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	<title>Logroño en sus baresLaurel &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Días sin bares (tercera parte)</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Apr 2020 09:17:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Como para cualquier integrante de mi generación, el acontecimiento que rescataremos siempre de nuestra infancia será (junto al éxito de <strong>Massiel en Eurovisión</strong>) el alunizaje de <strong>Armstrong, Collins y Aldrin</strong>, unas imágenes que todavía me admiran: entiendo perfectamente a quienes sostengan que es un cuento de la Nasa toda la conquista espacial porque, en efecto, esa maravilla tiene mucho de increíble. De los distintos hitos que caracterizaron aquella epoyeya, cada cual tendrá sus predilecciones. En mi caso, hay un momento estelar: cuando la plataforma se descuelga del cohete y cuando vuelve a conectarse con él, luego del paseo más famoso de la historia. Aunque debo confesar que otro momento muy intrigante de la conquista de la Luna me sorprendió entonces con tal intensidad que me viene cada día a la memoria en estas hora de confinamiento: la llamada <strong>descompresión</strong>.</p>
<p>Dícese de esos días que, luego de su regreso a Cabo Cañaveral (me encanta ese nombre), tuvieron que aguardar nuestros tres héroes metidos en una especie de burbuja para despojarse de los efectos negativos derivados de su viaje hacia los confines del universo. A mí me hipnotizaban aquellas imágenes, tanto como esas otras durante las cuales se veía al trío de astronautas divirtiéndose en una especie de chiquipark de la época donde la pista de bolas de nuestros días era entonces un espacio carente de gravedad, donde flotar hasta el infinito (y más allá). La descompresión posterior debía entenderse como lo contrario al entrenamiento previo: otro adiestramiento para la vida que aguardaba a los tres tripulantes del <strong>Apolo</strong> una vez que habían inscrito sus nombres en la posteridad. Descomprimirse significaba, según iba entendiendo yo a medida que se prolonga el cautiverio de esos tres caballeros, una manera de volver a la vida. Natural por lo tanto que el claustro donde entretenían la espera me recordara tanto al vientre materno. Sólo le faltaba su propio líquido amniótico, aunque supongo que los químicos de la NASA algo ayudarían para mejorar la salud de sus chicos.</p>
<p>Si recuerdo hoy aquella peripecia es porque no dejo de darle vueltas a esa idea de la descompresión. Cómo será nuestra vida futura cuando este suplicio concluya. Cómo volveremos a ser nosotros mismos y, por ejemplo, cómo será nuestra conducta como clientes de nuestros bares de confianza. Preguntas que me hago. Respuestas que surgen espontáneamente: dudo mucho que nos comportemos igual que hasta la llegada del maldito virus. No creo que toleremos con la deportividad de anteayer la falta de higiene de algunas barras: donde veíamos pintoresquismo y color local, observaremos mañana escasa prolifalixis. También sospecho que cuando tropecemos con un bar atestado de clientela, abandonaremos ese hábito tan nuestro y dejaremos de probar suerte a ver si cabemos (&#8220;Allá al fondo veo un sitio&#8221;). Otro tanto ocurrirá, me malicio, cuando ingresemos <strong>en la calle Laurel hoy vacía</strong> (como se observa en la magnífica e inquietante imagen de Justo Rodríguez que preside estas líneas) y <strong>a la altura del Ángel y el Donosti</strong>, por citar los dos locales que ejercen de fieltro, no consigamos avanzar porque lo impide la muchedumbre de rigor.</p>
<p>Son sólo tres detalles, tal vez menores, pero elocuentes a mi humilde juicio de los días que nos aguardan. Porque estoy seguro de que volveremos igual que estoy seguro de que la cuarentena nos habrá transformado. Seremos otros, quién sabe si mejores. Pero otros. Otros clientes más exigentes en materia de consumo de nuestros bocados y tragos favoritos, lo cual elevará en consecuencia su propio nivel de exigencia al sector de la hostelería en general. Obsérvese un caso reciente y curioso, una de las primeras hazañas del virus: incluso<strong> los bares de San Sebastián se ven ahora obligados a tapar sus pinchos y guarecerlos tras unas vitrinas,</strong> como es norma en otros sitios (Logroño, sin ir más lejos que al bar de la esquina). Según deduzco de las opiniones recogidas en esta casa misma casa por mis compañeros de redacción, los dueños de los bares son los primeros en reconocer que deberán transformar sus estrategias para captar de nuevo nuestra atención. Al menos, en las primeras semanas luego del confinamiento. Durante las cuales, todos nos deberemos someter a nuestra propia táctica de descompresión. Por si algún improbable lector está interesado, la mía consistirá en regresar a mis bares favoritos sólo cuando me garanticen que sus propietarios cumplen con las medidas higienistas que ahora colonizan nuestros días. Y que deberían haber llegado para quedarse.</p>
<p>P. D. La foto arriba mencionada, ese querido rincón <strong>donde la calle Laurel se funde con la Travesía, junto al callejón que conecta con Bretón</strong> a través del muro del Blanco y Negro, me instaló en un estado de melancolía nada más tropezar mis ojos con ella. Melancolía por partida doble. Porque añoro como el que más los felices y despreocupados días de ingesta en nuestros bares predilectos. Y porque me pregunto más que nunca sobre la pertinencia de una costumbre (el reparto de viandas a domicilio que protagoniza el ciclista de la foto) que me resulta extraña y hasta perjudicial en época de mayor celo profiláctico. Me ha parecido siempre que tenía algo de caprichoso pedir que nos sirvan a domicilio mercancías que cualquiera puede prepararse en su fogón o su horno, pecado en el que yo mismo alguna vez incurrido. Hoy me resulta directamente temerario. Para todos. Para el que lo encarga, el que lo sirve y para quienes nos podamos cruzar en su camino.</p>
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		<title>Días sin bares</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Mar 2020 19:14:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Viernes, 13. Mala fecha. Inolvidable. El Gobierno acaba de sugerir que <strong>los bares, mejor cerrados.</strong> Drama general. También para el improbable lector. También para mí. Cuando salgo de trabajar, entrada la noche, observo sin embargo que unos cuantos locales se saltan la recomendación. Son una minoría, pero llamativa. Los que recorro con la mirada camino de casa están más que vacíos, mustios. De manera que es inevitable que los parroquianos que habitan su interior guarden las distancias físicas entre uno y otro que recetan las autoridades sanitarias, aunque hay excepciones. Lamentables excepciones. Cuando me apalanco en el sofá y enchufo el ordenador, la hermandad de las redes sociales ya ha emprendido la caza y captura de los infieles: un listado de bares al que sumo mentalmente los que acabo de anotar. Contra quienes prometo perpetrar mi incruenta venganza. No volveré a frecuentarlos.</p>
<p>El sábado de buena mañana, otro tanto. Unos cuantos locales ignoran la invitación a cerrar y también <strong>los voy retirando de mi carné de baile,</strong> aunque otros que la noche anterior permanecían abiertos esta mañana ya tienen las persianas bajadas. Cuando esa tarde se decrete el estado de alarma, y de la recomendación se pase a la prohibición, ya no habrá más debate ni quien pueda ignorar la orden, que vale para todos. Aunque debe anotarse aquí que me llegó puntual noticia de un inconsciente que persistió en mantener la actividad, medio de tapadillo. Pero fue descubierto por el vecindario, puesto su caso en conocimiento de las autoridades policiales y obligado a cerrar, espero que multa mediante. El resto, los que el día anterior tenían sus puertas abiertas y los que ese sábado aún resistían a primera hora, obedecieron la consigna. Y se obró el milagro. Todos los bares de Logroño estaban cerrados.</p>
