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	<title>Logroño en sus baresOllerías &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Calles sin bares</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Jul 2019 11:35:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Recuerdo que de crío iba mucho con mis padres a la<strong> calle Ollerías</strong>. A sus bares, quiero decir. El inolvidable <strong>Paco</strong>, por ejemplo. La prole infantil se quedaba en la puerta o se diseminaba por el interior muy formalita (más o menos como ahora) porque entonces estaba prohibido dar la tabarra a los mayores mientras disfrutaban de un rato de asueto. Sí, más o menos como ahora. El paseo avanzaba hasta el final de la calle, una de las pocas sin salida de Logroño. Dábamos la vuelta hacia la calle San Juan y regresábamos a casa. Si había suerte, te servían un vaso de agua del grifo en alguno de esos locales: en efecto, igualito que ahora. Por el camino caía tal vez alguna otra visita al resto de bares que anidaba Ollerías, en una de cuyas casas una pareja de ancianos vendía huevos y te regalaba rosquillas. Mi memoria en blanco y negro tiene registrados esos detalles, como <strong>el criminal atentado de</strong> <strong>ETA</strong> que segó tres vidas y convirtió la calle en maldita. Al menos para mí. Imposible pasar por la esquina con <strong>Marqués de Vallejo</strong> y olvidar aquel espanto.</p>
<p>Desde el coche bomba (que estalló por cierto cuando las víctimas salían también de<strong> su propia ronda de vinos</strong>) a esta parte, Ollerías no es lo que fue. Hoy es una de las raras calles de Logroño sin bares, lo cual representa una anomalía que siempre me intriga. Hubo algún intento por volverla a integrar al sector de la hostelería. Todos fracasaron. Lo misterioso no es ahora mismo que la calle carezca de bares: es que ignora toda vida comercial. Un enigma, porque se sitúa <strong>a un par de pasos del Espolón</strong> y forma parte de un itinerario donde sí está presente la cofradía del buen beber y mejor yantar, pero es que los bares tienen cosas que la razón no entiende, como cantaba el bolero. Imposible no pasar por la esquina con Marqués de Vallejo y no reparar en esa laguna: como si, en efecto, la calle estuviera maldita.</p>
<p>Pero es que hay otra calle, no lejana, donde se observa esa misma y llamativa ausencia:<strong> la calle del Peso</strong>. En condiciones normales, puesto que es la prolongación de la <strong>Laurel</strong> y su salida natural hacia Sagasta, debería ser un emplazamiento privilegiado para albergar negocios de este tipo. Los ha tenido. La añorada <strong>chocolatería Moreno</strong>, habrá que citar. Y restaurantes, sobre todo. De ellos, mi favorito era<strong> Casa Gabino</strong>. Una fantástica casa de comidas, con sus fogones legendarios, de donde salían gollerías sin duelo cocinadas y guisadas sin grandes alardes pero con ese toque sutil y sabroso propio de este tipo de establecimientos, un poco como <strong>el antiguo Nobleza</strong>. Bancos corridos, donde podías compartir mesa con un desconocido capaz de pasarse el rato del almuerzo sin levantar la mirada del plato y despedirte a la francesa, sin abrir la boca más que para jalar. Y un ambiente muy castizo. Desaparecido. Desaparecido como los bares que ignoran estos metros situados curiosamente en el ombligo de Logroño, rodeados por lo tanto de bares. Bares y más bares. Que ejecutan al parecer una misteriosa orden de evitar instalarse en la calle del Peso. Bonito nombre, por cierto.</p>
<p>Ha habido algún intento reciente de revitalizar la calle, aprovechando una conexión también muy evidente y en teoría prometedora: que hace frontera con la <strong>plaza de Abastos.</strong> Dueña por supuesto de su propio catálogo de promesas de reinvención jamás ejecutadas: ahí sigue, languideciendo, a pesar de que quienes resisten mantienen la bandera de la calidad en sus productos y siguen siendo un imán para unos cuantos logroñeses (y forasteros), adictos a hacer la compra donde la hicieron sus abuelos y los padres de sus abuelos. Esa cercanía podría (en una ciudad ideal: la nuestra, ay, no lo es) favorecer que por la calle del Peso se distribuyeran unos cuantos bares aprovechando los bajos del edificio cuyo acceso se sitúa en la vecina Bretón de los Herreros. Que se remodeló entero no hace tanto y permitió entre otros milagros bienaventurados la resurrección del <strong>Tívoli</strong>. Aleluya, aleluya.</p>
