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	<title>Logroño en sus baresRioja &#8211; Logroño en sus bares</title>
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	<description>Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja</description>
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		<title>El vino tenía un precio&#8230; superior</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Apr 2018 17:51:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/04/vino-y-precio.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1060" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/04/vino-y-precio-300x183.jpg" alt="De vinos por Logroño. Foto de Justo Rodríguez" width="300" height="183" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/04/vino-y-precio-300x183.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/04/vino-y-precio.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En anteriores capítulos, ya se mencionó en este espacio las vicisitudes vividas por <strong>el vino de Rioja</strong> en nuestros bares conspicuos, alrededor de los avatares acaecidos con ocasión de cada subida de precio. Desde aquel legendario boicot de los años 80, protagonizado por la chavalería de entonces, enervada a consecuencia de las tarifas disparatadas con que tropezaron sus pasos una tarde por la calle Laurel, a más recientes peripecias, que me sirvieron para otras entregas donde, gracias al auxilio de unos cuantos maestros en<strong> el arte del chiquiteo,</strong> reflexionaba en torno a cuánto debía cobrarse un vino de Rioja, fuera del año o crianza. Y alcanzaba una modesta conclusión: que en la política de precios cada local aplicaba la barra libre. Nunca mejor dicho.</p>
<p>Si regreso ahora sobre aquellas pistas es porque en un establecimiento de confianza del <strong>Logroño castizo</strong> me acaban de advertir en torno al impacto que tiene sobre sus tarifas otra subida más reciente: la registrada en origen por las bodegas que les proveen de vino de Rioja. Según su alarmado relato, luego de unos cuantos años conteniendo el precio de la copa de vino del año en los 80 céntimos, lleva unas semanas ya sirviéndolo a 90, fruto de la escalada similar registrada entre las bodegas que le abastecen. “Y no veo que los clientes protesten”, asegura esta amable tabernera. De donde deduce que en otros bares lo encontrarán más caro: “Seguro que por ahí lo están cobrando a un euro”. Se refiere, en concreto, a la celebrada marca <strong>Muñarrate</strong>, un tinto estupendo que cuenta también con las complacencias de quien esto escribe&#8230;</p>
<p>&#8230;Que se ha tomado la molestia de frecuentar otras barras y corroborar que, en efecto, el Muñarrate se está tarifando a un euro en más de una de ellas. Lo cual ratifican otros amigos chiquiteadores, quienes advierten lo siguiente: a) que prácticamente el precio del tinto joven a un euro se encuentra ya unificado entre la hostelería logroñesa. Y b) que hay locales donde incluso se cobran a 1,20 (<strong>Ostatu</strong>), a 1,40 (<strong>Murmurón</strong>) y escalan hasta 1,50 (<strong>Albiker</strong>). También hay quien resiste: el amigo Miguel, famoso entre nosotros defendiendo en Laurel su singular casa de <strong>Sierra La Hez</strong>, mantiene a 0,80 otro vino igual de estupendo que los arriba citados, el <strong>Urrechu</strong>.</p>
<p>Resumen. El chiquiteador humilde, el paisano que solo o en compañía de otros colegas mantenía viva la llama de tan acendrada tradición, observa cómo se complica su pasatiempo favorito porque según las últimas noticias llegadas a esta redacción las pagas de nuestros jubilados se contienen tanto como las nóminas de los asalariados. Ir de vinos, aunque sean del año, se convierte en un entretenimiento más caro que de costumbre. Y la culpa, ya se sabe: la tienen los forasteros. Forasteros de dos clases. <strong>El turista</strong>, por supuesto, que allega su derrama en forma de euros a los bares castizos durante la ingesta del fin de semana y provoca un efecto inflacionista sobre quienes soportan esa tradición de lunes a viernes. Y otro tipo de forastero: el forastero indígena, valga la paradoja. Esto es, aquel que visita Laurel y aledaños muy de vez en cuando: viernes y sábados, por ejemplo. El nuevo chiquiteador.</p>