<p>¿Todos? Un momento. Todos no. Ese sábado por la noche, de regreso a casa antes de someterme un par de días después a los rigores del teletrabajo que ya había despoblando de redactores esta casa, tropecé con una luz encendida. Era <strong>un bar del parque del Carmen</strong>, que no citaré. Tenía la verja echada, pero en su interior una dama pelaba la pava con un galán, solos con sus cuitas bajo una bombilla, cada cual con su botellín. La escena me conmovió. Parecía el cuadro célebre de <strong>Hopper</strong>, un encuadre mal iluminado en cuyo fondo sucedía el prodigio que siempre aspiramos a descubrir cuando visitamos nuestras barras predilectas. La vida, versión imperfecta. Creo que no hay otra.</p>
<p>Lo comprabamos estos días, estos extraños días. Días sin bares, un vacío doloroso para la parroquia conspicua pero sobre todo para quienes todavía (¡Todavía!) mantienen el hábito de visitarlos cada día, a veces a razón de doble dosis diaria: <strong>un par de vinos</strong> antes de comer, otra ronda preludiando el regreso a casa por la noche. Los adictos al <strong>cafelito</strong>, que pueden tirarse una mañana dando la vuelta al azucarillo del cortado. O las damas que estiran también la consumición mientras hilan la hebra o juegan a los naipes (vale también el dominó). Porque entre nosotros se trata de un hábito que tiene más de social que de hostelero. El bar, ya se sabe, contribuye a socializar la vida y su ausencia deja un espacio clamoroso por lo huérfanos de voces humanas que se quedan allí donde es más necesario. En La Rioja interior, por ejemplo, donde ejerce de club social. Y también en Logroño. Pienso sobre todo, con el ánimo encogido, en todos esos abuelitos para quienes la ronda diaria (o la doble ronda diaria, que los hay recalcitrantes) representa un fugaz motivo de alegría y confraternización como tal vez no encuentren otro en el otoño de sus vidas.</p>
<p>Así que derramo una imaginaria (o tal vez no tan imaginaria) lágrima por todos ellos, pero no quiero que el desánimo colonice estas líneas. Habrá tiempo de volver a ser felices en las barras que tanta dicha nos procuran, celebrar la vida no al amor de una mortecina bombilla sino saboreándola, entre <strong>deliciosos tragos y sugerentes bocados.</strong> Saldremos de la cuarentena, supongo, mejor dotados para afrontar nuestras rutinas porque (también lo supongo) durante el cautiverio habremos sabido valorar lo que de verdad merece la vida y lo que resulta insustancial, aunque le concedamos la importancia de lo que carece. Y entre esos relámpagos de luz que nos reaniman, pocos tan adictivos como esa ingrávida sensación de acudir al reclamo de la llamada de quienes nos esperan en los locales de confianza. Camareros pero también magos. Terapeutas, hechiceros y confesores. Que han sufrido como pocos sectores el embate del bichito infausto y a quienes debemos recompensar como merecen. Liquidando sus bodegas en cuanto esta crisis sea un recuerdo y también todas sus provisiones.</p>
<p>Bebiéndonos la vida.</p>
<p>P. D. Puesto que los bares cerraron, no quedó otro remedio que pertrecharnos de los ricos néctares que custodia la bodega domiciliaria, que hace una semana presentaba mejor aspecto, la verdad. Van cayendo las botellas de Rioja mediante una sensata dosis, pero también contumaz. Al fondo del botellero, duermen las menos atractivas. Son las que, si dura mucho este cautiverio, dentro de algunas tardes nos parecerán unas diosas.</p>
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		<title>Los que se fueron</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Feb 2020 10:45:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>El pasado lunes, el improbable lector observaría cómo se cumplía el rito llamado <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/D%C3%ADa_de_la_Marmota"><strong>Día de la Marmota</strong></a>, sobre el cual no conviene extenderse: está al alcance de cualquiera entender de qué estamos hablando con pasearse por la <strong>Wikipedia</strong> o acercarse al video club que aún resista y alquilar &#8216;Atrapado en el tiempo&#8217;, la película que registra los extraños avatares de la mascota llamada <strong>Phil</strong> y demás héroes y heroínas de esa historia tan singular. El día de marras se emplea también como metáfora de cuanto sigue: la tendencia, que también anida en estas líneas, de regresar siempre sobre nuestros pasos, con una declarada vocación melancólica y derramar en nuestro caso una lágrima imaginaria por <strong>los bares que perdimos durante el año pasado</strong>. Nada que no quedara ya escrito en el 2019 respecto al 2018. Y así sucesivamente: van desapareciendo algunas barras conspicuas con puntualidad ferroviaria y uno no deja de lamentarse, porque pierde el paisaje ciudadano y pierde en consecuencia el vecindario donde se alojaban.</p>
<p>Es un lamento cíclico y también común. El recién reelegido al frente de la patronal riojana, <strong>Francisco Berges</strong>, se quejaba en sus primeras declaraciones esta misma semana por ese continuo goteo de bares que se despiden por el sumidero de la crisis sistémica que azota al sector. Bares del centro de Logroño, de su periferia y también (por supuesto) de La Rioja interior. Todos esos bares que se fueron el año pasado, que en algún caso tenían puesta la fecha de caducidad desde meses atrás: alrededor del último día del 2019, <strong>ese 31 de diciembre fatídico</strong> para su suerte, sus dueños decidieron que no aguantaban más y se ahorraron con el cierre los gastos consiguientes que acechaban a la vuelta del siguiente año: ese 1 de enero que además traía consigo subidas tributarias o de otra índole, que terminaban de complicar su existencia.</p>
<p>¿Qué contaba Berges en ese teletipo de la agencia Efe, desde su privilegiada atalaya del <strong>Ópera</strong> de la calle San Antón? Una serie de frases temibles, un análisis sombrío del universo de nuestros bares. Que el 2019 fue &#8220;peor que el anterior&#8221; para el sector hostelero riojano y de ahí su pesimismo respecto al futuro: según sus fúnebres presagios, descontando los cierres de bares y restaurantes de las nuevas aperturas, hay un déficit de 85 negocios menos en La Rioja en apenas un año. Con una serie de causas bien identificadas: “La hostelería ha cambiado mucho y muy deprisa”. “En el centro de Logroño cada vez hay más cadenas grandes y menos establecimientos pequeños, mientras que en los pueblos han cerrado muchos locales familiares”, añadía. Y su mensaje evitaba todo resquicio a la esperanza en el 2020 todavía recién estrenado, que llega con subida de impuestos, “mientras que los hosteleros tienen complicado aumentar los precios a los clientes, quienes han reducido mucho el consumo”. Por ejemplo, Berges detecta una anomalía curiosa: la parroquia parece haber renunciado “casi totalmente” a las copas durante las noches de los fines de semana.</p>
<p>El dilema al que se enfrenta el sector en su conjunto recuerda bastante, según se desprende de las palabras de Berges, al que reflejaba aquel entrenador llamado Tim, para quien el fútbol era una manta pequeña: si te cubres la cabeza, los pies se quedan fríos. Porque de ese preocupante panorama no puede salir la hostelería con la falta de mano de obra cualificada que se observa desde hace demasiado tiempo (“Hay muy poca gente que quiera trabajar en festivos y fines de semana, los jóvenes relegan la hostelería a un trabajo de paso y, en cuanto pueden, se marchan a otro sitio”) pero tampoco manteniendo el actual ecosistema de retribuciones: los camareros se quejan en general de salarios bajos, lo cual explica su tendencia a emigrar. A otras barras o a otros negocios. Un panorama que se refleja en la frase con que Berges resume la situación del sector:<strong> “Es bastante complicado conseguir un buen camarero y después conservarlo”.</strong></p>