<p>Pero los milagros se detuvieron ahí. No alcanzaron a la calle del Peso. ¿Por qué? Se ignora. Es posible que haya alguna explicación oculta pero también es igual de posible lo que sirve para Ollerías: que en materia de bares la lógica muchas veces se elimina. Que por la misma y misteriosa razón que una calle se pone de moda, a otras no les llega nunca su turno. En el caso del Peso, me ha llamado siempre la atención que tampoco triunfara entre los restaurantes que allí sobreviven una tendencia que se observa en otros puntos del mundo civilizado: las terrazas. <strong>Comer al aire libre. O cenar</strong>. Me parece un lujo en las noches de verano sentarse al raso y atacar las viandas en compañía de otros privilegiados. Hubo también algún intento. Fallidos todos. Misterios logroñeses.</p>
<p>Pero hay alguna esperanza. Avisa el <strong>Boletín Oficial de La Rioja</strong> y confirman voces que todo lo saben sobre un proyecto hostelero para dotar de un bar ese espacio que hoy es, sobre todo, una calle de paso. ¿Puede haber un placer mejor y más mundano que proveerse de viandas en la plaza vecina y pedirle al tabernero que dirija ese hipotético bar que nos las sirva como le plazca? Es una experiencia que funciona en otros puntos de España donde también coincide la cercanía de un mercado con los bares desparramados a su alrededor. Ignoro si será esa la intención de quien pone en marcha ese negocio pero le regalo la idea. De nada.</p>
<p>Porque pienso que si alguien se anima y pone en marcha algún otro negocio similar la calle volverá a ser lo que fue. Un recodo muy atractivo porque conecta varios hemisferios: la Laurel ya mentada, la plaza de Abastos recién mencionada, la atractiva escena igual de cercana que garantizan los bares del Espolón. Y quién sabe. Tal vez su influencia llegue hasta la no tan lejana Ollerías para que también allí se obrara un prodigio semejante que me ayudase a olvidar el horror que todavía me estremece cuando paseo por su jurisdicción. Por pedir, que no quede. <strong>En el pozo de los deseos arrojo una última petición</strong>: ojalá que una calle del Peso galvanizada como merece significara la reapertura de la chocolatería Moreno. Con su delicado escaparate, sus mesas de formica y sus legendarias golosinas. Ojalá las actuales generaciones dispusieran como sus papás y mamás de aquella academia donde tantos de nosotros aprendimos a mojar el churro.</p>
<p>P. D. Hablando de bares y plazas de abastos, propongo una excursión: en el mercado de <strong>la calagurritana plaza del Raso,</strong> que sufre como tantos otros de la tendencia a hacer la compra por otros medios, se anuncia la apertura de un gastrobar. Una posibilidad que alguna vez se ha acariciado para oxigenar la plaza de Abastos de Logroño pero que sigue sin fraguar. Hay quien opina que justamente ese mercado es el que menos lo necesita: tiene todos los bares que desee su clientela ahí enfrente, en la Laurel. Tal vez con reactivar como se anuncia la calle del Peso fuera suficiente.</p>
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		<title>Regreso a la calle Ollerías</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Apr 2017 08:42:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Alguna mañana debía ingresar quien esto escribe en territorio vetado: <strong>Ollerías</strong>. Ya curioseé cierta vez por sus alrededores, puesto que resulta difícil evitar una calle tan castiza, alojada como está en el corazón de<strong> Logroño y sus bares</strong>. Tan cercana a la <strong>San Juan</strong> por ejemplo, calle que ha merecido aquí alguna mención que otra. Fronteriza también con el querido <strong>Pachuca</strong>, cuyo deteriorado rótulo decora el frontispicio de