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	<title>Logroño en sus baresJorge Vigón &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Tizona, la tortilla que sabe a pasión</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Jun 2019 15:57:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La tortilla del Tizona</strong> sabe a lo que saben todas las golosinas que ocupan su suculenta barra. Sabe a ilusión, a entusiasmo y pasión. Es un bocado excelente, fino y delicado, pero también sabroso. Pero llega adornado no sólo por un punto de ligero picante, sino por esa clase de complicidad forjada entre quienes defienden con sentido de la profesionalidad una barra y la clientela fiel, con quienes <strong>Carlos y Ana</strong> ejecutaron en su momento su particular desfile culinario de Hamelín: desde la cercana avenida de Colón, donde recogieron el testimonio también modélico de <strong>Jesús y Ana</strong> cuando éstos se jubilaron, se mudaron hasta <strong>Ciriaco Garrido</strong>. Tomaron bajo su tutela un bar que no terminaba de cuajar luego de varias encarnaciones, lo rebautizaron como el Tizona y se emplearon en hacer lo que mejor saben: desplegar un derroche de profesionalidad y sabiduría gastronómica, que han forjado una alianza de éxito en esta zona peatonal del centro de Logroño.</p>
<p>Y que además ven saludada su apuesta no sólo por el reconocimiento de su parroquia, sino también por los éxitos que jalonan su trayectoria. Sus triunfos en unos cuantos certámenes distinguen una trayectoria inquieta, como se puede apreciar traspasando su puerta o viajando por el éter. Sacar adelante un negocio hostelero exige esfuerzo, quién puede dudarlo. Pero cuando sus promotores se aplican con ingenio, compromiso y originalidad se sitúan en el carril correcto para culminar sus propósitos a entera satisfacción. Es el caso del Tizona. Y si además de sus cocinas siguen saliendo esas golosinas tan suculentas, se entenderá el estupendo aspecto de clientela que presenta su barra y las mesitas para los almuerzos y las cenas informales, <strong>terraza incluida.</strong></p>
<p>A este panorama tan fetén le acaba de nacer un aliado poderoso: el Tizona viene de ganar el concurso de tortillas que organiza <strong>Degusta La Rioja</strong> con elevadísimo impacto. Y con elevadísimas consecuencias: los fogones tienen ahora que multiplicarse para satisfacer el aumento de la demanda que el premio acarrea. Lo ganaron por cierto en la modalidad clásica; el premio reservado para las tortillas que añaden otros ingredientes viajó hasta <strong>Nájera</strong>, en la primera edición del concurso abierta a los bares de toda la región. El <strong>Virginia</strong>, ejemplar establecimiento ya destacado aquí unas cuantas veces y las que haga falta, se hizo con ese galardón. Habrá que volver por sus lares a catarla, aunque se supone que ya habrá notado la feliz repercusión que también experimentan en el Tizona. Valga un ejemplo: como explican Ana y Carlos, de una media de 7 tortillas a la semana, han pasado nada menos que a sumar 100 más. Ha leído bien el improbable lector: 100 más. <strong>Hasta un promedio semanal de 117</strong>. Lo cual explica un cartel que estos días se exhibe en su barra, donde alertan de que los pedidos deben hacerse con 24 horas de antelación y se anuncian ciertas normas para el funcionamiento fetén del resto de comandas. Las servidumbres del éxito, ya se sabe.</p>
<p>No se trata por otro lado de ninguna novedad, sino de un fenómeno semejante al experimentado por los ganadores en años precedentes. Seguro que es también el caso antedicho del Virginia najerino. Mientras llega el día de probar su tortilla ganadora, aquí va el resumen de mi experiencia con la del Tizona. Sobresaliente. A mi humilde juicio, llega a la mesa en su punto justo de textura: ni mazacote, ni convertida en papilla como es moda en otros bares. Dan ganas de pedirse otro pincho pero la operación bikini no lo permite. Prometo volver para indagar en su secreto, que en realidad no existe: el misterio, como sus propios hacedores confesaban hace unos días en las páginas de<strong> Diario LA RIOJA</strong>, consiste en que se emplean productos de primera calidad, una mano diestra en las sartenes y los otros intangibles antedichos. Es decir, una generosa dosis de ilusión, otro chorro similar de amor por el oficio, un punto de entusiasmo genuino y una pasión infinita. El resultado se puede adivinar. Desde luego, también se puede catar: una tortilla excelente. Y también se puede felicitar a sus responsables, mientras intentan superar el (dichoso) lío en que se han metido. Y dedicarles por ejemplo el mismo elogio con que abandoné el otro día su jurisdicción, con un sabor de boca inmejorable: (casi) mejor que la tortilla de <strong>La Concordia.</strong></p>
