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	<title>Logroño en sus baresGurugú &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Porque nos gustan los bares: qué pasa (y los ganadores son&#8230;)</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Dec 2017 09:11:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Gracias, gracias, gracias&#8230; Me confieso abrumado por la respuesta de tanto y tanto improbable lector que aceptó participar en este juego/pasatiempo/sorteo que propuse hace una semana para festejar<strong> los cinco años de vida del blog</strong>. Y me reconozco agradecido por supuesto a las buenas gentes del <strong>Ibiza</strong>, <strong>Wine Fandango</strong> y <strong>Gurugú</strong> que generosamente aceptaron participar invitando a los ganadores a una consumición para celebrar lo que celebramos siempre que visitamos un bar (la vida, creo), mientras repaso en estas líneas algunas de las aportaciones que me han hecho llegar con la gentileza habitual los corresponsales desde el otro lado de la pantalla.</p>
<p>Así que ahí va una selección de algunas ideas arrojadas en respuesta a la consulta formulada entre signos de interrogación. Atención, pregunta: ¿por qué nos gustan los bares? A lo cual responde un amable lector con esta consideración que suscribo fervientemente: “Porque lo llevamos en el <strong>ADN</strong>. No hay que fiarse de aquellos que recelen de los bares”. Amén. Coincido asimismo con otra respuesta: “Porque el bar es la vida”. Y con esta tercera: “Son espacios en los que la razón se deja llevar por el aroma, el ruido y la sensación de que <strong>TODO</strong> está bien”. Hay quien subraya que acudir a los bares de guardia resulta una diversión preferible a quedarse en el sofá de casa, quien resalta que le parecen el escenario más pertinente para disfrutar “de los pequeños placeres de la vida” y quien reivindica su adecuación para lo antedicho: para celebrar la vida; ergo, para “compartir los buenos momentos con los amigos”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/Wine.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-948" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/Wine-300x175.jpg" alt="Fiesta de aniversario del Wine Fandango" width="300" height="175" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/Wine-300x175.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/Wine.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En total, he recogido más de sesenta respuestas a lo largo de esta semana. Las hay de todas las categorías. Las remitidas en tono humorístico (“Porque el camarero <strong>está leyendo el As con avidez</strong>. Ya en serio. Porque en alguno de ellos te encuentras como en casa y así te tratan”) y en tono melancólico: “Porque nos gusta disfrutar de los pequeños momentos de descanso y libertad que podemos tener fuera del trabajo o charlando con los nuestros”. También las hay de índole sociológica. O psicológica: “Porque dejamos los problemas en casa”. Aunque para concluir esta apresurada recopilación de las contestaciones que más me han llamado la atención rescato la que me lanza un lector con quien no puedo estar más de acuerdo: “Porque <strong>Logroño son sus bares</strong>”. Y porque a veces me parece acertada la frase célebre según la cual una imagen vale más que mil palabras, dejo que hablen por mí las dos fotos que ilustran estas líneas. Una, tomada el jueves en el Ibiza por Justo Rodríguez, durante los festejos de su primer año de vida: en esas caras de felicidad de su clientela puede reconocerse el improbable lector. Aunque para rostros dichosos, los semblantes de los ideológos del Wine Fandango durante su propia celebración: las propias de quienes festejan la alegría de vivir.</p>
<p>Concluyo con mi propia opinión. He reflexionado al respecto, mientras iba recopilando las contestaciones aportadas, y concluyo recordando lo que decía el maestro <strong>García Márquez</strong>. Cuando alguien le preguntaba por qué escribía, el maestro colombiano solía contestar que escribía para hacer feliz a sus amigos. Yo opino algo parecido: la idea del bar está en mi corazón íntimamente unida a la idea de amistad. En realidad, la vinculo con un concepto todavía más profundo, distinto. La noción de camaradería. Me malicio que en una barra tendemos a hermanarnos no sólo con los amigos y conocidos, sino también con los desconocidos. Nos reconocemos como miembros de una misma fraternidad, contra quienes suelen conspirar los poderes establecidos y la dictadura de lo políticamente correcto. Y, en efecto, como sentenciaba la célebre tonada: “No hay (nada) como el calor del amor en un bar”. Sí, ese calorcito amigo, que predispone a bucear alrededor de una sensación de la que soy muy fan, la que proclamaba Blanche DuBois en &#8216;Un tranvía llamado deseo&#8217;, cuando anunciaba que se disponía a entregarse <strong>“a la amabilidad de los extraños”</strong>. Lo cual asegura cierta dicha, aunque sea pasajera. Y en pocos lugares como los bares de Logroño uno ha sido tan felizmente dichoso. Tal vez sólo en<strong> Las Gaunas</strong>, dueño de una sensación parecida. La felicidad de la derrota.</p>
<p>P.D. Los ganadores del sorteo son&#8230; Se hizo por riguroso orden telemático: introduciendo una cifra aleatoria en una maquinita que fue alumbrando tres numeritos, mediante el sistema llamado Random Number Generator, que resultaron se los correspondientes a <strong>Esmeralda León</strong>, destinataria de la generosidad del Wine Fandango;<strong> Rosa Larrea</strong>, a quien le invitarán a una ronda en el Gurugú; y <strong>Rafa Benito</strong>, que se lleva el premio del Ibiza. A todos ellos, mi gratitud infinita. Por haber participado en este entretenimiento y por integrar el grupo de improbables lectores a quienes uno no pone cara pero a quienes siente al otro lado de la pantalla.</p>