este blog. Y Ollerías aparecía también de vez en cuando si poníamos en marcha la moviola: unos cuantos veteranos de las barras logroñesas se iniciaron en la profesión en aquellos bares que festoneaban la acera de los impares, porque la otra se limita a ejercer de trasera de los inmuebles de <strong>Muro de la Mata</strong>. Y no: en esa mano no hay otro bar que la puerta de servicio del ejemplar <strong>Tondeluna</strong>, más o menos donde antaño estuvo la del <strong>Aéreo Club</strong>. Enfrente, sólo habita ahora mismo el local llamado <strong>In vino veritas</strong>, emigrado de la San Juan. No tengo el gusto. Me resisto a ingresar entre sus muros, tal vez como un pueril tributo que rindo a la memoria de aquel Logroño que sí tuvo esta calle entre las más fetén para eso tan nuestro: ir de bares.</p>
<p>Es decir, eso de tomar unos vinos y acompañarlos de algún bocado. Curioso: porque como recuerda el benemérito <strong>Eduardo Gómez</strong>, Ollerías albergaba pocos bares, pero selectos, y todos ellos homenajeaban a Baco como suelen pero también rendían pleitesía al recetario local. Sus barras despachaban golosinas de alto nivel cuando semejante oferta gastronómica era más bien rara en la hostelería logroñesa. Así se dispara el recuerdo de aquellas gollerías, animado en este desempeño no sólo por el perito Gómez, sino por el memorión<strong> Chema Macua,</strong> funcionario del Parlamento, que me suele recibir cuando acudo a aburrirme a los plenos espetándome su frase célebre: “A ver cuándo escribes de Ollerías”. Sentencia que suele abrochar con la siguiente exclamación, expresada mientras contenemos la saliva: “¡Ah, aquellos bocatas de oreja de <strong>La Chistera</strong>!”.</p>
<p>Promesa cumplida, Chema. Aquí estoy recordándome a mí mismo tal y como fui, tal y como fuimos tantos logroñeses de mi quinta, cuando guiados por la mano paterna penetrábamos en aquel universo promisorio. Nuestro favorito era el <strong>Paco</strong> y sus champis inolvidables (y pioneros). El paseo continuaba a continuación hacia otras cuentas del breve rosario de locales, para saborear nuevas viandas igual de sugestivas. Las cazuelitas del <strong>Sergio</strong>, por supuesto. Paco, Sergio, La Chistera&#8230; y algunos otros locales que me recuerda el señor Gómez, de los que todo lo desconocía: el Turco, por ejemplo, precedente del citado Paco. El Nuevo Choco, El Trece, Mi Tierra&#8230; Una serie de bares que desembocaban en el <strong>Baden</strong> de la <strong>Travesía</strong>, por donde se abandonaba la calle hacia la San Juan aledaña, un paseo que yo también hago ahora alguna tarde: para recordarme a mí mismo de nuevo. Para recordar la calle que no se borra uno de la memoria, por un par de razones.</p>
<p>La primera, amable. Cariñosa: en un piso de esa calle vendía huevos por docenas una pareja de simpáticos ancianos a quien recurríamos en casa cuando se desabastecía el hogar familiar y había que echar a correr si queríamos cenar tortilla. Uno regresaba con el preciado botín, acompañado también por el inolvidable sabor de las mejores <strong>rosquillas</strong> que usted habrá probado nunca: puesto que en esa casa se rompían los huevos entre trajín y trajín igualmente por docenas, jamás faltaba por lo tanto materia prima para elaborar ese delicioso<strong> dulce de sartén</strong>. Y contengo de nuevo la saliva.</p>
<p>Pero el segundo fogonazo que dispara la memoria cuando alguien me menciona la calle Ollerías me borra la sonrisa de la cara. Es un recuerdo cruel. Aquel criminal atentado de <strong>ETA</strong>, con sus tres víctimas mortales y otro herido que salvó la vida de milagro. Fotos en blanco y negro de aquella barbarie, la ciudad azotada por el terror, el funeral en <strong>La Redonda</strong> desbordante de tensión. La calle Ollerías. A eso también me sabe Ollerías, qué le vamos a hacer.</p>