<p>Así que haga usted, improbable lector, las cuentas, como si esto fuera el &#8216;Un, dos, tres&#8217;. Un tinto joven, a un euro, multiplicado por cuatro rondas, da como resultado cuatro euros por cada tarde. Por cinco días laborables, 20 euros. Si se alterna también al mediodía a semejante ritmo, 40 euros entre lunes y vienes, donde hace unas semanas, a 80 céntimos la copa, la cuenta salía por ocho euros menos si Pitágoras no me confunde. Semana tras semana, cuando vence el mes, la diferencia se va ensanchando, para dolor del bolsillo de quien sufra semejante subida. En el bar donde me avisaron de cómo empezaban a repercutir entre la parroquia el alza de precios que habían notado en origen también me aseguraron que no tenían más remedio. Que llevaban tiempo aguantando hasta que no han podido más. Y que lo sienten de verdad por esos abuelos que son sus clientes más fieles, cuya billetera juzgan menguada. Pero que puesto que en esa barra que no mencionaré se limitan a una subida de diez céntimos y dejan todavía la copa de vino del año por debajo del euro, habrá que concluir que su política de precios parece (todavía) bastante razonable. Hay tarifas más disparatadas, que con probabilidad atenderán a las leyes del mercado, pero no sé&#8230; Me malicio que fomentar el consumo (responsable, ojo) del néctar más riojano choca con esta reciente estrategia desestabilizadora, puesto que tarifarlos a precios exagerados puede conducirnos a un escenario temible: acabaríamos <strong>bebiendo por encima de nuestras posibilidades.</strong></p>
<p>Continuará.</p>
<p>P.D. Hablando de vinos, cómo no iba a recoger este blog la alborozada noticia del regreso de <strong>El Guardaviñas</strong> de la calle Mayor, local ya mencionado en otras ocasiones que cuenta con distintos atractivos (por ejemplo: en su carta de tapeo figuran las ancas de rana) más allá de su interesante carta de vinos. Que no ignora otras denominaciones foráneas pero que rinde como debería ser norma en Logroño tributo a los vinos de Rioja, como se puede observar en la fotografía que ilustra estas líneas: su hermosa pizarra, de sabroso retrogusto.</p>
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		<title>Clarete, por favor</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Feb 2018 08:54:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/clarete.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1013" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/clarete-300x228.jpg" alt="Cartel a la entrada de San Asensio, tierra del clarete" width="300" height="228" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/clarete-300x228.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/clarete.jpg 303w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Qué hermosa palabra es <strong>clarete</strong>. Un <strong>riojanismo</strong> del que sentirse orgulloso. Clarete. Oyes pronunciar a tu vera esas tres sílabas y ya dan ganas de pedirte un vino. Una voz incomparablemente mejor que rosado, dónde va usted a parar. Clarete además posee alguna reminiscencia extranjerizante, que nos deposita en el país de <strong>Dickens y Conan-Doyle.</strong> Sus héroes solían pedirse una jarra de <strong><em>claret</em> </strong>mientras avanzaban en esas peripecias de ficción, tan a menudo preferibles a la vida real. <em>Claret</em>, en efecto, se tomaba Sherlock (entre pipa de nicotina y trallazo de morfina) luego de cavilar por entre las nieblas de <strong>Londres</strong>. <em>Claret</em>, por supuesto, se pedían los personajes del <strong>Club Pickwick,</strong> un trago muy adecuado para avanzar en su fatigosa tarea de observadores de la naturaleza humana. Que eso somos nosotros cuando nos convertimos en parroquianos del <strong>Sebas, El Soldado o el Soriano</strong>: vigías de nuestros semejantes, vaso de clarete en mano.</p>
