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	<title>Logroño en sus baresLa Granja &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Días sin bares (VI)</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2020 17:34:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Una mano amiga me hace llegar la foto que ilustra estas líneas. Ha leído, según me avisa, la última entrada que dediqué hace unas semanas a responder a ese cuestionario prusiano donde uno se retrata a través de sus predilecciones en materia de bares. Aquellas líneas, encabezadas por <strong>una soberbia foto de Jalón Ángel</strong> recuperando la imagen de <strong>La Granja</strong>, le animaron a suministrarme este otro retrato en blanco y negro, donde el logroñés más veterano seguirá reconociendo el coqueto local de la calle <strong>Sagasta</strong>. Que entre otros atributos presumía de rendir devoción a cierta tipología de bares que habitaron hace años entre nosotros y se fueron disolviendo. Me refiero a las cafeterías. Cafeterías a la americana.</p>
<p>Que, ojo, no son cafés. Se trata de otro peldaño en la evolución hostelera, el tipo de establecimiento que se hizo común en l<strong>a España del desarrollismo.</strong> La Granja lo encarna muy bien por cierto, porque nació como café y acabó siendo cafetería, igual que otras que mediados los años 50 empezaron a conquistar Logroño, emblemas de la modernidad. Yo conocí alguna. Recuerdo por supuesto el <strong>Ibiza</strong>, hoy resucitado para la causa, y entre brumas se disuelve en mi memoria el <strong>Ringo</strong> cercano, también en Muro de la Mata. ¿De qué tipo de bar estamos hablando? Pues de un local espacioso, decorado con bastante ambición. Camareros con chaquetilla (blanca en el caso de Madrid, donde aún resiste esa indumentaria en los bares más castizos), cigarrera en algún caso, también por supuesto limpiabotas&#8230; Un lugar que no era de paso, aunque también lo fuera: paso de paloma, yo ya me entiendo. Cafeterías con una vida tan larga como los días, que empezaban a funcionar con los primeros cafés y no agotaban su atractivo hasta bien entrada la noche. Porque servían para todo. <strong>Las cafeterías de los 60</strong> eran la navaja suiza de los bares logroñeses.</p>
<p>Su recuerdo me asalta en estos días de confinamiento porque otra mano amiga me hace llegar el descubrimiento que antecede estas líneas. Un suelto publicado en el año 1955 en la revista <strong>La</strong> <strong>Codorniz</strong>, donde se anunciaba al improbable lector la buena nueva de que Logroño contaba ya con dos cafeterías de postín, que se sumaban a una oferta hasta entonces colonizada por la taberna o la tasca, como da fe quien redacta esos párrafos. No sería extraño que la publicación se debiera al ingenio de, por supuesto, un logroñés. Más que un logroñés. El hombre a quien l e cabía Logroño en la cabeza, el escritor <strong>Rafael Azcona,</strong> colaborador de aquella revista satírica cuyo lema no he olvidado (ni nadie, sobre todo en el gremio periodístico, debería olvidar): &#8220;La revista más audaz para el lector más inteligente&#8221;. La audacia se materializaba, entre otras virtudes, en relatar la vida auténtica de la España de su tiempo. La España de las cafeterías, por ejemplo. <strong>El Logroño de las cafeterías.</strong></p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1518" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1-383x1024.jpeg" alt="" width="383" height="1024" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1-383x1024.jpeg 383w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1-112x300.jpeg 112w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/04/Unknown-1.jpeg 395w" sizes="(max-width: 383px) 100vw, 383px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En su número 705, en mayo de hace 65 años, supongamos que Azcona, con su inimitable estilo, informaba para La Codorniz de la audaz llegada a Logroño de, en efecto, dos cafeterías. Se trata de dos establecimientos que uno no conoció, aunque algo he oído hablar de ambos. <strong>Noche y Día</strong> (calle San Juan, creo recordar) y <strong>Bahía</strong>, que si no me falla la memoria se ubicaba en la vecina Marqués de Vallejo. El inteligente lector de La Codorniz que tropezara con esa noticia pudiera haberse quedado más bien frío, porque semejante avance de los tiempos era conocido ya en otros pagos, como la propia capital del actual Reino de España, donde la revista tenía su sede: <strong>Madrid</strong>, bien poblada de cafeterías para entonces, impuso en el resto del país esa moda que regó de esa clase de locales a las ciudades del interior, de modo que si Logroño se ufanaba de contar con dos ejemplares no era tanto por la novedad que representaba tal conquista sino porque (sigamos con nuestra hipótesis) Azcona jugaba en casa y hacía algo de proselitismo en los quioscos. Lo cual no era tan interesante como saber a través de su pluma (si es que era su pluma) que esas dos flamantes adquisiciones venían a convivir con el tipo de bares que hasta entonces habían sido norma, alguno de los cuales sobrevive.</p>
<p>Es el caso de <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>. Que el autor del artítulo (don Rafael, un suponer) destaca entre la pléyade de locales de llamativos nombres. Veamos: <strong>Pedro el Riojano</strong> (no tengo el gusto), <strong>Casa Taza</strong> (donde me robaron el corazón, pero esa es otra historia) y <strong>La Chatilla.</strong> Estos dos últimos más o menos han sobrevivido hasta nuestros días, bajo distintas encarnaciones. Y El Soldado resiste en perfecto estado de revista, esperando la maga Azucena tiempos mejores para aliñar nuestras visitas al ritmo de sus ensaladas y demás golosinas. Pero entre esos nombres de tascas que se citan en La Codorniz, mi favorito es el bar llamado <strong>La</strong> <strong>Puñalada</strong>. Prometo una visita si semejante garito reabriera sus puertas. Lo ignoro todo de él. Dónde se alojaba, quién lo regentaba y, sobre todo, a qué ingenioso logroñés se le ocurrió semejante nomenclatura, pero (también) me ha robado el corazón.</p>
<p>La Puñalada, ese misterioso bar, junto al resto de hermanos en esa tipología, fueron en cualquier caso desapareciendo. También cayeron las cafeterías tal cual las recordamos, como esa foto que refleja el tipo de bar que fue La Granja. Logroño dijo adiós al Bahía y al Noche y Día (que mantiene el tipo bajo otras manos pero siendo fieles al modelo original, al menos en su nombre), también al Ringo&#8230; Llegó otra clase de modernidad y aquellos bares perdieron su sentido. Los que quedan son reliquias. Alguna vez tropezamos con ellos en nuestras excursiones  allende Logroño, incluyendo más allá de los Pirineos. No son exactamente lo mismo, desde luego no son La Granja, pero en algo nos recuerdan ese territorio mítico. Sólo necesitaban para reaparecer ante nuestros ojos confinados <strong>la magia de la fotografía en blanco y negro</strong>. Y la magia de que un supuesto Rafael Azcona cantara sus bondades.</p>
<p>P. D. Una franquicia que todavía resiste en Madrid con más o menos buena salud, donde el concepto de cafetería mantiene su vigencia, se llama <strong>José Luis</strong>. Donde por supuesto los camareros llevan chaquetilla blanca, aspecto de arrastrar mucha mili en sus bandejas y el glorioso hábito de dirigirse a la clientela masculina al estilo por supuesto madrileño: llamándote caballero. Es el caso de la ubicada en la calle Serrano, donde hace unos años tuve el gusto de observar en todo su esplendor el tipo de fauna asociada a la cafetería de toda la vida. Un grupo de (en efecto) caballeros, acompañados por una dama: todos octogenarios, de la cofradía de amigos el Rioja (ella, especialmente), que me regalaron un espectáculo inolvidable a la hora del aperitivo. Los dejé atacando los bocados que les acercaban desde la barra. Cuando regresé al cabo de unas horas, como el dinosaurio del cuento, aquellos matusalenes todavía seguían ahí. En su hermosa cafetería.</p>
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		<title>Días sin bares (V)</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Apr 2020 10:21:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Con los bares cerrados&#8230; Con los bares cerrados, mantenerme fiel a mi (auto)impuesta disciplina de mantener vivo este espacio al menos una vez por semana tiene algo de hazaña (perdón por el (auto)bombo), aunque también de (auto)exigencia feliz. Una manera como cualquier otra (igual de bobalicona) de peregrinar al menos con la memoria y su prima hermana, la fantasía, hasta allí donde fuimos tan felices. Me lo avisaba días atrás un corresponsal, casi con esas mismas palabras: <strong>con los bares cerrados</strong>, se cierra también el grifo de lo que puedes escribir. Idea contra la que me sigo revelando, como observará a continuación el improbable lector.</p>
