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	<title>Logroño en sus baresPachuca &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Menéndez Pelayo, una sabrosa manzana</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Jun 2018 11:24:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/M-Pelayo-jr01.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1099" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/M-Pelayo-jr01-300x118.jpg" alt="Vista de Menéndez Pelayo. Foto de Justo Rodríguez" width="300" height="118" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/M-Pelayo-jr01-300x118.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/M-Pelayo-jr01-768x302.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/M-Pelayo-jr01-1024x403.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/M-Pelayo-jr01.jpg 1200w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Estas líneas se empezaron a alumbrar la otra mañana, mientras observaba una foto antigua, custodiada por <strong>Jesús Rocandio</strong> en la <strong>Casa de la Imagen</strong>. Es la imagen que aparece más abajo: estuve un rato intentando calibrar desde dónde la había tirado el gran <strong>Teo</strong>, porque no caía, no caía&#8230; Al fondo se alzaba la <strong>iglesia de Santa Teresita,</strong> un poco más cerca unos jardines cercaban algún edificio invisible para el ojo humano, una anciana y ¿su nieta? miraban al fotógrafo mientras trabajaba, esa costumbre tan española. La calle era en realidad un camino, un lodazal, una bañera urbana bien provista de charcos según era norma en la infancia de quienes comparten generación con quien esto escribe. Pero de repente&#8230; De repente&#8230;</p>
<p>De repente atiné con la localización. Era la calle <strong>Menéndez Pelayo</strong>. Por donde había deambulado unas horas antes, practicando el recomendable rito del aperitivo sabatino. No había tampoco ese día demasiada gente. En eso sí que se parecían la antigua calle de la foto y la nueva cuyas baldosas venía de pisar. En todo lo demás, salvada sea la mentada iglesia, Menéndez Pelayo era otra. Una calle radicalmente distinta. De la calle en blanco y negro recuerdo bien que ese chalé que se entreveía en la instantánea de Teo alojaba la sección B, por así decirlo, de los <strong>Escolapios</strong>, orden religiosa que defendía en tan magro edificio su colegio menor: el mayor se ubicaba donde todavía hoy resiste, en <strong>Doce Ligero</strong>. Entonces, el chalecito coqueto coronaba el tránsito desde la calle Santa Isabel y hacía frontera con la auténtica nada. Poco más tenía Logroño que ofrecer lejos de esas calles. Campas infinitas para delicia de las ranas, otro colegio (Jesuitas) un poco más allá y en general unos andurriales sin asfaltar por donde podías encontrarte fumando a los internos de la Bene, pioneros entre nosotros en raparse la cabeza. No por estética. Por piojos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Menendez-Pelayo-jr02.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1101" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Menendez-Pelayo-jr02-300x152.jpg" alt="menendez-pelayo-jr02" width="300" height="152" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Menendez-Pelayo-jr02-300x152.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Menendez-Pelayo-jr02-768x390.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Menendez-Pelayo-jr02-1024x520.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Menendez-Pelayo-jr02.jpg 1200w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ese <strong>Logroño</strong> murió, como sabrá el improbable lector. Este otro Logroño ha encontrado en el breve tramo que nace en Somosierra y muere en Huesca, una alternativa para los incondicionales de las rondas que evitan desplazarse hacia el ombligo de la ciudad. Porque en realidad, aunque sus parroquianos hablan de Menéndez Pelayo como si toda la calle fuera un espacio para la ingesta de alcoholes y bocados, sólo esa manzana aloja los bares de su predilección. Una leve manzana, aunque sabrosa. Entre ellos, alguno que ha aparecido por aquí otras veces. <strong>El Barrio</strong>, el primero que llamó mi atención cuando decidí mirar hacia Menéndez Pelayo con otros ojos. Cuando me alertó, nada más nacer este blog, un caballero de que seguía despachando en su local los célebres pachuquitas que hicieron famoso al llorado <strong>Pachuca</strong>, aquella barra mínima de Marqués de Vallejo cuyo eco guía mis pasos. Cuya rotulación preside estas líneas desde que fueron alumbradas, va para seis años.</p>