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		<title>¿Por qué nos gustan los bares? (Con premio para que el responda)</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Nov 2017 16:16:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/IMG-4129.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-941" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/IMG-4129-300x209.jpg" alt="Listado de las entradas más visitadas en el blog" width="300" height="209" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/IMG-4129-300x209.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/IMG-4129.jpg 575w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Debo a <strong>Mr. Google</strong> la feliz noticia de que hace cinco años alumbramos aquí <strong>este blog</strong> que tantas satisfacciones me reporta. Al menos a mi corazón tan logroñés. Y hablo en primera persona del plural porque el gozo que me procura abrir con frecuencia más o menos semanal esta ventana al universo mundo se vincula directamente con la posibilidad de interactuar con quienes se encuentran al otro lado de la pantalla. He descubierto mi propio <strong>expediente X</strong>: sí, hay alguien ahí fuera. Lo cual representa la parte más dichosa de esta experiencia iniciada sin saber muy bien por qué, sin una razón genuina. Sin método. O sin otro método que la pura intuición: pensaba entonces, y sigo pensando todavía hoy con más motivo, que en los bares se encierra un capítulo particularmente interesante de eso que el maestro <strong>Vázquez Montalbán</strong> llamaba nuestra educación sentimental (tomando de prestado de <strong>Flaubert</strong>). Y que dedicar un rato a reflexionar por qué nos gustan (tanto) los bares podía representar una aventura compartida por quienes se hagan la misma pregunta.</p>
<p>Cinco años después, confieso que he visto cosas que nadie de vosotros creería. Bares llamados gastrobares, por ejemplo. Bares rotulados en inglés, por añadir otra dosis de magia. <strong>Bares de Logroño y del resto del mundo</strong>. Camareros de confianza, parroquianos conspicuos, clientela de aluvión y feligreses fieles hasta el tuétano a su bar predilecto, que ahí siguen: acodados en su barra de guardia. Hemos visto desaparecer y aparecer de nuevo las orejas del Perchas. Y otro tanto añado del <strong>Ibiza</strong> o del <strong>Tívoli</strong>. Algunos garitos murieron, tal vez para siempre, aunque siempre queda viva la esperanza de verlos alguna mañana resucitar&#8230; Cruzaron por esta pantalla los <strong>gintonic</strong> con pepino, nada menos, que parecen haber pasado a mejor vida: sólo pensar en ellos se me funden las meninges. Cruzaron también otros tragos y otros bocados, pero sobre todo cruzaron ante mis asombrados ojos las muestras de reconocimiento de tantos y tantos lectores que alguna vez me hicieron llegar sus parabienes, así virtual como presencialmente (adverbio que detesto, por cierto). También algún reproche, que admití (creo) con sentido de la deportividad. Y algún insulto, por supuesto: cosas de este tiempo tan proclive al cainismo.</p>
<p>Cuando digo que me siento emocionado y agradecido como <strong>Lina Morgan</strong> en <em><strong>Hostal Royal Manzanares</strong></em>, no rebajo un ápice (ni un adarme) la placentera sensación que me procura el impacto generado por estas líneas perpetradas a mayor gloria de nuestro pasatiempo favorito. Las cifras hablan por mí. Según los datos que me facilitan, el blog se acerca en estos años a los <strong>300.00 usuarios únicos</strong>. Otros tantos escalofríos. Aún me alucina más la estadística de páginas vistas: supera el medio millón. Si alguien siente la misma curiosidad que yo, le aporto otra clasificación: las entradas más vistas en este tiempo. En el 2013, una sobre las tapas gratis que sirven en algunos bares de Logroño; al año siguiente, encabezó esa tabla una reflexión en torno a los bares viejunos que todavía resisten entre nosotros; en el 2015, la pieza titulada &#8216;Nueva vida para el Ibiza&#8217; y en el 2016, &#8216;Y el cachopo habitó entre nosotros&#8217;. Este año, se sube a lo más alto de ese imaginario podio una entrada publicada hace ya unos meses: una encuesta sobre qué bar sirve las mejores bravas de Logroño. Se ve que al público lector le gusta tanto como a mí este tipo de consultas, porque la entrada número dos iba sobre los mejores morros y la tercera, otrosí de las hamburguesas.</p>
<p>Así que me remito a lo antedicho: gracias. Gracias infinitas. Alguna vez he pensado que esta andadura tendrá que acabar un día. Que puede morir solita porque llegará el instante trágico en que lo haya contado todo (o casi todo) de Logroño en sus bares, pero es un pensamiento fugaz que la realidad se encarga de desmentir. Porque ocurre lo antedicho (bis): que el universo de los sentimientos es infinito y perdón por ponerme cursi. Y eso es un bar. Un depositario de <strong>nuestras emociones más auténticas</strong>, el espacio donde nos reconocemos a nosotros mismos, a nuestro pasado común e inagotable. De modo que me parece que hay blog para rato. Además, sucede que cualquier andanza que uno perpetre por estas calles y plazas logroñesas (y alrededores) le lleva inevitablemente a ese universo tan querido, así que tiendo a condicionar mi mirada y dirigirla hacia el objeto de este blog: todos los caminos conducen a los bares. Y sucede también que con frecuencia tropiezo con voces amigas que me animan a perseverar. Me lanzan sugerencias, proponen pistas, me invitan a proseguir con estas cavilaciones que, como digo, se escriben en primera persona del plural. Así que sólo por la deuda de gratitud que reservo a tan leales corresponsales me siento animado a proseguir dando guerra al menos otros cinco años.</p>
