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	<title>Logroño en sus baresModerno &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Días sin bares (VIII)</title>
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		<pubDate>Sat, 09 May 2020 16:40:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Andan alborotados los dueños de bares estos días, con el ánimo suspendido a cuenta de las dudas que genera en el sector la reapertura a medio gas o en libertad vigilada de sus locales, un espacio ocioso para su clientela, una manera de vivir para ellos. Hierve el móvil a golpe de mensajes, que son [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-3.jpeg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1528" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-3-1024x662.jpeg" alt="" width="1024" height="662" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-3-1024x662.jpeg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-3-300x194.jpeg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-3-768x497.jpeg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2020/05/Unknown-3.jpeg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>Andan alborotados los dueños de bares estos días, con el ánimo suspendido a cuenta de las dudas que genera en el sector <strong>la reapertura a medio gas</strong> o en libertad vigilada de sus locales, un espacio ocioso para su clientela, una manera de vivir para ellos. Hierve el móvil a golpe de mensajes, que son en realidad mensajes en una botella: se lanzan al éter como si fuera el mar, con la esperanza de que su contenido llegue a una playa propicia y genere el necesario debate.</p>
<p>Que no es una cuestión sólo riojana; la discusión tiene alcance nacional y responde a la pregunta que reclama una contestación urgente, más detallada que ese laberinto de párrafos que es el <strong>BOE</strong>. ¿Cómo conciliar el derecho a la salud de los consumidores con la pertinencia de poner a salvo la actividad económica de donde comen unos cuantos trabajadores? Dicho en prosa. ¿Se puede llegar a fin de mes reduciendo el aforo de un establecimiento a un límite para el que ninguno de ellos estaba preparado, con las inevitables consecuencias en la máquina registradora?  Todo son preguntas. Todas de momento sin respuesta. Porque dependen de un exagerado número de factores, entre ellos los de orden psicológico, donde nadie gobierna. ¿Hasta qué punto querrá el potencial cliente, el de antes del virus, compartir espacio apelotonado como era costumbre con otros semejantes mientras espera a tomarse un vino? Los propios dueños de los bares se contestan: en general, ninguno parece dispuesto a plantear a su parroquia ese dilema. Antes prefieren cerrar que reanudar su actividad sin que estén garantizadas la higiene o la seguridad sanitaria.</p>
<p>¿Entonces?</p>
<p style="text-align: left;">Otra pregunta que llevará tiempo responder. Las voces más sensatas del sector admiten que la <strong>desescalada</strong> (temible palabra) exigirá recuperar <strong>la nueva normalidad</strong> (aberrante concepto) por tantas fases como estados de ánimo distinga a la hostelería riojana. Habrá quien desafíe los límites de capacidad porque sus locales se lo pueden permitir y acepte renunciar a la fisonomía de toda la vida a cambio de reanimar sus ingresos. Habrá quien se apresure el lunes a poner la terraza en marcha porque así lo admite el tramo de calle donde tiene su sede. Y habrá otros menos afortunados que tendrán que renunciar a lo uno y a lo otro. Esos bares diminutos, que llenan de color las calles más propias para este gran entretenimiento español, tendrán sus días contados, salvo milagro. Y otro tanto aquellos que gozan de un espacio mínimo para ubicar sus veladores: deberán ir pensando en otra alternativa. Con el paso del tiempo, se irá aplicando esa lógica darwiniana según la cual resiste y triunfa quien mejor se adapta al cambio de paradigma.</p>
<p>De momento, quede constancia de que <strong>entre la hostelería de La Rioja</strong> son mayoría los corazones que antes que poner en riesgo la salud de sus clientes, optan por mantener la verja echada. Mientras resolvemos entre todos cómo serán esos bares que vienen, los futuros clientes les damos las gracias. También nosotros pensamos como nuestros abuelos: la salud es lo primero.</p>
<p>P. D. Publiqué estas líneas en <strong>Diario LA RIOJA</strong> esta semana, cuando se despertó de su letargo la actividad económica, bien que tímidamente. Este lunes dará un nuevo paso adelante el sector comercial, con la posibilidad de que abran los bares que así lo deseen aunque con restricciones. Durante las últimas horas, un sondeo a golpe de móvil me permite concluir que, al menos en mi humilde radar, proliferan las renuncias a reabrir. Detecto una doble justificación, muy entendible: hay condicionantes de tipo financiero que desaniman a cualquiera y, por otro lado, todos los bares no reúnen las condiciones (de espacio por ejemplo, tanto interior como exterior) que invitan a la reapertura. Tercera explicación adicional, que nadie confiesa pero que alguno deja caer: más o menos, todos prefieren esperar. A ver qué pasa. A ver cómo les va a los que reabran, cómo se adaptan a la nueva realidad y cómo se comporta su clientela. Hay poderosas razones al fondo: la salud, en efecto, es lo primero. Pero también hay valientes, a quienes por lo demás tengo por personas sensatas, nada temerarias. Que no se arriesgarían si no detectaran que han apartado de sus bares toda posibilidad de riesgo. Pongo un par de ejemplos. El <strong>Dover</strong> y el <strong>Moderno</strong>, a cuyos tripulantes deseo mucha suerte. Como al resto. A todos los que se vayan animando y nos ayuden a materializar este deseo: que la nueva normalidad nos recuerde bastante a la vieja.</p>
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		<title>Un bar de cine</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Nov 2019 17:02:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1422" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Ambigú</strong>, hermosa palabra. Que se ha mencionado aquí alguna vez, a propósito de su pervivencia en distintos ámbitos, lo cual tiene bastante de heroico porque el tiempo del ambigú, los años en que tenía sentido, se van evaporando. Allá por San Mateo, el ambigú del <strong>Adarraga</strong> mereció alguna línea a cuenta de la hechicera Lourdes y ya entonces reaparecía el recuerdo de aquellos ambigús de antaño, que tan felices hicieron a quienes encuentran en los bares su pasatiempo favorito. El ambigú de <strong>La Manzanera,</strong> por ejemplo, demolido cuando la propia plaza. O los ambigús que festoneaban <strong>el viejo Las Gaunas,</strong> otra reliquia desparecida. O los ambigús de los cines, que uno no deja de añorar.</p>
<p>El del <strong>Diana</strong>, por ejemplo, representaba a mi humilde juicio la idealización suprema de este tipo de recintos. Elegante, discreto, se accedía a sus dominios superando la escalinata que saludaba al cinéfilo por el acceso de Juan XXIII; lo atendía una misteriosa dama, cuyo rostro se desvanece en mi memoria, aunque no la mercancía que despachaba  gentil, discreta como esa barra mínima que defendía. Hubo por supuesto ambigús en los otros cines diseminados por Logroño, que entonces  colonizaban  el corazón de la ciudad, miembros del mismo linaje: bares mínimos, como mínima era su oferta, condensada en unos botellines de refresco (sospecho que evitando la cerveza) y los snacks de rigor, vulgo aperitivos, embolsados para que el ruido de su apertura provocara  las primeras quejas de los vecinos de asiento y alguna regañina del acomodador. Ambigús del <strong>Sahor</strong> y los <strong>Dúplex</strong> (que creo recordar que lo compartían, como si fueran cines siameses unidos sólo por esa minúscula barrita), ambigú del <strong>Astoria</strong>, ambigú del <strong>Avenida</strong>&#8230;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1423" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-1.