<p>Resumen: que viene un año complicado. Aunque algunas recientes aperturas alegran el espíritu (el <strong>Kabanoba</strong>, por ejemplo, recién aterrizado en Laurel), mientras se repasa estas declaraciones del jefe de la hostelería riojana pesa en mi ánimo la tristeza por alguna de esas despedidas todavía recientes. El 2019 fue el año en que dijimos adiós al <strong>Iturza</strong>, por ejemplo. O al recordado <strong>Alfonso</strong>. Y también al último intento de resurrección de <strong>La Granja</strong>. Cuya actual fachada, un insulto al buen gusto y un homenaje al incivismo, preside estas líneas y sirve como desolador símbolo de todos esos bares que ya se fueron.</p>
<p>P. D. El feo aspecto que presenta el sector del comercio en general no sólo se refleja en el preocupante balance del 2019 en materia de bares. Cualquier paseante por Logroño y alrededores habrá observado cómo el primer día del año en curso significó la desaparición de unos cuantos establecimientos emblemáticos, cuyos dueños bajaron para siempre la persiana. Comercios de todo tipo: cada logroñés sabrá valorar cuáles de esas despedidas le afectó en mayor medida: vaya aquí un recuerdo para uno que me dejó noqueado. El cierre del <strong>videoclub</strong> <strong>Chaplin</strong> de la calle <strong>Padre Claret,</strong> que significa también el fin de toda una época. La época en que un negocio de esta naturaleza tenía sentido.</p>
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		<title>Nuestro hombre en la noche</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Jan 2020 17:00:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#160; Algunos de los camareros a quienes este espacio ha ido haciendo algún hueco o contando sus vicisitudes han deambulado durante toda su vida profesional por multitud de barras, de lo más diverso. Casi ninguno tenía un hilo conductor, hasta que lo encontraba. Servían a su oficio aceptando lo que las cartas que la vida [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/01/Unknown.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1468" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/01/Unknown-1024x682.jpeg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/01/Unknown-1024x682.jpeg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/01/Unknown-300x200.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/01/Unknown-768x512.jpeg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/01/Unknown.jpeg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Algunos de los camareros a quienes este espacio ha ido haciendo algún hueco o contando sus vicisitudes han deambulado durante <strong>toda su vida profesional por multitud de barras</strong>, de lo más diverso. Casi ninguno tenía un hilo conductor, hasta que lo encontraba. Servían a su oficio aceptando lo que las cartas que la vida les daba, jugando con ellas hasta que llegaba ese día en que (por fin) acertaban con su sitio. Que solía ser el bar que llevaban soñando en sus cabezas durante largo tiempo, el que identificaban cuando se ponía a su alcance. Hasta entonces, picoteaban de aquí y de allá, sin una línea de cotinuidad. Más rara de ver me parece una trayectoria como la del protagonista de estas líneas, <strong>Rafa Bezares</strong>. Quien mientras repasa los hitos de su carrera al otro lado de muchas barras, cae en la cuenta de que en ella reside un denominador común: casi siempre trabajó de noche. Ese tramo horario intimidante del que la mayoría de los miembros de su profesión suele huir, donde él se inició y al que acabó volviendo. La noche logroñesa, a la que Rafa ha puesto su propia banda sonora.</p>
<p>Hagamos memoria. Porque aunque su cara le sonará al improbable lector defendiendo su actual pareja de locales (<strong>Maldeamores</strong>, Malde en la jerga logroñesa, y <strong>Menhir</strong>), Bezares en realidad puede presumir de una prolija vida profesional, que arrancó en 1994 en el recordado <strong>KDB</strong> de la calle Vitoria, que me tuvo entre sus fieles por cierto. Es decir, que acaba de cumplir sus bodas de plata en la profesión recopilando un largo arsenal de hazañas. Del KDB a otro icono local, el M-30, sin salirse como se ve de La Zona, y de ahí al pub ubicado en el sótano del bar<strong> El Muro,</strong> en la calle Laurel. Luego llegaron otros bares, también en la misma franja nocturna, siempre hasta entonces como camarero: por ejemplo, el <strong>Graff</strong> de la calle Fundición, pero entonces decidió compaginar esta actividad con la propia de los bares vespertinos. Fue cuando desembarcó en el <strong>Pasarena</strong> de Bretón, hasta que en el año 2000 decide fundar su propio bar, el también añorado <strong>El Viajero</strong>. Un negocio que puso en marcha con su socio, José Félix, hasta que lo traspasaron doce años después. Durante un tiempo, estuvo simultaneando El Viajero (y el horario de tarde) con su primer bar de la calle Mayor, el Menhir, que puso en marca con Óscar Torres y el propio José Félix. Y más aperturas: por esa época, sin salir de la <strong>Mayor</strong>, abre el <strong>Bossanova</strong>, aliado también con Óscar y con José Luis Pancorbo. La aventura duró apenas dos años. En el 2009 lo traspasan, tal vez porque Rafa acumulaba ya demasiada actividad: para ese año había puesto en marcha el <strong>Splass</strong>, en la misma calle, junto al Menhir. “Lo cerramos para acondicionarlo durante unos meses y en el 2008 lo abrimos, ya como Maldeamores”.</p>
<p>En paralelo a su carrera hostelera, Rafa se fue asomando al complejo mundo de la organización de conciertos y la programación cultural. Su mano puede verse en al menos ocho ediciones de <strong>Actual</strong> y en las cuatro que lleva el festival <strong>Muwi</strong>, hito del verano logroñés, pero es que en realidad Rafa se enorgullece de haber dotado de un timbre singular a los distintos negocios hosteleros donde ha servido. “Ese es el mundo donde mejor me muevo”, explica. “No podría entender un bar sin que hubiera una oferta cultural añadida”. Y pone como ejemplo no sólo recientes experiencias en su par de locales de la Mayor, sino el desaparecido <strong>Festival de Jazz</strong> de El Viajero, donde también programó sesiones de tango, o las funciones teatrales que vigorizaron durante años al Pasarena mientras él defendía su barra, con Chisco y Gerardo al frente tanto del bar como del Teatro de Bolsillo.</p>
<p>Con el paso del tiempo, Rafa ha acabado decantándose por <strong>el horario nocturno</strong>, volviendo sobres sus jóvenes pasos en aquel KDB. Es un tramo complicado del día pero que tiene su lado positivo: le permite dedicarle tiempo a su faceta como promotor, el tipo de trabajo donde se ve a sí mismo el día de mañana. En ese futuro que sospecha que le sorprenderá haciendo lo que ahora hace: al frente de su promotora y a los mandos de sus dos bares, iconos de la noche logroñesa. Sin que la música deje de sonar.</p>
<p>P. D. Rafa Bezares alimenta su pasión musical no sólo dirigiendo los platos de sus bares de la Mayor, sino pinchando también en locales de otros empresarios, como hiciera cuando empezaba en esa profesión militando en sus dos vertientes: al frente de la barra y pilotando su banda sonora. Donde se reconoce deudor de los estilos propios de los festivales que organiza, es decir, pensando en los grupos de la escena <strong>indie</strong> nacional, aunque sin despreciar otros estilos. El <strong>funk</strong>, por ejemplo. O el santoral de la <strong>música disco</strong>, donde encuentra los llenapistas del estilo al himno que cita como uno de sus tótems, el que nunca suele faltar cuando se pone a pinchar: esa locura llamada ‘I feel love’, de Donna Summer.</p>
