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	<title>Logroño en sus baresNegresco &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Política de bar</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Jul 2019 17:09:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Por razones de desempeño profesional, llevo una temporada compartiendo minutos (casi las 24 horas del día) y espacio (el <strong>Parlamento de La Rioja</strong>) con unos cuantos representantes de la cosa pública regional. Los adorables políticos. Que llevan, como tal vez sepa el improbable lector, desde mayo enfrascados en negociaciones sobre la formación de <strong>Gobierno autonómico</strong>, sin que de momento hayan dado con la solución al crucigrama. Si hoy aparecen por aquí nuestros queridos representantes es porque observo que algunas de esa maniobras negociadoras se perpetran en el no menos querido universo que es propio de este espacio. Los bares de Logroño. Y me ha llamado la atención que el detonante de la crisis política regional tuviera como escenario el discreto apartado de que dispone el <strong>café Moderno</strong>.</p>
<p>Allí, en ese rincón que suele pasar desapercibido a ojos de quienes lo visitan, sellaron<strong> PSOE y Unidas Podemos</strong> (cuando aún lo eran: quiero decir unidas) su pacto. Que iba a ser de Gobierno hasta que una de las firmantes se dio mus. Sus negociaciones se habían por cierto iniciado en otro local, muy llamativo. Un pub. No cualquier pub, entre otras cuestiones porque no quedan tantos ejemplares de esa tipología diseminados por la ciudad. El<strong> pub Bogart</strong>, una especie de dinosaurio que sobrevive entre nosotros, ahora que esa clase de negocios ha perdido el estatus del que gozó hace alguna década. Paso alguna vez ante su puerta y me sigue llamando poderosamente la atención, hasta el punto de que he pensado en dedicarle algún día una entrada en exclusiva, pero como suele estar cerrado me parece que no procede eso de escribir de oído.</p>
<p>Hace alguna semana, estaba sin embargo abierto. Era ya medianoche, la calle donde se aloja (<strong>Gil de Gárate</strong>) se encontraba fetén de bullicio en sus terrazas, ese embriagador dinamismo propio de tantas tardes, cuando abrí la puerta y&#8230; Allí dentro reinaba una oscuridad intimidante. Un solitario cliente hilaba la hebra con el camarero: ambos miraron hacia la puerta como si les molestara mi irrupción. Pedí disculpas y no llegué a entrar, lo cual pareció hacerles felices. Volvieron a su conversación, indiferentes a mi breve aparición, y yo me marché con las ganas de quedarme un rato con ellos, en esos sofás del fondo que tendrán muchas cosas que contar, cuando solían ser el cálido refugio para las parejitas de la época, a quienes imagino ahora a punto ya de la jubilación. Por algún hostelero cercano me entero de que los responsables del Bogart abren de vez en cuando, a su libre albedrío, de modo que tal vez no vuelva a tener esa suerte de encontrarlo abierto. Pero no desespero. Prometo volver. Y contarlo, claro.</p>
<p>Del Bogart al Moderno, los hábitos de la clase política regional en materia de bares incluyen según tengo observado un local cercano al Legislativo regional: el bar del mismo nombre, el vecino <strong>Parlamento</strong>. Donde muchas veces se registran debates más animados que los propios del auténtico, porque tal vez sus señorías se sienten ahí, fuera de los focos y ajenas al diario de sesiones, más libres para que aflore su genuino yo. Son frecuentes sus idas y venidas de un Parlamento a otro Parlamento durante los plenos, así como su refugio durante estos días de verano en que su animada y sombreada terraza se erigía como el destino de la forzada convivencia entre diputados de distintos grupos y la tropa periodística. Un poco al estilo de lo que ocurre en cierto establecimiento madrileño (el bar <strong>Manolo</strong>), próximo al <strong>Congreso de los Diputados,</strong> donde también esa promiscuidad entre políticos y plumillas suele ser frecuente.</p>