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y ambigú del <strong>Moderno</strong>. El cine que fue teatro y que desencadena estas líneas, porque las salas que lo sustituyeron acaban de estrenar inquilino en la persona de su vecino Mariano, que se traslada con parte de la <strong>familia Moracia </strong> y alrededores para dotar de vida ese espacio que, la verdad, no ha tenido suerte con los abastecedores que le precedieron. El martes se inauguró, explorando un futuro aledaño a la vida propia que distingue al bar central de donde procede el caballero Moracia, el Café Moderno, honor y gloria logroñesa. La ampliación de su negocio, para tomar bajo su astuta dirección el otro Moderno (el bar del cine, bautizado con rigor como Ambigú en esta nueva aventura) proporciona a la plaza de Martínez Zaporta un conjunto ahora mejor rematado, cuyos beneficios se extienden sobre otra de las ramificaciones de este pequeño emporio hostelero: la terraza. Terraza doble: la del café y la del ambigú. Así se evita Mariano reñirnos  el día en que por despiste ocupamos los veladores contiguos. Ya todas esas mesas, con sus respectivas sillitas, quedan bajo su jurisdicción.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1424" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-2.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El pasado del nuevo local no invita desde luego al optimismo, porque ya se acaba de mencionar el rosario de tristes despedidas que ha protagonizado. Pero estando la familia Moracia  al frente, tengo la (casi) absoluta seguridad de que el futuro es suyo. Porque Mariano tiene buen ojo y mejor olfato para este negocio, garantiza un servicio atento y profesional y todo apunta a que ha acertado diversificando la oferta entre ambos establecimientos para que sean complementarios y no se hagan la competencia. Y porque además ha tenido el buen gusto de consagrar la decoración de su recién nacido ambigú a glosar la memoria del llamado séptimo arte, la magia del cine que tantas veces nos hizo disfrutar en esa misma sala: allí vi, por ejemplo, <em><strong>Sonrisas y Lágrimas</strong></em>, cinta que sigo sin olvidar porque cuando digo que la vi en realidad estoy mintiendo. La requeteví, aprovechándome de la magia de aquellas sesiones continuas que te permitian seguir las peripecias de<strong> Julie Andrews</strong> prácticamente en bucle. Do es trato de varón. Re, selvático animal. Etcétera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1425" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-3.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De modo que Logroño ya cuenta con dobles parejas de ambigús. El coqueto recinto del <strong>Bretón</strong> que abre solo cuando hay función y que me sigue pareciendo uno de los espacios con mayor encanto de Logroño y este nuevo ambigú del otro gran teatro de la ciudad, el Moderno. Al que debe desearse, siguiendo el ejemplo arriba citado, muchas sonrisas y sólo lágrimas de felicidad. Un fundido a negro cada día con final feliz, para dicha no sólo de su clientela actual, sino también de quienes nos precedieron. Aquellos miembros del Logroño de la <em>Belle Epoque</em> que tuvieron la suerte de contar en la misma plaza, sin salir del mismo edificio, con teatro, luego cine, café, periódico y residencia de la familia que da nombre a la plaza. Aunque no estén ya entre nosotros, aquellos logroñeses sentirán perderse esta novedad tan fetén: un ambigú vuelve a habitar entre nosotros. Hasta Julie Andrews se alegra: mí indica posesión, fa es lejos en inglés, sol brillante estrella es&#8230;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1426" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-1024x682.jpg" alt="" width="1024" height="682" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-1024x682.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/11/Moderno-4.jpg 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P. D. Según la <strong>RAE</strong>, la voz ambigú proviene del idioma francés y dispone de dos acepciones: por un lado, para distinguir a un tipo de comida compuesta por platos fríos y, por otro, ese otro sentido tan querido entre nosotros. Esto es, “un lugar de un local de espectáculos donde se sirven bebidas y cosas de comer”. El mapa de su etimología conduce en efecto hacia Francia, porque la emparenta con otro vocablo: la palabra ambiguo. Que es donde reside su atractivo: en ese fronterizo (y en efecto) ambiguo territorio donde tiene sentido como esa clase de comida que no se sabe si es almuerzo o cena. O como estos ambigús arriba citados, propietarios de un encanto del que lamentablemente carecen (ay) los que relevaron a los ubicados en el campo de fútbol y la plaza de toros. Los del nuevo Las Gaunas y <strong>La Ribera</strong> siguen buscando su identidad.</p>
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		<title>Política de bar</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Jul 2019 17:09:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/bar-Parlamento.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-large wp-image-1365" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/bar-Parlamento-1024x683.jpg" alt="El Parlamento, visto desde el Parlamento. Foto de Justo Rodríguez" width="1024" height="683" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/bar-Parlamento-1024x683.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/bar-Parlamento-300x200.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/bar-Parlamento-768x512.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2019/07/bar-Parlamento.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por razones de desempeño profesional, llevo una temporada compartiendo minutos (casi las 24 horas del día) y espacio (el <strong>Parlamento de La Rioja</strong>) con unos cuantos representantes de la cosa pública regional. Los adorables políticos. Que llevan, como tal vez sepa el improbable lector, desde mayo enfrascados en negociaciones sobre la formación de <strong>Gobierno autonómico</strong>, sin que de momento hayan dado con la solución al crucigrama. Si hoy aparecen por aquí nuestros queridos representantes es porque observo que algunas de esa maniobras negociadoras se perpetran en el no menos querido universo que es propio de este espacio. Los bares de Logroño. Y me ha llamado la atención que el detonante de la crisis política regional tuviera como escenario el discreto apartado de que dispone el <strong>café Moderno</strong>.</p>
<p>Allí, en ese rincón que suele pasar desapercibido a ojos de quienes lo visitan, sellaron<strong> PSOE y Unidas Podemos</strong> (cuando aún lo eran: quiero decir unidas) su pacto. Que iba a ser de Gobierno hasta que una de las firmantes se dio mus. Sus negociaciones se habían por cierto iniciado en otro local, muy llamativo. Un pub. No cualquier pub, entre otras cuestiones porque no quedan tantos ejemplares de esa tipología diseminados por la ciudad. El<strong> pub Bogart</strong>, una especie de dinosaurio que sobrevive entre nosotros, ahora que esa clase de negocios ha perdido el estatus del que gozó hace alguna década. Paso alguna vez ante su puerta y me sigue llamando poderosamente la atención, hasta el punto de que he pensado en dedicarle algún día una entrada en exclusiva, pero como suele estar cerrado me parece que no procede eso de escribir de oído.</p>
<p>Hace alguna semana, estaba sin embargo abierto. Era ya medianoche, la calle donde se aloja (<strong>Gil de Gárate</strong>) se encontraba fetén de bullicio en sus terrazas, ese embriagador dinamismo propio de tantas tardes, cuando abrí la puerta y&#8230; Allí dentro reinaba una oscuridad intimidante. Un solitario cliente hilaba la hebra con el camarero: ambos miraron hacia la puerta como si les molestara mi irrupción. Pedí disculpas y no llegué a entrar, lo cual pareció hacerles felices. Volvieron a su conversación, indiferentes a mi breve aparición, y yo me marché con las ganas de quedarme un rato con ellos, en esos sofás del fondo que tendrán muchas cosas que contar, cuando solían ser el cálido refugio para las parejitas de la época, a quienes imagino ahora a punto ya de la jubilación. Por algún hostelero cercano me entero de que los responsables del Bogart abren de vez en cuando, a su libre albedrío, de modo que tal vez no vuelva a tener esa suerte de encontrarlo abierto. Pero no desespero. Prometo volver. Y contarlo, claro.</p>
<p>Del Bogart al Moderno, los hábitos de la clase política regional en materia de bares incluyen según tengo observado un local cercano al Legislativo regional: el bar del mismo nombre, el vecino <strong>Parlamento</strong>. Donde muchas veces se registran debates más animados que los propios del auténtico, porque tal vez sus señorías se sienten ahí, fuera de los focos y ajenas al diario de sesiones, más libres para que aflore su genuino yo. Son frecuentes sus idas y venidas de un Parlamento a otro Parlamento durante los plenos, así como su refugio durante estos días de verano en que su animada y sombreada terraza se erigía como el destino de la forzada convivencia entre diputados de distintos grupos y la tropa periodística. Un poco al estilo de lo que ocurre en cierto establecimiento madrileño (el bar <strong>Manolo</strong>), próximo al <strong>Congreso de los Diputados,</strong> donde también esa promiscuidad entre políticos y plumillas suele ser frecuente.</p>
