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	<title>Logroño en sus baresMartínez Zaporta &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Epílogo</title>
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		<pubDate>Sat, 16 May 2020 17:03:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Recorrí la otra tarde <strong>el centro de Logroño</strong> recién recuperadas sus calles para la primera fase de la nueva normalidad que se anuncia. <strong>Era el día 12 de mayo</strong>, lucía un sol apacible y en las contadas terrazas se reunían los vecinos para solazarse un rato, luego de tantos y tantos días con sus respectivas noches de confinamiento más o menos absoluto. No me gustó lo que vi. Incluso en aquellos locales que cuidaban con mayor esmero de observar los requisitos de distancia física entre sus clientes que ayuden a espantar para siempre el coronavirus no faltaba en ningún caso esa mesa donde se arracimaban los parroquianos ignorando todo requisito de higiene, con la mirada complaciente de cada dueño de cada bar. Me llamó la atención que nadie les llamara la atención.</p>
<p>La pena fue creciendo a medida que paseaba en dirección a <strong>la calle Laurel y aledaños</strong> puesto que comprobaba para mi espanto que en realidad esos bares abiertos, donde se incumplía la normativa de manera flagrante, eran una escasa minoría. La mayor parte de los locales de confianza permanecían cerrados. Horror máximo cuando alcancé la calle Gallarza, en medio de un vacío cósmico. Sideral. Allá al fondo, en la calle <strong>Bretón</strong>, se veía abierta la solitaria terraza de un bar. En el acceso a la calle Laurel, desolación infinita. No había señales de vida, salvadas sean dos muchachas que concluida la limpieza de su bar (vaya usted a saber con qué intención) se fumaban un cigarrillo en una mesa. Otra excepción aguardaba al final de la caminata, cuando regresé sobre mis pasos y tropecé en <strong>Albornoz</strong>, dirección <strong>San Agustín,</strong> con dos pobres diablos que compartían un bote de Mahou en el alféizar del bar Las Quejas. Me miraron, les miré. Nos compadecimos los unos de los otros.</p>
<p>Prosiguió el paseo por la calle San Agustín, detenida en el tiempo. Alguna terraza en la plaza, otras más en <strong>Portales</strong>, un poco de animación en <strong>Martínez</strong> <strong>Zaporta</strong>. Los escasos parroquianos que se acomodaban en los raros veladores que sí habían abierto me recordaban a los pacientes de un balneario. Personajes de La Montaña Mágica, héroes de Thomas Mann, sólo les faltaba una manta en las rodillas para terminar de dar el tipo. La alegría propia de este gran pasatiempo nacional continuaba ausente. Camino de la calle <strong>San Juan</strong> observé al fondo la terraza del Asterisco también desplegada en Portales como era norma antes de la cuarentena. Una luz mortecina iluminaba en <strong>Marqués de Vallejo</strong> el bar La Quimera, recuperado para la causa en la versión menor: llévase usted la comida a casa. En San Juan, otro tanto.  Apenas un bar que esperaba a ese parroquiano que no terminaba de llegar para hacerse con el bocadillo y zampárselo en el salón, arreglos en el Tastavín, que se prepara una nueva encarnación, y al fondo el esqueleto del <strong>Sagasta</strong> asomando por la <strong>Glorieta</strong>. Una metáfora insuperable del doliente estado que presenta el corazón de Logroño.</p>
<p>Volví a salir unos días después. Nada había mejorado. Tampoco mi ánimo. Y concluí que este blog, que llevaba <strong>desde el año 2012</strong>, tenía las horas contadas. La idea de <strong>Logroño en sus bares,</strong> el itinerario sentimental a partir de una serie de experiencias que pudieran ser compartidas por el improbable (pero siempre generoso) lector, había quedado cancelada igual que se había suspendido la administración del material del que se nutría. Los bares. Sin ellos, o sin nuestros queridos bares en la fisonomía y la identidad en que los reconocemos como tales, carecía de sentido mantener abierto este espacio. Al menos, en su actual configuración. Entendí mientras volvía a casa que merecía la pena revisar su espíritu y también sus contenidos. Fijar una nueva frontera. Escribir su epílogo.</p>