<p>Será un paseo romántico: de la mano. Autor y lectores, a quienes invito a acompañarme en este itinerario emocional. Ya digo que hoy me he levantado especialmente cursi. Y para corroborar que cuanto prometo se cumple, allá va este desafío: quien me responda a la pregunta que intitula estas líneas (<strong>¿Por qué nos gustan los bares?</strong>), participará en un <a href="http://especial.larioja.com/concursos/logronobares/index.php">sorteo </a>cuyo premio corre a cargo de tres bares de absoluta garantía, muy caros a este blog, que también andan de cumpleaños. El <strong>Wine Fandango</strong>, que sopla ahora tres velitas, y el <strong>Ibiza</strong>, que celebra su primer aniversario de su exitosa reencarnación. Y el tercero, en representación de todos los demás bares logroñeses, el decano: el <strong>Gurugú</strong>. Los tres obsequiarán a los agraciados con algunas de las golosinas que les han procurado justa fama, así que les dirijo a todos ellos un agradecimiento adicional. Porque yo me limitaré a hacer eso tan habitual de Logroño y del resto de España. Algo tan propio de tantos bares: invitar a los parroquianos, siempre que la cuenta la pague otro.</p>
<p>También me encargaré de lo de siempre: de contarlo.</p>
<p>Pero esa es otra historia. Y lo dicho: para participar, puedes hacer clic en este enlace: http://especial.larioja.com/concursos/logronobares/index.php</p>
<p>P.D. No quisiera ponerme fúnebre, pero como he mencionado arriba estos cinco años han dado también para alguna despedida. Dos de ellas, más o menos recientes. Una ocurrió en mayo, aunque la he conocido hace apenas unos días. El veterano patrón del <strong>Hostal El Duque de Medinaceli</strong>, aquí alguna vez glosado como ejemplo de honorable desempeño al frente de esa tipología tan querida de bar de carretera, dejó de defender entonces la barra donde sigo parando para el tentempié <strong>camino de Madrid</strong>: una llorada pérdida. Aunque más llorada, porque me toca más de cerca, es el reciente fallecimiento de <strong>Pilar</strong> <strong>Santander</strong>, ejemplar leyenda del Logroño hostelero. La veo asomada al hueco de la cocina vigilando el correcto funcionamiento del <strong>bar de Cantabria</strong>, siempre gentil y siempre eficaz. Y siempre haciendo gala de una virtud que juzgo hoy en retroceso: la generosidad. Cuando pienso en alguien generoso, pero generoso de raíz, pienso en ella. Y derramo por Pili una imaginaria lágrima. Por su bondad infinita. Por una persona buena de verdad. Buena, como pedía <strong>Machado</strong>, en el buen sentido de la palabra.</p>
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		<title>Camareros, vida y milagros</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Nov 2017 10:51:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hace un tiempo, me animé a ir recopilando en formato entrevista las confesiones de algunos de los más acreditados <strong>camareros de Logroño</strong> con la idea de construir a partir de sus experiencias algo parecido a un mapa sentimental de nuestros bares favoritos. El relato de sus peripecias se fue publicando, a razón de un artículo por mes, en el suplemento <a href="http://www.degustalarioja.com/"><strong>Degusta</strong> </a>que <strong>Diario LA RIOJA</strong> entrega cada sábado a sus lectores. Acto seguido, se publicaban también en este rincón, con un anexo que no figuraba en la versión de papel: los locales favoritos de todos ellos. Es decir, los bares entre los bares, aquellos donde estos maestros en el arte de la hostelería tenían puestas sus complacencias. Los bares hacia donde dirigían sus pasos cuando saltaban al otro lado de la barra.</p>
<p>Con aquellas aportaciones publiqué en junio un <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2017/06/30/bares-entre-los-bares/">artículo </a>que me supo a poco. Me parecía que reunir en una sola publicación el resumen de sus opiniones, anécdotas y reflexiones merecía la pena, porque alguno se ha jubilado ya, otros están a punto de bajar la persiana y en general disponían de un rico punto de vista, más o menos coincidente, que reflejaba de manera cabal no sólo el devenir de su oficio: también servían como <strong>brújula sociológica</strong>. El Logroño que fue, el Logroño que es. La vida que han visto pasar desde sus respectivas atalayas.</p>
<p>Así que cavilando, cavilando. Dando algunas vueltas al magín (también llamado caletre o cacúmen), caí en la jurisdicción de las buenas gentes que acometen con un entusiasmo contagioso la tarea de editar la revista <em><strong>Belezos</strong></em>. Una producción del <strong>IER</strong> que se ocupa de estas cosas que llamamos cultura popular o tradiciones. Qué mejor escaparate para que luzcan sus mejores galas nuestros camareros de confianza, concluí mis meditaciones: con la generosidad habitual, Belezos abrió sus puertas a esta idea que me rondaba y me propuso lo antedicho. Resumir en unas páginas las andanzas de Mere, Alfonso y compañía.</p>
<p>De modo que durante el verano encontré algún tiempo para repasar sus luminosas ocurrencias. Y corroboré que la mayoría encerraban una profunda sabiduría en el noble pasatiempo de acompañar <strong>nuestros tragos y bocados</strong> con la maestría que esperamos encontrar cuando salimos de casa. Detecté también un lamento común por la desaparición de las <strong>antiguas rondas logroñesas</strong>, la extinción de hábitos que parecían eternos (lo de invitar a la parroquia, por ejemplo: una costumbre difunta) y la acomodación común de todos ellos a las nuevas normas que exige la clientela contemporánea.</p>
<p>El caso es que el artículo acudió a la imprenta junto a sus hermanos en el último número de Belezos y la buena nueva es que se encuentra ya a disposición de los potenciales interesados en<strong> las librerías más acreditadas de La Rioja.</strong> Y el caso (segundo caso) es que me permito a mí mismo unos minutos de publicidad: creo de corazón que hacerse con uno de estos ejemplares merece la pena. Uno se siente ya recompensado como destinatario (intermediario mejor dicho) de las brillantes respuestas que fueron disparando contra la libreta donde yo iba apuntando esa recopilación de su ingenio, pero tiendo a pensar que ese regalo que me hicieron debería ser un regalo compartido con la improbable comunidad de lectores que sientan alguna curiosidad por disponer reunido en unas pocas páginas del compendio de tanto talento disgregado.</p>