<p>Estos casos recientes de confraternización entre unos y otros me llevaba estos días atrás, mientras hacía guardia en el Parlamento, a pensar sobre la conveniencia de que nuestra clase dirigente se distinguiera por una mayor propensión a la sana costumbre de visitar sus bares favoritos. Cuando suele alegarse que el político tiende a perder el contacto con la calle, yo procuro recordar que eso es el bar por antonomasia: un espacio para la socialización. Donde los administrados pueden ofrecer a su concejal o su consejero su opinión respecto a esto o aquello. Una costumbre que aquí se practica con cuentagotas. Tal vez por esa razón encuentro una rareza eso de tropezarme con alguno de ellos en mis andanzas por los bares de Logroño: como si evitando la cercanía de sus representados, evitaran de paso las collejas que les tienen preparadas. De hecho, sólo he coincidido un par de veces en un bar con el actual presidente, <strong>José Ignacio Ceniceros</strong>, quien me consta por fuentes que prefieren mantener el anonimato (qué chula esta frase) que tiene la costumbre de visitarlos, incluyendo alguno que cae bien cerca de donde esta casa tiene su sede. Lo cual es mucho en comparación con su antecesor, <strong>Pedro Sanz</strong>.</p>
<p>También me he encontrado unas cuantas veces en mis rondas (trabajo de campo) con <strong>Concha Andreu,</strong> por seguir con el hipotético escalafón que apunta hacia el Palacete. Recuerdo una vez, cuando ella empezaba en política regional, verla en el <strong>Iturbe</strong> atacando el cafelito de media mañana. Y me topé hace poco con el flamante senador <strong>Raúl Díaz</strong> en el <strong>Barrio Bar</strong>, caña en ristre. Poco más. Ya entiendo que este recuento es más bien pintoresco, nada científico. Pero siempre me llama la atención la arbitraria conclusión que extraigo: que nuestros políticos frecuentan poco nuestros bares. Al menos, los líderes regionales. Porque si se acerca la lupa a la política más cercana (la municipal), la conclusión es otra muy distinta.</p>
<p>Veamos. Del actual alcalde, <strong>Pablo Hermoso de Mendoza</strong>, me consta que es un aficionado a este entretenimiento tan logroñés y un aconsejable guía de la oferta gastronómica que distingue a las barras conspicuas. Por su recomendación he conocido no hace tanto una de mis tortillas favoritas: la que despachan en La Concordia, de la calle Murrieta. También su predecesora,<strong> Cuca Gamarra</strong>, era asidua a este mismo pasatiempo, como podían comprobar sus convecinos cada domingo a la hora del aperitivo cuando la veían en uno de sus bares de referencia, el Victoria de Víctor Pradera. Y del antecesor de la antecesora, qué decir: pocas ciudades pueden presumir de un alcalde como <strong>Tomás Santos</strong>, poco menos que nacido (criado al menos) en un bar que era más que un bar. El difunto Negresco, aquel llorado icono.</p>
<p>¿Resumen? Que hacer política de bar puede ser un concepto peyorativo, pero yo sostengo lo contrario. Algo menos de moqueta y un poco más de barra ayudarían a nuestros representantes a auscultar el corazón de la ciudadanía. Saber qué callos no deberían pisar jamás. Recordar que habrá un día, tal vez no tan lejano, en que vuelva a forma parte del pueblo llano, se acode en su local favorito y sea uno más entre la clientela. Y que entonces es posible que añore, ya reconvertido en peatón de la historia, compartir cavilaciones con su concejal de turno para, mientras le da la brasa, suministrarle esa información bendita: la cháchara con sus vecinos que tanto ayuda para mantener los pies en el suelo. Y que contribuye al objetivo común: una convivencia mejor. La que garantizaría <strong>la buena política de bar.</strong></p>
<p>P.D. Uno de los protagonistas del culebrón veraniego en la política regional (el pacto interruptus de las llamadas fuerzas de la izquierda) sirve para subrayar esta conexión entre bares y cosa pública a través de <strong>Kiko Garrido</strong>, guardián de las esencias de Podemos, que atiende un local en la calle García Morato. En el rótulo de la entrada puede leerse que nos encontramos (atención) ante una “<strong>neotaberna</strong>”: algo así como si <strong>Manolo</strong> hubiera desertado de <strong>El Soldado</strong> para dejarse crecer la coleta. En ese local se dispensaron unas cuantas ruedas de prensa durante la pasada campaña, tendencia compartida por otras candidaturas. La de , por ejemplo, citó un día a la prensa ante una cafetería de la calle <strong>Portales</strong> para desayunar. Lo cual completa un atractivo itinerario para quien se quiera dar ese capricho: una ruta por los locales más frecuentados por sus representantes. Es una idea que regalo gratis para estos días de canícula: a cuya vuelta, regresaremos para comprobar cómo sigue <strong>Logroño en sus bares</strong>. Feliz verano al improbable lector.</p>
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		<title>La Europa de los cafés</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2018 11:14:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Cada cual tiene su lugar en el mundo. Ese sitio especial, depositario de una magia distinta, donde uno reconoce a su auténtico yo y se confiesa a gusto consigo mismo y con cuanto le rodea. No son muchos lugares. Suelen ser privados (tu sofá favorito, ese rincón del estudio desde donde divisas tus fotos predilectas, un libro en el regazo, tu banda sonora preferida acunándote) pero también pueden ser públicos. Lugares cargados de memoria. Memoria personal y memoria compartida: ese lugar por donde pasaron tantas otras almas antes de que tú ingresaras en ese espacio y también lo hicieras tuyo. <strong>El sitio de tu recreo.</strong></p>
<p>Un <strong>bar</strong>, por ejemplo. Pero no cualquier bar: de entre toda la baraja que forma el conjunto de barras diseminadas por el universo mundo, tiendo a decantarme por <strong>el café</strong>. Esa tipología puebla mis fantasías más prosaicas. Me veo a mí mismo vagando por el Viejo Continente, curioseando por sus ciudades, dejándome llevar por <strong>París, Roma o Berlín</strong> hasta desembocar en el café totémico de cualquiera de ellas. Pedir una mesita interior tras la brillante cristalera de buena mañana para maravillarme con el milagro de la vida. O aposentarme en el velador exterior y alcanzar este tipo de dicha sutil y humilde, aunque profunda, antes mencionada: el gozo de sentir que ese es tu lugar del mundo. Observar la legendaria coreografía que ejecutan los camareros de blanquérrimo mandillón, gobernando a la clientela con discreta mano izquierda y elevado sentido del oficio. Atacar el café luego de elegir alguna gollería de entre las golosinas que surten su barra y dedicarme a perder el tiempo. Esa lentitud, la vida contada a fotogramas. Y observar. Mi pasatiempo favorito.</p>
<p>Convertirme en observador de la naturaleza humana, como reclamaba <strong>Dickens</strong> a sus héroes del <strong>Club Pickwick</strong>. Un entretenimiento que alcanza la categoría de epifanía (una epifanía cotidiana: valga el oxímoron) ese día en que, luego de deambular por los bulevares de París por ejemplo, te detienes en el <strong>Café de la Paix</strong>, ocupas tu silla con su respaldo de hermoso mimbre entrelazado apuntando hacia la gloriosa Ópera de Garnier y ves pasar el mundo ante sus admirados ojos. Si cito este local parisino es porque tengo para mí que en Francia se cuida especialmente esta clase de establecimiento: entre los regalos que la cultura del país de Napoleón (y de Brigitte Bardot) derramó entre nosotros, no me parece menor la ejemplar expansión por el continente de su devoción por el entronizado café. Sólo en la capital se alojan unos cuantos de ellos de acusada categoría y célebre trayectoria; quien viaje por el interior del hexágono, observará que además cada ciudad dispone de su propia versión. El café es tan francés como el cruasán, la baguette o el pastis. O como Brigitte Bardot.</p>
