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	<title>Logroño en sus baresPorto Novo &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>Doctores Castroviejo, el regreso</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Oct 2018 07:33:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>&nbsp;</p>
<p>En aquel <strong>Logroño del tontódromo</strong>, como ya tengo anotado por aquí, se reproducía a escala gastronómica y festiva la vieja idea de las dos Españas: o eras de <strong>Cibeles</strong> o eras de <strong>Torcuato</strong>. <strong>Uno de los dos emparedados</strong> iba a alegrarte el corazón. Mención aparte merecía el <strong>Beti</strong>, que aunque cercano, jugaba en su propia liga a este respecto porque por alguna razón carente de lógica se excluía de las rondas de la juventud de entonces, cuya frontera norte se alzaba a la altura del <strong>Porto Novo</strong> de Ciriaco Garrido, más o menos. De ahí hacia <strong>Jorge Vigón</strong>, los dos emparedados de sendos bares rivalizaban en atraer a una clientela muy militante, casi fanática: era raro tropezar con algún parroquiano que mostrara sus preferencias por ambas gollerías al unísono. Lo habitual era lo contrario, lo antedicho: o eras de Cibeles o de Torcuato. Lo que significaba decantarte por el emparedado de lechuga y anchoa propio del primero o por el de tomate y jamón york propio del segundo.</p>
<p>Yo era más bien del primero, debo confesar. Pero de vez en cuando no le hacía ascos, sino más bien al contrario, al segundo. Ambos competían también en otra categoría: la de registrar apabullantes llenos para el vermú dominical, costumbre en retroceso como también he comentado alguna vez. Cuando cruzo cada domingo por ahí a la hora del aperitivo me sigo asombrando: calles desiertas que antes ocupaba una multitud, desparramada por los locales cercanos de Jorge Vigón o <strong>Avenida de Colón</strong>. ¿Dónde está toda esa gente ahora? Ni idea. Lo que sí tengo claro es que, aunque hayan salido huyendo de Logroño los domingos, ninguno de ellos olvida que una vez deambuló por aquí a esa hora en que Cibeles y Torcuato se disputaban el título de mejor emparedado de Logroño. Porque tengo comprobado que en cuanto menciono a mi alrededor aquel pugilato, se activa entre mis interlocutores su propia moviola y la conversación se alarga en plan <em>Cuéntame</em> hasta las tantas.</p>
<p>Y porque además vengo de sentarme días atrás en la apacible terraza de <strong>Doctores Castroviejo</strong> que hoy defienden los sucesores de Torcuato bajo la denominación reciente de <strong>Días de Norte</strong> y corroboro que no son pocos los clientes actuales que se alojan en sus veladores o en su coqueto interior y preguntan a los camareros si siguen elaborando sus inolvidables bocados, ideados según la receta que debemos al aristócrata inglés <strong>John Montagu</strong>, cuarto conde de (tachán, tachán) <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%A1ndwich">Sandwich</a>. Y sí, resulta que sí: entre la deliciosa carta de productos de raíz cántabra que ahora defienden aquí estas encantadoras damas y serviciales caballeros puede el curioso tropezar con su oferta en emparedados aunque (ay) no son los mismos. Ocurre que hoy nada es lo mismo, claro. Porque resulta que nuestros delicados paladares ya no tolerarían, como tampoco aceptarían nuestras tripas, un emparedado que se elaborase como antaño era norma: con mayonesa casera.</p>
<p>De donde se deduce que hemos sobrevivido los logroñeses de milagro. No sólo nos bañamos de críos en aquellas piscinas del Ebro carentes de cloro y otras medidas higiénicas que tanto recordaban al Ganges hindú, sino que ingerimos después toneladas de emparedados con aquella salsa artesanal y aquí estamos, dando guerra todavía. Lo dicho: prodigioso. Homérico. Porque además no sólo la mayonesa tiene que venir ahora manufacturada por alguna marca de confianza, sino que el emparedado debe ir envuelto en papel film, según informaban amablemente los camareros, que compartían con su clientela su intrigada curiosidad por conocer la receta de aquellos bocados con la intención de perpetuarla. La dueña salió incluso a la terraza libreta en ristre, participando de sus cavilaciones (porque pretende mejorar su oferta culinaria, ya excelente), con una vehemencia conmovedora: conmovedora porque resulta más habitual tropezarse con lo contrario. De manera que encontrar a una plantilla de camareros y sus dueños tan comprometidos con perfeccionar su desempeño me parece tan ejemplar como emocionante.</p>