<p>Fin de la pausa publicitaria. Capítulo de agradecimientos. La lista es prolija, con una cierta aureola legendaria, porque la integran gigantes del sector. Ya he citado antes a un par de veteranos, <strong>Mere y Alfonso</strong>. Añado ahora a<strong> Colo, a Jaque y a Chus</strong>. A <strong>Dani</strong> y resto de la prole del <strong>García</strong>.<strong> A Chuchi del Junco, Miguel de La Hez, a Manolo de El Soldado y a Abel del Chufo</strong> (y demás familia). A las entrañables gentes del <strong>Soriano, Gurugú, Eldorado y Lorenzo</strong>. A <strong>Juanito</strong>, heredero del Sebas. A <strong>Mariano Moracia</strong> y a los dos <strong>Emilianos</strong>, del Tívoli a La Taranta. A la hechicera <strong>Nuria</strong> del Maltés. Fue un placer y un privilegio compartir con todos ellos confidencias y chistes. También algún trago. En todos veo encarnado al conjunto de su profesión, que esta baraja de camareros ejerce con donosura simpar y alto nivel de eficacia. Una forma de entender el oficio que debería ser guía para las nuevas generaciones: en el artículo, bautizo a sus protagonistas como académicos de la universidad de la vida. Cursiladas al margen, creo que en ese campus podrían matricularse unos cuantos jovencitos que usted y yo conocemos, cuyo desempeño al frente de ciertas acreditadas barras es mejorable: acabo de sufrir una experiencia estupefaciente en un local de postín, de la cual salí tan patidifuso que me fui pitando al Mere a contárselo. Para que sepa, cosa que por otro lado no ignoraba, en qué manos dejó el sector. Y para reconocer en él y al resto de camaradas reseñados en estas páginas de Belezos a los depositarios de las esencias de su profesión: catedráticos sin diploma, psicológos ocasionales, improvisados terapeutas, brujos de guardia y alquimistas si se tercia. Camareros, en fin.</p>
<p>O <strong>barman</strong>, como prefiere el propio Mere que le llamen.</p>
<p>P. D. Habrá observado el lector atento de las páginas de Diario LA RIOJA el singular olfato que distingue al fotógrafo <strong>Justo Rodríguez</strong>, autor de las imágenes que acompañan estas líneas, sin las cuales cada artículo hubiera perdido gran parte de su sentido. Se trata de un avezado profesional, de la estirpe de los grandes fotoperiodistas alojados en el solar logroñés: a veces me recuerda a <strong>Teo</strong>, otras a <strong>Alfredo Iglesias.</strong> Dicho sea como reconocimiento a su talento, que alcanza a mi juicio un nivel sublime en una tipología del mundo de la fotografía harto complicada: el retrato. Para mí, Justo lo borda. El primer plano (y hasta el primerísimo, del que soy muy fan), el medio plano y el cuerpo entero. Lo prueba que muchas veces los retratados son los primeros disconformes con la imagen que de ellos arranca: señal de que Justo ha acertado. Y que además de Justo, es necesario. Para muestra, varios botones: tantos como fotos acompañan la pieza que acaba de alumbrar Belezos.</p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra: Demetrio, patrón del decano</title>
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		<pubDate>Sat, 27 May 2017 09:51:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog.jpg"><img loading="lazy" class="size-medium wp-image-846" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog.jpg" alt="Demetrio, patrón del Gurugú. Foto de Justo Rodríguez" width="300" height="191" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-300x191.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Anote el improbable lector: mezcle una botella de clarete con una dosis (generosa) de sidra. Añada un abundante chorro de pilé 43 y remate la pócima con el toque genial: un golpe de zarzaparrilla. A continuación arroje el bebedizo resultante por un embudo bien pertrechado de hielo picado a una jarra, para tomarlo como manda el canon logroñés: bien frío. Casi helado. Enhorabuena: se está iniciando usted en la ingesta del célebre cóctel llamado americano, santo y seña del venerable <strong>Gurugú</strong>. Autor de la receta, <strong>Demetrio Velasco</strong>, quien sigue defendiendo la barra benemérita cuarenta años después de su estreno, depositario de esa fórmula mágica cuyos ingredientes exactos elude proporcionar y cuya patente custodia.</p>
<p>Sobra decir que el hielo lo pone Fontecha.</p>
<p>Será el primer apellido memorable del <strong>Logroño de toda la vida</strong> que irá surgiendo durante la charla, este bochornoso mediodía primaveral que regala Logroño. De la cocina del <strong>decano de los bares de la capital y resto de La Rioja</strong>, van apareciendo las golosinas conocidas. Cazuelas de callos y raciones de oreja, néctares que Demetrio despacha con profesionalidad académica: sin perder ripio de la tertulia, va impartiendo su magisterio mientras sirve este platillo, allega aquella copa de Rioja y exprime mientras tanto la memoria según le requiere el periodista.</p>
<p>Cuenta, Demetrio. Cuenta.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-847" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-1.jpg" alt=" " width="300" height="175" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-1-300x175.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>«Desde que cerraron el <strong>Suizo de Santo Domingo</strong> y luego el de <strong>Haro</strong>, ya somos los más veteranos», se enorgullece. «Sí, es un privilegio», acepta. Y pone la moviola a funcionar para recitar de carrerilla los hitos fundacionales del bar donde se destetó en el oficio, antes incluso de afeitarse: recién cumplidos los 14 añitos, bajó de Ventosa a ayudar en el negocio que entonces defendía su tío, llamado también Demetrio, quien había tomado bajo su dirección el bar donde antes ejerció de camarero, a las órdenes de <strong>Isaac Fernández</strong>. Un riojano de Hormilla que había rendido armas con el Ejército en el desastre de Annual y se trajo de aquella guerra el recuerdo del mítico monte melillense: ese Gurugú que le sirvió en 1909 para bautizar su negocio. Calle Los Yerros, esquina avenida de Navarra.<br />