<p>Fui madurando esa intención a lo largo de toda la semana, que concluye en estas líneas de despedida. Un mensaje de gratitud hacia quienes al otro lado de la pantalla han acompañado esta travesía y un sincero reconocimiento para todos quienes alguna vez me han ayudado a que este propósito de retratar una ciudad a través de sus bares y de sus camareros haya sido un itinerario tan gozoso, una caminata que nunca concluye: siempre hay algo más que decir al respecto de nuestras barras más queridas, ese espacio para la socialización donde yo prefiero siempre destacar su atributo más valioso. Que sirven para <strong>celebrar la vida.</strong> Lo cual me parece una manera estupenda de concluir estos párrafos. Con la palabra gracias y con una promesa. Me voy, pero volveremos.</p>
<p>P. D. Como si fuera <strong>Paul Auster</strong>, me dio estos días por cavilar en las extrañas coincidencias que rigen nuestras vidas, la callada música del azar. Porque mientras decidía poner fin a esta aventura, cristalizó un proyecto que permitirá a Logroño en sus bares sobrevivir gracias a la nueva vida que le concede la editorial <strong>Pepitas de Calabaza</strong>. En formato libro, próximamente, sólo en las mejores librerías. Así que la frase final estaba cantada: nos vemos en los bares y en las librerías.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Un bar en un libro</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jun 2016 08:09:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Durante casi un año, <strong>Diario LA RIOJA</strong> ha ido publicando cada domingo una serie insólita porque recogía la historia de un bar. Un café, mejor dicho. El <strong>Café Moderno</strong>. Se trataba de, aceptando la propuesta de colaborar dirigida desde la dirección del establecimiento que pilota<strong> Mariano Moracia</strong>, retratar<strong> la vida de Logroño</strong>, <strong>España</strong> <strong>y el mundo</strong> a través de su reflejo en la propia peripecia del Moderno. Esta serie ya concluye. Por eso me ha parecido pertinente recuperar en este espacio el prólogo que en su día escribí como pórtico, para que el lector se hiciera una idea de qué iba a ir publicando el periódico decano de la prensa regional. Aunque ya me he ocupado otras veces del singular negocio de la plaza <strong>Martínez Zaporta</strong>, me malicio que sigue teniendo sentido dedicarle esta entrada.</p>
<p>Allá vá.</p>
<p>Érase una vez una ciudad. Una ciudad con su trajín, su bullicio, su algarabía. Una ciudad con sus ciudadanos, por supuesto. Ciudadanos con sus cuitas, sus dimes y sus diretes, aunque vaya a usted a saber qué significa dimes y qué significa diretes. Con sus cavilaciones, en fin. Con sus inquietudes, ensoñaciones, fantasías y (también, también) con sus pequeñas o grandes miserias cotidianas.</p>
<p>Y érase una vez un café. Llámelo el amigo lector bar, cafetería, garito, cantina, taberna, tasca o como guste. Nosotros le llamaremos café porque eso es precisamente el protagonista de este cuento, un café. Así que tenemos una ciudad y un café, que poco más se necesita para construir una historia larga, profunda y adictiva. Y no es un café cualquiera: es el Moderno, alojado en la muy castiza plaza de Martínez Zaporta, corazón de Logroño. Así que con todos ustedes el Café Moderno, nada menos, que lleva meses soplando las primeras cien velas de la imaginaria tarta (o no tan imaginaria) que sus leales le han preparado para celebrar como merece la magna efeméride. Porque durante el año 2016 ha cumplido su centenario y por si acaso la propiedad, la clientela y demás parientes no están presentes cuando celebre sus 200 años, que todo puede suceder, consideraron llegada la hora de honrar al Moderno como suele hacerse en estos casos: echando la casa por la ventana. Mejor dicho, el café.</p>
<p>De modo que la familia Moracia, con Mariano al frente, prometía emociones fuertes para celebrar el año y cumplió con su advertencia a medida que avanzaba el calendario. Como preludio, desde el día 6 de septiembre las páginas de Diario LA RIOJA volvió a asociar su nombre, el del periódico decano de la región, con el café ubicado allí donde antaño se levantó su sede. Porque el Moderno es uno y trino: es café, claro que sí, pero también fue teatro (hoy, sólo cine) y, además, un singular edificio de viviendas, rematado por una elegante cúpula en su cima y ocupada su planta baja durante largo tiempo por menesteres de todo tipo; entre ellos, en efecto, el de albergar el siglo pasado la redacción y talleres de Diario LA RIOJA, suceso que no olvidan los logroñeses que más canas peinan.</p>