<p>Aunque tal vez si alguna bondadosa mano municipal ideara un siglo de éstos algún plan para reactivar la mortecina calle, casi moribunda a pesar de su paradójica vecindad con <strong>El Espolón</strong>, yo también me haría un favor a mí mismo y volvería sobre mis pasos sin nostalgia. Sólo para recordar al niño que fui y olvidar de paso aquel espanto, pero sobre todo para concederle una oportunidad a esa calle memorable como pocas para quien se destetó en las rondas por los bares de confianza pastoreado por sus mayores, iniciándose en el rito finisecular del pincho, la tapa, la banderilla y la cazuelita, por aquella memorable tríada de bares: Paco, La Chistera, Sergio&#8230;</p>
<p>Y también para que cuando me encuentre de nuevo con Chema Macua, mientras intento esquivar como puedo el sopor que domina tantas sesiones parlamentarias, pueda contestarle que sí: que ya he escrito sobre Ollerías. Y que ya <strong>estamos en paz</strong>.</p>
<p>En todos los sentidos. También contra el <strong>terrorismo etarra</strong>.</p>
<p>P.D. Me cuentan quienes deambulan a diario por la calle San Juan, entre comunes lamentos por el mejorable aspecto que ofrece Ollerías, que la calle ha sido colonizada por ese hito tan logroñés: el <strong>merendedro</strong>, que ocupa varias bajeras. Lo cual me devuelve también a la infancia, porque cierto condiscípulo de los <strong>Maristas</strong> celebraba en uno de esos locales su cumpleaños: su familia poseía allí un almacén, que se empleaba para fiestas infantiles en la etapa anterior a la invención del célebre chiquipark. Por ahí recuerda Eduardo Gómez que caía la trasera del bar El Tercio, alojado en la calle San Juan, cuyo excusado hacía frontera con Ollerías, de manera que algún gracioso solía gastar a quienes allí se aliviaban la siguiente broma: aprovechaba que el cliente del lavabo se encontraba apoltronado en la taza para tirar de la cisterna de improsivo, con gran estrépito de risas y ofendidas quejas del agraviado. Porque hasta para esas cosas tenía gracia Ollerías.</p>
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		<title>Quisimos tanto al Baden</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Dec 2016 08:48:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Todo empezaba en el <strong>Mere</strong>. Una generación de logroñeses que hoy peinan alguna cana se acodaba por entonces en los preciosos y magros metros cuadrados disponibles, engullía el bocadillo como si fuera la última cena y observaba curioso el exterior, donde otra multitud demandaba su ración puertas afuera y se admiraba por la pericia magnífica con que los defensores de tan castiza barra liquidaban las peticiones de la clientela. Los tiempos en que desde la cocina se facturaba la <strong>riquísima</strong> <strong>tortilla</strong> con un engranaje laboral manchesteriano. Un espectáculo.</p>
<p>Pero aquel circo gastronómico-festivo tenía más pistas. Porque la <strong>calle San Juan</strong> (la calle en sí: el Mere ahora medio resurrecto formaba parte de la Travesía, que no es lo mismo pero se parece) ofrecía un amplio abanico de posibilidades: un parque temático a la logroñesa para devotos del chiquiteo y de las ricas raciones de cocina casera. Cuya segunda estación podía ser cualquiera de los bares que en ambos manos custodiaban el legado eterno de las rondas interminables, la ruta que siempre conducía al <strong>Baden</strong>. Que ahora también amenaza con resucitar: bendito sea el dios de los bares.</p>
<p>Porque para unas cuantas quintas de logroñeses, aquel bar donde nos iniciamos en distintas clases de placeres (desde la ingesta de marisco a los tragos de cerveza negra) representó durante largo tiempo la playa donde desembocaban las correrías por la San Juan y alrededores. Hoy, ver los andamios trepando por su fachada encierra alguna promesa incierta. También hay algo de magia. La misma magia que se observaba en sus raciones de <strong>berberechos</strong> y <strong>navajas</strong>: la magia de un cuento. Igual que Hansel y Gretel vieron una luz iluminar aquella cabaña del bosque, cualquier adicto a la hermosa costumbre de frecuentar nuestros bares predilectos siente ahora la misma quemazón. Una curiosidad semejante. ¿Abrirá de nuevo el Baden?</p>