<p>Aquel bar se llama <strong>Taberna de Pelayo</strong>. Vecino del citado Barrio, lo encontrará usted cerca de la calle Huesca. Especializado en cazuelas y demás golosinas propias de todo bar logroñés, como el resto de hermanos de esa calle se ha especializado en procurar un estupendo ambiente al mediodía Tan estupendo que sus habituales tienden a estirar el vermú más allá de la hora del almuerzo, lo cual no es difícil: aquí se practica con tanta generosidad la terapia del picoteo que algunas de estas gollerías permiten regresar a casa con el estómago lleno y el paladar reconfortado. El propio Barrio Bar dispone de su barra muy pródiga en raciones retén, como su exquisito bocata de calamares, y otrosí sucede en los locales aledaños. La tortilla del <strong>Serenella</strong>, por ejemplo, dispone de un reconocido prestigio. Viene de ganar este año el concurso que organiza <strong>Diario LA RIOJA</strong>, mérito que alcanzó en otras ediciones precedentes. Y acaba la ronda con el <strong>Teide</strong>, bar que completa el grupo de negocios abiertos en esa acera y que ofrece unos metros más allá su versión restaurante: el <strong>Orpas</strong>, celebrada casa de comidas de la calle Santa Isabel.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Gaceta-3-S-Teresita.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1100" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Gaceta-3-S-Teresita-300x219.jpg" alt="Vista antigua de la calle Menéndez Pelayo, foto Teo (Archivo Casa de la Imagen)" width="300" height="219" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Gaceta-3-S-Teresita-300x219.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Gaceta-3-S-Teresita-768x560.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Gaceta-3-S-Teresita-1024x747.jpg 1024w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/06/Gaceta-3-S-Teresita.jpg 2000w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Fin de la historia. Aunque acto seguido me desmentiré a mí mismo, en realidad ahí se agota la oferta hostelera de Menéndez Pelayo. Es cierto que quien pretenda organizar una excursión más prolongada para saciar su hambre y su sed, o su curiosidad, puede perpetuar su paseo por las calles aledañas, que forman con la citada una alternativa cada vez más pujante a otras rondas urbanas, sobre todo porque enlaza a través de <strong>Somosierra</strong> y <strong>República Argentina</strong> con <strong>Gil de Gárate</strong> y compañía. Se cierra entonces el círculo festivo y gozoso. Un círculo que obedece a sus propias consignas, porque en tan escasos metros cuadrados se reúne una clientela diversa y variopinta, otra de sus grandes virtudes. El neojisterismo local tiene en el Barrio uno de sus faros, por el Serenella puede tropezarse el paseante con alguna consejera del Gobierno riojano y los parroquianos conspicuos no perdonan su ronda eterna añadiendo un toque camp al paisaje que termina de completar una gloriosa fotografía. Más reluciente que la original, esa que inspiró este paseo por Menéndez Pelayo y sus bares. Aquel Logroño en blanco y negro, aquel Logroño sin asfaltar. Aquel Logroño donde un fotógrafo aún llamaba la atención.</p>
<p>Aquel Logroño tan querido.</p>
<p>P. D. Anótese que Menéndez Pelayo completa su oferta hostelera con una casa de comidas vegana, el popular restaurante <strong>El Sol</strong>, lo cual todavía representa una rareza entre nosotros. Y dispone de otra rareza más, en la misma calle. Una rareza que antes no lo era (tanto). Un despacho de vinos, el que defiende la familia Bobadilla en la esquina con Santa Isabel, gemelo del que sobrevive al final de <strong>Pérez Galdós</strong>. Todo un emporio: dos negocios de vinos en Logroño, casi los últimos que resisten de aquel antiguo linaje que antaño fue tan usual. Y puesto que mantenerlos abiertos constituye a mi juicio un desempeño de mayúsculo mérito, prometo volver sobre mis pasos y dedicarles a los Bobadilla una entrada en exclusiva.</p>