A Isaac le acompañaba al frente del negocio un catalán apellidado Bisbal, quien tomó el camino de vuelta a casa recién superada la Guerra Civil. El cambio en la dirección del local se completó mediados los años 40, cuando desembarcó la familia de nuestro Demetrio, que echa la mirada atrás con algún arrebato de nostalgia. «Es que Logroño era entonces otro, más pequeño. Cabía en un pañuelo», resalta, como justificando esa memoria prodigiosa que se recrea en los alrededores de su bar. Porque esos son sus dominios: Demetrio vive enfrente, «en la casa de Hogar Ciclos», explica. Y aclara para los iniciados: «Donde el difunto Bienve».</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-2.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-848" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-2.jpg" alt="blog-2" width="300" height="189" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-2.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-2-300x189.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;<br />
Sí, van apareciendo nombres y más nombres. Por ejemplo, el de Ortega, empresario del cine cercano, especializado en «cine, baile y bodas», según el eslogan que nuestro hombre no olvida. O el de la familia Vivanco, cuyo negocio inicial se alojó puerta con puerta al Gurugú. Y entonces Demetrio se ríe, porque se recuerda a sí mismo aprendiendo a andar en bici por esta misma calle del Logroño castizo, auxiliado por Pedro Vivanco.</p>
<p>Aquel Gurugú de suelo de brea y barra de piedra, donde colgaban los paños de cocina que hacían las veces de servilleta. Aquel Gurugú que no olvidan los logroñeses más veteranos, con su insólito botellero colgando insospechadamente del techo: allí habían depositado sus dueños un ingenioso entramado de cepas, donde las botellas se ensartaban a disposición de los camareros. Ojo, no cualquier botella: porque Demetrio aprovecha para reivindicar <strong>los tragos de entonces,</strong> no aptos para finolis, como la mencionada zarzaparrilla y las añoradas botellas de tres cuartos de coñá. De coñá Soberano.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-3.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-849" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-3.jpg" alt="blog-3" width="300" height="178" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-3.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/05/blog-3-300x178.jpg 300w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así que, en efecto, debe aceptarse que este Gurugú no es el mismo. Tampoco lo es su clientela, antaño devota del café, copa y puro, incondicional del porrón y por supuesto fanática del trago apodado americano. Ese parroquiano que se encendía con la última polémica taurina (y ahora Demetrio proclama su fe en Julio Robles) y veía partir hacia La Manzanera al séquito que protagonizaba cada tarde de feria, igual que observaba partir los autobuses que tuvieron en esa esquina su improvisada estación antes de que naciera la oficial. Clientela fiel a las gollerías que despacha <strong>Begoña</strong>, hermana de Demetrio y esposa de <strong>Santiago</strong>, su socio, con quien lleva en el Gurugú desde 1986, cuando se jubiló su tío. Ojo. Se ha pronunciado el verbo fatídico (jubilarse) y Demetrio se dispara. Revela que le queda poco más de un año para cortarse la coleta. ¿Qué vendrá luego? ¿Le sobrevivirá su bar, lo tomará bajo su tutela su descendencia? Se encoge de hombros. Tose. Pide el estoque: «A mí ya me gustaría». Y añade, los ojos pelín enrojecidos: «Cuando me retire, veré esa puerta cerrada y sentiré que algo me tira».</p>
<p>Porque así quedaría custodiado para la eternidad el inolvidable legado que guardan estas paredes, memoria viva de Logroño. De aquel Logroño del tiempo en que los tratantes ajustaban en sus mesas de formica, entre bocado y bocado, algún negocio de ganado o de cereal. Del Logroño de las interminables partidas de naipes o las familias que atacaban la cocina del Gurugú, cuya compañía tanto agradece el patrón del decano de los bares riojanos. «Cuando viene la gente de siempre, yo gozo, la verdad», confiesa Demetrio. «Y bares como éste», prosigue, «ya no quedan muchos. Antes estaban el <strong>Royalty</strong>, el <strong>Somera</strong> y la bodeguita <strong>El Abuelo</strong>, pero ahora&#8230;». Puntos suspensivos que su memoria va rellenando, rápida de reflejos: «Entonces, los mejores bares estaban en la <strong>Mayor</strong>, no en la <strong>Laurel</strong> ni en la <strong>San Juan,</strong> porque esto de ahora, que parece de toda la vida, es sin embargo reciente». Reciente. Más o menos.<br />
Va concluyendo la conferencia magistral. El catedrático Demetrio cita al legendario guarda de la Glorieta, don Nicanor, riojano de Sotés. Y menciona de pasada a Pepe Blanco, cuya familia residía en la vecina calle Hospital Viejo y fue cliente habitual de su Gurugú, el bar que sigue abriendo a las siete de la mañana y sólo cierra los domingos. Y ese mismo Pepe Blanco le sirve A Demetrio para cerrar el grifo de los recuerdos:«Aquí cantaba Pepe lo de ‘Tararí que te vi’».</p>
<p>Tararí que te vi, Demetrio.</p>
<p>P.D. No sólo del Gurugú vive Demetrio y familia. También a veces, qué cosas, les da por salir a tomar la fresca y visitar otros bares. Entonces, deja que sus pasos le guíen hasta el <strong>Notre Dame</strong> de Duquesa de la Victoria: cruza la Glorieta y se pone en manos de Candi y compañía. También le gusta el <strong>Virginia</strong> de avenida de la Paz y el <strong>Delicias</strong>, destino de sus vermús dominicales.</p>