<p>P. D. Mencionar el Tizona es regresar en la memoria hacia los gratos años de los vermús dominicales y masivos en la zona de Jorge Vigón, vecina a la de avenida de Colón donde se alojaba el establecimiento original. Aquella ronda ha aparecido unas cuantas veces por este mismo espacio: pido disculpas por canso al improbable lector por repetir el querido itinerario: del <strong>Vivero</strong> era norma saltar a los tres bares cercanos, en la avenida aledaña. El Tizona, por supuesto. También el <strong>Texas</strong>, ya llegando hacia la calle <strong>Villamediana</strong>. Y cerca de <strong>Jorge Vigón</strong>, el único que aún se mantiene abierto aunque con otra denominación: el <strong>Apolo</strong>. También tuvo una larga y fecunda etapa el Tizona en sus años finales, bajo la dirección mencionada de Jesús y Ana, una garantía para el picoteo de fin de semana por la alta calidad de las cazuelas que despachaban sus fogones. Hoy, su puerta permanece cerrada. Pidiendo a gritos la resurrección que merece por tan buenos ratos pasados acodados a su barra o sentados en aquellas mesitas bajas donde se regalaba a la clientela una dosis gratis de gimnasia.</p>
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		<title>Doctores Castroviejo, el regreso</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Oct 2018 07:33:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>En aquel <strong>Logroño del tontódromo</strong>, como ya tengo anotado por aquí, se reproducía a escala gastronómica y festiva la vieja idea de las dos Españas: o eras de <strong>Cibeles</strong> o eras de <strong>Torcuato</strong>. <strong>Uno de los dos emparedados</strong> iba a alegrarte el corazón. Mención aparte merecía el <strong>Beti</strong>, que aunque cercano, jugaba en su propia liga a este respecto porque por alguna razón carente de lógica se excluía de las rondas de la juventud de entonces, cuya frontera norte se alzaba a la altura del <strong>Porto Novo</strong> de Ciriaco Garrido, más o menos. De ahí hacia <strong>Jorge Vigón</strong>, los dos emparedados de sendos bares rivalizaban en atraer a una clientela muy militante, casi fanática: era raro tropezar con algún parroquiano que mostrara sus preferencias por ambas gollerías al unísono. Lo habitual era lo contrario, lo antedicho: o eras de Cibeles o de Torcuato. Lo que significaba decantarte por el emparedado de lechuga y anchoa propio del primero o por el de tomate y jamón york propio del segundo.</p>
<p>Yo era más bien del primero, debo confesar. Pero de vez en cuando no le hacía ascos, sino más bien al contrario, al segundo. Ambos competían también en otra categoría: la de registrar apabullantes llenos para el vermú dominical, costumbre en retroceso como también he comentado alguna vez. Cuando cruzo cada domingo por ahí a la hora del aperitivo me sigo asombrando: calles desiertas que antes ocupaba una multitud, desparramada por los locales cercanos de Jorge Vigón o <strong>Avenida de Colón</strong>. ¿Dónde está toda esa gente ahora? Ni idea. Lo que sí tengo claro es que, aunque hayan salido huyendo de Logroño los domingos, ninguno de ellos olvida que una vez deambuló por aquí a esa hora en que Cibeles y Torcuato se disputaban el título de mejor emparedado de Logroño. Porque tengo comprobado que en cuanto menciono a mi alrededor aquel pugilato, se activa entre mis interlocutores su propia moviola y la conversación se alarga en plan <em>Cuéntame</em> hasta las tantas.</p>
<p>Y porque además vengo de sentarme días atrás en la apacible terraza de <strong>Doctores Castroviejo</strong> que hoy defienden los sucesores de Torcuato bajo la denominación reciente de <strong>Días de Norte</strong> y corroboro que no son pocos los clientes actuales que se alojan en sus veladores o en su coqueto interior y preguntan a los camareros si siguen elaborando sus inolvidables bocados, ideados según la receta que debemos al aristócrata inglés <strong>John Montagu</strong>, cuarto conde de (tachán, tachán) <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%A1ndwich">Sandwich</a>. Y sí, resulta que sí: entre la deliciosa carta de productos de raíz cántabra que ahora defienden aquí estas encantadoras damas y serviciales caballeros puede el curioso tropezar con su oferta en emparedados aunque (ay) no son los mismos. Ocurre que hoy nada es lo mismo, claro. Porque resulta que nuestros delicados paladares ya no tolerarían, como tampoco aceptarían nuestras tripas, un emparedado que se elaborase como antaño era norma: con mayonesa casera.</p>