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		<title>Muchos, muchos, muchos bares</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jan 2020 16:29:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>El periódico El País publicaba el 2 de enero una información que resultó ser la más leída por su audiencia ese día: la noticia de que <strong>el Ayuntamiento de Málaga impediría la apertura de nuevos bares en zonas de la ciudad</strong> que considera saturadas. El cuerpo de la información detallaba cuáles son las calles donde la convivencia entre el negocio hostelero y la tranquilidad vecinal se estaba venciendo por el primer lado, de manera que el municipio que preside <strong>Francisco de la Torre</strong> (casado por cierto con una logroñesa) cortó por lo sano. No habrá más bares en, por ejemplo, las céntricas calle Sánchez Pastor (doce locales en apenas 80 metros), Calderería (16 en 113 metros) o Ángel (seis bares en 43 metros). La moratoria afecta durante los próximos cinco años a un total de 103 calles del centro de Málaga, pero no parece a simple vista una medida caprichosa: surge como resultado de un minucioso análisis del nivel de decibelios en las zonas circundantes a todos esos bares, que desveló lo que cabe presuponer. Un exagerado ruido, ese molesto inquilino que suele llegar acompañado de otros peligrosos incordios: suciedad, inseguridad e incivismo.</p>
<p>Como de Málaga y sus bares tengo una opinión muy superficial aunque entusiasta (el <strong>Pimpi</strong> y poco más: la visión del turista), ignoro si el veto a nuevas aperturas, que llega acompañado de otras medidas tendentes a limitar las actividades en las calles afectadas por la moratoria (incluyendo las que organiza el propio Ayuntamiento) y a recortar de paso los horarios de cierre, tiene sentido, es exagerado o incluso se queda corto. Pero me llamó la atención porque deduje que se trata de un modelo de convivencia más bien meridional, ajeno a <strong>Logroño</strong> y otras poblaciones septentrionales: en <strong>Andalucía</strong> es propio hacer la vida en la calle, aprovechando las ventajas de sus amistosas temperaturas, y tal vez el ruido inherente a la ingesta de tragos y bocados sea superior al caso logroñés. Donde, sin embargo, va ganando peso esa misma costumbre: a despecho de que la temperatura exterior aconseje el trasiego <strong>dentro del bar de guardia</strong>, es cada vez más habitual la consumición llamada &#8216;outdoor&#8217;, en vez de la &#8216;indoor&#8217;. Sobre todo, cuando la protagoniza el gremio de fumadores.</p>
<p>De ahí, de esas cavilaciones, surgió una duda, camuflada en una serie de preguntas que me hice ese día y ahora pongo por escrito: qué posibilidades tendrá de prosperar una medida semejante en Logroño. Porque me llama la atención que en pleno corazón de la calle <strong>Laurel</strong> se albergue un mínimo de dos edificios destinados a uso residencial, cuyos inquilinos me aseguran que en nada notan que peligre el sosiego de sus hogares (bien que provisionales) por la presencia de las cuadrillas que colonizan esos metros de suelo público compartido. Puesto que Laurel y alrededores (incluyendo <strong>San Agustín</strong>, que dispone también de sus propios pisos turísticos) se han convertido en un escenario para el ocio casi en exclusiva del fin de semana, y puesto que además la ingesta de la clientela suele registrarse en el interior (en invierno, especialmente), esa idea malagueña tendría nulo sentido entre nosotros, me parece. Soy por lo demás partidario de no vetar la apertura de bar alguno: si cada portal de la calle Laurel, por seguir con el ejemplo canónico, cuenta con su propio bar y sus responsables se ganan la vida de ese modo, cumplen la reglamentación vigente y cuidan la convivencia con sus escasos vecinos, no entiendo a qué viene prohibir nuevas aperturas. Una prohibición que suele despertar ese tufillo que aborrezco, la típica conspiración gremial para que el conjunto del sector no se vea lesionado por el espíritu emprendedor de quienes decidan instalar sus negocios.</p>
<p>Mis dudas, sin embargo, resisten más allá de las calles propicias para las rondas castizas. ¿Opinarán lo mismo que yo los vecinos de <strong>Gil de Gárate</strong> o de <strong>Saturnino Ulargui</strong>? ¿Y los de <strong>Bretón</strong>? Porque conozco a algún audaz vecino de esta misma calle harto, comprensiblemente harto, del ruido permanente provocado no sólo por la clientela, sino por el estrepitoso arrastre de sillas y mesas (esas que ahora permanecen ancladas por la noche al árbol más cercano y antes de guardaba, silenciosamente por favor, en un local vecino). Y también conozco a algún empresario del sector, cuyo bar se ubica en esa misma calle, igual de harto porque la ordenanza municipal resulta a su juicio excesivamente celosa y garantista e impide que su negocio prospere, a diferencia de lo que sucede según me apunta en ciudades limítrofes, más permisivas, hacia donde parece emigrar ese tipo de turista de entre semana, congresual casi siempre, que encuentra más libertad para las copas nocturnas que la hallada en Logroño.</p>
<p>Y concluyo que, como siempre, en el centro justo debería radicar la virtud que permita un equilibrio entre la deseable convivencia. Como miembro de la parroquia habituada a ir de bares, seguro que en algo he contribuido a las molestias que semejante práctica provocan. Y pido disculpas retrospectivas. Pero como vecino que aspira al merecido descanso que en teoría aguarda cuando llegas a casa, me pongo en el lugar de quienes en nada simpatizan con las molestias propias de tener un bar (o unos cuantos bares) debajo de casa, o al lado, o monopolizando toda la calle. Y me solidarizo con ellos aunque la conclusión a que llego tras tantas cavilaciones es la de siempre, lo antedicho. Que por algún lado debe anidar el punto medio. Y que desde luego en el caso de Logroño ese no es el caso de la calle <strong>Portales</strong>.</p>
<p>P. D. La prensa también informaba en esos mismos días de la medida acordada por el alcalde de la localidad francesa de <strong>Rennes</strong> (bellísima, por cierto): vetar las estufas callejeras que los bares instalan en sus terrazas para allegar otra cuota de negocio en los duros meses de infierno, que en Centroeuropa suelen durar más que en España. Vi las primeras hace mil años en <strong>Bruselas</strong>, instaladas en los veladores que rodean su icónica Grand Place, y me llamaron la atención. Entre nosotros crecieron como setas (así les llama el ingenio popular, o también suegras: porque calientan la cabeza pero no los pies, como nuestras queridas mamás políticas) a consecuencia de la<strong> bendita ley antitabaco,</strong> que era algo así como el apocalipsis para la hostelería española que luego encontró sin embargo la manera de reinventarse con estas terrazas de invierno. Alega el alcalde de Rennes lo idiota de esta idea: nadie en su hogar se sale a la terraza con una estufa cuando el frío arrecia fuera. Y agrega que tiene bastante de pernicioso su consumo para quienes deben velar por el medio ambiente. Le doy la razón a Monsieur Hervé, aunque no tengo el gusto. Y le hago llegar otra justificación para prohibirlas o al menos para vetar la presencia de fumadores: no tiene sentido, a mi humilde juicio, tener que aguantar los malos humos del vecino en ese cobertizo cuando unos metros más allá, en el interior del bar, están prohibidos. ¿Terrazas exteriores? Voto a favor: sin humo y sin estufas.</p>