<p>Acepte el improbable lector esta digresión, que viene a cuento de una reciente invitación formulada por un conspicuo corresponsal, quien me animaba a extenderme en mis propios avatares como incondicional de este vino tan genuinamente riojano. Una palabra que juzgo en retirada cuyo anacronismo creciente tiene su encanto: a mí me divierte ingresar en un bar atendido por camareros recién superado el acné y pedir que me sirvan un clarete. Su cara de desconcierto explica muy bien lo mal que estamos en algunos usos y varias costumbres. No hace demasiado una de estas camareras, casi impúber, tuvo que reclamar la ayuda de su jefe: luego de un interrogatorio al alimón, al fin entendieron qué quería tomar y accedieron a servirme un clarete. De <strong>Cordovín</strong>, por cierto. Rosados abstenerse.</p>
<p>De qué hablamos por lo tanto cuando hablamos de clarete. Acude en mi auxilio el mago <strong>Abel Mendoza</strong>, el hechicero que proporciona vinos tan magníficos como su generosa sabiduría. “El auténtico clarete”, aclara el mago vinatero desde su guarida en la <strong>Sonsierra</strong>, “se hacía en <strong>San Asensio</strong>”. “Era un vino que fue muy popular en los años 70, con un color cebolla muy característico, aunque luego la fama se la llevó Cordovín”, añade. <strong>Vinos sangrados en el lagar</strong>, habitualmente a partir de uvas tinta de variedad <strong>garnacha</strong>, que algunos elaboradores mezclaban a veces con blanca (<strong>viura</strong>, sobre todo). Con el paso del tiempo, recuerda Mendoza, “en <strong>Rioja</strong> se fue tendiendo hacia otro tipo de elaboraciones, buscando un color más propio de los vinos provenzales”. Y ese vino clarete se convirtió en otra cosa: se convirtió en rosado, “como todos esos vinos catalanes que empezaron a proliferar, con colores más rojizos, rosáceos”. De modo que se ha ido, en efecto, perdiendo la esencia de aquellos claretes, cuya desaparición no deja Mendoza de lamentar. Y se apunta, desde luego, a su reivindicación: “Yo estoy a favor de dignificar el trabajo del viticultor y de todo lo que suponga apostar por los elementos distintivos. De todo aquello que diferencie al Rioja”.</p>
<p>Una lección bien aprendida en otros pagos, no lejanos. <strong>Navarra</strong> sí que apostó por su rosado, los castellanos viejos otro tanto por el de <strong>Cigales</strong> y hoy los claretes riojanos sufren una competencia cruel. Doblemente cruel. Porque nuestros vinos ni siquiera pueden llamarse por ese nombre (la nomenclatura clarete está taxativamente prohibida: legalmente, debe emplearse la voz rosado) y porque en calidad nada tienen que envidiar a sus mentados hermanos. Más bien al contrario: algunos de estos vinos en algo recuerdan a otros miembros de su familia, los <strong>Bandol</strong> que elaboran en la <strong>Provenza</strong> francesa y que, como es norma en el país vecino, se tarifan a precios que revelan su auténtica estatura. Nada que ver, por lo tanto, con las prácticas tan desdichadamente habituales en la DOC Rioja, donde tan a menudo se confunde valor y precio. (Veáse, por ejemplo, lo que cuenta por <a href="http://elmundovino.elmundo.es/elmundovino/noticia.html?vi_seccion=12&amp;vs_fecha=200201&amp;vs_noticia=1010100413">aquí </a>el señor <strong>Luis Gutiérrez</strong>, el enviado por <strong>Robert Parker</strong> para habitar entre nosotros).</p>
<p>De donde se deduce que en materia vinícola, como en tantos otros ámbitos, en La Rioja podemos avanzar hasta el infinito, porque partimos desde muy lejos. En estos tiempos de búsqueda permanente de la diferenciación, el clarete debería tener sus mejores aliados entre los riojanos, es decir, entre bodegueros y clientes potenciales. Deberíamos ser los abanderados de la diversidad. Pero ocurre a menudo lo contrario; nos sometemos con gusto a <strong>la dictadura de la globalización</strong> que todo lo uniforma, y el rico acervo cultural (cultural en todos los sentidos, no sólo lingüístico: el vino es sobre todo cultura, y milenaria además) que distingue a cada territorio tiende a perderse. O al menos a desnaturalizarse: cuando en <strong>una barra de Logroño</strong> se quedan estupefactos, como si hablaras suajili, si tienen que servirte un clarete es que algo se ha estado haciendo mal desde hace demasiado tiempo.</p>
