una clientela semejante: se ubicaba junto al teatro Bretón y disponía de un salón al fondo “donde las parejas se intercambiaban proyectos de futuro tomándose un mosto”. Elegante manera de contar las cosas, don Eduardo.</p>
<p>Nuestro hombre también acostumbraba a visitar en la calle San Juan el bar <strong>Noche y Día</strong>, defendido por Faustino Martínez, “un gran profesional con una personalidad singular”. Y más bares: el <strong>Comercio</strong>, “con sus sesiones de bailarinas, tarde y noche”, <strong>Los Leones</strong>, “donde se iba a bailar” y el <strong>Ibiza</strong>, “compitiendo con La Granja como punto de encuentro para los forasteros”. Con el tiempo, Eduardo incluyó en sus correrías el <strong>Borgia</strong> y <strong>Las Cañas</strong>, “compartiendo aficionados al futbol y a los toros” y mantuvo el rito de tomar el aperitivo en el <strong>Victoria</strong> de la calle Carnicerías, “ donde atendía el recordado Ojitos” o en el <strong>Nemesio</strong> de la misma calle, así como en el peculiar <strong>El Primero de la Segunda</strong>, ubicado en  Herrerías.</p>
<p>Continuará</p>
<p>P.D. En opinión de Eduardo Gómez, la modernidad en materia de bares llegó a Logroño con la apertura del <strong>Milán</strong> de Vara de Rey y “su moderno diseño obra de Mená, un gran decorador local”, y con la inauguración del local <strong>Siglo XX</strong> creado por el ausejano José Mangado, “que, a pesar de la entonces considerada desplazada  situación, constituía una visita obligada”. “Fue muy llamativa la aparición de la <strong>marisquería Iru</strong> en Víctor Pradera, de vida muy efímera, al contrario de la longeba <strong>Sala Ducal,</strong> muy concurrida, como lo era en verano el <strong>Bolo</strong> <strong>Pin Club</strong>, en ambos casos con excelentes orquestas”.</p>
<p>Lo dicho: continuará.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El Buenos Aires querido (Bares dedicados XII)</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Apr 2013 08:34:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Buenos Aires]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[calle Laurel]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Carmelo Fernández]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Eduardo Gómez]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Felipe Royo]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[Esta entrada lleva dedicatoria doble. Doble, porque iba inicialmente destinada a Felipe Royo, uno de los más constantes corresponsales del blog, que desde hace tiempo me venía pidiendo que contara algo del bar Buenos Aires, difunto bar de la Laurel. Yo no quería desanimarle, pero en realidad tenía poco que decir de aquel local porque [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/buenos-aires-11.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-147" title="Imagen del desaparecido bar Buenos Aires, en la calle Laurel" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/buenos-aires-11.jpg" alt="Imagen del desaparecido bar Buenos Aires, en la calle Laurel" width="600" height="860" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/buenos-aires-11.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/buenos-aires-11-209x300.jpg 209w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Esta entrada lleva dedicatoria doble. Doble, porque iba inicialmente destinada a <strong>Felipe Royo</strong>, uno de los más constantes corresponsales del blog, que desde hace tiempo me venía pidiendo que contara algo del bar <strong>Buenos Aires</strong>, difunto bar de la <strong>Laurel</strong>. Yo no quería desanimarle, pero en realidad tenía poco que decir de aquel local porque apenas la frecuenté. Su desaparición coincidió, más o menos, con mis primeras visitas a la calle que lo alojaba, de modo que apenas recuerdo otra cosa que una barra alta, altísima, desproporcionada; un camarero parlanchín y bastante peculiar; y una muy apetitosa sinfonía de cazuelas, tapas y banderillas.</p>
<p>El caso es que acabé por pedir ayuda al maestro <strong>Eduardo Gómez</strong>, porque me apetecía cumplir con la petición de Felipe Royo, y por una de esas coincidencias de la vida resulta que me envió el escrito que a continuación reproduciré apenas unas horas antes de que falleciera <strong>Carmelo Fernández</strong>, tan vinculado por lazos familiares y sentimentales al Buenos Aires. Así que estas líneas van también dedicadas a él y a los suyos; como un homenaje postrero a su memoria.</p>