<p>De donde se deduce que hemos sobrevivido los logroñeses de milagro. No sólo nos bañamos de críos en aquellas piscinas del Ebro carentes de cloro y otras medidas higiénicas que tanto recordaban al Ganges hindú, sino que ingerimos después toneladas de emparedados con aquella salsa artesanal y aquí estamos, dando guerra todavía. Lo dicho: prodigioso. Homérico. Porque además no sólo la mayonesa tiene que venir ahora manufacturada por alguna marca de confianza, sino que el emparedado debe ir envuelto en papel film, según informaban amablemente los camareros, que compartían con su clientela su intrigada curiosidad por conocer la receta de aquellos bocados con la intención de perpetuarla. La dueña salió incluso a la terraza libreta en ristre, participando de sus cavilaciones (porque pretende mejorar su oferta culinaria, ya excelente), con una vehemencia conmovedora: conmovedora porque resulta más habitual tropezarse con lo contrario. De manera que encontrar a una plantilla de camareros y sus dueños tan comprometidos con perfeccionar su desempeño me parece tan ejemplar como emocionante.</p>
<p>Razón de sobra para traer por aquí esta recomendación: Días de Norte tiene muy, muy, muy buena pinta. Luego de algunas mejorables reencarnaciones recientes, una vez cerradas sus puertas el viejo y querido Torcuato, sus nuevos dueños ofrecen una carta de tragos y bocados de alto nivel. Con productos frescos, fresquísimos, que llegan desde la cercana Cantabria porque de allí procede uno de sus propietarios. Y además ya digo que, al menos según mi experiencia, el trato es atento y profesional. Con una rapidez en el servicio asombrosa, teniendo en cuenta también otras experiencias frecuentes: cuando de repente te conviertes en invisible para los camareros que pasan a tu lado y luego tardan una eternidad en regresar con la comanda. Cosa que en Días de Norte no ocurre. Al contrario: no extrañará a nadie que pase ante su puerta el estupendo aspecto que presenta de público, así dentro como fuera, en los escasos dos meses que lleva abierto. Una promesa de brillante futuro en cuanto se alineen otros dos astros vecinos que anuncian novedades: cuando se abran las puertas del edificio de la <strong>Inspección de Trabajo</strong> y se renueve el <strong>Isasa</strong>. Una promesa de que tal vez, algún día próximo, la zona entera se reconvierta en tontódromo. Y regrese el pugilato célebre, en forma de interrogante: dónde preparan los mejores emparedados de Logroño. Respuesta: en nuestras memorias.</p>
<p>P. D. Aunque el conjunto de la manzana donde se aloja Doctores Castroviejo jamás vuelva a alcanzar aquella poderosa imagen que deparaba cuando una muchedumbre se reunían para abrevar en sus barras míticas, debe aceptarse que al menos esa calle mantiene viva la llama antigua: además de Días de Norte, el vecino <strong>Cakao</strong> (que algunos seguimos llamando Cibeles), el<strong> K&#8217;Quinti</strong> y el <strong>Oslo</strong> perpetúan la tradición reciente y la antigua. Y debe también anotarse que esas dos próximas aperturas arriba mencionadas (la antigua comisaría, el Isasa), pueden contribuir a que ese rincón del Logroño de siempre reviva sus días mejores. Para felicidad de hijos y nietos de quienes una vez se alistaron en el club de fans de los dos emparedados tan añorados.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Lyon, cumpleaños feliz</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Mar 2018 09:33:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Como ha ocurrido en ocasiones precedentes, este blog se abre hoy a las aportaciones de una estrella invitada: el querido compañero <strong>Martín Schmitt</strong>, que comparte desvelos en esta casa que con tanta paciencia nos acoge. Dueño por cierto de su propio itinerario como cliente de tantos bares del <strong>barrio de Lobete</strong> que también compartidos. Y ahí ha puesto el ojo y afillado la pluma: para reseñar como merece el cumpleaños recién celebrado por una de las referencias de este rincón de Logroño, el <strong>Lyon</strong>. Así que allá va lo que nos cuenta.</p>