<p>Veamos. En mi auxilio acudió una referencia, cazada al vuelo en las redes sociales, donde un seguidor dejaba caer esa especie de encuesta que todos hemos podido rellenar durante el cautiverio, una ingeniosa idea para sobrellevar la cuarentena. Se preguntaba ese buen hombre (y se contestaba) sobre qué significaban para él los bares, en función del estado de ánimo que despertaban en su corazón. Lo cual sólo podía despertar mi propio interés, de modo que empecé a responder al cuestionario&#8230; hasta que caí en la cuenta de que el resultado de mis respuestas iba a pisar unos cuantos callos, tendencia que me caracteriza pero que procuro evitar al menos cuando hablo de bares. Sobre todo, ahora que sus defensores están convalecientes, mustia la caja registradora y tocando los clarines del miedo <strong>las trompetas del Apocalipsis. </strong></p>
<p>Acabé resolviendo mis dudas como suelo. Poniendo en marcha <strong>la máquina del tiempo.</strong> Dejando que la memoria me llevara a responder a ese cuestionario como si los bares que habitan en <strong>mi corazón tan logroñés</strong> todavía resistieran, como si permanecieran abiertos años después de su desaparición. Lo cual me hizo feliz, tontorranemente. Ese tipo de dicha tan personal, cuando dejamos que nos asalten los sentimientos más personales, los más ingenuos. Porque mientras rellenaba cada casilla, me volvía a ver en cada una de esas barras. Más joven claro, de crío en alguna de ellas, acompañado en distintas circunstancias por quienes ya no están. Un melancólico júbilo que me gustaría compartir en la esperanza de que pueda servir de pista a quienes estén allá, al otro lado del éter.</p>
<p><strong>BAR SOBREVALORADO</strong>. El del Aéreo Club. A los logroñeses menos veteranos, nada les dirá. Para el ala senior de la población, la encarnación local de la lucha de clases. Entrada por el Muro de la Mata, salida a Ollerías (más o menos, donde se sitúa ahora el Tondeluna) y dos tipos de barra. Una, para la oficialidad; otra, para la soldadesca. Nunca entendí que quisieran entrar en su jurisdicción quienes podían ser tratados con tanta condescendencia. En su imaginación, sus ansias de prosperar, lo habían sobrevalorado.</p>
<p><strong>BAR INFRAVALORADO</strong>. El Merlín. Ubicado en Portales, sumidero de una generación, acabó entronizado en el imaginario local como una especie de infierno, que sin embargo lo hace cada día más apetecible a mis ojos. Allí habitaba la ley de la frontera: dependiendo de a qué lado cayeras, podías considerarte víctima o superviviente. Visto retrospectivamente, un maravilloso local que trajo la modernidad (siempre tan peligrosa) a Logroño.</p>
<p><strong>BAR QUE AMO.</strong> La Granja. Su recuerdo aflora una y otra vez, el aroma de los días felices del pasado, cada vez que entro por la puerta de mi estudio cuya entrada ilumina esa maravillosa imagen que me regaló Rocandio y que ahora preside estas líneas. Como el héroe de Ciudadano Kane, mi particular Rosebud. Vuelvo a ser un crío. Sobre todo, vuelvo a ser un crío feliz, lo cual no siempre me ocurría.</p>
<p><strong>BAR DE CULTO.</strong> El Continental. Ingresé en su territorio subterráneo (en el centro del centro de Logroño, advertía un posavasos) cuando se puso de moda el billar americano y me recibió en consecuencia una dama en decúbito prono, que luego hizo carrera en la política, donde sigue por cierto prestando servicio. No revelaré su nombre igual que también omito algunas de las rarezas menos memorables de aquel maravilloso bar (rata incluida), porque prefiero rescatar las inolvidables copas de madrugada y su estupenda terraza con vistas al Espolón. Cuando sumergirse en sus dominios era casi nuestra única aspiración de cada fin de semana y toda visita nos resarcía del tedio que aguardaba sobre nuestras cabezas.</p>
<p><strong>BAR AL QUE PUEDO IR UNA Y OTRA VEZ</strong>. El Capri, otro bar difunto donde hice guardia unas cuantas tardes, pelando la pava en los días en que siempre llovía en Logroño y yo veía el aguacero caer tras aquellos enormes ventanales, con vistas a la fuente de Murrieta (o como se llame ahora: antes llevaba el ridículo honor de estar dedicada al alférez provisional, ya ve usted qué cosas). Un camarero con mucha mili se ocupaba de gobernar ese espacio tirando a rancio, dueño de un encanto particular al que podría volver desde luego una y otra vez en cuanto se obrara el milagro de que sus mustias puertas se reabrieran y yo dejara de escuchar en mi cabeza esa estúpida ocurrencia. Capri, c´est fini.</p>
<p><strong>BAR QUE HIZO ENAMORARME DE LA MÚSICA</strong>. El Saxo. Sábado noche, años 80, la Zona. Suenan de nuevo los Smith&#8230;</p>
<p><strong>BAR QUE CAMBIÓ MI VIDA</strong>. El Abraxas, también en la Zona. Como hay ropa tendida, evito extenderme.</p>
<p><strong>BAR QUE ME SORPRENDIÓ</strong>. El Teorema, de Calvo Sotelo. Creo que fue la primera vez en mi vida que escuché música en vivo en un garito.</p>
<p><strong>PLACER CULPOSO</strong>. Ir a La Enagua, también de la Zona. Estaba medio hechizado por una de sus camareras: yo confieso.</p>
<p><strong>BAR QUE EXPLOTA(BA) EN VIVO</strong>. El Rocky. Quien acudiera alguna noche de sábado en los 80, sabrá de qué hablo. Hermano pequeño, el vecino Celta. Sigo sin salir de la Zona.</p>
<p><strong>BAR QUE ODIO.</strong> El Aéreo Club, por las razones arriba citadas.</p>
<p>P. D. Según algunas teorías apocalípticas, no volvernos a vernos por los bares hasta diciembre. O así. Es decir, que aunque se levante la cuarentena un siglo de éstos, algunos hábitos sociales (los que propician la confraternización sin mascarilla) deberán aguardar a que el virus sea sólo una pesadilla. Yo, ni creo ni dejo de creer. Sospecho que nuestra experiencia en las barra de guardia admitirán algún cambio en su fisonomía pero también me malicio, conociendo al ser humano (logroñés) que en cuanto algún intrépido se anime, volveremos a ser como antes. Los que sólo aspiraban a celebrar la vida acodados en su bar favorito. Así que ánimo: queda un día menos.</p>
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		<title>Los que se fueron</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Feb 2020 10:45:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>El pasado lunes, el improbable lector observaría cómo se cumplía el rito llamado <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/D%C3%ADa_de_la_Marmota"><strong>Día de la Marmota</strong></a>, sobre el cual no conviene extenderse: está al alcance de cualquiera entender de qué estamos hablando con pasearse por la <strong>Wikipedia</strong> o acercarse al video club que aún resista y alquilar &#8216;Atrapado en el tiempo&#8217;, la película que registra los extraños avatares de la mascota llamada <strong>Phil</strong> y demás héroes y heroínas de esa historia tan singular. El día de marras se emplea también como metáfora de cuanto sigue: la tendencia, que también anida en estas líneas, de regresar siempre sobre nuestros pasos, con una declarada vocación melancólica y derramar en nuestro caso una lágrima imaginaria por <strong>los bares que perdimos durante el año pasado</strong>. Nada que no quedara ya escrito en el 2019 respecto al 2018. Y así sucesivamente: van desapareciendo algunas barras conspicuas con puntualidad ferroviaria y uno no deja de lamentarse, porque pierde el paisaje ciudadano y pierde en consecuencia el vecindario donde se alojaban.</p>
<p>Es un lamento cíclico y también común. El recién reelegido al frente de la patronal riojana, <strong>Francisco Berges</strong>, se quejaba en sus primeras declaraciones esta misma semana por ese continuo goteo de bares que se despiden por el sumidero de la crisis sistémica que azota al sector. Bares del centro de Logroño, de su periferia y también (por supuesto) de La Rioja interior. Todos esos bares que se fueron el año pasado, que en algún caso tenían puesta la fecha de caducidad desde meses atrás: alrededor del último día del 2019, <strong>ese 31 de diciembre fatídico</strong> para su suerte, sus dueños decidieron que no aguantaban más y se ahorraron con el cierre los gastos consiguientes que acechaban a la vuelta del siguiente año: ese 1 de enero que además traía consigo subidas tributarias o de otra índole, que terminaban de complicar su existencia.</p>