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		<title>Aquí hay caldo</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Jan 2017 09:52:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Laurel</strong>, primera glaciación. En medio del frío invernal, las huellas de los caminantes que peregrinan de bar en bar trazan un surco sobre la acera, orillada la nieve a ambos lados de la calle: dos muretes blanquísimos. Desde el <strong>Blanco y Negro</strong> baja a gran velocidad un hombrecillo que transporta en un carrito de la compra su mercancía. Ambos (el hombrecillo, el carrito) conocieron días mejores, lo cual no puede decirse del botín oculto en el interior de la bolsa: un jugoso arsenal de reconfortantes<strong> patatas calientes</strong>. El vendedor las parte en dos mitades según las normas de higiene de la época: es decir, inexistentes. Bajo el mismo criterio que atenta contra la salud pública esparce la sal y luego se marcha hasta el siguiente garito, una vez cobrada la breve miseria que pedía por semejante regalo. Regalo, sí: para nuestros maltrechos estómagos, que agradecían acompañar aquellos vinazos de carretero con algún bocado igual de bizarro y los engullían como si fueran un manjar.</p>
<p>Otra alternativa para combatir el frío ambiente en las eternas rutas invernales por Laurel y alrededores se materializó poco tiempo después. Algunos bares empezaron a repartir <strong>caldo</strong> entre su clientela, que agradecía de corazón el trago cuando ingresaba entre vaharadas en el local de turno, se calentaba por el método habitual (patadas contra el suelo) y atacaba la bendita pócima a cucharadas (los menos), directamente de la taza a la boca (la mayoría) o con un leve toque de vino blanco (servidor). Vino servido por cierto en porrón, utensilio hogaño casi desaparecido de nuestros bares favoritos: con los inspectores de consumo hemos topado.</p>
<p>La fiebre del caldo se fue popularizando mediados los años 80 y todavía hoy pueden observarse sus efectos en las barras conspicuas. Lo cual resulta una rareza logroñesa: según me asegura cierto forastero, alojado en esta misma casa, por otras tierras no suele ser tan común que los bares despachen caldo. De dónde viene semejante costumbre, me pregunto mientras yo mismo disfruto en casa del reparador tentempié. Me contesta desde el fondo de mi conciencia al maestro <strong>Eduardo Gómez</strong>, quien me recuerda que hace años ya publicó en Diario LA RIOJA una pieza que reivindicaba aquel universo logroñés donde el caldo aparecía prácticamente en cada barra. Es decir, que no se trataba ni se trata de novedad alguna. Con una particularidad propia de los años de su fundación, allá en el pleistoceno: que entonces, cuando Gómez gastaba pantalón corto, era gratis. Cortesía de la casa. Ahora nos cobran (no mucho; no llega al euro en el <strong>Gurugú</strong>, por ejemplo) lo que antes era una dádiva, porque los camareros se apiadaban de su gélida parroquia, según una norma implantada, como recuerda el amigo Eduardo, por el desaparecido <strong>bar Bilbao</strong> de la calle Mayor. “Salía de la cocina el camarero <strong>Gallastegui</strong>, portando una bandeja con tacitas que distribuía entre la clientela”, refresca su memoria. Aunque ojo: aquella parroquia rumbosa agradecía el detalle y a escote aportaba la voluntad. Unas monedas en la bandeja y al bar siguiente; por ejemplo, el <strong>Racimo de Oro</strong> de la misma calle, ducho también en el arte de servir caldo.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/caldo-gurugu.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-776" title="Oferta de caldo en el Gurugú" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/caldo-gurugu.jpg" alt="Oferta de caldo en el Gurugú" width="600" height="800" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/caldo-gurugu.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/01/caldo-gurugu-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Yo no conocí tal costumbre. Cuando el caldo resucitó ante nosotros, ya era de pago. Pero no era un pago oneroso, de modo que por unas pesetas salías del bar algo mejor de como entrabas. Era usual que, además, al trago de caldo se añadiera el vino preceptivo propio de cada ronda, que también calentaba lo suyo aunque no con carácter tan vertiginoso. Y si además aparecía por allí el hombrecito con las patatas calientes como de contrabando, menú perfecto. Sobre todo, porque se tarifaba a precios muy contenidos. Aquellos caldos de verduras, que en algún caso se adornaban con el conocido perfume a <strong>Starlux</strong> o <strong>Avecrem</strong>; esos caldos que en los bares de mayor pedigrí añadían un toque a (hueso de) <strong>jamón</strong> nos aliviaron en mi mocedad de los rigores invernales. Que por cierto vuelven estos días a golpearnos mientras protagonizamos la misma ruta inmemorial por los bares logroñeses. Lo cual me lleva a confesar que no: que no tengo ni idea de por qué en otras localidades del norte de España nunca llegó a extenderse esta bonita costumbre, pese a que también acompañaba el mismo frío ambiente. Ellas se lo pierden. Ese termo siempre dispuesto, ese chorro que brota entre vapores, esa taza humeante que aguarda sobre el platillo, ese leve toque de porrón&#8230; Ah, el caldo. La particular magdalena de Proust de tantos y tantos logroñeses: por allí al fondo, mientras vuelve a nevar en mi imaginación, creo ver si cierro los ojos al hombrecillo que baja desde el Blanco y Negro por la calle Laurel a repartir su mercancía.</p>
<p>Aquella sí que era una auténtica <strong>patata caliente.</strong></p>
