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	<title>Logroño en sus baresIturza &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Los que se fueron</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Feb 2020 10:45:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>El pasado lunes, el improbable lector observaría cómo se cumplía el rito llamado <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/D%C3%ADa_de_la_Marmota"><strong>Día de la Marmota</strong></a>, sobre el cual no conviene extenderse: está al alcance de cualquiera entender de qué estamos hablando con pasearse por la <strong>Wikipedia</strong> o acercarse al video club que aún resista y alquilar &#8216;Atrapado en el tiempo&#8217;, la película que registra los extraños avatares de la mascota llamada <strong>Phil</strong> y demás héroes y heroínas de esa historia tan singular. El día de marras se emplea también como metáfora de cuanto sigue: la tendencia, que también anida en estas líneas, de regresar siempre sobre nuestros pasos, con una declarada vocación melancólica y derramar en nuestro caso una lágrima imaginaria por <strong>los bares que perdimos durante el año pasado</strong>. Nada que no quedara ya escrito en el 2019 respecto al 2018. Y así sucesivamente: van desapareciendo algunas barras conspicuas con puntualidad ferroviaria y uno no deja de lamentarse, porque pierde el paisaje ciudadano y pierde en consecuencia el vecindario donde se alojaban.</p>
<p>Es un lamento cíclico y también común. El recién reelegido al frente de la patronal riojana, <strong>Francisco Berges</strong>, se quejaba en sus primeras declaraciones esta misma semana por ese continuo goteo de bares que se despiden por el sumidero de la crisis sistémica que azota al sector. Bares del centro de Logroño, de su periferia y también (por supuesto) de La Rioja interior. Todos esos bares que se fueron el año pasado, que en algún caso tenían puesta la fecha de caducidad desde meses atrás: alrededor del último día del 2019, <strong>ese 31 de diciembre fatídico</strong> para su suerte, sus dueños decidieron que no aguantaban más y se ahorraron con el cierre los gastos consiguientes que acechaban a la vuelta del siguiente año: ese 1 de enero que además traía consigo subidas tributarias o de otra índole, que terminaban de complicar su existencia.</p>
<p>¿Qué contaba Berges en ese teletipo de la agencia Efe, desde su privilegiada atalaya del <strong>Ópera</strong> de la calle San Antón? Una serie de frases temibles, un análisis sombrío del universo de nuestros bares. Que el 2019 fue &#8220;peor que el anterior&#8221; para el sector hostelero riojano y de ahí su pesimismo respecto al futuro: según sus fúnebres presagios, descontando los cierres de bares y restaurantes de las nuevas aperturas, hay un déficit de 85 negocios menos en La Rioja en apenas un año. Con una serie de causas bien identificadas: “La hostelería ha cambiado mucho y muy deprisa”. “En el centro de Logroño cada vez hay más cadenas grandes y menos establecimientos pequeños, mientras que en los pueblos han cerrado muchos locales familiares”, añadía. Y su mensaje evitaba todo resquicio a la esperanza en el 2020 todavía recién estrenado, que llega con subida de impuestos, “mientras que los hosteleros tienen complicado aumentar los precios a los clientes, quienes han reducido mucho el consumo”. Por ejemplo, Berges detecta una anomalía curiosa: la parroquia parece haber renunciado “casi totalmente” a las copas durante las noches de los fines de semana.</p>
<p>El dilema al que se enfrenta el sector en su conjunto recuerda bastante, según se desprende de las palabras de Berges, al que reflejaba aquel entrenador llamado Tim, para quien el fútbol era una manta pequeña: si te cubres la cabeza, los pies se quedan fríos. Porque de ese preocupante panorama no puede salir la hostelería con la falta de mano de obra cualificada que se observa desde hace demasiado tiempo (“Hay muy poca gente que quiera trabajar en festivos y fines de semana, los jóvenes relegan la hostelería a un trabajo de paso y, en cuanto pueden, se marchan a otro sitio”) pero tampoco manteniendo el actual ecosistema de retribuciones: los camareros se quejan en general de salarios bajos, lo cual explica su tendencia a emigrar. A otras barras o a otros negocios. Un panorama que se refleja en la frase con que Berges resume la situación del sector:<strong> “Es bastante complicado conseguir un buen camarero y después conservarlo”.</strong></p>
