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	<title>Logroño en sus baresLa Rioja &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Carretera y tragos</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Jul 2018 07:36:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>En capítulos anteriores, ya tuvimos que emigrar de excursión para justificar la importancia que tiene en el mundo de los bares esa tipología tan fetén llamada el <strong>bar de carretera</strong>. Cualquiera que haya tomado alguna vez el volante o viajado de paquete habrá ido construyendo en su memoria un feliz rosario con sus más gozosas estaciones, asociadas a sus aventuras como turista por el mapa patrio o allende las fronteras celtibéricas. Ese garito donde había que parar a toda costa, por fuerza, porque el cabeza de familia imponía su criterio al resto de la prole y mamá y sus increíbles hijos acataban la orden y desfilaban obedientes hacia el local, ya sabe el improbable lector de qué estamos hablando: barullo de mondadientes en el suelo, megafonía tronante, bizarra oferta musical (modelo casete) en una esquina de la barra y una cuadrilla de camareros con demasiada mili a sus espaldas.</p>
<p>Ese modelo de bar de carretera ha muerto, amiguitos. Ya os habréis dado cuenta. O sobrevive apenas, al pie de las pocas autovías que consienten su presencia tentadora para el reparador tentempié, el cafelito para estirar las piernas o el castizo universo del menú del día: eso de parar el coche allí donde se observe aparcada una tropa de camiones. Ha muerto como lo conocimos y la culpa la tiene el <strong>Ministerio de Fomento</strong>, departamento de señalizaciones: puesto que el célebre departamento ministerial que tanto cariño dispensa a <strong>La Rioja</strong> ha plagado de doble calzada la piel de toro, salvada sea nuestra bendita tierra, ocurre que las nuevas carreteras ya no pasan por donde transcurrían las viejas. Usted puede cruzar kilómetros y kilómetros de autovía sin divisar hasta donde alcance la vista el querido monumento: el bar de carretera ha desaparecido. Nadie sabe cómo ha sido.</p>
<p>Lo acabo de comprobar en <strong>un viaje reciente por la Meseta</strong>. Alguna maldita señal oficiaba en realidad como señuelo, como trampa para incautos: prometía una parada técnica justo aquí al lado pero era abandonar la rotonda e iniciar un peregrinaje por los pueblos de alrededor que ponía a prueba los reflejos de <strong>Google Maps</strong>. Luego ocurría que sí: que había un bar. Y hasta una gasolinera. Pero se alojaban tan a desmano que uno perdía el ritmo y hasta la noción del tiempo y el espacio. Despistado, regresaba por esas tierras de nadie, infinitos páramos de la España vacía, hasta ver si acertaba con la salida donde había dejado la autovía y con algo de suerte retomaba el camino. Hasta la siguiente etapa, donde debía ejecutar una maniobra similar: cruzar los dedos de los pies y confiar en San Cristóbal y la diosa fortuna. A ver si el garito estaba más a mano y podía llegar a su destino antes de que cerrara el control.</p>
<p>Lo cual me parece fatal. Sobre todo, en esta época tan pautada, que nos envuelve en un barullo de datos y pistas hasta para las rutinas más primarias. Así que hay gato encerrado: que la señalización evite precisar la distancia exacta donde habita ese prometedor trago (opcional, visita al aseo) sólo puede responder a un deseo preconcebido de hurtar semejante información. Y me desdigo de cuanto acabo de escribir: lo entiendo. Lo entiendo perfectamente. Porque esa magra indicación que en realidad apenas indica nada nos conduce a visitar esos <strong>pueblitos alejados del trazado principal</strong> que se quedarían aún más muertos de lo que están si el avisado conductor concluyese que no le merece la pena semejante desvío y probara suerte más adelante.</p>
