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	<title>Logroño en sus baresMerlín &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Días sin bares (V)</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Apr 2020 10:21:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Con los bares cerrados&#8230; Con los bares cerrados, mantenerme fiel a mi (auto)impuesta disciplina de mantener vivo este espacio al menos una vez por semana tiene algo de hazaña (perdón por el (auto)bombo), aunque también de (auto)exigencia feliz. Una manera como cualquier otra (igual de bobalicona) de peregrinar al menos con la memoria y su prima hermana, la fantasía, hasta allí donde fuimos tan felices. Me lo avisaba días atrás un corresponsal, casi con esas mismas palabras: <strong>con los bares cerrados</strong>, se cierra también el grifo de lo que puedes escribir. Idea contra la que me sigo revelando, como observará a continuación el improbable lector.</p>
<p>Veamos. En mi auxilio acudió una referencia, cazada al vuelo en las redes sociales, donde un seguidor dejaba caer esa especie de encuesta que todos hemos podido rellenar durante el cautiverio, una ingeniosa idea para sobrellevar la cuarentena. Se preguntaba ese buen hombre (y se contestaba) sobre qué significaban para él los bares, en función del estado de ánimo que despertaban en su corazón. Lo cual sólo podía despertar mi propio interés, de modo que empecé a responder al cuestionario&#8230; hasta que caí en la cuenta de que el resultado de mis respuestas iba a pisar unos cuantos callos, tendencia que me caracteriza pero que procuro evitar al menos cuando hablo de bares. Sobre todo, ahora que sus defensores están convalecientes, mustia la caja registradora y tocando los clarines del miedo <strong>las trompetas del Apocalipsis. </strong></p>
<p>Acabé resolviendo mis dudas como suelo. Poniendo en marcha <strong>la máquina del tiempo.</strong> Dejando que la memoria me llevara a responder a ese cuestionario como si los bares que habitan en <strong>mi corazón tan logroñés</strong> todavía resistieran, como si permanecieran abiertos años después de su desaparición. Lo cual me hizo feliz, tontorranemente. Ese tipo de dicha tan personal, cuando dejamos que nos asalten los sentimientos más personales, los más ingenuos. Porque mientras rellenaba cada casilla, me volvía a ver en cada una de esas barras. Más joven claro, de crío en alguna de ellas, acompañado en distintas circunstancias por quienes ya no están. Un melancólico júbilo que me gustaría compartir en la esperanza de que pueda servir de pista a quienes estén allá, al otro lado del éter.</p>
<p><strong>BAR SOBREVALORADO</strong>. El del Aéreo Club. A los logroñeses menos veteranos, nada les dirá. Para el ala senior de la población, la encarnación local de la lucha de clases. Entrada por el Muro de la Mata, salida a Ollerías (más o menos, donde se sitúa ahora el Tondeluna) y dos tipos de barra. Una, para la oficialidad; otra, para la soldadesca. Nunca entendí que quisieran entrar en su jurisdicción quienes podían ser tratados con tanta condescendencia. En su imaginación, sus ansias de prosperar, lo habían sobrevalorado.</p>
<p><strong>BAR INFRAVALORADO</strong>. El Merlín. Ubicado en Portales, sumidero de una generación, acabó entronizado en el imaginario local como una especie de infierno, que sin embargo lo hace cada día más apetecible a mis ojos. Allí habitaba la ley de la frontera: dependiendo de a qué lado cayeras, podías considerarte víctima o superviviente. Visto retrospectivamente, un maravilloso local que trajo la modernidad (siempre tan peligrosa) a Logroño.</p>
<p><strong>BAR QUE AMO.</strong> La Granja. Su recuerdo aflora una y otra vez, el aroma de los días felices del pasado, cada vez que entro por la puerta de mi estudio cuya entrada ilumina esa maravillosa imagen que me regaló Rocandio y que ahora preside estas líneas. Como el héroe de Ciudadano Kane, mi particular Rosebud. Vuelvo a ser un crío. Sobre todo, vuelvo a ser un crío feliz, lo cual no siempre me ocurría.</p>