<p>Cuenta Eduardo lo siguiente: “El desaparecido Buenos Aires, que cerró hace hace 25 años, fue uno de los bares más antiguos de la calle Laurel, compartiendo vecindad con otros establecimientos como el Cachetero, el Taza, el Matute. el Achuri el Chaval, La Taberna de Laurel,la carbonería de Santibáñez, la panadería de Anselmo, el almacén de plátanos de Viguera y el de Alamañac y los almacenes de Piazuelo y de Redón. Y poco más. En los años 50 lo abrió el <strong>pradejonero Carmelo Fernández</strong>, quien llegaba del Seis Doble que regentó durante varios años en la calle San Agustín, con pensión que albergaba a los futbolistas que llegaban para jugar en Logroño, como fue el caso de <strong>Miguel Royo</strong>, un madrileño que procedía del Atlético Aviación. Vino a hacer la mili y acabó casándose con <strong>Carmen</strong>, hija de Carmelo”.</p>
<p>“Del antiguo edificio se recuerda la imagen sedente probablemente de finales del XVI, de que fue bautizada como la Virgen de Laurel por encontrarse en esa calle y que se encuentra recogida en el patio del Museo Provincial, adonde llegó al derribarse la casa de Bretón de los Herreros, 26, en cuyas traseras, que daban a la calle Laurel, se encontraba el Buenos Aires. Estaba situada en una hornacina que la familia Fernández, propietaria del establecimiento, cuidaba de que tuviera adornos florales. Precisamente, antes de que el edificio desapareciera, aprovechando la presencia del pintor logroñés Antonio López Morales realizando la pintura del establecimiento, se brindó a restaurar la imagen, cuyo recubrimiento se encontraba deteriorado por encontrarse expuesta a las inclemencias del tiempo”.</p>
<p>“El bar Buenos Aires se convirtió en restaurante muy estimado, de actividad continuada donde se degustaba una cocina muy riojana, con gran afluencia en las mañanas para copiosos almuerzos. Como tenía también entrada por<strong> Bretón de los Herreros</strong>, frente al teatro Bretón, lo aprovechaban los funcionarios del juzgado y el personal del teatro para sus piscolabis y también como escapatoria para algún desaprensivo. Servía también para llevarles la cena a los artistas que actuaban en el teatro cuando había funciones tarde y noche. Fue sede de la <strong>Peña Logroño</strong> y se recuerda especialmente la presencia como camarero de <strong>Felisín</strong>, un personaje popular e irrepetible, ocurrente y dicharachero. Y sobre todo se recuerda la cocina tradicional que se degustaba, las gambas a la plancha que aparecían por la ventana de la cocina que daba al mostrador, donde la presencia de Miguel Royo, admirado como futbolista, realzaba el establecimiento”.</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/Buenos-Aires.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-148" title="Vista de la calle Laurel, con el Buenos Aires a la derecha. La foto es de Teo" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/Buenos-Aires.jpg" alt="Vista de la calle Laurel, con el Buenos Aires a la derecha. La foto es de Teo" width="600" height="274" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/Buenos-Aires.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/Buenos-Aires-300x137.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>P. D. Recuerda también el gran Eduardo cómo en 1989 el edificio de la calle Laurel fue vendido por la familia Fernández. Ahora, en su antigua ubicación, se erige un edificio cuyos bajos acogen al restaurante <strong>El Muro</strong>. “No tardó mucho tiempo <strong>Pitu</strong>, nieta de los fundadores, casada con <strong>José Mari Soroa</strong>, también futbolista de fama. para establecer un nuevo Buenos Aires en República Argentina”, recalca el señor Gómez. Y ahí en República Argentina sigue el restaurante, funcionando ejemplarmente: que sea por muchos años.</p>