<p>Resumen: que viene un año complicado. Aunque algunas recientes aperturas alegran el espíritu (el <strong>Kabanoba</strong>, por ejemplo, recién aterrizado en Laurel), mientras se repasa estas declaraciones del jefe de la hostelería riojana pesa en mi ánimo la tristeza por alguna de esas despedidas todavía recientes. El 2019 fue el año en que dijimos adiós al <strong>Iturza</strong>, por ejemplo. O al recordado <strong>Alfonso</strong>. Y también al último intento de resurrección de <strong>La Granja</strong>. Cuya actual fachada, un insulto al buen gusto y un homenaje al incivismo, preside estas líneas y sirve como desolador símbolo de todos esos bares que ya se fueron.</p>
<p>P. D. El feo aspecto que presenta el sector del comercio en general no sólo se refleja en el preocupante balance del 2019 en materia de bares. Cualquier paseante por Logroño y alrededores habrá observado cómo el primer día del año en curso significó la desaparición de unos cuantos establecimientos emblemáticos, cuyos dueños bajaron para siempre la persiana. Comercios de todo tipo: cada logroñés sabrá valorar cuáles de esas despedidas le afectó en mayor medida: vaya aquí un recuerdo para uno que me dejó noqueado. El cierre del <strong>videoclub</strong> <strong>Chaplin</strong> de la calle <strong>Padre Claret,</strong> que significa también el fin de toda una época. La época en que un negocio de esta naturaleza tenía sentido.</p>
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		<title>El lado bueno del Iturza</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jul 2019 15:54:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Yo empecé a frecuentar el <strong>Iturza</strong> en los <strong>primeros 80</strong>. Fue cuando Laurel ya nos aburría y buscamos por lo tanto nuevas rutas. <strong>La calle Mayor</strong> se ofrecía como un destino idóneo para explorar todos aquellos bares que se escapaban de lo trillado. Por su cercanía y porque, compartiendo una fisonomía análoga, disponía de su propia personalidad. Una identidad parecida pero distinta. Así que salíamos del Moderno por la puerta de atrás e indagábamos qué nos ofrecía la Mayor en materia de barras. La del Iturza, por ejemplo. Cuyo responsable despachaba la tapa más intrigante que jamás he conocido: un huevo duro. A palo seco, espolvoreada de sal. Todavía algún bar recalcitrante del <strong>viejo Logroño</strong> mantiene ese hábito, el bocado más austero que pueda imaginar su clientela. Que en el Iturza añadía una broma muy propia de aquel tiempo: el señor <strong>Villaluenga</strong>, jaleado a veces por sus parroquianos, rompía la cáscara con su frente y servía luego el huevo en un platillo. La broma alcanzaba momentos delirantes cuando alguno de sus clientes más guasón le allegaba sin que se diera cuenta un huevo, sí, pero fresco. Cuya yema, una vez roto, caía por frente y alcanzaba sus carrillos entre risotadas unánimes. Incluyendo al propio damnificado, que aceptaba ese trance con elogiable sentido del humor.</p>
<p>Había otros bares en aquella ronda pero por alguna razón misteriosa, un intangible, el Iturza nos atraía con un nivel de magnetismo superior. Como algún otro, el <strong>Cuatro Calles</strong> por ejemplo, que disponía de mesitas para el tentempié de los sábados por la noche: ah, sus ricas cazuelitas&#8230;. O el cercano <strong>Bretón</strong> (no confundir con el café de la calle homónima), cuyo dueño solía vestir con chaleco y corbata. La ronda era más breve que la que proponía Laurel, pero dotada de su particular encanto, porque la clientela de todos esos bares se nutría del ala senior de los logroñeses adictos al chiquiteo, a quienes alguna gracia les hizo compartir durante aquel tiempo su pasatiempo favorito con las nuevas generaciones (con perdón). Y también a nosotros nos divertía, la verdad, confraternizar con quienes nos precedieron en las rondas eternas por el Logroño de siempre. Sobre todo, si transcurrían en el Iturza, donde por algún misterioso motivo la diversión estaba garantizaba. Tenía un ambiente especial, ese aire como electrificado.</p>