<p>Y además nos quitaría de este otro placer, un placer de otro tiempo. Atravesar la estepa castellana, ese desierto tan poético. Divisar allá al fondo lo que parece ser un pueblo, indicio que confirmamos en cuanto asoma el campanario de la iglesia, la silueta del frontón, la triste marquesina del autobús patrocinada por una caja de ahorros que ya no existe. El paisano fumando boina en ristre al pie del arcén, la señora en bata barriendo la fachada de la casa, el viento solano barriendo también su cuota alícuota del paisaje detenido en el tiempo. Esas estampas propias de la España que conocimos <strong>a bordo del 600 familiar</strong> (LO-23.152), hoy arrumbadas a mayor gloria de la globalización que todo lo uniforma, depositarias de un genuino encanto que merece sobrevivir tanto como el bar de carretera.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Elvis.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1114" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Elvis-225x300.jpg" alt="Interior del bar UJTA" width="225" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Elvis-225x300.jpg 225w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Elvis-768x1024.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/07/Elvis.jpg 1200w" sizes="(max-width: 225px) 100vw, 225px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hablo por mí. Hubiera sido una auténtica pena perderme el espectáculo que me regaló la bendita señalización que de casi nada informa. Me hubiera ahorrado esos kilómetros pilotando por la auténtica nada, pensando si me había equivocado de ruta. El placer de deambular al volante sin mirar el reloj, ese privilegio anterior a la implantación del navegador obligatorio. Detener el coche frente a un bar de intimidante aspecto mientras empezaba a chispear y un recio frío mesetario desmentía la primavera. Ingresar en el local y maravillarme por la supervivencia entre nosotros de semejante establecimiento, de enigmática denominación: <strong>Club UJTA</strong>. Aviso a los malpensados: no es lo que estáis sospechando. Se trata de un bar ejemplar, estupendamente defendido por ese tipo de camarero tan añorado: capaz por sí solo de despachar a toda la clientela sin agobios de ningún tipo, esa clase de profesionalidad discreta que convierten esos metros cuadrados en un espacio de mullido confort. Ya no hay prisas. Afuera sigue lloviznando mientras saboreamos el estupendo cortado, óptimo de punto, acompañado por una estupenda magdalena cortesía de la casa, como el pincho de jugosa tortilla que también te regalan de saque. Un bar donde se tarifa a los precios anteriores a la llegada del euro. Te reciben con un gentil saludo y te desean buen viaje. Un bar de pueblo que se ha convertido en un bar de carretera. De donde te despide nada menos que el amigo <strong>Elvis Presley en formato reloj,</strong> apoyado sobre un extintor: imposible no amarlo. Imposible olvidar al bar UJTA. Sobre todo, porque de vuelta a la autovía se hará muy entretenido lo que resta de trayecto pensando en eso: en Elvis. Y en qué significa UJTA. Una pista: se aloja en un encantador pueblo leonés llamado <strong>Toral de los Guzmanes</strong>. Se premiará a los acertantes.</p>
<p>P.D. El viaje mesetario incluyó otra parada no menos formidable. Quien cruce por los aledaños de <strong>Mombuey</strong>, población zamorana de desconcertante nomenclatura, hará bien en detenerse ante La Ruta, bar y restaurante donde se oficia esa prodigiosa coreografía tan alabada: la que ejecutan sus camareros para dar de comer al hambriento y de beber al sediento a precios muy ajustados, rapidez vertiginosa y elevada profesionalidad. Todo un espectáculo: haga usted como yo, tome una silla del fondo y observe desde allí cómo salen las comandas de la cocina en perfecto orden, disciplinadas como guiadas por un robot japonés. O cómo desfila hacia la salida la multitud hace un minuto apiñada ante la barra o cuán de sabroso se sirve el bocata. Y con qué simpatía ejercen su endiablado trabajo estos magos y magas de la hostelería. Esos hechiceros que te siguen llamando caballero y te desean buen viaje.</p>