<p>¿Qué contaba Berges en ese teletipo de la agencia Efe, desde su privilegiada atalaya del <strong>Ópera</strong> de la calle San Antón? Una serie de frases temibles, un análisis sombrío del universo de nuestros bares. Que el 2019 fue &#8220;peor que el anterior&#8221; para el sector hostelero riojano y de ahí su pesimismo respecto al futuro: según sus fúnebres presagios, descontando los cierres de bares y restaurantes de las nuevas aperturas, hay un déficit de 85 negocios menos en La Rioja en apenas un año. Con una serie de causas bien identificadas: “La hostelería ha cambiado mucho y muy deprisa”. “En el centro de Logroño cada vez hay más cadenas grandes y menos establecimientos pequeños, mientras que en los pueblos han cerrado muchos locales familiares”, añadía. Y su mensaje evitaba todo resquicio a la esperanza en el 2020 todavía recién estrenado, que llega con subida de impuestos, “mientras que los hosteleros tienen complicado aumentar los precios a los clientes, quienes han reducido mucho el consumo”. Por ejemplo, Berges detecta una anomalía curiosa: la parroquia parece haber renunciado “casi totalmente” a las copas durante las noches de los fines de semana.</p>
<p>El dilema al que se enfrenta el sector en su conjunto recuerda bastante, según se desprende de las palabras de Berges, al que reflejaba aquel entrenador llamado Tim, para quien el fútbol era una manta pequeña: si te cubres la cabeza, los pies se quedan fríos. Porque de ese preocupante panorama no puede salir la hostelería con la falta de mano de obra cualificada que se observa desde hace demasiado tiempo (“Hay muy poca gente que quiera trabajar en festivos y fines de semana, los jóvenes relegan la hostelería a un trabajo de paso y, en cuanto pueden, se marchan a otro sitio”) pero tampoco manteniendo el actual ecosistema de retribuciones: los camareros se quejan en general de salarios bajos, lo cual explica su tendencia a emigrar. A otras barras o a otros negocios. Un panorama que se refleja en la frase con que Berges resume la situación del sector:<strong> “Es bastante complicado conseguir un buen camarero y después conservarlo”.</strong></p>
<p>Resumen: que viene un año complicado. Aunque algunas recientes aperturas alegran el espíritu (el <strong>Kabanoba</strong>, por ejemplo, recién aterrizado en Laurel), mientras se repasa estas declaraciones del jefe de la hostelería riojana pesa en mi ánimo la tristeza por alguna de esas despedidas todavía recientes. El 2019 fue el año en que dijimos adiós al <strong>Iturza</strong>, por ejemplo. O al recordado <strong>Alfonso</strong>. Y también al último intento de resurrección de <strong>La Granja</strong>. Cuya actual fachada, un insulto al buen gusto y un homenaje al incivismo, preside estas líneas y sirve como desolador símbolo de todos esos bares que ya se fueron.</p>
<p>P. D. El feo aspecto que presenta el sector del comercio en general no sólo se refleja en el preocupante balance del 2019 en materia de bares. Cualquier paseante por Logroño y alrededores habrá observado cómo el primer día del año en curso significó la desaparición de unos cuantos establecimientos emblemáticos, cuyos dueños bajaron para siempre la persiana. Comercios de todo tipo: cada logroñés sabrá valorar cuáles de esas despedidas le afectó en mayor medida: vaya aquí un recuerdo para uno que me dejó noqueado. El cierre del <strong>videoclub</strong> <strong>Chaplin</strong> de la calle <strong>Padre Claret,</strong> que significa también el fin de toda una época. La época en que un negocio de esta naturaleza tenía sentido.</p>
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		<title>Cinco deseos para el 2020</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Dec 2019 17:12:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El año 2020</strong>, además del misterio que sugiere esa doble concatenación de cifras, encierra en materia de bares logroñeses una serie de promesas que deberían cristalizar avanzados los días para hacer un poco más feliz a la parroquia potencial y conspicua. Por ejemplo, la apertura que se anuncia en El Espolón en cuanto cierre su negocio Joyería Álvarez (otro comercio de toda la vida que cae en el corazón de la ciudad: pero esa es otra historia, otra cruel historia) y un ramillete de variadas inauguraciones que se otean en el horizonte, de las que acabará siendo informado el improbable lector. También representa el año nuevo una especie de desideratum para quienes tenemos en el hábito de frecuentar las barras de guardia uno de nuestros pasatiempos predilectos, de manera que depositamos en el 2020 entrante un ramillete de esperanzas que aquí se condensan en otro número mágico. El 5.</p>
<p><strong>Primer deseo,</strong> que abra de una vez (de nuevo) <strong>La Granja.</strong> Imposible no sentir una punzada de dolor (y también de espanto) cuando paseando por la calle Sagasta tropezamos con el esqueleto fantasma del bar que lo fue todo para mí, mi favorito de todos los de Logroño. Con la ventaja de que siendo difunto, es complicado que te decepcione. Pero preferiría correr esa suerte: que reabriera a despecho de que frustrara de nuevo mis pobres expectativas, ahora mismo tan modestas que me consolaría con que volviera a ser el que fue luego de las dos desdichadas aventura recientes. Dicen quienes algo saben de esto (de bares, desde el lado empresarial de la barra) que con la calle en su actual estado, incapacitada para contar con la terraza hoy indispensable en el sector hostelero, resulta complicado devolver a La Granja su antiguo atractivo. Pero yo me rebelo ante la idea de seguir viendo su fisonomía tan maltratada y rezo al dios de los bares para que haga uno de tantos milagros navideños: que el 2020 nos pille con La Granja de nuevo abierta. Y de paso con <strong>la calle Sagasta</strong> renovada y en perfecto estado de revista: toda una carta a los Reyes Magos logroñeses.</p>
<p><strong>Segundo deseo</strong>, sin salir del corazón de Logroño, que abra de una vez sus puertas el hotel que se construye en <strong>Correos</strong>. Y que disponga de un bar a la altura de mi sueños, mis fantasías tan propensas a imaginar una de esas barras que tan felices nos hacen a sus devotos cuando salimos de Logroño. Un bar de hotel con encanto, libre de bullicio, con terraza incluida proyectándose a <strong>la plaza de San Agustín</strong> desde donde asomarse a la silueta de la ciudad histórica mientras se saborea un delicado trago o un sabroso bocado. El tipo de bar que echo en falta en Logroño, la segunda entrada en esta misiva a los Magos de Oriente que tienen el mal gusto de llegar en helicóptero en vez de recurrir como tantos mortales a sus camellos de confianza.</p>
<p><strong>Tercer deseo,</strong> regreso a la calle Sagasta. Donde se alza la puerta principal al majestuoso edificio que lleva la firma del arquitecto Fermín Álamo, el más mutilado de Logroño, aunque su obra más emblemática (<strong>la plaza de Abastos</strong>, que los esnobs llaman Mercado de San Blas, cielo santo) resiste a la espera de la enésima resurrección prometida. Si Melchor, Gaspar y Baltasar tienen en cuenta mis oraciones, tan laicas, el 2020 debería ser el año en que la oferta gastronómica se completara con ese bar que llevo en mi cabeza. Surtido por los productos de la tierra, procedentes de los puestos colindantes, y de paso insuflando algo de vida al alicaído templo que fue en mi (ay) lejana mocedad. Mi reciente visita a la feria Sculto demuestra que la plaza (como la llama todo logroñés senior) es un estupendo edificio que digiere con facilidad otros usos, nuevos hábitos: por ejemplo, un bar con denominación de origen, una cuenta más del rosario enhebrado por las vecinas <strong>Laurel </strong>y<strong> San Juan</strong>, ayudaría a devolver al más antiguo mercado de la ciudad su añorado esplendor.</p>