<p>Un ambiente que su descendencia supo mantener. Hablo de ese intangible antedicho. Aunque con los años regresamos sobre nuestros pasos y mantuvimos la fidelidad a <strong>Laurel</strong> mientras explorábamos nuevas rutas hacia la <strong>San Juan</strong> (costumbre que aún se mantiene), procurábamos dar una vuelta de vez en cuando por la Mayor. La frecuencia de este hábito se fue distanciando, entre otras razones porque la propia calle protagonizó una transformación harto conocida: abrieron nuevos bares que colonizaron la oferta hostelera pero en versión nocturna, una invitación al desparrame que me pilló ya mayor (o cansado) para atenderlos como merecían. Los antiguos bares, los del chiquiteo, murieron. Con una salvedad: el Iturza. Que resistió como pudo, bajo nueva dirección. Pero resistió. Con sobresaliente garbo. Esperó nuevos tiempos, observó cómo caían a su alrededor muchos de los bares nacidos al amor de las copas de madrugada, sobrevivió a todas las crisis&#8230; Con sus propios contratiempos, por supuesto, inherentes a un sector empresarial convulso como pocos. Que depende además de un factor incontrolable: los gustos. Los gustos de su potencial clientela.</p>
<p>Porque el gusto humano es inclasificable. Así como puede más o menos trazarse con alguna seguridad el itinerario de éxito o fracaso que acompañará a algunos bares en cuanto los inauguran, lo habitual es que ocurra lo contrario: que su suerte esté siempre por escribirse. Y que sea una trayectoria oscilante, con sus picos y sus valles. De repente, un bar se pone de moda por la misma razón por la que luego deja de estarlo. Con sus responsables preguntándose, en época de vacas flacas, qué hizo para merecerlo. Hay otros, sin embargo, como el Iturza donde las tendencias vienen y mar como las olas de la mar océana, porque su atributo principal se esconde en su intransferible identidad. Esa personalidad tan cañí que explica su éxito más reciente. Jóvenes promociones detectaron en el Iturza la antítesis del bar uniformizado que nos ha legado la globalización y lo entronizaron como su reino particular, a mayor gloria de los botellines (sobre todo, cuando se podían consumir en su puerta), de las rabas y de las <strong>gambas a la gabardina</strong>. Y del gran estilo que distingue a su ideológo, don Jesús.</p>
<p>A quien visité en esta época de renacimiento del Iturza y hasta le dediqué alguna entrada en exclusiva, como esa página de periódico destinada a glosar sus proezas que nuestro hombre tuvo el detalle de colocar en esa pared desde donde saludaba a los parroquianos. <strong>Como un dazibao logroñés.</strong> Recuerdo entrevistar a Jesús mientras se preparaba una infusión de estimulante aroma, lamentándose de cómo las ordenanzas municipales conspiraban contra su manera de entender el negocio que heredó de su tío. Avanzaba la conversación y la barra se iba decorando con figuritas de papel que el amigo Jesús elaboraba con primor e ingenio, un auténtico manitas. Un artista. Un artista también para Logroño en sus bares. Ahora, por enésima vez, anuncia que cierra. Como parece que en esta ocasión va en serio, yo ya lo empiezo a añorar. Y derramo una lágrima por el fin de los buenos tiempos, la tapa de huevo duro y el Logroño de toda la vida.</p>
<p>P. D. Como si fueran convocados al amor de<strong> &#8216;Mira siempre el lado bueno de las cosas&#8217;,</strong> el himno más oportuno para cada funeral, los incondicionales del Iturza se congregaron este jueves en la calle Mayor para despedir como merece al culpable de tantos buenos ratos. Jesús Villaluenga, que el lunes dejó de abrir la persiana que llevaba funcionando bajo su dirección desde 1989. Treinta años después, el Iturza deja un vacío entre las calles del Logroño de siempre semejante al que anida en el corazón de sus fans. Que fueron quienes se movilizaron para obligarle a esta despedida por la puerta grande. Y que tal vez entonaron como homenaje para sus adentros la inmortal tonada de los <strong>Monty Phyton</strong>: “Bien pensado, la vida es una mierdecilla/es una carcajada/y la muerte, una broma”.</p>
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		<title>Nuestro hombre en la barra, el último de la calle Mayor</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Jul 2016 08:11:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Formica y bizarrismo. Cervezas y autenticidad. Vino de la casa y casticismo. Una ración de gambas a la gabardina y otra de Frikoño. Una de calamares y otra de calle Mayor. Bienvenidos a uno de esos bares en donde a la hamburguesa todavía le llaman filete ruso. Donde carecen de tiempo para añorar la época en que triunfaba el huevo duro como tapa (almohadilla fetén para la ingesta diaria de vinazos y otras pócimas) y las cazuelas de bacalao sabían a delicatessen. Bienvenidos al reino de <strong>Jesús</strong>, el <strong>Iturza</strong> que defendieron sus antepasados cuando esta calle se erigía en avenida principal para incondicionales del chiquiteo, fanáticos de los tragos agrestes, la rutina pelín canalla: «Yo llegaba a servir rondas de hasta trece y catorce vinos».</p>