<p><strong>BAR DE CULTO.</strong> El Continental. Ingresé en su territorio subterráneo (en el centro del centro de Logroño, advertía un posavasos) cuando se puso de moda el billar americano y me recibió en consecuencia una dama en decúbito prono, que luego hizo carrera en la política, donde sigue por cierto prestando servicio. No revelaré su nombre igual que también omito algunas de las rarezas menos memorables de aquel maravilloso bar (rata incluida), porque prefiero rescatar las inolvidables copas de madrugada y su estupenda terraza con vistas al Espolón. Cuando sumergirse en sus dominios era casi nuestra única aspiración de cada fin de semana y toda visita nos resarcía del tedio que aguardaba sobre nuestras cabezas.</p>
<p><strong>BAR AL QUE PUEDO IR UNA Y OTRA VEZ</strong>. El Capri, otro bar difunto donde hice guardia unas cuantas tardes, pelando la pava en los días en que siempre llovía en Logroño y yo veía el aguacero caer tras aquellos enormes ventanales, con vistas a la fuente de Murrieta (o como se llame ahora: antes llevaba el ridículo honor de estar dedicada al alférez provisional, ya ve usted qué cosas). Un camarero con mucha mili se ocupaba de gobernar ese espacio tirando a rancio, dueño de un encanto particular al que podría volver desde luego una y otra vez en cuanto se obrara el milagro de que sus mustias puertas se reabrieran y yo dejara de escuchar en mi cabeza esa estúpida ocurrencia. Capri, c´est fini.</p>
<p><strong>BAR QUE HIZO ENAMORARME DE LA MÚSICA</strong>. El Saxo. Sábado noche, años 80, la Zona. Suenan de nuevo los Smith&#8230;</p>
<p><strong>BAR QUE CAMBIÓ MI VIDA</strong>. El Abraxas, también en la Zona. Como hay ropa tendida, evito extenderme.</p>
<p><strong>BAR QUE ME SORPRENDIÓ</strong>. El Teorema, de Calvo Sotelo. Creo que fue la primera vez en mi vida que escuché música en vivo en un garito.</p>
<p><strong>PLACER CULPOSO</strong>. Ir a La Enagua, también de la Zona. Estaba medio hechizado por una de sus camareras: yo confieso.</p>
<p><strong>BAR QUE EXPLOTA(BA) EN VIVO</strong>. El Rocky. Quien acudiera alguna noche de sábado en los 80, sabrá de qué hablo. Hermano pequeño, el vecino Celta. Sigo sin salir de la Zona.</p>
<p><strong>BAR QUE ODIO.</strong> El Aéreo Club, por las razones arriba citadas.</p>
<p>P. D. Según algunas teorías apocalípticas, no volvernos a vernos por los bares hasta diciembre. O así. Es decir, que aunque se levante la cuarentena un siglo de éstos, algunos hábitos sociales (los que propician la confraternización sin mascarilla) deberán aguardar a que el virus sea sólo una pesadilla. Yo, ni creo ni dejo de creer. Sospecho que nuestra experiencia en las barra de guardia admitirán algún cambio en su fisonomía pero también me malicio, conociendo al ser humano (logroñés) que en cuanto algún intrépido se anime, volveremos a ser como antes. Los que sólo aspiraban a celebrar la vida acodados en su bar favorito. Así que ánimo: queda un día menos.</p>
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		<title>Merlín y amigos</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2016 08:17:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>En alguna ocasión, este <strong>blog</strong> ha abierto sus puertas a aquellos corresponsales que algo tenían que decir sobre Logroño y sus bares. Hoy contamos de nuevo con estrella invitada: el amigo <strong>José Ignacio</strong> <strong>Foronda</strong> aceptó una invitación para que fantaseara con su acreditada clase en torno a un bar mítico donde los haya. El <strong>Merlín</strong>, icono de una generación logroñesa que alguna vez atracó a sus puertas y vio pasar el tiempo a esa velocidad propia de cuando frisas la veintena. Deprisa, deprisa voló Merlín, pero no tan rápido como para evitar que hoy lo sigamos recordando como lo que fue: <strong>EL</strong> <strong>BAR</strong>. El bar donde había que estar. <strong>Logroño</strong>,<strong> finales de los 70</strong>: con todos ustedes, Poty Foronda regresando al Merlín. Seguro que os gusta. Y que disfrutáis tanto como yo.</p>
<p>MERLÍN Y AMIGOS</p>
<p>Por José Ignacio Foronda</p>
<p>Igual que el veneno se guarda en frasco pequeño, la memoria se conserva en los nombres propios. Parte de la esencia de mi memoria musical está en el nombre de un bar de vida corta y accidentada que conserva el aroma de un tiempo en el que palabras como libertad o sueños aún tenían alas, un tiempo en el que nosotros aún nos creíamos capaces de volar. El nombre de ese bar era Merlín, y esta es una pequeña historia del Merlín compuesta con la ayuda y la memoria de unos cuantos amigos.</p>
<p><strong>Se decía</strong><br />