<p>Estos casos recientes de confraternización entre unos y otros me llevaba estos días atrás, mientras hacía guardia en el Parlamento, a pensar sobre la conveniencia de que nuestra clase dirigente se distinguiera por una mayor propensión a la sana costumbre de visitar sus bares favoritos. Cuando suele alegarse que el político tiende a perder el contacto con la calle, yo procuro recordar que eso es el bar por antonomasia: un espacio para la socialización. Donde los administrados pueden ofrecer a su concejal o su consejero su opinión respecto a esto o aquello. Una costumbre que aquí se practica con cuentagotas. Tal vez por esa razón encuentro una rareza eso de tropezarme con alguno de ellos en mis andanzas por los bares de Logroño: como si evitando la cercanía de sus representados, evitaran de paso las collejas que les tienen preparadas. De hecho, sólo he coincidido un par de veces en un bar con el actual presidente, <strong>José Ignacio Ceniceros</strong>, quien me consta por fuentes que prefieren mantener el anonimato (qué chula esta frase) que tiene la costumbre de visitarlos, incluyendo alguno que cae bien cerca de donde esta casa tiene su sede. Lo cual es mucho en comparación con su antecesor, <strong>Pedro Sanz</strong>.</p>
<p>También me he encontrado unas cuantas veces en mis rondas (trabajo de campo) con <strong>Concha Andreu,</strong> por seguir con el hipotético escalafón que apunta hacia el Palacete. Recuerdo una vez, cuando ella empezaba en política regional, verla en el <strong>Iturbe</strong> atacando el cafelito de media mañana. Y me topé hace poco con el flamante senador <strong>Raúl Díaz</strong> en el <strong>Barrio Bar</strong>, caña en ristre. Poco más. Ya entiendo que este recuento es más bien pintoresco, nada científico. Pero siempre me llama la atención la arbitraria conclusión que extraigo: que nuestros políticos frecuentan poco nuestros bares. Al menos, los líderes regionales. Porque si se acerca la lupa a la política más cercana (la municipal), la conclusión es otra muy distinta.</p>
<p>Veamos. Del actual alcalde, <strong>Pablo Hermoso de Mendoza</strong>, me consta que es un aficionado a este entretenimiento tan logroñés y un aconsejable guía de la oferta gastronómica que distingue a las barras conspicuas. Por su recomendación he conocido no hace tanto una de mis tortillas favoritas: la que despachan en La Concordia, de la calle Murrieta. También su predecesora,<strong> Cuca Gamarra</strong>, era asidua a este mismo pasatiempo, como podían comprobar sus convecinos cada domingo a la hora del aperitivo cuando la veían en uno de sus bares de referencia, el Victoria de Víctor Pradera. Y del antecesor de la antecesora, qué decir: pocas ciudades pueden presumir de un alcalde como <strong>Tomás Santos</strong>, poco menos que nacido (criado al menos) en un bar que era más que un bar. El difunto Negresco, aquel llorado icono.</p>
<p>¿Resumen? Que hacer política de bar puede ser un concepto peyorativo, pero yo sostengo lo contrario. Algo menos de moqueta y un poco más de barra ayudarían a nuestros representantes a auscultar el corazón de la ciudadanía. Saber qué callos no deberían pisar jamás. Recordar que habrá un día, tal vez no tan lejano, en que vuelva a forma parte del pueblo llano, se acode en su local favorito y sea uno más entre la clientela. Y que entonces es posible que añore, ya reconvertido en peatón de la historia, compartir cavilaciones con su concejal de turno para, mientras le da la brasa, suministrarle esa información bendita: la cháchara con sus vecinos que tanto ayuda para mantener los pies en el suelo. Y que contribuye al objetivo común: una convivencia mejor. La que garantizaría <strong>la buena política de bar.</strong></p>