<p>Habla Jesús mientras se entrega a dos pasiones insospechadas: la papiroflexia y las infusiones. Afuera arrecia el bochorno. Dentro, los clientes llegan de uno en uno a la hora del vermú, encargan rápido la comanda (alguno ni siquiera tiene que pedirla) y se largan con velocidad parecida: les sirve el defensor del Iturza mientras deja para otro rato la ranita de papel que saluda a la parroquia desde la barra inmemorial que antes defendieron sus abuelos y su tío. Y cuando se toma un bebedizo imposible (melisa con regaliz, aclara), pone en marcha la moviola y le sale como sin querer el lado reivindicativo que cualquier hijo del <strong>Logroño</strong> de siempre lleva dentro.</p>
<p>Porque usted puede preguntarle a Jesús por el tiempo («Esta calle es muy fresca»), por sus bares favoritos (y citará <strong>El Soldado</strong> y <strong>La Jala</strong> entre otros) o por sus andanzas juveniles, cuando se permitía excesos que hoy se disuelven en el vaso de infusión que le sirve de aperitivo: da lo mismo, porque a cada palmo de conversación surgirá el dolor que le produce una legislación condescendiente con las terrazas que todo lo invaden y permisiva con el botellón que todo lo conquista, pero que se vuelve insensible contra quien se atrevía (como era norma en el Iturza) a tomarse la cerveza fuera del bar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Iturza-cartel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-701" title="Cartel del Iturza" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Iturza-cartel.jpg" alt="Cartel del Iturza" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Iturza-cartel.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Iturza-cartel-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces, Jesús se enciende, despotrica contra la autoridad («Yo juego con desventaja», se lamenta), derrama unas gotas de melancolía en homenaje a los buenos años y regresa a la rutina: esparce el perfume de las velas de sándalo por la barra breve, propina otro trago al bebedizo que se acaba de servir y que parece interminable, atiende al parroquiano recién ingresado con un chiste en la boca y mira pasar la vida por la barra que heredó de su tío, donde cumple<strong> 27 años de servicio</strong>. De ellos, trece en solitario.</p>
<p>Al periodista le conmueve el enorme parecido entre Jesús y su tío <strong>Miguel</strong>, a quien solía frecuentar cuando el bar carecía de cámara frigorífica y como tal ejercía una nevera con manivela que hoy debería pertenecer a un imaginario museo del Logroño fetén. Del Logroño de siempre, como este Iturza: solitario icono del dinamitado rosario de bares que convertían la Mayor en una alternativa algo camp a la Laurel. Bares que dotaban a la calle de su propia identidad, una personalidad misteriosa. Aquella <strong>calle Mayor</strong> dond<strong>e José y Pilar</strong>, los abuelos de Jesús, desembarcaron desde <strong>Villarejo</strong> hace más de 70 años, dato que convierte al Iturza en uno de los bares más veteranos de Logroño. Una barra que mudó su piel a finales de los años 60 y desde entonces se mantiene así, con la imagen más o menos invariables. Dos gabanes de otra época aguardan en el colgador a que los reclamen sus anónimos propietarios, pasa una logroñesa de nuevo cuño chilaba en ristre por la puerta y de fondo se oye el lamento eterno de Jesús: «Si me dejaran que la gente volviera a salir a la calle, sería un bar distinto».</p>
<p>En realidad, el Iturza ya lo es. «Sólo quedo yo de los bares de diario», proclama. Y lleva razón. El Iturza oficia entre los bares logroñeses como una suerte de Robinson, a quien la fauna juvenil le concedió una nueva vida porque detectó entre sus paredes pobladas de calaveras, cartelería viejuna y memorabilia diversa que, en efecto, estamos en un bar diferente a todos. Un bar galante con la <strong>tradición logroñesa</strong>, que añadía en la conquista de su clientela cierta mesura en la hoja de precios y otros atributos intangibles, que disparan directamente contra el corazón de la parroquia: esa atmósfera donde se concentra un destilado del pasado, la memoria fecunda de tanto logroñés acodado a su barra durante casi una centuria, el imán que ejerce sobre el público más juvenil, el encanto de su rotulación tan cañí pintada a mano. «Sí, este bar es distinto», acepta Jesús. «Aquí viene gente de todos los palos porque es un bar con personalidad».</p>