<p>¿Se puede corregir el error? Lo dudo. El viento de la corrección vinícola impone sus propias reglas con tal potencia que se lleva por delante incluso lo más íntimo. El amor hacia lo propio, que amenaza con ver convertidos a los incondicionales del clarete en una especie de habitantes de la aldea gala de Asterix y compañía. Lo cual, bien pensado, tiene sus ventajas: porque aquellos galos resistieron. Y resistir equivale a triunfar. Así que como ellos deberíamos resistir quienes nos negamos a sucumbir a esta moda que incluso nos obliga a dejar de llamar clarete al clarete. El mismo vino que por San Asensio lanzan al aire en su singular y masiva <strong>Batalla</strong> veraniega. Un acontecimiento que podría tener un estupendo compañero de viaje, un complemento algo más prosaico: la reivindicación de los grandes vinos claretes que han alumbrado por ese rincón de La Rioja desde siempre. <strong>Un clarete de calidad</strong>, que acabaría con tanta confusión terminológica y apuntaría directamente al corazón de todo vino: al pueblo. <strong>Clarete, un vino de pueblo</strong>: lo regalo como eslogan si algún intrépido se arrima por aquí y se anima a secundarme. Y para el resto, para quienes habitamos a este otro lado de la barra, dejo otro consejo: que sigamos pidiendo clarete. Aunque a cualquier camarero barbilampiño le lleve una eternidad despacharlo.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/guillermo.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-1014" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/guillermo-300x225.jpg" alt="Bodegón riojano, en Bodega Guillermo de Cuzcurrita. Foto del autor" width="300" height="225" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/guillermo-300x225.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2018/02/guillermo.jpg 600w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P.D. Para quienes estén interesados en participar de estas disquisiciones, les recomiendo el <a href="http://www.lomejordelvinoderioja.com/noticias/201407/01/rosados-claretes-20140701005728-v.html">artículo </a>que dejó escrito en Diario LA RIOJA el experto <strong>Pepe Hidalgo</strong>, quien alcanza conclusiones más o menos similares a las arriba expuestas, aunque adornadas en su caso con las virtudes de su docto magisterio.  Y para situar el debate en términos más prosaicos, añado la imagen situada sobre este último párrafo, capturada recientemente en la celebérrima <strong>Bodega Guillermo de Cuzcurrita</strong>, a cuya cortesía me abandoné bien pertrechado de la botella que aparece integrando ese bodegón tan riojano. Botella de clarete, por supuesto. Y de lágrima, como nos avisó el propio patrón de ese ejemplar negocio. Un néctar.</p>
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		<title>A la rica tapa</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jan 2017 12:55:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/tapa.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-962" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/tapa-298x300.jpg" alt="Los ganadores de la última edición del concurso de tapas, foto de Juan Marín" width="298" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/tapa-298x300.jpg 298w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/tapa-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/tapa.jpg 600w" sizes="(max-width: 298px) 100vw, 298px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por obra y gracia de una gentil mano amiga, el año pasado fui pastoreado por unos cuantos rincones de esta tierra a la caza y captura del unicornio azul: esto es, <strong>la mejor tapa de La Rioja</strong>. La organización que impulsa <a href="http://www.lariojacapital.com/elriojaylos5sentidos/">El Rioja y los 5 sentidos</a> pensó en quien esto firma como improbable jurado de la edición 2016, lo cual me resultó gratificante por varias razones, que enumero según me vienen al magín (también llamado caletre o cacumen). Porque me sirvió para integrarme en un contingente de expedicionarios tipo los que reclutó Shackleton para hollar la Antártida&#8230; Bueno, tal vez exagero. Lo cierto es que la amigable compañía de esos caballeros procuró un par de sábados bien divertidos, catando los mejores frutos de unos cuantos bares desperdigados por la geografía regional.