El Merlín estaba en el 51 de la calle General Mola, hoy <strong>Portales</strong>, junto a Calzados Pisa, ocupando un local que hasta entonces había sido una de las muchas tiendas de ropa: Novedades José Luis. El bar se abrió para <strong>San Mateo de 1977</strong> y para conocerlo había que estar al loro, pues ningún rótulo lo anunciaba. Yo lo descubrí por casualidad una tarde lánguida y otoñal en que advertí que en el escaparate, donde colgaban unas cortinas de macramé, los maniquíes habían cobrado vida y estaban sentados alrededor de unas mesas de forja y mármol, o bebían de pie junto a un par de veladores. Si esto me desconcertó, no lo hizo menos algo que vi cuando traspasé el zaguán y me asomé al interior: colgada de una peana había una jaula con una radio dentro. Ahora parece absurdo, pero era un mensaje en clave: ahí dentro había que estar al loro.<br />
Se decía que uno de los hijos del dueño de la tienda había vuelto de Zaragoza para montar el bar y vivir en una especie de comuna. Se decía también que tenía un grupo de rock que se llamaba Casablanca, un grupo que era el no va más de la música progresiva y en el que tocaban músicos cuyos nombres sonaban a leyenda y hoy suena a historia: Quique Soriano, Tata Quintana, Chafa Ibarrula y Rúper Gil. Se decía que al Merlín iban jipis, bohemios, enrollados, pasotas y colgados. Se decía que allí se fumaba hachís. Logroño era un lugar pequeño y el Merlín desataba lo “atado y bien atado”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Croquis-a-mano-alzada-de-Alberto-Egido.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-688" title="Croquis a mano alzada de Alberto Egido" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Croquis-a-mano-alzada-de-Alberto-Egido.jpg" alt="Croquis a mano alzada de Alberto Egido" width="600" height="1470" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Croquis-a-mano-alzada-de-Alberto-Egido.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Croquis-a-mano-alzada-de-Alberto-Egido-122x300.jpg 122w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Croquis-a-mano-alzada-de-Alberto-Egido-418x1024.jpg 418w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Recuerdos reunidos</strong><br />
No sé con quién crucé por primera vez la entrada del Merlín, pero ahora puedo entrar al local con los recuerdos que me han prestado aquellos con los que coincidí en su interior. Rebasando el escaparate, con sus cortinas, sus veladores, su transistor enjaulado y el techo cubierto con hojas de platanero, te das con la puerta de una vivienda y, a la izquierda, con un pasillo angosto del que llega un olor dulce y envolvente, como a sándalo, a pachuli o a kif, y la melodía de un piano que suena como agua de lluvia y una voz que susurra “Riders on the storm…”.<br />
Tras el estrecho pasillo, donde se abre un hueco para una mesa con dos sillas y un tablón de corcho lleno de notas (“Vendo Cota 74 con tubarro”. “Doy clases de batería”), se accede a la barra. El mostrador es de madera y a la altura de las piernas los taburetes dejan ver un cinturón marrón con una hebilla de color metal hecho de cerámica. Tras la barra está el botellero, la vajilla y un espejo. Hay cuadros que cambian, algunas fotos y unos pósteres que bien pueden ser de Hendrix o del musical Hair. Al final del botellero, en un rincón, está el equipo de música (un ampli Pioneer, traído de la base americana de Zaragoza) y el mueble con los vinilos. Junto al giradiscos se muestra la portada del disco que suena. Algunos amigos ven el sol de Caravanserai, el disco de Carlos Santana, y otros la foto de Frank Zappa y su banda en Zoot Allures.<br />
Tras un arco también con cortinas de macramé se abre una sala, con dos enormes bafles en los extremos, un banco acolchado y corrido a lo largo de casi toda la pared, unas mesitas y unos cubos donde, envuelta en una neblina blancuzca, está apalancada la basca, meneando la cabeza, con los ojos chiquititos. Al fondo hay una puerta que da a un patio y un poco antes, los baños, que marcan los sexos con unas viñetas minúsculas de Mafalda y Felipe recortadas de las tiras de Quino.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Portada-Zoot-Allures.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-689" title="Portada Zoot Allures" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Portada-Zoot-Allures.jpg" alt="Portada Zoot Allures" width="600" height="600" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Portada-Zoot-Allures.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Portada-Zoot-Allures-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Portada-Zoot-Allures-300x300.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Sentimiento compartido</strong><br />