<p>&#8211; ¿Y el futuro, Jesús?<br />
Jesús se manosea la cabeza como suele, lanza una media sonrisa, ataca el vaso enorme de infusión. Titubea. Y contesta: «¿El futuro? Mantener nuestra identidad».</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/iturza.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-702" title="Iturza, interior día" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/iturza.jpg" alt="Iturza, interior día" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/iturza.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/iturza-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Jesús ha nombrado El Soldado y La Jala como dos de los bares que frecuenta cuando salta al otro lado de la barra. Luego añade algunos más, desperdigados también por el corazón de Logroño, cuando completa su listado de favoritos. <strong>Odeón</strong>, <strong>La Quimera</strong>&#8230; Céntricos y auténticos, como el Iturza: “Yo, de gastrobares y cosas de esas nuevas, nada”.</p>
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		<title>Bar Iturza, nueve letras</title>
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		<pubDate>Fri, 20 May 2016 07:18:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/iturza.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-668" title="Rótulo pintado del bar Iturza, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/iturza.jpg" alt="Rótulo pintado del bar Iturza, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez" width="622" height="79" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/iturza.jpg 622w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/iturza-300x38.jpg 300w" sizes="(max-width: 622px) 100vw, 622px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hace unos cuantos meses, recibí el encargo de colaborar con una publicación que pretendía reflexionar sobre el impacto que generan en <strong>Logroño</strong> algunos indómitos <strong>rótulos</strong> <strong>de comercios</strong> muy característicos. Espigué la lista de potenciales candidatos y me decanté por escribir sobre el <strong>bar Iturza</strong>, cuya <strong>rotulación</strong> tanto me ha intrigado desde antiguo. El caso es que el tiempo iba pasando, el proyecto no terminaba de cristalizar y hace unos días recibí de su promotor la noticia de que en efecto la publicación no verá la luz, al menos de momento. De modo que me ha parecido oportuno recuperar en esta entrada las líneas que en su momento puse en limpio sobre un bar muy particular y un rótulo no menos fetén.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ahí va el artículo:</p>
<p>El neón de los bares, la lírica callada de la tipografía, acompañan los pasos ciudadanos desde que el azar nos deposita en el mundo. <strong>Mundo Logroño</strong>. Así como el bar nos sirve de brújula, el rótulo es nuestro faro. Trepa la niebla desde el río, pero al fondo del <strong>Espolón</strong> parpadea la cegadora luz que nos avisa: estamos llegando a <strong>Ibiza</strong>, playa bajo los soportales. A lo lejos luce como un reclamo otro heraldo familiar: <strong>Samaray</strong>, hermoso nombre. Y sabemos que nos acercamos a casa cuando lo anuncia <strong>La Granja</strong>, que ilumina la calle <strong>Sagasta</strong> con una deslumbradora potencia de fuego, formando una nebulosa que se parece bastante a una pesadilla. Es una fantasía animada de ayer y de hoy, porque se nutre del rico catálogo donde bullen otros rótulos imperecederos: Pingouin Esmeralda, La Gaceta del Norte, Orive, Henry Colomer&#8230; Vecinos, el cartel de La Numantina, que todavía resiste, y otro ya olvidado: el del Instituto Nacional de Previsión, nomenclatura que haría feliz a Kafka.</p>
<p>Carteles que enmarcan la clase de democracia favorita de los logroñeses, la mesocracia, y que también contribuyen a su ceremonia civil preferida: irse de bares. Una iglesia laica que se anuncia de mil maneras, entre el neón y la brocha gorda, devota de un tipo de letrero que debe su fama al pintor que pinta con amor esas palabras donde día tras día se reconocerán varias generaciones: Bar Iturza. Nueve letras. Nueve, el número bíblico, <strong>el número del Espíritu Santo</strong>, lo cual resulta pertinente con la atmósfera ambiente del local de la calle Mayor, templo espiritual y dipsómano, adicto al misterio llamado gamba a la gabardina, suculento bocado y poderosa imagen que tal vez bautizó Ramón Gómez de la Serna.</p>