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		<title>Le llamaban Tardevieja</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jan 2020 16:29:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hay quien aduce sesudos motivos para odiar la <strong>Navidad</strong>, entre ellos eso de la felicidad obligatoria, y no se le quitará la razón en las líneas que siguen. Hay quien por el contrario se siente a gusto en estas fechas, pero como la alegría en España siempre será sospechosa se cuida mucho de salir de ese armario y proclamar su júbilo. Entre quienes profesamos alguna devoción a estas festividades que están a punto de clausurarse, a caballo de dos años, nos encontramos quienes alegamos como coartada excusas de orden más bien prosaico: confieso que a mí me gusta la Navidad porque veo por Logroño a buenas gentes a quienes echo de menos (tal vez sin saberlo, ni ellos ni yo) el resto del año. Y porque dedico más tiempo a cuidar a mis seres queridos, a quienes sin días de descanso por medio resulta más difícil atender como merecen. Esas dos razones son suficientes para mí: me conformo con poco. Ventajas de haber nacido en los años 60, cuando sólo se podía elegir entre poco y nada.</p>
<p>Esa evidencia de que los bares de guardia se ven estos días colonizados por quienes viven fuera de nosotros se materializa en dos momentos cumbre de las navidades: el vermú de <strong>Nochebuena</strong> y el vermú de <strong>Nochevieja</strong>. Los dos aperitivos más largos del año, hasta el punto de que el genio del idioma, que tampoco descansa en Navidad, ha dado en bautizar esas horas con el mejorable nombre de <em>Tardebuena</em> y <em>Tardevieja</em>. La antigua empalmada, para quienes peinen alguna cana o hayan perdido todo el pelo de la cabeza. Antaño, la empalmada consistía en enhebrar las copas noctívagas con el desayuno mañanero; hogaño, esa costumbre se traslada al momento indefinido en que las copas vespertina se enlazan con el aperitivo o tentempié, los vinos y cañas que se trasiegan acompañados de los bocados de giro y hacen las veces de almuerzo en esas dos fechas tan señaladas.</p>
<p>Hay otras costumbres que también son propias de ambos días, pero que me temo que empiezan a batirse en retirada. Como otros compañeros de generación a quienes solía saludar en semejantes trances, yo solía apurar de bar en bar por la zona peatonal de las antiguas <strong>Cien Tiendas</strong> (ahora mismo da miedo echar la cuenta de las que resisten), también llamado <em>Tontódromo</em> en mi mocedad tan (ay) lejana. En algunos locales era complicado siquiera acceder a su interior, puesto que esos instantes eran los más adecuados para la ingesta previa a las cenas de tan celebradas noches. Una breve multitud se apiñaba por Juan XXIII, Doctores Castroviejo y alrededores para reencontrarse con los amigos que viven lejos o con quienes viviendo cerca no termina uno de compartir cháchara y tragos. Con el tiempo, esa costumbre se ha ido desplazando de horario: triunfa entre nosotros la <em>Tardebuena</em> y su hermana la <em>Tardevieja</em> y como testigo de esta tesis llamo al estrado a mi testigo favorito. Servidor.</p>
<p>La <em>Tardebuena</em> del 2019 sorprendió a los logroñeses con temperaturas primaverales, que convocaron a las masas en el entorno de la ciudad histórica y los bares conspicuos. Incluso las terrazas presentaban el aspecto más propio de cuando se acerca la canícula. Y qué decir de<strong> Laurel, San Agustin, San Juan&#8230;</strong> Llenazo desbordante, con esas caras conocidas arriba citadas que vuelven a casa por Navidad, como en el anuncio del turrón. Un desparrame que coqueteaba con el éxtasis y preludiaba la Tardevieja que se avecinaba una semana después, cuando se obró el mismo milagro&#8230; aunque no tan multitudinario. Esas temperaturas propias de cuando aún hacía frío en Navidad intimidaban lo suyo, aunque no lo bastante para evitar escenas análogas: daba gusto deambular por los bares de rigor, saludar a los conocidos (aunque fuera de reojo) y concederse el placer de ir picoteando de barra en barra las suculentas golosinas con que se despedía el <strong>2019</strong>.</p>
<p>Pero llega <strong>enero</strong> y su temible cuesta. Según tengo entendido, el peor mes (<strong>febrero</strong> no le va a la zaga) para el negocio hostelero, puesto que baja en picado la afluencia de clientela, exhaustos nuestros cuerpos y nuestras billeteras tras las descargas navideñas. Pero en la retina quedará marcada esa imagen maravillosa para quienes disfrutamos de este maravilloso entretenimiento que significa ir de bares. Esos raros momentos de confraternización intergeneracional vividos en Nochebuena y Nochevieja a la hora del aperitivo, a costa de vaciar los bares logroñeses en las horas previas a las respectivas cenas de ambos días. Mudan los hábitos, se adaptan a los nuevos tiempos y nos dejan en cada año entrante pensativos y melancólicos. Al menos, en mi caso. Cavilando, cavilando, concluyo que en realidad el año entrante tal vez sea ese misterioso espacio que se abre entre <em>Tardevieja</em> del 2019 y <em>Tardebuena</em> del 2020: cuando dará tanto gusto recorrer Logroño en sus bares.</p>
<p>P. D. Puesto que el improbable lector de este blog, según los estudios de audiencia que poseo, ha cumplido ya algunos añitos me malicio que en estos días invernales se regalará <strong>uno de esos sabrosos caldos</strong> que salen a nuestro encuentro en las barras conspicuas. Como también es mi caso, me permito aconsejar los que he catado en las rondas navideñas y merecen mi aplauso: el mejor, el de <strong>El Soldado de Tudelilla</strong>, otra buena razón para dejarse caer por la jurisdicción del hada Azucena; medalla de plata para el que sirven en <strong>Wine Fandango,</strong> con esmerado servicio por cierto. Y tercera posición para el del <strong>Charly</strong>, que añade a su suculento sabor su condición de miembro de la sagrada tríada riojana, puesto que se puede despacha con un a copa de vino joven y el indispensable morro. Se va a casa uno comido.</p>
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		<title>Simpatía por La Simpatía</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Nov 2019 17:15:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Alguna vez dejé escrito por aquí mi genuina simpatía por <strong>La Simpatía</strong>, y vayan por anticipadas mis disculpas por semejante juego de palabras, tan tontorrón. Me gustaba sobre todo apalancarme durante mis primeras visitas en las mesitas del fondo, desde que descubrí una de las paredes decorada con <strong>un póster del Logroñés de mi infancia</strong>. Con García Fernández, Simarro y demás ídolos mayores, a quienes acompañaba el marcial bigotón de Cenitagoya. Amparado bajo su mostacho, consumí unos cuantos vasos de tinto, aquel vinazo de los carreteros que procuraba a su vez tu propio mostacho decorado en negro azabache y obligaba a unas cuantas excusas atolondradas cuando llegabas a casa para justificar sin éxito la ingesta de alcoholes prohibidos por orden familiar. Por entonces, La Simpatía, al menos para mí, tenía algo de refugio. Superabas la barra, te apoltronabas  en aquellas mesitas de formica y le dabas a la cháchara interminable que no servía para arreglar el mundo, ni para arreglar Logroño siquiera, pero te permitía pasar un buen rato. Entretenerse era entonces la máxima aspiración ociosa de la provincia. Tal vez lo sigue siendo.</p>
<p>Se entenderá por lo tanto el desgarro emocional que supuso para sus fieles ver un día cerradas sus puertas, en el corazón de Laurel. Donde la calle vuelve a ganar anchura, despeja las multitudes del fin de semana y se proyecta hacia su tramo final, mientras dudas si elegir el recodo que lleva hacia el <strong>Sebas</strong> o profundizas hacia la jurisdicción del <strong>Blanco y Negro</strong> y demás familia. Cada vez que cruzo ante su cancelada estampa, vuelvo a ver el bigote de Cenitagoya. Y oigo incluso los trinos con que Javi, en mi segunda etapa como leal parroquiano, reclamaba de la cocina un par de <strong>cojonudos</strong>, manjar que me seducía menos que sus vigorosos <strong>calamares a la romana</strong>, servidos perfectos de punto y de sabor. La voz de Javi, esa voz&#8230; <strong>El himno de la calle Laurel.</strong></p>