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		<title>Réquiem por Las Escalerillas</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Sep 2015 10:01:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-escalerillas-exterior.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-541" title="Aspecto que presenta el antiguo edificio de Las Escalerillas." src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-escalerillas-exterior.jpg" alt="Aspecto que presenta el antiguo edificio de Las Escalerillas." width="600" height="448" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-escalerillas-exterior.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-escalerillas-exterior-300x224.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Cuando este <strong>blog</strong> inició su andadura, aproveché para proclamar mi devoción incondicional por el desaparecido <strong>bar Pachuca</strong>, cuya imagen me sirve como emblema (foto cortesía de<strong> Justo Rodríguez</strong>). El Pachuca era un bar alojado en <strong>Marqués de Vallejo</strong> como podrá observar cualquier logroñés que descienda hacia <strong>Portales</strong> y detecte su elegante rótulo saludando entre <strong>Ollerías</strong> y <strong>Hermanos Moroy</strong>. Un bar que me tuvo de cliente de muy niño. Tan de niño que mis recuerdos son más bien vagas fantasías, inconcretas. Se trata en consecuencia no tanto de un bar como de un Grial, un ensueño al que agarrarse cuando repasas tu historia sentimental de bebedor de fondo y compruebas que pasan los años. Y que cuando despiertas, el Pachuca sigue ahí.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Señalé entonces al Pachuca como el bar que yo abriría en <strong>Logroño</strong> si un día los astros se aliaran para permitirme semejante ocurrencia. Ahora añado otra, de parecido destino: irrealizable, me temo. Recientes expediciones nacionales e internacionales me invitan a concluir que hay un tipo de bar que merece su propia resurrección, porque engarza con una línea de garitos que menudean lejos de nosotros, a los que Logroño ha ido renunciando. Otro local al que conceder una nueva vida: <strong>Las Escalerillas</strong>. Garito castizo y fetén, bizarro como ninguno, pereció hace ya unos cuantos años aunque preservó durante un tiempo la fachada intacta, como ofreciéndose para una improbable reapertura que nunca llegará. Porque si su cierre tuvo algo de tragedia logroñesa, el fatal desenlace que aguardaba a la vuelta de la piqueta tiene toda la pinta de ser una enfermedad. Grave, mortal. La enfermedad que se llevará de nuestro equipaje emocional el Logroño inmemorial a medida que sus vecinos vayamos tolerando desaguisados semejantes.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-escalerillas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-542" title="Vista del desaparecido inmueble desde la calle Carnicerías" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-escalerillas.jpg" alt="Vista del desaparecido inmueble desde la calle Carnicerías" width="600" height="448" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-escalerillas.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/blog-escalerillas-300x224.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Porque la piqueta, en efecto, arrasó con el edificio donde se alojaba el peculiar asador de cuyos fogones salieron algunos de <strong>los mejores corderos</strong> nacidos para ser sacrificados en Logroño. Otro tanto sucedía con un bocado célebre en mi mocedad, que yo adoraba aunque ahora admito que genere más bien… ¿Asco? Tal vez. Me refiero a las <strong>cabecillas</strong>, jugosas viandas que me tuvieron entre sus más fanáticos degustadores y que han ido retrocediendo en nombre de la cocina políticamente correcta. Cabecillas en Las Escalerillas, local muy adecuadamente bautizado porque se emplazaba precisamente en ese tramo de <strong>Carnicerías</strong> que ingresa en la<strong> plaza del Mercado</strong> peldaños mediante y que conoció sus mejores años en los años 70. Mesas corridas, manteles a cuadros y una oferta gastronómica que apostaba por el monocultivo de carne asada, piezas que salían perfectas de punto, excelsa gloria para los paladares. Ensaladas de lechuga, cebolla y aceitunas completaban el festín. Una cocina auténtica, virgen, pura. Una cocina que ya no volverá.