<p>Bar Iturza, <strong>la palabra pintada</strong>. Dos palabras para ti. Y entre las dos palabras, un registro azul eléctrico aporta el dato prosaico a la desteñida poesía que encierran los cuatro colores del letrero pintado contra la pared, cuya hechura imperfecta remite al día olvidado en que el pintor recibe el encargo y se pertrecha de pinceles. Cuando izado a la escalera perpetra esta manifestación de arte cotidiano y decide en honor de aquellos otros <strong>pintores logroñeses</strong> que le precedieron en el escalafón recurrir al marrón sutil, festonear de blanco las nueve letras y decantarse por el rojo como color dominante que nada domina, mientras al fondo brilla un azul inesperado ejerciendo de sombra. Cuatro colores al servicio tanto de la parroquia conspicua como de la recién llegada, una coalición de modernos de última hora, parvenus que todo lo ignoran sobre la dramaturgia del huevo duro, antaño divisa del Iturza cuando se traspasaba esta puerta presidida por los cuatro colores que la decoran.</p>
<p>Sucede que el cliente penetra ya en el bar sin ver el letrero, que tal es la hazaña máxima a que aspira cualquier artista: ser invisible. O al menos que lo sea su estilo. Alcanzar por lo tanto ese edén en que el artesano tipógrafo deviene en maestro pintor. Porque pinta con amor. <strong>Amor, diosa de los bares</strong>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. El artículo transcrito me permitió irme de excursión por los confines de la memoria y trazar ese itinerario de rótulos que he ido citando, donde reparé que exigen capítulo propio aquellos bares con más bellos letreros. Incluyo otro aquí que no aparecía en el texto: el <strong>Tívoli</strong>, que sus actuales regentes han tenido a bien recuperar en la remodelación todavía reciente. Una pena que por el camino se hayan extraviado otros no menos hermosos: <strong>Capri, Dickens, Turismo, Chevalier&#8230;</strong></p>
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		<title>Calle Mayor, el regreso</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Oct 2015 10:52:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Todo logroñés</strong> con cierta afición a<strong> ir de bare</strong>s debe reconocer su deuda con la <strong>calle Mayor</strong>. Es mi caso, ciertamente. Porque no olvido la mágica noche en que me estrené como cliente del <strong>Bar Bilbao</strong> (servicio restaurante, como apostillaba la publicidad de <strong>Radio Rioja</strong>), puesto que fue un día pródigo en estrenos: mi primer mitin, mi primera cena de fin de curso, la primera vez que en consecuencia disponía de permiso familiar para llegar un poco tarde… El mitin fue en la <strong>plaza de toros</strong> y aquellos mocetes de 14 años acudimos como quien se apunta a un concierto de los <strong>Rolling</strong>: no teníamos ni idea de la letra, pero la música nos gustaba. La música se llamaba <strong>democracia</strong> y el protagonista parecía lo más cercano a <strong>Mick Jagger</strong> que nunca verían nuestros adolescentes ojos: <strong>Felipe González</strong>, que llenó <strong>La Manzanera</strong>. No recuerdo nada más. Ni lo que dijo ni lo que no dijo: efectos tal vez de la niebla que se avecinaba, disfrazada de <strong>vino con gaseosa</strong> hasta hartarnos en el mentado Bar Bilbao.</p>
<p>Frente al Bilbao se situaba <strong>El Relicario</strong> y un poco más lejos, <strong>la bodeguita de Bezares</strong>. Se trataba de un castizo itinerario para la ronda diaria formado por bares gemelos por su casticismo, su aversión a los cambios, sus clientelas imantadas a cada barra: como si la dirección de los bares colocara a sus parroquianos de buena mañana en los respectivos pasos de paloma y de noche los ocultara hasta el día siguiente en el cuarto donde guardaba los taburetes. No olvido tampoco la <strong>fonda Antón</strong>, bizarrísimo local junto a <strong>Sagasta</strong>: parroquia intimidante y barra presidida por un teléfono gigante, negrísimo, que funcionaba a pasos para que los hospedados en tal fonda llamaran a sus lejanos domicilios, lo cual procuraban no hacer jamás. Yo acudía a por vinagre de vino y luego salía huyendo, porque los mesoneros, siempre a falta de un afeitado, se incomodaban si algún cliente tenía menos de 70 años y lo hacían notar con cada gesto. Lenguaje corporal, lo llamaban.</p>