<p>El caso es que La Simpatía cerró. Hace ya alguna glaciación, aunque por caprichos de la memoria nos parezca que semejante suceso ocurrió anteayer. Hace unos cuantos meses, sin embargo, se obró un milagro, que creo haber relatado también en este espacio. Su puerta estaba abierta, unos operarios retiraban  escombros del interior mientras anunciaban <strong>su próxima reapertura</strong>, yo me apresuré a contarlo al improbable lector&#8230; Pero fuesen y no hubo nada, como en el soneto aquel de Cervantes. De modo que cuando volvía a pasar ante su puerta, confiaba en un nuevo prodigio, que aquel milagro anunciado cristalizara, pero pasaba el tiempo y no se movía un ladrillo. Cenitagoya podía esperar.</p>
<p>Pero en fin&#8230; Moría el verano cuando se proclamó la buena nueva.<strong> La Simpatía reabrirá un día de estos bajo una nueva fisonomía</strong>, la elegida por sus promotores para provocar un pequeño terremoto en los usos y costumbres de la calle. Una especie de revolución, porque el nuevo bar que se avecina tiene la intención de escapar del prototipo de negocio propio de la calle. Ocupará todo el inmueble, según me explican, y en cada altura habrá un ambiente distinto. Como una muñeca rusa, un piso llevará a otro y así sucesivamente: en uno se ofrecerá lo típico de la calle (buenos bocados, estupendos tragos), en otro se decantarán  los propietarios por reforzar la oferta gastronómica y habrá incluso una zona para tomarse una copa. Un cliente puede recorrer todas las fases de su ingesta favorita sin moverse del bar. Esa es al menos la previsión, todavía indeterminada, que anuncia otra curiosa novedad: el local tendrá entrada por dos calles. Laurel, por supuesto, pero también <strong>Bretón</strong>.</p>
<p>Los propietarios, acreditados empresarios del gremio hostelero como se escribía antaño, prometen detallar sus intenciones mediado el otoño. Pero de momento ya se puede compartir por aquí la inconcreta pero venturosa novedad: volverá La Simpatía. No será el de antes pero su reapertura cerrará esa herida que permanece abierta desde hace demasiado tiempo en el corazón de la calle Laurel. En nuestros propios corazones.</p>
<p>P. D. Escribí una vez por aquí, a propósito de los sabrosos calamares que despachaba La Simpatía antes de su cierre, que no los he vuelto a probar mejores en todo Logroño. Un improbable lector vino a matizarme: ojo con los del <strong>Samaray</strong>. No tenía el gusto. Pero corregí pronto aquella laguna y hoy lo confieso: estupendos. Tan ricos como aquellos de La Simpatía aunque carentes del rasgo definitivo. La hermosa voz de jotero con que los despachaba Javi.</p>
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		<title>Blanco y Negro, clásico entre los clásicos</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Oct 2019 15:42:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Una mañana dominical de mi (ay) lejana mocedad ingresé a una inhóspita hora en <strong>Laurel</strong> por la encantadora cuestecilla que une la calle con <strong>Bretón de los Herreros</strong>. El solitario paisaje invitaba a darse la vuelta y husmear por otros territorios (el Tontódromo, por ejemplo) pero de repente a mi espalda un ruidito confirmó la presencia humana en uno de sus bares icónicos: el <strong>Blanco y Negro</strong>. Miré hacia su interior y no vi a nadie, aunque una luz encendida al fondo atestiguaba que, en efecto, alguna esperanza de vida anidaba más allá de la barra. Di una voz y otra me contestó: unos segundos después, de entre las tinieblas emergía la figura de su todopoderoso guardián, un caballero llamado <strong>Julián</strong>. Así se presentó luego de confirmar que aunque no lo pareciera el bar estaba cerrado. Pero que en atención a mi presencia y la de mis acompañantes nos atendería si no dábamos mucho la lata. Es decir, si nos limitábamos a un sucinto refrigerio. Como resulta que nos encogimos de hombros porque no sabíamos muy bien si queríamos o no queríamos seguir en aquel bar semiopaco (las indecisiones propias de aquella remota juventud), el propio Julián despejó las incertidumbres. Allegó <strong>unos porroncitos y unos platillos con anchoas</strong>. Jugosos los unos, suculentas las otras.</p>
<p>Así transcurrió aquella mañana en el Blanco y Negro que sigo sin olvidar pese a que han llovido desde entonces unos cuantos porroncillos, utensilios ahora en retroceso a mayor gloria de la corrección burocrática que los margina. Esa mañana, nuestro hombre siguió acercándonos a fenomenal ritmo unos cuantos platillos de anchoas, sin solucionar en ningún momento la duda central: si nos estaba invitando porque se había compadecido de aquellos mozalbetes seguramente sin un duro (acertaba) o si por el contrario había decidido abrir el bar sobre la marcha y ya éramos para él unos clientes más. La duda se fue engordando a medida que iban cayendo los porrones y las anchoas, porque Julián los ofrecía sin haberlos pedido, presumiendo de las sabrosas viandas que preparaba en la cocinilla. Cuando ya nos íbamos a marchar, tímidamente le preguntamos eso de qué se debe. Entonces fue Julián quién pareció dudar: “Que qué os cobro, que qué os cobro&#8230; Pero qué os puedo cobrar. Si he pasado una mañana estupenda con vosotros”. Pronto acertó sin embargo con la solución al enigma: nos pidió una cantidad de dinero que estaba muy por encima de nuestras posibilidades y exigía <strong>una derrama coral</strong> por el método de retorcer los bolsillos en busca de alguna peseta olvidada que nos permitiera abonar la minuta. Cosa que hicimos, no sin esfuerzo. No recuerdo si nos fuimos más molestos que asombrados de su desparpajo. Tal vez las dos cosas.</p>
<p>De aquella anécdota ocurrida en el pleistoceno guardé durante algún tiempo un sabor amargo. Que duró poco. Luego caí unas cuantas veces más en la jurisdicción del amigo Julián, porque me parecía en realidad un auténtico mago de la calle Laurel. Que proveía por cierto a su clientela de aquellas riquísimas anchoas, de un sabor como no he vuelto a catar. Y porque le cogí algún afecto y porque además el Blanco y Negro poseía un encanto singular. No sólo porque Julián te reconocía desde que pisabas sus baldosas y te acercaba el porrón sin haberlo pedido siquiera (luego te lo seguía cobrando, por supuesto, como aquella primera vez), sino porque el espacio donde ejercía de comandante en jefe estaba dotado de un atractivo difícil de identificar pero genuino. Con el paso del tiempo, me acostumbré a dejarme caer por el Blanco y Negro por otras dos razones: sus bocatitas de (por supuesto) anchoas (con pimiento verde) y las fotos que decoraban el friso que recorría la barra, obra del gran (y llorado) <strong>Emilio García</strong>, quien brindó sus servicios en el desaparecido El Correo y prestó a los dueños del bar algunas de las mejores imágenes que nadie tomó nunca de<strong> los años gloriosos del Logroñés.</strong></p>
<p>Si vuelvo ahora sobre aquellos pasos iniciales en los dominios de Julián y sus herederos es porque mientras me entretenía con una entrada reciente a propósito del <strong>Achuri</strong>, caí en la cuenta (gracias al propio Juan Carlos) de que el Blanco y Negro es con seguridad el bar más antiguo de la calle. Según el patrón del Achuri, porque en su momento sería incluso posada, etapa que hunde sus raíces siglos atrás. De aquel negocio inicial poco se sabe. Más fresca se conserva en la memoria popular la larga y fecunda estancia de Julián, quien pasó más tarde el testigo a quienes ahora dirigen el local, allá en los años 80, con <strong>María Ángeles Mendoza</strong> al frente, depositaria de un maravilloso legado que defiende con la reconocida solvencia que distingue históricamente al bar y que se remonta a unas cuantas décadas anteriores. Incluso hay algún veterano feligrés que recuerda al Blanco y Negro como tal, hace casi un siglo, clásico entre los clásicos de la calle Laurel. Con una precisión, como apuntan desde el propio bar: que en realidad se ubica en la calle Bretón, a cuyo inmueble número 48 pertenece el local que lo acoge.</p>