<p>P.D. Uno de los protagonistas del culebrón veraniego en la política regional (el pacto interruptus de las llamadas fuerzas de la izquierda) sirve para subrayar esta conexión entre bares y cosa pública a través de <strong>Kiko Garrido</strong>, guardián de las esencias de Podemos, que atiende un local en la calle García Morato. En el rótulo de la entrada puede leerse que nos encontramos (atención) ante una “<strong>neotaberna</strong>”: algo así como si <strong>Manolo</strong> hubiera desertado de <strong>El Soldado</strong> para dejarse crecer la coleta. En ese local se dispensaron unas cuantas ruedas de prensa durante la pasada campaña, tendencia compartida por otras candidaturas. La de , por ejemplo, citó un día a la prensa ante una cafetería de la calle <strong>Portales</strong> para desayunar. Lo cual completa un atractivo itinerario para quien se quiera dar ese capricho: una ruta por los locales más frecuentados por sus representantes. Es una idea que regalo gratis para estos días de canícula: a cuya vuelta, regresaremos para comprobar cómo sigue <strong>Logroño en sus bares</strong>. Feliz verano al improbable lector.</p>
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		<title>Visite nuestro VAR</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Jun 2018 09:52:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p><em><strong>Uno</strong></em>. Bar <strong>Chacal</strong>, calle Fermín Irigaray. Un discreto pasadizo entre avenida de La Paz (entonces dedicada al general innombrable) y Duquesa de la Victoria. 1979, final de la <strong>Recopa</strong>, torneo menor ya desaparecido. Me cuelo en el local acompañado de un compinche, fanático del Real Madrid. Que accede a seguir mis pasos con la esperanza de que nos dejen ver el partido por televisión, izada sobre la puerta. Fingimos más edad de la que tenemos (yo, casi un párvulo: 16 tacos), nos apoltronamos entre las parejitas que se meten mano en el piso superior y asistimos a una proeza jamás vista por mis ojos: el <strong>Barcelona</strong> llevándose un título europeo ante el Fortuna de Dusseldorf, un equipazo de leyenda que todo el mundo ha olvidado, comandado por los hermanos Allofs según recuerdo. El Barça, dirigido por Quim Rifé (me encantaba ese nombre), se lleva la púrpura en un partidazo del Lobo Carrasco, aquel mago que necesitaba un par de balones para él solito. Euforia máxima: un clímax tan mayúsculo que nos vamos sin pagar. El dueño nos grita algo desde la esquina. Echamos a correr hacia avenida de Colón: qué felicidad. <strong>Mi primer simpa</strong>.</p>
<p><em><strong>Dos</strong></em>. Una noche de diciembre de 1983, una breve multitud transita por la calle <strong>Laurel</strong>. De vez en cuando, los chiquiteadores incondicionales de las infinitas rondas ingresan en algún local que dispone de televisión, que todavía por entonces tenía algo de extravagante rareza. Mientras trasiegan aquellos trallazos de trillita llamados vinos de la casa, vigilan de refilón el <strong>España-Malta.</strong> La proeza es imposible. Ganar por más de once goles es un prodigio que ni siquiera se cumple en el torneo de verano de <strong>Cantabria</strong>, referencia futbolera local de la época. Son los primeros 80 pero la Movida ni siquiera existía (o no nos habíamos enterado de ella por casa, lo cual viene a ser lo mismo). Quiere decirse que la juventud contemporánea todavía no gastaba la trenca de Adolfo Domínguez, tan célebre: se llevaba más una especie de chambergo intitulado coreano, que nos protegía de la intemperie entre bar y bar. El <strong>Donosti</strong>, por ejemplo, defendido entonces por Juanito y familia. Donde acabamos imantados ante la tele: los goles, oh maravilla, iban cayendo como las hojas en otoño. Lo imposible parecía posible, que diría Rajoy, a quien ya estamos echando de menos. Y llegó, claro que llegó. Llegó el gol de Señor, el gol de José Angel de la Casa y el mío, en la portería custodiada por el patrón del Donosti. Porque con la euforia del <strong>12-1</strong>, media barra se fue sin pagar. Aún siento remordimientos</p>