Iba al Merlín tardes que robaba a las clases de BUP o de COU y horas heridas para escuchar rock’n’roll y sentirme a gusto. Había algo especial ahí dentro, algo que no se puede explicar únicamente con la suma de los elementos: la música (canciones que no podíamos escuchar en la radio, sonidos que nos abrían la mente), la peña (estudiantes como nosotros, chicas con el uniforme del colegio de monjas, currantes, músicos, actores, artistas…), los camareros (Alberto, Amalia, Jose…), la decoración (el macramé, las paredes de madera de palés), el ambiente (ese humo blanco que nos picaba en los ojos)… Entonces tenía la sensación de que solo en el Merlín estaba a mi rollo (y en el rollo estaba la solución, se cantaba entonces). Ahora llego a la certeza de que el Merlín estaba inspirado en las palabras de Timothy Leary dijo en el 67: “Conéctate, sintoniza, pasa de todo”.<br />
Conectábamos, sintonizábamos, pasábamos de todo y acudíamos al Merlín. Supongo que sería exagerado decir que íbamos al Merlín a comulgar rock junto a jipis, ácratas, agnósticos, roqueros, pasotas y náufragos, pero sí que imagino una emoción común y un sentimiento compartido con quienes por allí estaban (y por eso nos dolía tanto cuando íbamos y no teníamos sitio al fondo para sentarnos o, peor aún, cuando llegábamos y el bar estaba cerrado). En aquellos años, 1977, 1978, ir por el Merlín, como dejarte crecer el pelo, calzar pisamierdas, abrigarte con anoraks o con coreanos, llevar discos bajo el brazo o en un macuto militar, sentarte en los coches o en el suelo de la plaza, caminar con las manos en los bolsillos, la mirada perdida o la melena tapando los ojos, la sonrisa de indiferencia y superioridad, una firme mueca de asco y una canción en los labios, se había convertido en una seña de identidad, una pegatina con la que cada uno de nosotros gritaba a ese Logroño provinciano que entonces estaba en medio de una transición cuyo destino se desconocía: “Yo paso”.<br />
De entre los muchos tipos que poblaban el local (y de verdad que los había singulares: el Tronco, el Capitán Veneno, Quique el legionario, Julito, el Pancho, la princesa de Sabina… Y si estos nombres ya no dicen nada, hay quien jura que vio en el Merlín a <strong>José María Aznar</strong>, acompañado de otro individuo que bien pudiera ser su vecino Miguel Blesa, aunque entonces más bien parecieran una pareja de “estupas”. Sé que suena a chiste, pero cronológicamente es verosímil: Ana Botella había sido destinada entonces como funcionaria en la Delegación del Gobierno y Aznar empezó en Logroño su carrera política por lo que su rostro era visible en el informativo Tele Norte), bueno, decía que de entre las personas que acudían al Merlín, los que más me llamaban la atención eran los músicos, miembros de grupos como Ente, Mezcla, Ozono, Chess, Kronos, Combustión… Algunos de ellos, tiempo después, iban a tener un hueco importante en mi vida. Y fue gracias al Merlín, un bar donde algunos logroñeses de mi generación pudimos reconocernos como amantes del rock y de la libertad, un lugar donde sentimos que los tiempos estaban cambiando… un poco.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/portales-51.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-690" title="Portales 51" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/portales-51.jpg" alt="Portales 51" width="600" height="403" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/portales-51.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/portales-51-300x202.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>This is the end</strong><br />