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/escalerillas-interior.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-543" title="Interior de la antigua casa de comidas" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/escalerillas-interior.jpg" alt="Interior de la antigua casa de comidas" width="450" height="600" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/escalerillas-interior.jpg 450w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/escalerillas-interior-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 450px) 100vw, 450px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">Y  sin embargo… Sin embargo, quien esto firma observa que locales de semejante índole sobreviven con muy buena pinta fuera de Logroño y piensa por lo tanto que si el dios de la hostelería logroñesa le concediera un día un segundo deseo, luego de reabrir el Pachuca para servir de nuevo sus pachuquitas, uno elegiría sin duda Las Escalerillas como el local que volvería a poner en marcha. Olvidaría la mejorable presencia que ofrecía en sus últimos días y recuperaría su espíritu, tan cañí. Derramaría otra vez magia desde sus fogones, despachando sólo corderos, cabritos y cabecillas, qué pasa. Mantendría la liturgia de las ensaladas sucintas y encargaría renovados manteles de cuadros. Conservaría desde luego los bancos corridos, ejemplar modo de atacar la ingesta de calorías que en otros pagos cuenta con una fanática feligresía. Procuraría, por supuesto, modernizar la gestión de higiene y limpieza a costa de perder autenticidad (qué le vamos a hacer). Y enseñaría que otros bares son posibles: son los bares de antes. Los bares de siempre, merecedores como sus clientes de una vida mejor.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/cordero-escalerillas.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-544" title="Degustando cordero en Las Escalerillas" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/cordero-escalerillas.jpg" alt="Degustando cordero en Las Escalerillas" width="600" height="450" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/cordero-escalerillas.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2015/09/cordero-escalerillas-300x225.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="color: #000000;">P.D. Un par de las fotos que acompañan este post recuerda los últimos días de Las Escalerillas y otro par refleja cómo la incuria municipal permitió, como suele ser norma en Logroño, el derribo del edificio en cuyos bajos se albergaba Las Escalerillas. Un desdén sólo equiparable al desinterés también municipal cuando pasado el tiempo se comprueba que ese agujero se mantiene intacto en el corazón de Logroño. Es también equiparable al pasotimos vecinal, que tolera como también es norma entre los logroñeses esa fea fachada desdentada cuya sola visión causa grima y desazón. Así que el sueño de recuperar Las Escalerillas con que retomo este blog luego del descanso agosteño deberá esperar a que antes se haga realidad otro sueño, otra fantasía: que los bárbaros que fomentan tales estropicios deserten de la manía que le han cogido a Logroño. Y que dejen de maltratarnos a los logroñeses.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Los bares difuntos (Bares dedicados IX)</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Mar 2013 08:56:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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		<description><![CDATA[Publiqué este artículo en Diario LA RIOJA hace cuatro años. Se titulaba &#8216;Los bares difuntos&#8217; y compruebo ahora que ya se ocupaba de divagar en torno a algunos de los protagonistas de este blog, los bares que fueron y ya no son. En concreto, cuatro que tejen una ruta por el corazón de Logroño, que [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Pachuca.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-107" title="Bar Pachuca, según una hermosa foto de Justo Rodríguez" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Pachuca.jpg" alt="Bar Pachuca, según una hermosa foto de Justo Rodríguez" width="600" height="227" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Pachuca.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/03/Pachuca-300x114.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a> </p>