<p>P.D. Unos minutos patrocinados: <strong>Diario LA RIOJA</strong>, que con tanta generosidad y paciencia acoge estas correrías por Logroño y sus bares, ofrecerá a su propia parroquia el próximo domingo día 15 una ración de caldo. Sí, caldo: en tetrabrik, de la prestigiosa marca <strong>Aneto</strong>. Ideal para saborear en casa, aunque también existe la opción de transportarlo a la Laurel, rogar que lo caliente el camarero de confianza y a ver si por ensalmo aparece el hombrecillo con las patatas calientes. Milagros más raros se han visto en esta calle. Y fin de la publicidad.</p>
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		<title>El bar de toda la vida</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Apr 2013 15:27:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[El debate sobre cuál es el bar más antiguo de Logroño quedó hace años sentenciado a favor del Gurugú, castizo local enclavado en la mitad de dos mundos: el universo formado por el centro conspicuo, frontera con la Judería (barrio que otros llaman Villanueva) y el Logroño que nació con el Ensanche truncado. El Gurugú [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/bares.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-154" title="Imagen antigua del bar Gurugú, facilitada por Daniel Velasco" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/bares.jpg" alt="Imagen antigua del bar Gurugú, facilitada por Daniel Velasco" width="600" height="394" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/bares.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/04/bares-300x197.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>El debate sobre cuál es el <strong>bar más antiguo de Logroño</strong> quedó hace años sentenciado a favor del <strong>Gurugú</strong>, castizo local enclavado en la mitad de dos mundos: el universo formado por el centro conspicuo, frontera con la <strong>Judería</strong> (barrio que otros llaman <strong>Villanueva</strong>) y el Logroño que nació con el Ensanche truncado. El Gurugú mira hacia la <strong>Glorieta</strong> desde su alojamiento en <strong>avenida de Navarra</strong>, calle antaño central que hoy… Digamos cariñosamente que ha conocido mejores días, cuando en ella habitó <strong>Rafael Azcona</strong>, nada menos, y anidaba una pequeña burguesía local que a mediados de los 70 inició un viaje hacia el sur de Logroño que todavía (¡Todavía!) no ha terminado.</p>
<p>El Gurugú es un bar simpático, que se mantiene fiel a esa idea de taberna de toda la vida y va evolucionando al ritmo que marca su barra, generosa en suculentas raciones de tapas de una tipología hoy más rara de ver que antaño. Hablo de sus <strong>callos</strong>, por ejemplo, difíciles ya de encontrar por Logroño; pero hablo más en general de una cierta atmósfera, de un espíritu indómito que le lleva a militar en ese tipo de bares que contribuyeron a forjar el alma de una ciudad</p>
<p>Esta es también una entrada dedicada. Dedicada a la familia <strong>Velasco</strong>, que pilota el bar casi desde su fundación y dedicada sobre todo a uno de sus últimos eslabones, <strong>Daniel</strong>, periodista que compartió alguna tarde con quien esto firma y a quien debo la generosa información que me proporciona para sellar esta historia del bar de los <strong>Demetrio</strong>, <strong>Domingo</strong> y compañía. “Sabemos que el Gurugú nació en 1909”, señala Daniel. “Se desconoce el nombre del fundador pero se sabe que participó en <strong>Melilla</strong> en la batalla del monte Gurugú en ese mismo año y de ahí el nombre”, añade. Así que aquel misterioso promotor apareció por Logroño, alumbró el bar… y poco más.</p>
<p>La auténtica historia que los Velasco pueden acreditar arranca en los años 50, “cuando coge el bar el tío del actual propietario, es decir, mi padre, quien lo regenta con su hermana y su cuñado”. Y desde su sede en avenida Navarra esquina con la <strong>calle Los Yerros</strong> difunde al mundo desde tiempo inmemorial esa paleta gastronómica especializada en sardinas con guindilla, bacalao, bonito y los citados callos, convertida en cátedra del mus logroñés y epicentro del mundillo taurino: “Los toreros recorrían a pie el trayecto entre <strong>La Manzanera</strong> y el <strong>Gran Hotel</strong> y siempre paraban a tomar algo en nuestro bar”, relata Daniel. “Así surgió la expresión que se popularizó en Logroño: ‘Del Gurugú a los toros y de los toros al Gurugú’”. A su puerta paraban años ha los autobuses que venían de <strong>Estella</strong> y <strong>Viana</strong> hasta Logroño, de modo que el bar se convirtió en una suerte de embajada navarra en La Rioja, punto de encuentro para los vecinos de esas localidades fronterizas y sede oficiosa de tratantes de ganado y militares de toda condición. Lo resume así el mentado Daniel Velasco: “En definitiva, que ¡el Gurugú es el Gurugú, viva historia política-torera-civil de Logroño y su casco antiguo! Y hasta que a este servidor le quede una gota de sangre hará lo imposible para que el bar más antiguo de Logroño se mantenga en pie y prospere”.</p>
<p>P.D. Decía arriba que el Gurugú se enclava en la Judería, la Villanueva o como quiera que ese barrio se llame. Los expertos no se ponen de acuerdo y a mí me da un poco igual: para los críos del Logroño de mi época, sus siete calles serán siempre los siete pecados y que nadie se me enfade. Hacía alusión esta expresión popular a los garitos de dudosa reputación que albergaba sobre todo una de esas calles, <strong>Rodríguez Paterna</strong>, que ahí resisten aunque ya un poco en retirada. A mí nunca me pareció una denominación peyorativa: soy bastante partidario de cometer algunos pecadillos en esta perra vida. Uno de ellos, el de la gula, se satisfacía también sin salir de la mentada Rodríguez Paterna: lo saciaba el extinto bar <strong>La Viga</strong>, donde ingerí el primer <strong>bocadillo de tortilla</strong> pagado de mi bolsillo. Nunca lo olvidaré: por lo suculento del ingrediente y lo mayúsculo del bocado, media barra de pan hueco tamaño &#8216;king size&#8217;. Todavía estoy haciendo la digestión.</p>