<p>Así que anote el improbable lector a los cafés de París los que pueda encontrar por <strong>Burdeos, Pau o Reims</strong>. O por <strong>Toulouse, Aix-en-Provence, Rennes o Nantes.</strong> Y despliegue con ellos un espléndido mapa que puede completar con los que vaya conociendo por el resto de países europeos que cultiva esta misma religión. Esa Europa de los cafés es un invento colosal. La Europa del civismo. La Europa de la urbanidad y las buenas costumbres. La Europa donde se lee el periódico de buena mañana mientras te tomas un expreso es la Europa que debería sobrevivir incluso en caso de cataclismo nuclear. La Europa que deberíamos preservar en nuestros corazones como el tesoro que es: el territorio del civismo y la compasión. La Europa que forman el romano <strong>Caffe della Pace</strong> (un recodo de ensueño) o el veneciano <strong>Florian</strong> (con vistas a la plaza de San Marcos: inolvidable siempre, pero especialmente si cae la noche y una niebla fantasmal llega desde el mar vecino) o el florentino<strong> Giubbe Rosse,</strong> de elegante mobiliario art déco. Los cafés sigilosos de <strong>Berlín</strong>, donde parece siempre a punto de dejarse caer por allí algún personaje de Le Carré. Los cafés multicolores de <strong>Amsterdam</strong>, ricos en admirable diversidad humana (tan ricos como la tarta de manzana que sirven en el coqueto <strong>Winkel</strong>). Los discretos cafés <strong>portugueses</strong>, donde el tiempo se detiene y se vuelve (o así me lo parece a mí) más literario: en cualquier momento nos saludará el amigo Pessoa. Los melancólicos cafés de <strong>Praga</strong>, como el <strong>Slavia</strong>, que ofrece una insuperable puesta de Sol y un escalofrío soviético. O los majestuosos cafés de <strong>Bruselas</strong>, desde cuyos ventanales puede el observador avispado detenerse en la contemplación del concepto de decadencia. Que también es muy europeo.</p>
<p>Si reparo hoy en todos esos hitos geográficos y sentimentales que configuran la Europa de los cafés es por una doble razón. La primera, muy obvia: que este próximo miércoles se celebra el <strong>Día de Europa</strong>, efeméride a la cual contribuye modestamente este blog con las aportaciones que le son propias. Es decir, elucubrando sobre <strong>Europa en sus bares</strong>. Y dos: porque me llega la feliz noticia de que el querido <strong>Café Moderno,</strong> el más café de entre los <strong>cafés logroñeses</strong>, acaba de ingresar en la prestigiosa orden llamada <strong>Asociación Europea de Cafés Históricos,</strong> que registra la pertenencia de otros célebres establecimientos. Entre ellos, por supuesto, unos cuantos españoles, que edifican un territorio magnífico, un país independiente: más le valdría a nuestra maltratada patria atender el mandato que cada día se orquesta en todos ellos en favor de una sociedad menos cainita, menos ruidosa, menos histérica. Más civilizada. <strong>La España de los cafés</strong> sería un partido estupendo para otorgarle nuestra papeleta. La España los cafés catalanes, por ejemplo, y perdón por este otro oxímoron. La España del recuperado Comercial de Madrid. La del <strong>Novelty de Salamanca</strong>. La del <strong>Iruña pamplonés.</strong> La de tantos y tantos cafés esparcidos por la geografía nacional ya desaparecidos, incluyendo alguno logroñés. La España que pudo haber sido: la que todavía merece la pena. La España europea de verdad.</p>
<p>Mi lugar en el mundo.</p>
<p>P.D. Ya ha aparecido aquí en otras oportunidades el local que la <strong>familia Moracia</strong> regenta en la <strong>plaza de Martínez Zaporta</strong>, un estupendo negocio que acaba de soplar sus cien primeras velas por todo lo alto, fiestón incluido. Ocurrió a lo largo del 2016, festejando durante todo el año su apertura como <strong>Café</strong> <strong>Madrid</strong> allá en 1916, antes de ser bautizado como <strong>Novelty</strong> (sí, como el salmantino) y mucho antes de ser denominado Moderno, la nomenclatura elegida por el abuelo <strong>Mariano</strong> para cruzar el siglo desde la temprana y trágica fecha de 1936. Ahora, forma parte de esa ruta de 29 cafés históricos europeos que sirve como espinazo del sueño continental. Una atractiva ruta a través de la historia, la geografía y las emociones compartidas.</p>
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		<title>Una de calamares</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Nov 2017 09:34:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>A petición del querido público, al que tanto debo, como si fuera una folclórica de los años bizarros reclamo la atención del improbable lector a cuenta de una pregunta que me intriga: dónde sirven<strong> los mejores calamares de Logroño</strong>. Lanzo al aire este interrogante en espera de pronta respuesta, movilizado en efecto por las inquietudes que me trasladó un corresponsal de este blog, que me animó a enviar esta consulta por el éter a partir de sus propias cuitas. Yo le comenté que en su momento ya había tributado cumplido reconocimiento a semejante golosina, que me tiene desde antiguo entre sus devotos confesos, como se espera de todo feligrés que alguna tarde cayera en los dominios de la familia <strong>Moracia</strong> y engullera sus legendarios bocatas de calamares. O como se presupone de todo riojano que un día viajara hasta <strong>Madrid</strong> e hiciera lo que cualquier logroñés que se viste por los pies nada más aterrizar en la capital del Reino: a) Peregrinar hasta <strong>El Corte Inglés</strong> más cercano. Y b) Pedir una de calamares en <strong>la plaza Mayor</strong> y aledaños.</p>
<p>Pero debo admitir que nunca me había hecho a mí mismo la citada pregunta: dónde sirven los mejores calamares de Logroño. Añado a continuación que me declaro incondicional de una de sus encarnaciones recientes, que también han aparecido por aquí alguna vez: los que despachan en el Torres, en formato bocata como homenajeando a la versión original del <strong>Moderno</strong>, y aliñados con un estupendo alioli, salsa de la que soy muy fan. Pero servido en plan ración&#8230; Reconozco que no caigo. Porque ocurre con esta tapa castiza, integrante de lo mejor del recetario clásico, que exige una elaboración a menudo tan compleja que se descarta su presencia en las barras conspicuas entre semana. Sus incondicionales tendrán que conformarse con saborearla en los fines de semana, lo cual limita un poco cualquier seguimiento.</p>
<p>Dicho lo cual, ahí va una apresurada lista que me proporcionan fuentes de toda confianza. Que invitan a darse un festín con las raciones que despachan, por ejemplo, en el <strong>Samaray</strong> de la calle San Juan, establecimiento con solera donde los haya. O las que ofrece, segunda recomendación, el <strong>Sella</strong> de República Argentina. En ambos casos debo reconocer que toco de oído. Sí que me atrevo a soltar una sugerencia de primera mano: en <strong>La Tarasca</strong> del barrio de Siete Infantes se despachan en gracioso cucurucho unas raciones deliciosas, que consume ávida su clientela del fin de semana según tengo observado.</p>
<p>Aunque yo confieso: mis rabas favoritas de siempre se sirven en un bar&#8230; donostiarra. Esto es, de <strong>San Sebastián</strong>, para quienes no dominen el idioma vascuence. Se trata del <strong>Intza</strong>, por si alguien está interesado, aunque tal vez le suene más por su anterior denominación: se llamaba España, con perdón. Bar España de San Sebastián&#8230; Lo que hay que ver Y ahí lo dejo. Tropecé hace un par de glaciaciones por casualidad frente a su barra multicolor, donde brillaba la promesa de un sinfín de gollerías, que descarté en cuanto vi que desde la pizarra me llamaba el anuncio mil veces contemplado en otros tantos locales: &#8216;Hay rabas&#8217;. Desde entonces, no me permito pasear por la capital de Guipúzcoa sin concederme ese regalo, consistente en efecto en una espléndida ración de calamares presentada como yo prefiero. Un rebozo sutil, casi inexistente. Nada que ver con esas masas exageradas en donde uno acaba buscando el tuétano del calamar como el haba en el rosco de Reyes: allá al fondo parece que se divisa. Los calamares del Intza se preparan según una norma radicalmente contraria: una leve capa enharinada, la evanescente huella del huevo batido&#8230; Lo cual desvela el secreto de tal bocado: el producto. Calamares de primera para una ración de primera.</p>