<p><strong>El 9 de marzo de 1983 los hermanos Paulino y Santiago Robres</strong> abrían por primera vez la puerta del Lyon, un pub que se ha transformado en taberna con una coqueta decoración pero cuya alma continúa inalterable al paso del tiempo, siempre en el mismo sitio (<strong>Jorge Vigón, 55</strong>) y atendido desde hace más de dos décadas por el menor de los Robres, familia oriunda de <strong>Azofra</strong>. Nada menos que <strong>35 años de historia,</strong> quizá el establecimiento más longevo de la ciudad que siempre ha estado bajo la misma tutela.</p>
<p>Con <strong>Joaquín Sabina</strong>, un clásico de la taberna de Lobete, sonando de fondo, el bar se montó en una lonja propiedad de su padre. Paulino, que por entonces tenía 22 años de edad, y Santi, de 19, siempre lo tuvieron claro: “Queríamos que fuese un pub, no un bar de barrio”. Por aquellos años, esta zona de Lobete “estaba muerta”. “Estaba el <strong>Pierrot</strong> y poco más”, rememora Santi. Con moqueta de la época, los vidrios tintados, elegantes sofás y una generosa barra bien surtida, el establecimiento arrancó con el horario de apertura de pub: a partir de las 15 horas.</p>
<p>Poco a poco, por el lugar empezaron a aflorar distintos establecimientos que hicieron de la zona una referencia en los años ochenta diferenciada de la zona de marcha. Con <strong>Manhattans, Brandy Alexander, licores y cócteles sobre la barra</strong>, el Lyon comenzó a reunir a una interesante clientela venida de distintas zonas de la ciudad, e incluso a celebrar cotillones de Nochevieja. “Bajaban unas cuadrillas muy majas”, afirma Santi y nombra a distintos empresarios, magistrados, deportistas (muchas plantillas del Logroñés, por ejemplo) y políticos de distintas épocas.</p>
<p><strong>El Isopo, el Cristal, el Montevideo, el Bianco, los Delfines, el Jaque, el Piano</strong>&#8230; La zona se fue convirtiendo en un barrio de copas que atraía a muchos logroñeses. Fueron los años dorados de esta esquina del este de la capital hasta que se puso de moda la plaza del Mercado y el esplendor dejó paso al declive del barrio, a vivir su peor época. Pero el Lyon tuvo la capacidad y la clientela suficiente para no caer en ese ocaso que no solo destruyó pubs; también se llevó por delante alguna vida.</p>
<p>Paulino, ya por los años noventa, dejó el bar para centrarse en el negocio de los seguros y Santi continuó simultaneando su trabajo en un local de suministros industriales con el pub hasta hace tres años y medio, cuando cumplió medio siglo de vida. El negocio siempre fue una cuestión de familia. Su padre, también llamado <strong>Paulino</strong>, acudía cada mañana a limpiar. Al fallecer, hace diez años, el relevo lo tomó su madre, <strong>Beatriz</strong>, que hasta el día de hoy se encarga de dejar impoluto un local que con el paso del tiempo ha sufrido una metamorfosis. De hecho, en el 2011 cambió drásticamente de &#8216;look&#8217; para transformarse en una coqueta taberna irlandesa.</p>
<p>Pero antes, con la construcción del aparcamiento subterráneo de Jorge Vigón, el barrio se revitalizó. Mucho tuvo que ver la apertura del<strong> Drunken Duck</strong> en la esquina de Jorge Vigón y Eliseo Pinedo, que empezó a atraer nuevamente a gente de fuera de Lobete. Los &#8216;camellos&#8217; fueron desapareciendo, las redadas policiales en la zona fueron disminuyendo y aquellos antiguos pubs se transformaron en bares de barrio, como el Rincón de las Tapas, el Vigón, el Sol Nórdico o el Dos Torres. Y la taberna del Lyon como testigo de los continuos vaivenes de Lobete, siempre fiel a su estilo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/03/lyon-combo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1032" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/03/lyon-combo-300x209.jpg" alt="lyon-combo" width="300" height="209" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/03/lyon-combo-300x209.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/03/lyon-combo.jpg 575w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El nombre del establecimiento fue una casualidad. Querían los Robres un nombre corto para un pub. Y el escogido fue Lyon. Buscaron entonces el escudo de la ciudad gala y le sumaron unas uvas para<strong> riojanizar la imagen del pub</strong>. Una taberna que en sus inicios proyectaba películas, incluso antes que en los cines, aunque con el paso del tiempo (y con la marcha del negocio de Paulino) el fútbol fue ganando protagonismo. Las moquetas, los sofás de los ochenta y los cócteles dejaron paso a la madera, a las publicidades de taberna, a los adornos de un club de golf inglés, a las copas y la cerveza. Mucha cerveza.</p>