Vivíamos un destino incierto, en lo político, en lo social, en lo personal. Pero al Merlín el destino le alcanzó pronto, y no tuvo un final feliz. Los tiempos cambiaron y no en la dirección que a todos nos hubiera gustado. El humo blanco que se vendía como chocolate se transformó en polvo blanco que se vendía en papelinas, y la policía comenzó a frecuentar el bar, y no precisamente como colegas sino para hacer cumplir la Ley sobre peligrosidad y rehabilitación social, dictada por Franco en 1970. Lo que pasaba en el Merlín había llegado a la mesa del comisario en forma de denuncias y las redadas y los cierres se sucedían. Los mismos fascistas que apedreaban el escaparate de la librería Pablo Neruda venían a buscar gresca al Merlín el 20-N. Y todo degeneró. Como me dijo un músico con cuya memoria he reconstruido el bar, “El Merlín empezó siendo Woodstock y acabó siendo Altamont”. Dejémoslo así.<br />
Ahora, el Merlín es, más que un paraíso perdido, una isla en la memoria. Una isla habitada por náufragos que ya no esperamos que ningún barco nos salve; pero no nos importa: en el tiempo del Merlín descubrimos que la música era un veneno y era un amigo, y elegimos vivir con ella “until the end, until the end”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Novedades-JosE-Luis.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-694" title="Novedades Jose Luis" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Novedades-JosE-Luis.jpg" alt="Novedades Jose Luis" width="600" height="820" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Novedades-JosE-Luis.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/07/Novedades-JosE-Luis-220x300.jpg 220w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Esta vez, la postdata también corre por cuenta del invitado. Capítulo de agradecimientos, Foronda dixit: “Gracias a <strong>Rúper Gil, Rafael Ibarrula, Chus González Menorca, Susana López de Castro, Hugo Scordo, Alfredo Aguado y Nacho Colis</strong>, porque sin vuestra ayuda y sin vuestros recuerdos nunca hubiera podido entrar de nuevo en el Merlín”. Y añade estas anotaciones para explicar las ilustraciones que acompañan estas líneas</p>
<p><strong>Rótulo Merlín</strong><br />
Aunque el Merlín nunca tuvo un rótulo que lo anunciara, este es el que figuraba en el proyecto de reforma presentado en el Ayuntamiento.</p>
<p><strong>Entrada del Merlín</strong><br />
Un croquis, hecho a mano alzada por Alberto Egido, del escaparate y de la entrada del Merlín.</p>
<p><strong>Portales (en los setenta, calle General Mola)</strong><br />
Tras el arco de la izquierda se asoma el escaparate de Novedades José Luis, local en el que se instaló el Merlín. En los otros dos arcos, Calzados Pisa.</p>
<p><strong>Portada del disco de Fran Zappa Zoot Allures (Warner Bros. Records, 1976).</strong></p>
<p>En 1993, el local que acogió al Merlín se abría un Centro del Plastificado. En la pared de la entrada se conservaba el cinturón de cerámica que el bar lució en el mostrador.</p>
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		<title>Doblón, Doblón</title>
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		<pubDate>Fri, 13 May 2016 07:32:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/calenda.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-664" title="Bar Calenda, antes Doblón. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/calenda.jpg" alt="Bar Calenda, antes Doblón. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/calenda.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/calenda-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como mis padres eran de <strong>La Granja</strong>, yo me marché a <strong>Doblón</strong>.</p>
<p>Alcanzaba entonces la adolescencia, esa tierna edad: cuando uno empieza a reivindicar su propio espacio y huye por lo tanto de cuanto le puedan enseñar sus mayores porque ya lo sabe todo de la vida y no admite lecciones. Así que una de las primeras señales que envié a mis progenitores respecto a mis particulares gustos tuvo que ver con una trascendental elección en materia de bares: acababan de abrir una elegante y espaciosa cafetería enfrente del hogar familiar, lo cual representaba toda una invitación a abandonar la tutela paterna (las tertulias de La Granja) y decantarme por mi propio universo, donde pronto encontré recompensa. No había dudas: con la impertinencia propia de mi condición juvenil, deserté de los hábitos conspicuos de las generaciones anteriores y opté por trazar mi itinerario personal. Tendría unos 15 años cuando tomé tal decisión: ya no volvería a La Granja. Ah, la edad: cuántas estupideces&#8230; Pero esa es otra historia.</p>