<p>Así que lo dicho: si en Logroño los preparan igual de bien en cualquier barra, aquí se consignarán las aportaciones de sus seguidores. Esta es su casa. De paso se agradecerá de quien posea información fetén que aclare ese tipo de preguntas que uno se ha hecho siempre, del tipo &#8216;Quiénes somos&#8217;, &#8216;De dónde venimos&#8217; o &#8216;Por qué cantamos bajo la ducha&#8217;. Esto es, por qué le llaman calamares cuando quieren decir rabas. También llamado el juego de las siete diferencias: yo, la verdad, reconozco que no distingo los unos de las otras. Pero las engullo con un placer similar, incluyendo factores de índole sentimental: al contacto con el paladar, regreso a la tierna adolescencia y me vuelvo a ver a mí mismo atacando <strong>el bocata del Moderno</strong>. La dicha culinaria costaba entonces quince tristes pesetas. Y disponía de una ventaja adicional: como se elaboraban con una materia parecida al chicle, aquellos calamares sabían a gloria. Porque se podían estirar hasta bien entrada la madrugada.</p>
<p>Pero ésa es otra historia.</p>
<p>P.D. La Rioja, como es sabido, dispone de su propio puerto de mar. Hasta no hace tanto, eran célebres las <strong>anchoas</strong> en conserva elaboradas en la factoría de&#8230; <strong>Albelda</strong>. Supongo que las pescaban en el vecino <strong>Iregua</strong>. Dispone también la región de sus propios <strong>calamares autóctonos</strong>, naturales como es lógico de <strong>Tricio</strong>: a la vega del <strong>Najerilla</strong> se cultivan estos apreciados ejemplares, que aparecen con elevada frecuencia y sobresaliente garantía de calidad en los mejores bares de Logroño. Y que son además mis favoritos cuando me someto a semejante placer en la intimidad del hogar.</p>
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		<title>Camareros, vida y milagros</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Nov 2017 10:51:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/ACADÉMICOS-DE-LA-VIDA-2-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-927" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/ACADÉMICOS-DE-LA-VIDA-2-1-223x300.jpg" alt="Artículo de Belezos, Foto de Justo Rodríguez" width="223" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/ACADÉMICOS-DE-LA-VIDA-2-1-223x300.jpg 223w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/ACADÉMICOS-DE-LA-VIDA-2-1-768x1033.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/ACADÉMICOS-DE-LA-VIDA-2-1-762x1024.jpg 762w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/11/ACADÉMICOS-DE-LA-VIDA-2-1.jpg 2008w" sizes="(max-width: 223px) 100vw, 223px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hace un tiempo, me animé a ir recopilando en formato entrevista las confesiones de algunos de los más acreditados <strong>camareros de Logroño</strong> con la idea de construir a partir de sus experiencias algo parecido a un mapa sentimental de nuestros bares favoritos. El relato de sus peripecias se fue publicando, a razón de un artículo por mes, en el suplemento <a href="http://www.degustalarioja.com/"><strong>Degusta</strong> </a>que <strong>Diario LA RIOJA</strong> entrega cada sábado a sus lectores. Acto seguido, se publicaban también en este rincón, con un anexo que no figuraba en la versión de papel: los locales favoritos de todos ellos. Es decir, los bares entre los bares, aquellos donde estos maestros en el arte de la hostelería tenían puestas sus complacencias. Los bares hacia donde dirigían sus pasos cuando saltaban al otro lado de la barra.</p>
<p>Con aquellas aportaciones publiqué en junio un <a href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2017/06/30/bares-entre-los-bares/">artículo </a>que me supo a poco. Me parecía que reunir en una sola publicación el resumen de sus opiniones, anécdotas y reflexiones merecía la pena, porque alguno se ha jubilado ya, otros están a punto de bajar la persiana y en general disponían de un rico punto de vista, más o menos coincidente, que reflejaba de manera cabal no sólo el devenir de su oficio: también servían como <strong>brújula sociológica</strong>. El Logroño que fue, el Logroño que es. La vida que han visto pasar desde sus respectivas atalayas.</p>
<p>Así que cavilando, cavilando. Dando algunas vueltas al magín (también llamado caletre o cacúmen), caí en la jurisdicción de las buenas gentes que acometen con un entusiasmo contagioso la tarea de editar la revista <em><strong>Belezos</strong></em>. Una producción del <strong>IER</strong> que se ocupa de estas cosas que llamamos cultura popular o tradiciones. Qué mejor escaparate para que luzcan sus mejores galas nuestros camareros de confianza, concluí mis meditaciones: con la generosidad habitual, Belezos abrió sus puertas a esta idea que me rondaba y me propuso lo antedicho. Resumir en unas páginas las andanzas de Mere, Alfonso y compañía.</p>
<p>De modo que durante el verano encontré algún tiempo para repasar sus luminosas ocurrencias. Y corroboré que la mayoría encerraban una profunda sabiduría en el noble pasatiempo de acompañar <strong>nuestros tragos y bocados</strong> con la maestría que esperamos encontrar cuando salimos de casa. Detecté también un lamento común por la desaparición de las <strong>antiguas rondas logroñesas</strong>, la extinción de hábitos que parecían eternos (lo de invitar a la parroquia, por ejemplo: una costumbre difunta) y la acomodación común de todos ellos a las nuevas normas que exige la clientela contemporánea.</p>
<p>El caso es que el artículo acudió a la imprenta junto a sus hermanos en el último número de Belezos y la buena nueva es que se encuentra ya a disposición de los potenciales interesados en<strong> las librerías más acreditadas de La Rioja.</strong> Y el caso (segundo caso) es que me permito a mí mismo unos minutos de publicidad: creo de corazón que hacerse con uno de estos ejemplares merece la pena. Uno se siente ya recompensado como destinatario (intermediario mejor dicho) de las brillantes respuestas que fueron disparando contra la libreta donde yo iba apuntando esa recopilación de su ingenio, pero tiendo a pensar que ese regalo que me hicieron debería ser un regalo compartido con la improbable comunidad de lectores que sientan alguna curiosidad por disponer reunido en unas pocas páginas del compendio de tanto talento disgregado.</p>
<p>Fin de la pausa publicitaria. Capítulo de agradecimientos. La lista es prolija, con una cierta aureola legendaria, porque la integran gigantes del sector. Ya he citado antes a un par de veteranos, <strong>Mere y Alfonso</strong>. Añado ahora a<strong> Colo, a Jaque y a Chus</strong>. A <strong>Dani</strong> y resto de la prole del <strong>García</strong>.<strong> A Chuchi del Junco, Miguel de La Hez, a Manolo de El Soldado y a Abel del Chufo</strong> (y demás familia). A las entrañables gentes del <strong>Soriano, Gurugú, Eldorado y Lorenzo</strong>. A <strong>Juanito</strong>, heredero del Sebas. A <strong>Mariano Moracia</strong> y a los dos <strong>Emilianos</strong>, del Tívoli a La Taranta. A la hechicera <strong>Nuria</strong> del Maltés. Fue un placer y un privilegio compartir con todos ellos confidencias y chistes. También algún trago. En todos veo encarnado al conjunto de su profesión, que esta baraja de camareros ejerce con donosura simpar y alto nivel de eficacia. Una forma de entender el oficio que debería ser guía para las nuevas generaciones: en el artículo, bautizo a sus protagonistas como académicos de la universidad de la vida. Cursiladas al margen, creo que en ese campus podrían matricularse unos cuantos jovencitos que usted y yo conocemos, cuyo desempeño al frente de ciertas acreditadas barras es mejorable: acabo de sufrir una experiencia estupefaciente en un local de postín, de la cual salí tan patidifuso que me fui pitando al Mere a contárselo. Para que sepa, cosa que por otro lado no ignoraba, en qué manos dejó el sector. Y para reconocer en él y al resto de camaradas reseñados en estas páginas de Belezos a los depositarios de las esencias de su profesión: catedráticos sin diploma, psicológos ocasionales, improvisados terapeutas, brujos de guardia y alquimistas si se tercia. Camareros, en fin.</p>
<p>O <strong>barman</strong>, como prefiere el propio Mere que le llamen.</p>