</p>
<p>La experiencia me ayudó a conocer unas cuantas <strong>barras alejadas de Logroño</strong>, que pisó muy de vez en cuando. Me llamó la atención la alta profesionalidad de varias de ellas, cuyas cocinas albergan inspiradas manos que despachan unas estupendas golosinas que no citaré: está feo eso de ir señalando, según nos adiestraron nuestros mayores. Tercer momento cumbre de aquel peregrinaje de bar en bar, cata que te cata. Que la organización pensó que quien esto firma bien podría pergueñar unas líneas para que, con ocasión de la final celebrada en Riojafórum, se tributara un merecido <strong>tributo al gran Sebas</strong> del bar homónimo, cometido que cumplí con celebrado agradecimiento por parte de los destinatatarios del homenaje (es decir, Sebas y familia), aunque en realidad la gratitud es mía, como ya consigné en su día en este mismo espacio.</p>
<p>Si vuelvo hoy sobre mis pasos es porque el calendario obliga: el día 12, dentro de una semanita,<strong> se acaba el plazo</strong> para que quienes lo deseen prueben suerte en la edición 2018. Debo advertir que además de lo arriba citado, también regresé satisfecho de la experiencia porque la organización se tomó el asunto con elevadísima profesionalidad. Me maravilló su pericia adiestrando a los miembros del tribunal, la claridad expositiva que emana de <strong>Mikel Zeberio</strong>, ideológo de esta cosa de las tapas, y la perfecta sincronía con que todos fuimos ejecutando nuestros movimientos según un guión que dispone incluso de preboceto: en los días previos a que se cierre la inscripción, unos cuantos sherpas se diseminan por los bares patrios observando su desempeño y animando a aquellos que creen más dotados para esto de la tapa a que se apunten y prueben fortuna.</p>
<p>En este cometido se procura de paso que la representación del sector sea geográficamente homogénea. Quiere decirse que entre los inscritos haya por supuesto bares de Logroño, pero también se presenten de<strong> La Rioja interior</strong>. Que las cabeceras de comarca cuenten con sus propios embajadores y que, en el caso de la capital, en las candidaturas no sólo se postulen esos bares que usted y yo conocemos, sino aquellos otros que se desempeñan con espíritu de superación y olfato culinario y tal vez por alojarse en la periferia se arriesgan a pasar desapercibidos. Así sucedió el año pasado y así supongo (y espero) que suceda éste: que la suerte, como en la lotería navideña, esté repartida&#8230;</p>
<p>A lo cual sin embargo no ayuda ese perfil conformista que también usted y yo hemos notado en amplias capas de <strong>la hostelería regional</strong>. Que parecen demasiado cómodas abandonadas al sota, caballo y rey. Y que además no parecen muy animadas a competir entre sí, por aquello de que si no ganas se te queda la célebra cara de tonto. Lo cual puede resultar comprensible, pero hasta cierto punto: si todo el mundo hiciera lo mismo, España no acudiría al Mundial de fútbol, no vaya a ser que la eliminen. Otra tragedia semejante: también nos quedaríamos sin Eurovisión&#8230;</p>