<p>Los peritos locales en bares no se ponen de acuerdo. Hay quien asegura que la reapertura es inminente y quien prefiere no pronunciarse. De momento, ganan quienes contemplan con alguna ilusión ese frenesí de andamios que se apodera de la calle San Juan y alcanza a esta minúscula arteria que conecta con la <strong>calle Ollerías</strong>, de tan triste recuerdo. La calle del Baden, como la conocieron tantos lugareños. Que ese es el éxito principal de cualquier negocio: acabar dando nombre a la calle que le aloja, galardón del que pocos pueden presumir. El Baden, al que tanto quisimos, es uno de esos raros ejemplos. Y autor de otra hazaña mayúscula: convertirse en icono local. Perpetuarse en <strong>la memoria de</strong> <strong>Logroño</strong> con tal fortaleza que todavía hoy, cuando comentas con alguna voz amiga que el Baden amaga con reabrirse, se dispare un entusiasmo genuino: «Qué bien se estaba allí adentro».</p>
<p>P. D. Publiqué este artículo, con algún leve cambio, en <strong>Diario LA RIOJA</strong> a propósito de la renovada operación de cirugía que tiene a la calle San Juan y aledaños pródiga en andamios. Entre ellos, el que decora la fachada del Baden. Desde entonces, he podido comprobar que en efecto las obras avanzan a buen ritmo. ¿Se dispone el bar a reabrir un día de estos? Espero confirmarlo en fechas sucesivas. Para quien esté interesado, le invito a que mitigue la curiosidad releyendo (o leyendo por primera vez) esta otra <a title="https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/03/20/baden-marisco-y-cerveza-negra/" href="https://blogs.larioja.com/logronobares/2015/03/20/baden-marisco-y-cerveza-negra/" target="_blank">entrega </a>que publiqué en este mismo blog con ocasión del fatídico día en que cerró. Cuando despedimos a<strong> nuestra hermosa marisquería.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Interés (personal) en la Laurel</title>
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		<pubDate>Fri, 02 May 2014 16:30:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[La madre de todas las calles para los bares de Logroño está de enhorabuena: es de interés. De interés turístico, lo cual es como descubrir América: así lo acaban de sancionar las autoridades competentes (riojanas, por supuesto) pero así lo sabía ya el pueblo soberano, tanto indígena como forastero. Bajo esa apabullante distinción de oscuro [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/laurel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-331" title="Entrada a la calle Laurel, vista por Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/laurel.jpg" alt="Entrada a la calle Laurel, vista por Justo Rodríguez" width="600" height="400" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/laurel.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2014/05/laurel-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>La madre de todas las calles para los<strong> bares de Logroño</strong> está de enhorabuena: es de interés. De interés turístico, lo cual es como descubrir América: así lo acaban de sancionar las autoridades competentes (riojanas, por supuesto) pero así lo sabía ya el pueblo soberano, tanto indígena como forastero. Bajo esa apabullante distinción de oscuro sentido se oculta sin embargo algo serio: una suerte de compromiso generalizado en defensa del corazón de Logroño, puesto que el sello de calidad obliga no sólo a la mentada calle, sino a la adyacente <strong>San Agustín</strong> y a la muy vecina<strong> San Juan</strong>. Y porque no sólo exige un esfuerzo al cliente, que hará muy bien en observar una cierta cortesía en su conducta como parroquiano, sino que sobre todo reclama más dedicación, gusto por los detalles e imaginación a los dueños de los bares, los más directos beneficiarios del título recién adquirido.</p>