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		<title>La belleza está en el interior</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Nov 2012 17:42:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[Hubo un tiempo en que las barras de Logroño apenas se veían pobladas de pinchos. Así como hoy resulta imposible tomarse un vino sin caer en la tentación de probar algún bocado, no hace tanto pasaba lo contrario: que la sana costumbre de picar se veía limitada a algunos bares castizos, donde el protagonismo gastronómico [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/11/callos.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-24" title="La belleza está en el interior" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/11/callos.jpg" alt="Las célebres patitas del Cachetero" width="720" height="845" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/11/callos.jpg 720w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/11/callos-256x300.jpg 256w" sizes="(max-width: 720px) 100vw, 720px" /></a></p>
<p>Hubo un tiempo en que las barras de <strong>Logroño</strong> apenas se veían pobladas de pinchos. Así como hoy resulta imposible tomarse un vino sin caer en la tentación de probar algún bocado, no hace tanto pasaba lo contrario: que la sana costumbre de picar se veía limitada a algunos bares castizos, donde el protagonismo gastronómico oscilaba entre la simpática tortilla, el venerable emparedado y ciertas aportaciones cuyo recuerdo todavía me emociona. Los <strong>ajos</strong> del <strong>Florida</strong> de la calle <strong>San Agustín</strong>, por ejemplo. Y la <strong>casquería</strong>, protagonista de esta entrada.</p>
<p>Porque en aquel Logroño que empezaba a quitarse la caspa, era habitual emprender por sus bares la ruta de los despojos, cuyas sucesivas encarnaciones ocupaban también en esa época los menús domésticos… de donde han ido desapareciendo a medida que se imponía la <strong>moda light</strong>, los alimentos que sí aprobaría nuestro endocrino, la dieta fetén para matricularte en el gimnasio. Nos queda por lo tanto la añoranza: nostalgia del <strong>hígado empanado</strong>, sin ir más lejos… que a los días de la infancia, cuando constituía un ingrediente común que luego nos persiguió hasta el servicio militar. Sucedía que así en los pucheros de las abuelas como en las perolas del Ejército, las <strong>vísceras</strong> ocupaban un sitio destacado por una razón fácil de entender: que eran baratas. Muy baratas. Y yo añado: sabrosas. Muy sabrosas. Aunque alguna más que otras. Uno tiene que confesar el odio antiguo que profesa precisamente hacia el hígado, un plato que detestaré de por vida y que sin embargo fue un clásico en la oferta alimenticia de los<strong> bares logroñeses</strong> del siglo pasado. Aún resiste en alguno de ellos (el <strong>Sebas</strong>, por ejemplo), pero en general creo que se bate en retirada.</p>
<p>Ocurre algo parecido con el resto de su parentela, en su mayoría desaparecida, con una gloriosa excepción que ya presidía mis adolescentes paseos por <strong>Laurel</strong>: la suculenta orejita rebozada del <strong>Perchas</strong>, el Cielo le asista. Sé de algún veterano logroñés, avecindado hoy lejos de su tierra, cuya primera visita a la ciudad donde nació tiene siempre como destino este bar fiel a sus principios. Pero el pincho estrella del Perchas (un clásico también del entrañable <strong>Gurugú</strong>) es un oasis en el desierto logroñés de la casquería: dónde comerse hoy unos huevos fritos con asadurilla. Dónde una cazuela de callos, un plato de embuchados (con eficiente control sanitario), una ración de delgadillas. Dónde la sangrecilla, dónde los sesos, dónde los riñones… Porque de las criadillas (con perdón), ni hablamos.</p>
<p>Y, sin embargo… Tengo para mí que en esta hora, cuando la crisis aprieta y también ahoga, nuestros bares acabarán volviendo a sus orígenes para rescatar del recetario de la abuela los platos con <strong>despojos</strong>, una palabra que no debería intimidarnos. Por la misma razón arriba citada: porque es una cocina barata. E insisto: también sabrosa. Mi presentimiento se basa en una razón: que hasta el <strong>Cachetero Tapas Bar</strong>, la barra que acaban de abrir los <strong>Arechinolaza</strong> en la <strong>calle Albornoz</strong>, les ha seguido una de las estrellas de la carta del restaurante vecino, las patitas, mi plato favorito en el tenebroso mundo de las <strong>entrañas</strong>. Toda una exhibición de sabiduría popular. Mientras las saboreo, me pregunto a quién se le ocurrió que en ese humilde rincón de la anatomía animal se ocultaba un bocado tan suculento, qué ingenioso cerebro intuyó que la belleza reside en el interior y puede esconder una maravillosa oferta gastronómica. Y a medida que me voy pringando con la grasilla que desprende el pan que unto, entiendo de dónde nace esa expresión tan gráfica de chuparse los dedos. Lo entiendo literalmente. Y de nuevo con perdón.</p>
<p>P.D. <strong>La Tavina,</strong> el estupendo bar recién inaugurado a la entrada en la calle Laurel, ofrece en su barra del piso inferior una versión modernizada de los despojos de toda la vida: los morros, convertidos aquí en una fina lámina muy sugerente que no renuncia a ese sabor tan particular. No sé qué pensará la Sociedad Española de Cardiología, pero a mí me encantan. Igual que su hermana menor, la careta, o su prima, la lengua, otro manjar en vías de extinción. Rebozada o en salsa, me parece otro bocado delicioso. Que por cierto sería el pincho que <strong>Karlos Arguiñano</strong> ofrecería en la hipotética barra del bar que nunca ha tenido, según confesó una mañana en la tele. Amigo Karlos, yo iría a ese bar de rodillas.</p>
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