<p>Son muy pocos días los que en estos 35 años de vida ha cerrado sus puertas el <strong>Lyon Tavern.</strong> Quizá algún partido de su querido <strong>Barça</strong> al que acudía Santi con amigos o una época en la que estuvo saliendo con una joven dama del barrio, que le reclamaba más allá de las puertas de su local. Pero nunca hubo boda. “Me casé con mi bar, del que me fiaba más”, afirma con una sorna inocente el propietario. Gracia y orgullo, el mismo con el que puede llegar a hablar (no a mostrar) de su camiseta firmada del mismísimo<strong> Leo Messi.</strong> Un regalo que le dio <strong>el jugador del</strong> <strong>Athletic de Bilbao Óscar de Marcos</strong>, que también tiene un ronconcito en donde se le recuerda.</p>
<p>Luego de estos 35 años de vida, Santi tiene innumerables historias, algunas que no puede revelar por “secreto profesional” y otras que ya forman parte del decorado del Lyon, como <strong>las visitas casi diarias del extinto Taburete</strong>. Sobre su barra se han materializado fichajes del Logroñés, se han creado partidos políticos, se han escrito libros y creado canciones, entre otras mil anécdotas. Después de estas tres décadas y media, su propietario se confiesa “inmensamente feliz”. Santi tiene la clientela que quiere y disfruta de su trabajo como pocos. Seguirán pasando los años y seguramente allí estará el Lyon Tavern, “since 1983”, como reza el rótulo de la entrada, como testigo discreto de la hostelería logroñesa.</p>
<p>P. D. Como bien anota el compañero Martín Schmitt, el Lyon contribuye a forjar una dinámica zona de bares allá al fondo de Jorge Vigón, donde tiene su domicilio quien esto firma. Quien por otro lado reconoce que eso de acudir a los bares que le caen demasiado cerca de casa no goza de su predilección, de modo tiende a desertar tanto del vecino Lyon como de la mayoría de bares arriba incluidos. Porque nos gusta estar en los bares <strong>mejor que en casa</strong>: y si la casa pilla demasiado cerca, el bar de abajo parece más la prolongación del sofá familiar que una alternativa para nuestro pasatiempo favorito.</p>
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		<title>Jorge Vigón, la tercera vía</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Jan 2013 16:12:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/cristal-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-73" title="De Cristal a Goxo, hoy cerrado" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/cristal-1.jpg" alt="De Cristal a Goxo, hoy cerrado" width="600" height="407" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/cristal-1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/cristal-1-300x204.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>A petición del público, cierro aquí la excursión por las tres zonas de copas nocturnas que en <strong>Logroño</strong> han sido… antes de que el<strong> Casco Antiguo</strong> se ofreciera a alojar dicha actividad. En el principio fue<strong> la Zona</strong>, la Zona única, la que todavía se sigue llamando así; a rebufo de su éxito nació otra que no llegó a cristalizar y también mereció unas líneas en este blog: era la que tuvo la <strong>calle San Millán</strong> como eje. Y la tercera, que surgió por aquella misma época (mediados de los años 80), ha sido citada aquí repetidamente en los comentarios de mis queridos corresponsales: se aposentaba en el tramo final de <strong>Jorge Vigón</strong>, con epicentro en el fallecido pub <strong>Cristal</strong>.</p>