<p>Quiere decirse que si el <strong>Gobierno regional</strong> proclama que el <strong>itinerario turístico-gastronómico</strong> que forman las tres calles queda declarado de interés turístico regional, deberá en consecuencia preservarse la calidad de los ingredientes que se sirven en los bares allí alojados, así los comestibles como los bebibles. Uno piensa que además se aprovechará para perfeccionar la profesionalidad con que se desempeña el oficio en cada local de dicha ruta, que se mejorarán los elementos decorativos (desde el diseño de los propios establecimientos, tanto interior como exterior, hasta la rotulación y resto de factores añadidos), que las administraciones velarán para que se cumplan las ordenanzas en materia de higiene y buenas costumbres… Uno incluso espera, porque es así de ingenuo, que esas muestras de escaso decoro y falta de buen gusto bautizadas como <strong>despedidas de soltero</strong>, especialmente las que más público convocan, serán por lo tanto expulsadas al extrarradio, pero me temo que no van por ahí las intenciones de la Administración. Incluso sospecho que más de un bar que ha encontrado ahí un filón de clientela preferirá que semejante tradición, por muy chabacana que resulte, se mantenga bien musculada. Aunque haya que mirar hacia otro lado: todo sea por el bien de la máquina registradora.</p>
<p>Son sólo deseos, esperanzas vanas tal vez. Lo que realmente me ha interesado de esta distinción que acaban de recibir las calles más castizas de mi ciudad es que me invitan a revisar mi propia biografía y preguntarme cuándo las declaré yo de interés personal. De interés personal. Y en el caso de la calle Laurel, concluyo que fue hace mil años: yo tendría diez o doce cuando mi padre me llevó junto a mi hermano a dar por allí nuestra primera vuelta. Nuestra primera ronda, nuestra primera vez. Fue poca cosa: ingresamos en un bar cuyo nombre no recuerdo, que luego fue tienda de restauración y ahora se llama <strong>La Ribera.</strong> Nos pidió un par de emparedados vegetales que servían a la plancha sin acompañamiento de bebida alguna, nos supieron a gloria y regreso a casa. No he vuelto a entrar al citado bar, ignoro la razón. Lo cual no evita que cada vez que cruzo ante su puerta mire hacia dentro por si se obra el prodigio y veo materializarse ante mí a aquel chavalito que fui. De momento, sin suerte. Me consuela pensar en ese emparedado como si fuera la <strong>magdalena de Proust</strong>. Y me consuela pensar que no estoy solo: que para muchos logroñeses habrá habido también una primera vez en la Laurel.</p>
<p>Así que si alguien más se anima&#8230; Si a algún improbable lector le apetece relatar su bautismo como miembro de la cofradía del santo chiquiteo, ya sabe que esta es su casa.</p>
<p>P.D. Repasando mi ingreso como cadete en la calle Laurel, he caído en la cuenta de que era más propio de aquella época (primeros 70) acompañar a la tribu familiar de peregrinaje por los bares de una calle hoy en plena decadencia: <strong>Ollerías</strong>, donde tengo puestas algunas esperanzas. Se me ocurre que es una calle muy recuperable para ir de bares… en cuanto abran alguno. De momento, sólo figura como puerta de atrás de <strong>Los Rotos de la calle San Juan</strong>, cuando en esa época que cito era todo lo contrario, una calle en ebullición hostelera muy apropiada para iniciarnos en esa costumbre tan logroñesa: ir de bares. En busca de los champiñones de <strong>Paco</strong>, por ejemplo, o recalando en el resto de locales que completaban el recorrido: <strong>Sergio</strong>, <strong>Chistera</strong> y <strong>El Trece</strong>, según me recuerda el amigo <strong>Eduardo Gómez</strong>. Ollerías fue en realidad la calle que sirvió para caerme del caballo. Mi camino de Damasco.</p>
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		<title>Si no me ves sonreír</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Feb 2013 18:03:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/imagen1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-81" title="Placa de acceso a la calle San Juan de Logroño" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/imagen1.jpg" alt="Placa de acceso a la calle San Juan de Logroño" width="600" height="433" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/imagen1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/02/imagen1-300x217.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>En marzo del año 2007 publiqué en <strong>Diario LA RIOJA</strong> un artículo sobre la <strong>calle San Juan</strong>, centrado no sólo en su oferta hostelera (que también), sino en su condición de arteria revitalizadora del corazón de Logroño. Aunque el paso del tiempo deje algún detalle desfasado (cerró el <strong>Mere</strong> y cerró también la singular tienda de ultramarinos, por ejemplo), releyendo estas líneas me parece que tiene bastante sentido traerlas aquí, como homenaje a tan simpático rincón de la ciudad, a su rica oferta de bares y su legendaria población de camareros y clientes. Ahí va.</p>