<p><strong>Cuarto deseo</strong>, también con destinatario municipal: quiera el 2020 que el Ayuntamiento goce de una suerte superior a la exhibida hasta ahora para proveer de abastecedores a los bares cuya concesión saca a concurso con desigual fortuna. Los hay que no tienen problemas para ser adjudicados (el del embarcadero, los de los parques <strong>Gallarza</strong> y <strong>El Carmen</strong>, por ejemplo), pero otros siguen ahí, encallados. Como una metáfora de lo que pudo haber sido y no fue Logroño en sus bares: es el caso doloroso del <strong>quiosco de La Rosaleda</strong>, la terraza que se alojaba en una esquina de El Espolón, cuyo destino parece estar escrito en su apresurada jubilación, despedida y cierre. Si los tres Reyes de Oriente llegan a echarle un ojo durante su cabalgata del día 5, confío en que derramen como yo una imaginaria lágrima y hagan la prometida magia que les antecede: que el quiosco vuelva a ser el que fue. Y que el resto de bares municipales diseminados por Logroño (el del parque del Ebro, por citar otro ejemplo) resuciten durante el nuevo año.</p>
<p><strong>Quinto deseo</strong>, solidario. Me gustaría que fuera todo un éxito la fiesta que prepara el <strong>Ibiza</strong> para el próximo día 3, un encuentro con recaudación solidario, en beneficio de la asociación <strong>FARO</strong>, dedicada a socorrer a los niños que sufren cáncer. Está prevista la actuación del grupo <strong>Nowhere Plan</strong> (el dúo célebre entre nosotros por sus brillantes versiones acústicas del cancionero de The Beatles), en horario de vermú, que dispondrá de un suculento atractivo adicional: un cortador de jamón. Como estamos en tiempos de buenos deseos, ojalá que se bata el récord solidario de otros años y la velada alcance sus objetivos: un poco de generosidad en el comienzo del año no va a hacerle daño a nadie. Si alguien se anima, allí nos vemos.</p>
<p>P. D. Un deseo final y panorámico, que agrupe todos los buenos propósitos para cada año entrante, destinados a incumplirse, por supuesto. Aunque no me desanimo: me gustaría que los bares logroñeses contaran con un servicio ágil y eficaz, de manera que desaparezca la sensación que tantas veces cristaliza según la cual de repente los clientes nos volvemos invisibles para nuestros queridos camareros. Me gustarían bares menos ruidosos que de costumbre, bien porque se insonorizan adecuadamente, bien porque los parroquianos dejamos de hablarnos a la logroñesa, es decir, a gritos. Y me gustaría también una clientela cortés, que vea en quien le atiende al otro lado de la barra a un profesional con sus propios problemas y su propio nivel de competencia. Alguien que bastante hace tan a menudo con esquivar a tanto pelmazo.</p>
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		<title>El milagro de tomar un buen café</title>
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		<pubDate>Fri, 03 May 2019 16:23:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>En mi humilde experiencia como camarero (o pinche de camarero: <strong>bar de las piscinas de Cantabria</strong>, años 70) recuerdo como una visita al infierno cuando caí en la jurisdicción de<strong> la máquina de café</strong>. Un aparato de apariencia temible, como el bicho de Alien (que aún no había nacido), de en teoría sencillo manejo que mi mala cabeza convirtió en un crucigrama irresoluble. Siempre fallaba. O me salía un aguachirris (me encanta esta palabra) o la máquina no bombeaba bien el agua y el resultado era un puré torrefactado o qué sé yo. Mis maestros no estaban adornados por la virtud de la paciencia: a los primeros reveses, comprobada mi total inutilidad, me enviaron a tutelar el chiringuito instalado allá en la Mixta (como ya he comentado alguna vez, en aquella Sociedad Recreativa las piscinas tenían sexo) y nunca más volví a acercarme al terrorífico chisme: ahora, cada vez que, desde el otro lado de la barra, lo examino vuelvo a tener acné, pelusa en el bigote y miedo a preparar un café de resultados laxantes.</p>
<p>Quiere decirse con esta introducción que desde entonces admiro a los camareros que sirven café. Cuando además está bueno, dan ganas de arrodillarse. Pienso entonces en Dámaso, mariscal de <strong>La Granja,</strong> que gobernaba el bar entero desde el puesto de mando mientras con una mano le daba al manubrio (me refiero al de la cafetera) y con la otra allegaba el plato con la tacita y la cucharilla de moka. Era el Messi de los cafés y yo no lo sabía. Lo supe más tarde: cuando observé cómo sus sucesores en ese oficio carecían de la misma habilidad y te proporcionaba las más de las veces (y te siguen sirviendo, de hecho) un bebedizo que deshonra la memoria de Dámaso y demás príncipes del oficio. Que parecen haberse inspirado en mis propias calamidades como aprendiz de camarero: tampoco ellos parecen muy duchos dominando la dichosa maquinita.</p>
<p>Razón de más para ensalzar en estas líneas a quienes, por el contrario, ejercen como maestros en el arte de despachar un buen café. Que no son tantos, de acuerdo con mi pobre experiencia. Según un recuento de urgencia, lo facturaban de modo ejemplar en el <strong>Robusta</strong> de la calle Múgica, por donde llevo tiempo sin dejarme caer. Y Óscar hace también su propia magia en el <strong>Asterisco</strong>, así en avenida de Portugal como ahora en Portales. Me gusta también cómo lo sirven, con su maravillosa máquina italiana, en Iturbe sobre todo si lo acompañan de su deliciosa bollería (esas delicadas ensaimadas) y además acabo de hacer un par de descubrimientos recientes que me apresuro a compartir.</p>
<p>El primer se llama <strong>Ninette</strong>. Un coqueto local recién abierto en la calle de La Merced, que me trasladó a mi primera infancia: era el espacio donde se alojaba la tintorería La Oca, que me tuvo de cliente cuando calzaba pantalón corto (también éramos en mi casa muy de Mola, en la calle San Juan). Donde despachan mullidas tartas y preparan un estupendo cortado: el día que acaben con la horrible música de fondo y ordenen el barullo que organizamos los clientes hablando a la riojana (voz en grito)&#8230; Ese día será el paraíso.</p>
<p>Y dos. Un mediodía me acerqué a disfrutar del sol de primavera en la terraza del <strong>Tondeluna</strong>. Me atendió un gentil camarero, tocayo mío por cierto (lleva el nombre en una escarapela a la altura de la pechera), quien era portador de malas noticias: no le gustaba cómo funcionaba esa mañana la cafetera y no prometía nada. Hasta que no la viera en condiciones, no se comprometía a servir un café. Casi me caigo al suelo del susto: lo habitual es que, funcione bien, mal o regular la dichosa maquinita, te despachen el cortado y si ha salido una pócima imbebible, al camarero plim. Jorge volvió un par de veces por los veladores con vistas al Espolón comunicando sus progresos, que no fueron tales: en su última visita, nos participó de que no habría café. Lo siento. Hasta la próxima&#8230;</p>
<p>&#8230; que no tardó en llegar. Al sábado siguiente, de nuevo reluciente el cielo logroñés, me acomodé de nuevo en la silla de director de cine, pedí el cortado y el mismo servicial y modélico camarero me lo sirvió. Estupendo. Glorioso. Sin exceso de espuma, contra la norma exagerada de un tiempo a esta parte. En su punto. Es decir, que no deber ser tan difícil impartir un magisterio semejante. Le agradecí el esmerado servicio, en mi nombre y en el de todos los adictos a esta gloria empapada de cafeína. Pensé en Dámaso. Estaría orgulloso de mi tocayo. De las damas del Robusta, de las del Iturbe, de los chicos del Asterisco y de cuantos preservan su legado <strong>con sentido del oficio.</strong></p>
<p>P. D. Hace alguna glaciación cayó en mis manos por un día del libro ya muy lejano el estupendo volumen<strong> &#8216;El libro del amante del café&#8217;.</strong> Que recomiendo encendidamente para todos aquellos adictos a ambos placeres: la lectura y el café. En sus páginas, su autor, miembro por cierto de una acreditada saga de maestros cafeteros, repasa la historia de esta maravillosa pócima, que contiene en efecto sustancias adictivas. Para mí, desde luego lo son. Son escasos, muy raros, los días en que no me entrego a su ingesta. Y cada vez que saboreo una taza elaborada con mimo y profesionalidad, coincido con el viejo adagio del clásico: que no hay venenos, sino dosis.</p>