<p>P. D. Habrá observado el lector atento de las páginas de Diario LA RIOJA el singular olfato que distingue al fotógrafo <strong>Justo Rodríguez</strong>, autor de las imágenes que acompañan estas líneas, sin las cuales cada artículo hubiera perdido gran parte de su sentido. Se trata de un avezado profesional, de la estirpe de los grandes fotoperiodistas alojados en el solar logroñés: a veces me recuerda a <strong>Teo</strong>, otras a <strong>Alfredo Iglesias.</strong> Dicho sea como reconocimiento a su talento, que alcanza a mi juicio un nivel sublime en una tipología del mundo de la fotografía harto complicada: el retrato. Para mí, Justo lo borda. El primer plano (y hasta el primerísimo, del que soy muy fan), el medio plano y el cuerpo entero. Lo prueba que muchas veces los retratados son los primeros disconformes con la imagen que de ellos arranca: señal de que Justo ha acertado. Y que además de Justo, es necesario. Para muestra, varios botones: tantos como fotos acompañan la pieza que acaba de alumbrar Belezos.</p>
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		<title>Bares con dos puertas</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Oct 2017 09:00:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Una reciente excursión a <strong>Ezcaray</strong> me permitió refrescar ese prodigioso milagro que se llama <strong>Tres Puertas</strong>. El célebre bar así denominado porque, en efecto, dispone de ese trío de entradas para que quien lo desee se regale un homenaje con sus aclamadas patatas fritas, estilo churrero, mientras se felicita para sus adentros por esa maravilla que le obsequia a su vez un local tan curioso y fetén. Porque lo usual, así en la hostelería como en el resto del mundo, es que una propiedad se defienda mediante un único acceso: más de dos puertas, ya se sabe&#8230; Como advierte el refrán, bares malos de guardar.</p>
<p>Lo cual me invitó a mi propio peregrinaje mental por aquellos establecimientos de <strong>Logroño</strong> que disponen de más de una puerta. Porque no había caído hasta ahora en que ofrecen una invitación a ser frecuentados por partida doble, una promesa de gozo por duplicado que les confiere además una imagen singular. Si visitar un bar es siempre (o casi) una experiencia recomendable, ingresar en aquellos que cuentan con doble ingreso predispone para una diversión adicional. Sobre todo en aquellos pretéritos tiempos mozos: ah, los tiempos del &#8216;simpa&#8217;.</p>
<p>No era mi caso, por supuesto, porque me distingue desde antiguo la costumbre de apoquinar cada trago y cada bocado, pero debe admitirse que era una tentación acodarse por ejemplo en la barra del <strong>Villa Rica</strong> ingresando por la puerta que da a la <strong>Laurel</strong> y marcharse (luego de jugar a la maquinita dichosa del cochecito que ya mereció aquí alguna divagación) por la puerta que da a Albornoz, para pasmo de la familia que defendía aquella barra conspicua: ale hop, y ya nos habíamos escapado, los labios bien ennegrecidos por aquel vinazo servido en duralex. Previa derrama, eso sí. Abstenerse malpensados.</p>
<p>La trama urbana logroñesa, tan rica en meandros y proclive a la gestación de zonas de oscuridad muy propicias para la ingesta, configura una jugosa panoplia de bares donde tal milagro es posible. Los alojados en la orilla de la calle <strong>San Agustín con vistas a Bretón</strong> cuentan en algún caso de ese doble acceso, que sólo algunos ejecutan con convencimiento, al igual que ocurre con los ubicados en la Laurel: los que aceptan semejante posibilidad dotan de un encanto adicional a la parroquia. Quien quiera frecuentarlos, ya sabe que además puede jugar de paso al despiste: confundir a quien estuviera vigilando sus pasos&#8230;</p>
<p>&#8230;Divertimento que yo por ejemplo sigo practicando cada vez que me pongo en manos de Mariano Moracia y resto de la gran familia del <strong>Moderno</strong>. Exterior noche: entrada por las castizas puertas de <strong>Martínez Zaporta</strong>, ingesta subsiguiente recreando la mirada con aquel Logroño que fue (y que todavía resiste) y mutis por la puerta de atrás, salvando las mesas que albergan a los incondicionales del menú del día y demás golosinas: previo saludo a quien se ocupa de los fogones en la dependencia vecina, salida a la calle Mayor por la puerta mediocamuflada. Tan emboscada que pocos logroñeses conocen su existencia: el improbable lector que lo ignorase ya queda informado.</p>
<p>Como lo está de aquel prodigioso bar llamado <strong>Aéreo Club</strong>, que disponía de acceso principal por el <strong>Muro de la Mata</strong> pero también de puerta alternativa (de servicio, digamos) en la calle <strong>Ollerías</strong>. Quien hoy transite por tan maltratada calle podrá observar allá al fondo la parte trasera del <strong>Tondeluna</strong>, establecimiento hostelero donde no consta que se aproveche de tal ingreso salvo para allegar viandas a la cocina. Sí que cuenta con esa opción <strong>Los Rotos</strong> de la vecina calle <strong>San</strong> <strong>Juan</strong>, donde por cierto acaba de inaugurarse otro bar que también cuenta con puertas por duplicado. <strong>Valonsadero</strong>, local de soriana nomenclatura, despacha su oferta tanto a la clientela que acceda por esa calle como a la feligresía que se decante por la calle <strong>Marqués de Vallejo</strong>.</p>
<p>Un apresurado recuento de este tipo de locales confirma que está en nuestras manos dibujar un hipotético mapa logroñés con este tipo de bares. <strong>Iguazú</strong> o <strong>Vinuesa</strong>, por citar otros casos, podrían figurar en ese listado. Claro que ninguno de ellos (que yo sepa) alcanza la categoría de prodigio sobrenatural del que encabeza estas líneas: el ezcarayense bar Tres Puertas. El paraíso para los fanáticos de la castiza costumbre de frecuentarlos.</p>
<p>P. D. Uno de los bares más raros en que he estado (corrijo: el más raro) se ubica en <strong>México DF</strong> y tiene como protagonista principal a su puerta. Su única puerta. Que estaba cerrada. Había que tocar el timbre y esperar a que por la mirilla nos inspeccionara un caballero cuya epidermis había conocido mejores días, dueño de un mostacho intimidante. No era P<strong>ablo Escobar</strong>, pero se le parecía. Igual que el interior recordaba a ese tipo de antros tan caros a las <strong>pelis de narcos,</strong> incluyendo el personal que lo decoraba. Un tipo de bar como aquellos de Estados Unidos durante la época de la prohibición, cuyas puertas también solían estar cerradas: sólo se abrían si el Alí Babá de guardia lo permitía. Les llamaba &#8216;<strong>spekeasies</strong>&#8216; y todavía hoy sobreviven en la capital del imperio. Esta ruta que publico <a href="https://www.elespanol.com/viajes/20160226/105239741_0.html">aquí</a> propone un itinerario por Nueva York a través de esos locales donde te piden la contraseña cuando aporreas su puerta. En cuya barra te acodarías luego de despistar a tus potenciales seguidores cruzando por ejemplo por el interior de la cocina. Como si te fueras a marchar por la puerta de servicio. Un juego del que Logroño también dispone de su propio representante. Aunque en esa guarida, como en estos garitos del actual <strong>Manhattan</strong>, el alcohol ya no está prohibido.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Nuestro amigo el bocata</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Oct 2017 11:17:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>No recuerdo la primera vez en que oí la palabra <strong>bocata</strong>, pero desde luego no olvido su impacto. Ya entonces me cautivó ese ingenio tan español para bautizar con semejante voz al entrañable <strong>bocadillo</strong> de toda la vida. Palabra (bocadillo) que, por el contrario, se bate desde entonces en retroceso. Carezco de pruebas, pero me malicio que eso de llamar bocata al bocadillo debió ocurrir en aquellos años en que teníamos en casa tocadiscos, aparato que empezó a denominarse tocata y justificó incluso llamar así a un difunto programa de televisión. Pero el cedé (y Spotify) mató al tocata, anacronismo que por supuesto nadie utiliza ya a estas alturas, pese al revival vintage del vinilo. Mayor fortuna alcanzó por el contrario su gemelo bocata, voz que incluso se aupó al Gotha al que aspira cualquier invento semejante: ser admitida por la <strong>RAE</strong>. “Forma coloquial para referirse al bocadillo”, dictamina la docta casa.</p>