<p>Yo adopté semejante renuncia no sólo porque uno estuviera más a gusto lejos del radar de sus padres, consumiendo sus propios tragos (el cafelito del mediodía, por ejemplo) lejos de ellos, sino porque topé con aquel bar donde aguardaba otro par de alicientes: por ejemplo, la consulta metódica de la<strong> prensa diaria</strong> sin abonar ni un céntimo, más o menos como ahora sigue siendo tendencia, y la atención gentil con que me obsequiaba cierto camarero a quien todavía sigo viendo por ahí y a quien poco después conocí vestido de civil, sin el uniforme de barman, al frente de una proteica banda logroñesa llamada <strong>Fríos, calculadores y distantes</strong>.</p>
<p>Pero esa esa otra historia. Lo realmente fetén de aquella cafetería era no tanto su mejorable denominación (Doblón: parecía que sonaba el cencerro de una vaca) como lo antedicho. Una elegante y sinuosa barra, un estupendo servicio de camareros, una cierta sofisticación que nacía (supongo) del alto número de periódicos que se ofrecía para su atenta lectura a la parroquia; entre ellos, una anomalía: el lunes, cuando estaba prohibida la publicación de prensa diaria en España, sólo se aceptaba por parte de la autoridad competente (militar, por supuesto) la impresión de aquellas hojas del lunes cuya gestión se encomendaba a las asociaciones provinciales de la prensa. De modo que en Doblón tropezaba uno con la <strong>Hoja del Lunes de San Sebastián</strong>, botín negado en otros bares que allí se nos regalaba para acompañar el café con los pormenores de la actividad pública, sobre todo deportiva: era curioso observar las penurias del amado <strong>Logroñés</strong> a través de las crónicas de la difunta agencia <strong>Mencheta</strong>. Pero esa es otra historia.</p>
<p>El bar garantizaba otras alegrías, pero debo aceptar que mi predilección por subirme a sus taburetes y dedicar un rato largo a la lectura de prensa nacía de la evidencia de que por allí era difícil que apareciera el fiscalizador ojo familiar. Podías quedar con la novia, inmune a esa rara sensación de que alguien te observara por la espalda, y pelar la pava sin prisas. Y podías en consecuencia abandonarte al placer de observar la fauna local, sabiendo que por tu temprana edad no ocurría lo contrario: de adolescente eres más o menos invisible, así que podías concederte el placer de ver sin ser demasiado visto.</p>
<p>De modo que por esos años vi alzarse ante mí a un público que hasta entonces no aparecía en la vida cotidiana de <strong>Logroño</strong>: llegaban los 80 y algunas cosas iban a cambiar. El comercio de <strong>Portales</strong> y alrededores, hasta entonces icono de la ciudad, empezaba a mutar su piel, el centro se trasladaba hacia el sur y los santos patrones de Logroño, esas familias que tendían a dirigir la vida de sus congéneres para imponer su santa voluntad al resto de paisanos, tampoco eran ya lo que fueron: misterios de la neonata democracia. Pero esa es otra historia.</p>
<p>Doblón se convirtió desde luego en mi cafetería favorita durante una larga temporada y no sólo por sus atributos hosteleros: también encarnaba un tiempo nuevo que a mí me sorprendió acodado en su majestuosa barra, haciéndome pasar por un logroñesito más mayor de lo que en realidad era, distraído en las peripecias del Logroñés y otras calamidades, como las protagonizadas por el Barcelona. En realidad, estaba esperando la hora divina en que por fin pudiera entrar en el <strong>Merlín</strong> vecino. El bar que sí que lo cambió todo.</p>
<p>Pero esa también es otra historia.</p>
<p>P.D. El viejo Doblón se llama ahora <strong>Calenda</strong>. No tengo el gusto. Me ocurre con este bar como con otros locales de Logroño resucitados: declino visitarlos porque me incomoda el recuerdo de lo que fue, puesto que mi visión melancólica del enigmático pasado suele derrotar a la pura realidad del presente. En su piso superior, la cafetería albergó dos negocios no menos gloriosos: el restaurante Machado y su sucesor, el Marón. En ambos tuve el gusto de disfrutar de sus mesas, muy bien dispuestas de golosinas de todo tipo, lo cual añade un punto de acerada nostalgia a estas líneas.</p>