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		<title>Los disponibles</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Apr 2019 15:48:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Seguro que el improbable aunque perspicaz lector lo habrá notado. Un huracán, un terromoto, un tsunami recorre el comercio logroñés. Viejos y queridos establecimientos de toda la vida, que contribuyeron a forjar nuestra educación sentimental, desaparecen. O agonizan. Sometidos por el imperio de la globalización que implanta nuevos usos en materia de consumo, los venerables comercios de siempre sucumben y enarbolan la bandera blanca, dejando huérfanos a quienes tan bien los quisimos y abandonado igualmente el corazón de la ciudad. Hay manzanas enteras que parecen un cementerio de tiendas, locales vacíos, plantas bajas adornadas por el mortal letrero (el crudo &#8216;Se traspasa&#8217; o el más melancólico &#8216;Disponible&#8217; ), bajeras donde sólo habita ya el olvido. De tan abundantes, son ya invisibles. Te acuerdas de su existencia cuando (milagro, milagro) observas que un nuevo negocio florece a la vista. Hay obras en curso, trajín de profesionales de los distintos gremios, una nueva rotulación esperando a que abra la tienda sus puertas, insinuando un prometedor mañana&#8230; Y te alegras, claro que te alegras. Aunque nada ni nadie sustituya en tu memoria al comercio que fue en su día: Nada ni nadie podrá evitar que cuando cruces por cierta esquina del <strong>centro de Logroño</strong> pienses que te saludará de nuevo el querido <strong>Morgabín</strong>.</p>
<p>Observará ese mismo improbable lector que este vendaval de cambios que metamorfosea el ombligo de Logroño alcanza también a un subsector del ramo comercial: el hostelero. Desaparecen algunos bares muy amados, no sólo entre nosotros. Vengo teniendo noticia de otras defunciones en ciudades próximas y lejanas, siguiendo casi siempre la misma pauta. A saber. Bares castizos, que formaban parte del imaginario local, defendidos por la familia propietaria durante algunas generaciones, que no encuentran en la hora de la jubilación a quién entregar el relevo. Las nuevas hornadas huyen espantadas siempre que pueden (o siempre que tengan otra alternativa) de perseverar en el negocio que alimentó a su parentela durante décadas. Y los camareros de confianza, que tanto ayudaron en el mismo menester y casi eran una prolongación de la familia propietaria, arrojan también el mandil y abandonan. Renuncian a hacerse cargo del traspaso y contribuyen a que las puertas de este bar, aquel chigre o la taberna de más allá deserten de sus parroquianos y dejen a la ciudad donde se alojan sin una de sus referencias. Iconos difuntos así en Logroño como en <strong>Madrid, Gijón o Zaragoza</strong>.</p>
<p>El <strong>Palentino</strong> madrileño, por ejemplo, que acaba de reabrir con una nueva dirección que sólo ha recogido feroces críticas por el éter, representa un caso muy generalizable para entender de qué estamos hablando. Un local de siempre, que permanece anclado a su fisonomía allá penas cuáles sean las modas imperantes en el sector hostelero y aporta su propia cuota de encanto al barrio donde anida, clausura su actividad y activa la memoria ciudadana con ese punto de nostalgia que adorna nuestros recuerdos para intentar (sin éxito) olvidar lo esencial: que envejecemos. Y que pensamos que todo pasado fue&#8230; Etcétera. A mí me ocurre cada vez que cruzo por <strong>La Granja</strong> de la calle <strong>Sagasta</strong>, recién concluida sin éxito su última reinvención. Y compruebo que a otros colegas de quinta les sucede algo semejante con sus propias referencias en materia de bares. Repito: no sólo en Logroño.</p>
<p>Porque este mal de muchos se ha convertido en una epidemia siguiendo una pauta que hunde sus raíces en el modelo económico implantado entre nosotros, el llamado capitalismo. Se renuevan al alza los alquileres, coincidiendo con que los dueños del bar hacen ya frontera con la edad de jubilarse, el propietario del local piensa que merece una derrama mensual más generosa y el resultado es que se cierra el negocio y nadie toma el testigo. Hay excepciones, por supuesto, de las que hemos dado aquí cumplida noticia y que tanto alegran nuestro corazón tan logroñés. Pero son eso: salvedades. Si nadie lo remedia, unos cuantos <strong>bares de ese Logroño de toda la vida</strong> se disponen a entonar el adiós. Prefiero evitar nombres por si acaso algún guiño mágico del destino trae buenas noticias uno de estos días. Pero todo apunta a que perderemos con su despedida ese tipo de símbolos ciudadanos, símbolos del Logroño que se va.</p>
<p>Porque ocurre con frecuencia que en su éxito han encontrado algunos de los locales de semejante estirpe una suerte de maldición. Están tan asociados a una manera muy concreta de ejercer su oficio que cuesta imaginarnos ingresar en su jurisdicción cuando se jubilen quienes hoy atisban el final de su vida laboral que nadie se anima a tomar el relevo. Pienso por citar el ejemplo anterior en La Granja. Todavía hoy fantaseo con que voy a entrar por su elegante puerta acristalada, acodarme en su hermosa barra de sinuosas curvas y tropezarme con el camarero <strong>Santos</strong> ofreciéndome una tostada mientras <strong>Dámaso</strong> al fondo dirige la infantería de camareros desde el puente de mando de la majestuosa cafetera como si fuera el Lord del Almirantazgo. En realidad, lo que pienso ya lo sé: que peino alguna cana y espero encontrar en estos recuerdos una especie de regreso a la infancia. Milagro que no ocurrirá. Al revés, deberé resignarme a contemplar cómo se viene abajo la ciudad que fue, la ciudad de mi adolescencia. Y aceptar que algunos bares se disponen a convertirse en polvo. Memoria que sólo recordarán quienes piensen que en ellos se alojó una memorable parte de su vida y hoy derraman una imaginaria lágrima cuando el lugar que ocuparon se vea reemplazado por el letrero maldito: &#8216;Se traspasa&#8217;. O &#8216;disponible&#8217;.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/04/alfonso-y-elena.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1295" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/04/alfonso-y-elena-1024x683.jpg" alt="Alfonso y Elena, en su Mesón de la calle Villegas. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/04/alfonso-y-elena-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/04/alfonso-y-elena-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/04/alfonso-y-elena-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/04/alfonso-y-elena.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P. D. Hago una excepción en mi promesa de no dar nombres porque me lo pide el cuerpo. Cierra (ay) el <strong>Alfonso</strong> de la calle <strong>Villegas</strong>, ejemplar establecimiento por tantas y variadas razones que resumo apresuradamente antes de acercarme a su barra y decir adiós en persona. La primera se basa en el sentido antiguo, en la honda profesionalidad con que el mentado Alfonso (y <strong>Elena</strong> en los fogones) ejercen su oficio. Frente a tanto camarero para quienes sus clientes son invisibles, ese milagro que cada día se ejecuta en demasiadas barras, Alfonso está por el contrario dotado de un radar según el cual nada más entrar por su puerta ya sabe que estás ahí, esperando, y ya sabe además lo que vas a pedir. Sin confianzas que no vienen a cuento, te trata como si fueras lo que antes era todo cliente para sus bares de confianza. Un príncipe. Y segunda razón. Su estupenda barra, desbordante de riquísimas golosinas entre las cuales tendré que mencionar con mucho gusto mi favorita. Sus morros, perfectos de punto y de sabor. A quienes ya empiezo también a añorar, sabiendo lo que sabemos todos: que esa receta sí que no se traspasa. Se marcha con Alfonso y Elena a ese territorio arriba citado. Nuestra memoria.</p>
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		<title>Los bares melancólicos</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Feb 2019 12:33:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Ignacio Peyró]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[La Granja]]></post_tag>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/300px-Portrait_of_Dr._Gachet.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-1269" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/300px-Portrait_of_Dr._Gachet.jpg" alt="Retrato del doctor Gachet, obra de Van Gogh" width="300" height="369" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/300px-Portrait_of_Dr._Gachet.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/02/300px-Portrait_of_Dr._Gachet-244x300.jpg 244w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Según conocieron una vez mis humildes entendederas,<strong> la palabra melancolía</strong> (una de mis favoritas en español) nació para designar un mal que aquejaba a los célebres miembros de la <strong>Guardia Suiza</strong> papal. Quienes sufrían de un abandono espiritual de índole desconocida, al que nadie sabía poner nombre: es curioso que nuestros antepasados sufrieran de melancolía sin saberlo, sin designar con una palabra a ese malestar impreciso y sutil porque no encontraban la voz correspondiente. Un mal que atacaba a los soldados vaticanos por una razón comprensible: fuera de casa, lejos de su Helvetia querida, sentían un qué sé yo o un yo qué sé invisible hasta entonces para la clase médica. Así que los herederos de Galeno recurrieron al griego, dieron con la palabra mágica (melancolía, que se empleaba hasta entonces para definir a la llamada bilis negra) y como la consideraron emparentada con esa clase de tristeza propia de quienes la sufren, con tal palabrita nos quedamos. Hasta ahora. Que durará muchos años. Muchos y melancólicos años.</p>