<p>Lo cierto es que, si algún improbable y potencial candidato lee estas líneas y acaba por animarse, a mí me parece que no se arrepentirá. Más allá de que el jurado acabe por incluirlo entre quienes pasan a la final y al margen de que luego consiga o no convencer al docto tribunal que se dará cita <strong>el 24 de febrero en Riojafórum</strong>, formado ya exclusivamente por profesionales de la cocina, y sea por lo tanto merecedor de algún premio, sólo por inscribirse ya detectará unas cuantas ventajas. Su candidatura le permitirá explorar su recetario y mejorarlo&#8230; Observar lo que sucede a su alrededor dentro de su gremio, que siempre se aprende algo&#8230; Conocer la opinión de los miembros del jurado cuando les visitemos, que en algo también contribuirá a perfeccionar su trabajo&#8230; Son unos beneficios intangibles, que se resumen en el célebre dicho: renovarse o&#8230; Puntos suspensivos. Que cualquier interesado puede rellenar a golpe de ingenio, buena mano para la cocina, mejor ojo para la presentación y ese toque final que mejora cualquier cosa salida de cualquier fogón. Ese intangible tan valioso llamado simpatía.</p>
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<p><a href="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/oido-cocina-ganador-pincho-letras-de-laurel.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-medium wp-image-963" src="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/oido-cocina-ganador-pincho-letras-de-laurel-300x300.jpg" alt="oido-cocina-ganador-pincho-letras-de-laurel" width="300" height="300" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/oido-cocina-ganador-pincho-letras-de-laurel-300x300.jpg 300w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/oido-cocina-ganador-pincho-letras-de-laurel-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/oido-cocina-ganador-pincho-letras-de-laurel-768x768.jpg 768w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2017/12/oido-cocina-ganador-pincho-letras-de-laurel.jpg 800w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P. D. El ganador del año pasado de este mismo certamen fue un pincho que no figuraba entre los que cató el grupo de jurados donde me integré. Se trata de la tapa <strong>&#8216;Oído cocina&#8217;</strong>, del bar <strong>Letras de Laurel,</strong> a cuya responsable, <strong>Lucía Grávalos,</strong> se le debieron llenar ese día los oídos, precisamente, de elogios, puesto que el tribunal que le concedió el galardón se prodigó en alabanzas con tanto entusiasmo que me apresuré a citarme ante su barra y reclamar ese bocado. Que es, como se ha podido adivinar y habrán podido degustar los interesados, una oreja. Una oreja en su salsa, con su laurel y su perfume a guindilla. Delicioso. Doy fe. Aunque en materia de orejas, siempre nos quedará el <strong>Perchas</strong>. El antiguo y el actual. Por no citar las de <strong>Taberna de Baco.</strong>.. Si alguien sabe de alguna más, soy todo oídos.</p>
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		<title>La bodega perdida</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Jan 2013 12:53:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Alacid</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/nestor1.jpg"><img loading="lazy" class="alignnone size-full wp-image-77" title="Vinos Néstor, un clásico logroñés" src="/logronobares/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/nestor1.jpg" alt="Vinos Néstor, un clásico logroñés" width="600" height="374" srcset="https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/nestor1.jpg 600w, https://static-blogs.larioja.com/wp-content/uploads/sites/33/2013/01/nestor1-300x187.jpg 300w" sizes="(max-width: 600px) 100vw, 600px" /></a><br />
Dicen que la modernidad acabó con ciertos hábitos hosteleros pero en esta regresión al pasado en que nos movemos veo posible que vuelvan también los tiempos en que armados con sus tarteras<strong> los logroñeses</strong> tomaban asiento en <strong>las bodeguillas</strong> repartidas por la ciudad, reclamaban el vino que allí se expendía y merendaban con los amigos. También existía otra alternativa: hacerlo solitos. Yo solía ver a algún cliente de estos castizos establecimientos acudir en soledad a un rincón de las mesas corridas y dar cuenta de su bocado con un triste porrón por toda compañía. Eran años en blanco y negro o es que yo los recuerdo sombríos, aunque barnizados por el paso del tiempo. Lo que predomina mientras miro por el retrovisor es una cierta nostalgia: me parece que si supiéramos poner al día el encanto de aquellas bodeguillas donde mi generación todavía acertó a pasar algún buen rato sería posible reivindicarlas como una alternativa de la hostelería más popular. Sobre todo, porque en esta era de la globalización corremos el riesgo de que todos los bares nos parezcan iguales.</p>