<p>La RAE aclara que el sufijo &#8216;ata&#8217; proviene de la jerga&#8230; aunque no añade de cuál. Ya les ayudo yo a los académicos: de aquella horterada llamada años 80. Que introdujo una avalancha de cambios en la cultura popular, muchos de cuyos hallazgos apenas sobreviven. Sí resiste el concepto bocata, cuya aparición entre nosotros algo tuvo de conmoción: nos obligó a ser modernos, hazaña para la que estábamos poco o nada preparados. Porque el primer bocadillo que conocimos en las escapadas lejos del hogar familiar tenía poco o nada de moderno: el bocadillo por excelencia de aquel Logroño era el tremendo bocado que despachaban en <strong>La Viga</strong>, una vianda todavía heredera de la postguerra. No casaba nada bien con el concepto bocata: era casi un pecado denominar de tal guisa a un artefacto como aquél, media barra de pan hueco que reclamaba su tiempo para ser engullido. Porque el hambre (la gusa, mejor dicho) estaba garantizada.</p>
<p>El bocadillo de La Viga rendía tributo a la tortilla de patata, servida rebosante de aceite según la recuerdo. Una <strong>tortilla casera,</strong> de abundantes proporciones, tarifada a precios tan razonables como se deducía de la fiebre que desataba entre la mocedad logroñesa, cuyos bolsillos no admitían entonces grandes dispendios (ni teléfonos móviles, creo recordar). Uno hacía fila hasta hacerse con el bocadillo y tardaba luego una eternidad en acabar con él, manchando de paso la pechera con el juguillo característico, como era norma en la adolescencia. Un percance que también acechaba si atacabas el otro gran bocadillo del <strong>Logroño</strong> aquel: el de <strong>calamares</strong> <strong>del Moderno</strong>, convenientemente loado en entradas previas y servido también a módicos precios.</p>
<p>Con el tiempo, el bocadillo formato &#8216;king size&#8217; fue perdiendo terreno. Lo perdió incluso el concepto bocadillo, sobre todo desde que se transformó en bocata. Le arrebató su espacio el emparedado, que algún cursi llamará <strong>sandwich</strong> (<strong>bikini en Barcelona</strong>), y dejó de menudear en la oferta de bares logroñeses. Así que siento una punzada retrospectiva cada vez que paso por la calle Oviedo y veo en <strong>El Rincón de Pepe</strong> al crío que fui zampándose el legendario bocadillo de jamón, otro bocado en retirada que sobrevive en sólo unos cuantos bares porque ahora somos tan finolis que acompañar la bebida con cualquier cosa que vaya entre pan y pan nos parece demasiado camp.</p>
<p>Algo tendrá que ver la mala fama que acecha precisamente al ingrediente por excelencia del amigo bocata: el pan. Dicen que engorda, que no sé qué, que qué sé yo, que blablabla. El caso es que en la mayoría de bares se limitan a ofrecer una rebanada como compañía del pincho de guardia y ni rastro de su imprescindible presencia como aliado del embutido o la tortilla&#8230; salvo alguna excepción. Soleada excepción: por ejemplo, los bocadillos de sardina con guindilla que preparan en tantas casas con gran éxito. <strong>El Gil, El Soldado o La Guarida</strong>, local herededo del difunto <strong>Alejandro</strong> donde alcanzó precisamente gran éxito un bocadillo al que debo grandes momentos de celebración gastronómica a mayor gloria del colesterol: sus <strong>bocadillos</strong> <strong>de panceta</strong>, pródigos por cierto en grasilla y por lo tanto proclives (también, también) a coronar la pechera con algún lamparón.</p>
<p>Sólo esos deliciosos bocadillos (mejor dicho: semibocadillos, porque se despachan en formato minimal) se mantienen fieles al imperio gastronómico de hace unos cuantos años. Lo cual me lleva a compartir estas cavilaciones con el amigo lector, porque acabo de comprobar que, frente a las tesis dominantes, el bocadillo merece siempre ser revisitado. Sólo hace falta reinventarlo. Echarle imaginación y talento. Estoy seguro de que no falta ninguna de esas virtudes en nuestros bares favoritos; y siempre queda la opción de inspirarse en ejemplos como los que aquí comparto: aquí van unas cuantas propuestas de raíz riojana, por cierto. Porque nacieron del reto que lanzó el infatigable <strong>Mikel Zeberio</strong> la gente del <strong>Mesón Riojano de Santander</strong>: <a href="http://www.hoy.es/culturas/libros/buenos-bocatas-20170929003249-ntrc.html">bocadillos con fines benéficos</a>. Como los que ingería uno en La Viña tan añorada. En beneficio de nuestro paladar, nuestra panza y nuestra memoria.</p>
<p>P. D. Que se puede reconvertir el bocadillo de toda la vida en un manjar distinto, pero leal a sus principios, lo llevan demostrando unos cuantos locales de España entera de un tiempo a esta parte. Uno de ellos, por si sirve de pista, se llama <a href="http://, https://johnbarrita.com/">John Barrita</a><strong>, </strong>alojado en <strong>la madrileña calle Vallehermoso</strong> y luce el siguiente lema con pinta de eslogan: “Bocatas que molan”. Con buena pinta, por cierto: de focaccia y sardina, por ejemplo, o de pisto y huevo. Porque si lo recomienda el gran <strong>Carlos Maribona</strong> en su imprescindible blog <a href="http://abcblogs.abc.es/gastronomia/">&#8216;Salsa de chiles&#8217;</a>, es que merece la pena.</p>
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		<title>¿Cuál es la mejor terraza de Logroño?</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Jul 2017 10:20:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/07/Ibiza-buena.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-884" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/07/Ibiza-buena-300x217.jpg" alt=" " width="300" height="217" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/07/Ibiza-buena-300x217.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/07/Ibiza-buena.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ser fiel a tu ciudad exige lealtad a tu pasado. Una frase cuyos factores también pueden leerse al revés, lo cual en el caso de la devoción al universo de los bares reclama un compromiso adicional no sólo con los que resisten, sino también con los difuntos. De modo que cuando uno revisa, mientras peina sus canas (metáfora), su propia biografía debe aceptar que el verano le sabe a muchas cosas. A siestas memorables (ah, ese reguero de salivilla incluido), galvana canicular (ah, el gozo de no hacer nada) y desenfreno juvenil y noctívago (ah, esas resacas dominicales). También me sabe a pipas: los girasoles del tren de Anita, tantas veces citados en este blog, que nutrían las interminables tardes de la adolescencia apoltronados en la terraza del primer <strong>Tívoli</strong>.</p>
<p>Porque, en efecto, las terrazas eran para el verano. A diferencia del tiempo presente: las cosas de la ley contra el tabaco poblaron de veladores acristalados España entera, allá penas si afuera hiela o nieva. Antaño, la clientela se aposentaba en sus terrazas de confianza cuando asomaban los primeros indicios de buen tiempo y abandonaba semejante costumbre allá por <strong>San Mateo.</strong> Cada cual probaría las que fueran de su preferencia: en mi caso, deberé reconocer mi deuda de gratitud con la primera que recuerdo, la del <strong>Ibiza</strong>, con sus insuperables vistas al <strong>Espolón</strong> y a la vida en sí misma, que entonces estaba toda por delante, aunque frecuenté también como alguna otra generación logroñesa la terraza por excelencia, hoy infelizmente desaparecida: la formada por todas aquellas mesitas metálicas de <strong>La Rosaleda</strong> vecina.</p>
<p>Derramo una imaginaria lágrima a la espera de que reabra el querido quiosco de mi infancia y continúo mi paseo de terraza en terraza, moviola mediante. Porque uno se fue haciendo mayor, qué remedio, y acabó como se ha mencionado: atrincherado en el Tívoli, terraza de donde nos acabó expulsando lo de siempre. La moda. Porque se impuso el <strong>Moderno</strong> como tendencia terraceril ochentera y allá acampamos, a la vera de la familia <strong>Moracia</strong>. Largas, larguísimas tardes de estío, cuando el tiempo parecía de goma y se estiraba hasta la frontera de ingresar en la calle Laurel y sus hermanas.</p>
<p>Por aquel tiempo, me confieso también adicto a la primera terraza de la modernidad: la alojada en El Espolón bajo los dominios del cedro y del bar subterráneo llamado <strong>Trébol</strong>, que por entonces (años 80) ya adoptaba la encarnación célebre. Había nacido el <strong>Continental</strong> y, en efecto, para que te dieran en Logroño el carné de moderno tenías que sentarte allí un buen rato. Habíamos inventado el postureo pero no lo sabíamos. Ignorantes de semejante hazaña, nos limitamos a apurar la cerveza y experimentar nuevas conquistas. Sonaba la hora del <strong>Bretón</strong>.</p>