<p>Porque seguro que alguna vez todos sufriremos de esa enfermedad y seguro que sucumbiremos a sus efectos: es una dolencia que, a diferencia de la juventud, no se cura con la edad. Y que daña a los asiduos a nuestro pasatiempo favorito:<strong> ir de bares</strong>. Porque hay bares melancólicos para clientes melancólicos, los que piensan (pensamos) que cualquier bar pasado fue mejor. En un libro que comentaba la semana pasada, <strong>&#8216;Comimos y bebimos&#8217;</strong>, a cuyo autor Ignacio Peyró tuve el gusto de entrevistar hace unos días con ocasión de su visita a <strong>Logroño</strong>, se entonaba un réquiem por los bares difuntos que en realidad sólo escondía eso: una oleada de nostalgia no tanto por los bares sino por nosotros que los quisimos tanto. Sobre todo, aquellos bares desaparecidos. Que suelen ser los mejores por inofensivos. Su recuerdo, su vacío, no deja de agigantar su figura.</p>
<p>Esa estirpe de bares melancólicos ocupan en mi corazón dos locales que han conocido días mejores. Hago con ellos una salvedad en los propósitos con que nació este blog: no hablar mal de barra alguna. No es mi intención hacerlo tampoco ahora. Pero tengo que reconocer que me sangran los ojos cada vez que cruzo delante de la antigua y querídisima barra de<strong> La Granja</strong> y no me reconozco en su última reinvención, de nuevo fallida. Y que me dan ganas de llorar pensando en los grandes ratos pasados allí adentro y en la hermosura de cafetería que siempre fue y ahora ha desaparecido. Entono un ay doliente por ella y cruzo los dedos: a ver si su próxima reencarnación acierta y nos devuelve el añorado bar tal y como fue. Sin sombra de la melancólica estampa que ofrece ahora.</p>
<p>Algo parecido me ocurrió el otro día ante la puerta del amado <strong>Suizo de Haro</strong>. Suizo, como la Guardia Suiza. Y no. No: tampoco lo reconocí. Iba animado, porque me pone de buen humor que reabran cualquier bar y especialmente aquellos que ayudan a configurar el imaginario local de cualquier población. Y porque siento un cariño genuino desde antiguo hacia Haro, con sus inmemoriales piedras y elegantes rincones, su estupenda plaza de la Paz y el resto de coquetas estampas de señalado encanto. Entre ellas, el viejo Suizo. Que ofrecía una decadente sensación en los últimos días de vida, de donde se comprende que acabara cerrando. La alegría de que reabriera sus puertas se ve ahora mitigada por el aspecto que ofrece: el espíritu de aquel Suizo ha volado de Haro. Y derramo en su honor otra melancólica y figurada lágrima.</p>
<p>De donde se deduce que ese fenómeno que comento, la enfermedad que atenazó a los guardias suizos, tiene bastante que ver con el sentimiento de pérdida. Ellos lloraban por su patria perdida. Yo añoro mis bares igualmente perdidos. Arrumbados en el desván de la memoria, y perdón por la cursilada, ya nada será lo mismo sin ellos. Fantasearé con La Granja tal y como la conocí y confiaré en que regrese a mi corazón un siglo de éstos, con el mismo señorial estatus. Y espero que una mano caritativa revise con ojo crítico este nuevo Suizo que ya no reconozco y le devuelva también aquella magia, su condición de icono de Haro. Ante este nuevo, repito lo dicho: prevalece en mí una mirada melancólica. Que tal vez sea sólo mía. Si quienes el otro día lo frecuentaban en buen número se sienten predispuestos a gozar y encuentran el bar tan fetén como antaño, me alegro por ellos. Yo me quedo con el antiguo Suizo y con la añorada La Granja. Y me quedo a solas con mis mejores bares. <strong>Los melancólicos.</strong></p>
<p>P. D. Fue un placer compartir mesa, mantel y una estupenda botella de Lan con el caballero Ignacio Peyró, cuya charla en el <strong>Aula de Cultura de Diario LA RIOJA-UNIR</strong> estuvo a la altura de su recomendable libro, &#8216;Comimos y bebimos&#8217;. Con el fin de animar a potenciales interesados en conocer su opinión al respecto, a eso de comer y beber, publiqué esta entrevista en la web del citado periódico, que comparto ahora <a href=". https://www.lomejordelvinoderioja.com/vino-sobra-oscuridad-20190221081329-nt.html">aquí </a>por si alguien se despistó. Palabra de un perito en bares y un experto acreditado en vino de Rioja.</p>
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		<title>Los contertulios</title>
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		<pubDate>Sun, 31 Dec 2017 09:55:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; En aquel tiempo ancestral los niños observábamos a nuestros padres a una distancia prudente, siguiendo el viejo mandato: no molestar. No importunar a los mayores, a quienes uno se acostumbró a ver de lejos en aquella cafetería La Granja que durante años ejerció como una prolongación del hogar familiar. Te sentaban en el sofacito [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/unnamed.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-967" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/unnamed-300x228.jpg" alt="Vista de La Granja. Foto de Jalón Ángel (Archivo Casa de la ImagenI" width="300" height="228" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/unnamed-300x228.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/unnamed-768x584.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/unnamed-1024x778.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/unnamed.jpg 1764w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En aquel tiempo ancestral los niños observábamos a nuestros padres a una distancia prudente, siguiendo el viejo mandato: no molestar. No importunar a los mayores, a quienes uno se acostumbró a ver de lejos en aquella <strong>cafetería La Granja</strong> que durante años ejerció como una prolongación del hogar familiar. Te sentaban en el sofacito bajo la escalera, te obsequiaban como mucho con un vaso de agua del grifo y ejercías de actor sin frase en la película que sólo protagonizaban ellos, los adultos. Ellos y nosotros éramos planetas aislados cuyas órbitas sólo de vez en cuando se rozaban entre sí. Los mayores también formaban su propia órbita, la construida <strong>en torno a la tertulia</strong> orquestada con sus afines, planetas de sí mismos: de la tertulia vecina podía desprenderse cierta mañana algún miembro que se encontraba de repente huérfano de compañía y buscaba algo de calor entre los semiextraños. Tertulias casi siempre multitudinarias: yo localizaba entre aquel barullo de ternos y corbatas, risotadas y chocar de cucharillas en las tacitas de café a mi padre como una sombra fugaz, subsumido entre la piña formada por el resto de contertulios y sentía una punzada de envidia. De mayor quería ser como ellos.</p>
<p>¿Y cómo eran ellos en <strong>aquella interminable tertulia que fue Logroño durante largos años</strong>? Lo antedicho. Señores pulcramente aseados y vestidos, la barba rasurada (salvo en el caso de aquel militar célebre o del médico apodado así, El Barbas), que procuraban arreglar el mundo cada día para comprobar al filo de la medianoche que su propósito había sido en vano. También algún grupo de mujeres, damas de distinguida indumentaria compartiendo risas o atacando en solitario el cafelito. Pero sobre todo hombres. Hombres sentados en las mesitas del fondo, convertidas en paso de paloma según los dictados del camarero <strong>Santos</strong> y del jefe de todo aquello, <strong>Dámaso</strong>, vigía sutil desde la máquina de café. Más hombres con el pie en el estribo de la barra, el pañuelo asomando por el bolsillo de la americana, que se dejaban limpiar los zapatos mientras se pedían una de gambas, hábito al que mi padre fue sin embargo siempre refractario y esa herencia me dejó: no permitir que nadie te lustre jamás el calzado.</p>