<p>Eso es algo que desde luego no sucede hoy cuando el cliente se detiene en las puertas de las que aún resisten. Hablo de <strong>Vinos Néstor</strong>, que sienta sus reales en la calle Ingeniero Lacierva; hablo del <strong>bar Gil</strong>, ubicado en República Argentina, enfrente de otra de sus hermanas, <strong>Vinos Murillo</strong>. Hablo de <strong>Neira</strong> en Milicias o de La Rioja en Labradores, mi favorita para los sábados por la noche antes de cada incursión en la Zona. Y hablo, sobre todo, de las bodegas ya perdidas, representadas para mí en un trío que juzgo imbatible. La primera, el antiguo<strong> Soldado de Tudelilla</strong>, cuya sede se emplazaba en plena calle Laurel. La recuerdo enorme, con una zona de merendero que daba (como ocurre con otros bares allí ubicados) a la calle Bretón; encajonados en sus cubículos, sus clientes atacábamos el porrón de tinto, que solía venir escoltado por dos tapas que todavía se sirven en el actual bar de San Agustín: el plato de aceitunas con anchoas (rociadas con un chorrito de vinagre) y las célebres sardinas con guindilla. Aunque lo usual era, sin embargo, que la clientela acudiera con su propia comida, fenómeno que también ocurría en la siguiente bodeguita que quiero rescatar del olvido.</p>
<p>Alojada en la travesía de Santiago (a mano derecha según se entraba desde la calle Mayor), la bodeguita <strong>Montiel</strong> (cuya estrella era el hígado empanado, según me informa <strong>Eduardo Gómez</strong>) aguantó como pocas de sus compañeras de quinta, pero finalmente también sucumbió. Yo la conocí en su otoño, cuando esa calle era una ruta alternativa para el público más joven, porque la ruta acababa ya cerca de Santiago en el famoso Tifus ya mencionado en otra entrada. En Montiel uno topaba con los últimos abuelos que mantenían la costumbre de llevarse la merienda desde casa y despacharla entre tragos de cosechero.</p>
<p>Acaba el viaje. La tercera pata de este triunvirato se alojaba en avenida de España. Me lo recuerda <strong>Pablo García Mancha</strong>, quien sigue sin olvidar el encanto de aquel bar, llamado precisamente <strong>La Bodeguina</strong>, una barra subterránea donde era habitual ver a un grupo de contertulios jugando a las cartas o almorzando mientras aguardaban a que alguien les contratara para acarrear mercancías en La Alhóndiga vecina. Yo topé con este singular garito, al que había que descender por unas escalerillas puesto que estaba por debajo del nivel de la calle, ya de veinteañero, cuando tomé conciencia de lo raro de este tipo de establecimientos y me permití ingresar en ellos para conocer a la curiosa fauna que allí se reunía. En busca tal vez de la esencia del Logroño que por entonces moría y que cualquier día resucita.</p>
<p>P.D. Todas estas bodeguitas tienen su correlato fuera de las fronteras riojanas: quien repase el nomenclátor de ciudades vecinas (norteñas, sobre todo) comprobará que allí resisten todavía, casi todas presididas por el mismo nombre con algunas variantes: Bodega El Riojano, Vinos El Riojano… Fueron las embajadas desplegadas para diseminar por toda España la buena nueva en forma de vino, así que quienes las abrieron ejercieron también un poco como misioneros, porque propagaron la fe en el Rioja en los años en que esta tarea exigía mayor esfuerzo. Sirva por lo tanto esta entrada como homenaje a todos ellos, esos riojanos que durante el siglo XX derrocharon espíritu de sacrificio defendiendo aquellas <strong>embajadas con denominación de origen</strong>.</p>
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