<p>Lo cual confirma que, en efecto, se trata del negocio es el más antiguo de la calle y evoca inevitablemente esos años en que la oferta de anchoas en su barra era abrumadora, los años de aquella epifanía con porrón incluido. Luego, los hábitos del público fueron cambiando. El domingo era por aquella época el día estelar de la semana, nada que ver por lo tanto con los actuales tiempos y costumbres. De modo que las bandejas de anchoas fueron desapareciendo en beneficio de otro bocado singular, jugosísimo. El llamado &#8216;<strong>matrimonio</strong>&#8216;, ese delicado bocadillo que funde el sabor del pimiento con el aroma de la anchoa (ella, otra vez) y que se sirve por cientos “y hasta por miles”, como subrayan por el Blanco y Negro. Desde donde también miran hacia atrás para recordar que la Travesía como tal nació hará cosa de un siglo, según la documentación que puede consultarse en el archivo municipal, gracias al derribo de un edificio que permitió el actual acceso a la calle Laurel desde Bretón por ese castizo pasadizo. Pero también el Blanco y Negro otea el futuro, un brillante porvenir que resume en esta frase: “Trabajamos para que la gente siga pensando en nosotros cuando viene a la Laurel”.</p>
<p>P. D. El Blanco y Negro, como se acaba de precisar, se aloja no tanto en la propia calle Laurel como en el edificio de Bretón de los Herreros que hace esquina con la Travesía. Es una de tantas singularidades que distinguen a la calle, que en realidad (como alguna vez se ha citado) es una y trina: la Laurel en sí y sus dos afluentes, <strong>Albornoz</strong> y la citada Travesía. Incluso, siendo generosos, podemos incorporar a este itinerario así llamado (la Laurel) la calle San Agustín, dotada sin embargo de su propia fisonomía y personalidad.</p>
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		<title>Bar Achuri, patriarca de Laurel</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Sep 2019 09:02:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Tertulia tontorrona típica de verano, mi favorita. Prende entre quienes participamos en ella una duda: qué bar de la calle Laurel es el más antiguo. Titubeos, incertidumbre, división de opiniones… Acude en nuestro auxilio <strong>el maestro Eduardo Gómez</strong>, a quien consultamos por teléfono para que arroje alguna luz. Lo cual hace gustoso, previa advertencia: en realidad, <strong>la calle Laurel</strong> tal y como ahora la conocemos es un invento reciente en términos históricos. En su mocedad, recuerda nuestro perito en bares, él la recorría de arriba a abajo, incluyendo los dos afluentes (<strong>Albornoz, la Travesía</strong>) porque vivía justo al lado y porque era una calle donde había bares, en efecto, pero también tiendas de toda índole, que exigían una visita para cualquier recado: Laurel era una calle comercial, una más del viejo Logroño. Como lo era<strong> su gemela la San Juan,</strong> donde su vertiente mesocrática tardó más en desaparecer. Y todavía resiste, más o menos.</p>
<p>Así que Eduardo hace memoria y concluye que con alguna seguridad el bar más veterano de la calle Laurel será… el <strong>Achuri</strong>. O el <strong>Blanco y Negro</strong> tal vez… Pero no: el Achuri, el Achuri, dictamina. El patriarca de la calle Laurel, el bar que lleva más tiempo en las manos de la misma familia que lo fundó. Con cuya puerta se tropezaba cuando era un chiquillo y ahí sigue, a disposición de los interesados en mantenerse fieles a la Laurel de toda la vida, antes de que se viera invadida por los bares de tipologías más recientes. No es el caso del legendario Achuri, donde también perpetramos nuestras propias incursiones de chavales como hiciera Gómez unos cuantos años antes, y donde nos recibía su patrón, elegante como un galán de cine de los años 50. Una especie de José Suárez parapetado tras una barra donde hizo célebres ciertas golosinas.</p>
<p>Las setas, por ejemplo. <strong>Juanjo</strong>, que así se llamaba el comandante en jefe del Achuri, era aficionado a la micología y se notaba en la presencia de unos cuantos misteriosos hongos durante la temporada de recolección. Misteriosos porque su nomenclatura (había una setas llamadas pardillas, por ejemplo) representaban un enigma para quienes sólo distinguíamos un champiñón de una seta de chopo y ahí se acababa nuestra destreza. Misteriosos también por su apariencia, que se apartaba de lo trillado en esta rama de la gastronomía: una de aquellas setas, por ejemplo, tenía aspecto de lengua de vaca y resulta que así se llamaba por cierto, para felicidad de los incondicionales del Achuri, que encontraban en su barra esos manjares raros de ver entonces por Logroño, despachados desde los fogones con mano maestra por la jefa de la casa, <strong>Alicia</strong>.</p>
<p>A quien por cierto se recordará como la hechicera de otro guiso singular que la memoria logroñesa asociará siempre con su bar: la asadurilla. La asadurilla del Achuri, que servía perfecta de punto y de sabor. Un plato de otra época, hoy también muy extraño de encontrar. Allí era el rey, como se recuerda desde alguno de los paneles distribuidos por sus paredes donde reina ahora el heredero de la saga, Juan Carlos, quien confirma que sí. Que el Achuri se puede considerar como el patriarca de la calle, como atestiguan sus 80 años de vida, repartidos entre<strong> las tres ramas del árbol genealógico</strong> (su abuelo, su padre Juanjo, fallecido hace un año, y ahora él mismo) y dotados de esa rareza mencionada que hace más singular su supervivencia: siempre ha estado en las manos de la misma familia. Ningún otro bar de la Laurel, incluyendo los que podrían competir en veteranía, pueden proclamar otro tanto.</p>
<p>Y añada el improbable lector otro atributo singular. Tampoco se ha alterado su fisonomía con el paso del tiempo. El Achuri permanece tal cual (más o menos, con las lógicas adaptaciones) que como lo conocimos en nuestras juveniles andanzas por la calle Laurel. Lo cual reconforta. Porque, para quien tenga la costumbre de ir de rondas, representa un puerto donde atracar seguro. Servicio eficaz y profesional, ricas creaciones de la cocina riojana tentando desde la barra, una carta de vinos que ha ido mejorando mientras transcurrían los años y, sobre todo, la foto. La foto del otro gran Achuri, el futbolista. Que nos saludaba de chavales desde uno de los muros del bar y hoy también reclama nuestra atención. <strong>Astro del Real Oviedo</strong>, entre otros equipos, donde se convirtió en mito como subraya su sobrino: “Cuando viene gente de Oviedo por aquí, sobre todo si son mayores, se quedan alucinados viendo la foto, porque se acuerdan mucho de él”.</p>
<p>Como cualquiera. Sus viejos clientes tampoco la olvidan. Esa foto en blanco y negro encierra bastante más que un homenaje póstumo a la estrella de fútbol que fue aquel Achuri. Es también un tributo a nuestros buenos tiempos. Los tiempos de La Simpatía, el Buenos Aires y otros cuantos bares que se mantenían leales con su pasado y evitaban transformarse en lo que no eran. Esa fidelidad a sus raíces explica probablemente el éxito del Achuri: 80 años de vida siendo más o menos el mismo bar. <strong>El mismo bar de todos los veranos</strong>, coartada para una de esas estupendas tertulias tontorronas que no llegan a ninguna parte. Salvo para concluir que, en efecto, pasan los años. Claro que pasan. Pero no evitan que cuando volvamos a entrar cualquier tarde en la Laurel, el Achuri esté ahí.</p>