<p>Aquella tertulia de La Granja fue perdiendo integrantes por razones de pura biología, que tiene cosas que la razón no entiende. Del primitivo grupo se quedaron sólo unos pocos contertulios, embargados por esa clase de tristeza que se alcanza cuando sabes lo que antes ignorabas: que la vida es una enfermedad mortal. Sólo quedaban ya junto a mi padre el relojero <strong>Barrios</strong>, <strong>Antonio</strong> (el del Ayuntamiento) y el legendario <strong>Julio</strong>, cuya estatura alcanzaba para mí la aureola de un Matías Prats (senior), por la sencilla razón de que lo escuchaba de buena mañana hablando cada día desde el micrófono de<strong> Radio Rioja</strong>: como trabajaba en Obras Públicas, se encargaba del parte de carreteras. Yo los seguí viendo luego ya de adolescente tomando la misma distancia, la larga distancia. Me asombraba su tenacidad para sostener la costumbre de acodarse en aquella hermosa barra curvilínea manteniéndose fieles a unas pocas máximas, pero de imprescindible cumplimiento: por ejemplo, nunca quedaban con antelación. No existía la cita previa: cada cual se dejaba caer más o menos a la misma hora, de modo que todos ellos se agrupaban con la misma naturalidad y elegancia de los trozos de glaciar cuando se desprenden de la roca madre y vagan por la mar océana hasta dar con otro de los suyos.</p>
<p>Otra máxima era el silencio. Podían estar durante un largo rato cuchicheando, otras veces alzaban algo la voz o reían alguna ocurrencia del vecino, pero la mayor parte del tiempo la dedicaban a contemplar mudos la vida a través de los enormes ventanales que daban a<strong> la calle Sagasta</strong>. Vieron desaparecer a la plantilla clásica de camareros, dijeron adiós a la gallarda decoración icónica y se despidieron también de los miembros más veteranos de las otras tertulias, que en consecuencia dejaron de orbitar a su alrededor. Se transformaron sin saberlo en numantinos: resistían como (casi) los últimos logroñeses adictos al rito inmemorial de la confidencia ritual o el cotilleo repentino. Al hábito de jugarse la consumición a los chinos (o los dados). A la tendencia matinal de abandonarse a la conversación en principio intrascendente donde sin embargo anidaba a menudo la auténtica sustancia de los días.</p>
<p>Yo ignoraba todo esto, por supuesto, aunque algo intuía. Desde entonces mantengo un respecto secular hacia las tertulias en los bares y también a sus integrantes. Supongo que fue la clase de enseñanza que adquirí por el método que garantiza la perfección en el arte del adiestramiento: que lo entendieras por tu cuenta. Solito. Sin lecciones ni sermones. No se necesitaba a ningún maestro para concluir que la regla básica era sencilla: abrir muy bien los ojos y los oídos. Porque ahí se encerraba <strong>el misterio de la vida,</strong> que por entonces aún me parecía interminable.</p>
<p>No lo era. Este otoño se llevó a Antonio, el último miembro de aquella tertulia paterna. Mi padre fue el primero en caer, hace ahora veinticinco años: repaso la cifra y todavía me asombro. Porque aunque La Granja ha vivido mejores tiempos y su actual aspecto clausurado invita a la depresión, yo todavía sigo pasando por su puerta y siento su presencia fantasmal acompañando mis pasos logroñeses. Aún veo también a sus compañeros de tertulia, que militaban en una categoría distinta a la de amigo: ninguno lo era. No, no eran amigos. Eran otra cosa, más sutil y profunda. Camaradas. Compañeros de viaje. Así que terminada la cháchara mañanera, cada cual se iba por donde había venido, lo cual quedaba confirmado en cuanto veías al relojero Barrios haciendo de nuevo guardia ante su tienda de <strong>Portales</strong>, sardónico centinela de la calle, una de las personas más divertidas que he conocido. También él se fue, como Julio, cuya voz dejé de atender en Radio Rioja alertando de no sé qué peligro acechando en la carretera hacia Navajún por Valdemadera.</p>
<p>Hoy, una preciosa foto de <strong>Jalón Ángel</strong> retratando aquel bar tal y como lo conocí, tal y como lo recuerdo en estas ensoñaciones, me invita a contener algún sollozo por tanta y tanta pérdida. Por la de quienes nos precedieron en este valle de lágrimas y por la pérdida de esa antigua ceremonia de la tertulia, que apenas se practica ya entre nosotros. En esa foto, que se exhibe estos días en el Ayuntamiento cortesía de la Casa de la Imagen, La Granja es una presencia no menos fantasmal que la fantasmal presencia de quienes la habitaron: iluminada por una luz que haría feliz a <strong>Hopper</strong>, enfocada desde <strong>Hermanos Moroy</strong>, la elegante rotulación invita a ingresar en ese acogedor vientre tan rico en líquido amniótico donde aguarda la promesa de <strong>un Logroño mejor</strong>. Donde Santos te despacharía el cruasán que tú no sabías que querías pedir y Dámaso vigilaría desde la máquina del café como el timonel de una fragata. Donde los caballeros se darían codazos entre risas mientras lanzaban sus alegatos al aire repleto de humo, fumando con la distinguida parsimonia que sólo <strong>algún logroñés castizo</strong> preserva y arreglando cada mañana lo que al día siguiente se volvería a estropear, mientras jugaban a los chinos (o a los dados) en silencio.</p>
<p>Mientras la vida iba y venía alrededor de nuestro pequeño mundo.</p>
<p>P. D. Tal vez la tertulia murió cuando murió la tipología de cafés que las cobijaban. Carentes de locales estilo La Granja, los logroñeses se resignaron a deambular en busca de la tertulia perdida y sólo hallada, según mi recuento, en dos bares: el <strong>Ibiza</strong>, donde al fondo puede tropezar la clientela cada mañana con un grupito de veteranos en el arte de hablar por los codos, y el <strong>Carlton</strong>, cuya tertulia alguna vez ha aparecido también por aquí. Donde acaba de causar baja otro de sus miembros, <strong>Félix Pedrosa</strong>, logroñés de esa misma estirpe. El linaje de logroñeses caballerosos y elegantes que nos dejan el listón casi insuperable a sus sucesores.</p>
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		<title>Una oportunidad para La Granja</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Dec 2017 12:45:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/La-Granja.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-955" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/La-Granja-300x200.jpg" alt="Foto del antiguo La Granja, de Justo Rodríguez" width="300" height="200" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/La-Granja-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/La-Granja.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con este título encabecé hace unos días un artículo publicado en <strong>Diario LA RIOJA</strong>, para compartir con el improbable lector mi esperanza de que un local tan querido se dote de una posibilidad de supervivencia ahora que acaba de ver clausuradas sus puertas. Para quienes no lo leyeron, lo lanzó por este conducto hacia el éter. Decía así.</p>
<p>En los últimos años, unos cuantos bares históricos del corazón logroñés han reabierto sus puertas luego de delicadas operaciones quirúrgicas. Ocurrió con el <strong>Tívoli</strong> de la esquina entre Bretón y Gallarza; fue también el caso de la antigua cafetería Las Cañas, alojada en los bajos de lo que fue Gran Hotel, hoy resucitada como <strong>Wine Fandango</strong>; y hace ahora un año el <strong>Ibiza</strong> del Espolón reapareció también con gran éxito. No ha sido lastimosamente el caso de<strong> La Granja</strong>, el legendario café de la calle Sagasta, que acaba de clausurar una etapa fallida después de su intento de reconvertirse en bar de copas, modalidad ‘low cost’. Bajo la denominación de <strong>‘Copas Rotas’</strong>, el veterano establecimiento (próximo a cumplir un siglo de actividad) volvió a la vida hace cuatro años, una experiencia recién truncada: sus clausurados ventanales con vistas al Logroño castizo aguardan hoy una mano amiga que le devuelva el pulso.</p>
<p>Así lo esperan los clientes conspicuos, que fueron declinando con el paso del tiempo, una vez que su transformación en bar de copas, apuntando hacia la parroquia propia de la noche, no alcanzó el acierto deseado. Y así lo esperan también los <strong>comerciantes de alrededor y vecinos del barrio</strong>, que se enteraron del cierre abruptamente. Por sorpresa, una mañana de hace un par de semanas lo vieron cerrado. Y cerrado sigue, sin ninguna señal visible en su exterior que permita confiar en la posibilidad de su reapertura.</p>