<p>Yo no la frecuenté mucho. Si caía por allí casi siempre era para pasarme por el <strong>Isopo</strong>, garito con varias vidas ahora resucitado como cafetería de barrio y bautizado como<strong> Sol Nórdico</strong> (curioso e intrigante nombre, por cierto). Creo que su momento de esplendor me pilló ya demasiado veterano para apreciar la gracia del Cristal y su colección de vespinos en la puerta, que invitaban según recuerdo a conquistar la calle como si fuera <strong>Montmeló</strong>: aquellos émulos de <strong>Ángel Nieto</strong> instituyeron un circuito inofensivo que les llevaba hasta las famosas ‘eses’ de <strong>Albia de Castro</strong>, a la altura del <strong>D´Elhuyar</strong>. Unas curvas que no todos los pilotos supieron negociar como debían, de modo que regresaban tullidos (pero felices) al hogar materno: esto es, el Cristal.</p>
<p>Como se deduce, aquel fue un bar netamente juvenil, más propio para la clientela que daba sus primeros pasos nocturnos, de modo que estaba un poco como fuera de lugar en una ruta más propia para dipsómanos veteranos. Así ocurría en el vecino <strong>Pierrot</strong>, hoy transformado en otro bar de barrio, pero que en su buena época fue la primera piedra de aquel itinerario. La ronda seguía en el mentado Cristal y concluía en el <strong>Lyon</strong>, ahora también reconvertido en taberna british aunque con la clientela más fiel de la que tengo noticia por Logroño. Fin de la excursión, salvo para quienes como yo se animaban a cruzar la acera y penetrar en el Isopo, cuyo aliciente máximo no era tanto las copas como dos hallazgos en los que fue pionero: la recuperación del futbolín y el billar americano. Dos pasatiempos que triunfaron, como tantas cosas, en cuanto también supieron enganchar al público femenino: atraía como un imán a los parroquianos que  ingresaban en el garito y se topaban con unas cuantas damas en decúbito prono, taco en ristre, dándole a la carambola. Una propuesta imbatible que, sin embargo, ha ido declinando pero que entonces representó una curiosa conquista arrebatada a su hábitat natural, los salones de juegos. Claro que éstos eran casi cosa de hombres. Como el coñá.</p>
<p>Este repaso de la Zona de de Jorge Vigón, aquella tercera vía, quedaría sin embargo incompleto si no se añadieran a sus epígonos. Hemos citado Albia de Castro unas líneas arriba: la calle, la curiosa calle curvada y ahora truncada por la playa de cemento alrededor del polideportivo de<strong> Lobete</strong>. Volvemos sobre nuestros pasos para recordar que aquel recorrido se detenía allí, como una extensión con un punto más rocanrolero, rama jevi. Así se sustanciaba la oferta musical del veteranísmo <strong>Jake</strong>, venerable garito con inclinación metalera que resiste ya como solitario enclave y rebautizado desde su original denominación como <strong>Camarote</strong>. Antes le acompañaron otros garitos también memorables: casi pared con pared se erigía el <strong>Plas</strong> y un poco más allá, ya en la plaza, aquel exitoso <strong>Blue Moo</strong>n que me tuvo entre su clientela sabatina unas cuantas noches, atraído por su buen gusto en la elección de los discos. Hoy, clausurado igual que su hermano de la esquina, el pub <strong>Los Delfines</strong> de insólita decoración (sí, en efecto: lleno de delfines), sirve para recordar lo que aquella Zona representó un día: una alternativa que no llegó a triunfar pero que hoy sobrevive, con bastante buena salud, como un itinerario de bares de barrio, propicios para el aperitivo, el almuerzo, el cafelito de media tarde, el vino de última hora y hasta alguna copa de madrugada. Es decir: Logroño en estado puro.</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/jake-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-74" title="El Jake de Albia de Castro" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/jake-1.jpg" alt="El Jake de Albia de Castro" width="600" height="383" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/jake-1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/jake-1-300x192.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>P.D. El mentado Jake alcanzó como pronosticó <strong>Warhol</strong> su cuota de popularidad en los años 80. En su caso, porque estaba regentado por una de las chicas miembros del festivo grupo <strong>Las Vulpes</strong>, banda punk que alcanzó sus quince minutos de celebridad gracias a la censura a que fue sometido su tema ‘<strong>Me gusta ser una zorra’</strong>, cuya letra vista retrospectivamente sólo mueve a la sonrisa… salvo para aquellos que se escandalizan con cualquier cosa. Aquí os dejo un enlace a youtube con su mítica actuación en el no menos mítico &#8216;La caja de ritmos&#8217; por si alguien lo quiere comprobar por sí mismo.<br />
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