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		<title>Retrato de logroñés con bar al fondo (II)</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Mar 2013 10:12:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Eduardo Gómez]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[gin-Kas]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Pedro Rábanos]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Tío Pepe]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[Retomo aquí la conversación que voy manteniendo con Eduardo Gómez en torno a nuestra común afición por los bares de Logroño. En la primera entrega, recordaba sus años de mocete por los bares de la calle Mayor. Tengo buenas noticias para quienes leyeran aquella entrada. Eduardo ya ha crecido. Ahora es un jovencito, que ronda [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/edu.jpg"><img loading="lazy" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/edu.jpg" alt="Eduardo con Mere, en su desaparecida taberna. La foto es de Díaz Uriel" title="Eduardo con Mere, en su desaparecida taberna. La foto es de Díaz Uriel" width="600" height="384" class="alignnone size-full wp-image-102" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/edu.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/edu-300x192.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a><br />
Retomo aquí la conversación que voy manteniendo con <strong>Eduardo Gómez</strong> en torno a nuestra común afición por los bares de <strong>Logroño</strong>. En la primera entrega, recordaba sus años de mocete por los <strong>bares de la calle Mayo</strong>r. Tengo buenas noticias para <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/01/22/retrato-de-logrones-con-bar-al-fondo/ " target="_blank">quienes leyeran aquella entrada.</a> Eduardo ya ha crecido. Ahora es un jovencito, que ronda los 25 años. Con su cuadrilla de amigos (los Rábanos, Pastor, Segura y compañía) ha abierto una nueva ruta por el <strong>chiquiteo logroñés</strong>. Es una excursión nocturna: donde antes reinaba el vino, ahora les ha dado por un combinado de moda, Kas con ginebra. O sea, que según deduzco de sus recuerdos, debió ser así como llegó a nosotros el <strong>gin-Kas</strong>, un trago que hoy todavía resiste en los labios de algún clásico que le hace ascos a la tónica y se desmarca así del cóctel de moda, el <strong>gin-tonic</strong> cuyas aventuras <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2013/02/12/convencion-de-ginebra/" target="_blank">ya se glosaron también en este blog</a> </p>
<p>Por aquella época, más o menos hacia finales de los años 50, rememora Eduardo, “nuestra ronda de por la tarde seguía empezando como siempre, en el <strong>Negresco</strong>, pero por la noche acabábamos por ir al <strong>Bahía de Marqués de Vallejo</strong> y al <strong>Rango</strong>, que estaba enfrente”. En este último bar se inició como camarero un personaje legendario para la historia hostelera de Logroño, el célebre <strong>Paco</strong> a quien apodaban ‘<strong>Chiroli</strong>’, a quien se atribuye la invención del famoso <strong>champi</strong>, esa tapa hoy tan famosa que el mentado Paco defendió en el bar homónimo que luego emplazó en <strong>Ollerías</strong>.</p>
<p>Eduardo y su cuadrilla incluían en su ronda una visita al <strong>Noche y Día</strong> de la <strong>calle San Juan</strong> que regentaba “el amigo <strong>Faustino</strong>”, y marchaban luego hacia el <strong>Dúcal</strong> que ya entonces defendía la <strong>familia Cendra</strong>, según recuerda. Y de <strong>Duquesa de la Victoria</strong>, hacia <strong>Calvo Sotelo</strong>: siguiente y última parada, el <strong>Bolo Pin Club</strong>, frente a <strong>Maristas</strong>, bar ya desaparecido, que incluía bolera y sala de fiestas. Aunque lo de última parada es un decir, porque en realidad allí se iniciaba para la cuadrilla el recorrido inverso, evolucionando según los nuevos tiempos: “Tomábamos de todo, pero lo habitual ya no era el vino: era el <strong>Tío Pepe</strong>”. El fino andaluz por antonomasia, que Eduardo y los suyos alternaban con un trago largo, el citado gin-Kas que costaba por entonces “unas dos pesetas”. Esto es, 0,01 euros para los esnobs que se empeñan en contar según la nueva moneda. ¿Era también el señor Gómez un poco esnob pidiendo semejante cóctel? El interesado lo descarta con una sonrisilla: “Lo que pasaba es que uno de nuestros amigos era representante de la <strong>ginebra gallega Elizabeth</strong>, que era la que pedíamos. Y como otro amigo llevaba la representación de Kas…”. Pues ya se ve: fácil conclusión. La amistad les unía tanto que acabó por patrocinar aquellas rondas, que solían concluir en otra barra desaparecida: la del difunto <strong>Comercio</strong>, ubicado en el <strong>Muro de la Mata</strong>, donde después se alzó el <strong>Ringo</strong> tan recordado y hoy se asienta la <strong>pastelería Viena</strong>. “Al <strong>Ibiza</strong> íbamos menos”, confiesa. “Éramos más del Comercio que llevaban los <strong>hermanos Lasheras</strong>, sobre todo porque ahí solíamos quedar a jugar a las cartas”.</p>