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		<title>Continental, bar de cuatro hojas</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Feb 2013 11:37:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/conti.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-85" title="Foto del bar Continental publicada en Diario LA RIOJA en el 2007, obra de J.M. Zorzano" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/conti.jpg" alt="Foto del bar Continental publicada en Diario LA RIOJA en el 2007, obra de J.M. Zorzano" width="600" height="810" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/conti.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/conti-222x300.jpg 222w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Hoy traigo aquí un bar resucitado. Es una entrada antigua, datada en abril del 2007, cuando publiqué un artículo en <strong>Diario LA RIOJA</strong> dedicado a uno de los bares de Logroño que más frecuenté en mi lejana mocedad, el célebre <strong>Continental</strong>, acaso una de las barras más hermosas de la ciudad, curvada e interminable. Es un bar que llevo pegado al corazón; se situaba en el vientre de la <strong>Concha del Espolón</strong> y en su primera encarnación se llamó <strong>Trébol</strong>. Tal vez  alguien más comparta esta evocación. Ahí va.</p>
<p>“Los bolos son ese entretenimiento con que te distraías de crío a la orilla de la playa, el juego que llevaba bajo el sobaco Pedro Picapiedra camino del duelo semanal que mantenía con su colega (¿podía llamarse Rocabruno?) en la tele que emitía en blanco y negro desde Flinstone. Los mismos bolos que regresan a Logroño en formato yanqui ya fueron el argumento central de la historia escrita décadas atrás en esas boleras donde apenas penetraba la luz del sol, cuya clientela atemorizaba a la chavalería atraída por el lado oscuro de la ciudad. Su catedral se llamó Trébol y se cobijó en el corazón logroñés: en las mismísimas entrañas de El Espolón.</p>
<p>El Trébol forma parte de la larga lista de bares adictos a la resurrección que en la ciudad han sido. Con distintos formatos, desde su versión inicial como bolera, sobrevivió hasta la década de los 90 del  anterior siglo en busca de su identidad final: un espléndido bar de copas llamado Continental, evocador nombre con que sus dueños ya habían bautizado otro negocio, una hermosa librería en la <strong>calle de El Cristo</strong>, también desaparecida. En <strong>la Conti</strong>, (así, en femenino) la bolera desapareció.</p>
<p>Aquel espacio se transformó en ocasional sala de conciertos, un aliciente que añadía atractivo al local, penúltima etapa en la búsqueda de identidad de toda una generación que antes deambuló por <strong>Tívoli</strong>, <strong>Merlín</strong> y <strong>Tifus</strong>, aquel tridente trágico. (Final de trayecto en el <strong>Cacodilato</strong>). En lugar de los bolos, en el Continental se instaló una de las primeras mesas de billar americano conocida por Logroño, que ejerció como reclamo de aquella infinidad de tipos acodados en su barra al paso de paloma, viendo a las tías juguetear con el taco, manoseando el palo en decúbito prono mientras intentaban una carambola a menudo fallida. Hoy, los amables funcionarios de la<strong> Oficina de Turismo</strong> se sonríen si les preguntas qué queda de la Conti en el subsuelo de El Espolón. Nada recuerda allí aquel bar donde los clientes saltaban de vez en cuando tras la barra para ejercer de pinchadiscos o camareros, una familiaridad que tal vez fue la causa de su acelerado cierre, apenas aplazado por el éxito veraniego de su terraza a la sombra de los extintos cedros.</p>
<p>Acaso murió de éxito, sin superar la maldición heredada del Trébol, angosto garito con dos escaleras de acceso luego periclitadas, que permitían a sus asiduos bajar a las catacumbas como los protagonistas de aquel libro de Julio Verne: también ellos viajaron al centro, pero no de la Tierra, sino de Logroño, según proclamaba el viejo lema de la Conti. Y como los héroes del novelista de Nantes, regresaron con la inocencia perdida y algunos tragos de más. Con las patas de gallo que han florecido y la nostalgia que no cesa por los bares, los mejores bares, que nunca más volverán”.</p>
<p>P.D.<br />
Prueba de la adición de la Conti por las resurrecciones, un bar con el mismo nombre abrió sus puertas no hace tanto en <strong>Calvo Sotelo</strong>. Ignoro si bautizándolo así su dueño invocaba la magia que acreditaba el original, pero desde luego merece la mejor de las suertes: hay que ser muy valiente para defender hoy un negocio en ese tramo tan maltratado de la zona peatonal.</p>
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