<p>Razón de sobra para traer por aquí esta recomendación: Días de Norte tiene muy, muy, muy buena pinta. Luego de algunas mejorables reencarnaciones recientes, una vez cerradas sus puertas el viejo y querido Torcuato, sus nuevos dueños ofrecen una carta de tragos y bocados de alto nivel. Con productos frescos, fresquísimos, que llegan desde la cercana Cantabria porque de allí procede uno de sus propietarios. Y además ya digo que, al menos según mi experiencia, el trato es atento y profesional. Con una rapidez en el servicio asombrosa, teniendo en cuenta también otras experiencias frecuentes: cuando de repente te conviertes en invisible para los camareros que pasan a tu lado y luego tardan una eternidad en regresar con la comanda. Cosa que en Días de Norte no ocurre. Al contrario: no extrañará a nadie que pase ante su puerta el estupendo aspecto que presenta de público, así dentro como fuera, en los escasos dos meses que lleva abierto. Una promesa de brillante futuro en cuanto se alineen otros dos astros vecinos que anuncian novedades: cuando se abran las puertas del edificio de la <strong>Inspección de Trabajo</strong> y se renueve el <strong>Isasa</strong>. Una promesa de que tal vez, algún día próximo, la zona entera se reconvierta en tontódromo. Y regrese el pugilato célebre, en forma de interrogante: dónde preparan los mejores emparedados de Logroño. Respuesta: en nuestras memorias.</p>
<p>P. D. Aunque el conjunto de la manzana donde se aloja Doctores Castroviejo jamás vuelva a alcanzar aquella poderosa imagen que deparaba cuando una muchedumbre se reunían para abrevar en sus barras míticas, debe aceptarse que al menos esa calle mantiene viva la llama antigua: además de Días de Norte, el vecino <strong>Cakao</strong> (que algunos seguimos llamando Cibeles), el<strong> K&#8217;Quinti</strong> y el <strong>Oslo</strong> perpetúan la tradición reciente y la antigua. Y debe también anotarse que esas dos próximas aperturas arriba mencionadas (la antigua comisaría, el Isasa), pueden contribuir a que ese rincón del Logroño de siempre reviva sus días mejores. Para felicidad de hijos y nietos de quienes una vez se alistaron en el club de fans de los dos emparedados tan añorados.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Nos vemos en los bares (Bares dedicados VII)</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jan 2013 09:14:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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<p>A petición de una gentil corresponsal, dedico esta entrada a la reivindicación no tanto de un bar o de una ruta de bares como de una <strong>tendencia hostelero-sentimental</strong> a la que, de verdad, yo he sido bastante ajeno. Ella se refería a ese rito iniciático en las cosas de Cupido que tenía como escenario el entorno de ciertos garitos, improvisados pasos de paloma para la exhibición hormonal y el coqueteo juvenil a la hora del recreo escolar. Según su experiencia, lo de menos era el bocado que sirviera de tentempié a media mañana: lo esencial de aquellas excursiones entre clase y clase era acertar con un punto de encuentro a mitad de camino entre los colegios de chicos y de chicas, división entonces habitual. Un lugar intermedio donde observar la correcta evolución de cada objeto de deseo generacional o comprobar si las nuevas hornadas se desarrollaban según lo previsto. Un sitio para ver y ser visto, donde hacer buena esa frase hecha según la cual todos en Logroño nos vemos en los bares. Como dirían (y cantarían) los <strong>Celtas Cortos</strong>. Que sin embargo eran de <strong>Valladolid</strong>. Y bastante pesados, por cierto.</p>