<p>Así que aquí dejamos por hoy a Eduardo, naipe en ristre. Dentro de unos días reanudamos con él nuestros comunes paseos por Logroño y sus bares.</p>
<p>P.D. Tanto en la entrada anterior como en ésta Eduardo Gómez incluye una cariñosa referencia a <strong>Pedro Rábanos</strong>, miembro de su cuadrilla recientemente fallecido. El semblante se le nubla un poco cuando habla de él: “Era una gran persona, muy entrañable, con muchas virtudes”. Entre ellas, destaca una: “Era muy divertido, un gran bromista”. Alguna de esas bromas le tuvo a él como víctima, como aquella vez en que le ató la mano a los barrotes de la cama que compartían en Nieva de Cameros “y así me tuvo toda la noche”. No fue la única experiencia compartida. Empleado de la Electra en su sede junto a La Guillerma, era habitual contemplar en esa zona vecina del Ebro a Pedro Rábanos haciendo deporte o enseñando a nadar a los críos: fue allí donde, de nuevo ayudado por Eduardo, que se valió de su único brazo, Pedro Rábanos se lanzó con él al río para socorrer a un bañista que se ahogaba. “Y lo salvamos”, recuerda. Y se emociona de nuevo: “Es que Pedro era muy, muy, muy majo”.</p>
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		<title>Retrato de logroñés con bar al fondo</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jan 2013 11:13:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Eduardo Gómez]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Mere]]></post_tag>
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		<description><![CDATA[Sirva esta entrada como homenaje a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tanto han hecho por los hosteleros riojanos. Toda esa clientela que a lo largo de la historia ha contribuido a pagar el colegio de los niños de sus camareros de confianza. La parroquia conspicua que se ha hecho cargo de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/eduardo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-70" title="Eduardo Gómez, retratado en la Taberna de Mere de Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/eduardo.jpg" alt="Eduardo Gómez, retratado en la Taberna de Mere de Logroño" width="600" height="551" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/eduardo.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/eduardo-300x276.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Sirva esta entrada como homenaje a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tanto han hecho por los <strong>hosteleros riojanos</strong>. Toda esa clientela que a lo largo de la historia ha contribuido a pagar el colegio de los niños de sus camareros de confianza. La parroquia conspicua que se ha hecho cargo de la hipoteca del patrón de tal o cual local, mientras sellaba una alianza eterna con los productos de las bodegas riojanas y resto de empresas del sector y permitía, en fin, la proliferación de las distintas actividades empresariales ligadas al consumo de alcohol, incluida la industria de mondadientes. Con todos ustedes, como representante de todos nosotros, <strong>Eduardo Gómez</strong>.</p>
<p>Eduardo es un archivo viviente y andante de los <strong>bares de Logroño</strong>. Acumula en sus libretas el historial completo de cientos, miles de garitos, cuya fecha de inauguración atesora como otros guardan las reliquias de un santo. En esas fichas que actualiza casi a diario se encuentra depositada la historia de esta ciudad, o al menos la historia de su lado festivo y ocioso. Nuestro hombre refresca a menudo sus datos con la visita perenne a los bares de confianza y también explora las nuevas barras que conquistan los barrios emergentes; con el mismo afán del entomólogo anota las novedades que se concitan en cada bar y derrama alguna lágrima cuando toca informar del cierre de alguno que formaba parte de nuestra historia sentimental.<br />