<p>&#8220;Me inicié en la calle San Juan el día en que empecé a acompañar a su casa a mi amigo <strong>Dani</strong> cuando salíamos de clase. Para mí, aquella calle se limitaba hasta entonces a unos escasos metros, que además nisiquiera estaban situados en ella, sino en la adyacente travesía: el espacio que ocupaba (y ocupa) el bar Mere, con sus<strong> legendarios bocadillos de tortilla</strong> que alguna vez fueron mi cena y que hoy sigue despachando milagrosamente desde una cocina minúscula.</p>
<p>Porque la San Juan, como su hermana la calle <strong>Laurel</strong>, es una y trina: las venas que surcan la arteria principal (<strong>calle del Carmen, travesía de Ollerías</strong>) tejen con ella una tupida red de bares, donde también florecen otros negocios, dominados todos por un instinto de camaradería insólito en otros rincones de Logroño. La fraternidad que forman los viejos bares y las nuevas librerías, las flamantes casas de comidas y los negocios de siempre ha desembocado en una especie de puré común, una sopa sabrosa donde cualquiera puede meter la cuchara y contagiarse del espíritu castizo de esta calle tan plural.</p>
<p>Así que, en efecto, otro <strong>Casco Antiguo</strong> es posible. Uno cruza por la mañana y ve concentrarse la vida en las tiendas que resisten el vendaval de la globalización. Si no encuentra usted cordones para las zapatillas del crío, no se preocupe: vaya a la calle San Juan. De paso, le pueden hacer un par de agujeros en el cinturón si se acaba de poner a dieta (con éxito). Y cuando quiera conocer la tienda de ultramarinos pionera en el transporte a domicilio, que no cunda el pánico: también la puede hallar aquí. No, ya no tropezará con superlimpieza Mola, un clásico de otro tiempo, ni podrá entregar a Teo un carrete para que lo revele. A cambio, le garantizo dos cosas: que se cruzará con <strong>Carlos Muntión</strong> a cualquier hora y con <strong>Eduardo Gómez</strong> a la del aperitivo.</p>
<p>Porque a diferencia del resto del Logroño histórico, aquí la rueda no deja de girar. Unos comercios sustituyen a otros y los bares reemplazan con nuevos feligreses a sus parroquianos más veteranos, con una peculiaridad añadida: la mayoría ejerce su derecho de veto sobre la Laurel. Hay también quien se consagra a la doble militancia y no reniega de un trago o un bocado en una u otra calle. Y yo, que no olvido la gentileza con que la gente del <strong>bar Ignacio</strong> ofrecía aquellas generosas raciones de tortilla a las que fui tan adicto, soy sin embargo carne de Laurel y, como Neruda, confieso que he bebido, pero poco, en esta otra calle cuya militancia exhibe una buena salud envidiable: son esos compañeros de generación que pasean por aquí los viernes con los críos y han hecho de su ronda por la San Juan una manera de vivir. Lo siento si a veces no me ven sonreír: para mí esta calle siempre quedará demasiado cerca de <strong>Ollerías</strong>&#8220;.</p>
<p>P.D. La referencia a Ollerías, como es obvio, tiene que ver con el salvaje atentado que <strong>ETA</strong> perpetró en 1980 en esa calle y dejó tres muertos. Nada menos. Para mí sigue siendo imposible olvidar aquella noche aciaga cada vez que paso por allí, aunque la calle también representa una esquina sin explorar todavía en este blog: hace un par de glaciaciones, albergó en su seno unos cuantos estupendos bares que merecerán que algún día me olvide de ETA y les dedique una entrada.</p>
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