<p>Después frecuenté para las rondas alternativas a la Laurel los bares del extremo de Poniente de la Mayor. El <strong>Iturza</strong> en su anterior encarnación, con su frigorífico de manivela y su tapa estrella: el alucinante huevo duro, que se servía tal cual, sin concesiones. El <strong>Bretón</strong>, en cuyo interior dormía un pozo, desde donde llegaba un agua fresquita y sabrosa. El <strong>Cuatro Calles</strong>, que ofrecía encantos adicionales: el dueño era del <strong>Barça</strong>, cosa poco corriente entonces, se parecía al cómico Danny Kaye (o a Fernando Fernán-Gómez, ya no recuerdo) y servía unas estupendas cazuelitas a módicos precios, con viandas procedentes también de tiempos muy lejanos: <strong>asadurilla</strong>, por ejemplo.</p>
<p>En la misma época de aquellas incursiones casi cotidianas abrió<strong> La Costanilla</strong>, primer bar que llamaba a las puertas de la modernidad. Instaló un recio magnetofón que escupía los himnos de la época, servía una tapa digna de semejante nombre (milagro) bautizada como zapatilla (pan con jamón: un hallazgo) y sus dueños podían ser nietos de los camareros de la Fonda Antón. Quiere decirse que eran modernos, en efecto. El bar era amplísimo, dotado de mesas en varios niveles, y tenían la manía de la limpieza: estaba siempre reluciente. Un asco, vaya. Por eso preferíamos la oscuridad que garantizaban otros bares vecinos, ese submundo tan fascinante que proponían la bodeguita <strong>Montiel</strong> (en Santiago) o, en la misma Mayor, el <strong>Tigre</strong> y su fascinante gramola, el Tigre y su fascinante cabeza disecada.</p>
<p>Cuando la calle se convirtió en destino predilecto de la generación posterior y se transformó en <strong>zona de copas</strong> (¡¡¡De copas!!!), quien esto firma optó por la retirada. Apenas vuelvo por allí; alguna visita al Iturza y pare de contar el improbable lector. Se entenderá por lo tanto mi entusiasmo cuando el otro día vi metamorfoseada en bar la antigua carpintería de<strong> Alfredo Rodríguez</strong>, que fue mi vecino y a cuya familia profeso sincero afecto; en contrapartida, su hijo Justo, compañero de fatigas en Diario LA RIOJA, nos regala esta estupenda foto. El local se llama <strong>Guardaviñas</strong>: coqueto maderamen, estupenda cocina y convincente servicio de vinos. Los dueños de la fonda Antón alucinarían si resucitasen y vieran que en la actual calle hay bares donde ya no sirven vinagre de vino. Sobre todo, les sorprendería ver qué hemos hecho sus descendientes con los teléfonos: aquel artefacto ha dejado de ser el bulto sospechoso que todos evitaban utilizar. Hoy es ese chisme alojado equidistante de la copa del vino y el pincho que empleamos para fotografiar los buenos ratos que nos regalan los bares. Mientras brindamos por la dicha de regresar a la Mayor y saldar la deuda que uno tenía con la calle y con sus bares.</p>
<p>P.D. Me sigue resultado extraño pensar en la calle Mayor como zona de copas. Cuando alguna mañana de fin de semana cruzo por allí y veo los estragos de la noche anterior, me parece que camino por otra ciudad: se trata de una enfermedad llamada melancolía. Añoro los tiempos en que la calle fue arteria principal de Logroño y por eso mismo me alucina y maravilla comprobar cómo resiste <strong>Primi</strong>, con su estupendo pan que tan feliz me hizo de crío. Cuando compraba siempre una barra de más porque mientras llegaba a casa me daba tiempo de zampármela.</p>
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		<title>Los bares bizarros</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Jan 2013 10:08:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/iturza.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-55" title="Entrada al bar Iturza, esta misma semana, según la cámara de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/iturza.jpg" alt="Entrada al bar Iturza, esta misma semana, según la cámara de Justo Rodríguez" width="622" height="415" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/iturza.jpg 622w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/iturza-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 622px) 100vw, 622px" /></a></p>