<p><em><strong>Tres</strong></em>. Ese gol coreado por un gallo antológico que permanece en la memoria de una generación abrió la puerta a la Eurocopa&#8217;84 que seguí desde el bar más futbolero de Logroño. El <strong>Negresco</strong>, alabado sea El Orejas. Sus pizarras, como las del <strong>Carabanchel</strong> cercano, marcaban los goles en cada división nacional con la misma puntualidad y eficacia que internet, ese invento cuyo creador tal vez se inspirase lejanamente en aquel carrusel de tiza. El local de <strong>Martínez</strong> <strong>Zaporta</strong> garantizaba además una frescura inigualable. Ideal para los partidos de la últimas tardes de primavera, cuando el calor empieza a apretar y se agradece que los ánimos se enfríen: lo propio de cuando jugaba la selección de entonces, siempre tan tiritona. La guiaba el mítico <strong>Miguel Muñoz</strong>, a quien atribuían aposentar sus posaderas sobre una flor que le acompañó hasta la final del torneo, que tuve la desgracia de visionar (entonces se empleaba mucho ese verbo) en la soledad del hogar familiar. No fue el caso de la fase de grupos: el Negresco fue mi hogar provisional hasta que una tarde, mientras concluía no sé qué partido, dejé por unos segundos la silla, me acerqué a la barra a pedir algo y cuando regresé a mi asiento, lo encontré ocupado por un tipo de aspecto patibulario, pionero en el arte del tatuaje, a falta de un par de afeitados y pinta de llevar encima mucha mili. Ah, bendita inconsciencia juvenil. Decidí plantarle la cara y rogarle educadamente que se levantara, mientras la selección sesteaba por la tele. Un silencio glacial inundó el bar. El caballero me miró como si estuviera ante un extraterrestre, se puso de pie hinchando el plexo torácico y acercando mucho, mucho, mucho (pero que mucho) sus ojos a los míos me respondió que no le daba la gana. Tenía intención de plantarle la cara (sí, de nuevo la bendita inconsciencia juvenil) cuando el amigo <strong>Luis Santos</strong> se me acercó. Me tomó por el brazo y me condujo a la salida. Protesté. Le dije que no había pagado la consumición pero no me hizo caso. &#8220;Anda, vete para casa, hijo&#8221;. Y me fui sin pagar. Yo empezaba a ver una pauta en todo eso.</p>
<p><em><strong>Cuatro</strong></em>. Mundial de México de 1986, gran acontecimiento: llegan a España las pantallas gigantes. El <strong>Kaiser</strong>, legendario local al que dediqué ya alguna entrada hace tiempo, luce la primera que dispuso un bar de Logroño. La noticia corre como la pólvora entre los veinteañeros locales, que ni siquiera sabían de la existencia de esa calle (Labradores) y mucho menos de una barra con semejante nombre. También lo desconocíamos todo sobre su plato estrella, la hamburguesa, que nos sonaba demasiado yanqui cuando aún cometíamos la tontería de adorar al Che, enfermedad de la que algún compañero de quinta sigue sin curarse. La selección nacional va avanzando hasta la orilla final donde solía morir, pero ese triste epílogo todavía lo ignorábamos mientras asistíamos a esas hazañas en tamaño <em>king size</em> que procuraba aquel megapantallón donde vimos los cuatro goles de Butragueño en Querétaro y la pifia de Eloy ante Bélgica, el penalti fallado que nos devolvió a la realidad. Y que también nos devolvió a casa. Y que a mí me devolvió a la vida cotidiana: la humilde pantallita en blanco y negro del <strong>Tívoli</strong>, donde vi la mano de Dios de Maradona y el golazo que precedió al de Messi ante el Getafe anotado esta vez para superar a los belgas y llegar a la final, que seguir desde la terraza de Bretón de los Herreros, tan querida. De donde era por cierto muy frecuente irse sin pagar: no fue mi caso. Me hacía mayor y renegaba de la tradición. Aunque siempre me pregunté quién se ocupó de pagar las cervezas el día que desalojamos el Kaiser tras doblar la rodilla ante<strong> el guardameta Pfaff y resto de diablos rojos</strong>. Creo que ese no fui yo.</p>