<p>Allá emigramos. A la sombra de <strong>Colo</strong>, en sus dos versiones, vimos crecer las patas de gallo y otras calamidades contemporáneas. Por supuesto, catamos otras terrazas en el universo logroñés, pero si uno pretende sincerarse ante el improbable lector deberá aceptar que ha citado aquellas donde ha puesto sus complacencias con mayor asiduidad y cariño. Quiere decirse que semejante relato de sus propios pasos lo podría firmar quien así lo desee, detallando sus preferencias. Las terrazas del centro y las de la periferia. Las terrazas de siempre y las recién llegadas. Las propicias para el horario vespertino y las más adecuadas por las horas nocturnas. Las terrazas que nos atraen por un indescifrable motivo y aquellas que capturan nuestra atención por lo esmerado de su servicio, la simpatía de sus camareros o porque nos da la real gana.</p>
<p>Fin del preámbulo. Lo antedicho sirve simplemente como excusa para acudir a la almendra central de estas líneas, que se despiden hasta la vuelta de vacaciones lanzando al éter esta pregunta: cuál es la terraza favorita de quienes se diseminan por <strong>Logroño y sus bares.</strong> Quien se anime, ya sabe: esta es su casa. Puede opinar también en las redes sociales donde circula este blog, en la seguridad de superado el veraneo tendrá cumplida respuesta: recopilaremos entonces las respuesta que vayan llegando y premiaremos al ganador. Aunque en realidad todas la terrazas lo son: ganan todas porque todas cuentan con el favor de su parroquia. Que es el mérito principal al que supongo que aspiran. Y el intangible de que dentro de unos años alguien recuerde que una vez fue felizmente dichoso entregado al placer de no hacer nada: limitarse a ver pasar la vida sentado en su velador favorito.</p>
<p>P.D. Como tantas veces, las mejores cosas de la vida no ocurren sin embargo en la realidad: pertenecen al reino de los sueños. Pura fantasía. De modo que no debería extrañar a nadie si cuando nos preguntan a unos cuantos logroñeses de nuestra quinta sobre cuál es nuestra terraza predilecta, contestemos sin dudar señalando a esa cuya imagen decora estas líneas. Aquel glorioso invento de <strong>Rocandio</strong> y sus buenas gentes de <strong>Cámara Oscura</strong>, la milagrosa reencarnación de unos cuantos ilustres en los veladores del Ibiza.<strong> La playa imaginaria del Logroño imaginario.</strong></p>
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		<title>Tragos, rumbas y rocanrol</title>
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		<pubDate>Tue, 31 May 2016 09:17:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/nuri-1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-670" title="Nuria, en la puerta del Maltés. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/nuri-1.jpg" alt="Nuria, en la puerta del Maltés. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/nuri-1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/nuri-1-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
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<p>Un bar donde sonaran <strong>Los Ronaldos y Peret</strong>, por supuesto. Donde se profesara la devoción que merece <strong>Celia Cruz</strong>, desde luego. Un bar donde siempre se escuchara de fondo alguna tonada, donde la música naciera también del magín de sus clientes, quienes entregarían en la barra su botín en forma de cedés o casetes para construir una banda sonora colectiva a mayor gloria de la rumba y del rocanrol. Sería un bar pilotado por una maga, una hechicera. Una camarera que mezclara sutil en sus pócimas alcohol, sonrisas y un toque de pícaro misterio. Una camarera llamada <strong>Nuria</strong> que lleva en su corazón el bar que quería y lo comparte con quienes visitan estos metros cuadrados de armónica complicidad dispuestos en la calle <strong>Bretón</strong>: el bar se llama <strong>Maltés</strong>, ejerce de faro, guía y brújula como se exige a los mejores bares para noctívagos y resto de la <strong>fauna logroñesa</strong> que encontró hace 16 años en Nuria a su confidente favorita y en este bar, su bar predilecto.</p>
<p>Ocurrió en el año 2000, recuerda Nuria. Quienes hayan seguido sus sigilosos pasos por <strong>Logroño</strong> la recordarán en otras encarnaciones como camarera que ella recita como quien rememora una suerte de monopoly de bares indígenas donde prestó servicio. <strong>La Buhardilla, Plas, Isopo</strong>&#8230; Defendió también alguna barra en la calle <strong>Laurel</strong>, mientras se aventuraba en el territorio hostelero como una exploradora que busca su particular tierra prometida denominada trabajo por cuenta propia. Se topó con ese grial aquí, en este bar donde ahora echa la vista atrás y se reconoce en la chica que con 16 años menos aceptó el traspaso del Maltés de sus propietarios originales, quienes durante siete años habían intentado sin gran éxito incorporar al bar a la ruta de las grandes ligas logroñesas.</p>
<p>Nuria sí lo consiguió. Reina desde entonces en este breve espacio que dejó más o menos tal y como estaba el día en que puso aquí el pie, desparramó por la barra y la terraza su atributo esencial, la autenticidad, y adornó el conjunto con lo antedicho: buena música, buenos tragos. «Aquí se bebe de todo. Bueno, mis clientes en realidad se beben lo que yo les ponga». Primera risotada. Luego habrá más, alguna con un punto de emoción contenida, como cuando se le pregunta por esa extraña fraternidad alcanzada con su clientela y cita al célebre <strong>Walsky</strong> como su parroquiano preferido. «Me gustó este espacio desde el primer momento», reflexiona mientras esparce la mirada a su alrededor, en esta hora incierta del crepúsculo y asiente: en efecto, lo especial del Maltés es su atmósfera.</p>
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<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/nuri.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-671" title="Poniendo música. Foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/nuri.jpg" alt="Poniendo música. Foto de Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/nuri.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2016/05/nuri-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su atmósfera y su camarera. Reina de ese feudo donde los clientes han acabado por pertenecer a este bar «más que yo misma», como confiesa con ese punto ingenuo con que va hilando la cháchara. Porque se sorprende observando que su clientela «es más o menos la misma de cuando abrí el bar, aunque todos estamos algo más viejos, claro, porque la gente nunca se va, no sé qué pasa que dura mucho», igual que le llama la atención que, en realidad, a ese proteico grupo inicial se han ido sumando nuevas generaciones que encuentran en el Maltés lo mismo que sus mayores: tragos, rumbas, roncanrol. Atributos que son más que palabras: son una actitud, que Nuria defiende con vigorosa energía sobre todo en esos tramos finales de la noche, cuando hace magia de verdad. Cuando abre su circo de tres pistas: ajusta el volumen para que los bafles inunden de música la estancia, sirve el último trago al feligrés de turno, elucubra con el conversador infatigable del fondo, despacha tal vez a algún pelma que nunca falta.</p>
<p>Luego, cuando baja la persiana, hay veces en que Nuria no se marcha. Se queda como de guardia, de tertulia en la puerta, apurando la noche. Siente que el día ha valido la pena cuando logra sumar a la<br />
parroquia de confianza «a esa gente nueva que de repente viene y consigo que se quede». Rodeada de fulgencios y mangoleles, Nuria sospecha que antes que un bar, el Maltés es «como una burbuja, como un agujero negro», apreciación corroborada por las afiladas plumas que visitaron un día sus dominios y se alistaron en su club de fans. «Tanto doy a mis clientes, tanto dan ellos» dispara como un eslogan posible para el Maltés.</p>
<p>–También es un oficio ingrato.</p>
<p>–También, pero yo lo veo más como algo divertido. Mi único deseo es seguir divirtiéndome. Y mientras mis clientes me sigan acompañando, yo sigo.</p>
<p>P.D. Cuando Nuria deja su puesto avanzado de centinela en la calle Bretón y se sitúa a este lado de la barra, confiesa su predilección por unos cuantos bares logroñeses, entre los cuales cita tres: el de Manuel en la calle Albia de Castro, el Villarreal del parque del Carmen y, sobre todo, el <strong>Moderno</strong>. Un clásico en permanente renovación. Un posible modelo para el Maltés.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Moderno</p>
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