<p>Un corresponsal me advirtió hace tiempo de que el uso que yo atribuía al adjetivo tan de moda, <strong>bizarro</strong>, era incorrecto. Lo comprobé en la <strong>RAE</strong> y concluí que llevaba razón. Bizarro, advierte la Academia, significa valiente en su primera acepción y generoso, lúcido o espléndido en una segunda entrada. De unos años a esta parte, bizarro es sin embargo una palabra que se adjudica a algo más indefinible: personas, cosas o conductas un pelo fuera de lo normal, singulares. Con una singularidad, añado yo, como de otra época, cercana al casticismo. Un punto cañí. Por eso hablamos a veces de bares bizarros: aquellos que funcionan como una máquina del tiempo y te transportan a un momento de la historia ajeno al común de los presentes días, pero al mismo tiempo muy vigente.<br />
Los bares bizarros de <strong>Logroño</strong> siempre serán para mí por lo tanto las veteranas barras de la <strong>calle Mayor</strong>. Es decir, no aquellos garitos contra los que hoy se empotra la clientela más joven en las noches del fin de semana, que han transformado la calle hasta dejarla irreconocible para unos cuantos entre quienes me incluyo. No, los bares bizarros son aquellos otros cuya parroquia envejece con ellos y mantiene una extraña lealtad a los antiguos hábitos y tradiciones. De ahí su encanto.<br />
Hacia los primeros 80, nadie con menos de 30 años se daba una vuelta por la Mayor, de modo que descubrir aquellos bares donde se aparcaba la generación de nuestros padres y abuelos tuvo algo de epifanía. Lo he contado aquí en la entrada dedicada al <strong>Moderno</strong>: uno salía por la puerta trasera que daba al restaurante <strong>La Bombilla</strong> y de repente se le abría un mundo desconocido, con bares anónimos e intercambiables que sin embargo eran también al mismo tiempo únicos en su condición. Supervivientes de cuando la calle contaba con mucha más vida, vida vecinal y vida comercial, vida por supuesto hostelera. La ronda solía empezar en el <strong>Iturza</strong>, se detenía en un bar situado enfrente cuyo nombre he olvidado, cruzaba de nuevo la acera para una parada en el <strong>Bretón</strong> y concluía en el aledaño <strong>Cuatro Calles</strong>, garito que disponía de otros alicientes añadidos a la trasiega de alcohol: su dueño, que era pelirrojo y tanto nos recordaba al actor Danny Kaye (ya olvidado, supongo). Y, rareza máxima, el tipo era del Barça, lo cual entonces representaba una extravagancia. Además, reservaba en un rincón unas mesas para servir cazuelitas, otro exotismo en aquella época donde lo habitual eran bares sin ningún tipo de aliciente culinario.<br />
Se exceptúa, eso sí, el Iturza, que ofrecía el pincho más raro que yo recuerde: un huevo duro. Repito: un huevo duro. El dueño extraía de una nevera contemporánea de Napoleón las bebidas y si la clientela le jaleaba, a veces aceptaba pelar el huevo duro luego de machacarlo ¡contra la frente! Se me saltan las lágrimas. Hoy todavía no puedo entrar en el Iturza sin refrescar esos prodigiosos días, cuando quienes empezábamos a afeitarnos pensamos que había una alternativa a la Laurel a poco que otra generación explorase los viejos territorios del Logroño de siempre. De hecho, poco después se abrió en la Mayor el primer bar ‘moderno’ que hizo bueno nuestro pronóstico: se llamó <strong>La Costanilla</strong>, ya disponía de una tapa digna de tal nombre (una zapatilla: esto es, una rebanada de pan con jamón y tomate) y su estilo era definitivamente otro, más acorde con los nuevos tiempos que se avecinaban y que se concretarían luego en el vecino <strong>Tifus de Travesía de Santiago</strong>. Nada que ver con esos antros que fueron declinando con la excepción mentada del resucitado Iturza, que funciona hoy un poco como me parece que funcionó en aquellos días. Como una especie de faro del fin de los tiempos, orgulloso de su estirpe, el último bar de toda una época. Un bar que hace bueno el adjetivo bizarro. Valiente, generoso, lúcido, espléndido y también singular.<br />
P.D. Esa antigua exploración por la calle Mayor representó un descubrimiento de un puñado de bares que estaban ahí, esperando a que alguien los incorporase a la habitual ruta dipsómana. Un viaje que incluyó alguna cata en el <strong>Negresco</strong>, ya mencionada en este blog, y la conquista para los nuevos usos juveniles de otro garito muy querido, el <strong>Tigre</strong>, con su (en efecto) hermosa cabeza de tigre disecada. También disponía de  una estupenda <strong>juke box</strong>, una de las últimas de Logroño, que me invitó hace años a un escribir un relato corto publicado en una antología que editaba entonces <strong>Diario LA RIOJA</strong>. Cualquier día lo traigo por aquí.</p>
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