<p><em><strong>Y cinco</strong></em>. En 1981, había asistido a un prodigio. El <strong>Amazonas</strong>, bar de Jorge Vigón que contaba al fondo con una salita donde se jugaba a las cartas y de vez en cuando se veía la tele, fue el lugar elegido para deleitarme con la primera final de Copa de Europa que vi disputar al Real Madrid. Sí, el de <strong>Florentino</strong>, cuyo reino ya se sabe que no es de este mundo sino galáctico. El mundo propio de los seres superiores. Sí, fue fantástico: era el único de toda la concurrencia que quería que ganara el <strong>Liverpool</strong>, lo cual me hacía ya entonces sentirme un mal español. Gozo doble, por lo tanto: ah, la irreverencia adolescente, cuánto la añoro. El partido fue un tostón. Tan aburrido que sólo recuerdo de aquella noche el clímax. Enfilaba la recta final cuando un tuercebotas llamado <strong>Alan Kennedy</strong>, lateral izquierdo de mis adorados <em>Reds</em>, ató la pelota a la puntera, caminó con ella hacia la portería y chutó con tal puntería que obró el maravilloso milagro de silenciar a la cuadrilla de beodos adoradores del club merengue que me acompañaban. Yo había quedado para ver el partido en otro bar que no recuerdo, pero me confundí de sitio. Para cuando observé que ningún amigo me acompañaba, estaba ya demasiado absorto viendo a toda aquella parroquia exultante porque se veía segura de la victoria madridista y pensé la maldad siguiente: no quiero perderme qué sucede si la Copa viaja a Liverpool. Que fue lo que ocurrió, para mi íntima satisfacción: tuve que contener la alegría con tal intensidad que alcancé la calle y es posible, sólo posible, que me fuera del bar sin pagar. En justa venganza, el dios del fútbol me condenó 34 años después a a aceptar la derrota en ese mismo torneo del amado club de <strong>Anfield</strong>, con la famosa llave de judo incluida.</p>
<p>De donde deduzco que sí: que me fui sin pagar del Amazonas.</p>
<p>P. D. Vienen a cuento estos recuerdos ahora que observo la tradición tan extendida de dirigirse al bar favorito para observar las maniobras de <strong>Iniesta y compañía</strong>. El fútbol encuentra en las pantallas de las barras de guardia, o en las terrazas de ciertos locales, su aliado predilecto, aunque desde luego ha degenerado hoy en un tipo de juego que yo a ratos detesto. Todo choque ahora es falta, si el choque es muy abrupto merece siempre tarjeta (una obsesión compartida entre locutores, futbolistas y árbitros, claro) y si ocurre en el área, penalti fijo, sobre todo con tanto jugador ducho en el arte de la simulación. Así que cada partido es una invitación a que surjan por el campo unos cuantos francotiradores, que disparan misteriosos misiles con tal acierto que los jugadores se desploman&#8230; a la misma velocidad del rayo con que luego se levantan una vez conseguidos sus objetivos. Cómo será que ha nacido una estrella reciente a quien apodan <strong>Penaldo</strong>, auténtico as de estas payasadas, con perdón para los payasos. A mí me aburren tanto como ese invento reciente, el llamado <strong>VAR</strong>. Que sólo se salva porque esa denominación me permite el tontorrón juego de palabras con que titulo estas líneas mientras trato de recordar lo antedicho: si pagué o no pagué todas esas cuentas. O si me fui sin pagar.</p>
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		<title>Retrato de logroñés con bar al fondo</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jan 2013 11:13:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/eduardo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-70" title="Eduardo Gómez, retratado en la Taberna de Mere de Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/eduardo.jpg" alt="Eduardo Gómez, retratado en la Taberna de Mere de Logroño" width="600" height="551" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/eduardo.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/eduardo-300x276.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>Sirva esta entrada como homenaje a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tanto han hecho por los <strong>hosteleros riojanos</strong>. Toda esa clientela que a lo largo de la historia ha contribuido a pagar el colegio de los niños de sus camareros de confianza. La parroquia conspicua que se ha hecho cargo de la hipoteca del patrón de tal o cual local, mientras sellaba una alianza eterna con los productos de las bodegas riojanas y resto de empresas del sector y permitía, en fin, la proliferación de las distintas actividades empresariales ligadas al consumo de alcohol, incluida la industria de mondadientes. Con todos ustedes, como representante de todos nosotros, <strong>Eduardo Gómez</strong>.</p>