Cuando decidí convertir a Eduardo Gómez en protagonista de estas líneas, pensé en una entrada única donde vertiera su ingente memoria como cliente de los bares logroñeses. Apenas llevaba unos minutos charlando con él en la casa que nos cobija a ambos, <strong>Diario LA RIOJA</strong>, cuando caí en la cuenta de que necesitaría varias entradas para acoger tanta memoria, tanto dato, tanta anécdota. Así que esta entrega es sólo la primera de una serie. En este caso, limitada a su experiencia primeriza a este lado de la barra de unos cuantos locales logroñeses. Es decir, sus rondas como novato, miembro de una cuadrilla cuya relación recita como si fuera la alineación del equipo de sus amores: “Íbamos de chiquiteo Pedro Rábanos, Agustín Pinillos, mi hermano Eugenio Gómez, Elías Fernández, Santiago Pastor, Ricardo Segura y un servidor”.</p>
<p>&#8211;    ¿Qué edad tenías por entonces?<br />
&#8211;    Dieciocho, veinte años. Una ronda típica era la de los domingos, después del fútbol. Quedábamos en el <strong>Negresco</strong> y de ahí, a la calle Mayor. Se empezaba por <strong>El España</strong>, que llevaba <strong>Terete</strong>, y luego cruzábamos <strong>Sagasta</strong> y entrábamos en el Juanito, famoso por sus sardinas, el <strong>Bilbao</strong>, primer bar de Logroño en poner televisión para seguir las etapas del Tour de Francia y muy famoso en Navidad por su espectacular Belén, y el de <strong>Pedro el Riojano</strong>. Luego venían el <strong>Cosecheros</strong>, que al fondo tenía un patio para jugar a la ranita, y el <strong>Cuatro</strong> <strong>Vientos</strong>, junto al negocio de guitarras de Paulino. De ahí seguíamos por la calle El Puente hacia Herrerías, donde se paraba en el <strong>bar de La Tita</strong>, y se acababa en el <strong>Royalti</strong> de Amós Salvador.<br />
&#8211;    ¿Qué echas en falta de entonces?<br />
&#8211;    Una costumbre que se ha perdido. Cuando una cuadrilla se juntaba con otra y charlabas de esto y aquello, casi siempre se terminaba por cantar alguna coplilla en plan de pique. Eran jotas, habaneras, bilbaínadas… Y en Navidad, se cantaban villancicos con letras alusivas a la actualidad, que solían concluir con la petición para que el dueño del bar nos invitara.<br />
&#8211;    ¿Y os invitaba?<br />
&#8211;    Casi nunca, que yo recuerde.</p>
<p>P.D. En fechas posteriores seguiré contando las andanzas de Eduardo a lo largo de los bares de la ciudad que nos vio nacer a ambos y todavía nos aguanta. De momento, aquí dejo una relación de sus preferencias en esta materia.<br />
.- Tu bar favorito de Logroño.<br />
.- Hombre, no quiero que se moleste nadie, porque en esto hay que tener en cuenta matices de simpatía, de amistad, pero tengo que responder que mi favorito es el <strong>Mere</strong>, porque es un campeón. El Mere es un auténtico campeón. (Justo después de esta charla, el bar echaba el cierre y dejaba un poco huérfana a su parroquia).<br />
.- ¿Y cuál echas más de menos?<br />
.- En eso no hay duda: el <strong>Negresco</strong>.<br />
.- ¿Y tu favorito del resto de La Rioja?<br />
.- El <strong>Nelson</strong>, de <strong>Haro</strong>.<br />
.- ¿Y del resto de España?<br />
.- Uno que ya no está abierto, el <strong>Korinto</strong> de Madrid.<br />
(Continuarà)</p>
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		<title>Logroño confidencial</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jan 2013 16:28:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<post_tag><![CDATA[carretera deSoria]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Eduardo Gómez]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Villa Iregua]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[En busca del bar perfecto peregriné una vez por Logroño, tiempo ha, sin gran éxito. Por entonces ignoraba lo que luego he sabido: que ese Grial no existe. O más bien, que el bar perfecto es una suma de todos. De todos y cada uno de los bares de donde uno va rescatando algún detalle, [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/3116178.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-60" title="Parcela de la carretera de Soria donde se alojaba Villa Iregua" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/3116178.jpg" alt="Parcela de la carretera de Soria donde se alojaba Villa Iregua" width="300" height="222" /></a><br />