<p>Me cuentan que un enclave estratégico para este intercambio bastante inocente de miradas y chismorreos fue el <strong>Porto Novo de Ciriaco Garrido</strong>, que unía al atractivo de su oferta gastronómica (la sempiterna tortilla de patata, que ahí sigue, encarnada ahora como Porto Vecchio) lo ajustado de sus precios y, sobre todo, una situación inmejorable para el tráfico de emociones juveniles entre los alumnos de <strong>Maristas</strong> y las estudiantes de <strong>Agustinas</strong>. No excluyo que también acudieran las más intrépidas de entre las jovencitas de<strong> la Enseñanza</strong>, aunque les quedara a desmano, ni que asistieran también (como es obvio) las chicas de <strong>Adoratrices</strong>, a quienes les caía más bien al lado. Como se puede deducir, demasiado trabajo para el alumnado masculino del <strong>colegio San José</strong>, del que fui miembro durante una lejana época, cuando perpetrar tales actividades resultaba imposible: más que nada, porque los bolsillos no estaban para grandes fiestas. O llegabas a clase con el almuerzo solucionado desde casa o te lo procurabas a costa de codazos en la mínima barrita que daba a <strong>Calvo Sotelo</strong>, donde el bocata se despachaba barato, barato. Muy barato. Tanto, que una pequeña marea humana se echaba literalmente encima del religioso encargado del bar y liquidaba las existencias en apenas cinco minutos, una prisa entendible porque había que destinar el tiempo restante del asueto a lo realmente importante: el fútbol.</p>
<p>Las chicas estaban por entonces tan alejadas de nuestro horizonte más cercano como los chicos para ellas; desde luego, nadie imaginaba que pudiera coincidir con el respectivo objeto de deseo en bar alguno, porque esa práctica, la de ir a los bares, estaba vetada para nuestra quinta salvo que fuéramos acompañados de padres o tutores. Como en el cine. Lo máximo que se nos concedía era frecuentarlas en alguna sala de juegos, donde solo ingresaban las más audaces con la excusa de poner música en alguna maquinita. Pienso en el <strong>Nico</strong>, tan vinculado también a Maristas, o en el vecino <strong>Toky</strong>. Los bares como nexo de encuentro mixto eran cosa del fin de semana, en la ya citada ruta por <strong>Cibeles</strong>, <strong>Vivero</strong> y demás templos del vermú dominical, que según me entero ahora sirvieron también para ese jueguecillo seductor del bocata del recreo aliñado con miraditas. Una vez que colegios e institutos se poblaron de chicas y chicos a la vez, hubo que consignar otros enclaves decisivos en la educación sentimental de los púberes logroñeses. Así, las hordas del <strong>Sagasta</strong> tomaron al asalto el <strong>Chup Chup de avenida de Navarra</strong> (con algún desertor que optaba por <strong>La Esquina de la calle San Juan</strong>); en el <strong>D´Elhuyar</strong> se decantaron por el <strong>Neira</strong>; y, en fin, desde el ya extinto <strong>COU Valvanera</strong> se invadió el <strong>Sebas de Laurel</strong>, que a la hora del recreo no ofrecía resistencia. Es posible que en aquellas barras, entre bocado y bocado, se fraguara algún noviazgo. Y seguro que para alguna parejita el primer beso tendrá siempre sabor a tortilla de patata.</p>
<p>P.D La tendencia de trasladar los centros escolares al extrarradio puede provocar dos efectos en materia de bares: uno, que el sector hostelero decida plantar sus locales allá donde vea niños y niñas en edad de consumir. Dos, el más probable: que vuelvan el táper, el bocata envuelto en papel de aluminio, el taco de galletas y demás golosinas propias del avituallamiento a la hora del recreo. El <strong>nuevo Maristas</strong> carece de garitos a su alrededor, de modo que resulta temerario pensar en excursiones a <strong>Cascajos</strong> o al <strong>bar del San Pedro</strong> en busca del bocata perdido; otro tanto ocurre en <strong>Marianistas</strong>, excepto que algún valiente se anime a salvar la rotonda e ingresar en <strong>el barrio de La Estrella</strong> a la hora del almuerzo; más suerte tienen por Alcaste: al menos el vecino ambigú del <strong>Adarraga</strong> sirve como escenario para el esparcimiento infantil al salir de clase.</p>
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		<title>Llanto por el vermú desaparecido</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Dec 2012 08:53:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone  wp-image-30" title="martini" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg" alt="" width="1200" height="812" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini.jpg 1200w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-300x203.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-768x520.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2012/12/martini-1024x693.jpg 1024w" sizes="(max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></a></p>