<p>Eduardo es un archivo viviente y andante de los <strong>bares de Logroño</strong>. Acumula en sus libretas el historial completo de cientos, miles de garitos, cuya fecha de inauguración atesora como otros guardan las reliquias de un santo. En esas fichas que actualiza casi a diario se encuentra depositada la historia de esta ciudad, o al menos la historia de su lado festivo y ocioso. Nuestro hombre refresca a menudo sus datos con la visita perenne a los bares de confianza y también explora las nuevas barras que conquistan los barrios emergentes; con el mismo afán del entomólogo anota las novedades que se concitan en cada bar y derrama alguna lágrima cuando toca informar del cierre de alguno que formaba parte de nuestra historia sentimental.<br />
Cuando decidí convertir a Eduardo Gómez en protagonista de estas líneas, pensé en una entrada única donde vertiera su ingente memoria como cliente de los bares logroñeses. Apenas llevaba unos minutos charlando con él en la casa que nos cobija a ambos, <strong>Diario LA RIOJA</strong>, cuando caí en la cuenta de que necesitaría varias entradas para acoger tanta memoria, tanto dato, tanta anécdota. Así que esta entrega es sólo la primera de una serie. En este caso, limitada a su experiencia primeriza a este lado de la barra de unos cuantos locales logroñeses. Es decir, sus rondas como novato, miembro de una cuadrilla cuya relación recita como si fuera la alineación del equipo de sus amores: “Íbamos de chiquiteo Pedro Rábanos, Agustín Pinillos, mi hermano Eugenio Gómez, Elías Fernández, Santiago Pastor, Ricardo Segura y un servidor”.</p>
<p>&#8211;    ¿Qué edad tenías por entonces?<br />
&#8211;    Dieciocho, veinte años. Una ronda típica era la de los domingos, después del fútbol. Quedábamos en el <strong>Negresco</strong> y de ahí, a la calle Mayor. Se empezaba por <strong>El España</strong>, que llevaba <strong>Terete</strong>, y luego cruzábamos <strong>Sagasta</strong> y entrábamos en el Juanito, famoso por sus sardinas, el <strong>Bilbao</strong>, primer bar de Logroño en poner televisión para seguir las etapas del Tour de Francia y muy famoso en Navidad por su espectacular Belén, y el de <strong>Pedro el Riojano</strong>. Luego venían el <strong>Cosecheros</strong>, que al fondo tenía un patio para jugar a la ranita, y el <strong>Cuatro</strong> <strong>Vientos</strong>, junto al negocio de guitarras de Paulino. De ahí seguíamos por la calle El Puente hacia Herrerías, donde se paraba en el <strong>bar de La Tita</strong>, y se acababa en el <strong>Royalti</strong> de Amós Salvador.<br />
&#8211;    ¿Qué echas en falta de entonces?<br />
&#8211;    Una costumbre que se ha perdido. Cuando una cuadrilla se juntaba con otra y charlabas de esto y aquello, casi siempre se terminaba por cantar alguna coplilla en plan de pique. Eran jotas, habaneras, bilbaínadas… Y en Navidad, se cantaban villancicos con letras alusivas a la actualidad, que solían concluir con la petición para que el dueño del bar nos invitara.<br />
&#8211;    ¿Y os invitaba?<br />
&#8211;    Casi nunca, que yo recuerde.</p>
<p>P.D. En fechas posteriores seguiré contando las andanzas de Eduardo a lo largo de los bares de la ciudad que nos vio nacer a ambos y todavía nos aguanta. De momento, aquí dejo una relación de sus preferencias en esta materia.<br />
.- Tu bar favorito de Logroño.<br />
.- Hombre, no quiero que se moleste nadie, porque en esto hay que tener en cuenta matices de simpatía, de amistad, pero tengo que responder que mi favorito es el <strong>Mere</strong>, porque es un campeón. El Mere es un auténtico campeón. (Justo después de esta charla, el bar echaba el cierre y dejaba un poco huérfana a su parroquia).<br />
.- ¿Y cuál echas más de menos?<br />
.- En eso no hay duda: el <strong>Negresco</strong>.<br />
.- ¿Y tu favorito del resto de La Rioja?<br />
.- El <strong>Nelson</strong>, de <strong>Haro</strong>.<br />
.- ¿Y del resto de España?<br />
.- Uno que ya no está abierto, el <strong>Korinto</strong> de Madrid.<br />
(Continuarà)</p>
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