<p>Entre ellos, figura desde luego el citado Mariano Moracia, penúltimo eslabón de la maquinaria que pusieron en marcha sus antecesores para gloria de Logroño y sus bares. A Mariano se le ocurrió aprovechar el centenario del café para contar en este periódico su historia, que es un poco la  historia de todos nosotros: a través de sus episodios fue asomando la vida de una ciudad entera, Logroño, capital de una región cuya trayectoria puede leerse también espigando entre los avatares del Moderno. Porque cada acontecimiento, la letra grande y la letra menuda de la Historia, los personajes que la enriquecieron (y aquellos que se empeñaron en empeorarla), las peripecias propias del café y las tribulaciones de sus dueños, empleados y clientela se han ido proyectando contra el telón de fondo de su barra, sus veladores y su terraza. Y porque las interminables tertulias, los jugadores de dominó, los habituales del menú del día, los parroquianos más fieles y los clientes furtivos han edificado la biografía del Moderno mientras de paso escribían la historia sentimental de Logroño.</p>
<p>De modo que a Mariano Moracia le resultó sencillo convencer a Diario LA RIOJA de la pertinencia de publicar este serial durante los meses que mediaron hasta junio. Antes ya alistó para la causa a otro logroñés conspicuo<strong>, José Gómez</strong>, a quien se debe la recopilación de datos, fechas y anécdotas que resumen la vida del café. Luego reclutó a la ingeniosa pluma del periodista <strong>Luis Javier García</strong>, brillante artífice de los capítulos que cada domingo fueron viendo la luz en el periódico decano de la prensa regional.</p>
<p>Son sólo un par de nombres propios de la larga nómina de protagonistas convocados para la misión de perpetuar la memoria del Moderno. A todos ellos se agregó Diario LA RIOJA con su propósito de siempre: reforzar su vínculo con sus lectores. Mirar la vida a través de los ventanales del Moderno. Observar cómo nos reconocemos los riojanos reflejados  en los espejos del café. Meditar sobre qué sociedad ha forjado el paso del tiempo. Y abrazar el jugoso porvenir hacia donde nos guía el  tictac del reloj Coppel, el venerable reloj del Moderno que desde hace un siglo marca la hora de Logroño. El reloj que encierra también su alma.</p>
<p>P.D. La recopilación de todos los artículos publicados engrosa un recio volumen donde el lector interesado podrá bucear por los intestinos del Moderno, su vida y milagros. Su edición está próxima; a la venta en las mejores librerías. <span style="font-family: Calibri, sans-serif; font-size: small;"> </span></p>
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		<title>Lo más Moderno</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Nov 2012 10:55:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/11/foto-Moderno2.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-19" title="El elenco de 'Calle Mayor', a las puertas del Moderno" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/11/foto-Moderno2.jpg" alt="El elenco de 'Calle Mayor', a las puertas del Moderno" width="610" height="483" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/11/foto-Moderno2.jpg 610w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/11/foto-Moderno2-300x238.jpg 300w" sizes="(max-width: 610px) 100vw, 610px" /></a><br />
Manda la tradición que junto a la sede de cualquier periódico se aloje un bar. Por ejemplo, el decano de la prensa regional, el más que centenario <strong>Diario LA RIOJA</strong>, ha quedado asociado en la memoria ciudadana con el emplazamiento donde todavía lo recuerdan los más veteranos logroñeses: puesto que sentó sus reales en <strong>Martínez Zaporta</strong>, puede concluirse que la barra que acogería con mayor frecuencia y cariño a sus redactores sería la del <strong>Moderno</strong>. E<strong>duardo Gómez</strong>, perito en bares y doctor en periodismo por la universidad de la calle, lo confirma, aunque agrega: “También se iba mucho al <strong>Tigre </strong>y al <strong>Negresco</strong>”.</p>