<p>Publiqué este artículo en <strong>Diario LA RIOJA</strong> hace cuatro años. Se titulaba &#8216;Los bares difuntos&#8217; y compruebo ahora que ya se ocupaba de divagar en torno a algunos de los protagonistas de este blog, los bares que fueron y ya no son. En concreto, cuatro que tejen una ruta por el corazón de <strong>Logroño</strong>, que es también un poco el nuestro. Recítese como un mantra: <strong>Pachuca</strong>, <strong>Paulino</strong>, <strong>Capri</strong>, <strong>Turismo</strong>. Allí va, dedicado a una amable corresponsal que me preguntaba hace días precisamente por el Capri.</p>
<p>1.- Qué emoción descender por <strong>Marqués de Vallejo</strong> y tropezar con el ‘Pachuca’, bar de nombre improbable, cuya angostura garantizaba llenos apoteósicos a poco que su clientela creciera hasta alcanzar la docena de parroquianos ahítos de sus famosos rebozados. Hoy es uno de tantos bares fantasma, que al menos conserva para delicia de sus antiguos devotos el rótulo tal y como estaba cuando se extinguió. El tiempo le ha tratado bien; a diferencia de otros bares transformados en inmobiliarias, agencias de viaje o sucursales bancarias, este<br />
minúsculo local de Marqués de Vallejo ha logrado preservar su alma esencial. No sólo sobrevive su bella tipografía, sino que la fachada también va ignorando el paso de los años. Resiste el alicatado y milagrosamente resiste el cristal de la puerta, a prueba de gamberros. Echar un vistazo a su oscuro interior es como bucear hacia el pasado: allí vemos la barra breve,<br />
que también sobrevive, mientras se escucha a gritos un sordo rumor: ‘Pachuca, ábrete’.</p>
<p>2.-  Otro bar difunto, modelo resurrecto: cuántas reencarnaciones deben soportar algunos garitos hasta quedar del todo desnaturalizados, de modo que sus asiduos dejan de reconocerse entre estas cuatro paredes que un día fueron suyas. El ‘Paulino’, hermoso bar de intrincada geografía, se asomaba a la <strong>Gran Vía</strong> desde <strong>Queipo de Llano</strong> (hoy<strong> Gil de Gárate</strong>) con un aire muy madrileño: quiere decirse que su dueño acreditaba cierta vocación de estilo, expresada en una decoración más bizarra de lo común, vagamente emparentada con el <strong>Chicote</strong> capitalino y sucedáneos. Ha sufrido una reconversión tras otra; desfigurado, a sus puertas sin embargo algún alma piadosa todavía cree escuchar la famosa frase: ‘Paulino, levántante y anda’.</p>
<p>  3.- Contra <strong>la fuente del Trevi</strong> se recortó durante años la silueta del ‘Capri’, otro bar periclitado, a mayor gloria del urbanismo local y su gusto por los pastiches. Llegaba uno imantado por la poderosa atracción que ejercía su cristalera con vistas a la curva donde agoniza avenida de Portugal y era obsequiado por un camarero muy atento, servicial pero nunca pesado, que se acodaba en silencio en un extremo de la barra, como un cliente más. La estrecha puerta del bar conducía a un espacio bastante inhóspito, donde nunca hizo calor, de modo que su oculto encanto debía esconderse en la cálida frialdad con que se despachaba a la clientela. Una tarde supimos que no habría próxima vez: el ‘Capri’ iba a escuchar el ‘gori gori’. Algunos<br />
hubiéramos elegido otra canción: ‘Capri, c´est fini’. </p>
<p>Posdata. Según el protocolo generacional de los 70, te hacías mayor cuando en la barra del ‘Turismo’ te atrevías a pedir un tinto con paracaídas. Evitabas a la meretriz de guardia en la entrada, ingresabas en territorio lumpen y el camarero te regalaba un gruñido. Finalmente, el bar recibió la visita de la piqueta, pero no debería olvidarse su condición de pionero; después del ‘Turismo’, nada fue igual en la calle <strong>Sagasta</strong>, donde demasiadas noches se corea el conocido himno: ‘Ni es claro ni es tinto, es <strong>calimocho</strong>&#8216;.</p>
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