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		<title>El bar de Hopper</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Dec 2012 09:44:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>Paso cada mañana por su puerta desde hace meses y todavía no he visto adentro a ningún cliente. Supongo que en algún momento de su vida habrá conocido a alguien acodado en su barra, o sentado en las mesas interiores, o bien disfrutando de su terraza, pero sospecho que tal prodigio no será muy habitual. Y lo supongo por el aire conformista con que veo al dueño del bar abrir sus puertas, acomodarse en una silla y ponerse a rellenar crucigramas. Apilados a su vera, observo también un puñado de periódicos y revistas atrasadas, a la espera de ser consultados como terapia para afrontar cada jornada, que a primera hora ya tiene la pinta de ser larga. Muy larga. Mientras su amo se entretiene leyendo, nadie entra tampoco en el bar. La resignación invade ya cada rincón: ni siquiera se ha molestado en dar las luces.<br />
Ya es de noche. Cuando regreso a casa, apenas una débil bombilla ilumina el interior. Nuestro hombre sigue aguardando al misterioso cliente que nunca aparece; el día languidece y tan solo una charla casual y furtiva con un vecino le alegra un par de minutos. Luego regresa a su guarida, donde a veces parpadea un televisor que parece anclado en la edad analógica. A veces, cuando cruzo ante su puerta, desearía que un milagro se hubiera obrado y la clientela acudiera en masa a tomarse un café o paladear un vino. En otras ocasiones, pienso sin embargo que hay algo cautivador en esta atmósfera sombría que derrama el bar y me parece que si su suerte cambiara también le abandonaría el encanto destartalado que me ha conquistado. Lo siento por el dueño, pero yo lo prefiero así.<br />
El ambiente peculiar de los bares sin clientes ha inspirado una hermosa literatura, sobre todo norteamericana, y resulta muy caro también al cine. Recuerdo el bar de F<strong>at City</strong>, donde paseaba sus miserias el héroe de <strong>John Huston</strong>, y no olvido tampoco a todos esos innumerables bares sin nombre donde ahogan sus penas en alcohol los protagonistas de tantas películas, aliviados por un camarero eficaz y silencioso contra quien rebota el eco de sus fracasos. Y me viene a la memoria el estupendo lienzo de <strong>Hopper</strong>, artista cuya sabiduría supo atrapar el alma de nuestra civilización, la soledad que rodea al hombre contemporáneo en cuadros como el que acompaña estas líneas. En su barra, al menos sí hay algún cliente. Exactamente tres. Un caballero de espaldas y una pareja que parece conversar con el camarero; en realidad, podría ocurrir que no hablaran con nadie, que se limitaran a mirar hacia el horizonte que aquí parece poco prometedor. A través del ventanal asoma una calle inhóspita, intercambiable. Intuimos que pertenece a <strong>Estados Unidos</strong> pero ese paisaje urbano que se precipita sobre el abismo de la oscuridad puede pertenecer a cualquier ciudad.<br />
Incluso a <strong>Logroño</strong>. Si Hopper resucitara un día y se diera una vuelta por nuestras calles, tal vez reparase en este bar sin clientes que me tiene hipnotizado. Hasta es posible que en lugar de retratar su espíritu fúnebre, prefiriese penetrar en él y saltar al otro lado del cuadro. El arte dentro del arte. El auténtico bar de Hopper.</p>
<p>P.D. La crisis, la dichosa crisis, ha golpeado el consumo y se ha cebado con el sector de la hostelería. Así que bares donde entre poca gente… En fin, que hay unos cuantos. Una pena. Una pena cuantificada. Amablemente, Juan Donaire me pasa desde la <strong>Cámara de Comercio</strong> unos datos que deparan una sombría fotografía de la situación: entre el 2006 y el 2011, desapareció cerca del 9% por ciento de bares y restaurantes en Logroño. La caída es mayor en <strong>La Rioja</strong>: en el entorno del 30%. Lo dicho: una pena.</p>
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