<p>Para mí, sin embargo, la barra del Moderno es otra cosa: el eslabón que conducía desde la cercana <strong>Laurel </strong>hacia la <strong>Mayor</strong>, en la época en que esta última calle aún no había sido abducida por las legiones juveniles. Un semiclandestino pasadizo facilitaba el tránsito entre los dos ventrículos de este corazón tan logroñés, de modo que uno muy bien podía acceder al Moderno por la puerta central (junto al teatro, hoy multicines) y ausentarse por la que conducía hacia la Mayor, donde emergía a la altura del restaurante <strong>La Bombilla</strong>: ese mismo espacio hoy ganado para la casa mayor (al final de la barra, a mano derecha).</p>
<p>Pero antes de despedirse por una puerta u otra, la clientela detenía su trayecto en la alborotada barra, siempre muy rica en público de toda condición (con preeminencia del más castizo) para ingerir algunos de los vinos que en aquella época garantizaban por apenas un duro un labio ribeteado en negro, como si sus parroquianos fuéramos pioneros de la moda neogótica. Era un vinillo servido en vaso que ayudaba en la ingesta del pincho estrella: sus <strong>bocadillos de calamares</strong>, que no consigo olvidar. Reforzaban el estómago con tanta maña como el Omeoprazol y eran bastante más sabrosos. Y baratos: calculo que engullí los primeros bocatas por apenas 15 calas de la época (primeros 80), lo cual bastó para imantarme a su barra durante unos cuantos siglos más.</p>
<p>Su encanto, sin embargo, su singular encanto residía en que uno podía imaginar allí, refugiado en su rico maderamen, que estaba en el único café que permitía comparar a Logroño con ciudades gemelas que sí cuentan con establecimientos parecidos. El <strong>Iruña de Pamplona</strong> o el <strong>Novelty de Salamanca</strong>: veteranos abrevaderos fundados cuando se inició la civilizada costumbre de pasar el día en los cafés, alargando la hora de regresar a casa, picoteando de una tertulia a otra. El Moderno daba ese tipo: cuando estrenaron <strong>&#8216;La Colmena&#8217;</strong>, la novela de Cela llevada al cine por Mario Camus en 1982, pensé que así podría ser el Moderno. Mejor dicho: así debería haber sido, pero Logroño, ya se sabe… Antes que la tertulia, por aquí preferimos la ingesta a pie de barra, el tinto rápido y fulminante cuya rápida degustación nos permite lanzarnos raudos a por el bar siguiente.<br />
<br />
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<br />
Hoy, cuando regreso sobre mis pasos y me sumerjo en la hospitalidad de la<strong> familia Moracia</strong> o mientras saludo a los conocidos a quienes encuentro aquí acodados. Mientras contemplo desfilar a las nuevas promociones de logroñeses ganados para la causa a los sones de <strong>‘Fibra de pájaro’</strong>, el himno que atruena a medianoche los fines de semana… Mientras todo eso sucede, vuelve a obrarse el milagro: me veo a mí mismo engullendo el rico bocadillo de calamares que tanto añoro. Veo también abandonando el Moderno al elenco de <strong>&#8216;Calle Mayor&#8217;</strong>, con <strong>Manolito Alexandre</strong> al frente en una de las más conseguidas escenas de la película. Y veo, sobre todo, la magia del tiempo detenido: lo que ocurre cuando eres de verdad moderno.</p>
<p>P.D. He invitado a Eduardo Gómez a que escriba unas líneas recordando aquella relación entre periodismo y hostelería, alrededor de Martínez Zaporta. Esto nos cuenta: “Cuando la redacción y los talleres de <strong>Nueva Rioja</strong> se encontraban el edificio que daba a la plaza de Martínez Zaporta 7 y a la calle Mayor, se vivía un animado entorno del que disfrutaban periodistas y empleados. A unos metros estaba el bar<strong> Negresco</strong>, donde se respiraba un gran ambiente deportivo que solucionaba algunos problemas que surgían en la sección de deportes de la redacción, que dirigía entonces <strong>Norberto Santarén</strong>. Cerca, en el inicio de<strong> Carnicerías</strong>, se encontraba el <strong>bar Victoria</strong> que también visitaban los redactores cuando hacían un receso. Enfrente de este bar estaba una magnífica tienda de comestibles de <strong>Rosi Bellido</strong> que junto a la de <strong>Bastida</strong>, que estaba justo debajo del despacho del director del periódico, solucionaban cualquier necesidad culinaria. Y frente a la entrada de los talleres, en la calle Mayor, estaba el <strong>bar Tigre</strong>, que también aprovisionaba a linotipistas y empleados cuando necesitaban apagar la sed”.</p>
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