<p>Se trata de una opción que ha cobrado fuerza por su entorno: la resurrección de La Granja bajo un proyecto renovado que pilotaría un prestigioso grupo de la hostelería local. De momento, sólo una ilusión. Que choca contra la auténtica realidad: las puertas clausuradas y los sueños rotos de sus hasta ahora responsables. Que hace cuatro años, cuando ponían en marcha su negocio, recordaban su apuesta por un nuevo concepto de bar franquiciado, donde todo cuesta mayoritariamente un euro. Antes que en Logroño, la idea de este bar de bajo costo se había implantado en <strong>Madrid, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Baleares, Galicia y Navarra</strong>. Según sus promotores, el bar nacía con un espíritu condensado en una frase con pinta de eslogan: que la calidad no está reñida «para nada» con los precios. Su propuesta hostelera aspiraba a abarcar un anchuroso horario: desde el desayuno mañanero hasta la franja nocturna. «Un lugar para la primera copa», como explicaban los jóvenes empresarios que impulsaron el proyecto.</p>
<p>Unos propósitos que el paso del tiempo ha frustrado. Queda, no obstante, la esperanza de que algún emprendedor se anime y resucite el local bajo su añejo espíritu, resumido en estas palabras de <strong>Eduardo Gómez,</strong> colaborador de este periódico y perito en bares. «Por su céntrica situación y la amplitud de sus instalaciones se convirtió en el centro de reunión de logroñeses y de forasteros en San Mateo, especialmente del mundo del toro y de la pelota», rememoraba hace cuatro años, cuando el local volvió a nacer. Era su himno a la antigua Granja de las bandejas de ensaladilla rusa y las raciones de almejas que suministraba la vecina <strong>pescadería Suso</strong>. La Granja que busca una nueva oportunidad.</p>
<p>P.D. El artículo añadía un par de aportaciones; una, debida como las anteriores líneas al ingenio y erudición logroñesa del maestro Eduardo Gómez, de quien recuperaba una pieza donde glosaba la historia del histórico café de Sagasta. El segundo apoyo a la información central servía para lanzar otra imaginaria lágrima por otra defunción: la reciente desaparición de otro local singular del centro de Logroño, <strong>el Viena de Muro de la Mata</strong>. Y recordaba allí que, aunque carente del carácter emblemático que confiere a La Granja su longevidad, Viena representó en su momento un ambicioso proyecto hostelero que reunía en un mismo local al menos un par de almas: por un lado, como pastelería; por otro, como cafetería, adornada con una sugerente terraza con vistas al Espolón. Luego de algunos contratiempos, el establecimiento tiene sus puertas cerradas desde hace algún mes, con el cartel de la inmobiliaria como sello de su defunción. Abierto en noviembre del 2008, luego de una inversión que sus promotores cifraron en 3 millones de euros en sus 200 metros cuadrados que buscan una nueva (y mejor) vida.</p>
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		<title>Están ustedes invitados</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Oct 2016 10:33:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<post_tag><![CDATA[La Granja]]></post_tag>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/10/invitados.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-732" title="Cartel en un bar" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/10/invitados.jpg" alt="Cartel en un bar" width="600" height="700" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/10/invitados.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/10/invitados-257x300.jpg 257w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>De mi más tierna infancia tengo grabadas dos imágenes en materia de bares que me parece pertinente traer aquí a colación (hermosa expresión) porque ilustran de modo fetén esta reflexión en voz alta en forma de pregunta: por qué hemos dejado de invitar a amigos, conocidos y hasta desconocidos cuando coincidimos en nuestros bares de guardia. Ambas imágenes ocurrieron en<strong> La Granja</strong>, el querido café de <strong>Sagasta</strong> que ejercía para mí de crío como una prolongación del hogar familiar tan cercano. Protagoniza la primera escena el gran <strong>Pepe Blanco</strong>: cierro los ojos y lo ve entrar saludando como un torero, apoyar luego el pie en el estribo de la barra y (de nuevo como un torero) extender el brazo como cuando se brinda un toro a la concurrencia y proclamar: &#8220;Están todos ustedes invitados&#8221;. El resto de parroquianos le ríe la gracia, dilucidando si se trata de una broma o si el autor de &#8216;Cocidito madrileño&#8217; va en serio, rodeándole entre agasajos (&#8220;Pero mira que eres rumboso, Pepe&#8221;) y pidiendo su propia ronda los más avispados al camarero <strong>Santos</strong>, por si acaso el señor Blanco de verdad va en serio.</p>
<p>Era una escena que tenía algo de irreal por la magnífica personalidad del protagonista, pero que no era tan extraña antaño. Como no lo era la otra imagen que tengo asociada a la memoria y que ocurrió también en la barra de La Granja: dos clientes llegaron a las manos porque querían invitarse mutuamente. No sé qué me da pero intuyo que hoy esa escena sería imposible. Tal vez porque ahí se entablaba un duelo de honor soterrado (yo tengo más dinero que tú y por eso te invito), pero sobre todo porque la generosidad ha conocido mejores tiempos. Resulta raro eso de ir pagando las rondas de los demás. Tan raro como que te paguen la tuya.</p>
<p>Una reflexión apuntalada por una conversación reciente con <strong>Francisco Bergés</strong>, jefe de máquinas del Ópera de la calle San Antón. Cuando le preguntaba qué tendencias se había llevado el viento en materia de usos hosteleros, se tomaba un segundo y luego disparaba: no, ya no se estila eso de invitar al persona. &#8220;Antes era habitual que entrara en el bar un cliente&#8221;, recuerda, &#8220;coincidiera con unos conocidos y se hiciera cargo de la factura&#8221;. Ojo, no de cualquier factura: Bergés recupera de su memoria escenas donde un generoso parroquiano ardillaba una consumición que se elevaba casi una decena larga de cubatas: si alguien tiene noticia de sucesos semejantes en nuestros días, soy todo oídos.</p>
<p>Porque me malicio que no. Que no hay constancia de prodigios similares a nuestro alrededor. Si hoy resucitara Pepe Blanco y apareciera ante nuestros asombrados ojos pongamos por caso que en el <strong>Ibiza</strong> a punto de reabrirse, donde antes paraba con su taxi, y pronunciara las palabras mágicas (&#8220;Están todos ustedes invitados&#8221;), pensaríamos que el hombre sufría alucinaciones. Y nosotros también. Todo lo más, abonamos el cafecito del conocido de la esquina de la barra, allá al fondo, con quien nos hemos saludado cuando ingresábamos en el bar o obsequiamos a alguna damisela con un detalle semejante por un sentido de la caballerosidad que también se bate en retirada, puesto que se trata de un gesto que puede malinterpretarse: como un rescoldo del machismo que sigue acampando entre nosotros o como un testimonio de que uno tiene la billetera más larga que el vecino. Normal que se acabe llegando a las manos: eso no me lo dice usted en la calle.</p>
<p>Confirmo de tertulia con camareros de confianza que esto de invitar pasó hace tiempo a mejor vida. Una costumbre que ha quedado postergada entre nuestros hábitos como clientes a una única función: hacerle la pelota al obsequiado. A mí me sucedió hace unos años: de vermú en el <strong>Victoria</strong> con alguien cuya identidad no revelaré asistí a una escena tan impagable como aquellas de La Granja. Una escena que hubiera hecho feliz a <strong>Rafael</strong> <strong>Azcona</strong>: cómo brotaban tal que hongos parroquianos en cada esquina que se acercaban a invitar a mi acompañante a esto y aquello. Yo iba en el mismo lote y pensé para mí que ni la generosidad es hoy lo que era. Ahora se distingue por ser interesada. Y que tal vez siempre lo ha sido. Aunque yo siempre recordaré a Pepe Blanco como un vestigio de aquel tiempo en que podías tropezar con logroñeses desprendidos de verdad.</p>
<p>P. D. Desde <strong>El Soldado de Tudelilla</strong> atrona el autorizado vozarrón de <strong>Manolo</strong> para confirmar lo antedicho: que eso de esta ronda corre de mi cuenta es una frase en vías de extinción. &#8220;Los jóvenes ni conocen esa costumbre&#8221;, corrobora. &#8220;Lo de invitar ya sólo lo practican los mayores&#8221;, añade. Y mientras abre la puerta del bar de la calle San Agustín, Manolo confirma lo que cualquier improbable lector: que todo tiempo pasado fue anterior.</p>
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