En busca del bar perfecto peregriné una vez por <strong>Logroño</strong>, tiempo ha, sin gran éxito. Por entonces ignoraba lo que luego he sabido: que ese Grial no existe. O más bien, que el bar perfecto es una suma de todos. De todos y cada uno de los bares de donde uno va rescatando algún detalle, cierta atmósfera, un determinado ambiente… No tanto la garantía de un trago o un café bien preparado, o la intuición de un servicio ágil, eficaz y discreto. No tanto la esperanza de un interior construido con buen gusto ni la promesa de emboscarse en esa zona de sombra entre la barra y los veladores donde se ejecuta cada noche algún milagro. Lo que buscamos los adictos, me parece, en los garitos de confianza es algo inaprensible, inmaterial. Un espíritu. Un fantasma. A menudo, el recuerdo de una tarde feliz, una tertulia evocadora, una sonrisa amiga, un gesto cómplice, un destello de luz.</p>
<p>Yo sentí que había encontrado lo que buscaba una noche de sábado, cuando caí por casualidad en <strong>Villa Iregua</strong>. Aunque por entonces ya declinaba, el chalecito (hoy, un solar abandonado: qué pena) de la <strong>carretera de Soria</strong> albergaba aún los mejores banquetes de Logroño, con aquella cocina burguesa, estilo imperio, que empezó a quedarse un poco desfasada cuando de golpe nos volvimos todos tan modernos. Eso era Villa Iregua para mí: el escenario de las mejores galas capitalinas, el gran teatro de bodas para princesas logroñesas, el perfume de su célebre <strong>cóctel de champán</strong>, un trago hoy también superado por el tiempo. Ignoraba sin embargo que a un costado del edificio se cobijaba un bar, apenas una barra breve según la recuerdo, decorada con cierto buen gusto insólito por estos lares.</p>
<p>Allí me llevó el azar y allí me dejé conducir unas cuantas noches más. El ambiente era peculiar, por lo veterano de la clientela. Público eminentemente masculino, agolpado en improvisadas tertulias bien provistas del humo de los cigarrillos y los habanos, también adecuadamente regadas. En un espacio no demasiado amplio cabía sin embargo de todo,  medio Logroño, porque yo me las arreglé para procurarme un sitio con visión panorámica y, como el héroe de Dickens, dedicarme a mi pasatiempo favorito: convertirme por un rato en “humilde observador de la naturalaza humana”. En invierno, que fue cuando yo lo frecuenté, la función se iniciaba a esa hora confusa que los cronistas deportivos denominan tarde/noche. Los parroquianos más conspicuos se hacían fuertes alrededor de la barra y en una mesita aledaña alguna pareja entrada en años consumía un cigarrillo con la misma desgana con que atacaba la copa. En las chácharas vecinas parecía ventilarse algún negocio de postín, habida cuenta de que en él participaban esos caballeros que (benditos sean) a esa hora todavía vestían de traje. Al otro lado de la barra, un barman eficaz y taciturno iba a lo suyo, sin alardes, con esa eficacia de profesional antiguo que ya se ha glosado antes en este blog y que parece destinada a desaparecer de nuestros bares de confianza.</p>
<p>En fin, tal vez aquel bar no era para tanto y como tantos otros lo tengo idealizado. Tal vez sólo sucede que aquel tiempo en que clientela y camareros gastaban terno y corbata ya ha desaparecido. También han perdido su sentido bares como aquel, recoleto y noctívago, que atrapaba toda su esencia cuando se ponía el sol y ejercía de (posible) decorado como para una (imposible) peli de cine negro, con su breve aparcamiento de gravilla y esos tragos solitarios, que así lo parecían aunque se tomaran en grupo. De modo que hoy, cuando atravieso la carretera de Soria y veo anidar el polvo en la parcela que fue de Villa Iregua, pienso en su clientela fantasma, huérfana desde la demolición del chalecito. Huérfano Logroño también de un bar como aquel, tan idóneo para la confidencia.</p>
<p>P.D. Justo cuando la semana pasada empezaba a escribir estas líneas, tropecé con un artículo de <strong>Eduardo Gómez</strong> que despedía al gran Mere, camarero que fue de Villa Iregua. Os dejo el enlace de larioja.com, muy recomendable (http://www.larioja.com/v/20130108/rioja-logrono/adios-clasico-logrones-20130108.html)</p>
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