<p>P. D. El amigo <strong>Mere</strong> aporta su propia cuota histórica a la pregunta que encabezaba estas líneas: cuál es el bar más antiguo de la Laurel. Puede que el Taza, apunta. Puede, claro. Pero resulta que el Taza desapareció. En su lugar anida desde hace algunos años otro bar, en efecto, pero no es el Taza. El mérito del Achuri reside en lo antedicho: en ser el más longevo de la calle manteniendo la encarnación original. Aunque se malician los logroñeses más veteranos, y el propio Juan Carlos desde la barra del Achuri, que el más antiguo debe ser el Blanco y Negro. Desde donde responden que en efecto les distingue ese honor, aunque haya cambiado de rumbo unas cuantas veces. Lo cual le hace merecedor de unas líneas para cualquiera de las semanas venideras.</p>
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		<title>Calles sin bares</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Jul 2019 11:35:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Recuerdo que de crío iba mucho con mis padres a la<strong> calle Ollerías</strong>. A sus bares, quiero decir. El inolvidable <strong>Paco</strong>, por ejemplo. La prole infantil se quedaba en la puerta o se diseminaba por el interior muy formalita (más o menos como ahora) porque entonces estaba prohibido dar la tabarra a los mayores mientras disfrutaban de un rato de asueto. Sí, más o menos como ahora. El paseo avanzaba hasta el final de la calle, una de las pocas sin salida de Logroño. Dábamos la vuelta hacia la calle San Juan y regresábamos a casa. Si había suerte, te servían un vaso de agua del grifo en alguno de esos locales: en efecto, igualito que ahora. Por el camino caía tal vez alguna otra visita al resto de bares que anidaba Ollerías, en una de cuyas casas una pareja de ancianos vendía huevos y te regalaba rosquillas. Mi memoria en blanco y negro tiene registrados esos detalles, como <strong>el criminal atentado de</strong> <strong>ETA</strong> que segó tres vidas y convirtió la calle en maldita. Al menos para mí. Imposible pasar por la esquina con <strong>Marqués de Vallejo</strong> y olvidar aquel espanto.</p>
<p>Desde el coche bomba (que estalló por cierto cuando las víctimas salían también de<strong> su propia ronda de vinos</strong>) a esta parte, Ollerías no es lo que fue. Hoy es una de las raras calles de Logroño sin bares, lo cual representa una anomalía que siempre me intriga. Hubo algún intento por volverla a integrar al sector de la hostelería. Todos fracasaron. Lo misterioso no es ahora mismo que la calle carezca de bares: es que ignora toda vida comercial. Un enigma, porque se sitúa <strong>a un par de pasos del Espolón</strong> y forma parte de un itinerario donde sí está presente la cofradía del buen beber y mejor yantar, pero es que los bares tienen cosas que la razón no entiende, como cantaba el bolero. Imposible no pasar por la esquina con Marqués de Vallejo y no reparar en esa laguna: como si, en efecto, la calle estuviera maldita.</p>
<p>Pero es que hay otra calle, no lejana, donde se observa esa misma y llamativa ausencia:<strong> la calle del Peso</strong>. En condiciones normales, puesto que es la prolongación de la <strong>Laurel</strong> y su salida natural hacia Sagasta, debería ser un emplazamiento privilegiado para albergar negocios de este tipo. Los ha tenido. La añorada <strong>chocolatería Moreno</strong>, habrá que citar. Y restaurantes, sobre todo. De ellos, mi favorito era<strong> Casa Gabino</strong>. Una fantástica casa de comidas, con sus fogones legendarios, de donde salían gollerías sin duelo cocinadas y guisadas sin grandes alardes pero con ese toque sutil y sabroso propio de este tipo de establecimientos, un poco como <strong>el antiguo Nobleza</strong>. Bancos corridos, donde podías compartir mesa con un desconocido capaz de pasarse el rato del almuerzo sin levantar la mirada del plato y despedirte a la francesa, sin abrir la boca más que para jalar. Y un ambiente muy castizo. Desaparecido. Desaparecido como los bares que ignoran estos metros situados curiosamente en el ombligo de Logroño, rodeados por lo tanto de bares. Bares y más bares. Que ejecutan al parecer una misteriosa orden de evitar instalarse en la calle del Peso. Bonito nombre, por cierto.</p>
<p>Ha habido algún intento reciente de revitalizar la calle, aprovechando una conexión también muy evidente y en teoría prometedora: que hace frontera con la <strong>plaza de Abastos.</strong> Dueña por supuesto de su propio catálogo de promesas de reinvención jamás ejecutadas: ahí sigue, languideciendo, a pesar de que quienes resisten mantienen la bandera de la calidad en sus productos y siguen siendo un imán para unos cuantos logroñeses (y forasteros), adictos a hacer la compra donde la hicieron sus abuelos y los padres de sus abuelos. Esa cercanía podría (en una ciudad ideal: la nuestra, ay, no lo es) favorecer que por la calle del Peso se distribuyeran unos cuantos bares aprovechando los bajos del edificio cuyo acceso se sitúa en la vecina Bretón de los Herreros. Que se remodeló entero no hace tanto y permitió entre otros milagros bienaventurados la resurrección del <strong>Tívoli</strong>. Aleluya, aleluya.</p>
<p>Pero los milagros se detuvieron ahí. No alcanzaron a la calle del Peso. ¿Por qué? Se ignora. Es posible que haya alguna explicación oculta pero también es igual de posible lo que sirve para Ollerías: que en materia de bares la lógica muchas veces se elimina. Que por la misma y misteriosa razón que una calle se pone de moda, a otras no les llega nunca su turno. En el caso del Peso, me ha llamado siempre la atención que tampoco triunfara entre los restaurantes que allí sobreviven una tendencia que se observa en otros puntos del mundo civilizado: las terrazas. <strong>Comer al aire libre. O cenar</strong>. Me parece un lujo en las noches de verano sentarse al raso y atacar las viandas en compañía de otros privilegiados. Hubo también algún intento. Fallidos todos. Misterios logroñeses.</p>
<p>Pero hay alguna esperanza. Avisa el <strong>Boletín Oficial de La Rioja</strong> y confirman voces que todo lo saben sobre un proyecto hostelero para dotar de un bar ese espacio que hoy es, sobre todo, una calle de paso. ¿Puede haber un placer mejor y más mundano que proveerse de viandas en la plaza vecina y pedirle al tabernero que dirija ese hipotético bar que nos las sirva como le plazca? Es una experiencia que funciona en otros puntos de España donde también coincide la cercanía de un mercado con los bares desparramados a su alrededor. Ignoro si será esa la intención de quien pone en marcha ese negocio pero le regalo la idea. De nada.</p>
<p>Porque pienso que si alguien se anima y pone en marcha algún otro negocio similar la calle volverá a ser lo que fue. Un recodo muy atractivo porque conecta varios hemisferios: la Laurel ya mentada, la plaza de Abastos recién mencionada, la atractiva escena igual de cercana que garantizan los bares del Espolón. Y quién sabe. Tal vez su influencia llegue hasta la no tan lejana Ollerías para que también allí se obrara un prodigio semejante que me ayudase a olvidar el horror que todavía me estremece cuando paseo por su jurisdicción. Por pedir, que no quede. <strong>En el pozo de los deseos arrojo una última petición</strong>: ojalá que una calle del Peso galvanizada como merece significara la reapertura de la chocolatería Moreno. Con su delicado escaparate, sus mesas de formica y sus legendarias golosinas. Ojalá las actuales generaciones dispusieran como sus papás y mamás de aquella academia donde tantos de nosotros aprendimos a mojar el churro.</p>
<p>P. D. Hablando de bares y plazas de abastos, propongo una excursión: en el mercado de <strong>la calagurritana plaza del Raso,</strong> que sufre como tantos otros de la tendencia a hacer la compra por otros medios, se anuncia la apertura de un gastrobar. Una posibilidad que alguna vez se ha acariciado para oxigenar la plaza de Abastos de Logroño pero que sigue sin fraguar. Hay quien opina que justamente ese mercado es el que menos lo necesita: tiene todos los bares que desee su clientela ahí enfrente, en la Laurel. Tal vez con reactivar como se anuncia la calle del Peso fuera suficiente.</p>
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