<p>Allá por el 2006 publiqué en <strong>Diario LA RIOJA</strong> un artículo titulado ‘Vuelve el <a href="http://www.larioja.com/prensa/20061022/rioja_logrono/vuelve-tontodromo_20061022.html" target="_blank">Tontódromo</a>’  donde elucubraba sobre la reaparición de hordas adolescentes en el <strong>paseo de las Cien Tiendas</strong>. Ignoro si la recuperación de tal enclave como paso de paloma para los púberes logroñeses ha fraguado finalmente: lo que tengo seguro es que su recuperación como cabeza de puente para el <strong>vermú dominical</strong> sigue sin cuajar. Entre otras cosas, porque el vermú en general ha dimitido. Falleció años ha en Logroño, vaya usted a saber por qué. En aquel artículo me maliciaba si habría perecido a manos de Valdezcaray: la costumbre de visitar la estación de esquí riojana y sus gemelas pirenaicas despobló de potencial clientela aquellos bares del<strong> entorno de Jorge Vigón y Juan XIII</strong>, así como al resto del sector hostelero. También admito que los nuevos usos noctámbulos que imponen regresar a casa de amanecida quita encanto a eso de despertarse al mediodía y encaminarse hacia la barra favorita, de modo que <strong>Logroño</strong> parece un desierto a la hora del aperitivo cada domingo. Excuso comentar entre semana. Una pena.</p>
<p>Sobre todo, si se compara con las ciudades vecinas, donde tan civilizada costumbre se mantiene. Uno alarga la hora de volver a casa a por el almuerzo, picotea allí o allá, va saltando de tertulia en tertulia y pasa revista al censo logroñés. Así sucede, según he comprobado, en las vecinas <strong>Bilbao</strong> (ciudad de gran tamaño) o <strong>Soria</strong> (menos poblada). Pero en nuestras calles… Parece un imposible, porque los domingos ni siquiera están abiertos muchos bares. Cerrados gran parte de ellos, el paseo matutino acaba en la Estación Nostalgia. Nostalgia por aquel tiempo en que uno ni siquiera podía entrar en <strong>Cibeles</strong>: lo impedía una multitud acodada en la barra y otra de similar tamaño parapetada afuera en torno a la puerta. El vecino <strong>Torcuato</strong> presentaba el mismo llenazo de no hay billetes, de modo que la masa acudía  al <strong>Napoli</strong>… y más de lo mismo. El <strong>Porto Novo</strong>, parecido. El <strong>Amalis</strong>, otro tanto.</p>
<p>La ruta proseguía hacia la mentada Jorge Vigón con parada en <strong>Dickens</strong> (local enanísimo en la esquina con Juan XXIII que más tarde devino en bar de copas) y <strong>Wellington</strong>, como si estuviéramos en Londres. Era igualmente vano intentar tomarse un vino en <strong>Majari</strong>, por lo angosto del espacio y por el gentío que lo asaltaba. Más sencillo era ocupar un hueco en la larguísima barra del <strong>Drugstore</strong>, mi preferido de entre todos los citados, que contaba con la ventaja de pinchar música bastante decente… si Simple Minds te gustaba tan obsesivamente como a su dueño. La muchedumbre se diseminaba a la altura del <strong>Amazonas</strong> (con su coqueto reservado para ver la tele y jugar la partida) y, sobre todo, por Vivero, una barra muy chic así llamada por las piezas de marisco que ofrecía… pero que casi nadie se podía permitir.</p>
<p>El viaje acabó alcanzando a la aledaña <strong>avenida de Colón</strong> (<strong>Apolo, Tizona, Texas</strong>) hasta conquistar incluso la <strong>calle Villamediana</strong>, donde se emplazó la primera sede del <strong>Bodegón Andaluz</strong>: la ronda acababa por lo tanto con sabor a amontillado y aroma de aceitunas negras. Que intente alguien este próximo domingo una excursión semejante: acabará como yo, derramando una imaginaria lágrima por aquel rito desaparecido.</p>
<p>P.D. Me temo que desaparecida la costumbre del aperitivo, las ventas de vermú habrán declinado en consecuencia. Nada que ver con la época en que triunfaba el <strong>Martini</strong> y resto de productos de sello italiano (<strong>Campari, Cinzano</strong>: aquellas bebidas tenían nombre de ciclistas), con algún momento de auge francés: sí, también llegamos a sucumbir al <strong>Pastis</strong> y derivados. Ignorábamos entonces que La Rioja contaba con su propia contribución al célebre trago que siempre imaginamos originario de la soleada península: sí, el vermú también puede ser autóctono. Basta un recorrido por nuestros bares para confirmarlo: allí brotan los apellidos del cenicerense <strong>Pascali</strong> o del jarrero <strong>Lacuesta</strong>, en cuyo honor brindo esta entrada.</p>
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